Hai Minna san! Feliz sábado en la noche! Hoy les traigo un regalo, como le dije a leknyn: el pasado de nada más ni nada menos que Zoro! Wiiii!

Me gustó muchísimo hacer este capítulo y espero que ustedes lo disfruten tanto como yo. Aprovecho esta oportunidad para aclarar una cosita que me tiene una pizca alterada: el orden que le estoy dando a los pasados es aleatorio y por cómo se me vinieron a la mente, pero (siempre hay un pero) también como vayan sucediéndose los capítulos también se van sucendiendo los días. Por ejemplo en el capítulo de Franky, lo que sucedía en el "presente" era casi inmediatamente después de que Franky y Ren leyeran el periódico en el bar (bueno, a la noche) y en este capítulo también pasan unas horas desde que se enteran. Pero en el que sigue (no diré de quién se trata, jaja) ya pasaron unos días desde que se enteraron todos. Y así sucesivamente. Esa era la aclaración. Esto viene a colación de que cuando retomemos la trama, ya va a ser el día de la ejecución (por lo tanto habrá pasado el mes de gracia).

Muy bien! Habiendo dicho eso y estando emocionada por saber qué pensarán después de leer las dos mil quinientas treinta y dos palabras de este capítulo, los dejo. Ah! Primero contesto algunos revs!

Candy-chan: Mmm... realmente no se parece a Seshomaru, en realidad lo pienso algo más parecido a Zero, de Vampire Knight. Jajajaja. Realmente es algo confuso tu pensamiento, pero de alguna forma seguí tu razonamiento. Y si, tienes razón, pensándolo así hay uno de más en ese relato jeje. Nope, Ryu no tiene nada que ver con Ryuma. Realmente esa imagen que me dijiste refleja bastante a Ryu, pero él tendría los ojos más grandes y expresivos, sobre todo sus iris. Espero con ansias tu comentario respecto a este chap! Gracias por todo.

Robin-chan: Es bueno saber que no te aburres y que te gusta a pesar de la lentitud. Y te agradezco mucho la sinceridad. Siempre son bien recibidas las críticas constructivas. ¡Gracias! Espero que estés bien y esperaré tu regreso!


Hace 16 años, en un pueblo pequeño en medio de una isla en el East Blue

Cortaba leña afanosamente, como si fuera que su vida dependiera de ello. Y justamente, su vida dependía de ese trabajo. Lo único que había conseguido en ese pequeño pueblo al que había llegado hacía un par de semanas era un lugar digno para poder dormir y algo de dinero que conseguía haciendo trabajos menores de ese tipo.

Miró de reojo y vio allí a su hijo de tres años. Ryu crecía con normalidad. Poco a poco iba comprendiendo el mundo a su alrededor. Observaba como caminaba detrás de un pequeño gato negro, que correteaba por el jardín delantero de la casa en donde estaba prestando sus servicios.

La gente, en general, lo observaba de arriba abajo con desprecio cuando les pedía trabajo. Y luego cambiaba abruptamente de parecer tras un "papi" de Ryu. Sonrió de lado. Retiró la vista hacia el leño y cortó certeramente. Y en ese instante supo que no podía continuar así. No podía seguir dándole a su hijo esa vida nómade, ni podía suponer ni pretender vivir toda la vida de la caridad de la gente. Apretó el hacha con fuerza y la clavó en el tronco que utilizaba como apoyo para los leños.

Se acercó a su pequeño hijo y le sonrió. Él se acercó y lo abrazó con amor. Lo alzó en sus brazos y caminó lejos de la casa donde estaba trabajando. Después de caminar por unos cuantos minutos y creyendo que se había vuelto a perder, encontró un lugar que lo invadió de recuerdos. Un dojo de kendo.

Entró sin llamar a la puerta, corriendo el shoji que estaba decorado con flores de cerezo. Dentro todo estaba oscuro, parecía que no había nadie allí. Miró a Ryu. Estaba profundamente dormido. No podía dejar de pensar ni un momento, estaba decidido, debía hacer algo más que dedicarse a arrastrarse por un poco de dinero. Y él lo único que sabía hacer, era pelear con sus espadas. Tocó la funda de Wado Ichimonji y cerró con fuerza los ojos, intentando en vano alejar todos los recuerdos y la bronca acumulada en ese año que estuvo divagando en el océano.

