Notas de autor: Bueno, y aquí estoy con la parte final, siempre tan profesional y cumplidora, termino el fic antes de irme de vacaciones para no dejaros con las ganas de saber qué ocurrió después.
Puedo decir que escribir este fic me ha traído mucha satisfacción, independientemente de vuestras opiniones, ya que me ha hecho conocer gente estupenda y decidirme a crear un foro en español para esta pareja, ya que solo hay foros y comunidades en inglés, así que sois bienvenidos para pasaros por allí y comentar. En principio el foro está dedicado a la pareja Phoenix/Miles, pero hablaremos de lo referente al videojuego y hasta haremos nuestros propios campeonatos de fics si se anima la suficiente gente.
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¡Animaos! De momento acabamos de empezar porque solo somos dos personas, pero espero que si leéis esto y os entra el gusanillo, vengáis al foro para hacer un grupo majo donde podamos dar rienda suelta a nuestras perversiones, digo, ilusiones. XD
Dedico esta parte del fic a Mia Attorney, gracias por comentar y por mantener viva tu ilusión por esta pareja.
Y mis gracias infinitas a Paradice-Cream porque el fic, sin ella, nunca hubiera sido el mismo.
Un caso arduo, un serio atraco y un sentimiento nunca olvidado
FanFiker_FanFinal
Beta: Paradice-Cream
8. En familia
La brisa fresca de Kurain y las montañas escarpadas eran todo un regalo en contraste con el calor sofocante de Los Ángeles. Cuando Miles y Phoenix llegaron a la villa en el automóvil rojo, con una maleta, Pearl les salió al paso, abrazando las piernas de Nick y saludando con una reverencia a Edgeworth. Arrancó la maleta de la mano del fiscal y la llevó con ambos brazos.
—¡Vas a caerte, Pearly! —gritó Maya desde la casita con estructura japonesa, pero la pequeña la ignoró. Contempló a ambos caminando con parsimonia hacia ella y se lanzó a abrazar al abogado.
—¿Qué tal el viaje, Nick? ¿Cómo se siente teniendo chófer? —hizo un guiño a Edgeworth, quien se sonrojó—. ¿Cómo estás, Edgeworth?
—Hola, Maya —la chica le besó en la mejilla y ladeó el cuello.
—¿Qué es est...? —Miles apartó la mano de Maya, que iba directa hacia su cuello. No quería tener que mostrar los regalitos que Wright le hacía en las sesiones pasionales.
—Me he atado el pañuelo demasiado fuerte —obviamente, Maya lo miró con burla, pero no insistió y los hizo pasar a un salón enorme sin apenas mobiliario, con una mesa de té y cuatro pequeños zabutones para sentarse. Pearl les trajo té y Maya pidió que avisara a Larry, que dormía en una habitación.
—Larry llegó ayer. Borracho. Tuve que ir a buscarle a la estación —informó la chica.
—Qué patético —dijo Miles—, ya tendré una charla con él.
—Al parecer, le había dejado su novia —Maya miró al techo, dubitativa—. ¿Cuántas novias ha tenido Larry, Nick? ¿Diez, quince?
—Ciento veinte —sonrió Phoenix, y ante la cara estupefacta de la chica, aclaró—. Nadie lo sabe, es otro de los secretos que habrá que arrancarle.
—Um —Maya se inclinó hacia Miles, sentado frente a ella, con la cabeza sujeta por sus manos, los codos apoyados en la mesa, esbozando una malévola sonrisa—. ¿Es bueno Nick en la cama?
Qué suerte que Miles no tuviera en ese instante la taza entre sus dedos, o el té en su boca; lo habría escupido. Sí, sí, ya sabía lo directa que podía ser Maya, pero aunque se había preparado para un buen interrogatorio, pensó que la chica tiraría por el lado romántico.
—Grita mucho —dijo Miles con un sonrojo evidente, evitando mirar a su compañero, quien lo pateó por debajo de la mesita. La reacción de Maya fue aún más exagerada, elevándose de la mesa.
—¡Muy bien, Nick, te lo has tirado! Cuánto te envidio, capullo. Edgeworth es muy atractivo y...
