Agradecimientos: A Paradice Cream por un excelente trabajo beteando y por poner el título a esta parte.
A Mia Attorney por comentar y a Ophelie K Burke por favoritear.
A Isma (Pitchi) por haberme buscado por toda página slash hasta encontrarme. Te dedico este capítulo, espero que te guste.
Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado
FanFiker_FanFinal
Beta: Paradice-Cream
2. Exceso de confianza
Dolía. Apenas podía girarse, ya que al hacerlo el costado le dolía horrores. Trató de abrir los ojos: no debía encontrarse bien porque la última vez que despertó su escenario era un hospital; no sabía cuánto tiempo había permanecido sedado y recordaba haber visto al inspector Gumshoe yendo a visitarle, pero nada más. Aún algo aturdido, solo podía reconocer el sitio donde estaba ahora como una casa muy elegante, desprovista de adornos, con caros muebles de diseño; un habitáculo imposible de mantener dada su situación económica. ¿Cuánto tiempo había dormido y por qué su mente tenía un velo de confusión que no le permitía recordar? Oh. La cabeza le martilleaba y algunas imágenes asomaron a su conciencia.
La parada del autobús.
El barrio donde jamás debió ir.
El atracador que lo golpeó.
El brillo de una navaja.
Justo cuando comenzaba a recordar, todo volvió a oscurecerse.
Varias horas después, alguien le dio golpecitos en un brazo para despertarlo.
—Wright, despierta. Necesito limpiarte la herida —el abogado apenas enfocó un rostro puntiagudo, de ojos acerados y cabello liso color plateado. ¿Se había muerto y había ido al cielo? ¿Y por qué los ángeles se parecían a Miles?
—Otra pesadilla...
Sin embargo, el hombre pareció enfadarse y tras agarrarle de forma firme los hombros para sentarle, Wright vio que no era una pesadilla: Miles Edgeworth permanecía de rodillas ante él, con un trapo húmedo en la mano y con claras intenciones de desabrocharle la camisa. ¿Qué coño estaba pasando ahí?
Miles Edgeworth había vuelto al trabajo apenas tres días después de su regreso, abriendo uno de los casos más conflictivos de Los Ángeles; tras recabar las pruebas, analizarlas y leer los testimonios del juicio celebrado hace dos años acerca de un supuesto asesinato entre bandas, aparcó su deportivo rojo junto a la comisaría y siguió al inspector Gumshoe a uno de los coches policiales camuflados. Ambos habían cambiado su atuendo habitual por ropas que no llamaran la atención en el lugar al que se dirigían: un barrio del norte donde vivía mayoritariamente la raza negra de Los Ángeles, una zona donde uno no podía ir alegremente y sin compañía. Miles y Gumshoe habían salido del coche un poco antes de llegar al corazón del barrio en cuestión cuando un muchacho los empujó mientras corría a toda velocidad.
—¡Eh, amigo, cuidado! —exclamó Gumshoe. El fiscal logró ver el objeto que el chico llevaba en las manos antes de que su corazón latiera, desbocado.
—¡Oh, no! ¡Persíguelo, deprisa! —Gumshoe apenas pudo cuestionar las órdenes; salió tras el joven mientras localizaba su placa.
Mientras tanto, y movido por una fatal corazonada, Miles Edgeworth corrió hacia el lado contrario. Ese chaval llevaba un maletín negro entre los brazos, como si lo que llevara fuera algo importante, como si no fuera suyo, como si hubiera sido arrancado por la fuerza, y tras un maletín, habría un dueño. Preso de un inesperado pánico, arrancó a correr por las sucias calles, llenas de pintadas; algunos pisos tenían rotas las ventanas y también lo estaban algunas farolas. Miles apretó el paso, tratando de localizar algo que sus ojos, realmente, no querían ver. Su corazón pareció estallar al encontrar el motivo de su búsqueda: un hombre vestido con un elegante traje negro yacía en el suelo, inconsciente. De la zona del pecho manaba bastante sangre. Miles venció su primer impulso de quedarse paralizado: su sangre fría se hizo presente, se agachó y tomó el pulso con manos temblorosas. Bien, estaba vivo. Retiró la chaqueta que lo cubría para ver el alcance de la herida: era un corte profundo y necesitaba puntos urgentemente, tendrían que llevarlo a un hospital. Además, estaba inconsciente. Aquel malnacido debía haberlo golpeado. Miles sintió un desasosiego extraño, como si aquello le afectara a él: ¿tal vez conocía al individuo de algún antiguo caso? Se quitó la chaqueta, apretó fuerte para detener la hemorragia, y al desabrocharle el cuello… —¿un cuello de cura?— no pudo creer lo que vio: ese cabello negro, aunque peinado hacia atrás y sin sus características puntas tiesas, y aquel rostro inconsciente pertenecían a Phoenix Wright, abogado defensor y protagonista de sus sueños románticos. Rápidamente, llamó a Gumshoe desde su móvil, y diez minutos después, una ambulancia venía a auxiliarlos.
