Hola! Cómo andan? Acá un nuevo capítulo, esta vez dedicado a Chopper. Sin más, los dejo jeje.
Candy-chan: Sanji se quedó solo, es cierto, pero a pesar de su soledad estuvo muy a gusto haciendo lo que adora: cocinar. Las palabras de Luffy... y aún hay mas sobre eso que se verá más adelante jejejejeje. Pronto, pronto, más revelaciones ji. Ellos interpretar ese aviso como una señal, a pesar de ser una provocación. Pero viste cómo son los Mugiwara, jajaja. Veremos cómo se desarrolla, ¡y espero que te guste! Nos leemos pronto!
Hace diecisiete años, en el West Blue, momentos después del ataque a los Sombrero de Paja
El mar estaba agitado. Llovía copiosamente. Era una noche muy cerrada. La capa de nubes negras parecía gruesa y daba la sensación de que aquella tormenta no terminaría jamás. Un pequeño barco estaba anclado en medio del mar, dentro de la tormenta. Había soportado el inicio, con ráfagas de viento intensas, truenos seguidos de rayos que podían ver perfectamente definidos, bajando de las nubes hacia el agua y también en dirección inversa, como pocas veces se ve. La pareja que estaba a bordo temblaba, de miedo y de frío. Hacía unos meses que habían decidido dedicarse a la pesca, pero nunca habían tenido que enfrentar una tormenta de tal magnitud. Y temían por sus vidas. Estaban los dos solos en el barco, ya que no les alcanzaba para poder pagarle a más gente para que los ayudaran. Ella era baja y delgada, de cabello corto y anaranjado. Ojos grandes y expresivos, color negro. Llevaba unos pantalones azules amplios, una playera roja ceñida al cuerpo y un saco negro que la cubría mal del frío y de la lluvia. Él era alto y corpulento, de piel oscura y ojos negros. Tenía el cabello castaño corto y llevaba un sombrero de marinero. Su ropa era sencilla, unos pescadores negros, una camiseta blanca de mangas cortas y un chaleco de cuero.
Algo chocó contra su bote. Sintieron perfectamente el golpe. Él, sin escuchar lo que su esposa decía, se acercó a la barandilla para saber qué era lo que había tocado la proa de su barco. Y vio algo allí abajo. Parecía un extraño ser que a simple vista estaba desmayado. Un extraño náufrago.
Sin dudarlo bajó por la escalerilla de sogas, que arrojó rápidamente hacia el mar. Bajó y tomó sin dificultad el bulto con su gran mano. Era peludo y pequeño. Tenía un sombrero gracioso y de él salían lo que parecían cuernos. Estaba desmayado y herido. Había sangre en su cabeza y en su mano −o pata− derecha. Lo aferró a su cuerpo y subió con él. Entró en la cabina del barco y miró a su esposa, que lo observaba muy molesta. ¿Es que no pensaba en la situación en la que se encontraban?
− ¿Qué es eso? − soltó, olvidando su molestia al notar la forma de la criatura que su marido sostenía entre sus brazos. No podía saber lo que era, ¿un mapache?
− No lo sé − contestó él. − Pero está herido − dijo algo que se notaba a simple vista. − Trae el botiquín
− ¿Estás seguro de que eso está vivo? − su tono era despectivo y sentía algo de asco al ver la sangre brotando de las heridas de la criatura. Su marido la miró muy mal, clavando sus ojos en los de ella con furia. Ella obedeció.
Horas después la lluvia había cedido. Las nubes permanecían allí, tormentosas, pero no llovía y no había viento. La pareja tomaba café caliente mientras observaban en silencio a la criatura que habían rescatado. Le habían quitado la maltrecha ropa, comprobando que estaba todo cubierto de pelo. Traía consigo una pequeña mochila, que se había rasgado en la parte inferior, perdiendo todo el contenido −seguramente− en el mar. Habían tenido que ponerle vendajes en el brazo derecho y alrededor de la cabeza, donde tenía un gran hematoma que no tenía buen aspecto. La criatura se movió. La mujer se tensó y el hombre se acercó hasta él.
