Notas de autor: Realmente me estoy divirtiendo de lo lindo escribiendo este fic. Qué pena que el pairing sea tan poco popular.

Dedico este capi a Paradice Cream, que siempre está ahí para opinar, apoyar, animar y corregir. La historia no sería la misma sin ti y lo sabes. Besos.


Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado

FanFiker_FanFinal

Beta: Paradice-Cream

5. Yo nunca

Un sonido extremadamente desagradable acompañado de un dolor lacerante lo sacudió de su agradable sueño, devolviéndolo cruelmente a la realidad.

—¡Aaaaauuuuuuuu! ¿Qué demonios...? —una furiosa Franziska yacía de pie ante él, vestida de negro y blandiendo el látigo.

—¿Qué haces aquí con Edgeworth? ¿Qué planes malvados tramas, señor Phoenix Wright?

Phoenix se llevó la mano a su costado. La muy perra le había golpeado en la herida y le dolía horrores. Apenas registró al fiscal a su lado, en pijama, levantándose y recriminando a Franziska su mal comportamiento.

—Eres una yegua desbocada, Wright está convaleciente, no tienes piedad.

La fiscal se enfrentó a él con el rostro rojo y furioso; hacía juego con el de Edgeworth.

—¿Y qué hace durmiendo AQUÍ? Wright se había levantado a toda prisa, había acudido al baño para contemplar la horrible marca sobre su costado.

Maldita loca... ¿dónde dejó Edgeworth mi ropa? Ah, está aquí.

Justo cuando se había colocado la camiseta la puerta se abrió y Edgeworth entró con gesto de disculpa.

—¿Estás bien?

—Sí. No es nada. —debo demostrar ser un poco duro, aunque me haya dolido horrores—. Me marcho, Edgeworth, gracias por todo.

El joven salió corriendo —no quería probar otra vez el maldito látigo de esa loca—, dejando a ambos discutiendo sobre normas de comportamiento y privacidad, y cuando llegó al bufete, una emocionada Maya lo esperaba tras el pupitre.

—Nick, ¿cómo ha ido tu cita? No volviste a casa...—entonces él cayó en la cuenta, no había avisado—. Cuéntamelo todo. Con detalles.

El abogado se volvió hacia ella con rostro travieso.

—Llovió y me empapé tanto que tuve que quedarme en su casa.

Maya juntó ambas manos, imaginándose una escena tórrida entre ambos, deseando ya poder verlos como una pareja normal, después de tanto tiempo de negaciones.

—¿Dormisteis juntos?

Phoenix quiso negarlo rotundamente, pero entonces recordó cómo había despertado: Franziska le había dado un latigazo porque él estaba tumbado en el sofá de Edgeworth. Pero al incorporarse, Edgeworth estaba a su lado, en pijama. Él no había invadido el cuarto del fiscal; entonces, ¿por qué Edgeworth yacía a su lado? Un repentino rubor cubrió su rostro. ¿Habría dormido con él de verdad?

—Oh, Nick, qué emocionante, tu sonrojo te traiciona. Tengo tanta envidia... Edgeworth seguro que huele bien y debe ser un lujo estar atrapado entre sus brazos, con ese aspecto frío y sosegado. Esos son los más ardientes porque solo muestran sus emociones en privado.

Toda una película de posiciones combinadas se plasmó en la mente del abogado, que paró el rollo a tiempo.

—Ya basta, Maya, vamos a trabajar. Hay que ordenar las estanterías.

Ambos estuvieron ocupados toda la mañana ordenando archivos, carpetas, libros y tratando de acondicionar la oficina. Había muchas pertenencias de Mia que Phoenix quería conservar, y otras tantas que Maya decidió llevarse a Kurain para no desatar la nostalgia. Ambos cogieron un tren para pasar unos días en la aldea, visitar a Pearl y a otros habitantes y hacer excursiones por el monte ahora que regresaba el verano.

Se alojaban en la gran mansión Fey, llena de habitaciones para compartir, con los tradicionales futones japoneses en el suelo. Phoenix no solía dormir bien y Pearl siempre le ponía otro futón debajo para hacérselo más mullidito y por si a Maya, la mística, le apetecía tener su compañía. La atmósfera de la mansión estaba envuelta por un aura espiritual muy fuerte que a casi nadie le pasaba desapercibida. A Pearl le encantaba prepararles cenas con velas a ambos; luego se excusaba diciendo que estaba muy cansada y los dejaba solos toda la noche, momento que aprovechaba Maya para extender crema en el costado de Phoenix a lo largo de la herida causada por el latigazo de Franziska.

—Tienes unas manos magníficas, Maya —aduló Phoenix sin ningún ulterior motivo.

Maya, sonrojada, solo acertaba a cerrar el frasco y a mirarlo con cariño.

—Seguro que preferirías las manos de Edgeworth.

Phoenix recordó vagamente aquel momento, aquel instante en el que la pasión se había adueñado de ambos, permitiéndose bajar las barreras y tocarse, quizá por la desesperación de haber podido perder al otro. Phoenix estuvo a punto de besarle entonces. Lo hubiera metido en su cama y le habría repetido lo que años atrás hubo confesado. Suspiró largamente. Maya y él tenían abierta la puerta de una de las habitaciones que daba al jardín y contemplaban las estrellas, sentados, tomando un té relajante.

