Muy bien, llegó la hora de contarles qué sucedió con Luffy. No sé si será lo que esperaban, pero es lo que pensé que sería importante contar. Los detalles se los dejo para fanfics jajaja. Ok, no XD. Espero les guste! Nos leemos, Mary.

Candy-chan: Jajajajaja respecto a lo de Perona, pues, es obvio que ella siente cosas por Zoro. No creo que él le haya dado mucha cabida, porque él no es así, pero es un hombre XD ¡Fueron dos años y ella era la única mujer en la isla! Ok, olvida eso jajajaja. Me encantan tus reviews! Y mejor si son súper largos! Mika tiene muchos interrogantes acerca de su futuro porque sabe que su padre se irá a navegar como pirata otra vez y ella quedará sola. Por eso se siente así y también entiende a Ryu, sólo que no le perdonará tan fácilmente el maltrato, realmente ella no se lo merece. Jajajajaja pobre Jimmy, no sabe dónde se está metiendo jajajaja. La Ley 2 de los Roronoa parece que estuviera dicha por Yoda jajajajajaja. Si, les enseñó música, pero él no tocaba los instrumentos. Les enseñó teoría de la música (leerla y eso) pero no a tocar, al menos él no tocaba. Lo siento por el "ahora" jajaja siempre se me escapa, maldita palabra. Jajajaja adoro tu voz de comentarista. Igualmente van 2 a 1, ganando Umi. ¡Y si que la mandó a la ducha! jajajajaja En realidad Ryu la mandó a la ducha "-.- Je, ya verás la resolución de todo este asunto de si seguirán navengando o no y también el paradero de Nami. No habrá final trágico, lo prometo. Y además habrá continuación! Respecto al nombre, si bien puede ser Ace o Edward (en realidad hay un fic que se llama "Como enviado del cielo" en donde Luffy dice que no le pondía Ace a su hijo porque Ace fue Ace y no quiere que su hijo lleve esa carga, y le ponen Edward, por Barbablanca), a mi me gustaría ponerle Yume (sueño). Si, tal vez es extraño, pero lo haría ^^. ¡Muy bien! ¡Gracias por todo! Nos leemos prontito, Mary.


El mar estaba diferente ese día. Jinbei navegaba por el Nuevo Mundo sin prisa, disfrutando del viaje. Hacía poco menos de un mes que había tomado la decisión de por fin unirse a la tripulación del proclamado Rey Pirata Monkey D. Luffy. Tomaba de una gran botella de ron mientras la tripulación acomodaba algunas cosas en la cubierta. No era su barco, sino que por cuestiones del destino había subido a un barco mercante que iría en la misma dirección que él. Sabía por las noticias que el Rey Pirata había salido del Grand Line en camino hacia el West Blue.

Pero, ese día, el mar estaba diferente. No había mucho oleaje, el cielo estaba despejado, el viendo dejaba que la nave casi acaricie la superficie. Las aves revoloteaban alrededor anunciando que pronto llegarían a algún puerto. Era un bonito día, y justamente eso era lo extraño. Estaban en el Nuevo Mundo, no en el East Blue.

Jinbei san − un marinero de edad avanzada llamó su atención. − Pronto estaremos sirviendo el almuerzo − anunció haciendo una ligera reverencia. − Si gusta podemos servírselo en la cubierta

Está bien, lo tomaré aquí − contestó mientras hacía un gesto con la mano y el anciano se retiraba.

Un ruido alertó sus sentidos. Miró hacia los lados, pero nadie pareció escucharlo. Se detuvo en un punto fijo en el mar y notó cómo el oleaje cambiaba repentinamente. Definitivamente el mar estaba diferente. Se puso de pie y se acercó a la barandilla para observar con más detenimiento. Y allí, a lo lejos, en el horizonte, vio un Rey Marino. Enorme, imponente y bestial. Un ser de los pocos a los que había que temer seriamente. El animal, que era azul con pintas blancas, semejante a un pulpo gigantesco, se acercaba a toda velocidad, surcando el agua y revolviendo el oleaje. Se detuvo a pocos yardas de su barco, y comenzó a hacer sonar su garganta en una especie de graznido que sólo pudo comprender como un llamado desesperado de ayuda. Estaba absolutamente convencido de que ese Rey Marino estaba llamando ayuda.

A los pocos minutos, el anciano que antes lo había interrogado, le acercó su almuerzo, que consistía en una bandeja con una interesante variedad de frutos de mar, arroz y una salsa de color marrón oscuro que olía realmente delicioso. Pero Jinbei, en vez de agradecer por la comida y volver a su asiento, miró inquisitivamente al marinero.

