Notas de autor: Por fin hemos alcanzado el penúltimo capítulo... ay, todo se arregla entre estos dos, porque así debe ser.

Disfrutad del final feliz.


Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado

FanFiker_FanFinal

Beta: Paradice-Cream

7. El secuestro y la conclusión

Phoenix Wright esperaba fuera, frente a los grandes portones, junto a Maya y Gumshoe. Ambos comentaban lo preciso e insistente que había estado Edgeworth en el juicio; Phoenix permanecía callado mientras la joven apretaba los puños, furiosa.

—¿Sabes qué, Nick? Voy a esperar aquí a ese imbécil de abogado para darle una paliza —el tono divirtió a Phoenix, quien se cruzó de brazos.

—Ah, ¿sí? ¿Y puedo saber qué técnica Kurain utilizarás con él? ¿Una lectura de mente, para sacarle todos sus secretos, o la receta de un té para la diarrea? —el comentario fue recibido con un puñetazo por parte de la chica.

—¿Qué te parece una patada en los huevos?

—¡Auch! —habló el inspector palpándose la ingle—. Aún no lo has dado y ya me ha dolido.

Sin embargo, pasó el tiempo y Winther no aparecía; Gumshoe fue a ver si se lo habían llevado por otra puerta.

—¿No te sientes traicionado? Pudo ser el fin de no ser por la policía…

Phoenix calló. No esperaba mucho de Winther, pero desde luego, no una traición. Su compañero de facultad lo había llevado al filo de la muerte, solo por intentar ganar el juicio; desesperado porque Edgeworth no era rival para él. Edgeworth. Había brillado en el tribunal, mofándose incluso de la defensa; Winther no debía estar nada satisfecho de su trabajo, pero menos aún de la humillación recibida. Un policía cerró los portones; iba seguido de Gumshoe y a su lado, Edgeworth, con semblante serio. El detective se acercó y exclamó:

—¡Eh, amigos! Winther ha sido arrestado; pasará tres días en el calabozo por tergiversar pruebas, y no se librará de la multaza de la fiscalía. El señor Edgeworth...

Las miradas de Phoenix y Miles conectaron, y ninguno hizo nada por desviarla; Maya daba saltitos porque la noticia le estaba pareciendo estupenda; ella misma hubiera ahogado al abogado en el Lago Gourd de no haberse producido un hecho similar. Gumshoe no paraba de hablar del señor Edgeworth y de cuánto lo admiraba, y el fiscal suspiró, le hizo un gesto y el detective calló.

—Gumshoe, lleva a Maya a divertirse; invítala a comer. Wright, vienes conmigo —Phoenix abrió la boca para protestar, pero fue jalado de su brazo hacia la planta más baja, donde Edgeworth localizó su plaza de garaje, abrió el deportivo y pidió a Wright que entrara en él.

—Disculpa, ¿esto es un secuestro?

—Sí —apenas hubo tocado el asiento cuando el fiscal arrancó. Phoenix manipuló el cinturón con rapidez y permaneció callado, observando al conductor; Miles parecía determinado y ofuscado en algo, y cuando salió de la urbe pisó tanto el acelerador que el copiloto tuvo que agarrarse.

—Te van a multar —advirtió, pero Edgeworth no le hizo ni caso: se alejaban del centro financiero, cogían las calles principales, dejaban atrás sus casas; por un momento, Phoenix pensó en el fiscal deteniendo su deportivo rojo en Watts y arrojándolo a merced de su gente conflictiva, deseosa de sangre. Por suerte, el deportivo no pasó por las carreteras próximas a los barrios marginales. ¿Qué querría Edgeworth, y por qué lo había secuestrado de esa manera? La impulsividad no era una de sus habilidades, y aquella reacción lo tenía algo mosqueado.

Veinte minutos después y una larga subida hacia una colina, el deportivo se detuvo frente a un mirador desde donde se podía ver toda la ciudad: el centro de Los Ángeles, hacia el sureste, Hollywood, al sur, y el Océano Pacífico al suroeste: el observatorio Griffith. Si bien el sitio no estaba atestado de coches, aún subían algunos interesados en visitar el observatorio y el planetario. El fiscal salió del coche, inspiró, y abrió la puerta del copiloto, sin decir nada. Phoenix salió del coche y al momento la vista apabullante de casi trescientos sesenta grados capturó su atención, dejándolo impresionado. Acercándose al filo de la montaña, delimitado por una valla baja, se embebió del paisaje, mientras, a su lado, su silencioso acompañante le observaba.