—Quisiera que Mia estuviese con nosotros. —Phoenix cogió la mano de su amiga y la apretó en señal de apoyo. Él también echaba de menos a su mentora, aunque quizá no tanto como su hermana.

—La extraño menos porque gracias a ti y a Pearl a veces está aquí.

—Lo sé, Nick, pero su cuerpo… extraño abrazarla, extraño mirarla a la cara, fue la mejor Fey durante generaciones, era mejor incluso que mamá. Mamá tenía unos grandes poderes espirituales, pero Mia además poseía esa inteligencia lógica que desbarataba cualquier teoría. La admiraba, quería ser como ella.

Phoenix la sonrió y le cogió el rostro, sus ojos algo empañados.

—Tú eres Maya, la mística y para mí es suficiente. Es todo lo que necesito —la besó en la comisura de la boca y Maya se agarró a su brazo, volviendo la vista a las estrellas.

—Gracias, Nick, realmente sabes cómo tratar a una chica.

—Para mí siempre serás la mejor ayudante y mi mejor amiga.

—¡Qué embustero! —Maya se limpió las lágrimas con el dorso de su mano. La brisa era fresca pero soportable, los grillos cantaban amenazando calor y las luciérnagas paseaban por el jardín Fey como si les atrajera la mágica aura de alrededor—. Estos días podríamos ir al circo Berry a ver qué tal están Regina y Max.

—Hacen buena pareja.

—Podrías invitar a Edgeworth —Phoenix la miró con las cejas alzadas.

—¿Sí? ¿Le gusta el circo? No parece un tipo que se ría con los chistes del payaso Moe.

—No tienes ni idea, si le gusta el Samurái de Acero, el circo le encantará. Aprovecha para estar con él ahora que ha vuelto. No sabemos si volverá a marcharse, o si pasará cualquier otra cosa, nuestra vida parece cambiar muy rápidamente. Dentro de poco tendré que casarme o buscar algún pretendiente en Kurain.

Por lo visto, en Kurain, tener hijos era muy importante, sobre todo si descendías de una de las mayores familias de médiums de la historia. Antaño había matrimonios arreglados incluso, se casaban muy jóvenes y solían tener más de tres hijos para asegurar la descendencia. Se celebraban, sobre todo, los nacimientos de las niñas.

Maya pertenecía a un lugar totalmente diferente, a una casta completamente distinta y a una cultura muy inusual y a pesar de respetarla, él mismo se aseguraría de que no cayera en manos de ningún maleante.

Pero Nick, los chicos de aquí son muy conservadores, a la mayoría no se les ocurriría ser infieles, siquiera. No deberías preocuparte tanto.

Eso le dijo en una ocasión, pero Phoenix no quedó convencido. Un tío que no ha visto féminas nada más que en su reducida vida en la aldea, podía desatarse al conocer el mundo exterior.

—¿Cómo será besar a un chico? ¿Tú has besado a alguien, Nick?

—Sí.

—¿A un chico o a una chica?

—A ambos.

—Vaya, vaya —Maya apuró el té y se volvió con ojos brillantes hacia su amigo. Le encantaba conocer detalles escabrosos de su vida, a veces hasta parecía emocionada con cosas sin importancia—. Tu primer beso, Nick, ¿cómo fue?

Phoenix casi se atragantó con el té. Tosió y tosió hasta volver a sentir el aire en sus pulmones. Trató de cambiar de tema, sin éxito; Maya solía ser insistente si se lo proponía.

—Cuéntame, ¿cómo fue?

—Pues... estábamos de picnic y me preguntó quién me gustaba. Le di un beso. Bueno, le di tres.

—¿Tres? ¡Qué abusón! ¿De picnic? Qué romántico... así que fue un él... ¿cuántos años tenías?

—No recuerdo. —volvió a golpearle el brazo.

—Nick, no mientas. Se te ve a la legua, no puedes engañarme. OH. ¿Por qué mientes y por qué estás tan rojo? ¡Oh, ya sé, estabas en cuarto grado! —demonios con la canalizadora, ¿para qué llevaba el magatama ese, si era una experta en leer rostros?—. ¡Besaste a Edgeworth!, ¿a que sí? Oh, qué gran exclusiva, espera a que se entere Lotta.

—Hazlo y tu descendencia será inexistente —el abogado fue a levantarse, pero Maya tiró de él.

—Vale, vale, no te enfades, Nick, pero es que, es TAN emocionante... Edgeworth era un niño. ¿Qué hizo cuando le besaste? ¿Te pegó?

Phoenix sacudió la cabeza, recordando el momento como algo inocente y tierno.

—No. Miles era diferente, entonces. Más inocente y accesible, menos frío. Se preocupaba por mí. Seis meses después se marchó y no volví a verle.

—Pero Nick, deberíais hablar de ello.

—No creo que lo recuerde.

—¡El primer beso se recuerda siempre! Da igual la edad que tengas, o eso me decía Mia. Nick, él te quiere. Por favor, deja de luchar contra tus sentimientos y repite de nuevo ese beso ahora.

—No. Edgeworth ahora es orgulloso y soberbio y no quiero recibir un derechazo.