¿Sabe por qué ese Rey Marino está actuando así? − preguntó, con voz grave.

No señor − contestó sinceramente el anciano. − Normalmente no se ven Reyes Marinos en esta área

Muchas gracias − contestó Jinbei.

Cuando el hombre se retiró, se arrojó al mar sin dudarlo. Si ese Rey Marino estaba allí frente a sus ojos clamando por ayuda, tenía que verificar que todo estuviese bien. El mar estaba diferente y lo comprobaba con cada centímetro cúbico de agua salada que acariciaba su piel de gyojin. El agua parecía triste, no emanaba esa misma energía celestial que tanto lo hacía sentir bien.

A medida que se acercaba, notaba más y más la angustia de la bestia. Y cuando estuvo a pocos metros, divisó algo entre dos de los tentáculos del pulpo gigante. Una persona. Y de ella chorreaba sangre. Apresuró su marcha y con confianza miró a los ojos al Rey Marino que inmediatamente bajó al sujeto para mostrárselo a Jinbei.

El shock lo enmudeció. No podía moverse. Su cerebro le gritaba que se acercara y tomara a ese hombre entre sus brazos, pero sus extremidades no le obedecían. Un nuevo gemido de parte de la bestia lo envalentonó y se acercó para confirmar lo que era más que obvio. Aquel que estaba inconsciente, magullado, ensangrentado y podía jurar que al borde de la muerte, era el mismísimo Rey de los Piratas, Monkey D. Luffy.

Debía llevar a Luffy a un lugar seco y hacerle algunas curaciones. Luego pensaría en qué era lo que le había sucedido. Nadó nuevamente hasta el barco, habiendo previamente agradecido al Rey Marino con una reverencia y unas palabras. Al subir al barco, en el que lo esperaban con unas sogas y salvavidas, entró corriendo a la enfermería, que era pequeña pero tenía lo necesario.

Arrancó su ropa mojada, secó su cuerpo con unas toallas blancas. Emanaba de él un aura extraña junto con gotas y más gotas de agua de mar que salían de todas y cada una de sus heridas. Jinbei no comprendía lo que estaba sucediendo.

¿Acaso tiene agua dentro del cuerpo? − soltó en voz alta. Quiso estirar su piel, pero no podía hacerlo. Parecía estar bajo los efectos del agua del mar o del kairouseki: el poder de su fruta del diablo estaba anulado.

Intentando no desesperar, hizo lo primero que se le vino a la mente. Tenía que llevarlo a una playa y lograr que la arena absorbiera toda el agua que estaba encarnada en su piel y en sus entrañas. Lo ató a su espalda con ayuda del médico de a bordo, que lo miraba aterrorizado y temblando. Agradeció al capitán apropiadamente y se echó al mar, buscando una isla o alguna costa para hacer lo que su instinto le decía que hiciera.

Dos meses después

Jefe Jinbei − la inconfundible voz del que hablaba detrás de la puerta lo sacó de la somnolencia. Se puso de pie y dio una mirada a la habitación para comprobar que todo estuviese en orden. Había una cama con sábanas y mantas blancas, una mesa de noche dónde había una lámpara que estaba apagada y una jarra con agua, una cómoda con un espejo grande y varios rollos de vendas y pomadas con curaciones. La ventana era grande y por ella entraban los rayos del sol que alumbraban completamente el lugar, dándole un aspecto muy cálido. Las cortinas eran azules y las paredes de un celeste muy claro.

Jinbei se acercó a la puerta de madera, que era bastante más baja que él y abrió el pomo, encontrándose con los ojos dorados del tritón que cada día desde que había llegado a la Isla Gyojin hacía su relevo durante la tarde.

Príncipe Fukaboshi − lo saludó.

¿Hubo algún cambio? − preguntó sin que ninguno de los dos se moviera de su sitio. Jinbei negó con la cabeza. − Ya veo

Necesito hablar contigo un momento, por favor − pidió Jinbei, dando un paso fuera de la habitación. Fukaboshi se sorprendió, pero siguió al Jefe no sin antes dar una mirada al cuerpo inerte y vendado de Luffy, que respiraba con normalidad sobre la cama.

Todos habían callado. Los que estaban de pie se habían sentado en el suelo, como si estuviesen escuchando un relato fantástico o una historia alrededor de la fogata. El tono de voz de Luffy había cambiado. Se escuchaba triste y melancólico. Había dejado el sombrero sobre la mesa, mientras hablaba mirándolo. Creyó que lo mejor para que entendieran todo lo que había tenido que pasar para llegar a ese momento con ellos era contárselos desde el inicio, desde que Jinbei lo rescató, llevándolo a esa isla para que la arena absorbiera el agua de mar que se había incrustado en todo su cuerpo.

