Hola, ya más tranquila, porque la acción que no es lo mío, terminó, los dejo con este capítulo más suave (más o menos). Espero les guste! Mary

Candy-chan: Justamente a la cara y aura demoníaca que tenía Zoro es a lo que me refería al describir el estado de shock de Ryu. Ya desarrolleré más esto. Jajajaja ya verás la batalla de los comedores ! jejejeje No he confirmado que habrá pequeño Usopp'n =P jajajajajaja El tema de la isla también lo explicaré. Y la culpa de Coby se tradujo en respeto de la Marina hacia el Rey Pirata, me gustó hacer eso, para que todo mundo reconociera al renacido Rey. Son muchas preguntas XD Algunas contestaré antes de terminar el fic jijijiji. Gracias por leer! Mary


Ryu se encontraba frente al cuarto que le habían dicho que era en el que estaban su madre y su padre. Tragó saliva y respiró profundo, con el afán de sacarse el nerviosismo de encima. Pero, su respiración se cortó cuando vio que la puerta se abría sin siquiera haber tocado. El reno que había atendido a Robin lo miró de arriba abajo, sorprendido. Luego sonrió. Su forma era diferente a la que había visto en la plaza, era como la primera que vio, pequeño y parecido a un mapache.

− Adelante, pasa, Ryu − lo invitó Chopper haciéndose a un lado. − Iré a buscar agua para Robin − aclaró. El chico hizo un gesto con la cabeza como agradecimiento y miró la espalda del reno desaparecer en el pasillo. Estaba aún más nervioso que antes.

− ¿Ryu? − la voz de Robin era un poco más fuerte de la que había escuchado antes. Terminó de cerrar la puerta y giró. Estaba sentada en la cama, sobre almohadas, tapada con una manta blanca hasta el abdomen. Sus muñecas estaban vendadas. Habían arreglado su cabello y lo llevaba atado en una coleta. Era realmente una mujer muy hermosa. Notó que tenía puesto una yukata blanca muy refinada, que dejaba entrever vendajes en su torso. Se acercó un par de pasos y pudo ver a su padre sentado en una silla a un par de metros de la cama. Se veía cansado, pero en su rostro había algo diferente, algo que lo llenó de un sentimiento de calidez. Una expresión que había olvidado, pero que veía muy a menudo en la cara de su padre cuando era un niño. Sonrió levemente, sintiéndose un poco más tranquilo. − Ven, siéntate − dijo Robin, señalando con su mano un lugar junto a ella sobre la cama.

Caminó despacio, temiendo hacer algo mal. Muchos años habían pasado en los que intentaba desesperadamente recordar siquiera el rostro o la voz de su madre. Y en ese instante la tenía frente a él, sonriéndole, invitándolo a que se siente a su lado. Sabía que Zoro lo estaba observando. Pero grande fue su sorpresa al escuchar que su padre se levantaba de la silla y salía por la misma puerta por la que él había entrado segundos antes, cerrándola detrás de si. Tragó saliva y se atrevió a ver los ojos de su madre, que estaban esperándolo con ansiedad.

Se sentó en la cama, tal como ella había sugerido. Apoyó sus codos sobre sus rodillas y depositó su mirada en un punto en el suelo. No tenía idea de qué debía decir. Sentía el latir de su corazón agitado y golpeando su pecho con tanta fuerza que sabía que Robin lo estaba escuchando. Su cuerpo se estremeció al sentir la mano de su madre sobre su hombro. Era cálida y suave.

− Relájate − le dijo, manteniendo su dulce voz. Él se sonrojó. − Has crecido mucho − comenzó a decir ella viendo que él no se movía y su respiración era entrecortada. Suponía que su hijo no sabía cómo reaccionar. No lo conocía, realmente no sabía cómo era él. Pero era tan parecido físicamente a Zoro que le daba mucha curiosidad saber si también era igual en su interior. − Seguramente eres un gran espadachín − Ryu levantó la cabeza y ladeó para verla a los ojos. Robin quitó su mano del hombro de su hijo.

− No lo creo − fue su única frase antes de volver a su anterior posición. Robin frunció el ceño. − No soy como Zoro − aclaró. ¿Zoro? ¿Acaso no lo llamaba papá o padre, o algo así? Se hizo un silencio algo largo y extraño.

− ¿No eres espadachín? − preguntó al fin la mujer, queriendo continuar con esa conversación. Debía y quería hacerlo. No soportaba más la carga que había supuesto estar separada de su hijo durante tantos años.

− Si lo soy − las respuestas de él eran duras y secas, aunque por dentro se moría por llorar y gritar, y aferrarse a su madre con tanta fuerza que temía lastimarla aún más de lo que estaba. Robin volvió a sorprenderse. − Pero aún no tengo mis katanas − aclaró. Ella suspiró.