—¡Te pudo haber pegado de pequeño!

—Ya, pero un niño de nueve no pega como uno de veinticinco. Que no, que paso.

—Tu té se ha enfriado —observó Maya, pero el abogado movió la cabeza, como si no le diera importancia. Se había quedado perdido en ese recuerdo. Deseaba hablarlo con Edgeworth, pero el tipo seguro que ni estaba interesado, y menos en algo que había pasado con nueve años. Haber llegado de nuevo a ser su amigo era todo un logro, y no digamos los avances de los últimos días, que le dejara dormir en su casa, que lo llevara en su deportivo...

—Por cierto, ¿ya le has contado lo de Winther?

El rostro del abogado se ensombreció.

—No.

—Deberías decírselo, no le pasará desapercibido lo que ocurrió y al final se enterará. Será mejor si tú se lo cuentas —Phoenix suspiró largamente, como si se preparase para recitar algún fragmento de una obra importante y culta.

—Aquí yazco, atrapado entre la fiscalía y la abogacía...

Maya le dio un puñetazo.

—A veces eres muy tonto, Nick.

—Creí que te resultaría poético. Uno no sabe acertar contigo. —se acarició el brazo donde había recibido el golpe. Demonios, era maltratado por mujeres, como Gumshoe.

—Durmamos, o mañana nos levantaremos cuando se ponga el sol. —Phoenix bostezó; no podía estar más de acuerdo.


El motor del deportivo rugió una última vez en la inmensidad del garaje antes de apagarse por completo. Se apeó del automóvil maletín en mano para cruzar los portones del juzgado. Se dirigió a hablar con las funcionarias encargadas de los autos y recogió una documentación. Al salir, pasó por el baño, donde, cuando quiso darse cuenta, escuchó una voz familiar que le puso en alerta. Se asomó con cuidado y en efecto pudo ver a Wright y otro hombre. El fiscal trató de escuchar su insulsa conversación, y se sintió tan patético aguzando el oído cual lechuza cotilla, que se recordó a sí mismo a Wendy Oldbag, la marciana.

—Te entrego lo que me pediste. No tengo nada más.

—No sabes cuánto me has ayudado. Tengo que conseguir todas las pruebas posibles porque el fiscal será duro de pelar.

(risita)

—Doy fe.

—Ya solo quedan dos semanas. ¿Cómo haces para tranquilizarte cuando estás frente a él?

—No lo hago. Estoy muy nervioso siempre, es despiadado.

El corazón de Miles se contrajo. Hablaba de él. Hablaba de su caso... le había entregado algo, por tanto, el hombre frente a Wright no era otro que el abogado de la defensa, ese tal Winther. Apretó el puño. ¿Wright lo estaba ayudando? Pero si le había entregado información primordial para declarar culpable a su cliente… ¿Acaso jugaba a dos bandas o quizá eran amigos? Parecían tener cierta confianza, reflejo de sus gestos, de la invasión del espacio personal. Notó el latido acelerado de su corazón y trató de relajarse, apoyado en los fríos azulejos de la pared del baño, confuso por lo que acababa de escuchar, permaneciendo oculto hasta que sus voces se perdieron en la lejanía. Cuando el pasillo quedó libre, Miles volvió al garaje y condujo a toda velocidad hacia la comisaría para ver a Gumshoe.

—Eh, señor, parece tenso —se alertó el inspector, exhibiendo una media sonrisa. Miles, ni siquiera lo escuchó.

—¿Conoces al abogado Winther?

—¿Está usted preocupado por su rival? No debería, tengo plena confianza en que ganará el caso.

¿Cómo decírselo sin ser demasiado evidente? ¿Cómo proclamar su preocupación por sentirse utilizado por el único abogado que admiraba?

—Eres detective, ¿no? —Gumshoe abrió mucho los ojos, ilusionado, pensando quizá en poder ayudar al señor Edgeworth, el fiscal mejor pagado de Los Ángeles y el más profesional. Asintió—. Quiero que sigas a ese abogado de la defensa y me informes de sus pormenores.

Gumshoe se asustó y se frotó las manos, nervioso.

—¿Sospecha usted que pueda estar consiguiendo pruebas falsas o falsos testigos?

Sí. Y además sospecho que Wright tiene algo que ver con él. Y no quiero descubrir qué es ese algo.

Sospecho que la defensa está recibiendo ayuda de Wright cuando, supuestamente, me apoya a mí.

Qué gracioso. A Gumshoe no necesitaba explicarle nada. Se desvivía por ayudarle en lo que fuera.

—Sin preguntas, inspector, haz lo que te digo y me harás feliz.

Aquello bastó para convencerlo. Si bien no sabía qué tenía que observar, sacó su libreta ajada: anotaría ahí cualquier dato. Desde qué talla de camisa usaba hasta cuántas veces se tocaba la nariz, todo podía ser una pista importante.

Cuando volvió a la oficina del fiscal a repasar de nuevo los documentos y preparar a los testigos recordó su cometido, y otra de las razones por las que se marchó a Europa: conseguir la verdad. Si Winther estaba conchabado con Wright para ganar el caso, se esforzaría aún más en el veredicto. Apenas se había levantado de su sillón para ir al baño, cuando sonó el móvil, apremiante.

