Improbables sueños
Se esforzaba en demostrar a cada instante que ya no era ningún niñato débil, torpe o dependiente; que tanto su mente como su cuerpo -todavía hirientemente pequeños y frágiles- maduraban a un paso tan acelerado que sus delgadas piernas de marfil apenas podían resistir tal marcha, pero cuyo esfuerzo desmedido en alcanzar aquel mundo de adultos, lo recompensaría más allá del cambio en la mirada adusta de su padre.
Aunque por el momento seguía siendo un crío, cuyo universo aún estaba al margen de irrisorias ilusiones. Ingenuas, inocentes. Así como la del primer amor.
Desde que sus ojos noche captaron la bizarra imagen del áureo matizada entre encajes y maquillaje, en aquella femenina publicación dirigida por su progenitora, su corazón revoloteó imparable dentro de su tierno pecho. Era imposible; un acaramelado sueño hecho realidad. Tan poco probable como aquellas historias colmadas de zalamerías y promesas fútiles basadas en la hermosura exterior, de besos de amor verdadero que despiertan a las damas o accesorios del tamaño apropiado que te brindan un prometido.
Nada podía ser tan bueno.
Pero Sasuke quería creer.
Que aquel chico de mirada añil y cabellos de trigo, anormalmente cargado de buenas intenciones, de quien apenas se había logrado enterar de su nombre, se encontraba al otro extremo de un mágico sendero que lo dirigiría a la puertas de la dicha, dispuesto a recibirlo en tal mundo de ensueño con sus trigueños brazos abiertos.
Gracias a su súbita e inconcebible insistencia por hacerse de algo de información del rubito, Mikoto accedió inmediatamente a proporcionarle los datos que ella poseía; edad, ocupación, residencia, familia. Todo lo que su niño preguntase sería respondido entre un inusual éxtasis de maternidad; jamás ninguno de sus pequeños había acudido a su persona solicitándole cualquier apoyo, por lo realizar un capricho de su nene, se balanceaba peligrosamente entre un culposo placer y una orden irrefutable. Un liberador deseo que cumplía más por gozo propio que ajeno.
Asi fue como el vástago más pequeño de los Uchiha fue llevado dentro de uno de los imponentes autos de su familia, a las puertas de un colegio que jamás tendría la fortuna de contarlo entre su matricula de estudiantes. Mandó aparcar el vehículo a una calle aledaña mientras descendía acelerado, intentando localizar entre la multitud de adolecentes que presurosos se dirigían a sus hogares, una centellante cabellera dorada; los minutos pasaban y el rubio no se mostraba para sus impaciente cuencas ónice.
Estaba indeciso de preguntarles a algunos de esos jóvenes por el paradero del áureo, puesto que ¿Cómo demonios podría indagar en la vida de alguien a quien en realidad no conocía de nada? Quizás debió escuchar a la su madre, diciéndole que aguantara un par de días más y ella gustosa le programaría un encuentro con el chico de los zafiros.
— ¿Has visto a Naruto? —escuchó de milagro su nombre, procedente de un pelirrojo, entre la algarabía que se aglomeraba limítrofe a la escuela.
— Detrás de los laboratorios como de costumbre. No creo que nos alcance —la respuesta de un castaño le fue suficiente para movilizarse, imprudente, dentro de la verja que delimitaba aquel territorio estudiantil, tan ajeno a su propio mundo escolar. Entrando a un lugar donde es tan fácil cimentar las fantasías de la juventud como observarlas consumirse en la agonía.
Su aguda percepción lo guiaba por la vía correcta, a cada segundo lo sentía más próximo, el insoportable repiqueteo de su tórax normalmente impasible, la errática respiración y la sonrisa, discretamente bobalicona e incondicionalmente esperanzada, adornando sus finos trazos faciales, eran las manifestaciones físicas de su efusiva condición. Descubrir al rubio y que la vida le permitiese volver a encontrarse con él, no era una coincidencia. Para el corazón desesperado de un chiquillo que únicamente ha recibido migajas de cariño durante toda su existencia, aquella era la inequívoca señal de que podía imaginarse un futuro al lado del blondo. De sus gestos divertidos, de sus tratos afables, de su enérgica presencia, de su risa burbujeante y sus expresivos zafiros. Lo quería sentir como una romántica e idealista percepción de destino.
