Agradecimientos: Como siempre, a mi excepcional beta y a todos aquellos que entráis y le dais una oportunidad al pairing.

Dedico este capítulo a darkangel222 que también es amante del narumitsu. ¡Bienvenid !


Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado

FanFiker_FanFinal

Beta: Paradice-Cream

4. Roces y recuerdos

Cuando Phoenix vio salir a Edgeworth con el rostro sereno y sonriendo ligeramente, su sonrisa se incrementó en millones de vatios. Estaba tan a gusto con el fiscal… aunque fuera tan hermético como una fiambrera, su sola presencia lo tranquilizaba, le hacía sentirse seguro. El año pasado, el saberle fuera de su vida, le causó un desasosiego tan grande… Quizá debiera decírselo, confesarle que el único con quien había tenido contacto era él, y deseaba más de la misma persona. Aquel día, en su cuarto, mientras lo tocaba con vehemencia, ¿había sido por miedo a perderle o porque sentía algo más? No debía ser lo segundo, ya que en cuanto le rodeó con los brazos el rechazo fue evidente.

Se frotó las manos, nervioso. ¿Cómo se tomaría Edgeworth una declaración tan directa? ¿Huiría de nuevo? Cuando el fiscal no entendía sus emociones solía evaporarse como un cobarde. No. No era buena idea. Ser amigable, cercano, mientras se masturbaba a su salud, en soledad, alimentando aquellos irracionales y constantes deseos; eso haría.

Ay, Maya, cómo desearía contarte esto. Las mujeres entendéis las emociones mucho mejor que yo, y Edgeworth es tan complicado… además, después de decirle aquellas barbaridades y luego pasar a ser su amigo en tiempo récord, no me tomaría en serio.

—¿Estás bien? Pareces preocupado —preguntó al verlo sentarse de nuevo frente a él.

—Solo agotado, Wright, estos días he dormido poco.

—Oye, Edgeworth, si quieres marcharte para descansar, está bien. Pensaba que podríamos cenar y charlar, pero si realmente estás tan cansado podemos vernos otro día.

—No es para tanto, Wright, estoy bien, aunque ya me conoces: me gusta analizar todo minuciosamente. Podré sobrevivir unas horas más contigo… siempre que no me preguntes por mi vida sexual.

Después de su estancia en la cafetería, ambos se dirigieron a un local de las inmediaciones donde vendían sushi. Phoenix había propuesto ir a cenar, y como Edgeworth dijera "voy a sitios tan caros que no podrías permitírtelos", resolvieron acudir a un local donde ambos pudieran cubrir los gastos. Entonces sí hablaron de trabajo y recordaron casos antiguos en los que ambos se habían enfrentado, rescatando viejos recuerdos y extraños personajes. En ese lapso de tiempo, Edgeworth había reído, si no a carcajadas, sí mostrando hermosos gestos. Wright lo miró anonadado.

Eres guapo, Edgeworth. Eres muy atractivo. Todas las mujeres están locas por ti, y tu rival también. Capullo.

—Deberías sonreír más a menudo, te sienta bien —le dedicó un halago, restándole importancia mientras iba a servirse más dim-sum, dejándolo sumido en pensamientos eternos.

A las nueve y media dieron por finalizada su cita y Wright extendió la mano en señal de afecto.

—Gracias por tu tiempo, Edgeworth. Me lo he pasado muy bien.

El fiscal contempló la caída de la noche y rumió una decisión de la que quizá se arrepintiera después:

—Puedo llevarte, Wright —el abogado se rascó el cogote, algo abochornado porque su mano no hubiese sido estrechada.

—¿En ese cacharro tan lujoso? Está bien, me aprovecharé de ti ya que no puedo hacerlo de otro modo.

Edgeworth alzó las cejas, algo sorprendido por la doble intención de Wright, pero para asombro de este no le dio más importancia. Caminaron hacia la calle donde el fiscal tenía aparcado su deportivo rojo reluciente, cuyo maletero actuó como ataúd forzoso hace un tiempo, albergando un cádaver, y entraron. Los sillones de cuero inclinados eran una trampa para dormirse ipso facto. ¿Cómo es que Edgeworth no se quedaba roque? Bueno, la conducción a veces era estresante en Los Ángeles.

—¿Esto es automático? —preguntó Phoenix señalando el inusual aspecto del cambio de marchas.