—Edgeworth.

Oh, joder, ahora no.

—Wright.

—¿Cómo estás?

—Liado. ¿Qué quieres?

—Tan simpático como siempre. Oye, Larry está en la ciudad y este viernes vamos a quedar. Anda, apúntate.

Oh. Larry. De pequeño, Miles admiraba su coraje, pero el tipo siempre tuvo un sexto sentido para meterse donde había problemas. "Si algo apesta, pregunta a Larry, él sabrá".

—¿Para qué? ¿Para que nos cuente su última aventura amorosa entre lágrimas? Estás muy necesitado de compañía.

—Es nuestro amigo y quiere vernos, me ha preguntado por ti. No seas rollo y vente.

—…

—No pienses tanto, Edgeworth, estaremos a las seis en Ye Olde King's Head en el 116 del Bulevar Santa Mónica. Te espero.

Cuando Edgeworth aparcó su deportivo justo enfrente del bar, en la zona del parking, suspiró por enésima vez. ¿Por qué había salido de su oficina para reunirse con esos pesados? Porque era viernes, y porque, normalmente, no tenía planes y entre ver a Wright y salir con el inspector a tomar una birra tenía clara su elección, aunque luego fuese a arrepentirse. Abrió las puertas acristaladas de la cafetería y observó a ambos en la mesa más alejada. Eran las siete y media, pero esos dos no se habían movido de ahí y había muchas bebidas sobre la mesa: cervezas y varios combinados. Le bastó echar una mirada a Wright para detectar una breve intoxicación alcohólica.

Uf. Una velada de borrachos, como que paso.

—¡Eh, Edgey! —muy mala suerte, Larry le captó antes de que pudiera salir del local—. La mesa está por aquí, ¿desde cuándo te pierdes en sitios tan pequeños?

El fiscal le dirigió una sonrisa falsa y se sentó cruzando las piernas y los brazos, en claro gesto de desaprobación.

—Hola, Edgeworth, creí que no vendrías. Gracias por pasarte —Miles agitó su cabello hacia un lado, despreciándolo con el lenguaje corporal, pero Phoenix no pareció ofendido—. ¿Qué quieres beber?

—Una Dama Blanca(1) —Wright arrugó la nariz, parpadeó, inseguro.

—¿Seguro? ¿No has venido en coche?

—Solo beberé eso. Al fin y al cabo, de los dos tú pareces el más sobrio, pero no sabes conducir. —Wright puso cara de fastidio, suficiente para que a Miles se le olvidara por un momento el tema de Winther y la posible traición.

—Tampoco me gustas mucho como conductor —le dijo el abogado con la mirada pícara.

—Siempre te puedes ir andando —contraatacó el fiscal, arrogante.

—Eh, chicos, veo que todo sigue igual. Bueno, Edgey, cuéntame qué tal tu viaje a Europa, Nick dice que no muy bien porque resolviste volver, ¿no te daban bien de comer los alemanes? ¿Ni siquiera había buenas salchichas?

Miles enrojeció brutalmente. Esa era otra de las inconveniencias de ir con Larry, destapaba tus más sucios secretos. De hecho, siempre creyó que de pequeños, en aquel día de picnic, los dejó solos a propósito.

—Y tú sigues igual de vulgar, ya veo. Bienvenido, Larry. ¿De qué trabajas ahora?

—¡Hago encuestas, tío! Es súper emocionante. —Miles reprimió la risa. Larry no había ido a la universidad, no estaba graduado y solo había podido acceder a trabajos de índole muy diversa que no pasaban de ser ocupaciones nimias y temporales, impidiéndole gozar de una buena situación profesional y económica. Eso sí, le veía el lado positivo a todo—. Puedo elegir a las más guapas, y pasar de tíos chochos.

—¿Tíos chochos? ¿Como Edgeworth? —el aludido se molestó en lanzar una mirada intensa, llena de odio, al abogado Wright.

—No, tío, Edgey es atractivo, interesante, elegante. Tíos chochos, viejos borrachos, esa clase de tipos.

—Gracias, Larry, me encanta ver que de esta mesa alguien me aprecia lo suficiente. —las miradas de Wright y Miles se cruzaron, desafiantes. De pequeños, cuando los tres se hicieron inseparables, Phoenix y Larry discutían a menudo, se peleaban, como dos brutos, y Miles siempre tuvo celos de Larry, por conocer a Wright durante más tiempo.

—Tengo hambre —anunció Larry, palpándose el estómago—, ¿por qué no nos das una vuelta en tu precioso coche, pedimos una pizza y cenamos en tu casa?

—Ni hablar —estableció Miles cruzándose de brazos y golpeando su brazo con el dedo índice. Ni por asomo pondría a dos borrachos en su coche con la posibilidad de que su hermoso auto fuese vomitado.

—Edgeworth, no seas aguafiestas, Larry se irá el domingo y no volveremos a vernos.

—Pues alquilad un local.

Phoenix entrecerró los ojos y su rostro se iluminó.

