Agradecimientos: A Paradice Cream, que disfruta beteando la historia. ¡Gracias!

A todos los que comentáis, que me animáis a hacer más fics de esta pareja.

Esta parte se la dedico a Amy Airiel. Espero que te guste.


Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado

FanFiker_FanFinal

Beta: Paradice-Cream

3. Indagaciones

Phoenix repasaba todos sus papeles: Gumshoe le había entregado su maletín y no faltaba nada. Tras agradecerle al inspector el haberle salvado la vida (oh, cierto, también tendría que agradecérselo a Edgeworth, quien le llevó en coche del hospital a su maravillosa morada), ató los cabos rápidamente. Así se presentó de nuevo con su traje de abogado en la oficina 1202.

—El jesuita miente. Está protegiendo a uno de los pandilleros de Bloods. Es mayor de edad y no quiere que lo condenen.

Edgeworth le miró severamente.

—Yo hablé con el padre Lionel. ¿Por qué debería creerte?

—¿Por qué vas a creerle a él y a mí no?

Cuando se trataba de trabajo, la pasión entre ambos aumentaba a raudales, atrapándolos en un torbellino de ver quién podía más; Phoenix, normalmente, no estaba interesado en ganar, pero su terquedad por demostrar la verdad eran palabras mayores.

—Fácil: él me dio una prueba —Edgeworth, sentado tras su enorme escritorio de ébano, con una elegante pluma en su mano derecha, repasaba documentos. Wright se acercó al escritorio sin ser invitado, puso la mano sobre la madera y reclamó:

—¿Una prueba? ¿Qué prueba? —Edgeworth solo sonrió.

—Soy de la fiscalía, no se me permite confraternizar con abogaduchos...

Phoenix lo miró, malhumorado.

—¿Ah, sí? Muy bien, volveré a ese barrio entonces, a buscar la prueba definitiva —Edgeworth dejó caer la pluma, se levantó, y su semblante se volvió serio.

—No irás a Watts.

—¿Quién va a impedírmelo, tú? —volvieron a enfrentarse con la mirada, expectantes ante el movimiento del otro.

Edgeworth pareció corregir aquella repentina impulsividad.

—Vete con un policía, Wright. Y por supuesto, cambia tu testamento, me niego a volver a ser tu enfermero.

Wright se sentó sobre el escritorio, apartando los papeles.

—Oh, ya veo. Creí que lo habías pasado bien. Me pareció que te gustaba limpiarme las heridas...

El fiscal lo empujó.

—Wright, déjame trabajar.

—Edgeworth, si te estoy ayudando. Vengo solo para darte esta información y me tratas de embustero.

—Déjame, trabajo mejor solo, tú lo único que haces es desacreditar mis fuentes —Wright se bajó de la madera, decepcionado. Desde que había vuelto a su casa, tres días después del incidente, echaba de menos al frío Edgeworth. El señor témpano de hielo se mostró inflexible cuando Phoenix quiso marcharse aún con los puntos, aludiendo que podía marearse, hacerse daño o cometer alguna estupidez, y él no se hizo de rogar. El señor invierno le había ofrecido su casa, su cama, había cocinado para él y le había dejado compartir su vida durante tres días. Y ahora, Phoenix solo quería tomar el té como Edgeworth lo hacía, y solo quería probar más recetas alemanas, y utilizar sus albornoces para ducharse. Maya lo había telefoneado para ver "cómo iba la cosa". En cuanto Phoenix le contó lo ocurrido, le faltó tiempo para llamar por el móvil al fiscal y asegurarse de que todo era cierto. Edgeworth pareció divertido ante la preocupación de Maya, y después habían seguido hablando sobre libros y cuentos infantiles.

Desde entonces, Phoenix había tratado de estar con él lo máximo posible.

—Tengo que ir mañana a revisión, ¿me llevas, Edgeworth?

—No soy tu chófer.

A pesar de las negativas del fiscal, Phoenix se divertía. Le alegraba saber que volvía a tener una vida donde el otro estaba presente, sin fantasmas de notas amenazantes ni mentores con ganas de desprestigiar pupilos. Pero lo deseaba. Y no sabía cómo apagar ese fuego. Quizá debería preguntarle al señor helado, tal vez él tuviera la clave para enfriar su ardor.


