Disclaimer: Como siempre, todo es de Capcom, solo los uso para que se lo pasen mejor que en el juego.
Agradecimientos: A Paradice Cream por su beteo y su ilusión con el fic y a Ophelie K Burke por comentar.
Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado
FanFiker_FanFinal
Beta: Paradice-Cream
6. La maniobra de Winther
Miles Edgeworth estaba frente a él, tan masculino, tan elegante incluso en ropas de chándal; tan confundido por sus palabras, su conversación teñida de dobles intenciones, de promesas eternas. La reacción algo sobredimensionada del fiscal parpadeó en su mente, como si una alarma lo previniese a dejar el juego para otro momento; sin embargo, estaba cansado de jugar a ser su amigo; molesto por tener que tragarse todo su deseo, avergonzado por asistir a accidentes como el de anoche: tuvo que lavar las sábanas y su pijama por una inoportuna polución nocturna, consecuencia de un sueño con el fiscal de protagonista, que lo obligó a madrugar. Además, Maya parecía completamente convencida de que era correspondido; simplemente, Edgeworth no daba el primer paso. Incluso tras el juego del "yo nunca", quiso disfrazar sus sentimientos, como si se avergonzara de ellos: ¿por qué? Estaba dispuesto a arriesgarse, como hacía día tras día en el tribunal, soltando "protestos" sin saber el motivo de la protesta, improvisando en el proceso. Se acercó a él a paso lento, pero firme, notó a Edgeworth vacilar y aprovechó ese instante en el que sus barreras cayeron. Su piel se sentía fresca, quizá por la ducha, y Phoenix tuvo que cerrar los ojos para no desnudar al fiscal de una vez por todas. El aroma de él lo envolvió, atrayéndolo cual mosca hacia una red tejida por una araña asustadiza y fría, y se dejó atrapar, entró en su espacio personal, lo olisqueó, posó sus labios en la mandíbula áspera y dura, y cuando creyó que estaba siendo aceptado, una mano fuerte lo oprimió de tal forma que estuvo a punto de gritar. Un empujón impidió que culminara su acercamiento, porque no le dejó percatarse de las reacciones del otro: sus ojos llenos de deseo, sus labios entreabiertos como si quisiera recibirle, su cuerpo pidiendo a gritos que lo tocara.
Solo agachó la cabeza y, sin argumento alguno, aceptó el rechazo de Edgeworth como a quien le dicen que ha suspendido un examen: con arrepentimiento y pesar. Se lo había contado a Maya, dos veces, repitiendo cada frase, cada postura, cada movimiento, y ella solo fruncía el ceño y decía "no lo entiendo". ¡Cáspita, él tampoco lo comprendía! Había pasado varios días rumiando ese fin de semana, que parecía tan prometedor, y que en cambio había dado paso a un inicio de semana deprimente y angustioso, en el que Edgeworth se aparecía en sus sueños y lo dejaba desnudo en un aparcamiento: sin ropa, sin comida, sin una palabra, como si quisiera encerrarlo en ese garaje oscuro para no tener que verle la cara. Dolía. Pero, al menos, lo había intentado. Quizá el Edgeworth del colegio ya no existía y ahora ese nuevo Edgeworth no sentía nada por él, solo rechazo. Abandonó su casa, pero no se disculpó. No lo hizo porque él también tenía orgullo, porque cuando uno se arriesga en el amor, independientemente del resultado, tiene que ponerse medallas y porque por una milésima de segundo, hasta le había parecido que el otro gozaba de sus caricias. Quizá él, Phoenix Wright, era imperfecto para el fiscal. Obviamente, Edgeworth buscaría alguien mucho más acorde con su estilo, alguien muy diferente a él. Y le escocieron los ojos ante el descubrimiento. Y concluyó, con rabia, que ese desconocido podría ser lo mejor del mundo, podría vestir las mejores ropas y ganar el mejor sueldo, pero nadie podría ofrecerle el amor que llevaba guardando durante tantos años y que ahora no sabía qué hacer con él.