—Sí. Casi me lleva solo, apenas lo tengo que conducir —Edgeworth se abrochó el cinturón de seguridad mientras el abogado pensaba qué gracia podía tener el conducir un coche si el deportivo lo hacía todo. Prefirió callar, no entendía nada del tema. Se abrochó el cinturón y procedió a esperar mientras el fiscal encendía el motor. Ya era de noche y los faros iluminaron la zona frente a ellos.

Curiosamente, Edgeworth conducía rápido. Con toda la tranquilidad que vertía el tipo en su día a día, le gustaba correr con el deportivo.

Obvio, Phoenix, alguien sin gusto por la velocidad no elegiría este modelo como coche habitual.

—¿Voy muy rápido? —preguntó el otro, siempre tan atento a todo.

—N-no, es solo que no estoy acostumbrado a estos coches tan modernos.

—Confiesa, Wright, estás cagado —y el fiscal apretó fuerte el pedal del acelerador, causando un sobresalto en el copiloto.

—¡Ey! —Edgeworth continuó pisándole durante un buen tramo mientras el muy capullo sonreía, al parecer, divertido por alterar a su acompañante. Quizá había sido una treta para incomodarlo.

—¿Es que quieres matarte? —el fiscal se encogió de hombros.

—Nadie me echaría de menos si eso ocurriera —fue la respuesta tal vez apresurada de Edgeworth y que enfureció a Phoenix.

—A veces eres patético, Edgeworth. Yo te tenía por alguien luchador, alguien que todo lo supera.

—Siento decepcionarte.

Se hizo un silencio extremo, interrumpido entonces por el motor del deportivo.

—Sí lo hiciste. Me preocupé mucho, idiota —Phoenix suspiró, mirando al infinito a través de la luna delantera, impoluta.

—Lo sé, me lo dijo Gumshoe. No debiste hacerlo.

—Eso es todo lo que puedes decir, supongo. Lo pasé realmente mal, pensé que estabas muerto, no dejaste pistas, nadie sabía nada, hasta Franziska estaba malhumorada conmigo porque decía que te habías ido por mi culpa. Joder, Edgeworth, tienes amigos, preocúpate un poco más por ellos.

—Tienes razón, Wright, fui un imbécil, ya me gritaste por ello.

—Estaba enfadado.

—Lo sé.

Volvió el silencio mientras el fiscal dirigía con más cuidado el coche. Desde luego, no tenía intenciones de matar a nadie y menos llevando con él a alguien tan importante. Quería tener muchos más momentos con Wright en su coche, en el tribunal, en su apartamento… había recuperado su amistad y no quería perderla.


Cuando Wright llegó a casa, Maya estaba dormida en el sofá. Se quitó la ropa, y el amanecer le despertó demasiado pronto. Se había olvidado de echar las cortinas por la noche, y la claridad del amanecer le golpeó la cara. Se levantó, cansado; eran las ocho y media. Quería dormir un poco más, era sábado y seguro que Maya lo despertaría para vengarse por no haberle llevado el día anterior a tomarse un batido. Oh, sí, Maya era un torbellino. Al regresar a la cama, dicho torbellino apareció por la puerta, en pijama, tan excitada como si hubiera corrido una maratón.

—¡Nick! ¿Cómo fue tu cita ayer? Casi no he podido dormir de la emoción, cuéntame —Maya se lanzó sobre él y Phoenix apenas pudo pararla.

Me gustaría saber cómo una persona puede tener tanta energía al levantarse... con lo que me cuesta madrugar.

—Hum, pues cenamos, charlamos y me trajo a casa en su deportivo —Maya se puso de rodillas en la cama mientras Nick trataba de echarla. La empujaba, y ella volvía a ponerse de rodillas, soñadora.

—Owww, qué romántico. ¿Le diste mi regalo? —Phoenix entonces recordó los gemelos de Maya, todavía inmersos en su bolsillo del pantalón. La miró con cautela, receloso.

—Eeeh, ¿vas a matarme si te digo que no? —la joven cruzó las piernas y dio una palmada, asintiendo.

—¡Oh! No me digas que es una treta para volver a verlo. ¡Qué agudo, Nick! Luego lo llamas y conciertas otra cita.

Si hago eso, Edgeworth me mandará al cuerno.

—Tiene mucho trabajo, le dejaré en paz hasta la semana que viene.

—Está bien, entonces pasa el tiempo conmigo; hoy podemos ir a Universal Studios, Nick, ¡me encantaría ver los autógrafos de los famosos y los objetos de las películas que se han rodado allí!¿A que es un buen plan?