—Wright... es la sexta vez en la semana que vienes a torturarme —Edgeworth alzó la vista, dejando a un lado la pluma y el fosforito amarillo para recalcar puntos importantes—, ¿no tienes a ningún idiota que defender? ¿Tanto te aburres?

Phoenix se sentó en el sofá junto a la mesa del fiscal y abrió las piernas y los brazos, como si estuviera en su casa.

—Edgeworth, no sabía que verme fuera una tortura. No hay ningún idiota que quiera ser defendido por mí, quizá porque saben que solo gano cuando me enfrento a ti —la mirada de odio del fiscal fue inmediata. Lo señaló como a un vil condenado y se levantó.

—Si no tienes nada mejor que hacer, te solicito que te marches. Tengo mucho trabajo.

—Me has salvado la vida y me siento en deuda contigo —dijo el otro, enarbolando una eterna sonrisa de gratitud que provocó cierta emoción en el otro.

Miles no comprendía. Volvía de Europa, Wright lo ignoraba y quería matarlo. Semanas después, amenazaba con ser el siguiente chicle pegado a su zapato.

—No te entiendo. Me odiabas. Y ahora, ¿quieres estar conmigo? Estás loco, Wright —al momento de pronunciar aquello, se dio cuenta del error.

—Por ti.

—Deja de mofarte y vete.

—Tengo sed, ¿tienes un té?

—No. Vete.

—¿Me llevarás mañana?

—Existen los autobuses, Wright.

—Pero quiero ir contigo. Llévame, Miles.

Adoro verte a mi lado mientras manejas ese deportivo automático.

Adoro que te hagas el duro.

Adoro que me cuides.

Te deseo.

Saltaría a esa mesa, te quitaría la ropa y te haría mío.

—Te haría mío.

—¿Qué demonios dijiste? —cuando notó que Edgeworth lo miraba tan rojo como un cangrejo, se dio cuenta de que aquella frase la había pronunciado en voz alta. No lo suficientemente alta como para entenderlo, y tampoco lo suficientemente bajo como para no ser escuchado.

—Bueno, Edgeworth, me iré con una condición: necesito hablar contigo, ¿estás libre mañana? —el fiscal lo miró, aún aturdido.

—No. Tengo trabajo.

—¿Y pasado mañana?

—No.

Phoenix puso las manos sobre las caderas ensanchando el pecho.

—¿Me estás evitando?

—Te lo he dicho, hay un caso que necesita mi máxima atención. No puedo distraerme.

Diablos con este hombre, me pregunto si se ha hecho una paja alguna vez.

—El viernes, Edgeworth. El viernes nadie trabaja. ¿Podrías concederme unos minutos de tu valioso tiempo? Por nuestra amistad.

Miles se sentó de nuevo en el escritorio, pensativo. Supuso que si no aceptaba, Wright iría todos los días a su oficina hasta que claudicase.

—Está bien, pesado.


Miles abrió la puerta de su apartamento después de haber subido la primera planta y al meter la llave, por un impulso casi gritó "estoy aquí, Wright". Pero el abogado ya no estaba allí. Estaba gloriosamente solo; no tenía que aguantar que alguien dejara gotas de agua sobre el suelo, ver la cama deshecha o surcos en su mesa de centro. Le gustaba vivir solo. En ese espacio sagrado podía pensar, escuchar el silencio y dormir a horas intempestivas. Se deshizo de la ropa y la colocó pulcramente en el armario para que no se arrugara. Echó un vistazo por su amplio armario, se preguntó qué podría vestir el viernes para la cita con Wright. Quizá unas prendas que no vistiera a menudo, algo más casual sin dejar de ir elegante, como cuando visitó la biblioteca. Wright lo miró con mucha curiosidad entonces.

No debería pensar en él. No así. Me alegra haber recuperado su amistad, pero no está bien.