Miles estuvo muy críptico hasta el momento de su marcha, hablándole solo lo necesario, obviamente incómodo por lo ocurrido. No volvería a intentarlo, esa había sido la última vez. Probablemente no volverían a llamarse, y cuando se viesen en los tribunales... mierda, ¿cómo reaccionaría entonces?
Miles, con los brazos sobre la mesa, daba golpes insistentes a la madera con su dedo índice, mientras Gumshoe, frente a él en una cafetería cercana a la comisaría, abría su libreta y leía las notas de su investigación.
—Se levanta a las seis y media, a las siete y media sale de casa y coge su coche, un Volvo negro. Es más grande que el suyo, señor Edgeworth.
—Pero no tan potente. Y dime, detective, ¿cómo sabes a qué hora se levanta? ¿Te has escondido en su armario?
—Bueno, es lo que tardo yo en ducharme y desayunar, una hora, asumo que él también —apenas había empezado y Miles ya tenía ataques de impaciencia.
—A veces acude a su bufete, parece que no trabaja solo, pertenece al famoso bufete de Los Ángeles "Selman Breitman". Almuerza con una compañera y a veces con otro colega. Tiene un tic nervioso que consiste en no pisar las rayas de la carretera cuando va a cruzar. Se pone nervioso en la presencia de perros grandes y cuando come chocolate siempre se guarda el envoltorio en su maletín —Miles se atragantó con su té. ¿Es que este idiota no podía darle datos más valiosos?—. Ha ido al centro de detención a interrogar a su cliente y también se ha entrevistado con el jesuita. Varias veces.
—¿Nada más? ¿No ha visto a ninguna otra persona que conozcamos tú y yo? —Gumshoe pareció algo aturdido, guardó la agenda con cierto rictus preocupado, como si su increíble investigación siguiendo a Winther hubiera sido infructuosa. ¡Si había cogido un coche patrulla, y todo, sin permiso!
—Le he seguido una semana, señor Edgeworth, hasta que se le acabó la gasolina al coche, y no recuerdo haberle visto con nadie conocido.
Maldita sea. Seguramente, lo que tuvieran que tratar ya se cerró el día que los encontró en el juzgado. Quizá Wright había estado en contacto con él hasta ese momento, estudiando el caso, ¿tal vez por eso fue a Watts? El abogado nunca le respondió esa pregunta; no, al menos, de forma directa, hecho que le llevaba a pensar que todo era una trama para conspirar contra él, como el acoso del sábado. Phoenix se había marchado de su apartamento algo enfadado y no había hecho intentos de contactarle. Demonios, si aquella había sido una declaración en toda regla la había jodido bien y entendía que el abogado no le hablara. Se palpó el abdomen; si cerraba los ojos, sentía todavía la caricia de Phoenix, su interior quemaba, anhelándolo otra vez. Por enésima vez, acalló sus sentimientos y se refugió en su trabajo: nada debía distraerle. Él, Miles Edgeworth, era fiscal, y se debía a su trabajo, no a alimentar los sentimientos por un niño que conoció durante seis meses de su vida.
Seis meses. ¿Quién había dicho eso tan cierto de "un momento para conocerte, toda una vida para olvidarte"?
Salieron de la cafetería —Gumshoe algo apesadumbrado— y volvieron a la comisaría a repasar los informes policiales; después, el fiscal acudió a su oficina y repasó nuevamente las pruebas, las declaraciones de los testigos, y especialmente, el dosier que le entregó Phoenix. Al fin y al cabo, eran notas de Mia Fey, no creía que el abogaducho las hubiera alterado; le tenía demasiado aprecio a la jefa, por tanto, esa carpeta y nada más, importaba en ese instante. Sabía el posible alegato de la defensa: acusar a otra de las bandas para que el acusado no quedara incriminado; y, por los apuntes de Mia, era un claro culpable. A su favor, los testimonios de dos muchachos de la banda, que corroboraban la coartada del acusado, y el del cura jesuita, un testigo clave en el anterior juicio. Una pena que el juicio se hubiera atrasado tanto; con el tiempo, los testimonios siempre perdían fuerza, porque los recuerdos ya no tenían tanto detalle; podían estar alterados. Después de cuatro horas de repasar absolutamente todo su arsenal, suspiró, se levantó y se preparó para el juicio del día siguiente.