—Qué pasada…—comentó Wright, olvidándose por un momento que había sido llevado allí a la fuerza y sin consentimiento.

—Deberías viajar más, Wright —esas breves palabras hicieron al abogado girarse y fruncir el ceño, recordando lo acontecido en el tribunal.

—Disculpa por ser un abogado de segunda categoría que no cobra por su trabajo —Miles ignoró la burla y, todavía envuelto en sus ropas de fiscal, dijo:

—Asumo que ignorabas la maniobra de la defensa —el viento danzaba entre ellos, moviendo sus cabellos, los del abogado aún sujetos con el gel que los mantenía en su sitio, de punta, adecuadamente, como a Phoenix le gustaba.

—Sí.

—Pero conocías a Winther —una pausa.

—Sí —Phoenix tenía aún la mirada perdida en el paisaje, pero ya no lo contemplaba con el mismo fervor.

—¿Qué te llevó a hacer aquello? —Phoenix se volvió, enfadado. Después del mal cuerpo instalado en su persona, ¿es que además iba a ser vilipendiado por ello?

—¿Qué es esto, un interrogatorio? ¿Es que no ha sido suficiente con lo que me has sacado en el tribunal?

—No seas tan flojo, has salido de muchas peores. Respóndeme —la exigencia de Edgeworth, unida a la sensación de haber sido utilizado y al recuerdo de haber podido perder la vida de una forma tan estúpida hicieron a Phoenix estallar en emociones.

—¿Para qué? ¿Para que vengas tú con tu verdad y pongas a cada uno en su sitio? —notó sus ojos escocer, su cuerpo combustionar por dentro; se sintió mareado y con ganas de vomitar, pero lo único que salió de él fueron lágrimas. Lágrimas, mezcladas con jadeos de impotencia, de liberación. Se llevó la mano a la cara, sobrecogido. No le importaba derrumbarse frente a Edgeworth, en ese instante solo tenía ganas de quitarse ese peso de encima; de desatar esa impotencia, ese malestar, de olvidar que un amigo le había tendido una trampa. Deseó a su lado a Maya, más que nunca, para sentir sus delgados brazos alrededor, murmurándole tranquilizadoras palabras, consolándole. No se dio cuenta, pero había caminado varios pasos para apoyarse en el automóvil de Edgeworth, mientras el otro lo miraba, con los brazos alrededor del cuerpo.

—Éramos compañeros en la facultad... a mí no se me daban bien algunas asignaturas y... él me ayudaba después de clases —Edgeworth no se movió, pero escuchó atentamente—. Yo estaba tan agradecido por su ayuda… Me dijo que algún día le devolvería el favor... pero no creí... ¡yo le apreciaba! Confiaba en él. ¿Qué pasaría si tu mejor amigo te hiciera algo así?

—Alguien que hiciera algo así nunca sería un amigo.

"¡Pero me ayudó!", quería gritar. A Phoenix le parecía inconcebible que alguien que ayudara a otra persona lo hiciera de forma interesada. Es decir, a él no le importaba devolver favores, pero jamás enviaría a alguien a la muerte. Aunque en su fuero interno pensaba que tampoco estaba tan claro que el abogado hubiera sido tan malvado, porque, ¿de qué forma iba a saber Winther que iban a atacarle? Y cuando le entregó el traje le pidió perdón, como si esa no hubiera sido su maniobra principal, como si estuviera realmente afectado.

Edgeworth se acercó más, y le tendió un pañuelo blanco, impoluto, que Wright agarró inconscientemente mientras seguía facilitando datos, perdido en sus emociones.

—Me pidió ir a Watts a visitar a unos testigos. Confiaba en él, así que no le pedí que me diera ninguna explicación, solo datos de la zona... seguí todas sus indicaciones y por eso...

—Por eso ocurrió aquello. De no haberle hecho caso, quizá el juicio hubiera durado menos tiempo, y tú no tendrías una herida en el costado —Wright parecía más calmado; ya no lloraba y permanecía atento a las palabras de Edgeworth—, pero de no haber sido por ese incidente, quizá tú seguirías odiándome y... por lo menos hemos recuperado nuestra amistad. Disculpa por pensar egoístamente, solo quiero ser positivo.

