Capítulo de domingo. Si, otro más jejejeje. Es que mañana empiezo a trabajar después de las vacaciones y como estoy algo descepcionada de lo rápido que pasa el tiempo, quería darles algo para sentirme un poco mejor.
Como varios me comentaron, esta historia está quedándome mucho mejor de lo que esperaba, incluso a mi misma me sorprende. No sé qué me está sucediendo porque la verdad es que nunca me había brotado un fic de esta forma. Espero poder llegar al final antes de que se me agote la mecha jajaja.
Los dejo con el cap diciéndoles que les agradezco muchísimo que disfruten de la lectura y que sus mensajes me hacen inmensamente feliz. Y aprovecho para agradecerle el rev a Candy-chan. Muchas gracias! A todos! Mary
Ryu había reaccionado mal, y lo sabía. Lo que no podía entender era el motivo por el que se había comportado así. Estaba sentado en posición de loto en la alfombra redonda que cubría parte del suelo de su habitación, justo en medio de esta. Había abierto la ventana de par en par y la brisa marina entraba y le daba de lleno en el rostro, moviendo las cortinas celestes. Meditaba, o al menos era lo que deseaba hacer. No lograba concentrarse y desprenderse de sus pensamientos. Nami había reconocido, de cierta forma, que Umi era la hija del Rey de los Piratas, cosa que hacía que Ryu sintiera aún más curiosidad. Y si nunca se lo había dicho, tal como le había explicado la mujer, era por precaución. Había algo muy cierto, Usopp se la había confundido con Luffy, y eso confirmaba lo que pensaba Ryu, ella tenía que ser la hija. De cualquier forma pensaba que el peligro no era excusa para jamás haberle mencionado a Umi quién era su padre.
Tenía los ojos cerrados. Sus hombros estaban tensos y había estado intentando relajarlos, sin éxito. No se resignaba a no poder meditar. Y además, era absolutamente prioritario dedicarse a su entrenamiento. Su padre le había dicho miles, no, millones de veces que lo central de ser un buen espadachín era ser fuerte, en cuerpo y alma. Pero en ese instante él se sentía el hombre más débil del mundo. ¡Ni siquiera podía concentrarse y relajarse! Gruñó. Abrió los ojos y miró el mar. A lo lejos se divisaban unos cuantos barcos pesqueros, de distintos colores y tamaños, seguidos de algunas gaviotas.
El mar lograba darle algo de paz. Su mente viajó a su pueblo, al dojo de su padre, a su sala de entrenamiento, a sus pesas, a su habitación, al tatami y al futón, a las noches con grillos cantando y fogatas a la luz de la luna. A las historia de piratas. ¿Cuándo fue que Zoro había dejado de contarle esas historias? ¿Cuándo fue que dejó de hablarle de su madre? Quizá cuando cumplió los cinco o seis años. Quizá cuando comenzó con su entrenamiento. O cuando la expresión del rostro de su padre se endureció tanto que creyó que jamás volvería a verlo sonreír o inquietarse por algo.
Oyó cuando la puerta se abrió, pero decidió continuar con su meditación, incluso si esa niña molesta lo observaba. No sería la primera ni la última vez que lo hiciera. Entró en la habitación y cerró suavemente la puerta. También supo que se sentó, apoyando su espalda sobre la pared. Volvió a cerrar sus ojos y a respirar hondo para tranquilizarse. Debía esforzarse en su entrenamiento, más sabiendo −o suponiendo− que tenía junto a él a la Princesa Pirata. Se sintió un idiota al haber pensado en Umi como una princesa. Quiso reírse de si mismo. Se insultó mentalmente, sin abrir los ojos. ¿Princesa? ¿Qué tenía ella de princesa? ¡Ja! Era incorregible. Pero ese era su mayor encanto. Quizá Luffy era igual. ¿Por qué pensar eso? Vino a su mente, nuevamente, su padre. Él le había contado muchas veces sobre el capitán de su barco. ¿Por qué no lograba recordar nada? Estaba rabioso consigo mismo, en ese momento era clave recordar alguna historia.