Había mucho nerviosismo en la sala, repleta desde primera hora de la mañana. Winther, en su tribuna, colocaba sus papeles mientras Miles Edgeworth daba un último vistazo a la sala. Entonces, lo vio: Phoenix Wright estaba presente, sentado entre el público junto a Maya, charlando animadamente. El fiscal retiró la vista antes de ser descubierto, y cerró los ojos para concentrarse.
El juez anunció la cuestión litigiosa del día enumerando los hechos y a los acusados y el fiscal procedió a relatar los cargos contra el supuesto asesino de Irion Dalton. El acusado, un hombre de color con el cabello rapado y con un tatuaje visible en el antebrazo, yacía en una silla, contemplando el juicio: no se le permitía participar, únicamente ser testigo, salvo que la fiscalía lo llamara para declarar.
Tras leer los testimonios de hace un año y recordar las pruebas incriminatorias, subieron al estrado los testigos preparados por la fiscalía: la madre de Irion y dos miembros de los Crips, que declararon lo mismo que habían dicho hace dos años, tal como Miles les pidió, para no alterar el testimonio. Winther parecía algo nervioso y ofuscado, y se dedicó a tratar de sonsacar a los testigos alguna incoherencia, técnica completamente adoptada de Phoenix Wright. Miles sonrió, porque podía contraatacar algo así, además de que este abogado no decía incoherencias ni protestaba por protestar —algo que le desarmaba, ya que ignorar qué podía decir el abogado le obligaba a cambiar todos sus alegatos—. Naturalmente, Miles pidió interrogar de nuevo al acusado, y ahí fue donde se desató toda una batalla entre el abogado y él, presentando pruebas, refutando testimonios y recordando otra vez cómo se administraban las bandas callejeras. Los compañeros de Lois, el acusado, no parecían estar de su lado, y respondían afirmativamente a todas las acusaciones del fiscal. Lois los miraba con un rostro impasible, pensando quizá que si quedara libre, los próximos serían ellos. Miles ya había tenido alguna charla con dos de ellos, y le había quedado claro que la banda no quería a Lois como jefe. La pérdida de Irion había calado en algunos miembros y en la banda rival, cuya máxima era "ataca a los demás, pero deja en paz a los míos", una máxima muy común entre los grupos marginales. Al fiscal, seguro de que algo se cocinaba, pero incapaz de tirar de un hilo que no había encontrado, le resultaba especialmente difícil exponer una situación que quizá no fuese cierta. Después de dos horas de interrogatorios se llegó al receso, y Miles volvió a la sala del fiscal a tratar de atajar el tema por otro lado. Ya no le preocupaba culpabilizar al acusado, no se conformaba con eso, a pesar de tener pruebas incriminatorias, porque el jesuita declararía el último, y Miles no quería dejarlo todo a merced de ese cartucho. Se limpió el sudor cuando la puerta se abrió, despacio, dando paso a una jovencita con cabello largo y pantalones anchos, con una mirada de determinación en su rostro: Maya, que lo saludó con cariño y una sonrisa. El fiscal quiso saber cómo se había colado por ahí, pero prefirió no preguntar, mientras su mirada viajaba a espaldas de Maya, como si esperaba ver entrar a alguien más. Maya lo notó.
—Vengo sola —se arrimó a la enorme mesa y expuso—: Edgeworth, lo estás haciendo muy bien.
—Maya, no quisiera ser descortés, pero necesito concentrarme para el siguiente paso —La joven asintió y se apoyó en la mesa junto a él.
