Ok, aquí estamos. Volviendo a la historia. Inicialmente y como aclaración, estamos ya con el mes cumplido de gracia que les dio Kaizoku Satsujin. Sería a la mañana de la ejecución, que se llevará a cabo de tarde, para ser más precisos. Espero disfruten de la lectura y espero sus comentarios!

Candy-chan: En realidad, me halaga que te deje en vilo nocturno jajaja Porque eso quiere decir que está interesante la historia. Sip, soy malvada. No sé si me comparo al Darth Vader Oscuro de Chocolate Amargo, pero si soy mala. Y no, no, no, ninguno de esos dos que dijiste es el personaje misterioso que rescata a Chopper que a la vez es uno de los dos misteriosos del capítulo 19. Me gustaron tus comentarios de mis comentarios, nada que agregar jaja. Una sola cosa: no te sientas pervertida, todos los comentarios que recibí fueron en relación a que ese único día de Usopp y Kaya juntos haya resultado en un pequeño mentiroso. Así que no eres la única hentai aquí, eso tenlo por seguro jajajajaja. El único problema que tengo ahora es cómo llamar a ese retoño (con leknyn llegamos a la conclusión que podríamos llamarlo Nosessop, pero quedaría muy feo jajaja). Todo lo de las postdatas lo sabrás muy pronto! Besos y mil gracias por tus tan bienvenidos reviews, con Umi Resha incluído!


La taza estaba vacía. Ya no quedaba café en la cafetera. Bufó y miró hacia un lado por donde podía ver la isla a lo lejos. Todo estaba mal. Le dolía el estómago, le temblaba una pierna que hacía que su zapato rebotase contra la madera del suelo y el tac-tac le molestaba sobremanera. Y lo cabreaba más de lo que ya estaba. Se puso de pie violentamente, haciendo que la silla donde estaba sentado cayera hacia atrás. El estruendo que hizo dio lugar a que dos hombres a su mando entraran en su camarote personal sin llamar. Los miró muy mal y ellos tragaron saliva al mismo tiempo que bajaban la vista esperando la reprimenda, que nunca llegó. Levanto la silla y la acomodó.

− Llevamos una hora aquí detenidos − dijo, los hombres levantaron su vista y se pusieron firmes. − ¿Nunca desembarcaremos? ¿O tendré que acercar el barco y amarrarlo yo mismo? − preguntó. Estaba muy ansioso e indignado. Y por si fuera poco, ya no le quedaba paciencia.

− Daré la orden, ¡Señor! − el hombre estaba por demás nervioso. El rostro de su superior reflejaba su molestia. Y ciertamente, daba miedo.

− Ve − fue lo último que dijo. Ambos salieron despavoridos de aquel camarote, sin saludar. Cerraron la puerta sin que pudiera escuchar el clic de la cerradura. Volvió a sentarse. Debía calmarse si no quería hacer nada indebido.

Sacó de su bolsillo un papel periódico arrugado. Lo estiró sobre la mesa, con ambas manos y se quedó viéndolo por enésima vez. Había repetido esa acción una y otra vez durante cada día del largo mes que les habían dado de gracia.

− Maldito hijo de puta − susurró, entre dientes. Aún no comprendía qué era lo que deseaba ese hombre. Nunca le había gustado. Desde la primera vez que lo vio, sentado frente al escritorio del Almirante de Flota, sonriente y fresco. Hacía más de veinte años de aquella escena.

Golpeó la puerta. Estaba muy nervioso, no todos los días le encargaban a uno ir a la oficina del Almirante de Flota para entregarle un mensaje. No le interesaba saber qué decía el mensaje. Tampoco le interesaba ir a ver al Almirante de Flota. Sakazuki era un hombre que no le gustaba. No le gustaba ni él ni su gestión como Jefe de la Marina. Suspiró. Luego de unos segundos escuchó claramente la voz de "Akainu" dándole permiso para entrar. Apretó el pomo de la puerta con seguridad y la abrió.

Pudo ver inmediatamente el semblante del Almirante, viéndolo con sus ojos turbios, y más adelante, una espalda. El joven que estaba sentado en uno de los dos sillones frente a Sakazuki era delgado, de una estatura media, y cabello plateado, algo largo. Llevaba un sobretodo negro. No volteó.

Capitán, ¿qué lo trae por aquí? − tuvo que desviar inmediatamente la mirada hacia su superior sin poder evitar un ligero rubor. Se había perdido en sus pensamientos acerca de ese muchacho que no conocía y que parecía estar tan a gusto conversando con el Almirante.