− ¿Te estoy desconcentrando? − Umi se atrevió a hablar, aunque Ryu estaba en su meditación. Lo había escuchado gruñir y su respiración estaba alterada. No era para nada normal en él y algo la preocupaba.
− No − contestó escuetamente. ¿Acaso ella podría leerle la mente o algo así?
− Pareces desconcentrado − aclaró. − ¿Quieres ir a dar un paseo? − preguntó, con una sonrisa. Él abrió los ojos y ladeó la cabeza para verla. Sonreía. ¿Por qué no se había percatado de que Usopp la había confundido con el Rey de los Piratas? ¡Le daba mucha rabia e impotencia! Tal vez por eso había actuado mal más temprano.
− Siento lo de recién − se disculpó, observándola. Ella miró hacia la ventana.
− No hay cuidado − respondió. Ryu notó que había algo detrás, ella había dejado la sonrisa para que su rostro se tornara melancólico.
− Salgamos − dijo, poniéndose de pie. Aún estaba en bóxer. Se sonrojó al darse cuenta, pero ella no lo miraba. Tomó sus pantalones de lino marrón y una playera blanca, ceñida al cuerpo. Se vistió frente a Umi, que aún mantenía sus ojos y su expresión perdida en el mar. − Listo − anunció, pero ella seguía quieta, con sus manos abrazando sus piernas dobladas frente a su pecho. Llevaba un short de jean y una musculosa blanca con un dibujo de un perro. En su cabello tenía el broche de mariposa que le dio Nami y estaba descalza.
− Cuando partamos al mar iremos a donde nos plazca − dijo, su voz parecía lejana. Ryu la observaba en silencio, con sus brazos a los lados del cuerpo. − Quiero recorrer todo el mundo, vivir en el mar, conocer mucha gente y sobre todo − dio vuelta la cabeza y lo miró a los ojos. Estaba seria y mostraba determinación − ser libre
− Seremos libres − dijo él. No estaba seguro de lo que estaba diciendo ni podía imaginar las implicaciones de esos sueños, pero sentía que su corazón quería salírsele del pecho al escuchar las palabras de Umi. − Haremos todo eso y más − se acercó a ella y se agachó para quedar frente a frente, muy cerca. − Te acompañaré a dónde quiera que vayas − le dijo, mirándola fijamente, con sus ojos bien abiertos. Se quedaron un momento así, observándose, contemplando sus ojos, en silencio y sin mover ni un solo músculo.
− ¿Vamos a dar un paseo? − preguntó ella nuevamente, apartando su vista. Él se puso de pie.
− Vamos
La banda de los caza recompensas era grande, un grupo de más de cien hombres. El jefe aún podía sentir el acero de la katana sobre su piel y tenía un gusto amargo en la boca al pensar en el mocoso Roronoa. Ese malcriado había logrado robar uno de los tesoros más importantes que había recolectado su banda en los últimos diez años: una katana que se creía legendaria. Cuando la vieron sobre la arena en una isla desierta en el West Blue, pensaron que era una inútil arma que alguien arrojó por la borda, pero uno de sus más viejos espadachines afirmó con seguridad que esa katana podría llegar a ser una de las más valiosas de la historia. Fue entonces que creyó haber encontrado la salvación para su banda, vendiéndola hubieran podido vivir cómodamente unos cuántos años.
Ahí mismo se creó un rumor acerca de que ellos tenían una katana legendaria que habían hallado en el West Blue. Y que ésta no tenía su funda. Esos rumores corrieron lejos y antes de que llegaran a poder venderla en algún buen mercado negro del East Blue, el maldito pendejo se las había arrebatado llevando sólo la funda de esa katana.
− ¿Quién mierda eres, mocoso del demonio? − logró preguntar entre jadeos. El chico había logrado darle una buena paliza, atacándolo por sorpresa cuando ya estaba muy pasado de copas.
− Ryu Roronoa, soy el hijo del dueño de Wado Ichimonji − sonrió socarronamente. − Debo agradecerte en nombre de mi padre haberla encontrado y traído hasta aquí − fue lo más irónico que pudo. − Muchas gracias − en un abrir y cerrar de ojos desapareció, dejando al jefe tirado en el suelo, adolorido.