− ¿Quién es esa joven que estaba contigo? − preguntó refiriéndose a Mika. Ryu volvió a verla.

− ¿Qué joven? − arqueó una ceja.

− Aquella con la que estabas tomado de la mano en el pasillo, de cabellos rosados − se explicó Robin, sin dejar de mirar los inmensos ojos azules de su hijo, que reconocía idénticos a los de ella.

− Es Mika − contestó escuetamente. Y de pronto supo que Robin no sabía de la existencia de ella, así que decidió explicarse mejor. − Ella es mi hermana − soltó, sin más. Robin abrió los ojos y apretó la manta con la mano izquierda. Miles de posibilidades aparecieron en su mente con esa simple frase. "Ella es mi hermana". − También usa el niitoryu, como yo − continuó Ryu sin percatarse del estado de shock de Robin. − Pero ella ya tiene sus dos katanas

− Que bueno − tragó saliva con dificultad, intentando armarse de valor. Tenía sentido que después de diecisiete años de creerla muerta, Zoro hubiera rehecho su vida. − ¿Y cuántos años tiene? − preguntó, como casualmente.

− Tiene veinticinco años − contestó y apretó su rodilla izquierda con la mano. − Y es una molestia − concluyó. Ella arrugó más el entrecejo. − Es una mimada − continuó. − Y cree que conoce muy bien a Zoro − Robin cada vez tenía más y más preguntas en su cabeza. Las palabras se escapaban de su boca sin querer. Estaba frente a su madre, y sentía que podía decir cualquier cosa. − Pero no entiende nada − su voz se fue apagando.

− ¿Qué es lo que no entiende? − a pesar de las dudas, quiso mantener el interés en lo que le estaba contando Ryu.

− La conexión que hay entre Zoro y yo − miró a Robin nuevamente, notando la sorpresa en el rostro de la mujer.

La puerta se abrió sin que nadie llamara. Chopper entraba con un vaso con agua y un plato con unos bocadillos. Quedó estático en la puerta, notando las expresiones en los rostros de ambos, adivinando que había entrado en muy mal momento.

− Lo siento − se disculpó, incómodo. − Vine a traer esto − miró lo que tenía en las manos. − Ya me voy − anunció.

− No hay cuidado − dijo Robin, volviendo a la voz dulce y a la expresión serena. Ryu se levantó de la cama.

− Iré a ver dónde está Umi − anunció, creyendo que lo mejor sería despejar su mente. La tensión estaba haciendo que dijera cualquier cosa. Quería quedarse allí con su madre por más tiempo, pero algo en su interior no lo dejaba. Tenía un nudo en la garganta. Las imágenes de lo que había sucedido en la plaza, ver a su padre así, la sangre de Nathan manchando su ropa, todo daba vueltas. Chopper se acercó a ellos, dejó las cosas sobre la mesa de noche y se detuvo frente a Ryu, mirándolo con ojos inquisitivos.

− ¿Te sientes bien? − le preguntó, sacándolo de sus pensamientos. Robin lo miraba algo desconcertada.

− Si − contestó. − Permiso − dijo, retirándose, mientras dejaba a Chopper y a Robin con muchas dudas.


− Esto es peligroso − susurró Sora mientras veía la nuca de Umi, que estaba en una posición extraña apretando su espalda contra la pared, arrastrándose contra esta. − Deberíamos ir a cubierta con los demás − dijo con su voz temblorosa.

− Calla − susurró. − Tengo hambre − Sora rodó sus ojos. Umi dio tres pasos sigilosamente. Se detuvo con sorpresa. Vio un brazo pasar a través de la puerta. Arqueó una ceja. El brazo era muy, muy largo. Se movía hacia el interior de la cocina. Sintió un ruido, luego otro, luego algo rasgándose. El brazo emprendía la retirada. Pasó delante de ella un enorme trozo de carne muy jugosa y con un aroma increíble. Fue suficiente para que se tentara. Dio un par de pasos más y tomó el trozo de carne con ambas manos, tironeando del agarre de la mano que era el extremo del largo brazo que había robado en la cocina.

− ¿Qué? − un sorprendido Luffy se acercó muy silenciosamente por el pasillo que estaba justo frente a la cocina. Miró incrédulo a la niña que tenía la mitad de su trozo de carne dentro de la boca. Se acercó. − ¿Umi? − dijo, arqueando una ceja. Se cruzó de brazos, soltando la carne. − ¡Era mío! − hizo un berrinche.

− Yo estaba aquí primero − se defendió ella, tomando lo que quedaba de carne por el hueso. − Además, ¡tengo mucha hambre!