Del rostro de Phoenix pareció sobresalir una boca llena de dientes preparados para atacar.
—¡Nada de eso, es mío! Te prohíbo que lo toques, lo beses o fantasees con él. Búscate a otro —Maya volvió a sentarse, y señaló.
—Vaya. Antes no parecías estar tan colado. Edgeworth, cuando yo le decía que a ti te gustaba, me ignoraba y no me hacía caso. Decía que era imposible que te hubieras fijado en él, que eras un témpano de hielo y que... —la entrada de Pearl al salón fue agradecida por ambos. La pequeña se sirvió té como una experta, lo olió, testó su temperatura y se sentó.
—¿Cómo está el inspector Cutre? —Maya estalló en risas y Edgeworth le explicó que Gumshoe seguía trabajando con él. Pearl sacó algo de su bolsillo y lo mostró—. Le he hecho un amuleto de la suerte. Debería vigilar su dieta, señor Edgeworth, el inspector come muy mal, solo le gustan los fideos instantáneos.
—Lo tendré en cuenta cuando salgamos a cenar por ahí —sonrió Miles, asombrado porque Pearl fuese tan directa. Era una ternura escuchar a Pearl expresarse con toda su intención de ser una adulta más.
—He hecho la cena de hoy: tofu frito con rebozado de garbanzo. ¿Le gusta el tofu, señor Edgeworth?
—Claro —sonrió este.
—¿Cuándo vais a comer buenos chuletones, Maya? —dijo Phoenix notando cómo su estómago le pediría llenarlo aún más a mitad de la noche. La chica se encogió de hombros. En la cocina Fey no solían comer demasiada carne, y definitivamente, Pearl era vegetariana. Ella no tenía ninguna gana de probar "cadáveres sangrientos" como los llamaba.
—La comida vegetariana es muy equilibrada, Wright —Pearl unió las manos, emocionada, y preguntó al fiscal:
—¿Cuál es su plato favorito?
—Los caracoles —Pearl pareció a punto de echarse a llorar y Miles miró con desesperación a uno y otro—, pero también las gambas, los mejillones, el pescado... Wright, ayúdame.
—No pasa nada. Pearl, el señor Edgeworth come caracoles cuando han llegado a una edad muy avanzada y ya no se pueden desplazar.
La niña pareció entender y volvió a sonreír. A Phoenix se le escapó una risita y Miles le golpeó, ordenándole callar. Maya la mandó a por más té.
—Lo siento, es un poco sensible con la comida —Phoenix no podía parar de reír. Adoptar a Miles en su mundo particular iba a ser toda una experiencia.
Larry se resistía a despertar, aludiendo una resaca de caballo, y Maya le dio una aspirina; sobre las seis de la tarde, Miles y Phoenix volvieron de caminar por el bosque y se sentaron a cenar. Larry ya estaba despierto y los saludó con cierto rictus de derrota. Comenzó a contar su historia con la última novia mientras Maya y Pearl traían los platos a la mesa. Miles decidió ayudar a las chicas porque no quería aguantar los lloriqueos de Larry, quien, seguramente, volvería a beber esa misma noche y quién sabe si no les cantaría a los peces del jardín. Al fiscal le sorprendió encontrar una cocina tradicional con horno de leña en la mansión Fey; las paredes cubiertas de antiguos utensilios para cocinar y mucho pescado y platos ligeros.
—Por la canalización, nuestros cuerpos necesitan mantenerse ligeros; por eso aquí no se come mucha carne. Una pena, ¿no?
—No soy muy amante de la carne, prefiero el pescado. Maya —la joven se volvió para ver a Miles algo inseguro, mirando en la dirección de Pearl, que batía unos huevos.
—Está bien, Edgeworth, no te preocupes.
—Sí lo estoy. Esa niña os adora a ti y a Nick y no sé cómo se tomará el hecho de que nosotros...
—No te preocupes, la he estado preparando para eso, le he dicho que me gusta un chico de aquí —Edgeworth se preguntó si la pequeña se conformaría con ese cuento. Por Phoenix, conocía la tremenda obsesión de Pearl por Maya y Phoenix como pareja; quizá le echara de la mansión esa misma noche. Por si acaso, se había llevado un cojín y una manta para dormir en el coche.