− Jinbei y Fukaboshi salieron de la casa, conversando mientras daban un paseo − continuó. − No sé de qué hablaron − Jinbei se mantenía en silencio, escuchando el relato de Luffy. − Cuando desperté estaba solo en un lugar desconocido, lleno de vendas y el sol encandiló mis ojos de tal forma que creí que jamás volvería a ver

Luffy despertó sintiéndose pesado. Le dolía todo el cuerpo y supo que se podía mover cuando tapó sus ojos con sus manos al sentir la luz del sol casi quemarle las retinas.

Mierda − soltó cuando quiso incorporarse. No comprendía por qué le dolía tanto. Jamás en su vida había sentido aquella asquerosa sensación. Era como si estuviera presionado debajo de una enorme roca, o quizá debajo de una montaña entera. Estaba aplastado contra la cama y su cuerpo parecía pesar un millón de veces más de lo que pesaba realmente. − ¿Dónde estoy? − se dijo a si mismo. No sabía cómo, pero a pesar de lo que le costaba moverse, podía hablar y respirar con normalidad. Bajó los brazos. Quiso hacerlo con delicadeza, pero no pudo y estos cayeron hacia la cama como dos piedras al fondo del río.

Intentó nuevamente abrir sus ojos, temiendo volver a ver ese resplandor blanco cegándolo. Y no tenía intensiones de quedarse ciego. Así que de a poco comenzó a abrir el párpado izquierdo, con suavidad y haciendo un gran esfuerzo, ya que mover los músculos de su cara también le dolía. Divisó su propio cuerpo tapado hasta el pecho por una sábana blanca. Más allá de la cama, frente a él, había una cómoda llena de vendajes y tarros de distintos tamaños y un espejo sobre ésta. Llevó su mirada hacia un lado y vio una puerta pequeña que estaba cerrada y del otro lado había una ventana abierta por la que entraba la maldita luz que le hacía doler los ojos. No se escuchaban ruidos. El aroma era a flores. No había comida. Se sintió algo decepcionado hasta que cayó en cuenta de que aún no sabía dónde estaba, ni cómo era que había llegado allí. Abrió los ojos de par de par.

Las imágenes de lo último que había vivido comenzaron a inundarle la mente. Había comenzado a jadear. Se sentó violentamente en la cama, ignorando el dolor que aquello le producía, que no era comparable a la opresión de su pecho y lo terrible de las imágenes que lo atormentaban. Se agarró la cabeza con ambas manos y mientras tironeaba de su cabello, balbuceaba los nombres de sus nakamas mezclados con insultos.

Se destapó violentamente. Tenía que saber qué había sucedido, dónde estaban todos, cómo había llegado a donde quiera que estuviera. Y si todos estaban bien. Bajó las piernas y se dispuso a ponerse de pie. Se desestabilizó y cayó sentado, pero al cuarto intento lo logró. Caminó torpemente hacia la puerta y la abrió con cuidado de no llamar la atención. No podía siquiera imaginarse quién lo había sacado del infierno que había vivido esa noche de tormenta y por algún racional motivo, muy extraño en él, decidió que sería mejor investigar un poco antes de gritar por comida y explicaciones.

La casa era pequeña y muy acogedora. Estaba hecha en un material que no reconoció a simple vista, combinado con maderas de colores, en azul, rosado y amarillo. La sala tenía unos sillones y una mesa pequeña, una ventana dejaba que la luz solar ilumine todo dándole una visión cálida. La decoración era sencilla. El suelo y las cortinas eran color celeste, al igual que las de su habitación.

Caminó por entre los sillones y vio un periódico sobre la mesa. Tenía que saber cuánto tiempo había pasado. Aún no identificaba el lugar, pero al menos quería saber algo. Se sentó en uno de los sillones, que eran de madera con almohadones muy mullidos y sus músculos adoloridos le pasaron factura por el movimiento. Cerró los ojos un momento queriendo alejar la sensación de dolor y pesadez. Tomó el periódico y lo abrió. Abrió los ojos.

Se encontró con que habían pasado dos meses desde que los atacaron. Se sorprendió. ¿Tanto tiempo había estado inconsciente? En la primera página se hablaba de una importante cantidad de piratas novatos que habían sido capturados en esa semana y de la "valentía" y el "arrojo" del nuevo Almirante de la Marina, un tal Nathan Conar, al que apodaban "Kaizoku Satsujin". Luffy no comprendía. ¿En tan sólo dos meses habían encontrado un nuevo Almirante? Y además, a juzgar por la foto, nunca lo había visto en los numerosos enfrentamientos que había tenido con la Marina. Tenía el cabello plateado, y los ojos de diferente color. Su sonrisa parecía agradable.

