Navidades, desde que tenía memoria aquella era su época del año favorita. Le encantaba ver la ciudad decorada, las canciones sonando en los centros comerciales, los niños disfrutando de la nieve. Era feliz decorando la casa con los adornos, preparar el árbol era para él una de las cosas más hermosas que había en su vida.
Incluso tras la muerte de sus padres, había intentado mantener intacto aquel espíritu que sus padres le inculcaron. Fueron años duros, donde por poco perdió todo lo que para él había sido importante alguna vez en su vida. Gracias a Martha los Beckett habían aparecido en su vida, y desde ese momento la navidad volvió a ser lo que siempre había sido para él, momento de alegría y estar con la familia.
Estaba deseando que llegase la hora de dejar la universidad por las fiestas navideñas y regresar al hogar.
-Beckett, ¿estás lista?-preguntó abriendo la puerta de la habitación de su amiga.
-Castle, por dios. Aún faltan seis horas para que salga nuestro vuelo. Cálmate. Llegaremos a tiempo, tranquilo. Y por lo que me ha dicho papá te ha dejado la decoración del árbol a ti – aquello hizo que en el rostro del joven se dibujase una enorme sonrisa.
-Vale, pero no quiero llegar tarde. ¿Te puedo ayudar con el equipaje?
-Tengo una idea aún mejor. Qué tal si vas a despedirte de tu nueva novia, se llame como se llame, y así me dejas tranquila y termino esto.
Castle hizo lo que Kate le dijo, salió de aquella habitación y se dirigió al edificio de enfrente a despedirse de su nueva conquista.
Desde que lo dejó con Gina, eran muchas las jóvenes que habían pasado por su cama. Todas se quedaban el tiempo justo en su vida, cuando veía que aquello podía ir a más terminaba con ellas.
Él quería enamorarse, quería una familia, una esposa, hijos. Pero algo dentro de él le decía que ninguna de aquellas mujeres era la adecuada.
Tras pasar unas horas despidiéndose de la joven que ocupaba su cama por aquel entonces, regresó a la habitación de Kate.
-Bueno, dime que ahora sí estás lista –decía asomando la cabeza por la puerta de la habitación de la joven.
-Sí ahora sí. Nos podemos ir cuando quieras. Vaya veo que ha sido una gran despedida –decía Kate alzando una de sus cejas.
-Eh, no sé porque lo dices – contestaba Rick un tanto perdido.
-Menudo chupetón que te ha hecho – contestaba ella señalando el cuello del joven.
-Joder, la mato. Siempre les digo que nada de marcas.
-Hombre habrá sido en un momento de pasión – respondía ella muerta de risa.
-Graciosa, ¿y tú te has despedido de alguien? – La joven negaba- Kate, cariño, deberías salir un poco más. La universidad no es sólo estudiar, también hay que divertirse. Y tú desde que terminaste con Dick, no has salido con nadie. Debes tener telarañas, porque de eso hace ya tres años.
Se arrepintió de decir aquello en el instante que sintió en su nuca la colleja de Kate.
-Te has pasado. Sólo por eso, cuando lleguemos a casa te quedarás sin conducir.
NY en navidad, nieve, patinaje, villancicos, luces, niños cantando por las calles, Papá Noel en cada acera.
Durante la cena no podía dejar de mirar feliz la familia que formaban, si alguien le preguntase diría que aquellas cuatro personas que estaban sentadas alrededor de aquella mesa eran su familia. Jim, Johanna, Kate y Martha, eran su familia.
Aquella mañana se levantó algo triste, era nueve de enero lo que significaba que al día siguiente Kate y él debían regresar al campus. Las vacaciones navideñas llegaban a su fin. Y aquello le hacia ponerse algo triste.
-Castle, cambia la cara por dios. Parece que se termina el mundo.
-Beckett, lo siento, pero es que se terminan las vacaciones navideñas, hasta dentro de un año no volverá a ser navidad.
-Venga, este es nuestro último año en la universidad, las próximas navidades estaremos en casa.
-Prométemelo.
-¿El qué quieres que prometa?
-Promete que el año próximo estaremos de vuelta en NY. Que no aceptarás un trabajo en la otra punta del país, que pueda hacer que no estemos juntos en navidad – Angustia, eso era lo que Kate vio en los ojos de su amigo.
-Lo prometo, o al menos prometo intentarlo.