Se metió a la ducha y tras cenar una ensalada, se sentó en la cama a repasar de nuevo los papeles del caso. Ese jesuita miente, había dicho Wright, pero no tenía pruebas, por tanto, no podía seguir su lógica. El jesuita atribuía el crimen a un antiguo camarada del acusado que había muerto dos meses después del asesinato; pertenecía a la banda rival, los Crips. Miles suspiró. En temas de bandas callejeras, era tan fácil despistar a la policía… unos y otros se cubrían y siempre había castigos para aquel que quisiera desenvolver la verdad. Tenía que considerar la posibilidad de que hubiera un testigo falso o incluso pruebas falsas. Miles sacó una nota entregada por el cura al inspector Gumshoe. Si esa prueba era falsa, Miles no solo podría acusar al acusado, sino también al jesuita. Desmoronaría el caso consiguiendo al culpable a cualquier precio.


Maya se despertó muy alegre para encontrar a un duchado Nick desayunando en la cocina, despierto y con energía, leyendo un periódico.

—Buenos días —la chica llevaba ropas normales, una simple blusa blanca y una falda cómoda.

—Maya, sírvete, he hecho zumo.

—Me apetece un batido, Nick. Podríamos ir esta noche a ese sitio donde fuimos con Pearl —se sentó a pesar de todo y se sirvió un gran vaso de zumo de naranja—. Llévame.

—No es posible, Maya —dijo él sin elevar la vista del papel y mordiendo su tostada.

—¿No es posible? ¿Has quedado? —como él no contestó, la chica le cerró el periódico—. ¡Eh! Te estoy hablando.

—Estaré ocupado, lo siento. Podrías ir a la biblioteca o quedarte leyendo aquí, o viendo la tele.

Maya lo miró con ojos entrecerrados, tratando de adivinar qué se traía entre manos su socio, y para eso había que tantear.

—¿A qué hora volverás? ¿Hago la cena?

—Hum, no sé, te llamaré si vuelvo antes de la cena.

Tras una pausa, el semblante de la chica se iluminó repentinamente.

—¡Oh, ya sé! Nick, ya sé con quién tienes la cita —se levantó, emocionada, juntando las

manos en forma de rezo—. Empieza por M, ¿a que sí?

—Maya… la cita no es contigo —Phoenix recogió su plato y lo dejó en el fregadero mientras ella cogía una tostada de las que había en el plato.

—No me engañas, Nick, vas a ver a Edgeworth.

Por todos los dioses, estas Fey, aparte de canalizar, ¿leen la mente?

—¿A que he acertado? Y no era M de Maya, sino de Miles. Tiene un nombre muy poco

común, ¿no te parece? —la chica buscó insistentemente algo con lo que untar su tostada.

Phoenix rió de forma traviesa y alzó el brazo, enarbolando el periódico enrollado.

—Lo que no hay es M de mermelada. No busques, me la he acabado yo.

—¡Nick! Sal a comprar. ¿Dónde vamos hoy?

—Al bufete: a limpiar.

Maya puso los brazos en cruz, apretó la mandíbula, fastidiada: les esperaba un día duro.


Eran casi las seis cuando Phoenix y Maya terminaron de limpiarlo todo. Había millones de papeles que el abogado tendría que revisar, así como apuntes de Mia que había encontrado en algunos expedientes de casos ya resueltos.

Desde el bufete, Phoenix llamó a Edgeworth para decirle que acababa de terminar y preguntarle dónde podrían verse. El fiscal sugirió ir a una cafetería del centro financiero, puesto que él también seguía trabajando. Phoenix aceptó, contento, quizá Edgeworth lo llevara de vuelta a su apartamento. Y quizá podrían ir a cenar. Suspiró, pensando cómo podría proponerle todo aquello sin que Edgeworth le dijera que no. Parecía siempre tan corto de tiempo, tan celoso de su intimidad. No le había visto relajarse nunca. No salía con compañeros de la profesión ni tampoco le veía con amigos. En ese sentido, seguía tan insociable como en la escuela. Salvo a veces Franziska, con quien sí parecía tener cierto contacto… por favor, ¿cómo aguantaba Edgeworth a la loca esa? ¿Se llevaría el látigo a sus encuentros? Oh, no, olvidaba que solo lo usaba con gente como él y Gumshoe. Debía ser toda una fiera en la cama. ¿Qué tipo podría acercársele sin salir magullado? Seguro que era virgen.