Wright lo miró intensamente: los ojos afilados ligeramente húmedos, su cabello moviéndose al compás de la brisa, envuelto en ese traje tan elegante y refinado.

—Nunca has sido mi amigo, Egdeworth —dijo, apenas consciente de sus palabras. El fiscal lo miró, confuso.

—Ya veo. Supongo que aún quedan rastros de odio en ti —bajó la cabeza, apesadumbrado. Sin verle el rostro, pero solo observando la caída de hombros, Phoenix apretó los puños; en uno de ellos, bien arrugado, se hallaba el pañuelo.

—Llévame a casa. Llévame antes de decir algo de lo que me arrepienta —Edgeworth lo volvió a mirar, y por alguna extraña razón, sintió deseos de abrir la caja de Pandora. Phoenix acababa de confesarle ciertos aspectos de su vida que él desconocía. No parecía haberlo engañado a favor del abogado; al final había sido el mismo Phoenix de siempre y se sentía algo culpable por haber pensado ser una víctima, cuando el otro siempre confió en él. Sin embargo, no entendía.

—¿Por qué me ayudaste a ganar el caso?

—En las notas de Mia solo había restos de culpabilidad; ella debió ver eso y trató de postergar el juicio para no defender a un asesino. Yo hubiera hecho lo mismo. Así que la única opción para defender la verdad era aportándote esos datos. No sé si fueron de mucha ayuda para ti, pero era todo lo que tenía.

Winther lo sabía, sabía que era culpable, sabía que todas tus pruebas le incriminaban, así que tenía el juicio perdido. Pero eso lo supe después, cuando encontré las carpetas de Mia. Como él me pidió un favor, creí estarle ayudando yendo a ese barrio de mala muerte. Pero yo también quería sacar la verdad a la luz, y esta vez, debías ser tú quien ganara.

Miles, conforme con la explicación pero con la rabia aún royéndole el alma no pudo evitar decir:

—Tuviste suerte de que estuviéramos allí.

Phoenix asintió, aún con los ojos enrojecidos.

—Lo sé, y me agrada todo lo que hiciste por mí. De hecho, quise agradecértelo, pero no lo hice de la forma adecuada. Quizá debí haber comprado un regalo, como hizo Maya. Dime qué quieres y te lo daré.

Un reflejo de esperanza se asomó a los ojos grises, un brillo especial emergió y sus pupilas se dilataron.

—N-no quiero nada, Wright, solo la verdad —Phoenix no pudo evitar soltar un suspiro de burla.

—No estás preparado para conocer la verdad.

Edgeworth frunció el ceño, confuso. ¿Hablaba de él? ¿De ambos? ¿O se refería a sus sentimientos por Maya? Si nunca hubo un plan junto a Winther, había muchas preguntas que responder, como: ¿por qué se había acercado a él? ¿Por qué insistió en tocarlo? No debía querer sexo rápido, porque entonces elegiría a cualquier otro. De repente, deseó y odió saberlo al mismo tiempo. Y recordó aquel picnic. ¿Y si la respuesta era la misma que entonces? Se instaló un nudo en su garganta, pero por primera vez no quería huir. Separó la distancia entre ambos y miró a Wright a los ojos.

—¿Hay algo más que quieras decirme?

—Hay algo más. Pero no estoy seguro de querer decírtelo —precisó Phoenix de forma críptica, lo que le hizo desear aún más saberlo.

—Dilo. No huiré, lo prometo.

Phoenix volvió a apoyarse en la puerta del copiloto, dudoso.

—No me fío, ya lo hiciste una vez.

La mirada grisácea volvió a contemplar la belleza de Los Ángeles. En el aparcamiento no había nadie, algunos coches aparcados y los árboles meciéndose con el viento. No había sido una respuesta muy positiva. Se preparó para lo peor, apretó los labios, cerró los ojos y dijo:

—Dímelo. Si quieres ejercer en otro distrito, o marcharte, podría arreglarlo.

Una voz frente a él pareció ilusionada, cuando repitió:

—¿Podrías? —el fiscal asintió, despacio y tras una pausa, Phoenix habló de nuevo—. ¿Y qué hay de ti? ¿Qué es lo que tú quieres?

A ti.

A mi lado.