− ¿Qué − comenzó a decir mientras llevaba su mano izquierda a su cabeza − qué fue lo que sucedió? − preguntó en voz alta. Su cabeza le dolía mucho y no recordaba casi nada, sólo la lluvia golpeando contra su cuerpo y agua, mucho agua de mar.
− Estabas flotando en el mar en medio de la tormenta, aferrado a un pedazo de madera − la voz calma de un hombre hizo que su corazón diera un salto. No podía enfocar bien su mirada y veía borroso. Pero no reconocía esa voz. − Cuando te saqué del agua noté que estabas herido. Te curamos y esperamos a que despiertes
− ¡Moru! ¡Esa criatura está hablando! − gritó aterrorizada la mujer. El aludido volteó y le clavó los ojos con molestia. Ella salió del lugar, dejándolos solos. No podía entender la tranquilidad de su marido frente a una criatura completamente desconocida.
− Lo siento − soltó el náufrago.
− No te disculpes, ella es así − aclaró, con una sonrisa tranquilizadora. − ¿Tienes nombre?
− Chopper − dijo. Aún no podía enfocar la vista. Intentaba concentrarse en un punto, pero sólo lograba marearse más.
− Será mejor que descanses, Chopper. Ese golpe en la cabeza parece grave − dijo a modo de recomendación el hombre al que había podido identificar como Moru. − Mi nombre es Moru, cuando necesites algo llámame. Iré a poner en marcha esto así pronto llegaremos a casa − informó. Salió en silencio de la cabina, dejando a Chopper solo. Casi al instante, se durmió muy contra su voluntad.
Había llegado a su memoria aquel recuerdo. No entendía por qué, pero estaba allí presente, como si hubiese sucedido el día anterior. Moru y Karen habían sido muy amables con él, incluso aún después de haber tenido ese inicio donde ella no quería ni cruzarlo por el barco. Pero, más tarde, comprendió que él era sólo un niño con forma de reno. Y se hicieron muy buenos amigos.
Volvió a cerrar el libro que tenía en sus patas. Era la cuarta vez que lo cerraba ese día, en el que había decidido leer un poco para ahuyentar los fantasmas del pasado. Pero, no lo había conseguido. La lluvia, el mar, el olor a sal, el dolor, la tristeza, todo se amontonaba en su mente y en su corazón cada vez con más énfasis. Y eso lo tenía molesto y cansado. Miró a su alrededor intentando encontrar algo para hacer, pero todo estaba hecho.
El lugar era pequeño. Era una celda para una sola persona. Había una cama, un escritorio lleno de papeles, un microscopio y varias probetas y tubos de ensayo con diversos líquidos de colores. En la pared contraria a la que estaba la cama había una pequeña biblioteca abarrotada de libros de muchos tamaños y sobre ella había un cuadro con un recorte periodístico. El suelo y las paredes eran de piedra salvo la del frente, que sólo era una reja de kairouseki. Más allá de la reja se podía ver, al fondo del pasillo, un guardia de pie con su espada envainada.
Escuchó ruidos provenientes desde más allá del pasillo. El guardia que siempre estaba calmo salió corriendo en dirección a la escalera, que él no podía ver. Sabía que algo estaba sucediendo, algo que no era nada común. Hacía poco más de ocho años que lo habían entregado a la Marina y desde entonces estaba allí, en Impel Down. Pero, para su ventaja, no lo habían considerado un verdadero peligro, así que le habían dado una ubicación preferencial dentro de la prisión y siempre habían atendido sus necesidades investigativas en el campo de la medicina.
− ¡Chopper! ¡Chopper! − la voz aguda de Karen se escuchaba a través del bosque. Desde que vivían permanentemente en el pueblo él había decidido dedicarse a estudiar las hierbas del lugar, y además no quería dificultar la vida de la pareja y menos ponerlos en peligro. Atendió el llamado de la mujer, haciéndose presente de un audaz salto. Ella sonrió. − Debes venir a casa, ¡celebraremos que hoy Sora cumple dos meses! − estaba muy contenta y se notaba.
