Hola a todos! Me alegra mucho saber que les gustó tanto el capítulo de Zoro. Gracias a todos los que me dejaron su comentario!
Esta vez va dedicado a Sanji. Seguramente muchos de ustedes estarán sorprendidos porque haya escogido poner primero a los Mugiwara más, como decirlo, taquilleros. Pero en realidad no es a propósito, sino que así fue cómo vinieron a mi cabeza. Espero les guste el recuerdo.
Candy-chan: Lo siento! No quise hacerlo, pero realmente me vino a la mente Zero al crear a Satsujin! Respecto a tu gran y hermoso comentario te diré que estás muy cerca de lo que sucedió con Zoro. Realmente lo estás jejeje Y si, pienso seriamente que has vislumbrado la verdad porque justamente, tenías mucho sueño jajajajaja. Muchas gracias por todo ese bonito comentario! Nos leemos prontito!
Ahora si, los dejo con el cap! Nos leemos!
Hace 15 años, en un barco de pasajeros que recorría el South Blue
Iba y venía por la cubierta del barco cuando escuchó el jaleo que hacía uno de los tripulantes, corriendo por una de las galerías laterales, justamente la que unía la enfermería con la sala de mando. Puso sus manos en los bolsillos notando que se había quedado sin cigarrillos. Chasqueó la lengua.
− ¡Capitán! ¡Capitán! − el capitán del barco era un hombre mayor, de barba blanca y traje azul oscuro. Miró de reojo al marinero que lo llamaba tan escandalosamente. − ¡Señor! ¡Es el cocinero! − gritaba aún teniéndolo muy cerca. − ¡Está muy mal!
− Cálmese − ordenó con serenidad. − No debemos entrar en este estado − parecía regañarlo. − ¿A qué se refiere exactamente? − preguntó, arrugando su entrecejo.
− Está con mucha fiebre y el doctor no sabe si pasará la noche − había bajado su tono, pero aún estaba agitado. El capitán apretó los dientes.
Sanji arqueó una ceja al escuchar −sin querer− la conversación que estaban teniendo el capitán del barco y el marinero. Por lo que entendió el cocinero estaba imposibilitado y eso sería un caos en la cena. Sonrió casi sin querer. Sus manos comenzaban a transpirar dentro de los bolsillos de sus pantalones. Hacía más de dos años que no tocaba un cucharón ni el mango de una sartén. Sus pies lo llevaron a la sala de mandos, donde vio con sorpresa el rostro de poca preocupación del capitán, que fumaba su pipa mirando el mar.
− Capitán − el tono de voz que usaba Sanji era sereno, pero mostraba la seriedad de lo que diría a continuación. El hombre volteó levemente, para poder ver al que le hablaba. Era un joven rubio, que llevaba una camisa celeste y un traje crema muy elegante. Lo que más llamó la atención y hasta le provocó una leve sonrisa, fue su extraña ceja. − Escuché que el cocinero está indispuesto − continuó mirando fijamente al viejo que tenía en frente. − Si usted lo desea puedo cocinar esta noche o hasta que él se reponga − sabía que estaba siendo demasiado directo, eso sin considerar que había escuchado la conversación que el capitán tenía con un tripulante. Pero su ansiedad por volver a estar en la cocina de un barco podía más que sus pensamientos.
El hombre lo observó. Pasó sus ojos desde la punta de sus zapatos color crema hasta su cabeza, mientras fumaba su pipa. Luego, sonrió. Con una sonrisa que hizo que su barba y su bigote se movieran. Sanji tragó saliva.
− Está bien − soltó después de unos segundos que al rubio le parecieron eternos. − Hay doscientos pasajeros a bordo, incluyendo toda la tripulación. ¿Crees que podrás hacerlo? − el tono empleado por el capitán hizo que Sanji pensara claramente en que lo estaba retando. Se sintió emocionado y el entusiasmo se notaba en su rostro.
− Por supuesto − dijo con confianza.
Pasó el resto del día preparando la comida para todos los pasajeros, dirigiendo la cocina como si fuese realmente un chef experimentado. Daba órdenes a todos los empleados, órdenes precisas y cuidadas, con muchos detalles y movimientos ejemplificadores. Se sentía como hacía mucho tiempo no lo hacía. Como cuando estaba en el Baratie, como cuando estaba junto a Zef. Su mente se llenó de recuerdos y de olores que lo invadían. Y a pesar de haber estado tan angustiado y de que hacía dos años que no encontraba rumbo, sintió que por primera vez había encontrado el lugar donde se sentía cómodo.