No lo es. Ese sitio es caro y apenas tengo para pagar el alquiler porque mis trabajos de abogado no se remuneran.

Sin embargo, lo que una Fey pide, lo consigue. Transcurrió el fin de semana y el lunes, al regresar al bufete, tuvo a media mañana una visita inesperada: Gumshoe venía sofocado, como si escapara de alguien, lo saludó y le preguntó por su estado de salud. No se habían visto después de la devolución de la maleta. Hablaron brevemente hasta que el inspector tuvo que volver al trabajo. Phoenix, entonces, se dedicó a repasar todos los dosieres rescatados de la limpieza del viernes.


Miles había rellenado tres citaciones de testigos para el juicio que se celebraría dentro de un mes. Las dejó aparte para rellenar los expedientes de información que la fiscalía presentaría al juez. Después iría de nuevo a Watts para interrogar a uno de los componentes de la misma banda callejera. No era fácil conseguir testimonios que tuvieran una línea similar; Miles comprendió muy pronto que no todos los miembros de la banda estaban a gusto con el jefe actual, el acusado, por eso la investigación era una parte muy importante.

La investigación fue ardua, y Miles estuvo toda la semana ocupado con las visitas, reuniendo información y descartando aquella menos valiosa. Cuando se dio cuenta había llegado el viernes, y su mente se permitió pensar en Wright. El abogado le había llamado para dejarle un mensaje en el contestador animándole con el caso, y escuchar su voz produjo una nostalgia en el fiscal harto conocida.

Debería devolverle la llamada. Pero ¿qué le digo?

No hizo falta. El sábado a mediodía el teléfono de su apartamento volvió a sonar.

—Edgeworth.

—Wright.

—¿Todo bien? Te noto cansado.

—Nada que no pueda arreglarse con una buena siesta. ¿Cómo están tus puntos?

—Bien, ya me los han quitado. Ahora trataré de cuidarme esa horrible cicatriz. Escucha, necesito verte.

Miles frunció el ceño y sonrió, porque por teléfono eso sí estaba permitido, no tenía que fingir.

—¿Verme? ¿Ya me echas de menos, Wright?

—Siempre, Edgeworth. ¿Estás libre esta tarde?

—En realidad...

—Bueno, da igual, voy a ir a tu casa, necesito que veas algo. Es para tu caso, encontré una información muy interesante, te la llevaré.

—Wright, los fiscales no... —pero el moreno no se quedó a escuchar el final de la frase. Parpadeó, inseguro. ¿Una información interesante? ¿Qué podría ser que él no tuviera? ¿Y qué era esa sensación de desilusión instalada en su pecho al saber que no lo había reclamado para salir, sino para trabajar? Apenas podía dejar de pasear por su salón cuando el abogado llamó al timbre. Y la ausencia de sonrisas por parte de Wright al entrar en su casa solo podía significar una cosa: el abogado había encontrado algo decente. Sentados en el sofá uno junto a otro, Phoenix le mostró un archivo repleto de papeles.

—Lo encontré el día de la limpieza y estuve repasándolo toda esta semana. Es un caso que Mia llevó antes de morir; defendió a uno de los acusados, pero la vista tuvo que posponerse por falta de pruebas y la investigación no fue esclarecida. Este caso es el que ha quedado ahora en manos de Winther Galdor.

Miles no daba crédito: se trataba del caso que ahora le tenía investigando. En la primera comparecencia no fue el fiscal encargado; de haberlo sido, el veredicto habría sido inevitable. Echó un vistazo a los informes. Uno de los testigos había sido el padre jesuita, quien se empeñaba en defender al supuesto asesino a capa y espada, adoptando la misma postura que ahora. En contrapartida, otros compañeros de la misma banda le hacían un flaco favor con sus testimonios llenos de agujeros. El dosier era extenso, quizá necesitara tres o cuatro días para revisarlo y hacer un resumen para extraer lo esencial.

—Vaya, Wright, van a conocerte como el abogado que pasa información a los fiscales de Los Ángeles y no será nada bueno para tu reputación.

—Solo lo hago con los fiscales decentes —aseguró el abogado cruzando las piernas—. ¿Tienes algo de beber?

—Ya conoces la cocina, sírvete.

—Has vuelto a dejar sola a Maya —advirtió el fiscal al ver llegar a Wright con una taza de cacao. La depositó con cuidado en la mesa del centro y rebuscó en sus bolsillos.

