Cariñosas Promesas
No lo vio sino hasta diez días después de su nacimiento.
Él estaba tomando clases lejos de casa, en aquel elitista y estricto internado que su progenitor había considerado adecuado para cultivar de forma idónea sus capacidades; para deshacerse de él mientras aún conservaba su espíritu de lastre. En la mansión su familia yacía demasiada ocupada para lidiar con un mocoso de seis años; su madre entrando a los últimos caóticos días de su riesgoso embarazo, encaprichada por procrear a otra criatura mientras se desentendía completamente de su presencia, y su padre acatando convenientemente y con la mayor prontitud posible las órdenes de su tiránico hermano, sin interesarle en lo más mínimo el resto de la humanidad.
Ya debía llevar un buen periodo en su morada, pero la realidad es que las vacaciones de verano estaban en todo su esplendor y sus padres no se habían dado el tiempo para pasar a recogerlo. Porque mientras alguien transfiriese la jugosa cuota de la matrícula escolar a la cuenta de la institución, nadie lo echaría.
— Ahí hay muchas actividades recreativas que te pueden interesar. Seguro la pasas mejor en Hebi* que en casa —fueron los dichos de Mikoto para menguar la culpa por impedirle retornar a su lado. Claro, como si las rígidas clases de equitación, etiqueta o italiano fuese un regocijo para un niñato que se atrevía a soñar con días soleados en tranquilas playas o visitas domingueras al zoológico, tal y como pregonaba la estereotipada y consumista publicidad que no dejaban de transmitir el televisor.
Finalmente recibió un anuncio por parte de aquella sabandija de ojos amarillentos que se cargaba el título de director. Entre un sádico y silbante tono de plena burla, Orochimaru le informó que sus padres habían recordado su existencia y que podía ir a empacar sus cosas para pasar un mes en su vivienda, antes de volver a sumergirse al rigoroso plan de estudios de su noble academia—. Por cierto, la encantadora señora Uchiha dio a luz a tu hermano la semana pasada, espero que haya salido tan adorable como tú, Itachi-kun —rio al último, deleitándose con la incrédula expresión del chiquillo. Nadie tuvo la decencia de notificarle tan crucial evento, hasta que su regreso fue inevitable.
Justo cuando creyó que su prole no podía seguir decepcionándole.
Ahora aquel ostentoso auto extranjero lo conducía nuevamente al sitio, que podría jurar, jamás llamaría hogar. Las hojas arrancadas por el viento de los arboles paralelos a la carretera, se impactaban violentamente contra los polarizados cristales y el astro rey se iba guardando lentamente entre los espesos nubarrones. En el aire se percibía la humedad, la advertencia del tifón que azolaría esa noche a Konoha.
— Itachi-sama —llamó su atención Yamato, la persona que lo había recogido en el aeropuerto y uno de los sirvientes con quien mejor congeniaba—. Lamentablemente Mikoto-sama no lo podrá recibir. Como sabe, su estado fue bastante delicado en los últimos meses y en este momento está en otro chequeo médico. Pero llegará a tiempo para la cena.
— Creo que está de más preguntar por el paradero de mi padre —ironizó, a sabiendas que Fugaku no pasaba más allá de lo estrictamente necesario con ellos.
— Lo lamento.
Al menos habían arribado a la mansión antes de que el clima se tornase insufrible.
Itachi dejó que los empleados se encargasen de su equipaje; se sentía demasiado frustrado para que su tierno organismo tuviese algún otro deseo, que la imperiosa necesidad de enterrarse entre los cobertores de su cama hasta que el sol volviese a brillar entre un despejado firmamento, lo cual pretendía demorarse un par de días.
Recorrió aquellos desolados corredores que lo conducían a sus dominios, a punto de alcanzar el pomo que le permitiría el paso a su alcoba cuando recordó que seguramente, en esa puerta justo a la derecha de la suya, se encontraba cierto novel integrante de su familia.
— Ahora, soy hermano —pronunció cansado, ajeno todavía al hecho de que otro niño habitase aquella lúgubre casa; no pretendía ser apático con su pariente pero en ese segundo imaginó que, asi como sus padres únicamente le causaban endebles esbozos de emoción o afecto, dejando que su sentimentalismo fuese cegado por la desilusión, jamás experimentaría un auténtico vínculo con aquel niño. Por lo que conocerlo de una vez y asociar su presencia al resto de los habitantes de aquellas cruentas paredes, era lo mejor.