—Podemos ir a mi piso. Es pequeño, pero podremos cenar a gusto. A la cena invitas tú, Larry, y Edgeworth pone el coche y nos lleva. ¿Veis que fácil? —los tres se miraron, y claudicaron. Así pues, tras beberse los combinados, a las ocho y media salieron del bar rumbo al piso de Wright. Miles nunca había estado allí y le sorprendió encontrarse con un lugar medio acondicionado, ordenado y limpio. Si bien muchos libros de Derecho yacían repartidos por el salón, olía bien y se notaba cierto aire familiar, como si invitara a quedarse allí. Además, Maya les dio la bienvenida, saliendo como un huracán para abrazarse a Miles.

—¡Edgeworth, bienvenido! —el hombre sonrió a la muchacha, que lo miraba con evidente fascinación. Se sentía algo turbado en su presencia, porque Maya lo ayudó en muchos juicios y parecía haber despertado un sentimiento de protección hacia ella después de aquello.

—Yo también quiero un abrazo —solicitó Larry, señalándose con el dedo, pero Maya cruzó los brazos.

—Son muy caros.

—Ni siquiera me abraza a mí —observó Phoenix, algo molesto porque el fiscal se llevara todas las atenciones—. Maya, ayúdanos a poner la mesa. Como Larry no está en condiciones de leer, yo pediré la pizza, decidme qué sabores queréis y escogemos una.

—¡Eh! ¿Qué es eso de no estar en condiciones? Claro que puedo —pero tras dar varias vueltas al papel, Maya se lo quitó de las manos.

Entre todo el jaleo desplegado por tres jóvenes con ganas de divertirse, Miles se sintió transportado al ambiente del colegio, cuando sus amigos más ruidosos proclamaban algún plan, arrastrándolo a él en el proceso, y finalmente, sintiéndose como uno más. La nostalgia le invadió, junto a una sensación de compañerismo que creía perdida; él no solía quedar con nadie ni acudir a reuniones que no fueran de más de cuatro personas y que no fuesen policías.

Cenaron la pizza entre risas y miradas cómplices, y una vez lleno el estómago, siguieron recordando viejos tiempos. Maya les contó algunas anécdotas divertidas de Kurain y poco después, Larry quedó exangüe en el sofá, y por más intentos que hicieron para que despertara, no hubo manera.

—¡Se ha quedado dormido en mi sofá! —se quejó Maya—. Nick, me pido la cama, lo siento, búscate otro lugar para dormir.

—Maya…

Miles los miraba discutir, fascinado. Parecían tener tanta complicidad, realmente como una pareja. Un ramalazo de celos se avivó en su interior. No, no tenía motivos para celar a Wright, Maya era una dulce muchacha y tenía derecho a estar con el abogado, igual que él tenía a Franziska. Sí, debía ser una relación muy parecida, o eso quería creer. Como aquel domingo... si Franziska no hubiera intervenido a golpe de látigo, hubiera muerto de la vergüenza por la incómoda situación: Phoenix lo habría descubierto a su lado, tumbado, compartiendo el sofá como una cama. Le recriminó el haber pegado a Wright, pero agradeció que apareciera. Debió quedarse dormido mientras recordaba aquel picnic...

—¿Edgeworth? —unos ojos azules lo miraban con consternación—. ¿Estás bien?

El fiscal pestañeó, aturdido, mientras Maya se llevaba los restos de la cena y colocaba en la mesita unos pequeños vasitos que procedió a llenar con un licor verde.

—¿Qué es esto?

—Licor de hierbabuena —sonrió Maya, dejando la pesada botella junto a la mesita—. Vamos a jugar a "yo nunca". Sin alcohol, que Edgeworth tiene que conducir.

—Yo paso —dijo Wright, levantándose, con un gesto de evidente horror.

—Es "yo nunca", Nick, y no vale rajarse —Maya lo arrastró de nuevo hacia la mesita y Wright cayó sobre la alfombra. Miles lo miró, curioso. ¿Acaso Wright temía desvelar algún secreto tórrido?

—Despierta a Larry, si no, yo no juego —insistió Wright, y Miles no pudo contenerse.

—Vamos, abogado, ¿tienes miedo? Tu amigo tiene previsto continuar en el séptimo cielo con esos ronquidos que gasta, no va a despertar. Asúmelo y acepta el reto.

El moreno, atónito, se cruzó de brazos.

—No sabes lo que dices. No desearás haber dicho que sí, Maya no se compadecerá de nosotros, nos ganará y encima hará que digamos cosas... vergonzosas. —ambos se sonrojaron, sin saber por qué, algo que avivó el interés de la chica, que se frotó las manos y comenzó.

Miles volvió a sentir un desasosiego en el estómago.

—Así que has hecho cosas vergonzosas. —para evitar que se formara de nuevo otra discusión, Maya los cortó comenzando el juego.

—Nunca he consumido drogas.

Los tres se miraron, pero nadie tocó los vasos. El turno pasó a Wright.

—Nunca he estado en la cárcel. —Maya y Miles se miraron y con mucha parsimonia, bebieron.

—Nunca he tenido una novia —disparó Miles mirando a Phoenix con rabia, quien, obviamente, bebió, azorado.

—Nunca he detenido a una persona. —Miles bebió, mientras los dos sonreían.

Maya apuntaba palitos en un papel numerando las veces que había bebido cada uno. Miles y Phoenix iban empatados. Sonrió, malévola.