La señalética de la construcción le indicó lo próximo que estaba el lugar buscado. Dio la última vuelta y… la esfera de esperanzas terminó quebrándose brutalmente frente a sus ojos carbón, apenas se estaba formando.
El cabello como hilos de oro, los pómulos adorablemente marcados, sus facciones serenas, la silueta menuda y aquellos cielos que ahora estaban resguardados celosamente tras sus suaves parpados. Ese era sin lugar a dudas Naruto. El chico que lo había ayudado más que a recoger sus cosas, limpiar su cara o curar sus raspones, que lo había conducido más que a sus desinteresados padres, que lo había salvado de algo más allá que un simple resfriado. De quien se enamoró tan pronto llegó a casa aquella fresca tarde de otoño, más de un año atrás. Ahí estaba. Perdido en los labios de otro joven.
Recargado en una lisa e inmaculada pared, era empujado con vehemencia por un muchacho considerablemente más alto, fornido, que llevaba tanto metal en el rostro que al Uchiha le pareció absurdo. Y mientras las manos del rubio sólo tiraban levemente de la anaranjada cabellera, su acompañante no se limitaba a tratos tan superficiales, escurriendo su diestra bajo la incomoda camisa escolar del áureo, jugueteando entre los pliegues que abrían paso al lozano y apetitoso pecho del zorrito.
Sasuke permaneció como silencioso espectador por unos minutos. Incapaz de reaccionar, de huir, de negarlo todo. Sintiendo aquel martilleó insoportable demoler su cordura, quebrar su corazón; un agónico dolor que jamás había experimentado, que nunca habría querido descubrir. Estaba catando en plenitud y a conciencia la quemante amargura de la decepción transgrediendo sus pueriles sentidos. Únicamente era un niño. Que todavía creía en la inocencia del mundo, que había concebido una realidad muy distinta para su blondo redentor. Ahora sus opacos irises percibían todo muy diferente; Naruto era un chico hermoso de diecisiete años en pleno descubrimiento de su sexualidad. Popular, curioso, sensible ¡¿Cómo fue tan imbécil para creerlo una casta palomita?! Era dulce, pero eso no lo volvía inocente; era amable, pero aquello no desmeritaba su libido; lo había auxiliado, pero su acción jamás lo ató a él.
Ahí no existía un misterioso hilo escarlata del destino, únicamente una quimera que ahora se teñía de color sangre ante la aflicción de saberse rechazado antes de siquiera preguntar. Naruto era simplemente otro imposible en su vida. Tan lejano como todas las errantes figuras con las que algún día se esperanzó.
— Yahiko —un suspiró extasiado, producido por aquellos labios de melocotón, logró sacarlo de su agudo colapso mental. Esa voz, se apreciaba tan distinta en sus recuerdos—. Tengo que irme —plasmó dudoso; tan inseguro de querer parar que cualquier suplica ofrecida por su excitante novio, se volvería la excusa perfecta.
— No hay problema Naru —concedió el otro, mientras la difícil labor de renunciar a la adictiva boca del más pequeño era desarrollada—. Podemos seguir luego.
Una risa ahogada, un lujurioso movimiento discretamente desarrollado sobre la arrugada ropa escolar, y el Uchiha, que ahora sí retrocedió ante cada grotesco mimo, simplemente desapareció de la misma forma en la que había llegado, sin ser percibido en absoluto por los irises añiles.
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En su mundo no existía un coqueteo casto, halagos simples o acciones desinteresadas. Cuando el flirteo comenzaba, nacía indiscutiblemente de una atracción física envuelta en satisfacer las necesidades del cuerpo de la forma más inmediata posible; porque complaciendo su frágil organismo era el modo más seguro de mantener la quimera de un romance que colmara a su pobre y necesitado espíritu. Todo era una chispa de pasión que se alimentaba de un errático río de fuego, brindándole el confort suficiente para sentirse algo más que un simple pedazo de carne, aunque aquello no garantizaba que el gélido rechazo también le quemase implacable, cuando sus necios ojos de mar apreciaban nuevamente la osca realidad.
Asi se habían desarrollado sus relaciones desde el principio. Desde que el primer hijo de puta había destrozado algo más que su confianza.