Nunca agradeció estar más equivocado.
Lo recuerda con una precisión casi inconcebible; como el mundo que pensó intransigente y monocromático se tiñó de tonos pastel y dulces aromas, tan pronto transgredió el marco de roble que conducía al cuarto del bebé. Las paredes iluminadas de un claro azul cielo y decoradas con tiernas imágenes de rechonchos animales, decenas de esponjosos peluches apiñados en una esquina donde otros sonrientes juguetes parecían saludarlo, la ropita de suave algodón se apreciaba gracias al descuido de alguien quien no cerró el cándido armario, y justo en el centro colocaron la cuna, cubierta de blancos encajes y rodeaba de almohadones.
Sus ojos noche estaban abiertos de par en par, completamente incrédulos de que un paisaje asi fuese plausible en la residencia Uchiha. Su infantil e impactada mente, le indicó acercarse con sigilo a donde seguramente se hallaba el menor; y con su corazón desbordándose de sorpresa y su psiquis pasmada, descubrió a quien también portaba su sangre.
Ahí, dormido entre la sutileza de una manta celeste, había un nene de blanquísima piel y sonrojadas mejillas, de sedoso cabello ébano y rasgos simplemente ideales, que reflejaban toda la pureza que Itachi jamás creyó encontrar en ninguna otra criatura.
Ese era su hermanito.
— Hola bebé… —se expresó torpemente ante el sosegado rorro, teniendo tantas ansias de desliar sus infantiles dedos por la cremosa piel de sus pómulos como miedo por causarle la mínima alteración. Sus impulsos pudieron más y una de sus manos terminó acariciando la suave y obscura mata que se arremolinaba dulcemente en su cabecita—. Soy Itachi, tu aniki —pronunció con un orgullo tan grande, que sintió que eso le bastaría para toda la vida. Y mientras iba deslizando sus blandos mimos por la barriguita de su otouto, los regordetes dedos del apacible niño se ciñeron involuntariamente al índice del mayor.
E Itachi compuso una mueca de insólita felicidad, al tiempo en que sus obscuras cuencas luchaban contra el vergonzoso reflejo de soltar unas piadosas lágrimas. Ese gesto lo hizo sentirse pleno, maravillado; como si aquella lacerante y pesada loza de colosales objetivos que siempre había soportado impasible, se disolviese con un soplo del menor, liberándolo, justificando cada obligado acto de su existencia. Ese niño era tan lindo, tan perfecto… tan diferente a cualquier otro ente que se hubiese echado en cara; era una brisa fresca y revitalizante, complemente distinta a cualquier acto corrupto que pudo haber apreciado.
Y entonces recordó su vida atestada de responsabilidades, las carencias emocionales a las que se sometía cada día; las infinitas competencias con sus envidiosos familiares, los tratos duros de su padre, la mirada despectiva de su tío y la irresponsabilidad de su mamá.
— Soy tu hermano —volvió a repetir al pequeño que seguía ajeno a todo; a la familia pútrida en que algo tan puro había sido concedido, a la tormenta que recién se había desatado en el exterior—. Y te voy a hacer feliz.
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Lo sintió como fuego en sus oídos; peligroso e inesperado, tremendamente incómodo. Dicen que el sentido de la auto-preservación es algo intrínseco en todos los seres vivos y únicamente bajo circunstancias muy extremas puede ser bloqueado. Asi como bajo parámetros igual de sorpresivos sale a relucir. Y en ese instante fue un acto complemente espontaneo el que Naruto, tan pronto como aquel timbre masculino que tan bien conocía fuese procesado por su materia gris, aventara a Sasuke tan lejos de su anatomía como la fuerza de sus delgadas piernas se lo permitiese.
Porque aún no estaban tan entrados uno en el otro como para arriesgar la vida ¿No?
El golpe seco de la nacarada espalda del Uchiha y su inmediato gruñido quejoso no llamaron la turbada atención del rubio, que a un compás vertiginoso apenas se dio el espacio para alcanzar su hasta entonces olvidada playera; se levantó a tropezones ya con la excitación totalmente consumida y sólo antes de encarar a la persona que seguramente estaba descalzándose en el corredor, se permitió entrever a Sasuke, llevándose el índice a los labios de melocotón y dictándole sin sonido alguno "Silencio".