Miles alargó el brazo derecho para limpiar la herida del costado: era un navajazo limpio y certero: un poco más y habría afectado al hígado. El pensamiento de que podría haberlo perdido, de haber podido asistir a su muerte como espectador, le heló la sangre. Limpió con cuidado, le retiró la venda para cambiársela y observó los puntos. Por suerte, no estaban infectados, pero era una herida importante, tardaría en curarse. Miró a Wright a los ojos, que estaba algo azorado y lo observaba con curiosidad. Diablos. Tenía ganas de pegarlo por haber ido vestido así a ese barrio inmundo.
Era todo un suicida, ¿en qué estaba pensando?
Oh, claro, cuando esa muchacha, Maya, no estaba a su lado, Wright solo hacía tonterías. La piel del abogado estaba caliente, y tras ponerle el apósito cogió de nuevo el trapo húmedo y comenzó a pasarlo por el abdomen de Wright, despacio, con cuidado, con mucho cuidado, por su abdomen liso, señal de que lo ejercitaba a menudo. Algo ofuscado, y casi sin darse cuenta de la adoración con la que lo limpiaba, subió al pecho, tratando de memorizar las líneas duras, sus tetillas rosadas, erectas por la humedad. Llegó a la clavícula, y también le dedicó unos minutos que parecieron interminables. Su otro brazo, el izquierdo, se aproximó ahora con cuidado para testar la temperatura. Le tocó, apenas una caricia, una señal para recordarle que estaba ahí con él, en su cama, que Dios no se lo había llevado de su lado, que le daba una última oportunidad. A través de la palma podía sentir la alta temperatura del abogado.
Y entonces, animado y quizá envalentonado por el momento, el fiscal le miró a los ojos. Wright no había apartado la vista, curioso, siguiendo los movimientos con sus grandes ojos azules muy abiertos, expectantes, como si preguntara cuál sería el siguiente paso, con un pequeño rubor cubriendo sus mejillas. Fue un momento tan eterno, tan valioso: dos rivales mirándose a los ojos, sin orgullo, sin mentiras, tan solo reconociéndose, tanteándose. Y después de lo que parecieron horas, Wright alzó su brazo izquierdo y le agarró la muñeca. El contacto visual se rompió. Miles lo observó, extrañado, su corazón bailando ante el contacto. Jamás lo habían tocado ahí. Nadie le había mirado de ese modo y nadie le había agarrado con tal posesividad. Wright le arrancó el paño, lo arrojó al suelo y volvió a ponerle la mano en el pecho, como si quisiera… sentirlo. El abogado cerró los ojos mientras cubría las manos de Edgeworth con las suyas, calentándolas enseguida debido a la temperatura. Miles notó la dureza de su pecho a través de las palmas de sus manos, la febril calentura del cuerpo de su rival, un cuerpo expuesto ante él, un contacto que Wright no parecía negarle, a pesar de todos los insultos del pasado y se inclinó sin pensar. Olisqueó su cuello, besó su clavícula, y cuando las manos de Wright desaparecieron, quizá para atraerlo con sus brazos hacia él, el fiscal rompió toda la magia. Se levantó, asustado, mientras los ojos de Wright lo miraban, atónitos. Se levantó, con las rodillas doloridas por la posición y a grandes zancadas abandonó la habitación.
Había llegado a Watts subido en un autobús de la zona, como aconsejaban; se había aprendido las calles porque lo peor en aquel sitio era andar desorientado, cualquiera lo notaría y sería presa fácil para el saqueo. Ir en coche no estaba recomendado porque las bandas solían llevarte por las callejuelas hasta acorralarte, robarte el coche, todo tu dinero y hasta quizá matarte. Uno de los barrios más peligrosos de Los Ángeles.
¿Qué había hecho mal?