—Oh, menos mal que la has nombrado. Si se entera de que me los vuelvo a llevar, me corta en cachitos —Wright le tendió una envoltura de papel de marca, y entrecerró los ojos, desconfiado—. Es un regalo que Maya me ha pedido que te dé. Por cuidar de ellas y enviarles libros. No lo rechaces.

Los dedos del fiscal rasgaron el papel y su sonrisa se ensanchó al ver aquellos gemelos cuya figura se asemejaba a un samurái.

—Maya ha debido gastarse todos sus ahorros —fue la respuesta que pudo articular, mientras revisaba en alto la plata auténtica y pasaba un dedo por la superficie, emocionado.

—Le harás feliz si te los pones, y ni se te ocurra devolverlos. Te aprecia demasiado y si los rechazas me tocará a mí aguantar sus lágrimas.

—Claro que me los pondré —se levantó, los metió de nuevo en la cajita de terciopelo y los guardó en lugar seguro. Después se inclinó sobre la mesa y comenzó a escribir una carta, la metió en un sobre donde garabateó "Maya" con letra de imprenta y se la entregó a Wright—. ¿Los traías el otro día y se te olvidó dármelos?

—Sí —Wright se rascó el cogote mientras se guardaba el sobre en el bolsillo de su vaquero. ¿Por qué el fiscal era tan increíblemente profesional y perfeccionista para todo?—, tengo muy mala memoria, adelante, si vas a hacer un chiste, que sea rápido.

Miles sonrió sin poderlo evitar, contemplando esos ojos azules, esa pureza y ese encanto que lo volvían loco desde hace años. El abogado siguió mirándolo intensamente y Miles dejó de respirar. ¿Acaso estaba esperando algo de él? Si se acercaba un poco más... Entonces, sonó el teléfono, devolviéndolos a la realidad. Tras una breve conversación, el fiscal regresó al sofá.

—¿Quién era?

—Franziska. Quiere que nos veamos mañana —Wright no pudo evitar soltar un suspiro.

—¿La ves muy a menudo?

Wright parecía enfadado mientras giraba su taza.

—¿Estás celoso, Wright?

—N-no, idiota. Es solo que hace tiempo que no sé nada de ella y pensé que se había marchado. Ella y su látigo, cuanto más lejos de mí, mejor —Miles rio, algo de cierto había en las palabras del abogado. Franziska era difícil de tratar, pero su fachada de mujer fatal escondía muchas inseguridades. De todos modos, se permitió pensar que quizá Wright le tenía un poco de envidia por estar tanto tiempo con él, tal como él se sentía con Maya, a pesar de haberle tomado un cariño poco común. Un dedo en su frente lo despertó de sus cavilaciones y se giró para contemplarlo, con gesto de reproche.

—Deja de hablar contigo mismo y hazme un poco de caso. Si te aburro dímelo y me iré.

—Me aburres —Wright le lanzó un cojín, que impactó en la cara del fiscal, y este le devolvió el golpe.

—Miles Edgeworth, eres insoportable —el abogado se tumbó sobre el sofá sin pensar en su reciente herida, que provocó un dolor agudo.

—¡Wright! —Miles se giró, estudiándolo con preocupación— ¿Estás bien?

Los azules ojos del abogado se abrieron de nuevo, burlones, abrió la boca para decir algo y finalmente, la cerró, algo azorado.

¿Y ahora qué pasa? No entiendo a este hombre...

Wright se levantó hacia el baño. No tardó en volver, y algo avergonzado, se quedó de pie frente al sofá de Miles, quien leía ahora uno de los documentos del dosier.

—Te dejo para que los estudies, tienes trabajo. ¿Qué hora es?

La hora de que te quedes.

—Las siete y media —respondió Miles tras contemplar el reloj digital de diseño colocado en el mueble junto a la televisión.

—Es tarde, querrás cenar y...

—Puedo llevarte, si quieres —Miles dejó de nuevo la carpeta en la mesa para despedir propiamente a su amigo. Wright pareció dudar, quizá tuviera miedo de volver a subir al deportivo, o quizá prefiriera irse solo para pensar en sus cosas. Sin darse cuenta, lanzó un suspiro. Pero ¿cómo decirle aquello? ¿Cómo confesarle el preferir tener un poco más tiempo su compañía?

—No quiero —respondió quizá muy rápidamente Wright, y Miles lo miró con ojos muy abiertos. Se levantó, cogido por sorpresa, cuando Wright murmuró algo. El fiscal tuvo que acercarse, Wright tenía los puños cerrados y parecía luchar contra algo.