¿Quién es usted? − una vocecita de niña lo trajo de vuelta a la realidad. Estaba en medio de un lugar desconocido, a oscuras, con su hijo en brazos, y sin saber qué hacer con su vida. La niña era pequeña, de apenas unos ocho años. Lo observaba expectante, como queriendo asustarlo con su mirada. Tenía el cabello corto y rosado. Su rostro era pálido y podía notar su delgadez. El vestido que alguna vez fue blanco, parecía un trapo sucio.

Zoro − contestó sin dejar de mirarla. Ella tomó un palo que sostenía a modo de espada y lo apuntó sin dudas en sus ojos. − ¿Qué intentas hacer? − preguntó, arqueando una ceja. La situación le pareció cómica.

¿Está invadiendo mi casa y me pregunta qué estoy haciendo? ¡Pues estoy haciendo que se vaya! − gritó y comenzó a atacarlo. Sus estocadas eran certeras y precisas, pero para Zoro era un juego de niños. Esquivó todos y cada uno de los ataques de la niña, que después de unos minutos de intensidad se cansó. Jadeaba y estaba sudada. Se apoyó sobre el palo.

Déjalo ya − dijo él. − ¿Dónde están tus padres, niña? − preguntó secamente. Ella se enfureció con la pregunta y volvió a arremeter contra él, que ya no le estaba gustando nada la actitud de ella. ¿Estaba loca o qué? Dejó que le diera un golpe en el brazo, haciendo que el palo rebotara y perdiera el equilibrio. Ella se cayó hacia atrás por el impulso, quedando sentada en el suelo. El palo voló unos cuantos metros más allá.

Vivo sola aquí − dijo ella con asco. − Será mejor que se vaya si no quiere que llame a la policía

¿Vives sola? − realmente le preocupó lo que ella estaba diciendo. Esa niña era muy pequeña para vivir sola en un lugar tan grande como ese. Además, todo parecía estar en orden y limpio. La sala en la que se encontraban estaba completamente vacía. El tatami brillaba con intensidad aún estando en penumbras. Más allá se podía ver otra shoji que conducía hacia una galería interior.

Si − dijo, levantándose y sacudiendo su maltrecho vestido. − ¿Algún problema con eso? − preguntó inquisitivamente. Zoro sonrió de lado.

¿Podrías darme hospedaje por esta noche? − preguntó, intentando sonar amable. − Mi hijo y yo no tenemos donde quedarnos ni dinero para la posada − ella lo miró, atónita. ¿Ese extraño quería hospedaje gratis? Bajó su vista a las katanas que traía en su cintura. Arqueó una ceja. Luego sonrió. − ¿Te gustan? − preguntó Zoro al notar la expresión en el rostro de la niña al ver sus armas. Ella afirmó con la cabeza, y se acercó un poco a él.

¿Tu sabes usarlas? − preguntó ella, con ilusión.

Por supuesto − fanfarroneó Zoro. − Pero tu no lo haces nada mal − dijo, haciendo que ella se sonrojara.

Puedes quedarte si quieres − dijo, dándose la vuelta, con las mejillas ardiendo.

Observaba la espalda de su maestro desde lejos. Estaba sentada en las maderas de la galería del dojo, con los pies colgando. Después de haberle dado el boletín a Zoro él no se había movido de su lugar de meditación. Y ya habían pasado más de seis horas. No podía dejar de pensar en el maldito de Ryu. ¿Por qué tuvo que irse así sin más? Sabía de sobra que siempre había pensando en recuperar a Wado Ichimonji, pero haberse ido de la noche a la mañana y llevando sólo la funda era demasiado. Apretó sus puños con fuerza al recordar el rostro sombrío que tenía Ryu esa noche.

De pronto, notó que algo había cambiado. Cuando levantó la vista se encontró con el ojo de Zoro clavado en su mirada. La observaba serio, pero no estaba tranquilo ni trasmitía esa paz que la hacía sentir tan bien. Mostraba una mezcla de sentimientos, de los que ella pudo reconocer ira, venganza y algo más, que pudo identificar como miedo, pero se arrepintió al instante. Jamás podría ver a Zoro con miedo en sus ojos.