Iba vestido con un traje de cura para que lo relacionaran con ese jesuita que colaboraba para reinsertar a los jóvenes del gueto en la sociedad, había ido cuando el sol estaba en su cénit porque las bandas no solían atacar hasta que caía la noche... y de repente un chaval lo había empujado y le había clavado una navaja afilada, sin preguntar, preso de unos nervios angustiosos. Después no recordaba nada, salvo despertarse donde creía podía ser el apartamento de lujo de alguna mujer rica. Ver al fiscal Edgeworth plantado ante él tras su desmayo le hizo reír: así que al fin y al cabo, había ido a parar precisamente allí, junto a su rival. Era un sitio agradable y olía a jazmín, y esa, quizá, era la cama de Miles, lo que pudo comprobar al ser despertado. Edgeworth parecía enfadado y blandía un paño húmedo que dejó aparcado un momento en cuanto lo sentó para desabrocharle la camisa. Wright no daba crédito. ¿Estaba Edgeworth haciendo de enfermero? ¡Pero si todas esas cosas le daban grima! No podía ver la sangre, se mareaba; tampoco aguantaba las alturas (oh, no, ese miedo era suyo), y se ponía terriblemente enfermo cuando la tierra temblaba. Asistió al espectáculo del gran fiscal enfermero, quitándole el apósito, examinando sus puntos y limpiando alrededor.
El cabello platino caía sobre su cara, y Wright batalló entre decirle algo o alargar el brazo para retirarle los mechones y así ver su cara; no podía ver la expresión del otro, aunque parecía concentrado. Si le hablaba, quizá Edgeworth le lanzara el trapo a la cara y le dijera "límpiate tú". Rompería la magia. Esa magia que fue aumentando justo cuando el fiscal pasó de limpiar el costado a los abdominales. Wright observó, concentrándose en esa sensación, sintiendo cómo su parte baja despertaba mientras Edgeworth, quizá alterado por la calentura de su cuerpo, hacía círculos con su mano, tal vez envalentonado creyendo una falta de lucidez por su parte, asombrado por la inesperada atención. Wright suspiró, deseando más, y entonces sus ojos se cruzaron en un desafío eterno, y le agarró con la zurda, deshaciéndose de la única barrera entre ambos. Ah... los dedos de Miles seguían húmedos, ahora sobre su piel, mientras él mismo dirigía las caricias alrededor del pecho, apretando las manos, en un contacto extremo. Jadeó al sentir a Edgeworth inclinado sobre él, aún con la camisa alrededor de los hombros, y un pequeño y atrevido beso en su clavícula acabó de hacerle arder; cuando, con toda su intención de demostrar a ese idiota y perverso fiscal cuánto lo deseaba, alargó los brazos empujándolo hacia él, fue rechazado. Wright abrió los ojos, extrañado. Edgeworth, de pie ante él, lo miró con terror, para salir de allí inmediatamente después, dejándolo terriblemente confundido.
No debería aprovecharme de él en ese estado. Está claro que no es el Wright de siempre, aún tiene la conmoción.
Miles miró por la ventana de su apartamento, envuelto en sus propios brazos, encogido como si acabara de causarle algún daño. Aún sentía ese agarre en su muñeca, instándole a ir más allá, aún sentía el cabalgar de su corazón como si se saliera de su pecho. Oh, claro que lo deseaba. Deseaba envolverse en los brazos del maldito abogado, pero no en ese estado. Cuando Wright recuperara la compostura, le odiaría aún más. Por no hablar de que querría volver a su piso inmediatamente. No, debía reponerse allí, de ese modo, cuando llegase a casa, Wright estaría esperándolo, él no tendría que huir de sus sentimientos, porque finalmente sería correspondido. Suspiró. Eso no pasaría. Wright le odiaba, ni siquiera le había respondido aquella nota, ni le había hecho una llamada.
¡Sigues enterrado para mí!
Si no le hubiera encontrado, ahora estaría muerto, dejándole solo rumiando el dolor de saberse odiado. Hasta Franziska había sabido acercarse a él, aunque fuera a golpe de látigo. ¿Cómo podía considerar su vida un éxito si no podía llegar al corazón de Phoenix Wright? Se dio una ducha fría para calmar su mente y su cuerpo y al salir, el abogado estaba sobre el sofá. Había puesto la televisión y su cabello ya no estaba tan puntiagudo.
—Espero que no te importe, no quiero dormir todo el día —fue una frase breve, pero al menos no había rabia ni desprecio, y para Edgeworth fue suficiente bálsamo de alivio.
—Preferiría que te taparas con una manta. Voy a traerla.
Cuando se la lanzó a Wright, haciendo el esfuerzo de no acercarse a más de dos metros de él, el abogado palpó la tela y alzó sus ojos.
—¿Podría darme una ducha? Me siento sucio —las palabras tan claras golpearon de nuevo su ya mellada autoestima.
Sucio.
Porque tú le has tocado.
Bajando la mirada, asintió.
—Hay un albornoz en el baño, puedes usarlo.
Ocupó el sofá mientras escuchaba las noticias. La espera se le hizo eterna, por un momento pensó en ir a buscar al abogado al baño, por si hubiera sufrido algún mareo. Finalmente, decidió dejar de obsesionarse y procedió a secarse el pelo con la toalla. Una melodía familiar se escuchó en la sala, y Miles la detuvo antes de que la llamada se cortara. Miles miró la pantalla con fastidio antes de responder.