Para siempre.

—E-eso... no tiene importancia. Lo que descubrí en mi viaje es más valioso que nada —después de un silencio eterno, el fiscal sintió un tirón en el brazo.

—Mírame. Recuerdas ese picnic, ¿verdad? Desde que te marchaste, solo podía pensar en el poco tiempo que la vida nos había tenido juntos y en lo mucho que te quería. Te amé, Miles Edgeworth. Y después de quince años lo sigo haciendo —el fiscal abrió los ojos como platos; al rato frunció el ceño y colocó una mano haciendo pantalla sobre sus cejas.

—Wright...

El abogado aireó la mano, sintiendo un duro golpe en el pecho, como si lo estuvieran pateando; fue más doloroso que el navajazo; un duro ataque a su orgullo.

—Ya, ya sé —desdobló el pañuelo, tratando de recomponerlo. Finalmente, se lo metió en el bolsillo—. No sientes lo mismo. Han pasado muchos años, supongo que todos cambiamos.

—Wright...

—Ya te dije que me llevaras a casa —continuó, ligeramente furioso consigo mismo. ¿Es que no se cansaba de tirarse tantas veces al pozo? ¿Qué podía perder después de la decepción con Winther? Que afrontara las consecuencias; quería verlo inmerso en al menos la mitad de las sensaciones que sufría él cuando estaba a su lado; que se comiera la cabeza.

Mala suerte, fiscal, tu compañero de la infancia sigue sin verte como un amigo. Asúmelo.

—¡Wright, maldita sea, cállate! —el abogado obedeció, respirando con dificultad, observando cómo el fiscal volvía a mirar a un lado y lo observaba de reojo—. Yo... yo... uf...

A Phoenix le parecía muy tierno su rival cuando las emociones lo sobrepasaban y no sabía qué hacer con ellas; bajaba la guardia y le apetecía abrazarlo y consolarlo; volvía a la infancia, entre aquel olor a hierba, el tacto a hilo de mantel, el sabor del batido de cacao y la brisa de otoño con los cielos repletos de nubes viajeras, esponjosas, formando dibujos. Cerró los ojos para ver mejor todo eso, para volver a sus inocentes nueve años, donde para demostrar cariño nadie titubeaba en besar al culpable de su falta de cordura; donde nadie fingía nada; donde, simplemente, se amaba y ya está, sin pensar en el futuro, o si era correcto sentir algo tan bonito por una persona de tu mismo sexo, donde Miles le correspondía y le sonreía ante su declaración. El recuerdo, de repente, se hizo muy vívido, y volvió a sentir los labios de Miles sobre los suyos, una, dos, y tres veces, solo que esta vez no eran tímidos ni dubitativos; parecían demandar furiosamente algo más fuerte. El recuerdo se desvaneció porque Edgeworth lo estaba apretando con fuerza contra la puerta del coche: su cuerpo yacía acomodado sobre el suyo, y Edgeworth había apoyado la frente en su hombro, temeroso de abrazarlo: era real. Se separaron brevemente, como si ambos quisieran comprobar que no fuese un sueño, con las pupilas dilatadas, gritando un deseo que ambos habían tenido preso; se reflejaron el uno en el otro, y comprendieron. Wright le agarró de los hombros e intercambiaron posiciones, y entonces fue el abogado quien le dio un buen repaso; sintiendo el corazón a cien, tiró del pañuelo de tela ondulado de su compañero y dijo, con voz muy ronca:

—Quítate esta cursilada. Quiero marcarte, eres mío —el fiscal lo ignoró y en lugar de eso acunó su rostro entre las manos.

—Ya me marcaste, abogado. Lo hiciste con nueve años; desde entonces, soy tuyo y de nadie más.

Phoenix volvió a besarlo. Dios, no se cansaría nunca de recorrer esos labios, de su sabor, de su textura. Apenas los había probado y ya quería más. Un calor ardiente le quemó las entrañas; unos golpes desacompasados retumbaron en su pecho.

—Hagámoslo en el coche —Miles no daba crédito. Pestañeó varias veces, y esbozó una sonrisa sardónica, todo sonrojado.

—Wright, eres virgen. Creo que deberíamos intentar algo más clásico —Edgeworth se apartó un poco, pero puso ambos brazos alrededor de Phoenix, solo por si se le ocurría escaparse—, además, te recuerdo que sigues secuestrado.