− Mika − la llamó. − Este no es momento de estar sentados − dijo. Su tono era duro, más duro de lo que jamás había notado. − Marski Cort es lejos − continuaba hablando mientras la pelirrosa intentaba comprender algo de lo que los ojos de Zoro le transmitían. − Debemos ir por ese idiota − fue lo que dijo antes de continuar hacia el interior del dojo.

Sensei − era de noche y se podían ver muchas estrellas en el cielo. Mika llevaba seis años entrenándose con Zoro. Desde aquel primer encuentro, él había decidido sin querer, que se quedaría en ese lugar y haría de ese un gran dojo. Después de todo aquel era un lugar en el que se sentía bien, rodeado de niños con ganas de aprender. Nunca le gustaron mucho los pequeños, pero había algo en él que había cambiado cuando nació Ryu. Y después de conocer a Mika, terminó de cerrar el círculo que había comenzado a formarse en su mente.

Zoro parecía estar dormido recargado contra el tronco de un cerezo que se hallaba en medio del jardín. Esa noche hacía algo de frío a pesar de estar en primavera. Ryu también estaba dormido, recostado sobre el césped, en posición fetal. Ya tenía nueve años. Mika lo observó por unos instantes y sintió una calidez invadirla. Había estado sola mucho tiempo, pero ya no recordaba lo que se sentía. Se abrazó a si misma sin darse cuenta.

El primer día que los vio, allí dentro de su casa gigante y solitaria, lejos de sentir miedo, había sentido esperanzas. Porque detrás de ese hombre que no quería dañarla y le pedía una sola noche de alojamiento, se encontraba una excelente persona que podía considerar como su padre. Sonrió levemente y se acercó más a su maestro.

Sensei − continuaba con su tono suave, porque realmente no quería que se sobresaltara, sólo quería que no durmiese a la intemperie porque el frío podría hacerle daño. Zoro se removió en su lugar, acomodándose, pero entreabrió su ojo. Esa niña que conoció hacia años se había vuelto un gran espadachín. Dominaba muy bien el nitoryu y sabía que llegaría a ser muchísimo mejor. Quiso sonreír, pero no lo hizo. De pronto cayó sobre él la imagen que había visto en la tarde y un gusto amargo parecido a la hiel se infiltró en su boca. Su pecho se estrujó y su corazón comenzaba a latir con fuerza. Nuevamente la ira comenzaba a apoderarse de su razón. Mika continuaba allí, frente a él, viéndolo.

Se acercó y se sentó a su lado, bastante cerca. Se colocó en posición de loto. Estaba tranquila, podía notarlo en su aura. Ella había visto todo lo que sucedió en la tarde junto a él y había llorado todo lo que él no se permitía. Estaba frustrado e iracundo, pero se convencía a si mismo una y otra vez que no podría hacer nada, y menos solo. Y además estaba el hecho que esos dos niños, Ryu y Mika, dependían completamente de él.

Sensei − escuchó perfectamente la voz de Mika, aunque ella hablaba en susurros. Sintió la cabeza de ella recostándose sobre su hombro derecho. Había crecido mucho, seis años en ella se notaban bastante. Ya tenía catorce años y era toda una jovencita. Su cabello había crecido hasta llegar a su cintura, su cuerpo se desarrollaba muy rápido y seguramente su figura sería merecedora de muchos halagos y miradas. − Realmente no puedo comprender lo que sentiste esta tarde al ver lo que hizo ese asesino − hablaba con calma, pero de a poco su tono se volvía sombrío. El corazón de Zoro se compungía cada vez más. − Siento muchas ganas de llorar, de cortar en pedazos todo, pero sé que eso no serviría de nada − continuaba con aquella reflexión que él no debía estar escuchando. − Pero lo que más me molesta es no saber qué debo hacer − confesó. − No sé cómo ayudarte − Zoro quería golpear algo, gritar, correr hasta ver el rostro de aquel maldito para poder filetearlo. − No sé si quieres mi ayuda − las lágrimas corrían por las mejillas de Mika. − Desde que llegaste no dejaste de ayudarme − la conversación parecía cambiar de tema. − Me enseñaste todo lo que sé − tragó saliva con dificultad. Zoro podía entender que ella tenía el mismo nudo en la garganta que él sentía. − Sensei − suspiró. − No − abrazó a su brazo con fuerza. − Papá

Se despertó. Sentía una presión en su pecho que se había instalado allí el día en que Ryu dejó el dojo. Sabía lo que pensaba y sentía su hijo. Sí que lo sabía muy bien. Pero no por eso podía perdonarle lo que hizo. Jamás debió irse, menos solo. Y menos que menos a intentar recuperar una katana que ni siquiera sabía si era la correcta. Apretó sus puños aún bajo las mantas de la cama.