¡Señor! − soltó poniéndose firme mientras hacia sonar los tacos de sus zapatos entre si. − Tengo un mensaje para usted − Sakazuki no dejaba de mirarlo con desconfianza y seriedad.

Acércate − ordenó y él obedeció. Le entregó rápidamente el sobre sin poder evitar mirar de reojo al susodicho que permanecía en silencio. Se retiró dos pasos hacia atrás después de que el Almirante tomara el sobre con su mano derecha. − ¿Sucede algo? − preguntó inquisitivamente habiéndolo pescado mirando a su acompañante, otra vez, − Capitán − soltó despectivamente.

Por supuesto que no, ¡Señor! − volvió a ponerse firme. Akainu sonrió de lado, casi imperceptiblemente. Y disfrutando del nerviosismo del joven, que era por demás evidente.

Él es Nathan Conar − presentó al muchacho que estaba frente a él, que había volteado su cabeza hacia el otro joven. Tenía un ojo rojo y el otro azul. Su semblante era sereno. Sonreía ligeramente.

¿Conar? − se le escapó. No podía creer que ese muchacho fuera aquel renombrado "Conar" que últimamente había estado en boca de toda la gente que conocía, desde piratas, hasta marines.

El mismo − dijo al fin el aludido, extendiendo su pálida mano hacia él.

Capitán Coby − se presentó, estrechando sus manos, casi por impulso. Un intenso escalofrío recorrió la espalda de Coby al sentir el contacto con la piel de Nathan. Se miraron intensamente durante algunos segundos y luego se soltaron.

Quizá al Capitán le gustaría saber que el señor Conar será colega suyo en la siguiente misión − comentó con una sonrisa Sakazuki, que provocó un sentimiento extraño en el pecho de Coby. Ese sujeto no le gustaba para nada. Ninguno de los dos hombres que tenía en frente le gustaban para nada, a decir verdad.

Será un placer − mintió muy mal. − ¿Qué misión será esa, Señor? − preguntó directamente Coby. Ya que le estaba dando tanta información que no había pedido, quizá le respondería esa pregunta irreverente. Pero Akainu, sólo intensificó su sonrisa y luego miró directamente a los ojos de Nathan.

Más tarde te informaré − fue lo único que respondió sin quitar su mirada de los ojos del joven. − Puedes retirarte − esas dos palabras hicieron que los pies de Coby se movieran solos hacia la salida.

No podía creer que hubiesen pasado veinte años desde aquella primera vez que lo vio. Y no sólo había pasado el tiempo, sino que habían pasado muchas más cosas. Nathan Conar, o Kaizoku Satsujin, como solían llamarlo después del incidente con los Sombrero de Paja, se las había arreglado para llegar a ser Almirante. Y él, él también lo era. Pero no había suficiente para Nathan. Nada era suficiente para ese sujeto. Y eso era lo que más rabia e impotencia le daba. Había logrado hacer desaparecer no sólo al Rey Pirata, sino a toda su banda, y aún así, después de tantos años, volvía a hacer una provocación tan evidente como esa. El papel temblaba entre sus manos. Y él temblaba. Sentía que el corazón iba a estallarle. Sudaba. Y tenía miedo.

Coby − lo llamó, en susurros. Era muy noche y hacía más de dos horas que intentaba dormir sin lograrlo. El barco estaba anclado en medio del West Blue. Una tormenta se avecinaba y los truenos se oían a lo lejos. Abrió los ojos sólo para encontrarse con oscuridad.

¿Qué sucede, Nathan? − hacía más de dos años que formaban un equipo. Su misión, la que el Almirante de Flota les había asignado, era deshacerse de todos aquellos piratas que dieran problemas en cualquiera de los cuatro mares. Y en ese momento navegaban por el West Blue.

¿Escuchas eso? − preguntó. Coby afinó su sentido del oído, pudiendo escuchar no sólo los truenos, sino una lejana melodía indefinida, que le pareció que era el viento.

Es sólo viento. Ahora duérmete − ordenó de mala gana. − Es tarde − no volvió a escuchar a su compañero.

El barco se detuvo a pocos metros de la playa, en un muelle. Observó con detenimiento cada detalle de esa isla, que tanto odiaba. Era pequeña, y estaba surcada por ríos de agua de mar, que nacían y morían en las playas que rodeaban la isla. Era tropical y el clima muy agradable. A pesar de que estaba en el Paraíso, era de muy fácil acceso, ya que estaba muy cerca de Reverse Mountain. La vegetación consistía en árboles altos, palmeras y mucho verde. En medio de la isla se erguía un enorme castillo de estilo japonés, con varios pisos y techos rojos. Alrededor había jardines muy bien cuidados y en un sector de esos jardines había una especie de plaza, rodeada de mueros, que era donde llevarían a cabo aquella ridícula ejecución.