—Inspector Gumshoe... sí, sigue aquí. No, no se ha marchado... sigue algo atontado, dice muchas estupideces. De todos modos, mala hierba nunca muere. De acuerdo, deja el maletín en mi oficina, ya se lo devolveré yo. Y por cierto, tráeme su parte médico: no creo que le haga mucho caso —El inspector Gumshoe había sido parco en palabras; quizá tenía una cita con esa jovencita... suerte para él, su jueves sería más provechoso.
—¿Recuperaste mi maletín? —la voz de Wright frente a él lo sacó de sus cavilaciones. Con el pelo mojado, envuelto en su albornoz blanco y con el rubor febril en las mejillas.
—Fue Gumshoe en realidad quien lo hizo. Persiguió al tipo y logró arrestarlo.
—Um, gracias. ¿Qué hacías en Watts?
—Habíamos ido a entrevistar a algunos chicos del gueto, testigos de un asesinato entre las bandas de Bloods y Crips. ¿Y tú? ¿Puedo preguntar qué hacías allí si no es un caso que vayas a llevar tú? Tu disfraz no te ayudó nada a pasar desapercibido.
Como si hablar de trabajo fuera su única tregua, Phoenix se sentó junto a él.
—Quería investigar algo, pero no esperaba que me atracaran sin llegar a mi objetivo. De cualquier modo, da igual, ¿era el inspector? —Miles asintió y apagó la tele—. Sé que estoy aprovechándome de ti, pero, ¿tienes más gasas? Se me ha mojado la que me cambiaste.
—En el armario del baño hay más, sírvete, Wright —Phoenix tardó un poco en levantarse, aún le dolía la herida y ciertas posturas resultaban dolorosas. No le pasó desapercibido el hecho de que, a pesar de estar huyendo uno de otro, ambos vistieran una prenda sobre su cuerpo, sin nada más. Apretó los puños, en vista de que no podía hacer nada por el palpitar del pecho.
—Edgeworth —Phoenix estaba de nuevo a su lado, mostrando el vendaje—. ¿Puedes hacerlo tú? No veo bien...
Los ojos traviesos de Phoenix bailaron ante él, como si estuviera ofreciéndose; y para redondear el momento, el abogado se abrió el albornoz y sin ningún pudor, alzó los brazos.
—Prometo no tocar.
Sin embargo, yo no prometo no mirar.
Miles tragó saliva mientras cogía el cendal. El muslo derecho de Wright era visible en todo su esplendor, y además olía a jabón y a jazmín. Había usado su champú. Le quitó el adhesivo lo más rápido posible y tapó los puntos usando solo las yemas de los dedos. La piel de Wright parecía haberse enfriado un poco, seguramente utilizó agua fría para ducharse.
—Gracias —dijo la voz ronca de Phoenix, y Miles se obligó a mirarlo: seguía con el rubor febril en las mejillas, y sus ojos centelleaban. Edgeworth le cerró el albornoz, apartándose de la tentación. Nervioso, jugueteó con el móvil que había dejado sobre la mesita—. Edgeworth.
El fiscal se volvió, alertado. Phoenix miraba al infinito mientras retorcía el cinturón de algodón del albornoz.
—Siento todo lo que te dije en el tribunal.
Edgeworth suspiró. No era malo que hubiesen llegado a ese momento; aclararlo sería lo mejor. Su pobre alma condenada lo necesitaba.
—No importa. Estabas enfadado, te entiendo —la posición del otro cambió, y ahora lo miraba con ojos de tortura.
—¡Creí que estabas muerto! Sé que no soy tu mejor amigo, pero pudiste haberme dicho algo...,como que te ibas a tomar un descanso o algo así. Me preocupé —Miles se giró, observando cómo Wright luchaba contra algo que le quería decir y por algún motivo ocultaba.
—Es cierto, no actué bien. Me sentí herido y se tambalearon todos mis valores —y además te quería, te quería tanto que me sentí indigno de ti...
Phoenix se había acercado a él y ahora ambas rodillas se rozaban. Lo miró intensamente, y pronunció:
—Prométeme algo, Edgeworth.
—Dime.
—Que cualquier cosa que te preocupe, cualquier cosa que te haga sentir mal, y por supuesto cualquier cosa que tenga que ver conmigo, me la cuentes. Soy... tu amigo.
Qué oportuna declaración, justo cuando Miles había comprendido que Phoenix jamás sería un amigo para él.
CONTINUARÁ
¡Que levante la mano quien quiera un Miles enfermero!
Muchas gracias por leer y comentar.