− ¡Pues yo también! − se quejó Luffy, acercándose más a su hija. Mordió el trozo de carne sosteniéndolo entre sus dientes. Umi tironeaba de él, no lo dejaría quedárselo. ¡Por supuesto que no! Las manos de Luffy tomaron a Umi por los hombros, intentando alejarla para así quedarse con la carne, pero ella continuaba tirando del hueso con la mano derecha mientras que con la izquierda empujaba la cabeza de Luffy hacia atrás. El forcejeo era intenso, la lucha de sus miradas, junto con una serie de gruñidos animales, formaban una escena digna de asustar a cualquiera. Después de unos cuantos segundos en los que Sora transpiraba y temblaba, comenzó a balbucear incoherencias, rogando mentalmente que se detuvieran. El Rey notó la presencia del muchacho que acompañaba a su hija. Lo miró de reojo mientras continuaba forcejeando y al notar su sorpresa y su expresión pálida y atemorizada, sonrió abiertamente, para luego dar paso a una carcajada, soltando la carne. El impulso hizo que Umi saliera hacia atrás, dando varios pasos inestables para no caer. − ¡Vayamos por más! − dijo entusiasmado, tomando a Umi de la mano libre y arrastrándola a la cocina.


Jimmy y Michael miraban a Brook con una mezcla de incredulidad y molestia. El esqueleto se mostraba amable y risueño con los marines que tenía alrededor y con el gran hombre que tomaba del pico una botella de cola. Estaban sentados en una pequeña mesa dentro del gran salón comedor del barco, con dos tazas de té vacías frente a ellos. En cambio, Franky y Brook conversaban amenamente y reían sentados en la barra.

− Yohohohohoho − se rió el esqueleto nuevamente.

− Oi, Brook, esos dos chicos de allá no te están viendo muy amigablemente − susurró Franky disimuladamente. Entonces fue que él se dio cuenta de que había casi ignorado a sus acompañantes desde que subió al barco. Jimmy parecía más cabreado que Michael. Hizo una seña al Cyborg y se encaminó hacia la mesa donde estaban sus amigos.

− Parece que todo está más que bien − comentó el rubio mirando a su compañero.

− Si, será que ya tiene lo que estaba buscando − el moreno no se quedaba atrás. Brook se sentó en una de las dos sillas que estaban vacías y los miró primero a Jimmy y luego a Michael.

− Quisiera presentarles a mis nakamas − soltó haciendo que ambos lo miraran muy mal.

− ¿En serio? − sonrió irónicamente Jimmy.

− Pensé que jamás lo harías − comentó Michael, ya menos enojado.

− Franky san − elevó el tono de su voz para que su nakama lo escuchara. El aludido se acercó, con la botella a medio tomar en la mano. − Ellos son Jimmy y Michael − los presentó. − Fueron los que me rescataron − explicó. − Sacaron mis huesos del agua − los dos chicos miraron fieramente a Franky, que los escrutinió de igual modo. Luego el ciborg sonrió.

− ¡Súper! − gritó. − Soy Cutty Flam − se presentó. − ¡Encantado! − sonrió. La expresión de molestia en el rostro de los chicos iba desapareciendo. Franky se sentó en el único lugar vacío y apoyó la botella en la mesa. − ¿Y de dónde son, chicos? − preguntó.

− Del West Blue − contestó Jimmy.

Su conversación no pudo continuar. Un estruendo se oyó y una puerta salió volando hacia el interior del comedor. Era la puerta de la cocina. Después de ella, salió despedido el cuerpo de un hombre, que llevaba una chaqueta roja de mangas largas, una bermuda azul y un pañuelo rojo que la sujetaba, que ahora flameaba por el aire. Cayó sobre la pared opuesta, rompiendo varios platos y vasos que cayeron sobre él cuando impactó en una alacena. Brook y Franky se miraron.

− ¡Es mío! − se oyó desde la cocina la voz chillona de alguien, que posteriormente entró en el comedor, con un gran trozo de carne que ostentaba una gran mordida. El rostro del que traía la carne era igual al de aquel que había salido volando. Llevaba también una chaqueta sin mangas roja y una bermuda azul. Los presentes, que eran unos cuantos marines, y los cuatro que apenas comenzaban una conversación, miraban alternativamente entre Umi y Luffy. Ella con su cara deformada por la rabia y él levantándose de entre los paltos rotos.

− ¡Umi! − gritó Luffy, con una voz que reclamaba su trozo de carne. − ¡Es el último! − casi rogaba. − ¡Por favor! − se arrodilló y junto sus manos frente a él. Una gran gota apareció en la sien de todos.