Por lo que aquellas ondulantes caricias en su enmarañado cabello le sabían ajenas, hipócritas y ficticias. Nunca se había sentido tan incomodo ante tratos más superficiales. Mantenía garabateado el estoicismo en sus facciones canela y controladas las ganas tanto de apartarse cual patética doncella virginal como de redecorar a base de golpes, la cara de niño majo de su invitado.
— ¿Tanto se notan las marcas? —cuestionó lo obvio el chico de piel lechosa, aprovechando para con absoluta desfachatez, pasar sus helados falanges por la cálida dermis de su espalda. O sufría de un jodido deja vu en menos de veinticuatro horas o ese mocoso tenía un fetiche incontrolable de andarlo acariciando—. Tienes una piel de nena, dobe —ironizó ¡Era momento de cerrarle el pico al pajarraco!
— Quizás si un bastardo no me hubiese atado por más de dos horas, ahora no tendría ningún alegórico moretón ¡Y mi piel no es sensible! ¡A cualquiera la pasaría lo mismo! —se defendió el zorrito, transmitiéndole con sus embravecidos mares índigo, que no estaba precisamente para que le picara -por decir lo menos- la paciencia.
Luego de su amena charla, en la que permaneció inmovilizado hasta la culminación de la misma, Sasuke accedió, desconfiado y de mala gana, a liberarlo, bajo la solemne promesa de que no habría repercusiones. Tuvo que asentir, era aquello o que tanto su cabeza como su vejiga reventaran y su columna terminase torcida. Así que luego de una rápida ida al baño, media caja de aspirinas y un ungüento ancestral que su madre tenía para destensar los músculos, acto que aprovechó el Uchiha para verlo nuevamente semi-desnudo, y tentando todavía más su suerte, se permitió palmear la cabeza del rubito cual cachorro mientras éste esparcía la pomada por su lampiño pecho y brazos, las cosas llegaban al punto sin retorno del cual ambos estaban consientes. Situándose en aquella senda cuya vertiente más peligrosa, conducía a un abismo que devoraba poco a poco el candor de su alma.
— Ya —se pasó un poco con su terapia de choque, lo admitía, pero el sádico gusto de ver al blondo atado a su merced, no era que tuviese precisamente posibilidades de volverse a repetir ¡¿Por qué jodidos no lo había gravado?!—. Lo siento, me puse algo efusivo —como cada que estaba compartiendo espacio con ese rubio sensual—. ¿Entonces? —preguntó, haciendo hincapié sobre la respuesta que hasta el momento Naruto no se había dignado a dar.
Menudo problema en el que se había metido ¿Cómo carajos le pasaba para dar de encontronazo con situaciones tan surrealistas? Tenía que enfrentar las cosas como hombrecito, y manifestar su claro e imbatible dictamen de una vez.
— Entonces… ¿Qué? —aunque su intrínseca manía para irse por la tangente, repetitiva y cargante ya para Sasuke, quizás lo terminara hartando tanto como para al final dejarlo tranquilo.
— Muy bien, voy por las sabanas…
— ¡Era broma, amargado! —vaya que el niño no aguantaba los chascarrillos ¡Pero bien que le gustaba jugar con los demás ¿No?! —. Sasuke, no sé… —la incertidumbre lo volvía a asaltar; admitía que la persistencia del pequeño era majaderamente asombrosa, pocos estarían dispuestos a aguantar tantos desplantes, conservando en sus ojos un fulgor de sinceridad, y no es como si le fuese indiferente explorar la construcción anatómica tan bien desarrollado del menor -¡que el crío estaba como quería, carajo!-, pero su experiencia le indicaba que no confiase. Especialmente porque meterse con el hijo menor de la jefa de su mamá, podía resultar contraproducente en exceso, aun si todo se trataba de un juego de niños.
— No te estoy pidiendo mucho tiempo y te juro que sería un total compromiso de mi parte —bonitas palabras, escuchas por mayoreo en alguien cuya recolección de malas experiencias era tan groseramente abundante, que poco efecto poseían—. Por favor, Naruto —el rubio no tenía idea de que él jamás rogaba por nada, especialmente por rastros de cariño, pero al menos la desesperación de su tono llegó directa e inconfundible a la liada psiquis de su dorada obsesión.