El banquete había sido un éxito. Todos los pasajeros preguntaban quién era el chef, porque habían notado a leguas que no era la misma comida que antes. Todo estaba cuidado y parecía comida de reyes, aunque fuesen los mismos ingredientes que utilizó el cocinero del barco el día anterior.
Sanji estaba exhausto. Sólo cuando llegó la medianoche pudo sentir tranquilidad. El silencio reinaba en el barco. Salió a la cubierta aún con un delantal puesto y encendió un cigarrillo. El humo se arremolinaba en el aire haciendo formas extrañas. Él sólo las observaba, queriendo sentirse como hacía unas horas atrás cuando estaba en medio de la cocina, pero no lo lograba. Las imágenes que lo atormentaban cada noche volvían a aparecer una y otra vez en su mente. ¿Por qué aún después de tanto tiempo podía sentir cada una de las gotas de agua rasgando su piel? ¿Por qué podía escuchar los truenos y ver el resplandor de los rayos y del fuego? ¿Por qué podía escuchar los gritos de sus nakama como si los estuviese viendo en ese preciso instante? Arrojó la colilla del cigarrillo al mar con rabia, y rápidamente encendió uno nuevo. Caló profundamente y exhaló el humo con lentitud. Se sentó en el suelo, recargando su espalda contra la baranda.
− Se te ve cansado − la voz del capitán hizo que despertara de aquel transe. Lo miró. Estaba sonriendo. − Hiciste un excelente trabajo − dijo con auténtica sinceridad. Sanji sonrió de lado, tristemente.
− Fue un placer − contestó. Era cierto, había sido un gran placer estar a cargo de esa cocina y hacer esa gran y suculenta cena. El capitán se sentó a su lado, también recargándose contra la baranda.
− ¿Dónde aprendiste a cocinar así? − preguntó. Sanji dio una nueva calada a su cigarrillo.
− En el East Blue − contestó escuetamente, dando a entender que no diría nada más. El capitán sonrió, entendiendo.
− ¿Siempre cocinas para muchas personas? − la pregunta le dio gracia a Sanji, que soltó una carcajada. Recordó las montañas de comida que preparaba para Luffy. No podía dejar de reír. El capitán lo miraba desconcertado.
− Puede decirse que si − logró responder entre risas. Hacía mucho tiempo que no reía de aquella forma.
− Ya veo − encendió su pipa. − Me dijeron que parecías familiarizado con la cocina dentro de un barco, al parecer sabes lo que es arreglarse con lo que se tiene a bordo − continuaba queriendo indagar sobre ese joven que le caía muy bien. Sanji dejó de reír, entendiendo que el hombre quería saber más sobre él.
− Si − fue su única respuesta. Se puso de pie. − Iré a descansar − avisó. − Si necesita algo de mi, sólo llámeme − informó.
− Por supuesto que necesito de ti − la respuesta del capitán dejó boquiabierto a Sanji. − Quiero que seas el cocinero del barco
No podía dormir. De pronto se descubrió desnudo, acostado en una cama muy incómoda, en un cabaret cerca del puerto donde su barco arribó esa misma tarde. Su acompañante estaba dormida entre sus brazos. También estaba desnuda, tapada con la manta color verde hierba. Era pelirroja y tenía rizos, que caían graciosamente sobre su rostro. Tenía al menos veinte años menos que él. Volvió su vista al techo. Necesitaba fumar. Se movió levemente para no despertar a la chica y alcanzó los cigarrillos. Encendió uno con desesperación. No podía evitar su vicio y tampoco era que quisiera hacerlo. Sabía que podría matarlo algún día, pero no le importaba. De cualquier forma toda su vida era así, riesgosa y estaba en peligro constante.
La imagen de Umi rondaba su mente, junto a miles de recuerdos de su infancia, de la banda, del mar, de las aventuras, de todo lo que había hecho en esos diecisiete años ocultándose sin saber muy bien por qué o para qué. Arrugó el entrecejo al descubrir que al fin comprendía lo que Luffy les había dicho antes de que aquel último estallido le diera la certeza de que el Sunny se hundiría sin remedio y sin que ellos pudiesen hacer nada. Apretó levemente el hombro de la pelirroja que se aferró aún más a él, haciendo una especie de ronroneo. La miró de reojo, asegurándose de que continuara dormida. Realmente ya había perdido el interés esa noche.