—Nunca he conducido un coche —habló Phoenix, y solo Miles bebió. El fiscal recibió con mucho desagrado aquel cartucho lanzado por el abogado.

—Yo nunca he suspendido una asignatura. —Phoenix lo miró con saña y bebió. Maya rellenó de nuevo el vasito y disparó:

—Nunca he visto a nadie teniendo sexo. —Maya y Phoenix vieron cómo Miles, suspirando, bebía. Las caras de ambos fueron de absoluta sorpresa.

—¿Qué? ¿En serio?

—Fue un accidente y no forma parte de mis mejores recuerdos —se defendió el fiscal, rojo como un tomate.

—¿Quién fue? ¿Alguien que conozcamos?

—De hecho, sí, pero prefiero no recordarlo. Sigamos.

—¡Apúntale, Maya! —la chica sonrió. Con ese punto, Phoenix se distanciaba de Miles y a continuación, añadió—: Yo nunca he visto a ninguno de mis amigos teniendo sexo.

—¿He dicho alguna vez que te odio, Wright? —el abogado se carcajeó mientras Miles bebía y Maya le rellenaba el vasito mientras avisaba:

—No te dejaremos en paz hasta que no nos digas a quién viste.

La mente del fiscal reculó años atrás: él, con diecinueve años, en la mansión Von Karma, era verano y se escuchaba el piar de los pájaros, Manfred había salido a ver a unos conocidos y los había dejado solos a él y a Franziska. Jamás debió ir a ver qué tal le iba a su hermanita. Por suerte, pudo cerrar la puerta antes de ser descubierto.

—Fue Franziska. Era muy adelantada a las chicas de su edad, en todo. —tamborileó con los dedos en la mesita, sentado en la silla, junto a Phoenix, con Maya frente a él.

—¿Qué? ¿Franziska no es virgen? —gritó Phoenix alarmado. Toda su teoría al garete... así que usaba el látigo con conocimiento de causa.

Miles se volvió, furibundo.

—¿Acaso te interesa?

—No es eso —rió Maya—, es que Nick siempre pensó que Franziska usaba su látigo para tener a los hombres a raya.

—Pues no, créeme, lo sabe utilizar muy bien y sabe darte en sitios estratégicos.

—¡Aaargh! —Phoenix se revolvió el cabello, en señal de desesperación—. ¡No quiero detalles!

Poco a poco, la botella iba mermando. Ya llevaban una hora bebiendo, y Miles se excusó para ir al baño. Al volver, Maya decidió que debía llevar el juego un poco más allá, así pues, aprovechó su turno. Los miró, valoró la situación y suspiró: tenía que sacar cosas de ambos, ya.

—Nunca me he besado con un alemán —el reto, bastante extraño, hizo bostezar a Phoenix, pero Miles, inesperadamente, agarró el vaso—. ¡Oh, por favor, Edgeworth! Estás lleno de sorpresas.

Phoenix lo miró con una mezcla extraña entre incredulidad y asombro. Miles decidió quitarle importancia.

—Yo... me pilló por sorpresa. Y además fue un beso de agradecimiento, nada serio.

—Oh, Nick, no te pongas celoso, ya ha dicho que no tuvo importancia —apoyó la chica, mientras Phoenix enrojecía y apretaba los puños.

—¡No estoy celoso, cáspita! Dejadme en paz. —Phoenix se encontró con el rostro sonriente de Miles, quien explicó, torpemente:

—Fue Franny. Creo que me idolatraba con cierta edad. Crecimos como si fuéramos hermanos. —Maya lo miró, atónita y de repente, se levantó, furiosa.

—¡Eso no es justo! —y agarrando a Nick de la camisa, lo atrajo hacia ella para besarlo brevemente. Phoenix abrió los ojos, riendo.

—¿Qué haces, Maya? —sin embargo, su sonrisa desapareció al ver a Miles mirando a la alfombra, con los puños apretados. Le dio un vuelco el corazón. Le pasó desapercibida la mirada de complicidad enviada por su socia, ocupado en descifrar esa extraña reacción de su rival. ¿Acaso le daba asco o prefería darles intimidad?

—Vamos, Nick, tu turno —apremió Maya antes de que la cosa se pusiera más seria.

—Yo... nunca he tenido miedo a los ascensores.

Miles no le miró, simplemente, bebió mientras Maya apuntaba. Ella ganaba, seguida de Phoenix, pero el fiscal tenía oportunidad de remontar si jugaba bien sus turnos. Se hizo un silencio extremo, Miles pareció luchar con la posibilidad de averiguar algo, y finalmente, disparó:

—Yo nunca me he besado con un abogado. —la frase fue directa, claramente premeditada. Phoenix agarró el vaso y lo apretó, pero no bebió. El fiscal ya no parecía tener interés en ganar el juego, sino en saber ciertas cosas. No confiaba mucho en lo que pudiera investigar Gumshoe de ese Winther, prefería averiguar cosas por sí mismo—. Wright, ¿estás dudando por algún motivo?

—No. No.

—Es trampa si mientes, Nick. —Maya se cruzó de brazos, encarando a su compañero.

—¿Y cómo sabemos que Edgeworth no miente?

—Bueno, es el que más cosas nos ha contado, no tengo motivos para sospechar de él —dijo la chica, y bebió y se apuntó un palito.