— ¿Hay alguien en casa? —la pregunta volvió a asaltar la tranquilidad del zorrito, el que ya tenía un barrera de tela cubriéndole el torso y la genérica expresión de júbilo tintinando en sus gestos de trigo, entonces desapareció por el pasillo.
— ¡Papá! —escuchó el menor aquella bienvenida, mientras con un ritmo igual de acelerado pero con la cólera reflejada en sus facciones de porcelana, se arreglaba la vestimenta que hasta hace unos segundos, parecía destinada a desaparecer de su lampiño tórax—. Que sorpresa, pensé que tu vuelo arribaba hasta la semana entrante.
— ¡Hola Naru! —una voz madura pero amigable inundó el espacio. Los sentidos del joven de cabello ébano se agudizaron y comprendió finalmente que aquel encuentro, de haber seguido, hubiera finalizado -seguramente con la ayuda de una orden de restricción- con la inverosímil relación que no estaba del todo aclarada, pero con la cual comenzaban a agasajarse—. Las cosas terminaron antes de lo planeado ¡Y estoy seguro que te encantaran las fotografías que saqué!
— ¡Claro! —y por fin su rubia obsesión se dejó nuevamente apreciar bajo el arco que conducía a la estancia, acompañado de un sujeto que estaba seguro, era una alusión al esplendido futuro físico que le aguardaba al zorrito. Alto, atlético y con una chispeante mueca de regocijo; con los mismos hilos dorados coronándole la cabeza y las cuencas tan cristalinas como Naruto. Ese no podía ser otro más que el jocoso padre de su zorrito.
— ¿Dónde está tu mamá, yo… —la pregunta del mayor quedó inconcluso al detectar, sobre los cómodos almohadones de su sofá, a un pálido chico de contrastante cabello carbón y cuya afilada mirada parecía adherida a su persona—. Ehh… Hola —saludó, sin entender cómo reaccionar ante el inesperado joven que adornada su sala—. ¿Quién eres?
— Un placer. Soy Uchiha Sasuke —se levantó el pequeño, para enseguida lucir una apropiada reverencia.
— Vaya que educado —Naruto no pudo evitar fulminar con sus cuencas cerúleas a ese mocoso altanero, tan pronto como el elogio abandonó la impulsiva boca de su progenitor—. Namikaze Minato —dijo, imitando los modales del albino—. Supongo que eres familiar de Mikoto-san —expresó todo sonrisas, virando repentinamente la cabeza en búsqueda de otra persona con el ilustre apellido Uchiha—. ¿Acaso tenemos invitados, Naru?
— No, sólo él —comentó discretamente despectivo el blondo menor, apuntando con su bronceado índice al ahora no tan cordial rostro del huraño minino ¡Que maravilla era picarle finalmente el orgullo!—. Mamá tampoco está en casa —informó enseguida, y al ver la amable incertidumbre en los rasgos de Minato, aclaró todo—. Veras; Mikoto-san tuvo que salir del país, no quería dejar sólo a su hijo, mamá se ofreció a cuidarlo, pero luego se fue de emergencia a terminar de coordinar el ejemplar de este mes de Amaterasu y ahora yo soy el niñero —finalizó con su casual timbre desinteresado y restándole importancia al asunto. Enseguida los labios del mayor se torcieron y no pudo evitar que una clara risa arrasara con el calmo ambiente.
— Jajaja como la vez cuando mi dulce Kushina se ofreció a encargarse de Konohamaru.
— Exacto.
— Ese niño sí que era un demonio —declaró el áureo, para de inmediato caer en cuenta que cierto chico de ensombrecida mirada, permanecía impasible en medio de la habitación, atento a cada dicho que emitía—. Ehh… pero tú seguramente era un gran chico, Sasuke-kun —asi que la sinceridad -o la falta de prudencia- era cosa de familia ¿Ne?
— Le aseguro que no causaré ningún inconveniente Minato-san. Y de verdad estoy sumamente agradecido con su recibimiento —pronunció con total seriedad; no para lucirse frente al adulto, que eso ya lo había conseguido, sino para ejercer cierta incomodidad al progenitor de su solecito. Al parecer alguien tenía un fetiche con eso de incordiar rubitos despistados.
— Bueno si me disculpan tengo algunas cosas que acomodar y una alacena que saquear —comentó el repentinamente avergonzado áureo, buscando una discreta vía para escaquearse. Al ese chico le faltaba relajarse un poquitín… si supiera lo cómodo que estaba hasta hace unos minutos.