—Solo vengo a traerte algo que quizá te ayude. Ya sabes, trabajo en equipo —y le mostró un billete de autobús hacia Watts. Un billete del día en que Wright fue atacado. Miles, lo miró, confuso, mientras Maya lo depositaba junto a sus informes—. Es un billete que encontré en la chaqueta de Nick. No sé muy bien qué ha pasado, pero temo que Nick hizo un favor a Winther yendo allí. Un favor que quizá puedas aprovechar de alguna manera. En cuanto a mí, te tengo que pagar los libros —Miles le restó importancia agitando la mano y deseando poder librarse de ella, pero Maya le tendió un segundo papel, esta vez garabateado de forma irregular, como si quien lo escribiera no tuviera buen tino con el lápiz o fuese parcialmente ciego.
—¿Qué es esto?
La joven lo miró, ensanchando su sonrisa.
—El pago. No tengo dinero, pero puedo hacer otras cosas. Esta es una declaración de Irion Dalton, después de morir —Miles miró el papel como si fuesen a salirle varios brazos y pudieran sacudirlo—. Las Fey también canalizamos por escritura automática. Espero que te sirva. Esta es la prueba para desenmascarar al culpable. Suerte.
La joven Maya se agachó ligeramente para sonreírle y antes de salir de allí, recordó:
—Por cierto, son pruebas validadas por la policía, cortesía del inspector Gumshoe.
Miles, aún atónito, miraba la puerta, confuso. Poco después salía de la sala, dispuesto a asistir a un curioso desenlace.
Cuando Edgeworth aportó datos clave acerca del crimen que ni siquiera constaban en la autopsia o a través de los testigos, como la revelación de que él quería dejar la banda, que coincidía con el testimonio de su madre, el tribunal cayó en un silencio profundo.
La vida en Watts era la pescadilla que se mordía la cola: no sobrevivías fácilmente si no pertenecías a alguna banda. Y ningún miembro que entraba en Crips o en Bloods y quería salir de ellas tiempo después lo tenía fácil: para evitar chivatazos a la banda rival, eran amenazados o vigilados. Para Irion, que estaba siendo ayudado por el padre Lionel a dejar el gueto, fue demasiado tarde y alguien decidió acabar con su vida.
El juez solicitó la fuente de aquellos datos y el fiscal admitió haber utilizado una médium para hablar con el fallecido. Al escuchar esto, su madre se echó a llorar, y le gritó al acusado: "maldito, te pudrirás en la cárcel". La defensa, desarmada ante tal artimaña, procedió a explicar que ciertos acontecimientos posteriores al asesinato les habían ayudado a averiguar que Lois no era culpable, sino la banda callejera rival, y podían probarlo.
—Su Señoría, como ya sabe, basamos nuestro testimonio en una persona muy importante, que ya declaró en su día acerca de la inocencia del acusado —Miles sonrió: la defensa llamaría al jesuita a declarar, a tan solo diez minutos de la segunda parte del juicio: había logrado adelantar su maniobra. Iba por buen camino, aunque sentía mucho desasosiego.
El padre Lionel subió al estrado con mucha tranquilidad, completamente convencido de que todo saldría bien. Respondió a las preguntas corroborando el testimonio dado en su día mientras Miles asistía, asombrado, a su nueva declaración.
—Cogí un autobús hacia Watts para entrevistarme con los chicos. Allí soy respetado, así que me adentré en la zona con el objeto de conseguir más testigos.
—¿Dónde está su billete? Si dijo que cogió un autobús, la fiscalía desea ver esa prueba —la defensa aportó un billete manoseado, y el juez lo aceptó como prueba.