La atmósfera, sin embargo, estaba enrarecida: Phoenix parecía algo confuso y Edgeworth estaba muy serio, como si hubiera perdido la gracia por jugar, debatiéndose entre ese recuerdo de Wright con el abogado o rememorar el beso entregado tan apasionadamente por Maya. La joven notó el ambiente extraño y decidió:

—Este será el último reto de hoy. Si nos contamos todos los secretos de una vez, no tiene gracia. Allá voy: nunca he ido de picnic con nadie de esta mesa.

El silenció cayó sobre los tres. Maya observó, con cautela, cómo Miles agarraba el vaso, despacio, y bebía. Poco después, lo hacía Phoenix, pero ninguno de los dos se miró. Así que recordaban. Bien, esa era su intención. Y ahora, como buena amiga, a desaparecer.

—Bueno, ha sido todo un placer. Señor Edgeworth, ha perdido. Puede ser muy bueno en los juicios, pero no con el "yo nunca".

Se levantó y fue hacia el baño, mientras Phoenix y Miles yacían aún sentados, pensativos, mirando la mesa.

—Así que lo recuerdas —dijo Phoenix, cambiando de posición. Ahora entendía el objetivo de Maya, simplemente el saber si Edgeworth recordaba ese beso. No podía haber picnic sin beso, eso estaba claro. Se giró: Edgeworth estaba en una pose de defensa, con las piernas y brazos cruzados.

—Es difícil no hacerlo, Wright. Me marché de la escuela seis meses después. —Phoenix abrió la boca, quería protestar, preguntar por qué recordaba ese momento, si por el picnic o por el beso, pero Edgeworth se mostraba tan impenetrable como siempre—. ¿Qué hora es?

—Las doce y media —respondió Wright levantándose; guardó los vasos y la botella justo en el momento en el que aparecía Maya, de nuevo.

—Nick, me voy a la cama, estoy muy cansada. Hasta mañana, Edgeworth. —la joven se inclinó y le dio un beso en la mejilla, que el fiscal recibió con cierta indiferencia.

—Yo también me marcho, Wright. —los dos se evaluaron con la mirada, como si irse fuese una mala idea.

—Eso, márchate. Déjame solo con Larry y sus ronquidos —estableció Phoenix, con un tono de enfado—. ¿Es mucho pedir que me prestes tu sofá otra vez, Edgeworth?

Miles echó un vistazo al durmiente. Phoenix podía tumbarse si empujaba a Larry a un lado y ambos abrían el sofá haciéndolo cama. Sin embargo, por algún motivo, el fiscal no quiso recrear la imagen de Larry y él durmiendo y rozándose durante la noche. Apretó los dientes y elevó la mirada para ver a un Phoenix algo despeinado y hecho polvo.

—Tienes suerte, me siento generoso.

Phoenix, apenas tocó con la cabeza los cómodos asientos del automóvil de Edgeworth, cayó en un sueño ligero, despertándose debido al zarandeo del fiscal tras aparcar en el garaje.

—Wright, no voy a llevarte en brazos. —el insensible Edgeworth había cerrado el coche para dirigirse hacia las escaleras, sin esperarle. Demonios, el alcohol le hacía estar soñoliento, maldito Larry, y ahora apenas podía sacar fuerzas para subir unas escaleras hasta el primer piso.

La puerta estaba abierta, y Edgeworth acomodaba el sofá, que tenía las mismas sábanas usadas por él hace varios días. Oh, joder, quería permanecer despierto, era una ocasión estupenda para interrogarle sobre aquel picnic y Maya lo golpearía con saña si no lo hacía antes la loca del látigo. Cerró la puerta y comenzó a quitarse la ropa, mientras bostezaba, cansado.

—Wright —Edgeworth le tendía otro pijama suyo: a rayas, muy clásico y con ese olor característico localizado en algún lugar dentro del armario del fiscal.

Apenas acertó a darle las gracias; cuando su cuerpo tocó las sábanas, se durmió sin remedio.


Miles despertó estando el sol ya elevado en el cielo, y se incorporó, nervioso. Recordó a toda velocidad la sesión del día anterior y rezó para no encontrarse con Wright por el pasillo, cogió ropa cómoda, una camiseta de deporte y unos pantalones finos. El baño estaba vacío: se duchó en diez minutos y se peinó cuidadosamente para después salir al salón. El sofá estaba en su sitio nuevamente, sin sábanas y sin abogado. Sin embargo, podía escuchar a Wright cacharreando en la cocina.

Oh, por Dios, que no queme nada.

Cauteloso, se acercó y observó: Wright se había vuelto a poner su ropa y preparaba huevos pasados por agua, zumo natural y un sándwich de pavo. La imagen se le antojó hermosa, pero recordó a Winther y se puso de mal humor. ¿Qué habría entre ellos? ¿Por qué lo ayudaba Wright?

—Buenos días —dijo, muy seco, nada que ver con el saludo que le ofrecieron a continuación.

—¡Buenos días, Edgeworth! Perdona si me he tomado mucha confianza, pero decidí hacer el desayuno.

Edgeworth se apoyó en el quicio de la puerta y se permitió ser sarcástico.