— Acepto —y cual disparo de salida, ese que has estado esperando desde hace tantos dolorosos ayeres, Sasuke no encontró mejor acción que fundirse en un inocente abrazo con el blondo, aspirando como si la vida se le escapase del pecho, el cítrico y perenne aroma del Uzumaki. Cálido, y espontaneo, abrasador, inesperadamente confortante. Una manifestación tan jodidamente pura que Naruto sintió asco de aceptar tan descabellada relación ¿Meterse con un mocoso? ¡¿En que coño pensaba?! Seguramente en que los apenas teñidos labios del moreno, se sentían fantásticos rosando su entreabierta y sorprendida boca, temerosos de seguir más allá sin la aprobación del áureo.
Era tan encantador, distinto a todo lo antes experimentado; un fruto recién cosechado, cuya frescura estaba todavía incorruptible. El opuesto a la manzana pútrida en la que él se había transformado.
Y Naruto decidió mandar a la mierda cualquier preocupación, prejuicio o desconfianza, y siguiendo la misma y cruel rutina a la que estaba tan arraigado, no le fue difícil invertir los papeles y terminar extendiéndose sobre el sofá la sala, con el Uchiha bajo su menudo cuerpo, dispuesto a aleccionar al enclenque arrabalero el arte de los morreos, puesto que él era la autoridad.
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La lente seguía cada uno de sus coquetos movimientos; las risas destellantes, su manso cabello de flores en plenitud, las fulgentes esmeraldas y la piel de seda. Todo formaba un cuadro hermoso, ameno, excitante pero inocente. Completamente comercializable; listo para imprimirse por millares y venderse sin tregua alguna. Y ella no podía estar más de acuerdo con explotar su imagen de princesita, acarreándole un prestigio con la que todas soñaban, pero muy pocas lograban materializar.
— Muévete a la derecha —indicó la experimentada fotógrafa. Aquella que lograba proezas con la cámara, captando la hermosura en cualquier lugar y situación, matizando las actuadas expresiones y los artificiales paisajes hasta conseguir una imagen fresca, dulce y carismática, con la cual su público, entusiastas niñas que alimentaban sus banales fantasías revisando las paginas de aquella publicación, contenían el aliento para enseguida soltar un chillido de éxtasis, corriendo donde papi a implorarle plata o saqueando sus ahorros con el fin de lucir tan despampanantes, como las irreales modelos de Amaterasu. Exprimir los sueños de la adolescencia no se le podía dar mejor que al sequito de la señora Uchiha. Porque si algo diferenciaba su empresa de la competencia, era la inverosímil naturalidad con la que plasmaban a sus nenas; cuestión que los llevaba a la cima del éxito.
— Vaya que se ve encantadora —se escuchó un comentario cantarín, rompiendo el mágico silencio que únicamente se interrumpía ante los disparos de la cámara, saliendo de los labios carmín de la editora en jefe, aquella taheña de carácter explosivo pero gusto impecable.
Un último click y la jornada había finalizado.
— ¡Buen trabajo! —agradeció la superior cuando el movimiento del set se retomó, iniciando con las labores de limpieza; atender a las modelos, despejar el escenario, guardar la ropa, comenzar con las post-producción. Archivar el hechizo hasta la semana entrante, y comenzar con el recuento de los gastos y ganancias.
Kushina enfundada en unos ajustados y modernos jeans y una fresca blusa de verano, se dirigía a su colega, Anko, para valorar el trabajo de la morocha. Aquella dama de reconocida trayectoria, malhablada, viciosa, cruel y presuntuosa, era por mucho la mejor fotógrafa que había contratado Mikoto, y vaya que ella sabía de aquel campo.
— ¿Qué tal la sesión de hoy? —preguntó por cortesía con su eterna mueca de dicha iluminándole el rostro, mientras estiraba su delicada mano, exigiendo ver la imágenes captadas por Mitarashi. Podía tener un carácter del carajo la de coleta, pero no por nada ella era habanera sangrienta del mundo editorial.
— Revísalo —contestó desdeñosa, pasándole su digital instrumento de trabajo, hinchándose más de orgullo ante la mueca maravillada de la bermeja—. Fue sencillo, la señorita Haruno es muy comprometida —comentó con un timbre irónico; refiriéndose a la joven según los estándares de lo políticamente correcto que manejaba su pulcra jefa. Las formalidades le daban asco, pero asi era su norma laboral. Y la paga era excelente, por lo que no podía estarse quejando.