—Nick, ¿de qué te ríes?

—Franziska von Karma es virgen —estableció, divertido.

—¿Qué? ¿Te lo ha dicho?

—Oh, Maya, no es necesario preguntar. ¿Qué tipo se acercaría a ella tratando de entablar una conversación en cuanto viera lo que oculta su mano larga?

—Mmmm, no sé —dijo Maya colocando unas cajas—, ¿quizá Edgeworth?

La posibilidad le puso de mal humor.

—No me hace gracia.

—No tienes sentido del humor. Por cierto, hablando del fiscal… entrégale esto —la chica alzó una bolsita de terciopelo negro.

—¿Qué es?

—No vale mirar. Quiero agradecerle de alguna manera la lectura que nos regaló. A Pearl le encantaron los cuentos. Creo que hay un autor en particular del que voy a investigar, así que me marcho a la biblioteca. Dáselo, Nick. Y dile que muchas gracias.

—¿No preferirías entregárselo en persona? Parece un regalo muy caro —Phoenix alzó la bolsita sopesándola, tratando de adivinar qué había dentro.

—Se lo das tú, no sé cuándo voy a poder verlo. Y sí, es caro, pero Edgeworth se lo merece.

—Eh. Tú no me has regalado nada caro, y eso que te defendí en un juicio —dijo Phoenix, poniendo un puchero. Maya lo abrazó.

—Nick, yo nunca podré pagarte lo que hiciste por mí. Espero que la poca ayuda que pueda ofrecerte canalizando espíritus te sirva de algo —le acarició el pelo y la habló despacio, como si fuese una niña perdida.

—Maya, era una broma. Claro que me ayudas un montón y tu magatama… por mucho que odio usarlo, es realmente útil. Creo que Gumshoe lo adoptaría como objeto para investigar. Es mil veces mejor que su detector de metales.

—Te quiero, Nick. Pásalo bien con tu fiscal. Si te quedas la noche fuera, avisa, por favor.

Phoenix vio marchar a Maya y se preguntó si alguna vez podría volver a quedarse en el apartamento de Edgeworth sin excusas banales como apuñalamientos innecesarios. Oh, por cierto, ¿qué hacía su cartera sobre el sofá? Oh, con diez dólares menos, genial.

Cuando Phoenix llegó a la cafetería Inside, Miles ya llevaba un rato esperando. Vestido con una camisa a rayas negras y blancas y un pantalón de pitillo, tomaba un té.

—Lo siento, Edgeworth, pararon el metro y tuvimos que esperar —el fiscal no respondió, aceptando su disculpa con un asentimiento, preguntándose por qué no se sacaba el carnet de conducir.

—¿Cómo está tu herida? —Phoenix se levantó la camiseta sin previo aviso, haciendo que Edgeworth hiciera una mueca.

—Wright, no tienes modales —ambos se estudiaron, mirándose con detenimiento—. Y por cierto, ¿qué haces con el pelo mojado?

Una camarera vino a atender la mesa y Phoenix pidió una coca-cola.

—Me he duchado antes de venir.

—¿En el bufete?

—Sí. Maya y yo hemos estado recogiendo la oficina.

Miles pareció divertido, aunque agradeció que se duchara para verle.

—...

—No te quiero decir lo que había allí, Edgeworth, ¿qué tal tu día? —la camarera trajo la coca-cola y de nuevo los dejó solos. Phoenix dio un largo trago de la bebida, acomodándose por fin en la silla, inclinándose hacia atrás, con las piernas abiertas, en un claro gesto de disposición a escuchar.

—Como siempre, trabajando y leyendo aburridos informes —Edgeworth miró el reloj y Phoenix no pudo evitar un suspiro de desilusión. Llevaban apenas diez minutos juntos, ¿es que Edgeworth ya se había cansado? —. Pero no hemos venido a hablar de mí, dispara. Estabas ansioso por hablar conmigo.