—¿Wright, qué pasa? —le asustaba el repentino cambio del otro. ¿Y si volvía a estar enfadado? ¿Y si le culpaba de haber sido una mala compañía? ¿Y si estaba cansado de verlo tan a menudo?

—¿Puedo quedarme? —ahora la sorpresa del fiscal fue aún más evidente. Parpadeó, confuso. ¿Wright quería quedarse? ¿Qué significaba "quedarse"? Es decir, quizá fuera un poco más, no se referiría a pasar la noche. La respiración de Miles se desbocó, tratando de entender, y puso sus brazos en torno a sí mismo, en claro gesto de protección—. Disculpa, eso ha estado fuera de lugar. Me marcho, Edgeworth.

Y sí, cuando Edgeworth quiso darse cuenta, su puerta yacía cerrada, sin signos del abogado. ¿Qué mosca le había picado? Charlaban como dos personas normales y de repente, a Wright le pareció estar molestando. ¿Quizá vio algo que no le gustó? Miles echó un vistazo a su mueble, pero no tenía nada raro, salvo la foto donde salía él con Franziska y la cual, obviamente, Wright ya había visto cuando estuvo convaleciente. La casa se quedó vacía. Pero entonces, hubo un timbrazo. Miles abrió y se quedó atónito ante el rostro algo avergonzado del abogado, cuyo cabello estaba lacio y sus ropas empapadas.

—Wright.

—...Está lloviendo. Mucho. ¿Te importa darme asilo? —una imagen bochornosa de Wright mojado bajo la lluvia fue una distracción muy interesante. Sonrió, guardándose el impulso de quitarle la ropa y dejó la puerta abierta. Sin embargo, lo señaló como si estuviera en el tribunal.

—Si me mojara bajo la lluvia me quitaría toda la ropa.

—¿D-disculpa? —Miles se giró, divertido. Le encantaba provocar a Wright con indirectas, la cara de susto del abogado no tenía precio.

—Ponte cómodo, Wright —el moreno esperó mientras Miles desaparecía y aparecía con una toalla y algo de ropa en las manos.

—Eh… no hace falta, de verdad…—Miles le tendió ambas cosas e insistió.

—Mi casa, mis reglas —Wright asomó una mueca divertida.

—Ya veo. Tan mandón como en el tribunal.

Te sorprenderías, abogado.

Y así, Wright acudió al cuarto de baño y salió vistiendo un pijama de raso plateado.

—Supongo que es tuyo… tienes unos gustos muy finos. Aunque me gusta la tela. Es suave —Miles, cuyas piernas yacían cruzadas sobre el sofá, contempló la maravillosa escena representativa de alguien que bien puede ser tu amante porque vive en tu casa y viste tu ropa. Un calor interno acompañó al sonrojo más bestial de la historia.

—Em… estás muy… apropiado —fue lo único que se le ocurrió decir.

Apropiado para meterte en mi cama.

Para contemplarte como la obra de arte más maravillosa.

Apropiado para quitarte ese jodido pijama.

Y poseerte.

Wright se sentó junto a él en el sofá, también algo abochornado.

—¿Apropiado para qué? Ya sé que no me queda igual que a ti, señor de la moda, pero es lo que hay —la ingenuidad de Wright a veces lo sorprendía, y siempre solía ir acompañado de una necesidad de saltar sobre él, como si el abogado fuese algo imposible de corromper. Admiraba su alma tan pura, tan confiada. Él siempre había tenido recelos de los demás, y Wright, a pesar de percibirlo, insistió en ser su amigo.

—Apropiado para cocinar. No pensarás que soy tu chacha. Ayúdame a hacer la cena.

Ambos entraron en la cocina limpia, pulcra y ordenada de Miles, toda vestida de negro y grisáceo, y prepararon una ensalada y unos sándwiches de pavo a la plancha. Se sentaron a comer en una pequeña mesa y dos sillas de diseño, junto a una ventana desde donde se podía escuchar el repiqueteo constante de la lluvia cayendo. Después, se lavaron los dientes (Miles aún conservaba el cepillo usado por Wright mientras estuvo en su casa y el abogado se sintió importante al enterarse), acudieron al sofá y repasaron un poco el dossier; las notas de Mia, tan reveladoras; los testimonios de los testigos en el juicio anterior; las pruebas que aportó la fiscalía entonces y los motivos por los que Mia creía que su cliente era culpable.