Al confirmar que no sólo Zoro Roronoa estaba posiblemente vivo, sino que también su hijo había sobrevivido a Kaizoku Satsujin. Debía hacer algo y lo hizo, comenzó a perseguir al mocoso por todo el East Blue. Estaba seguro que volvería a su padre. Pero habían pasado más de tres meses y no lo había hecho, y durante el último mes no había tenido noticias de él.
− ¡Jefe! ¡Jefe! − uno de los subordinados irrumpió a los gritos en el camarote, haciendo mucho escándalo. El jefe lo miró mal. El hombre, que llevaba unos pantalones gastados color negro y un chaleco de cuero, jadeaba bastante y parecía nervioso. Llevaba un papel en su mano, bastante maltrecho. − ¡Mire esto! − se acercó sin esperar respuesta y le entregó el papel.
Los ojos del jefe se abrieron de tal forma que parecía que se iban a salir de sus órbitas. Dejó caer el vaso que tenía en la mano y ésta cayó al suelo, rompiéndose. Le temblaba la barbilla y había comenzado a sudar frío.
− ¿D-dónde estaba esto? − preguntó, tartamudeando.
− En el almacén, señor − contestó el subordinado, que no comprendía absolutamente nada. Tenía unos 20 años. Uno de los oficiales, habiendo entrado en el mismo estado que su jefe en ese instante, le había pedido que le entregara ese papel.
− ¡No puede ser! − gritó. − ¡Es imposible! − se puso de pie violentamente y haciendo a un lado al muchacho, salió a toda prisa hacia la cubierta.
Los que estaban allí, bebiendo o jugando cartas, se alarmaron sobremanera por el estado de nerviosismo que traía el jefe. Todos detuvieron lo que estaban haciendo y vieron cuando otro grupo ascendía desde el almacén. Varios de esos hombres estaban en el mismo estado.
− Esto − la voz del jefe era temblorosa. − Esto es imposible, pero − las palabras se le atragantaban. − Debemos encontrarlo ya − mostró a todos el cartel. − El muchacho que estaba con el maldito de Roronoa en Arabasta, ¡era Monkey D. Luffy! − gritó.
− ¿Quién es ese? − uno de los caza recompensas, muy joven, se acercó al papel para verlo de cerca. Se podía ver a un joven de cabello negro, con un sombrero de paja, sonriente. − Monkey D. Luffy − leyó. − ¡500 billones de beries! − gritó, cayendo sentado, muy impresionado.
Al mediodía estaban pensando dónde almorzar. El estómago de Umi crujía de hambre. Habían caminado un par de horas por el pueblo. El lugar era muy tranquilo y la gente muy amable. Ryu no podía creer que ella no se hubiera cambiado la ropa y vistiera de mujer. Hasta ese momento, cuando estaban solos y Nami no estaba para regañarla, Umi salía vestida de varón para estar "más cómoda" y poder andar con Ryu como iguales. Él sabía que ella odiaba que la trataran como una niña boba y pensaba que si la veían como un chico, no pensarían en que ella era una débil e indefensa mujer. Un nuevo crujido se oyó en el aire y Umi se sonrojó.
− ¿Qué quieres comer? − preguntó él, observando desde la vereda de en frente dos restaurantes. Uno de fideos y otro un poco más elegante, con un extenso menú. Sabía que ella contestaría "carne".
− ¿Ramen? − preguntó, mirando el puesto de fideos. Sabía positivamente que el dinero que Nami les había dejado no era suficiente para un banquete en el restaurante de estirados, así que prefería comer ramen con algo de carne de cerdo y huevo. Al menos el dinero si alcanzaría para satisfacer su enorme apetito, y que Ryu comiera algo.
− ¿Ramen? − repitió Ryu. ¿Desde cuándo prefería los fideos a la carne? Arqueó una ceja. Umi rió divertida.
− ¡Si, ramen! ¡Qué cara divertida! − dijo, sosteniéndose la barriga mientras continuaba riendo sin parar. Ryu bufó.