Esto es muy extraño − susurró, dando vuelta la página. Y allí se detuvo todo. Su mente se paralizó y su corazón también. − Robin − soltó. Intentó concentrarse y leer lo que decía la noticia. "Ayer se llevó a cabo la ejecución pública de Nico Robin de los extintos Sombrero de Paja" − ¿Qué? − continuó leyendo. "Tras la derrota de toda la banda, la única sobreviviente capturada fue La Niña Demonio, Nico Robin. Después de un intenso interrogatorio para descubrir la ubicación del One Piece, se procedió a su ejecución en Mariejois, como fue decidido por los Altos Mandos de la Marina y el Gobierno Mundial". − No puede ser − no lo creía, no podía creer lo que estaba leyendo. Dejó el papel suavemente sobre la mesa y se levantó, olvidando sus dolores e ignorando sus pensamientos.

Como un autómata, ya sin querer comprender nada y sin saber dónde estaba, salió de la casa. Afuera había flores y mucho agua rodeando todo. No podía pensar en eso. Caminó evitando el rose con el agua y encontró un camino pequeño entre los árboles y los corales. Se internó allí, en la soledad del bosque hasta que sus rodillas flaquearon y cayó al suelo, desplomándose.

Jinbei, tras haber hablado con Fukaboshi, regresó a la casa sin muchas esperanzas. Grande fue su sorpresa al encontrarse la puerta abierta. Entró y vio el periódico abierto en la página donde se mostraba a Robin encadenada. Se acercó a la habitación de Luffy. Él no estaba. Alarmado, y con una mezcla de alivio porque había despertado y desesperación por encontrarlo, corrió hacia fuera, siguiendo el rastro de gotas de sangre que antes no había notado. Seguramente algunas de las heridas que tenía se habían vuelto abrir.

− Cuando Jinbei me encontró, estaba nuevamente inconsciente − siguió su relato Luffy, manteniendo la atención de todos. − Al día siguiente volví a despertar, pero mi corazón estaba vacío. Corrí, me arranqué los vendajes, golpeé árboles, rocas, todo lo que encontraba en mi camino. Desgarré la piel de mis nudillos, y lloré, lloré como nunca antes, mucho más que cuando mi hermano murió, como jamás había llorado en mi vida − la tristeza flotaba en el aire. Las lágrimas de algunos surcaban sus silenciosos rostros. − Durante quince días fue lo mismo − la sorpresa era evidente todos sus compañeros. − Mi cuerpo era un desastre, tenía raspones, moretones, heridas, y una muy profunda justo sobre esta cicatriz − se tocó el pecho con la mano derecha abierta. − Ese día no podía caminar, no pude salir de mi habitación, y rompí todo lo que allí había − Luffy hablaba con tanta calma que parecía estar contando la historia de alguien más. − Entonces Jinbei me hizo una pregunta − miró al gyojin que lo estaba escuchando atentamente. − Me dijo "¿Tan fácil es derrotar al Rey de los Piratas?". Y ahí entendí todo. Yo había llegado a la cima, había cumplido mi sueño y era libre

No − el gyojin se acercó y se sentó frente a él. − ¿Tan fácil es derrotar al Rey de los Piratas? − preguntó, llamando la atención de Luffy, que levantó sus irritados ojos. − Estás bañado en tu sangre y en tus lágrimas − la expresión de Jimbei era de tristeza y dolor. − Debes calmarte − dijo. − Déjame curarte − insistió.

¿De qué sirve que me calme? ¡¿De qué sirve que me cure?! − gritó.

¿No les hiciste una promesa? − preguntó. No lo sabía, pero estaba seguro de que Luffy no podía rendirse tan fácilmente.

Si − bajó la vista. − Pero no puedo cumplirla − Jimbei rió. − ¿Qué es lo gracioso?

¡Luffy! − gritó y lo tomó por los hombros, manchándose con su sangre. − Hace días que estás en este estado, ¿crees que a Chopper le daría gracia? − las lágrimas volvieron a surcar el rostro de Luffy. − ¿Qué diría Zoro si viera que te estás rindiendo? ¿Crees que Franky construiría otro barco para un debilucho? ¿Sanji prepararía un banquete para un idiota que se deja vencer tan fácilmente? ¿Qué haría Brook si te viera, tocar la marcha fúnebre? ¿Crees que Usopp estaría orgulloso de pertenecer a tu banda? ¡¿Qué diría Nami?!