—Por eso —le pasó la mano por el cabello, como si quisiera memorizarlo. Había soñado tantas veces con acariciarlo así—, borra este mal trago de hoy, Edgeworth; haz que lo recuerde siempre, pero por ti.

Miles besó al otro en la mejilla y miró al suelo, aunque lo único visible fuesen sus cuerpos pegados.

—¿Qué pasa? —el fiscal alzó sus orbes grises, inseguro de responder.

—Nada. Solo que no creí que me quisieras; pensé que era admiración, o una etapa de confusión en tus tiernos nueve años.

No quería decirle que el gilipollas de Winther le había hecho estar celoso como una mona porque ignoraba su relación, y la confianza entre ambos parecía ser mutua.

—Pero intenté demostrártelo y no me dejaste —se quejó Phoenix, y Miles prefirió callar. Phoenix no había actuado por interés, sus reacciones no estaban más allá de un plan para humillarlo o desestabilizarlo. Miles odiaba ser tan inseguro, probablemente, Wright jamás hubiera pensado algo así.

—No creí que estuvieras en tus cabales.

—Me confundiste. Me sentí totalmente rechazado. ¿No estabas seguro de querer tener algo conmigo? —Phoenix acarició los brazos envueltos en el traje magenta, cuyo propietario dejó ver una sonrisa torcida.

—Wright… yo tuve muy claras las cosas desde los nueve años.

—Ya veo… querías ser abogado y te hiciste fiscal —bromeó Phoenix.

—Pero continúo embobado por el mismo idiota. Y sabes muy bien los motivos por los que me hice fiscal, después del episodio de mi padre; ahora, con gusto cambiaría.

—Siempre puedes ser un buen fiscal ocupado en descubrir la verdad, tal como has hecho hoy —Phoenix volvió a acariciarle el cabello.

—Perseguiré a Winther aunque sea lo último que haga —prometió, apretándole la mano—. Aparte de la detención le haré llegar una multa generosa.

La repentina posesividad hacia él le abrumó. Sonrió.

—No quiero saber nada de él. Descarga toda tu energía en hacerme feliz. Sal conmigo. Te he estado esperando todos estos años, me hice abogado para encontrarte; y ahora que lo he hecho, asume tus responsabilidades —Miles desvió la vista en la distancia, y Phoenix, notándole inseguro por algo, preguntó—. ¿Qué es lo que no tienes claro?

—Wright. El día del yo nunca, cuando te preguntaron si habías besado a algún abogado, ¿por qué dudaste de si beber o no?

Phoenix trató de recordar ese instante, porque, sinceramente, se le había olvidado.

—Ah. Entiendo. ¿Creíste que tenía algo con Winther? Por eso me rechazaste. Creías que me veía con él y de paso confraternizaba contigo, quizá para sacarte algo, ¿no? —Miles se sonrojó, sorprendido de la agudeza del otro, pero no respondió. En su lugar, una mano se posó en su cadera— Fallaste estrepitosamente. Dudaba porque no sabía si la pregunta se debía a un abogado en firme o a alguien que quería serlo. Porque tú entonces ya lo parecías, llevándote esos libros de leyes a la escuela. Y por eso dudé. Eres idiota.

Miles pestañeó, el sonrojo aún visible en su rostro.

—Yo también te quiero.

Ambos esbozaron una sonrisa y Phoenix se permitió soñar.

—¿Qué crees que pensará el juez? —Edgeworth se echó a reír ante la imagen de un juez viéndolos de la mano por las salas del juzgado.

—Creo que fue el único que se dio cuenta de que realmente me apetecía verte sin ropa en el tribunal.

—Te haré un espectáculo más privado, si no te importa —Miles asintió, y volvió a besarlo, esta vez con calma, con parsimonia, usando la lengua, notando la entrepierna de Wright aumentar por momentos. Agarró su corbata, atrayéndole, y le miró a los ojos con intensidad.

—Me alegra haber ganado a Winther.