— Te ayudo con tu equipaje papá —y antes de que Naruto abandonara la habitación, volvió a dirigirse con mímica, al ahora ente a quien podía denominar -¡En privado!- como pareja, indicándole que lo esperara en su recamara.
— Por cierto, escuche un golpe mientras estaba en el recibidor —oyó decir al Namikaze, quien lidiaba con una enorme maleta de tonos naranjas—. ¿Y por qué tenías la cara roja?
— Jejeje… es que estábamos jugando a los ninjas.
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Cuando volvió a escuchar aquel desesperante timbre que la instaba a dejar su mensaje en buzón, decidió que era hora de apagar por un rato sus ansias de contactarse con cierto chico de cabellera ébano. Después de todo, ya no faltaba mucho para su obligado reencuentro.
Se deslizo grácilmente sobre la tersa alfombra de su amplísima y colorida habitación, llegando hasta el extremo en donde se postraba un hermoso tocador de enrevesado diseño, con decenas de delicadas flores esculpidas en la blanca madera de pino, y se acomodó en el aterciopelado banquillo considerando que aún podía darse un rato extra para preparar la sesión del día siguiente.
Era inteligente y tenaz, no sólo otra chiquilla tonta de hermosura superflua; sus cualidades mentales combinadas con sus atributos físicos era lo que la habían llevado tan lejos, compitiendo contra chicas mejor amaestradas, con más experiencia y perfiles más pulidos, pero cuya temple seguía siendo peligrosamente explosiva, insoportables y altivas, una desgracia para las relaciones de trabajo. Ella se había presentado como la adorable chiquilla ideal, relajada y condescendiente, lo que la había hecho brincar a la gloria, ya casi se podía considerar entre el Top Ten de las modelos que habían desfilado por la prestigiosa Amaterasu, y estaba segura que no le faltaba mucho para ser la novata con mejor desenvolvimiento que se haya postrado en la ilustre publicación, a no ser…
Abrió un cajón, en donde guardaba un detallado expediente de los fallos y aciertos de su propia carrera, de los atributos y errores de toda su competencia, y en donde señalaba de forma explícita y contundente a la rubia que era el escalón que hasta ese momento conservaba la mayor altitud dentro de aquel mundillo que hermosura comercializable.
Himitsu* la joyita que la había inspirado. Fue hace unos años, cuando entre las banalidades que discutía con su mejor amiga, Ino, está había sacado uno de los primeros ejemplares de la publicación de la diosa del sol. Sólo la ojeaban en búsqueda de tips para vestido de verano, cuando sus esmeraldas se impresionaron ante la áurea que posaba en las páginas centrales, la que era como un sueño etéreo; sin curvas deslumbrantes, sin una ofensiva delgadez, sin excesivo maquillaje o un mueca prepotente, únicamente una bella joven con una discreta sonrisa y un delicado vestido de seda purpura.
Si había incursionado en las aguas del modelaje, fue para algún día plasmarse con tanta gracia como aquella blonda de intensa mirada añil.
— Hace mucho que no la veo en la revista ¿Ya no trabaja para ustedes? —recuerda que le preguntó por la tarde a la deslumbrante líder taheña, decidida a conocer a aquel astro que aún parecía estar a una distancia colosal.
— Himi-chan no tenía como meta explotar su imagen —respondió Kushina-san con una mueca sutilmente contrariada—. Creo que la idea de ser modelo la incomodaba; por eso luego de unos meses y un buen pago se retiró.
Y eso era lo único que se le podía reprochar, el no beneficiarse de una oportunidad tan extraordinaria.
— Me hubiera gustado conocerte —competir con ella y derrotarla de forma limpia y justa, desbancarla de su posición.
Sakura volvió a dirigir sus verdosas gemas a las delicadas poses que podían acentuarse en paisajes exteriores, disponiéndose de forma idónea para su labor, esforzándose hasta el límite y comprometiéndose en absoluto con su papel, frente a la escrutiñadora percepción de la solemne Mikoto-san. Ya una vez terminadas las vacaciones de verano y con su chispeante figura luciéndose en cada puesto de revistas, podría retornar con la dicha cincelada en sus sutiles rasgos, al lado de su encantador Sasuke-kun.