La cena fue agradable y amena, con Larry conversando sobre sus anécdotas haciendo entrevistas, Maya riendo y aportando otras anécdotas de Kurain; Pearl cuidando de que todo el mundo tuviese algo servido en los platos; Phoenix riéndose y pasándolo bien y Miles preocupado mientras miraba las gambas y pensaba qué diferencia habría entre unas pequeñas gambas y unos caracoles, si apenas eran lo mismo y a Pearl no parecía importarle el destino de las primeras. Maya les obsequió con un dulce tradicional de la casa Fey como postre, que consistía en un bollito de hojaldre relleno de arándanos y del que Larry repitió tres veces, mientras se lamentaba porque quería comer todos los días cocina decente, y para ello se tenía que casar, y ello le llevó a recordar su última conquista y volvió a marearlos a todos con Crespulita.
—Si puedo darte mi opinión —dijo Miles, un poco molesto—, te diría que te apuntaras a un curso de cocina. La mujer no sabe cocinar porque esté en su ADN; además, es un pensamiento machista y retrógrado.
Pearl aplaudió, y Larry volvió a lloriquear.
—Estupendo, Edgey, me haré cocinero, no me importa. Dime, ¿me prestarás tú el dinero que cuesta el curso? No creo que sea barato.
—Deja de gastártelo en viajes y copas con tus churris y comienza a ahorrar, Larry, como hacemos Edgeworth y yo —añadió Phoenix, aunque entendía en parte a su amigo, porque él no cobraba suficiente ni siquiera para hacerse un pequeño viaje; se vio en el futuro, pidiendo en la calle para poder satisfacer los caros gustos de Edgeworth si no quería que le diera una patada y lo cambiara por otro. Aquel pensamiento le hizo deprimirse. Miró a Miles: él ya lo tenía todo: era guapo, inteligente, responsable, tenía piso, coche, un sueldo más que decente y un increíble guardarropa. ¿Por qué demonios se había fijado en él? Es como si Gumshoe saliera con Lana Skye. Aún no se lo explicaba.
—Lo que no entiendo es una cosa: si vosotros estáis siempre rodeados de bellezas extraordinarias, ¿por qué no les echáis el lazo, tíos? —Maya apretó los puños. Si Larry añadiese que cualquiera de ellas le valía, le plantaría un puñetazo bien dado, sin remordimientos.
—Me gusta el rumbo que ha tomado esta conversación —empezó Miles—, de hecho, nos viene muy bien para algo que tenemos que deciros. Wright.
El abogado lo miró, atónito.
—¿Qué? ¿Yo? ¿Por qué?
—Porque aquí hay más amigos tuyos que míos. Por eso. Dispara —Phoenix tragó saliva, contemplando las caras expectantes de Maya, Larry y la pequeña Pearl, mientras Edgeworth, cruzado de brazos y con una solemne cara de mando, aguardaba sin mucha paciencia. Finalmente, Phoenix sonrió y una malévola sonrisa asomó a su rostro. Si iba a ser él quien hablara, avergonzaría a su pareja.
—Yo ya he echado el lazo al mejor partido de Los Ángeles: tiene dinero, un bonito automóvil, un cuerpo impresionante, un trabajo indefinido y me quiere.
Larry se levantó como un resorte, totalmente emocionado.
—¿En serio, tío? ¿Tú y Edgey estáis juntos? —las caras de ambos fueron un poema. Edgeworth enrojeció aún más tras la descripción de Phoenix; Phoenix lo miró, algo fastidiado por haber sido eclipsado por él, después de un estupendo monólogo; Pearl pestañeó, confusa, y Maya estalló en risas.
—Qué tierno, todo el mundo lo sabía menos vosotros…
—¿Qué ocurre, Maya, la mística?
—Nick y el señor Edgeworth están enamorados —Pearl abrió unos ojos como platos, y una boca tan grande como un buzón. Maya observó cómo Miles la miraba, puro miedo a ser rechazado plasmado en el rostro.
—¿Dos hombres pueden enamorarse? —fue la pregunta de Pearl, algo descolocada.