El moreno se atusó el pelo, aún humedo. Apenas se había duchado hace una hora. Ya había preparado el discurso; con Edgeworth siempre había que calcular con las palabras y la información.

—Bueno, es que… es una pregunta muy personal, quizá no quieras responderme.

Miles ensombreció su rostro, y lo miró, apesadumbrado.

—Adelante, yo decidiré si voy a responderte o no.


Edgeworth llegó al bar diez minutos antes de la hora, a pesar de que le había costado encontrar aparcamiento en las inmediaciones. No solía salir mucho por la zona de negocios, pero en ocasiones, los policías, cuando tenían un receso en sus turnos, le llevaban a ciertas cafeterías para relajarse y hablar. Así es como conocía muchos de los restaurantes del centro financiero.

No debí haber llegado tan pronto, Wright llegará tarde.

Repentinamente ilusionado por esa cita, se llegó a preguntar si Wright querría hablarle de nuevo del caso. Desde luego, no sería apropiado, aunque él sí tenía una pregunta que hacerle al abogado, una que había estado rumiando desde hace semanas y que Wright parecía esquivo al respecto.

Entró, pidió un té a la camarera, que lo saludó con una sonrisa muy agradable (no estoy disponible, no soy hetero) y cuando Wright entró por la puerta lo observó con curiosidad: llevaba una camiseta con enormes letras que decían "L.A. County" y un pantalón vaquero: ese aspecto y el haberse dejado la gomina en casa, haciendo que el cabello le cayera por las sienes, le hacían más joven.

Ha crecido bien el abogaducho. Se ve que entrena, por mucho que Maya le lleve a comer hamburguesas; lo cual es un alivio, saber que hay hombres que todavía se cuidan.

Lo saludó con una sonrisa y esta le afectó mucho más que la de la camarera; en ocasiones, se sentía desarmado con ese simple gesto de Wright y ese brillo en sus ojos azules.

—Lo siento, Edgeworth, pararon el metro y tuvimos que esperar.

Esperaba una excusa parecida. Debes ser patético en las citas, vaya impresión, llegando tarde. Tienes suerte de no salir conmigo. En alguna ocasión blandiría el látigo de Franziska, sobre todo si mi cita llegara tarde.

—¿Cómo está tu herida? —pronunció, más para sacarse de su imaginación ciertas escenas que envolvían el cuerpo de Wright; el muy sinvergüenza se levantó la camiseta para mostrarle los puntos. Esos puntos que él conocía tan bien. Escuchar que había estado todo el día limpiando la oficina le cabreó hasta un punto insospechado. ¿Es que ese tío no pensaba, o qué? No se le ocurría otra cosa que limpiar estando convaleciente? Pediría el látigo a Franziska la próxima vez que lo viera y lo usaría, vaya que sí. Cuando al fin se acercó la camarera y Wright tuvo la bebida delante de él, pareció relajarse y querer confesarle algo. Algo personal. ¿Tendría que ver con Maya? ¿Quizá fuera a mudarse, o a cambiar de ayudante, o a marcharse de viaje porque no tenía casos pendientes? ¿Quizá quisiera pedirle un favor que no tenía que ver con trabajo? ¿Tal vez ir a su casa de vez en cuando, sobre todo a la hora de la cena? Debía dejar de hablar consigo mismo tan a menudo, su mente era todo un hervidero de pensamientos inútiles.

—Adelante, yo decidiré si voy a responderte o no.

Phoenix jugó, nervioso, con la servilleta.

—Es algo que no puedo preguntarle a Maya, a Gumshoe o a Larry, sino a una persona un poco más lógica, menos emocional —¿de qué iba Wright? ¿Llegaba tarde y ahora lo llamaba "témpano de hielo"? A riesgo de parecer insensible y borde, dejó que continuara—. Iré al grano. Cuando tú tienes un sentimiento tan grande que no puedes evitar sentir pasión, ¿cómo haces para seguir tan… tranquilo?

Miles entrecerró los ojos. Ese adjetivo después de "tan" quizá significara "soso", "aburrido" o alguna variante.

—¿Qué clase de pasión, Wright?