− ¡He dicho que es mío! − y de un gran bocado terminó con lo que quedaba de carne para luego arrojar el hueso a los pies de Luffy, que ya se había parado, y la miraba con ojos decepcionados.

− Eres muy mala − dijo, bajando la vista. Ella se acercó y quedó frente a él, mirando un poco hacia arriba por la diferencia de estaturas.

− Era carne − dijo y sacó la lengua en medio de una sonrisa. Luffy también sonrió.

− ¡Ahora conocerás la furia del Rey de los Piratas! − ambos salieron corriendo desesperadamente entre carcajadas, por la puerta que los llevaba hacia la cubierta.


Ryu había llegado al punto desde el que había partido, la barandilla de estribor. Se había sentado allí, con los pies colgando hacia el mar. Habían avanzado bastante pues ya casi no se lograba ver la isla. Chasqueó la lengua en señal de molestia. ¿Por qué había actuado así? Nada de todo lo que pasaba por su mente estaba claro. Tenía deseos de correr otra vez a la habitación con su madre, pero al mismo tiempo temía en lo que podría llegar a decirle. Sabía que lo que había dicho sobre Mika no era tan así, y que la había tratado mal sin razón. Y por otro lado los recuerdos sobre lo que había hecho Zoro. Quiso gritar de frustración cuando escuchó risas, gritos y vio cómo algunas cajas salían volando por el aire. A gran velocidad, Umi corría en dirección hacia donde estaba él.

− ¡Ryu! − gritó, tomándolo por los brazos, arrastrándolo hacia atrás y colocándolo delante de ella, a modo de escudo. Ahí fue cuando vio al bravo Rey de los Piratas, con una enorme y satisfecha sonrisa, incrustándose en la poca visión que tenía de Umi, detrás del cuerpo del espadachín.

− ¡No podrás esconderte! − dijo, continuando con su juego.

− ¡Sálvame Ryu! − el tono risueño y las risas, junto con la agitación que tenía Umi, poco mostraban que realmente quisiera que la salvara. El chico se cruzó de brazos molesto.

− ¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo? − soltó, molesto.

− ¡Se quiere vengar porque me comí el último trozo! − masculló ella, apretándose más contra la espalda de Ryu. Luffy se enderezó y cambió su expresión por una sincera sonrisa.

− ¡Déjate de tonterías! − Ryu se volteó y la empujó suavemente hacia atrás.

− ¿Por qué estás tan enojado? − preguntó, viendo el rostro de su amigo.

− ¡Por nada! − iba a irse cuando sintió la mano de Luffy en su hombro. Al voltear la cabeza notó que lo tomaba con su brazo estirado. Abrió los ojos con asombro.

− ¡Ryu chan! − gritó Luffy. − ¿Cómo está Robin? − le preguntó con una sonrisa.

− Mejor − contestó. El Rey quitó su mano, haciendo que vuelva a su sitio. Ryu volvió a querer irse, pero fue detenido por Umi, que lo tomó del brazo.

− ¿Sucedió algo, Ryu? − la voz de la joven era realmente de preocupación. Podía saber que nada estaba bien con su nakama. Luffy se acercó a ellos. El espadachín no contestó, sólo se limitó a mirar la cubierta.

− Zoro hizo lo que tenía que hacer − la voz del hombre logró que Ryu abriera sus ojos con sorpresa. Umi miró a su padre, que había cambiado su expresión por una seria. − Zoro cargaba con la responsabilidad por todos nosotros, mucho más que yo, que soy el capitán − Ryu levantó la vista. − Siempre ha sido así − se miraron por unos cuantos segundos. Umi apretó más el brazo de Ryu entre sus manos. − Hay hombres que simplemente no merecen ser perdonados − continuó. − Le perdoné la vida aún sabiendo que él no tenía sueños − el rostro de Ryu empalidecía. − Pero Zoro no pudo perdonarlo − hizo una pausa. − Y recuerda siempre que alguien que no tiene sueños no podrá nunca destruir el sueño de los demás

− Yo − apretó sus puños. − Tuve miedo − confesó, bajando nuevamente la vista. − Nunca había visto a mi padre así − explicó. − Lo desconocí totalmente − continuó. − Siempre me habló del honor, del perdón, de la calma y la sabiduría. Pero fue y destrozó a ese hombre sin dudarlo ni un momento, sin piedad, como una bestia

− Por supuesto que tenías miedo − dijo Luffy, Ryu volvió a mirarlo. − Zoro es como un animal salvaje − los chicos observaban al Rey con incredulidad. − ¡Es el espadachín más fuerte del mundo! ¿Qué esperabas? − sonrió. − ¡Yo también le tengo miedo! − se carcajeó.