—Esa abogada era lista, se las arregló para aplazar el juicio porque conocía los hechos...

A su lado, el rostro de Wright palideció visiblemente.

—Lo era. Una gran pérdida. Aún la echo de menos.

—Bueno —sonrió Miles dejando el dossier a un lado—, se nota que aprendiste de alguien decente. Si te hubieras presentado con esas hipótesis tuyas tan fuera de lugar sin un mentor digno hubieras sido carne de cañón para los fiscales.

—Sonáis perversos, los de la fiscalía. Eso me lleva a pensar que tú eres el único fiscal decente, aunque sigas teniendo una montaña de ego —Miles no supo qué decir, le incomodaban los halagos, sobre todo si venían de superiores o de gente que él mismo admiraba. Evitó encontrarse con los ojos de Wright—. Mañana no tienes que madrugar, ¿por qué no vemos una película? ¿Tienes algo que no suene a juicios, asesinatos o leyes? Para desconectar, ya sabes.

Miles se volvió, divertido.

—¿Quieres ver una película romántica? —Wright, en lugar de ofenderse, indicó:

—Mientras no me pongas el samurái de acero o cualquiera de sus derivados...

—Es verdad, no te gusta —Miles lo dijo como si lo contrario fuera extraño.

—Maya ya me tortura lo suficiente, gracias.

Miles se levantó, inseguro. Su filmoteca no era muy variada, no solía pasar mucho tiempo de otra forma que no fuera leyendo sus casos, y dudaba de que Wright quisiera ver "Tienes un e-mail" o "Cómo perder a un chico en diez días", o tantas otras comedias románticas que él sí gozaba ver. De ningún modo Wright podía enterarse de eso, supondría un buen golpe para su reputación tan machacada. Bien, la otra opción era magrearse en el sofá, y eso lo ponía aún más nervioso, así que su mirada viajó por las diferentes películas: "El lector", la trama era interesante, pero había escenas de desnudos femeninos y no quería a Wright babeando en su sofá por Kate Winslet; "El paciente inglés", no, tampoco quería a Wright babeando por Ralph Fiennes. "Luces rojas" sí parecía una buena opción: el protagonista no era joven, era un gran actor y Wright quedaría atrapado por la trama. El abogado pareció encantado al término de la película, estiró las piernas y bostezó.

—Edgeworth, tu sofá incita a que uno se duerma —avisó, apoyándose sobre uno de los brazos.

—Me alegra, porque esa será tu cama —el fiscal se levantó y le ordenó tirar de una palanca para abrirlo. En pocos minutos habían puesto las sábanas y Wright se introdujo en ellas tras desearle buenas noches. Miles desapareció para ponerse su pijama —le daba vergüenza que Wright lo viera sin ropa porque era muy pudoroso— y echó un último vistazo fugaz al bulto sobre el sofá.

Wright está en mi casa y me siento como si estuviera aprovechándome de él. No debería haberle dejado quedarse, dudo de mi autocontrol. Podría volver a ocurrir lo de aquella vez, y ahora Wright está en sus cinco sentidos. Mejor que me aleje y le deje tranquilo.

Y así, se introdujo en su enorme cama solo para constatar que si Wright tenía sueño, él no podía estar más despierto. El corazón le latía violentamente sabiendo al abogado tan cerca, de nuevo. Habían pasado una agradable velada y tenía miedo de haber sido muy aburrido. Acostumbrado a la vivaracha presencia de Maya, él podía ser todo menos la alegría de la fiesta. Quizá Wright no quisiera realmente quedarse a dormir y se estaba arrepintiendo ya de estar tantas horas ahí. Quizá podía echar un vistazo, un último vistazo, antes de dormir. Solo para asegurarse.

Caminó de puntillas, descalzo, tratando de no hacer ruido se acercó al sofá, que ocupaba la mayor parte del él, un dormido Phoenix respiraba fuertemente. Un deje de alivio atravesó el cuerpo de Miles, mientras se acercaba para sentarse y repasaba todos los rasgos del abogado: su cabello caído por la gravedad, dándole cierto aire inocente sin esas puntas engominadas con las que aparecía en los tribunales; su rostro con gesto calmado, sus labios con el grosor perfecto, ligeramente abiertos, invitándole a besarlo; sus grandes párpados, tan redondos, tan diferentes a los suyos y esas cejas tan características...

Miles, estás perdido.

Te perdiste hace mucho tiempo.