—Un deseo por alguien, Edgeworth. Una atracción física —la descripción tan directa le dejó la boca seca; tuvo que acudir a su té.

—No lo sé —mintió—. No me ha ocurrido nunca.

Wright pareció desarmado, sus grandes ojos azules se abrieron en señal de sorpresa.

—¿Nunca? ¿Nunca te has enamorado? —Edgeworth pestañeó, sus pensamientos como estrellas fugaces; si dudaba demasiado, Wright notaría su mentira; si lo admitiera… sería interesante, pero no. En esos casos, lo mejor era una mentira a medias.

—Bueno, cuando era pequeño, alguna obsesión sí tuve. Pero no había despertado mi sexualidad entonces —eso es. Realmente, hablaba del mismo tipo frente a él, pero disfrazando la descripción.

—Oh —Wright agachó los hombros, se echó hacia atrás y pareció desilusionado—, entonces no puedes responderme. Creí que tenías alguna técnica excepcional que te impedía saltar sobre tu conquista.

Desde luego que la tengo, y me cuesta mucho no saltar sobre ti, idiota. Aunque dudo mucho que seas mi conquista.

—Debiste preguntarle a Larry, no dispongo de experiencia amorosa en mi currículum.

Wright, algo más animado, volvió a inclinarse hacia delante.

—Larry no se contiene, ¿o es que no has visto su currículum? Apenas se repone del duelo cuando ya tiene una nueva conquista en su mano.

Es curioso, Wright elige muy bien las palabras. No dice "mujer" ni "chica".

Aunque lo veía completamente estupendo, no dejaba de preguntarse si lo estaba usando únicamente con él porque quizá intuía su orientación sexual.

—Wright…

—¿Eres virgen, Edgeworth? —el fiscal lo miró con dureza.

—¿A qué viene esa pregunta? Aunque quizá lo dices porque tú sí lo eres y quieras ponerme en evidencia…

De repente, Wright se puso rojo y apretó los labios, bajando la mirada hacia su bebida, completamente avergonzado.

Esto sí que no me lo esperaba. Pensé que me atacaría, como en el tribunal, que sacaría pecho y diría algo así como "ya tuve relaciones, y soy muy bueno en ellas".

—A veces me asombras. No pareces relacionarte mucho con la gente y sin embargo, eres tan observador… ¿cómo lo has adivinado? —bien. Ahora, quien estaba azorado y sorprendido, era él. Extendió el plexo solar, como si su pecho se hubiera inflado, señal que seguramente Wright tomaría como orgullo, y lo era. No podía sentirse más orgulloso y satisfecho de que Wright no se hubiera entregado a alguien. De que no hubiera compartido algo tan íntimo como lo que compartieron en su habitación. El beso fugaz a su clavícula lo asaltó repentinamente.

El abogado olía tan bien, su cuerpo era puro músculo; estuve a punto de cometer una locura. Suerte que paré a tiempo.

Pero nada me asegura que yo haya sido el primero en besarle. Puede que sea virgen y haya tenido toda clase de tocamientos…

La idea le puso furioso. Apuró el té, ya frío, y procedió a levantarse.

—¿Edgeworth? —frente a él, Wright parecía preocupado. Demonios. Se había levantado por impulso, cuando medía tanto sus acciones; algo impensable.

—Voy… al baño —se catapultó con paso rápido hacia el fondo de la cafetería, donde procedió a echarse agua fría en el rostro mientras miraba su reflejo. Su repentino orgullo yacía desinflado, como un globo deshinchado.

Sí, tenía nueve años. Nueve jodidos años, Wright. Realmente, en mi currículum solo tengo un nombre: el tuyo.


CONTINUARÁ

A partir de ahora los capis serán un poquito más largos.

Por cada comentario, Miles se acerca un poco más a su abogado. ^^


Aclaraciones: El barrio de Watts, así como las pandas de Bounty Hunter Bloods y los Grape Street Crips existen realmente, me documenté en una página de noticias sobre bandas callejeras en Los Ángeles en un artículo de "El País". El padre Lionel también existe, aunque yo le cambié el nombre para salvaguardar su identidad.