Phoenix se incorporó, sintiendo un duro latigazo en la parte baja de su espalda, allí donde pierde el nombre. Esbozó una sonrisa, cerró los ojos, inspiró el aroma tan familiar de su compañero y se dejó llevar por el recuerdo de los últimos días. Miles Edgeworth era ahora su pareja y él acababa de perder la virginidad con la única persona a la que siempre quiso. Sonrió, recordando la sutileza y a la vez la posesividad del fiscal reclamándolo como suyo, los besos acorralándole y sus movimientos inseguros pero constantes. Lo amaba. Después de tanto tiempo, parecía haberse hecho un hueco en la mente del fiscal, y de alguna forma, llegar a su frío corazón. Se dio la vuelta, hundió la nariz en la almohada, aspiró el aroma de ambos mezclado y recordó cuando estuvieron en esa cama por primera vez; cuando Miles le limpiaba la herida, ahora totalmente sana aunque con una severa marca.

Desde entonces, siempre se paraba en esa zona para cubrirla de besos, como si fuera el lugar sagrado de su cuerpo; por suerte, no se detenía ahí. De hecho, Edgeworth era bastante pasional en la cama; Phoenix quedó muy asombrado tras su primer encuentro, y más feliz al comprobar que las constantes sonrisas del fiscal tenían mucho que ver con él. Cerró los ojos para dormir un poco más: estaba solo. Edgeworth tenía trabajo y volvería tarde. Además, el viernes harían un viaje a Kurain, donde Larry pasaba unos días, para contarles la gran noticia. Phoenix se preguntó qué diría el viejo Larry, si lo tomaría bien o tal vez los ignoraría en pos de su nueva modelo. Cómo lograba Larry salir con tremendos ejemplos de la raza humana, era todo un misterio. Aunque después de todo, Phoenix cada vez se convencía más de que ciertas relaciones estaban predestinadas. Desde muy niño admiró a ese pequeño que salió en su defensa aquel día: años después, podía discernir que sí, con Edgeworth todo había comenzado por admiración, pero nunca se quedó ahí. Cuando el fiscal le confesó días atrás que él también lo admiraba por su coraje y tenacidad, se echó a reír ruidosamente. Miles, el fiscal más frío y aparentemente insensible, adoraba su naturaleza pasional y decidida. Todo un complemento.

Después de haber salido a correr, a comprar en las inmediaciones y de charlar con Maya por teléfono, la puerta se abrió y Phoenix se encontró saltando del sofá como si fuera el perro que da la bienvenida a su dueño. El inconfundible traje magenta hizo su aparición y Phoenix suavizó la mirada, atento a todos los movimientos de Miles, tan comedidos, tan perfectos.

—Buenas tardes —dejó a un lado el maletín y se deshizo de la chaqueta. Llevar traje en verano era todo un despropósito. Apenas se había quitado el pañuelo del cuello cuando unos brazos lo inmovilizaron.

—Te he echado de menos, fiscal engreído —Phoenix repartió unos besos por su oreja, y le ayudó a quitarle el pañuelo.

—Recuérdame que te ate cuando quieras morderme aquí —señaló Edgeworth—. Hace calor y me gustaría airear mi esbelto cuello.

Phoenix miró con cariño ese largo cuello, ahora desnudo y lleno de chupetones. Pasó un dedo con suavidad.

—Creí que lo llevabas porque creías estar elegante... —Edgeworth se volvió, con la mirada dura, enfrentándolo.

—¿Creía? No creo nada. Hasta tú has caído por mí —Edgeworth paseó la vista por el pijama de Wright, uno de sus pijamas. Ya no tenía que contenerse al verlo en ellos, tenía permiso para quitárselos o para observarle con lascivia sin fingir. Se arrodilló y tiró de los pantalones hacia abajo: una protuberancia importante estiraba la ropa interior, pugnando por ser liberada. Miles no esperó mucho y también la quitó; Phoenix casi pierde el equilibrio y la sensatez al sentir los dedos de su compañero alrededor de su pene, meciéndolo despacio. Los ojos de Miles brillaban con infinita adoración mientras regalaba atenciones completamente concentrado; cuando sus labios entraron en juego, Phoenix perdió toda cordura: hundió los dedos en el cabello grisáceo de su compañero, tratando de imprimirle un ritmo. Miles se retiró justo cuando Phoenix creía alcanzar la cima; el muy capullo sabía, gracias a sus gritos y jadeos, en qué parte del camino se encontraba. El moreno se agachó para deshacerse de la camisa de Miles, se quitó la suya y tumbó al fiscal para besarlo sin pausa. Las manos de Miles lo agarraban tan fuerte que en ocasiones le dejaba marcas, pero Phoenix nunca se quejaba. Esa pasión del otro le aturdía, le dejaba k.o., rogando por más contacto, más besos, más caricias. Cuando apenas pudo respirar, se apartó de él y acunó su rostro sonrojado con las manos, su cara perfectamente afeitada, sus labios entreabiertos, deseosos de más, sus ojos grises brillando con pura lascivia. Ambos trataron de recuperar el ritmo de la respiración. Phoenix, aún sobre él, arrimó su cara, cerró los ojos y pronunció contra sus labios:

—Te amo, Miles Edgeworth —como respuesta, el otro lo abrazó, volviendo a besarlo en otra tanda donde sus bocas quedaron hinchadas, gastadas, cansadas de bailar—. Fóllame contra el suelo, ahora.

Edgeworth sonrió. Le sorprendía esa faceta de Wright: pasaba de ser ñoño a ser vulgar con la misma rapidez que su automóvil. Se levantó, se deshizo de sus pantalones y ropa interior mientras Wright, tirado en el suelo, trataba de prepararse para él, repitiendo su nombre. Con dedos temblorosos, abrió la mesita donde guardaba los condones y acertó a sacar uno de ellos. Se deshizo del envoltorio, utilizó un poco de lubricante y tras dos caricias mirando a su amante retorciéndose en el suelo, lo colocó, despacio. Se arrodilló frente a Wright, quien le mordió el cuello, por enésima vez, probablemente, dejándole una nueva marca, y pellizcó sus pezones para luego lamerlos, algo que a él le volvía loco. Tras un fugaz intercambio de caricias entre ambos, Miles se deslizó por aquel túnel divino y embistió con fuerza, produciendo un grito desgarrado de la garganta de Wright. Él apenas hablaba: no quería romper el momento con palabras insulsas y pueriles; Wright, sin embargo, vocalizaba todo lo que sentía: tócame aquí, así, más deprisa, jadeos varios, gritos salvajes, demandantes, movimientos firmes, posturas candentes; todo un abanico de formas conspirando para volverlo loco, para hacerlo durar lo menos posible; era extraño complementarse con alguien que parecía exprimir el sexo de forma tan radiante, cuando él gozaba follando con pasividad, con autocontrol, reclamando una y mil veces su propiedad tan preciada, tan valiosa. A veces, Wright sollozaba ante este método y se masturbaba con tanta rapidez que terminaba mucho antes que él. Miles se reía, le acusaba, le decía que era un flojo, que no sabía esperar, que debía disfrutar el sexo como si paladease un buen plato de comida, pero Wright solo le miraba y decía "no puedo, Miles, eres mi perdición". Y cuando Edgeworth sentía el orgasmo próximo, jadeaba y mordía al abogado en la barbilla, en el cuello, en el hombro, para ahogar su pasión y hacerla estallar dentro de su cuerpo. Wright se quedaba jadeando un poco más, como si le costase volver a su estado natural, como si se convirtiera en una bestia salvaje y realizara la transformación a ser humano. Acarició su cabello puntiagudo, tiró de él y le susurró al oído:

—Mis vecinos empiezan a sospechar que estoy montándome orgías a diario.

Phoenix tardaba en contestar, pero lo hacía con mucha ironía.

—No lo creo: eres un estirado, pensarán que estás viendo porno.

—La chica tiene una voz decididamente varonil —rio el otro, apartándose de su cuerpo, agotado, y girando el cuerpo de Phoenix para constatar su salud—. Tienes todas las rayas de mi suelo en tu espalda. ¿Estás seguro de que no te gusta más la cama?

Phoenix se incorporó, sin apenas fuerza, casi sin ánimos para levantarse, recuperándose tan lentamente...

—Quiero hacerlo en tu coche. Quiero hacerlo en todos los sitios posibles, contigo.

—¿En el tribunal también? —Miles se sentó, recuperando su ropa, y Phoenix lo miró, muy serio.

—Quiero que Gumshoe nos mire. Y el juez.

—Sí —rio Miles—, también llamamos a la señorita Hart, para que nos haga unas fotos. Estás loco, Wright.

En ese romántico instante, las tripas de Phoenix pidieron atención inmediata, lo que sacó una sonrisa a ambos.

—¿Comemos?


CONTINUARÁ