Viajaba junto a Mika en un gran buque de pasajeros que lo llevaría a Loguetown. Desde allí deberían ir por su cuenta, en algún barco que rentarían o comprarían −o simplemente robarían−. Cruzarían la Reverse Mountain y llegarían rápidamente al Grand Line. Tenía un Eternal Pose de Marski Cort que había conseguido en uno de los puertos en los que se habían detenido por pasajeros. Después era sólo cuestión de tiempo para llegar. Aún tenían quince días para que llegara el día de la ejecución.

Mika estaba dormida en la cama que estaba junto a la de él. Sabía que no era del todo correcto que compartiera su habitación con ella, pero era mucho más peligroso que una hermosa joven de veinticinco años viajara sola en un buque que llevaba personas desde distintos puertos del East Blue hasta su destino, más considerando que no era cualquier joven, sino que era su alumna.

Pensaba en la situación en la que se encontraría al llegar a la isla. No entendía los motivos de Kaizoku Satsujin para continuar con todo aquello. Tantos años después no tenía caso esa provocación. Primero pensó que sería por el dinero que obtendría entregando su cabeza a la Marina, pero luego comprendió que había algo más al ver la fotografía de ese muchacho que se parecía tanto a Luffy.

Por un momento pasó por su cabeza que ese niño podría ser hijo de Luffy. Sonrió al pensar en eso. Después de todo no sabía lo que había sucedido con él y perfectamente podría haber pasado cualquier cosa. Pero de cualquier forma se le hacía muy extraño ver la fotografía.

− Sensei, ¿estás despierto? − la voz de Mika lo sacó de su trance. Se encontró con sus manos detrás de la nuca y una de sus rodillas flexionadas. La cama en la que se encontraba no era muy cómoda, pero al menos no era el suelo. Hizo un gruñido para darle a entender a su alumna que estaba en lo cierto, pero no tenía ganas de hablar. − Tampoco puedo dormir − afirmó ella. − Pienso en qué estarán haciéndole a Ryu − comentó sinceramente. Ella realmente estaba preocupada. Zoro no pudo evitar sonreír. Ellos parecían detestarse mutuamente, pero de verdad se preocupaban uno por el otro. − Además, está el hecho de que encontraron a alguien que realmente se parece al verdadero Luffy − el comentario hizo que Zoro volteara su cabeza para verla. Ella estaba de lado, mirándolo. Sus ojos se cruzaron. − ¿Crees que él está vivo? − preguntó.

¡Escuchen! − la voz de Luffy apenas se escuchaba en medio de los truenos y el ruido que hacía el agua enfurecida. La lluvia parecía querer atravesar su piel. − Cuando sea el momento − la voz del capitán se perdió en el viento. No pudo escuchar más.


Zoro tiene cuarenta y tres años. Después del ataque se concentró en proteger a su hijo. Llegó sano y salvo al East Blue y deambuló por un año recorriendo islas hasta encontrar la gran casa donde vivía Mika. Se instaló allí y creó su propio dojo. Tiene a cargo a varios estudiantes de distintas edades, pero en la casa sólo viven él, Ryu y Mika. Su vida fue pacífica y simple durante los dieciséis años que vivió allí.

Mika tiene veinticinco años. Ryu tiene diecinueve años. Ambos fueron entrenados en el nitoryu por Zoro durante dieciséis años. Después de ver cómo Kaizoku Satsujin se burló de ellos ante el mundo, quemando su bandera, decidió dejar de lado su vida como pirata y dedicarse de lleno a lo que en ese momento era lo más importante que tenía: su dojo y sus dos hijos.


Shoji: puerta corrediza de papel con un marco de madera, tradicional en la arquitectura japonesa.


Y? Y? Y? Les gustó? Espero comentarios!

Quién les parece que será el siguiente?