—Ve, ¿señor fiscal? Acudí allí y me entrevisté con varios muchachos, que querían ayudar a Lois para conseguir testimonios fiables. Sin embargo… no llegué allí. Fui asaltado por un joven de la banda de los Crips. Junto a la prueba que le entregué más este acontecimiento, es obvio que el crimen no lo cometió Lois, sino algún componente de Crips, quien ya sabía mi identidad, para quitarme de encima y que no apareciera en este juicio.
—Esa es una acusación muy vaga, existen múltiples teorías y puedo defender varias de ellas, simplemente, tomando en cuenta las pruebas que incriminan al acusado —dijo Miles, muy serio. Sus papeles estaban pulcramente ordenados, pero apenas pasaba la vista por ellos, al contrario que Winther, quien parecía desesperado—, pero siga hablando, le concederé sus minutos de gloria.
El padre Lionel, imperturbable, sonrió ligeramente y siguió con su testimonio. Miles comenzó a hilar una y otra frase, se adentró en la artimaña de la defensa y muchas cosas hicieron clic en su cerebro.
—La acusación desea saber dónde le hirieron, señor Lionel —el padre pestañeó, apretó la dura mandíbula y respondió:
—En la parte baja del estómago, pero ya estoy bien, gracias —Miles no perdía el brillo en sus ojos ni la sonrisa sardónica, señas de identidad, reflejos de estar disfrutando acorralando al testigo.
—Si eso es cierto, desearía ver su informe médico. Su Señoría, ¿puedo solicitar el informe? Tengo la clara sospecha de que el testigo miente —el juez, atusándose la barba, dejó de escribir y elevó la cabeza.
—Se acepta. Señor Winther, ¿tiene esa prueba? —el abogado trató de buscar en los papeles, algo nervioso. La sala permanecía en silencio, solo se escuchaba el frote de papel con papel.
—La tengo por aquí, si me deja un poco más de tiempo podré...
—Podemos esperar hasta el final del juicio, pero, sinceramente, para entonces ya tendremos un veredicto más que apropiado —dijo Miles encogiéndose de hombros, recibiendo una mirada iracunda de Winther.
—¿Qué hay de la prueba que le entregó el padre? Demuestra que Lois estuvo efectuando un papeleo en el momento del crimen.
—No es fiable y por eso no la he presentado, pero si el juez quiere saber mi opinión, le diré que pudo arreglarlos y cometer el crimen y se lo probaré con un mapa y su conexión con Watts y la casa donde se realizó el disparo.
El juez asintió, Miles le presentó la prueba y conectó varios puntos del mapa, aludiendo a que Lois contrató ese día un coche para llevarle rápidamente de un lado a otro de la ciudad. El juez solicitó la continuación de la declaración del pastor, quien fue añadiendo más datos acerca de lo ocurrido. Cuando Miles preguntó sobre el día que había ido a Watts, el jesuita no vaciló, e indicó la fecha estampada en el billete de autobús que le había entregado anteriormente Winther.
—Sin embargo, seguimos sin poder echar un vistazo a su parte médico. Es obvio que con esas heridas usted no pudo ejercer durante unos días. ¿Dónde pasó su recuperación?
—En mi casa. No quería que nadie lo supiera, por eso no fui a ningún hospital.
—Sin embargo, alguien debió atender sus heridas, ¿no es cierto?
—Sí, por supuesto. Una ambulancia me atendió.
—¿Le cosieron ellos mismos, señor Lionel? —Miles insistía, quería desbaratar esa falacia, esa mentira, acusaría al padre de obstrucción a la justicia por plantear información falsa. Cuando el padre aseguró que las heridas no eran severas, indicó la contradicción—: Usted dijo que querían "quitarlo de en medio". Sin embargo, no podrían haberlo hecho con un simple corte. Si su alegato coincide con el de la defensa, el de haber sido atacado para asesinarlo, usted ahora mismo tendría una enorme cicatriz en el vientre. ¿Podría mostrárselo al tribunal? Ya que su abogado no localiza el parte médico —parte, que, obviamente, no existe—, podría mostrarnos los restos de su herida. Cualquier médico aquí presente constatará qué tipo de herida tuvo.