Miraba atónito la gran pantalla que habían montado en la plaza de esa ciudad donde se encontraba momentáneamente. Aún estaba navegando erráticamente por el South Blue, a cargo de la cocina del barco que transportaba pasajeros de una punta a la otra dentro de ese mar. Esa parte del mundo lo había visto nacer y por eso no le desagradaba del todo estar viviendo −si eso se podía llamar vivir en un lugar− allí. Los viajes eran largos y aburridos, pero para él estar metido entre carnes, pescados y verduras era el paraíso.
Pero, en ese momento, toda la felicidad que se había intentado inventar durante cinco años se estaba yendo al demonio. Podía ver con claridad a Kaizoku Satsujin sosteniendo una bandera. Y no cualquier bandera, sino su bandera. La bandera de los Sombrero de Paja. La bandera que los unía como banda pirata. La bandera que llevaba impreso no sólo el dibujo de esa calavera que parecía sonreír con un sombrero de paja sobre ella, sino que llevaba impreso todo lo que él había vivido junto a sus nakama. Esa bandera significaba mucho más para todos ellos de lo que podía significar cualquier otra cosa en ese mundo. Y en otros mundos. Y era justamente ese mal nacido el que la sostenía entre sus manos manchadas de sangre. Era el mismo que se jactaba de haber derrotado a los Sombrero de Paja, de haber hecho desaparecer del mapa a toda la banda, cuando en realidad no era eso lo que había sucedido exactamente.
Apretó los puños y sintió que su sangre hervía y pasaba rápidamente por sus venas. Por primera vez desde que sucedió todo aquello sentía verdaderas ganas de arrebatarle esa sonrisa de satisfacción que mostraba ante el mundo. Porque justamente eso era lo que estaba haciendo, mostrarle al mundo que él no sólo había derrotado a la banda de los Sombrero de Paja y al Rey Pirata, sino que ahora estaba deshaciéndose de lo único que quedaba de ellos: su bandera.
Tomó con dificultad la caja dorada que contenía sus cigarrillos y tomó uno. Lo encendió con el encendedor que había comprado en una tienda hacía unos minutos atrás, y se encontró despuntando su vicio nuevamente e intentando en vano calmarse. Pero la ira acumulada era mucha, y más aún cuando las imágenes de aquella fatídica noche comenzaban a aparecer en su mente. Cerró los ojos con suavidad, queriendo alejar los fantasmas y luego apareció otro sentimiento. Tristeza.
¿Por qué tenía que recordar aquello? Estaba recargado con ambas manos sobre la pileta del baño y se miraba en el espejo con intensidad. Podía notar algunas arrugas que decoraban sus ojos, dándole un toque sensual −a su parecer−. Su cuerpo se había desarrollado aún más desde el incidente, pero nunca había perdido esa figura tan masculina que lo definía como el mejor partido. Sus pensamientos fueron interrumpidos por los recuerdos, otra vez. Las voces, en gritos, de sus nakama le revivían sentimientos que creía olvidados. Y esa tristeza, profunda y siniestra, volvía a apoderarse de su corazón, como si hubiera sido ayer que vivió todo aquello.
− ¡Escuchen!
La voz de Luffy era tan clara que pensaba que si volteaba podría verlo detrás de él. Suspiró, irguiéndose. Sabía que no tenía caso continuar dudando, y podía reconocer que lo que lo invadía, además de esa tristeza, era coraje, mucho coraje y rabia. Debía ir a Marski Cort. No sólo porque no permitiría que le hiciesen nada a Umi, sino porque podía saber en su corazón que esa era la señal que había estado esperando durante diecisiete años.
− ¡Escuchen! − la voz de Luffy apenas se escuchaba en medio de los truenos y el ruido que hacía el agua enfurecida. El agua no dejaba que pudiera continuar caminando hacia el lugar donde estaba Robin junto a Zoro. Podía verlos allí a pocos metros de él, pero era incapaz de llegar a ellos. Podía jurar que el agua estaba ensañada con él. − Cuando sea el momento − la voz del capitán se perdía en el ruido que hacía el intenso viento. Pero se esforzó para continuar escuchando lo que tenía que decir, ya que sabía que su intuición era más poderosa que su haki − les daré la señal para reunirnos
Sanji tiene cuarenta y tres años. Vivió como cocinero de ese barco en el South Blue hasta que lo contrataron de una famosa cadena de restaurantes, en la cual le solicitan que viaje por el mundo buscando los mejores ingredientes para sus platos. Actualmente está en el Grand Line.