Cuando él te besó.

Miles siguió contemplando largamente a su rival, deseando extender la mano y tocarle, pero no lo haría, se despertaría y no quería ser sorprendido, así que esperó, paciente. Entonces, el rostro de Wright se contrajo y esbozó una sonrisa espléndida.

—Miles...

El latido del fiscal se incrementó, y entró en respiraciones pesadas cuando el abogado agarró la tela de la manga de su pijama, aún dormido. Miles, ahora inclinado sobre él, se echó sobre el sofá esperando que lo soltara. Con la vista fija en el techo, su mente lo llevó vívidamente hacia ese día, hacia esa época donde ambos se llamaban por sus nombres y la vida no era tan complicada.

Era un día soleado de mediados de junio cuando el autobús les había llevado a una pradera de Palm Springs. Todo estaba lleno de flores y cada niño llevaba una cesta de picnic para pasar el día. Después de varios juegos para conocer el entorno, se repartieron por grupos para extender un mantel sobre el césped, lo suficientemente verde debido a la primavera lluviosa que ya se iba. Se escuchaban cantos de pájaros y algún croar de las ranas. Phoenix investigaba un escarabajo pelotero mientras Miles desplegaba toda la comida que llevaba en su cesta.

Voy a sacar la tuya, también.

Vale —como Phoenix le daba la espalda, Miles comenzó a sacar tarteras deliciosas y a recrearse en su visión: él siempre llevaba comida preparada, y la cocina de su padre no solía ser brillante. Cuando supo que compartiría su comida con Phoenix, un orgullo y una alegría emergieron de lo más profundo. Porque Miles podía tener muchas cosas a su corta edad, además de un sentido común superior al resto de alumnos, pero Phoenix poseía algo que Miles jamás tendría: el cuidado de una madre. Y en esas tarteras se adivinaba el amor que esa mujer había puesto en su hijo. Envidiaba a los niños con una madre en sus vidas, aunque era lo suficientemente maduro para reconocer que, por algún motivo, él no había conocido a la suya: en contraposición, disponía de un padre atento, algo rígido pero amoroso del cual Miles estaba más que orgulloso.

¡Mira! ¡A Larry le encantará! —Miles miró hacia otro lado porque los bichos le causaban repugnancia y además era de mala educación cogerlos antes de comer.

Larry no vendrá.

Phoenix lo miró, asombrado. Aquel niño tan pipiolo a veces decía cosas demasiado ciertas: Larry se había emparejado con un grupo de chicas de clase para impresionarlas tras preguntar a Phoenix si no le importaría quedarse solo con su amigo el defensor. Como Phoenix se encogiera de hombros, Larry se largó a hacer el picnic con las chicas, pero el moreno creía firmemente que Larry aparecería, aunque solo fuera para saludar; un vistazo al mantel lleno de comida le hizo olvidarse de todo.

Ooooooooh, ¡cuánta comida!

He traído el chocolate que tanto te gusta —añadió Miles al ver la cara de satisfacción de su amigo. Desde que se conocieron, no sabía por qué, pero a Miles le agradaba complacerle si tenía ocasión.

Phoenix alargó el brazo, cogiendo los batidos de cacao que a veces Miles compartía con él en el recreo de clase. Eran deliciosos. Abrió uno, introduciendo la pajita en el agujero.

Deberíamos comer primero —avisó Miles, porque su padre siempre decía que el dulce se comía después.

Pero esto está tan rico… déjame disfrutarlo —y procedió a chupar con ganas. Miles, algo enfadado porque el otro tuviera esa cara de satisfacción por un simple batido, abrió la limonada y se sirvió en un vaso de plástico. Pronto, ambos estaban compartiendo la comida de uno y de otro y charlando sobre cualquier preocupación que un niño de nueve años podía tener. El viento alborotaba sus cabellos y en la sobremesa, ambos se tumbaron para contemplar las formas de las nubes, que pasaban muy lentamente. Mientras jugaban a asignarles formas, Phoenix volvió a hablar de Larry. No se había dignado a aparecer y el moreno estaba algo fastidiado. Miles, algo temeroso por saber la respuesta, preguntó:

¿Qué pasaría si Larry te dejara por una chica? Si no quisiera jugar contigo, ni estar contigo, ni contarte cosas...

Phoenix apretó los labios, enfadado.

Lloraría. Y le pegaría un buen puñetazo.

¿Llorarías y le pegarías? ¿Eso no es un poco contradictorio?