La mirada entre el padre Lionel y Winther no pasó desapercibida. Sin embargo, el padre estaba mucho más tranquilo, sosegado, a pesar de los constantes intentos de Edgeworth por desestabilizarlo. Mostrando una pequeña sonrisa, el padre, añadió:
—Aunque yo les mostrara la zona donde fui atacado, no la verían. Acudí a una clínica a que me borraran la cicatriz. Era muy fea y no quería tenerla para siempre.
Hubo murmullos en la sala. Miles se giró sin pensar, y vio a Wright completamente concentrado en las palabras del testigo. Fruncía el ceño, y se tocaba inconscientemente su herida. Entonces, Miles Edgeworth comprendió.
—Querido pastor, le recuerdo que está usted bajo juramento. A su Dios no le gustaría nada que estuviera mintiendo; creo que están preparándole un volante para el infierno. Sin embargo, dando coba a su declaración, con mayor razón le pido un parte médico. Si usted se intervino en alguna clínica, debe haberle sido entregado un informe donde se plasme su bendita operación. ¿Y bien?
—Yo se la di al abogado, señor fiscal —Miles levantó las cejas, incrédulo. ¿Realmente la Iglesia disponía de hombres como ese para evangelizar a la población? ¿Un hombre que mentía y quería a un asesino libre? Bueno, después de eso no creyó que sus visitas a Watts fueran muy agradables: probablemente recibiría un regalo de verdad de parte de la banda azul. Apretó los puños, llegando a su punto álgido: había llegado la hora de actuar.
—Su abogado no la encontrará. Permítame decirle, señor Winther, que el parte médico lo tengo yo —ambos lo miraron, estupefactos.
—¿De qué habla?
—Bueno, bueno, interesante. Si realmente le hubiera robado este documento —y alzó un papel escrito a ordenador—, ¿hubiera dicho usted "de qué habla"? ¿No se hubiera enfadado y se hubiera lanzado contra mí?
Vio cómo Winther apretaba los dientes, y decidió echar el resto, mostrándole el informe a Su Señoría.
—Este informe es un parte médico de heridas graves: un corte muy profundo en el costado derecho, bajo el pecho. Solo que no corresponde al pastor, sino a otra persona —más murmullos en la sala. El juez recogió el informe y leyó el nombre del involucrado.
—Phoenix Wright —los murmullos se elevaron de nuevo—. ¿Phoenix Wright? ¿Por qué tiene un parte médico del señor Wright? ¿Y qué tiene que ver con este caso?
—Mucho, Su Señoría, pero no seré yo quien se lo explique, por si la defensa piensa que pueda estar conchabado con un testigo. Aunque creo que Wright, presente aquí en esta sala, podría explicárnoslo mejor.
El aludido por fin se encontró con su mirada; parecía algo asombrado y dolido, al mismo tiempo. El juez solicitó a Phoenix la voluntad de declarar, y el abogado pareció pensárselo.
—Si no declaras, Wright, no importa, lo hará Gumshoe, que fue testigo de tu ataque. Tú decides —ambos se miraron, estudiándose; Miles, tratando de adivinar qué podría estar pensando, si Winther era tan importante que Wright quisiera protegerlo; Phoenix, sopesando quizá sus opciones. Finalmente, se levantó, con un gesto de dolor visible.
Miles esperó a verlo llegar al estrado y entonces le preguntó si había estado en Watts. Phoenix asintió y Miles le mostró un billete de autobús que el moreno reconoció como suyo. Procedió a prestar juramento y a declarar.
—Es cierto, fui a Watts en autobús. Pero quizá no fui demasiado cuidadoso y terminé apuñalado. El... inspector Gumshoe me ayudó. Perdí la conciencia, así que no recuerdo muy bien qué pasó.
Miles no le había contado que fue él quien le encontró moribundo en el asfalto; Wright siempre pensó que Gumshoe lo había localizado y que él, simplemente, le había acogido en su piso.