Ya habían pasado dos años desde que lo encontraron en el mar y la pareja había decidido tener un hijo. El niño había nacido hacía dos meses y era amado por sus padres, que le dedicaban su vida. Pero, Chopper no podía estar tan alegre como ellos. Había escuchado que en la isla se extendía una enfermedad que ningún médico podía curar. Era rápida y silenciosa, y eso era lo que más le preocupaba. Miró los ojos alegres de Karen y sonrió, sin poder dejar de pensar en la investigación que estaba haciendo. Necesitaba encontrar una cura para esa extraña enfermedad y hasta ese momento no había podido hacer ningún avance.
Al llegar, transformado en su Walk Point para pasar desapercibido, notó que algunas de las personas del pueblo no parecían del todo saludables. Su piel se tornaba amarillenta y tenían ojeras. Mientras que algunos parecían muy animados y saludaban amablemente a Karen, otros no mostraban interés alguno en ellos, sólo caminaban ensimismados. Chopper se mostraba serio. No le gustaba el ambiente. Había algo que le olía muy mal.
Karen abrió la puerta y quedó allí, estática por unos segundos. Chopper, detrás suyo, también se detuvo. La escena era algo imposible de creer para Karen, que involuntariamente cayó de rodillas. Moru estaba desparramado en el suelo, con espuma saliéndole de la boca. Sora estaba tirado junto a él, llorando sin muchas fuerzas. Ambos parecían estar en el mismo estado que la gente del pueblo. La piel del hombre podía verse amarillenta, aún no siendo tan blanca como la de Sora. El bebé estaba delgado a los ojos de Chopper. Rápidamente volvió a su Brain Point y corrió junto al hombre.
− Levanta a Sora − ordenó en un tono que jamás usaba. Karen reaccionó y tomó a su bebé en brazos, hamacándolo. El reno midió los signos vitales de Moru sin moverlo. Luego, tomó una muestra de la espuma que salía por su boca y la limpió. Usó su Heavy Point y cargó al hombre en brazos. Sin decir absolutamente nada y con una expresión de total preocupación, lo llevó a la habitación, donde permaneció los siguiente cuarenta y cinco minutos.
Al salir, ya de nuevo en su Brain Point, miró a Karen directamente a los ojos, que acababa de dejar a Sora en su catre. Ella había estado llorando, podía notarlo en sus enrojecidos ojos. El renito se sentó en una de las sillas que estaban junto a la mesa y se mantuvo en silencio hasta que la mujer se sentó frente a él.
− Esto es muy grave, Karen − la voz dulce de Chopper se había transformado en una muy seria que ella jamás había escuchado antes. − Moru está muy enfermo y yo − apretó los dientes al mismo tiempo que bajaba su vista − no tengo cura para esto − no podía más de la impotencia y la rabia que lo invadían en ese momento.
− Ya lo sabía − fue la respuesta de la mujer, que ya sin poder llorar, hablaba con un tono de resignación. − Sora − continuó − también tiene esa enfermedad, lo sé con sólo verlo − Chopper volvió a verla a los ojos. − Por favor − los ojos se le llenaron de lágrimas nuevamente − intenta salvarlo a él
− Creo que deberíamos ir a mi casa − no sabía si era lo correcto, pero al menos allí podría hacer algunos estudios sobre las muestras que había tomado de Moru y poder identificar algo en esa enfermedad que le diera la pauta para poder encontrar algo que los ayude. − No puedo prometértelo − la angustia se apoderaba de su voz y de su pecho. − Pero te juro que haré todo lo que pueda
Hacía ocho años que no sabía nada de Sora. Se odiaba a si mismo por haber sido tan descuidado y haberse dejado atrapar por esa banda de caza recompensas. Quién sabía lo que le estarían haciendo en ese momento, después de todo sólo era un pequeño niño indefenso que estaba junto a él, un Sombrero de Paja. Quiso romper todo lo que tenía en frente, pero se detuvo al escuchar pasos provenientes desde el pasillo que terminaba en su celda. Eran pasos firmes, plomizos, seguros. La madera de las sandalias pegaba contra el suelo produciendo un característico sonido que retomaba contra los muros de piedra. Levantó la vista y lo vio allí, imponente, inmenso, lleno de libertad, una libertad que él no tenía.