Pudo ver, amarrado en otro de los muelles, el barco de unos caza recompensas, que reconoció fácilmente gracias a su bandera y su mascarón de proa. Y que conocía mucho mejor desde que habían entregado a Chopper a la Marina. Continuaban sus palpitaciones y no podía dejar de sudar. Estaba nervioso y molesto, y para colmo de males, tenía una sensación nauseabunda en su estómago.

Abrió la puerta de su camarote, dispuesto a desembarcar y así poder encontrarse cara a cara con Kaizoku Satsujin. Debía hacerle unas cuantas preguntas. Y sabía que Nathan no lo recibiría precisamente con los brazos abiertos. Tenía el entrecejo arrugado y la boca seca. Su ropa era la clásica vestimenta de marine, con una capa blanca y zapatos negros. Llevaba una bandana azul en la cabeza, que dejaba ver su cabello rosado por encima de ésta, muy desordenado.

− ¡Señor!− uno de sus hombres se detuvo frente a él. − Ya puede descender del barco − informó. − No hay nadie en el puerto − eso fue lo que más alteró a Coby.

− Gracias − fue lo único que dijo antes de dirigirse a la escalerilla.


− ¡Sensei! ¡Sensei! − los gritos de Mika hacían eco dentro del bosque en el que se encontraba. Se sentía fatal por haber perdido el rastro de Zoro. Sabía que jamás tenía que haberse detenido frente a ese puente para apreciar el paisaje. Después de todo estaban allí sólo para rescatar a Ryu y volver a su dojo. Un ruido la alertó. Volteó y se encontró con un hombre alto, rubio, que vestía un traje negro, una camisa celeste y una corbata azul oscuro. Tenía un cigarrillo encendido en la boca. Pero lo que más llamó su atención fue su ceja espiralada.

− Hola − dijo. Luego tomó el cigarrillo con su mano derecha, lo quitó de su boca y sacó el humo exhalando fuertemente. Miraba intensamente a Mika, que se sintió muy incómoda. Ella llevaba una calza negra que cubría hasta la mitad de la pierna y una playera verde ajustada a su cuerpo voluminoso. Tenía un cinturón ancho a la altura de la cadera, el cual sostenía sus dos katanas. Una tenía la funda azul y la otra roja. Su largo cabello rosado estaba suelto y dos mechones se iban hacia delante, sobre sus hombros.

− ¿Qué quieres? − preguntó de mala manera. Podía intuir que el rubio no estaba ahí por casualidad. Llevó su mano derecha a su katana roja y afinó sus ojos.

− Soy Sanji − se presentó con calidad, sin quitar sus ojos de los de la preciosa dama. Había algo en ella que le resultaba tan familiar que lo aturdía. Mika lo observaba con cuidado, el rubio parecía confiado. ¿Por qué decirle su nombre así sin más? Además, estaba evadiendo su pregunta.

− Te he preguntado qué es lo que quieres − repitió. − Si no quieres nada, déjame en paz, estoy ocupada − espetó. No se movió ni un milímetro, esperando la reacción del rubio.

− No quiero nada − aclaró Sanji. − Pero no me iré de aquí porque estoy buscando a alguien − explicó. No era del todo cierto, de cualquier forma quería saber quién era esa bonita mujer. Dio una nueva pitada a su cigarrillo.

− Entonces no me molestes − viró, volviendo a su camino y comenzó a andar. Sanji se adelantó velozmente, sorprendiéndola. Se paró frente a ella.

− Dijo que no la molestes − una nueva voz, casi feroz, hizo que se le erizara el vello de todo el cuerpo. Giró inmediatamente y lo vio. Estaba allí de pie frente a él, vistiendo un hakama negro y un kimono azul oscuro que llevaba abierto, dejando al descubierto su haramaki, que era negro. Había cambiado muy poco en esos años. Quiso sonreír, pero algo en su interior no lo dejó. La ira comenzaba a invadirlo y su mente se llenó de recuerdos.

− ¡Zoro! − gritó, poniéndose en guardia. Había algo que nacía en su interior, un inexplicable sentimiento que no podía identificar como nada específico. Pero sentía la imperiosa necesidad de golpear a Zoro, como nunca. Mika no llegaba a comprender mucho de lo que sucedía. ¿Ese Sanji era aquel Sanji? Iba a acotar algo, pero se detuvo en seco.