Era raro, Johanna nunca llegaba tarde, sin embargo aún no había llegado a la tradicional cena de los Beckett de final de navidad.
-Papá, ¿por qué no vuelves a llamarla?
-Katie cariño hace cinco minutos que lo he hecho. Seguro que está a punto de llegar.
-Jim, podía ir yo a buscarla. Seguro que se ha liado con algún caso.
-Lo que faltaba es que te fueras tú y llegase ella. Entonces nos tocaría esperarte a ti. Y Katie estaría todo el rato enfadada – el joven asentía.
-Oye, vaya concepto que tenéis de mí – respondía lo joven.
-El mejor Beckett, pero reconoce que cuando tienes hambre tu humor cambia y te conviertes en una especia de vampiro – decía Rick soltando una carcajada.
-Muy gracioso Castle, realmente eres muy gracioso.
-Pero no negarás Katie que tiene razón, tu carácter se agria cuando tienes el estómago vacío. Bueno pidamos, seguro que mamá está a punto de llegar.
Eran cerca de las once cuando regresaron a casa. Estaban realmente preocupados. Johanna no se había presentado a la cena y no había respondido a ninguna de sus llamadas. Aquello no era normal.
Justo delante de su casa, se encontraba estacionado un vehículo de la policía de nueva york. Cuando uno de los ocupantes del coche vio que iban a entrar en la casa, se bajó del automóvil.
-¿Señor Beckett? – Cuando Jim y el resto se pararon y se giraron supieron que algo había pasado- Soy el detective Roy Montgomery. Me gustaría hablar con ustedes, pero será mejor hacerlo dentro de la vivienda.
Ninguno olvidaría aquel nueve de enero.
El cadáver de Johanna fue encontrado en un callejón de la ciudad, a tan solo dos manzanas del restaurante dónde su familia la había estado esperando durante horas.
Pasaron los meses, pero nunca se encontró al culpable. A medida que el tiempo transcurría la familia se iba descomponiendo.
Jim cayó en picado, no podía avanzar sin su esposa. No sabía cómo continuar sin ella, y se refugió en la bebida. Cuando Kate lo descubrió dejo su beca en uno de los mejores despachos de abogados de Los Ángeles y regresó a casa a NY.
Castle se refugió en las mujeres, saltaba de una a otra sin miramientos incluso llegó a compaginar más de una relación al mismo tiempo. Un día decidió alistarse en el ejercito.
Aquella familia sufrió la mayor de las rupturas. Ninguno de sus componentes, supo continuar con sus vidas como habían sido hasta aquel nueve de enero.
El día en el que se cumplía el primer aniversario de la muerte de Johanna Beckett una nueva placa de policía era entregada a una agente novata, Katherine Beckett.
Jim hacía tan solo tres semanas que había sido dado de alta en el centro de desintoxicación, presenciaba entre orgulloso y aterrado la entrega de destino de su hija.
-Katie, cariño. Prométeme que siempre tendrás cuidado. No podría soportar que tú también me abandonases – los ojos de Jim estaban repletos de lágrimas.
-Tranquilo papá, tendré cuidado – respondía la joven al tiempo que se abrazaba a su padre.
-Castle me ha llamado antes, dice que siente no poder estar aquí junto a nosotros.
-Ya. Bueno estamos tú y yo, con eso me sobra.
-Cariño, algún día deberías intentar perdonar a Rick. Él sólo quiso protegerte. Sólo hizo lo que yo le pedí.
-¿Protegerme? Me ocultó durante meses tu problema con el alcohol. Y cuando lo descubrí, ¿qué hizo él? En lugar de quedarse y apoyarnos, salió huyendo.
-Cariño, le gritaste que nunca más querías verlo cerca de nosotros. Le dijiste que él era el culpable de todo. Que si él no hubiese llegado a nuestra familia, nunca habríamos ido a celebrar aquella absurda cena. Él sólo ha hecho lo que tú le has pedido, desaparecer.
-Pero papá, no grite aquello de que fuera culpa suya en serio.
-Ya, pero él no lo sabe. Y respecto a ocultarte lo de mi problema, sólo hizo lo que yo le pedí. En todo caso es conmigo con quien deberías haberte enfadado y no con él – las mejillas de su hija estaban siendo bañadas por lagrimas- Sólo espero que algún día podáis resolver vuestras diferencias.