—Claro que sí, ¿por qué no? Aquí en Kurain no sucede mucho, pero en la ciudad es muy común porque hay mucha más gente y también mucho más donde elegir.
—¿Ellos se han elegido? ¿Nick y el señor Edgeworth se han elegido entre millones de personas? —Maya asintió, y los ojos de Pearl brillaron con sobreexcitación. Realmente, Pearl no tenía prejuicio alguno; simplemente, vivía en una sociedad muy clásica, con matrimonios arreglados. Saber que una pareja se había unido de forma romántica le hacía pensar en el maravilloso mundo que había allá afuera; ella también quería una pareja así de mayor. No alguien que eligiera su familia, sino algún chico que encontrara en algún viaje a las montañas, o quizá en el parque de atracciones, o tal vez yendo al río a pescar…—. Enhorabuena, Nick. También a ti, Edgeworth. Haceos felices y no os peleéis.
—Um. Lo tendré en cuenta —Miles recibió la felicitación algo impresionado: no esperaba esa alegría por parte de nadie. Su rostro se ensanchó y mostró una sonrisa espléndida, mientras Pearl le sonreía.
Phoenix seguía mirando a Larry con suspicacia. Quería saber por qué demonios su mejor amigo lo sabía.
—No me mires así, tío. Se notaba mucho. Edgey ya estaba completamente colado por ti en secundaria; el día del picnic solo quise dejaros solos para ver si tú sentías lo mismo—Phoenix cerró la boca, y su expresión cambió completamente. El día del picnic. ¿Sería posible que gracias a la generosidad de Larry, ellos dos hubieran acabado emparejados? Con razón Edgeworth le dijo que Larry lo había hecho adrede, aunque jamás pensó en eso; creyó que Larry estaba más interesado en ligar con niñas. Quizá fue un poco de todo, concluyó.
—Así que se notaba mucho —habló Edgeworth mirando a Larry—. Ven conmigo, quiero interrogarte.
—¡Eh! ¡Esto no es un juicio! ¡Protesto!
Como Larry se fuera arrastrado del brazo por Edgeworth mientras Pearl los seguía, animándolos, Phoenix y Maya se quedaron frente a la mesa, recogiendo los platos.
—Me alegro tanto, Nick. ¿Cuándo te mudas?
—No me mudo, Maya. No podemos ir tan deprisa. Edgeworth es de los que van despacio. Me costó mucho convencerlo de que tuviéramos relaciones tan pronto, decía que quería esperar.
Maya lo miró, soñadora.
—Eso es encantador.
—No lo es. Todavía tengo clavados los muelles de mi sofá en la espalda. ¿Cuánto crees que tardará en pedírmelo? Su cama es gloriosa…
—Creo que no lo hará. Pensará que es muy aburrido para ti irte a vivir a su casa.
—¿Qué? —Phoenix no entendía nada. Deseaba estar con Edgeworth todos los días, pero conocía el temperamento del fiscal: le gustaba la soledad y la tranquilidad, y con él no la tendría. Ambos habían establecido que a diario se verían poco y los fines de semana Phoenix se quedaría secuestrado en el piso de Miles.
Es tan excitante ser secuestrado por el fiscal más caliente de Los Ángeles…
Y aún más ser foll…
—¡Nick! Tienes una cara de salido que me preocupa. Por favor, no hagáis ruido esta noche, me da envidia.
Cuando todos se retiraron a dormir, Phoenix y Miles entraron en un cuartito donde había un enorme colchón sobre el suelo; a los lados, dos mesitas, en una de ellas, dentro de un pequeño jarrón transparente, varias ramas de lilas silvestres, para decorar; en la otra, tres enormes velas de color blanco. Una puerta comunicaba el cuarto con el jardín, y Phoenix la abrió para contemplar la noche estrellada. A su lado, un azorado Edgeworth lo miraba, vestido ya con el pijama.
—Mira, Wright, hay luciérnagas —el abogado las localizó, volando alrededor del patio y del pequeño charco con peces; se desplazaban despacio, dándole al lugar un aire más solemne. Phoenix recordó haber estado con Maya en ese mismo lugar, aunque no en el mismo cuarto; los dos miraban la luna mientras compartían preocupaciones. Ahora, el fiscal yacía a su lado, en silencio, ajeno a su increíble sensualidad. Decidió ponerse el pijama, ignorando el batir apresurado de su pecho y el cantar de los grillos, siendo incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera su amante, sentado mirando el jardín.