Ante el motivo por el que fue a Watts, Phoenix dijo que iba a visitar a un testigo que preparó su antigua mentora, Mia Fey, quien llevó la defensa del primer caso. Miles insistió en conocer a ese testigo, pero Phoenix se negó a revelarle más datos.
—Los motivos del testigo son irrelevantes, señor Edgeworth, salvo que indique alguna conexión con el caso —habló el juez.
—La acusación sostiene que Wright fue una pieza importante en la teoría que quiere presentar la defensa, que no se sostiene, y voy a probarlo. Este es su parte médico con las heridas.
—¡Protesto! —Winther proyectó con fuerza—. El que el testigo haya ido a Watts y tenga un parte médico de heridas no prueba nada.
—¡Protesto! —contraatacó Miles, con el ceño fruncido—. Llevamos media hora tratando de dar con un informe médico; yo he presentado uno; usted, no.
—Obviamente, puede usted presentar todos los que quiera. El motivo por el que apuñalaron al señor Wright no tiene nada que ver con Lois ni con el caso. No necesito interrogar al testigo, Su Señoría, es evidente que no tiene nada más que decir.
Miles se estrujó el cerebro, tenso. Notaba los ojos de Wright taladrándole, como animándole a desenmascarar la verdad, pero temeroso, al mismo tiempo. Ahora todo encajaba, pero no podía presentar el alegato sin pruebas. Su mente viajó a la velocidad de la luz a aquel día en el tribunal, donde Winther y Wright se encontraron. El abogado le entregó algo, y por primera vez Miles comenzó a considerar que ese algo no fueran informes de Mia. Él los tenía todos, ¿por qué Wright iba a dar una mitad a Winther y el resto a él? Los dosieres de Mia solo contenían información de culpabilidad, no podía usarlos en el juicio; para Winther hubieran sido como papel para reciclar; quizá puntos vagos para defenderse del fiscal, pero nada más, nada valioso que pudiera usar en su contra. Entonces, ¿qué le entregó?
El juez volvió a enumerar los alegatos, las pruebas, y dio una pequeña información acerca de Phoenix y su visita a Watts, que en principio, no parecía conectada con el caso, indicando la cantidad de agujeros sin tapar por la defensa y la fiscalía. Miles suspiró, agotado. Tenía las pruebas y Lois estaba incriminado, pero quería llegar más allá. Dio una rápida mirada a Maya, que observaba a Phoenix, de nuevo en el público, y contraatacó diciendo que si la historia de Phoenix no se sostenía, la del jesuita, tampoco. Entonces, alguien entró en la sala para entregar una bolsa al abogado; el rostro de Miles se contrajo y se maldijo por haber sido tan ignorante.
—Disculpe, Su Señoría, no he podido localizar el parte médico del señor Lionel, pero sí su traje, el uniforme. No está en buenas condiciones, ha sido lavado, pero no arreglado. Esta es la prueba que presenta la defensa —y mostró el corte limpio, el forro de la prenda rasgado, y Miles pensó cómo podían ser tan cutres. Y que, con esa prueba, acababan de firmar su sentencia.
—A la fiscalía le gustaría observar la prenda, si no es inconveniente —Miles sonrió aún más cuando le fue entregado el traje negro. Lo reconoció. Si le preguntaran dónde había estado la sangre, él podría haberla pintado, señalado. Parece ser que Winther y Wright ignoraban que él era el testigo más importante; que había estado allí, vio el rostro del atacante, su pulsera azul de los Crips, incluso la navaja. Claro que no estaban allí para desarmar ese incidente, sino la muerte de Irion a manos de su propio jefe, Lois—. Me gustaría que se aceptara como prueba.
—Hum, está bien, el juez la acepta —un brillo maligno surgió del rostro de Winther y Miles pensó en el pobre muchacho y en lo poco que lo conocía como fiscal.