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— Tu padre es interesante —fue lo primero que escuchó luego de que la pesada puerta de su alcoba le brindase algo de privacidad, preguntándose si en realidad era buena idea mantener una plática íntima con cierto mocoso guarro—. Ya me estaba preguntando donde estaba metido, pero decidí indagar sobre el paradero de mi suegro, hasta después de que cierto rubito testarudo me diera el sí.
— Que considerado —respondió sarcástico, pasando del pálido bribón que yacía en su cama, para acomodarse en la acolchonada silla de su escritorio—. Mi padre es fotógrafo naturalista, viaja mucho.
— He escuchado de él —dijo Sasuke enfocando directamente un puñado de revistas, que el áureo tenía celosamente acomodadas en el único librero de su habitación—. Publica en la aclamada Rasengan, especialistas en vida silvestre y sus derivados —acompaña dicha afirmación de un gesto autosuficiente y en automático se logra que cierto joven de irises índigos se estremezca.
— Dime ¿Qué tan desarrolladas están tus habilidades de acosador? —porque la idea de comenzar a contar sus pertenencias -en especial la ropa interior- y luego sellarlas bajo candado, tomaba fuerza de manera alarmante.
— Es natural que sepa ese tipo de cosas. Tu madre es socia de la mía, y al parecer también querían incluir a tu padre en la nómina de Amateresu —explicó sonriente el menor, a su rubio siempre se le escapaban los detalles.
— Es un gusto que no le vaya el fotografiar a chiquillas pomposas —¡Ja! No era el mejor para hablar de dicho tema, puesto que de haber accedido su padre, desgraciadamente toda la familia hubiese pasado por alguna fase de la producción de aquella publicación del averno. La aversión que exteriorizó su rostro al recordar dichos eventos, no fue indiferente a la penetrante mirada noche —. Le gustan los animales y los paisajes naturales, igual que a mí.
— ¿Y está al tanto de tus preferencias, así como Kushina-san? —porque de ser asi, necesitaba tomar venganza por cierta patada en su abdomen, que a cierto trigueño no le había costado encestarle.
Naruto frunció el entrecejo; estaba insinuando que escondía sus preferencias de…—. Sería un pésimo padre sino pudiese hablarle con soltura de mi vida —aquello había dolido, aún si el comentario no fuese malintencionado—. Sabe perfectamente lo que me atrae; pero te aseguro que estarse morreando con un crío en la estancia, sigue ameritando una jodida reprimenda.
— ¿Qué no tienes diecinueve?
— Sigue siendo su casa —y él tenía que acatar las reglas, o la comida, el techo y el efectivo dejarían de fluir—. Bueno es hora de aclarar algunas cosas —dijo, recobrando la seriedad y la completa atención del más joven—. Quizás hace un rato me excedí un poco y en realidad agradezco la intervención de mi papá porque… yo no soy de las personas cuyo autocontrol… es decir… —se estaba liando ¡Carajo! Seguía siendo una tarea monumental hablarle al chiquillo con soltura, de cómo lo ponía su nada inocente retrato cuando a ambos se les subía algo más que el cariño.
— No me asusta lo que pudo haber ocurrido —rio el Uchiha, enderezándose de su posición y dando palmaditas a la cabellera trigo del zorrito; ese imbécil continuaba siendo lo más adorable del mundo, con razón lo hacía perder el norte—. No soy ninguna nenaza protegiendo su virginidad, dobe —aclaró, menguando las preocupaciones del blondo, con la mirada colmada de seguridad, dejando la puerta abierta al de gemas océano para que cualquier cosa que pasara por su empañada psiquis fuese practicada con su espléndido organismo, y eso era esencialmente lo que más conflicto la causaba a Naruto.
— Aún asi no es correcto Sasuke —sabía que no se estaba aprovechando, porque para empezar jamás fue su intención seducir el mocoso ¡Pese a lo que todos podían conjeturar! Pero su conciencia aún le dictaba que el de cabello negro seguía demasiado novel para tratos más apasionados—. Creo que estás consciente que nuestra relación no puede ser igual de abierta que otras, por lo que es mejor empezar las cosas de forma discreta.
— Claro —¿De verdad? Qué maravilla el que fuese tan maduro e inteligente, asi sería infinitamente más sencillo tratar sus preocupaciones de…—. Ocultaras el hecho de que soy tu novio, porque te doy vergüenza.