Me golpearía hasta morir − sonrió tristemente. Jimbei lo soltó.

Entrenaremos duro − dijo y se puso de pie. − Vencerás al mar

¿Vencer al mar? − preguntó Luffy después de unos cuantos minutos en los que se limitó a cerrar los ojos recostado en la cama mientras Jinbei volvía a vendar todas sus heridas.

Nathan Conar fue la persona que los atacó. Él es usuario de la Umi Umi no mi, una fruta de leyenda − explicó Jinbei sin dejar su labor. − Él controla el mar

Eso es imposible − murmuró Luffy.

No lo es − por primera vez sus ojos se cruzaron. − Ahora es Almirante de la Marina y el protegido de Akainu

Yo les prometí a todos que le patearía el culo al que nos hizo esto y que los buscaría − cerró sus ojos con fuerza. − No puedo regresar ahora

Encontraremos la forma de derrotarlo − la seguridad en las palabras de Jinbei lograron llegar al destruido corazón del rey. − Él es un usuario después de todo − terminó de cerrar el último vendaje sobre su brazo. − No es el mar

− El entrenamiento fue difícil y tedioso. Y me tomó mucho más de diez años desarrollar el Gia Shi − miró a Zoro. − Y tienen razón, consume mi vida mucho más que el Gia Second − viró a ver a Chopper. − No volveré a usarlo, estén tranquilos, no era mi intensión desde el inicio

− Entonces, Luffy, ¿estuviste todo este tiempo en la Isla Gyojin? − preguntó para confirmar, Sanji.

− Si, estuve allí entrenando con Jinbei y Fukaboshi − afirmó.

− ¡Te voy a matar, maldito bastardo! − cuando quiso abalanzarse contra su capitán fue detenido por Franky y Brook. − ¡Diecisiete años con las sirenas! − Sanji estaba realmente enojado, pero su comentario rompió el hielo que se había formado, dando lugar a una risa colectiva, que fue intensificándose. Luffy miró a Zoro.


Al llegar, Jinbei encontró todo cerrado. Exhaló el aire que había retenido por unos segundos. Cerró la puerta y se sentó más allá, en el sillón. Releyó toda la información, prestando atención a cada palabra y a las imágenes de los dos niños. Su expresión era de bronca y de sorpresa. Realmente habían encontrado a alguien que se parecía muchísimo a Luffy. Dejó el papel sobre la mesa pequeña que tenía frente al sillón y se recostó cómodamente. Cerró sus ojos.

¿Ya lo sabes, no es así? − pudo reconocer perfectamente la voz que le hablaba, por eso no se movió ni un milímetro de la posición en la que estaba desde hacía unos cuantos minutos. Luffy estaba tranquilo y le pareció bastante extraño dada la situación. De cualquier forma, no dijo nada, se limitó a seguir escuchando. − Creo que sabes lo que vamos a hacer − continuó en el mismo tono que antes. Sabía, sin verlo, que estaba de pie, debajo del marco de la puerta, con las manos a los lados, los puños apretados y mirando un punto en el aire, con sus ojos perdidos en sus pensamientos y recuerdos. Y que su sangre hervía, y quemaba.

Por supuesto que lo sé − contestó el hombre, escuetamente, pero con determinación. − Iremos a Marski Cort − continuó. − ¿Sabes quién puede ser el que te suplanta? − preguntó, con curiosidad. Era casi imposible que Luffy lo supiera porque el muchacho no parecía tener más de 16 o 17 años.

Es Umi, mi hija − Jinbei abrió los ojos con sorpresa y vio el rostro sombrío de Luffy.

¿Tu hija? − estaba confundido.

Saqué a Nami del barco antes del ataque − levantó la cabeza para ver directamente los ojos del gyojin. − Le di mi sombrero y le prometí que iría a buscarlos, a los tres

¿Nami estaba embarazada? − preguntó aún sin salir de su asombro. Luffy asintió con la cabeza.

Esta vez cumpliré mi promesa − apretó sus puños. − No dejaré que él vuelva a arrebatarnos nuestra libertad

− Ponte tu sombrero, Capitán − le dijo el peliverde, acercándose. − Es un orgullo estar bajo tu mando de nuevo − le extendió su mano derecha con una sonrisa en el rostro. Luffy no tomó su mano. Abrió sus brazos y estrechó a su nakama con fuerza.

− Gracias Zoro. Para mi es un honor navegar a su lado