− ¿Qué sucede, cocinero de mierda? − soltó, despectivamente, desenfundando a Shusui. Había algo en el aura de Sanji que no le gustaba. ¿Qué le sucedía? Sus ojos estaban cargados de muchos sentimientos que podía identificar perfectamente: ira, impotencia, dolor. Todos sentimientos que él mismo sentía. Y también pudo saber qué era lo que estaba pensando el cocinero en ese momento. Apretó la empuñadura de su katana con fuerza para evitar continuar con esa riña que no tenía sentido.

− ¡Hijo de puta! − Sanji estaba fuera de si. No sabía ni por qué pero sentía que debía golpearlo y decirle en ese momento todo lo que se había estado guardando durante diecisiete años. Porque a pesar de que entendía que no había sido culpa de Zoro lo que sucedió, no podía perdonar que hubiese tomado aquella decisión. Arremetió contra Zoro, propinándole una patada que este recibió con el canto de su katana, debiendo hacer mucha fuerza y deslizándose sobre la hierba unos cuantos metros hacia atrás.

− ¡¿Qué me estás diciendo?! − gritó y esta vez fue él el que atacó, dando unos cuantos cortes en el aire. No quería pelear con su nakama, pero no podía dejar que él lo insultara porque se le daba la gana. Y menos podía permitir que le dijera lo que quisiera sin saber realmente lo que sucedió. Mika sabía que había algo que no llegaba a captar. Pero estaba el hecho de que ninguno de los dos parecía querer lastimar realmente al otro, al menos creía conocer lo suficiente a Zoro como para afirmar que no estaba atacando a Sanji como lo haría con cualquier enemigo.

− ¡¿Te atreves a venir?! − continuó agrediendo Sanji, dando unas cuantas patadas más, que Zoro pudo detener perfectamente. Podía notar en sus golpes la enorme frustración que sentía el rubio.

− ¡Es a mi hijo a quién piensan ejecutar! − respondió Zoro, queriendo justificar el motivo por el cual él se había hecho presente en esa isla. Ambos dieron un salto hacia atrás y se quedaron inmóviles por unos segundos. Se miraban, se estudiaban. El ojo de Zoro se mostraba inmutable. No tenía intensiones de seguir peleando, pero Sanji sabía que no se rendiría, ni él le diría que se detenga. Apretó los dientes, mordiendo el cigarrillo. ¿Qué quería lograr con esa estúpida contienda? ¿Qué era lo que realmente quería hacer? De cualquier forma, por más patadas que le diera al inútil marimo, ella no volvería. Y su dolor no se iría.

− ¡¿Por qué no hiciste lo mismo entonces?! − Sanji se quedó allí, apretando sus puños. Había dicho aquello con tanto sentimiento que obligó a Zoro a aflojar su expresión dura. − ¡¿Por qué no la salvaste a ella?! − se notaba el dolor en la voz del rubio. Mika observaba confundida. Zoro bajo la katana, haciendo que la punta tocara el suelo. Luego bajó la mirada, en una actitud que Mika jamás había visto en él. − ¿Por qué no la salvaste a ella? − repitió Sanji en un tono más calmado, ahogando en su pecho las lágrimas que amenazaban por salir. Todas las imágenes de aquella noche se arremolinaban en su mente.

− Tu − el espadachín miraba el suelo. − Tu tampoco hiciste nada − le reprochó con una mezcla de bronca y tristeza. − ¡Tu tampoco hiciste nada! − gritó, volviendo a arremeter contra él, que se defendió con su rodilla derecha, deteniendo completamente la estocada de Zoro. Se miraron intensamente. Estaban muy enojados a la vez que dolidos, y se podía sentir en el ambiente. Mika apretó sus puños con impotencia.

− ¿Qué diría el Capitán si los viera en este momento? − una tercera voz retumbó entre los árboles. Los dos hombres voltearon a ver al portador de aquella inconfundible voz. − Creo que no le gustará verlos peleando así − continuó. Los dos bajaron la guardia. Zoro enfundó a Shusui.

− ¡Chicos! − pudieron ver salir de entre la sombra de los árboles un reno que saltó y se transformó en el aire, dando un salto mortal, en un renito pequeño. Aterrizó parado sobre sus patas traseras, levantó la vista y sonrió.


¿Les gustó? Aún no revelo quién es el que detuvo a Zoro y Sanji, que fue el mismo que rescató a Chopper y que es uno de los dos personajes misteriosos del capítulo 19. Jejejejeje