Le dictó a su colaboradora los pequeños detalles de la rosada princesa, que debían pasar por la edición en Photoshop, antes de que el rápido impacto de unos tacones bajos, llenara de más ruido el ahora caótico ambiente del lugar.
— ¡Kushina-san! —una voz jovial, pronunciando con vehemencia su nombre, captó por completo la atención de la Uzumaki. La bella joven de los cerezos, se le acercaba ya con un vestuario casual —. Gracias por todos los tratos amables que me han brindado —expresó deteniéndose a unos pasos de la cobriza, con una amplia sonrisa confeccionada en su dentadura de perlas.
— Es un placer trabajar contigo, Sakura-chan —¡Que monada de chica! Tan dulce y educada.
Sakura era el descubrimiento de la temporada; inesperadamente joven, su carrera ascendía como la suave espuma. Siempre dispuesta a cumplir con cualquier orden sin chistar, y nunca plantarse en el estudio en plan de diva, era consecuente con cada indicación proferida por los profesionales encargados de su imagen, e inusitadamente agradecida con cualquier crítica que corrigiera los vicios estereotipados en sus poses. De facciones delicadas, proporciones pequeñas y colorida presencia, aquella muchacha estaba marcada por la estrella de la fortuna.
— Usted cree… —comenzó insegura la Haruno, mientras seguía a la Uzumaki por el estudio, a sabiendas que ningún veredicto ahí -a excepción del de Mikoto-sama- podía tener más valor—. ¿Qué pueda llegar a ser la modelo de la estación? —soltó desviando sus gemas verdes, insegura de querer descubrir la opinión de la dama de ojos violeta.
Kushina rio claro y sonoro, sin intenciones de ofender a su acompañante pero imposibilitada para resistirse ante los dichos temerosos de la chiquilla. Vaya que era tan distinta a las modelos normalmente cargadas de injustificada pretensión.
— A decir verdad… —empezó enigmática, esperando a que la mueca de la cría manifestara por completo y con sinceridad, su entusiasta estado—. ¡Estás entre las seleccionadas para la edición de invierno! —declaró contenta, acompañando su anuncio de un enérgico aplauso, logrando que la menor terminase con una discreta mueca de felicidad acentuada por sus mejillas sonrosadas.
— Me gustaría aparecer en la de primavera —mencionó vivaracha Sakura, jugueteando con su largo cabello de botones de flor, valorando enormemente las palabras de la bermeja y tratando de disfrazar con ímpetu su creciente ambición. Sabiendo que en aquella empresa era mejor vista la modestia que la vanidad.
El ejemplar de estación, era el especial cuatrimestral de Amaterasu, dispuesto para hacer vibrar a la juventud con adelantos exclusivos y la vestimenta reglamentaria con la que debían prepararse para cada época del año. Aparecer como la modelo central de dicha edición era un lujo, un turbulento y acelerado despegue en la carrera de cualquier chica, que pasaba de la sombra del anonimato para convertirse en un fulgente astro. Un sueño que valdría tanto sacrificio como fuese necesario.
— ¡Quizás pueda estar en ambas! —rio finalmente la joven, ya entrando en confianza con la amable mujer, de la que en gran medida dependía su futuro.
— Jajaja, querida, eso es muy complicado.
— Pero… ya lo ha logrado una modelo ¿No es verdad? —comentó aún risueña la ilusionada adolescente. Lo movimientos de Kushina se congelaron, aquel era un tema que pese a ser parte de una casual plática jocosa, le llegaba a incomodar. Mejor no hablar de la niña estrella, quien tan rápido ascendió en ese mundo de frivolidad decidió dejarlo sin el mínimo arrepentimiento. El tono divertido de su móvil, fue la excusa ideal para justificar su repentino e inusual mutismo, disculpándose con Sakura pero ignorándola al instante para atender de inmediato a la importante personalidad que brillaba en la pantalla de su aparato.