− ¡Karen! − gritó. Estaba mucho más que cansado. Le dolía todo el cuerpo. Hacía tres días que no dormía. Necesitaba dar con algo para encontrar esa maldita cura, o al menos algo que detuviera el avance descomunal de esa mierda de enfermedad. Volteó y ella parecía estar dormida. Estaba acurrucada en el único sillón que había en el laboratorio. Más allá estaba la cuna de Sora, que dormía plácidamente. Podía ver cómo su pecho subía y bajaba lentamente. Su piel estaba cada momento más amarilla y su delgadez le preocupaba. Pero había conseguido algo, y quería decírselo a ella. − Karen − dijo al llegar al sillón. Ella tenía la cabeza sobre sus manos, recostada sobre el apoyabrazos. − Mira, aquí tengo algo − dijo, intentando animar a la mujer, que también había caído en la enfermedad. − No sé si sirva, pero haremos el intento. ¿Te parece? − la tocó y sintió que estaba helada. − ¡Karen! ¡Despierta! − la zamarreó, pero no consiguió nada. Su brazo inerte cayó hacia el suelo. Era tarde para ella, también.
Buscó la cuna con la mirada, debía hacerlo. No podía permitir que Sora también muriera de esa enfermedad que lo estaba volviendo loco. ¿Por qué había tenido que ser así? Apretó los dientes con furia. Se acercó al bebé, que continuaba durmiendo e inyectó la sustancia verdosa en su brazo derecho. Estaba casi seguro que funcionaría esta vez. Debía funcionar. Tenía que curar a Sora.
− ¿Qué? − fue lo único que pudo decir. Estaba pasmado. Miró de arriba abajo al gran sujeto que estaba parado frente a él, sosteniendo con sus manos los barrotes de la celda. ¿Qué era lo que estaba haciendo en Impel Down? Una serie de pensamientos de varias índoles pasaron por su mente, desde que lo hubiesen apresado hasta que se hubiera vuelto loco, o alguien estuviese irremediablemente enfermo y fuera a por él. Tragó saliva.
− Mira esto − le entregó un papel algo arrugado. Allí pudo ver claramente a Luffy y a otro muchacho que se parecía mucho a Zoro, pero con cabello negro.
− ¿Qué es esto? − preguntó. Podía leer claramente que decía que iban a ejecutar a Luffy en Marski Cort dentro de poco menos de diez días. Le temblaban las manos.
− ¿No sabes qué es eso? − preguntó el hombre, irónicamente. − Es la señal − dijo, muy seguro de sus palabras. Chopper levantó la vista para verlo directamente a los ojos. Parecía lleno de vida y a la vez, de bronca. Sus cejas estaban minadas de canas al igual que su cabello, que alguna vez fue negro. Llevaba un kimono rojo con detalles en negro y sus infaltables getta. Sonrió de lado. − Nos vamos de aquí
Chopper tiene treinta y nueve años. Luego de la muerte de Moru y Karen, logró curar a su hijo Sora y decidió hacerse cargo de él. Recorría las islas del West Blue brindando ayuda a las personas enfermas, y enseñándole lo que podía a Sora. Hace ocho años la banda de los caza recompensas lo reconoció y lo apresó junto a un Sora de siete años, con el que se quedaron. Lo entregaron a la Marina y fue encerrado en Impel Down, pero gozando de algunos privilegios.
Getta: sandalias japonesas de madera que se utilizan para no pisar el tatami.
¿Quién es el que fue a buscar a Chopper a Impel Down? jejejeje
Nos leemos pronto!