—¿Pensabas llevármelo a la cama?

—¿D-disculpa? Estás un poco malcriado. Ni siquiera le llevo a Maya el desayuno a la cama. He hecho los huevos como te gustan.

Wright había puesto la mesa, la jarra de zumo, los huevos, todo, cuidadosamente, y sonrió con timidez. Parecía estar algo abochornado, incómodo. ¿Se habría quedado en casa de Winther, se verían a menudo? ¿Cuántas veces habría salido con él? Miles no podía entender, como tampoco entendía ese juego a dos bandas. Se sentó, silenciosamente, tratando de no mirar mucho al abogado; por suerte, su estómago se quejaba y decidió darle combustible.

Casi se atragantó al ver la soñadora mirada con la que le obsequiaba el otro.

—¿Tengo monos en la cara, abogado?

Wright puso los ojos en blanco y se dedicó a masticar su sándwich. El resto de la velada transcurrió en silencio, hasta que Wright ofreció repasar el dosier del caso. Miles lo miró detenidamente, tratando de encontrar alguna duda, algún gesto que lo delatara, cualquier pestañeo… no se produjo.

—¿Quieres trabajar en sábado?

—Bueno, se me ocurren otras cosas que podríamos hacer, pero no sé si estás interesado. —el doble sentido golpeó a Miles como una brisa furiosa. Como siempre, decidió seguir el juego.

—Wright… cualquiera diría que estás muy necesitado. ¿Es que tu ayudante no te deja satisfecho?

—Digamos que prefiero a los fiscales cabrones que abandonan a sus amigos. —lo miraba. Con esa sonrisa malévola, con esos ojos azules, brillantes, vivos, como invitándole, y sin embargo…

—No puedo tomarte en serio, Wright: un día me insultas, al siguiente me adoras cual dios legendario.

—Deberías saberlo: solo tú provocas esas emociones en mí. —Miles se enfrentó a su mirada. El juego nunca había llegado más lejos de cuatro frases. ¿Qué pasaría si ahora él confesara, si dijera…?—. ¿Por qué no vamos de picnic?

Miles tragó. Dios… el abogado no podía ir en serio. ¿Acaso quería arrancarle más secretos con el dichoso juego o era alguna maniobra de distracción para sacarle información?

—Estás desbarrando, Wright, ¿por qué íbamos a ir de picnic?

—Con Larry. Aquella vez él no estuvo, ahora podríamos…

—No es buena idea. —Miles se levantó, alejándose de él. Notaba el corazón bombear demasiado rápido y la energía de Wright lo animaba, le instaba a pasar el tiempo juntos, por todos los dioses, ¿qué había tomado? —. No quiero… aguantar a Larry borracho otra vez.

Wright se levantó y esta vez su mirada era ardiente, intensa, provocadora, como si todo su ser se hubiera prometido algo y estuviera dispuesto a cumplirlo.

—Podemos ir sin Larry. Tú y yo. Como cuando éramos pequeños, Miles.

El fiscal apenas pudo recorrer varios metros hacia atrás cuando Wright ya lo había alcanzado. Entonces entendió: el juego de anoche, la estancia en su casa… quizá Wright y Maya lo hubieran planeado, pero ¿por qué? Quizá todo era un juego del abogado, tal vez su forma de vengarse por haberlos dejado, desnudando sus emociones, arrancando al fin los sentimientos que lo desbordaban, que le hacían querer abrazarlo para no volver a soltarlo. La caricia del abogado por debajo de la camiseta con una mano firme y masculina lo confundió, su cabeza arrimándose a su cuello en un claro gesto de flirteo le avisó de que estaría acabado si sucumbía. Miles respiró aceleradamente, dudando entre dejarse llevar o terminar con aquella mentira. ¿Y si entregaba al abogado lo que quería, estaría dispuesto a ir más allá? Si todo era un montaje, Wright se detendría en alguna parte… o quizá no. Tal vez buscara joderle de la mejor forma para dejarle el camino libre a Winther. Confundiéndole, atosigándole, a tan solo semana y media del juicio. La nariz de Wright siguió un tortuoso camino hasta la mandíbula, y en tan solo un segundo se plantaría en sus labios y él… estaría condenado. Armándose de valor, su mano derecha agarró a Wright por la muñeca, impidiéndole invadir otras zonas de su anatomía, y con la otra mano lo alejó de él con un empujón. El abogado se quedó mirándole durante unos segundos, tratando de entender su rechazo, mirándose la muñeca con detenimiento, como si él hubiera dejado alguna marca ahí. Tragando saliva y alzando la barbilla con orgullo, declaró:

—Cualquier cosa que intentes, no te servirá.


(1) El Cóctel Dama Blanca es uno de los cócteles clásicos apreciados por el buen maridaje de la ginebra y el cointreau y suavizado por el limón...

Esta es la receta:

Cointreau 25 ml

Ginebra 50 ml

Zumo de limón natural, 1 cucharadita

Clara de huevo 1/2 cucharadita de café

Cubitos de hielo 3-4

Limón en espiral (para decorar)


CONTINUARÁ

¿Realmente Edgeworth tiene razón y Phoenix está tramando algo con Winther? Lo sabremos en el siguiente episodio... no os lo perdáis.