— ¡No me estaba refiriendo a eso, tarado! —y luego salía el lado bastardo del crío, opacando todos los atributos que su madre pregonaba.
— Sé lo que implica —dijo el azabache en tono de burla, era tan adictivamente fácil desquiciar al Uzumaki—. A ti te podrían acusar de corrupción de menores y a mí me mandarían a un internado de porquería a cargo de una serpiente —y eso si les iba bien, de salir pésima la jugada, la sólida amistad y cooperación entre sus madres reventaría, asi como la credibilidad de la familia del áureo; y no quería ni pensar en el castigo que Fugaku -o Madara- le impondría por resultar un desviado inmundo. De pronto sus dichos perdieron por completo la gracia. Todavía era un niñato incapaz de controlar su vida, cuyo anhelo parecía haberse concedido pero era tan delicado que la mínima briza podría demolerlo.
— Yo no me retracto de mis palabras —proclamó enérgico, atrayendo la atención de su acompañante. No le gustaba la tristeza que transmitía la opaca mirada de Sasuke, esos ojos apagados, le recordaban sus propias desilusiones—. Y si te dije que iba a salir contigo, es porque lo haré —con todos los pros y contras que aquello implicaba—. Detesto que jueguen con las personas, y créeme que es algo que no haría —y Naruto le sonrió, con una honestidad imperiosa; pensó que dicho gesto únicamente estaba reservado para las fantasiosas páginas de cierta revista dedicada a pomposas chiquillas, por lo que apreciarlo en vivo, le brindó una olvidada calidez en su tierno pecho. Definitivamente no estaba mal ofrecerle sus endebles sentimientos al Uzumaki.
— Gracias Naruto —pronunció en un susurró, un piadoso secreto que no estaba dispuesto a manifestarle a otro ente.
Y el instante pasó, y aquella jodida tensión sexual a la que nos les costaba en absoluto alcanzar, se esparció rápidamente por el espacio. Quizás sólo era por parte de la percepción del trigueño -lo dudaba en su totalidad- pero el tener a un primoroso morenito con quien minutos antes se estaba arrebujando acostado en sus impuras sabanas, le generaba un poco de ansiedad. Libido de mierda que se desplegaba cuando no debía.
— Considero que sería mejor que todo fluya cuando nuestras mentes están claras —ósea en lugares públicos, atestados de terceros cuya presencia les instara a tener algo de decoro, porque eso de que su cercanía fuese vigilada únicamente por una morada vacía, daba lugar a que la casa guardara muchos pecaminosos secretos. Sasuke enarcó una ceja, demostrándole que no entendía a que se debía su nuevo comentario. Qué horror que su mente fuera la más podrida—. Me refiero a que ya que todo está aclarado, es mejor que vayamos a descansar… por separado —antes de que las cosas volviesen a ponerse turbias. Naruto se levantó he hizo el amargo de estar físicamente agotado, indicándole a Sasuke que era momento de despejar su refugio.
— ¿Me estás echando? —ahí iba de nuevo; retándolo con aquel gesto altanero, provocándolo mientras se extendía cual minino consentido sobre las cobijas—. ¿Acaso no te gusto?
— Ese es precisamente el problema —que siempre terminaba satisfaciendo sus jodidos gustos—. Qué tal si esperamos un tiempo a que las cosas suban de nivel —sugirió nervioso, para deleite del de piel marfilada—. Y mientras, ya sabes, salir para conocernos mejor —¿Asi es como debería empezar una relación? Para ser francas lo desconocía, la vida amorosa del áureo no era lo que se considera un cliché—. Visitar un museo o el cine… sería mono, creo —y sin percibirlo, algo volvió a removerse en las facciones de porcelana del Uchiha—. Podríamos ir de día de campo como una acaramelada parejita de culebrón —rio finalmente, dándose cuenta de la sarta de estupideces que comenzaba a monologar ¡Ahora sí que cualquier comentario burlón por parte de aquellos apenas teñidos labios, estaba más que justificado!
— Suena… bien —Naruto se quedó petrificado y encaró al gatito. El que tenía los negros irises brillando de ilusión y un abochornado sonrojo en sus pómulos de nieve—. Nunca he hecho eso.
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En ocasiones sentía que había perdido la capacidad de sorprenderse y que en determinado caso de que algo saliera de sus parámetros, su mol sentimentalista nunca sería externada por sus rasgos de nene, limitando su fascinación a permanecer en su mente para una discreta crítica interna. Y las personas cercanas a él eran conscientes de dicha predisposición.