− Vamos − la tomó de la mano y la arrastró cruzando la calle. Ella dejó de reír. Miraba la espalda de su compañero. ¿Desde cuándo se había acostumbrado tanto a estar con él que ya no recordaba cómo era estar sola? ¿Por qué él actuaba como si debiera protegerla todo el tiempo? Y lo que aún más le preocupaba −aunque ella no quería reconocerlo por ningún motivo−, ¿desde cuándo le gustaba tanto que él quisiera protegerla? Se sonrojó levemente al pensar esas cosas y más aún cuando Ryu apretó fuerte su mano con la de él.
El puesto de ramen era pequeño, tenía una barra larga y cuatro mesas para cuatro personas delante. Había varios hombres comiendo en la barra. Los dos entraron tomados de la mano y el dueño del negocio los recibió con una gran sonrisa. Lo primero que notó fue sus manos unidas y el sonrojo en las mejillas de Umi que aún no desaparecía del todo.
− Bienvenidos − dijo. El tono de voz era amable. Tenía un delantal blanco, inmaculado y se acercaba a ellos limpiándose las manos con una servilleta también blanca. − Siéntense donde gusten − los invitó haciendo una seña con la mano izquierda mientras que con la derecha acomodaba la servilleta dentro del bolsillo de su delantal. − Ya les traeré el mejor ramen de la ciudad y algo de sake
− Gracias − contestó escuetamente Ryu.
El hombre se retiró y ellos se sentaron, uno frente a otro en una de las mesas, que estaba junto a la única ventana. Umi ya estaba muy hambrienta y le brillaban los ojos al pensar que en breve comería tan buen ramen. Ryu observaba de reojo a los hombres que estaban en la barra. Nunca podía descansar cuando estaban fuera de la casa, siempre estaba alerta y más cuando no llevaba con él su katana. Los hombres parecían ciudadanos comunes, trabajadores, y no llevaban armas. Dejó que sus hombros se relajaran.
− ¿De verdad crees que este ramen sea tan bueno como dijo el viejo? − preguntó Umi, mientras un hilo de baba caía por la comisura de sus labios. Ryu tomó una servilleta y se inclinó sobre la mesa para limpiárselo.
− No lo se − fue algo duro. No quería ser así con ella, pero no podía creer que se comportara como un muchacho idiota aunque fuera una chica.
− ¡Es que dijo que era el mejor de la ciudad! ¿Será como el de Sanji? − preguntó, colocando un dedo en su barbilla.
− ¿Sanji? − preguntó, recordando que ya lo habían mencionado anteriormente.
− Sanji es un cocinero que estuvo en mi casa unos días mientras su barco estaba anclado. ¡Cocinó para mi mamá y para mí! ¡Nunca había probado algo tan rico! − dijo emocionada, con estrellitas en los ojos.
− ¿Para tu mamá y para ti? ¿Se quedó en tu casa? − preguntó, con mucho interés. Si Nami estaba huyendo de todos por la misma razón que su padre, ¿cómo es que dejó que un extraño se quedara en su casa? La única forma era que ese tal Sanji fuera el cocinero del que le había hablado su padre, como él suponía.
− ¡Si! ¡Quiero que él cocine para mí! − llorisqueó. En ese momento el dueño de la tienda se acercó con una bandeja con dos platos de ramen, una botella de sake y dos copas.
− Muy bien, aquí está − dijo sonriente. − Parece que la señorita tiene apetito − bajó los platos. − Además de ser muy bonita − Ryu lo miró mal. No le gustaba que nadie hiciera comentarios de ese tipo a Umi, sobre todo porque a ella no le gustaban ese tipo de comentarios acerca de ella misma. Pero, como la chica estaba concentrada en la comida y babeando de nuevo, no dijo nada. De cualquier forma sólo era un hombre más, y parecía bastante amable. − Que aproveche − fue lo último que dijo antes de retirarse.
*Kaizoku Satsujin: Asesino de Piratas
Comienza a ponerse interesante. Está demás decirles que espero sus comentarios! Nos leemos pronto!