— Mikoto —contestó serena, sabiendo a que se debía la llamada de la Uchiha—. Ya están las fotografías para el último número, en cuanto terminen la edición podemos comenzar a maquetar el articulo central —Sakura, que prefería aguardar por la compañía de la pelirroja antes que moverse con soltura por ese estudio, no desperdiciaba oración por parte de la taheña, escuchando atenta, queriendo percibir cualquier comentario que aventaja su persona—. Yo también quisiera ya estar en casa, seguro que Naruto preparó alguna delicia —al parecer no era más que una charla de rutina, con tintes familiares que únicamente concernían a las señoras. Comenzaba a distanciarse unos pasos, cuando cierta oración la mantuvo estática—. Por el contrario, Sasuke-kun come con mucho apetito todo lo que cocina mi niño, parece que se acostumbró de forma excepcional a nuestro estilo de vida.
¿Sasuke-kun? Y con quien estaba hablando era Mikoto Uchiha… ¿Qué pintaba su novio en la residencia de la pelirroja?
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Su casa siempre se mostró indiferente ante la soledad, la angustia o los conflictos de cualquiera de sus miembros, pero jamás la había sentido más enorme y desierta que en aquel instante. Pese a que no tenía en realidad la autoridad suficiente para opinar respecto a la fría atmosfera de un lugar, que llevaba años sin contar con el privilegio de su soberbia presencia, las memorias de su infancia le bastaban para recordar aquellas paredes como un refugio áspero e intimidante.
Las peleas, amenazas e intereses. La nauseabunda educación que exigía un clan corrompido a un niño obstinado que se empeñaba en formar su propio ideal de justicia, apartándose en vano de la podredumbre, para al final ceder ante el mismo juego perverso de todos los demás.
Los corredores cargados de lúgubres y escurridizas sombras que amedrantarían a cualquiera, eran uno de los ambientes en los que se desenvolvía con mayor naturalidad. El miedo a monstruos irrealistas, era una estupidez que únicamente debería acarrear burlas y vergüenza dentro de una estirpe cruel, por lo que desplazarse impulsado por algo que no fuese orgullo o apatía, no tenía lugar de existir. El rítmico eco de las decididas pisadas producidas por sus costosos y elegantes zapatos, rompía la quietud de la velada, conduciéndose en un enfermizo y vergonzoso ataque de melancolía, a la ahora deshabitada habitación del único ejemplar de su familia que le producía un genuino interés.
Aquel a quien convirtió en su todo para luego, sin proponérselo, reducirlo a la nada.
Pensar que se había tomado un par de meses de sus responsabilidades tanto académicas como empresariales, y en menor medida privadas, para pasar una temporada de calidad en compañía de su familia -al menos una fracción de ella-, y únicamente era recibido por el gélido ambiente propio de la mansión Uchiha. La próxima reflexionaría más de tres veces antes de ceder ante la culpa, súbita e inexorable, que sintió cuando entre los pocos vestigios que conservaba de su niñez, halló la olvidada pero primordial razón por la que decidió crecer a un ritmo tormentoso. Su pequeño e idiota hermanito. Plasmado en una fotografía desteñida, en alguna situación que luego se atesoraría por su extrema rareza, aprovechándose de su extinta bondad, puesto que era llevado en hombros por el héroe que algún día fue su hermano mayor. Tan lejano, tan ajeno, tan imposible.
Era tan triste, irse un día sacrificando sus años de neto idealismo, para al retornar encontrarse con un chico opacado por la sombra de su éxito.
Transgredió el cuarto a sabiendas que nadie le había prohibido, ni le prohibiría, el acceso, colmando sus sentidos tan rápido como la perilla cedió, de toda la esencia de Sasuke. Esa era su guarida, minimalista y descolorida, totalmente sintonizada con su hermano. Las pertenencias meticulosamente colocadas, la decoración discreta, los mueves de madera antigua, el estante atestado de pesados y tediosos textos escolares, la falta de elementos que indicasen el desarrollo de un adolescente normal y aquella fragancia mentolada que penetraba cuantiosa por sus poros; ya no estaban lo escasos peluches de antaño, la ultima e infantil resistencia contra la parquedad de su estirpe.