—Solo para ahorrarle a usted varias horas de juicio, le diré que ese traje no es del pastor, porque obviamente, es un traje muy pequeño. Señor Lionel, ¿podría probarse la chaqueta? —el pastor aceptó, y la chaqueta de cura no cerró en la parte del pecho—. Este traje no lo llevó el señor Lionel.
—¡Protesto! —la voz de Winther volvió a alzarse sobre el jurado—. Es un traje del señor Lionel y puedo probarlo con un recibo de compra.
—Entonces, más vale que lo devuelva. ¿Lo compró usted? —se burló Edgeworth, alzando las manos, despreciándolo—. Diga entonces, ¿por qué es tan pequeño? No veo al señor Lionel tan entrado en kilos desde el último juicio.
—Tuvimos que usar productos nocivos para eliminar la sangre, y el traje encogió.
Miles Edgeworth se echó a reír. Hubo un silencio eterno en la sala.
—Es el chiste más malo que me han contado nunca, señor Winther. De verdad. Y mire que he oído cosas increíbles de algunos colegas de profesión.
—Ríase lo que quiera, pero usted lo aceptó como prueba.
—Lo hice y me reafirmo. Y ahora —se giró y su rostro cambió a firme determinación—quiero que Wright se pruebe este traje.
El aludido se levantó, confuso, pidiendo una explicación.
—Vamos, Wright, ya me conoces: no pararé hasta desenmascarar la verdad. No te molestaré más. De hecho, no es necesario que te pruebes los pantalones; con la chaqueta bastará.
Y así, Phoenix Wright volvió a subir al estrado de testigos y a ponerse la chaqueta de cura, que, obviamente, era de su talla. Después, Miles le pidió levantarse ligeramente la camiseta, y el juez proclamó que esto no era una tienda de modas y el púlpito no podía usarse como probador, y que el fiscal tenía ciertos fetiches muy raros. Winther hubiera reído de no ser porque, con solo ese movimiento, y ver que el corte coincidía con la cicatriz de Wright, aquella prueba echó al traste su teoría.
—Conoce esta chaqueta, ¿verdad, Wright? —el aludido asintió—. ¿Fue usted a Watts vestido de cura? ¿Quizá lo usaron de señuelo para hacerse pasar por el señor Lionel, ver qué ocurría, y presentarlo aquí como teoría?
Volvieron a levantarse murmullos en la sala; Winther tenía la mandíbula apretada, y no se atrevía a protestar. Wright, por otro lado, se había quedado con la boca abierta, ¿y esa emoción no era desilusión en su rostro? Miró a Winther con desprecio. Si eso era cierto, si realmente ese tipo había utilizado a Wright de carnada, el abogado no escaparía sin una sanción. Ni Wright sin un escarmiento; aunque la desilusión en su rostro parecía reflejar que él no sabía nada del plan. Como consecuencia, el juez invalidó el testimonio del padre jesuita, quien tendría que verse con su congregación, si es que aún le querían allí, para explicar qué le había llevado a mentir compulsivamente. Quizá nunca supieran las razones, pero el testigo más importante de la defensa había sido destruido; ningún otro testigo arrojaba una lanza a favor del acusado que presentara testimonios coherentes salvo dos compañeros de la banda que podrían haber sido amenazados, y con las pruebas incriminatorias, el fallo del juez se inclinó a favor de la acusación.
Un enorme grito se oyó en la sala, procedente de la mesa de la defensa, donde Winther, rojo por la rabia, fue presa de un rictus amargo que le hizo arrojar los papeles a diestro y siniestro, golpeando con ellos a algunos miembros del jurado.
Miles recogió sus pruebas, sus informes, dejó la mesa limpia y en el camino, fue abordado por la madre de la víctima, quien le pidió aquel papel garabateado y, satisfecho, en uno de los juicios más duros de la historia entre bandas de Los Ángeles, entró a la sala de la acusación para rellenar un informe de detención.
CONTINUARÁ