Ambos se incorporaron, los codos apoyados en el mantel, los restos de comida apartados un poco, junto a las mochilas.

No sé. Creo que haría eso. Lloraría porque le quiero y le pegaría también porque le quiero.

...

¿Te parece mal?

Mi padre dice que cuando quieres a alguien lo compartes todo con esa persona. Pero si tú y yo acabamos de compartir la comida, eso no nos hace novios, ¿no?

Eso es porque hay que tocarse. Y si es la persona verdadera tienes que darle un beso. Eso es lo que me dice mi madre.

Miles pensó que eso era más adecuado. Siempre creyó que las madres conocían el concepto de amor, los padres, no. Los padres solo querían a los hijos, pero las madres querían a los hijos, a los papás, a los amigos de los hijos... qué suerte poder tener tanto amor para todos.

¿Tú has dado un beso a alguien, Phoenix? —el moreno elevó la vista al cielo, pensativo. No lo recordaba.

No sé. No me acuerdo.

¿Le darías un beso a Larry? —Phoenix se quedó pensativo, sabía que cualquier pregunta realizada por Miles siempre era más profunda de lo que parecía. En ocasiones, el niño se había enfadado al escuchar determinadas respuestas, aunque al día siguiente aparecía sonriente y volvía a jugar con ellos.

Hum. No.

De clase, ¿a quién le darías un beso?

Phoenix se sonrojó inmensamente.

Es secreto.

Miles sonrió y siguió con sus preguntas.

¿Chico o chica?

Es secreto —insistió.

Vamos, cuéntamelo. No se lo diré a nadie —Miles le azuzó el hombro, realmente quería saber en quién se había fijado Phoenix. En clase había niñas muy bonitas, lo sabía porque observaba mucho a su amigo—. ¿Es Levendale?

Phoenix sacudió la cabeza. Levendale era hermosa, con unos enormes ojos azules y el cabello rubio. Además, era una chica simpática y estudiosa, y hablaba mucho con todo el mundo. Phoenix se incorporó, nervioso.

No es Levendale, es un chico —como si hubiera dado la primicia mundial, volvió a sonrojarse; sin embargo, la noticia no fue bien recibida por Miles, quien también se incorporó y miró al mantel con excesiva atención.

Miles abrió mucho los ojos, atónito. Él siempre había pensado que a Phoenix le gustaba una chica y tenía curiosidad por quién sería. El conocer que se fijaba en otros compañeros no le gustó nada. Sus ojos se empañaron, traicionándole.

Ya no quiero saberlo —no, no quería. Si se enterara, odiaría eternamente ir a clase y pasar por el pupitre del compañero que le gustaba a Phoenix. Le dieron ganas de llorar, y las lágrimas salieron fácilmente. A su lado, un confuso Phoenix lo miraba, boquiabierto, hasta verlo levantarse y correr hacia no se sabe dónde. El moreno suspiró, viéndole marchar, y volvió a tumbarse, preocupado. No quería salir tras él porque cuando su amigo Miles huía era mejor dejarlo solo. Efectivamente, volvió a los pocos minutos y se disculpó. Se sentó sobre el mantel, se abrazó las rodillas y miró hacia el infinito.

Phoenix se incorporó y al verlo tan afligido y con gesto lloroso, tomó una decisión.

Miles —el niño parpadeó, su mirada abatida, mientras el otro se acercaba demasiado a él, haciéndole cambiar su postura. De repente le cogió la mano y le acarició brevemente; la otra mano fue alzada para posarse en su mejilla.

Miles parpadeó de nuevo, confuso. No quería ser el segundo plato de nadie y tampoco quería que sintiera pena por él. Phoenix, por su parte, tomó aquel gesto como algo dubitativo, y no se le ocurrió otra cosa que mostrarle sus sentimientos. De rodillas ante él, se acercó, despacio pero seguro y plantó uno, dos y tres besos sobre los labios de Miles; le sonrió y se apartó, retraído, temiendo descubrir algún desagrado en el rostro del otro, aún regado con pura incredulidad.

Eras tú. Me daba vergüenza decírtelo...

Miles pareció enternecido y un torrente de emoción subió desde su vientre como un cálido torbellino. Phoenix le quería y aquella era su prueba. Orgulloso y victorioso, solo se le ocurrió decir:

Me alegra haber ganado a Levendale.


Ufff... adoro especialmente la parte de los recuerdos de Miles... es tan tierno.

CONTINUARÁ