Por lo que resultaba comprensible la palpable preocupación que había usurpada el eterno gesto de regocijo de su novio, al contemplarle con una mueca de absoluta incredulidad; sus atractivos ojos coloreados de vede totalmente abiertos, sus pálidos labios ligeramente despegados y su respingada nariz absorbiendo más oxigeno del necesitado.
A veces olvidaba a su imbécil amigo rubio, con la fascinante capacidad de sorprender a todos.
— ¿Te encuentras bien? —escuchó la pregunta, proveniente del encantador moreno que sujetaba su cremosa y pequeña mano, tirando suavemente de ella en un intento por que el pelirrojo volviese a la realidad. Pero Gaara estaba demasiado absorto en un indescifrable punto, aparentemente cercano al estanque del parque donde ahora se encontraba acompañado de Sai.
No lo podría creer. La semana comenzó con su mejor amigo despotricando su suerte amorosa, y recordando sin parar a la madre del nuevo bastardo que pisoteaba su trastabillado corazón, luego pasó sus preocupaciones -y sus charlas- a la curiosa experiencia de ser acosado por un mocoso, y como dicho mocoso iba a terminar cultivando gusanos de seguirlo jodiendo y finalmente… estaba poniéndose romántico con un niño. Aquello era tan incorrecto en tantos aspectos, que el bermejo no sabía si era furia, decepción o repulsión lo que quería transmitir su semblante.
— Naruto —pronunció quedo. Sai, quien igualmente carecía de versatilidad en sus rasgos, giró ligeramente la cabeza, dejando de prestarle atención a su primorosa frutilla exótica, para buscar entre la bulla del lugar, unos relucientes mechones dorados. Era cierto, ahí frente a un puesto de azucarados algodones, se hallaba el rubito.
— Que sorpresa, deberíamos ir a saludarlo —sugirió, volviendo a entrecerrar los ojos y componiendo su falsa curvatura de alegría. Posiblemente su avecilla carmín se estremeció al percibirlo, puesto que aún era reacio a que más personas los visualizaran poniéndose coquetos en exteriores ¡Todo penosito, que cosita más adorable! Sin embargo al notar que el bermejo no salía de su mutismo, volvió a escrudiñar la estampa del blondo—. Oh, no sabía que tenía un primo. Qué curioso, creo que se parece un poco a mí.
Entonces la realidad lo recibió con una buena bofetada de contrariedad, gracias al enunciado de su morocho ¡Ese magistral estúpido, no tenía un primo! De ser así no tendría el cabello negro, la piel pálida o los ojos obscuros. Y por supuesto, que el menor jamás le robaría un beso a ese perfecto ejemplar de imbecilidad, cada vez que pensaba que nadie estaba mirando.
Jaló la manga de Sai, provocando que éste comenzara a caminar en dirección al Uzumaki. Claro que lo iba a saludar y luego le daría un buen puñetazo antes de que alguna autoridad metiera a la cárcel a su deschavetado amigo, por andarse propasando con un crío hiper-hormonado.
Notas
*Hebi, significa serpiente. Creo que es apropiado que se llame así, si Orochi es la cabeza del lugar.
*Himitsu, significa secreto, espero que sepan a quien me estoy refiriendo jojojo.
¡Corre Naru, antes de que se lleven a tu primoroso morenito! Ya ven, nuestros chicos ya comienzan con su relación, pero ésta no pinta nada sencilla. La edad, la familia, la posición, su cabezonería XD, todo en contra menos las ganas de perderse en la anatomía del contrario kukuku.
Como de costumbre muchísimas gracias a todos lo que apoyan esta historia, y lo exteriorizan con sus hermosos comentarios:
Kana-chiiian; Natusky; Kaitoru; Susana Mode; Alezti; Tomoe91; camiSXN; jennitanime; KataristikA; Goten Trunks5; Veintiocho; Soy YO-SARIEL; zarame-sama; sam; miildredziitha; Violet Stwy; harunablakrose; ; YazUzumaki; Celty Nekita-Akuma Uchiha; 00Katari-Hikari-chan00 y Dayi-TsukiyomiNSG.
¡Cualquier error me avisan, y si tienen tiempo los invito a leer el resto de mis fics XD!