Resultó entonces obvio que su atención fuese atraída, por los únicos objetos que chocaban en ese ambiente agraciado en grises. Unas revistas dispersas con soltura sobre el amplio escritorio de caoba, rompiendo sin piedad con todo el arquetipo de Sasuke. Si mal no recordaba aquella era la publicación a cargo de su madre; lo cual justificaría su presencia en la alcoba de su hermano, sin embarga nada explicaba las gastadas páginas, vistas un millar de veces, en donde aparecía una joven inocentemente llamativa, envuelta entre primorosas telas de colores pastel, mientras su largo cabello color miel, resbalaba majestuoso por sus tersos rasgos.
— Asi que te gusta una estereotipada niña rubia de coletas.
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Aquella vorágine de sensaciones estaba arrastrándolo, sin mayor miramiento o resistencia, a un mundo de desconocido placer. Una palmada, una caricia o un abrazo, se le antojaban en extremo distantes, impropios a su realidad de miradas oscas y enunciados descalificadores. Por lo que estarse fundiendo con el zorrito de sus más obscenos sueños y dulces plegarias, simplemente era tan delicioso, que hasta mantener la noción de su propio cuerpo se le figuraba un tarea inmensa.
Ahí sólo existía la piel suave y abrasadoramente caliente de Naruto, sus labios dulces y aterciopelados moviéndose con maestría y su propia humanidad, siendo sometida con todo el gusto posible por su áureo compañero de mimos. Sintió la mano del mayor colarse bajo su ropa normalmente pulcra, queriendo desprender con violencia aquella costosa camisa que su madre le había regalado. No le interesó en lo más mínimo. Que destrozara toda resistencia de tela, que magullara hasta la saciedad su tierno organismo, que bebiese de su néctar hasta terminárselo, aunque en ese momento sólo se divirtiese morbosamente con él, que al finalizar la faena no lo abandonase.
Sin embargo, aquellas cuencas de océano le prometían algo más que caricias vacías, que un libido satisfecho o un antojo ejecutado. Naruto estaba igual de inmerso en la mar de nuevas sensaciones, pero al contrario de su moreno acompañante, curiosamente inocentes y emotivas.
Se separaron un momento, para el desconcierto del menor. El Uzumaki lo miró divertido con su respiración anormal, el excitante granate cubriendo sus pómulos de nieve y el adictivo gustillo de su inocente boca ahora explorada ¡¿Cómo resistirse ante tal monada?! Sabía que iba en extremo rápido, que seguro que el niño, por más que actuase como un viejo verde, aún era sólo un retoño en aquel mundo de vicio, pero ¿Cómo parar ante el deseo? Aquello era algo a lo que nunca se había sometido. Por lo que en aquel instante no consideró nada más, no caviló otra cosa excepto en la incomoda ropa que el menor se cargaba ¡Carajo! Que Sasuke parecía que vestía una armadura imposible de desprender.
Y estaba a punto de lograr su objetivo, mientras ese bribón de mirada noche ayudaba alzando los brazos para que Naruto dispusiese mejor de él, cuando un ente, externo a toda la fiesta hormonal y caótica desarrollada en la estancia de la casa Uzumaki, irrumpió dentro de la misma completamente inesperado.
— ¡Kushina, Naruto! ¡Ya llegué!
— Papá…
Notas
En el último capítulo varios se confundieron con las edades de Naruto y Sasuke, mi error, no supe hacer lo suficientemente claros los flashbacks, por lo que edite los capis que llevo a fin de que se distingan mejor los saltos temporales. Entre otros puntos que igual se me pasaron por despistada, ósea agregué algunos detalles a la historia. De cualquier forma, Naruto tiene diecinueve y Sasuke catorce.
Si no los dejé en ascuas, entonces puedo ir abandonando mi pasatiempo de pseudo-escritora XD, aquí hay mucho de donde cortar, y varios personajes comenzaran a intervenir en el idilio amoroso de nuestra discordante parejilla jojojo.
¡Recuerden que Octubre es el mes del SasuNaruSasu!
Gracias a:
Ang97; zarame-sama; Kana-chiiian; Aoi-Hikawa; Oonigiri; Violet Strawberry; Lyra Raven-k; Luna; Susana Mode; Soy YO-SARIEL; Guest; shameblack; Son Trika Uchiha Uzumaki; jennitanime; jill; Dark-Karumi-Mashiro; sasunaru-mvc y Kaitoru.
¡Cualquier errorcillo no duden en avisarme!