—Es un buen sitio para vivir —murmuró Edgeworth con miedo a levantar la voz y romper el encanto. Phoenix se colocó tras él, con las piernas abiertas para rodearle. Aspiró su aroma y besó su cuello.
—Cualquier sitio está bien si se vive contigo —silencio. A Edgeworth todavía le avergonzaban ciertos elogios, se ponía tenso, como si estuviera hablando de otra persona—. Dime una cosa, Miles, cuando te pregunté en la cafetería si tenías alguna táctica para no saltar sobre tu conquista, ¿por qué me mentiste?
—No te mentí. Realmente no tengo ninguna táctica —el fiscal acarició el muslo de Wright, perdido en sus pensamientos.
—Pero a mí me cuesta tener las manos lejos de ti —admitió, repasando con las manos las líneas de su pecho.
—Si yo te hubiera rechazado, ¿te habrías ido de Los Ángeles?
—Sí —le susurró en la oreja, lamiéndola con fervor.
—Mentiroso. Te conozco. Sé que no hubieras renunciado. Me habrías torturado con tu imagen en todos los juicios y me hubieras emborrachado para aprovecharte de mí.
—¿Eso crees? —sonrió sin dejar de prodigar caricias al fiscal. Notaba cómo se aceleraba el latido de su corazón y él comenzó a excitarse—. Lo que yo creo es que fuimos un par de idiotas. Si realmente sentíamos algo y estuvimos tanto tiempo escondiéndolo, ¿por qué lo hicimos? Es decir, ¿no sería más fácil habernos sincerado?
—No, Wright. Jamás hubiera superado tu rechazo, por eso nunca te dije nada. No estaba seguro de que te hiciera gracia; ni siquiera creía que te gustaran los hombres.
Phoenix prefirió callar y no relatar el episodio con Dahlia Hawthorne, con quien sí se había besado y mantenido una relación, aunque muy casta.
—Pero si te mandé un montón de señales… de verdad, me cuesta creer que no las vieras.
—Sí las vi, pero creía que tramabas algo con Winther. Nunca habías estado tan cerca de mí y eso me puso en guardia.
—Pero ¿por qué sospechaste de Winther? Nunca me viste hacer ninguna maniobra que te diera derecho a pensar eso. ¿O sí? —el silencio de Edgeworth fue tan aplastante, que Phoenix lo giró.
Miles suspiró, y pensó que había llegado la hora de confesar.
—Os vi en el tribunal, el día que le entregaste el traje —Phoenix se perdió en los acerados ojos del fiscal, y abrió mucho la boca—. Y te pregunté varias veces por qué fuiste a Watts, y solo me dabas largas. ¿No eran esos motivos suficientes?
Phoenix le besó con suavidad en el cuello y Miles apretó los brazos de Wright que yacían alrededor de su cuerpo.
—Mmmmm, tengo que castigarte por haberme hecho esos feos —Phoenix sonrió. El poder estar tan cerca del fiscal, invadiendo su espacio personal, rozándole, casi le parecía mentira. A pesar de todo, Edgeworth seguía sin tomar demasiado contacto con él salvo cuando tenían sexo; parecía ser una costumbre aprendida. Una pena, porque él quería estar todo el día colgado de su cuerpo, cual mono de feria.
—Wright —el fiscal se revolvió sobre sí mismo para quedar frente a frente. Phoenix le retiró un mechón de pelo y acarició su mejilla. No podía dejar de tocarle, era como una droga—. ¿Por qué te gusto?
La pregunta, hecha con toda la seriedad del mundo, le hizo estallar en carcajadas. Quiso burlarse, pero la mirada de Miles era dura y exigía respuesta.
—Bromeas. ¿Te has mirado a un espejo? Espera. Eso lo haces todos los días. ¿Por qué preguntas eso?
Miles pareció sufrir de dolor de cabeza, porque se talló las sienes con los dedos.
—Aparte del físico, claro.
—Te admiro —Phoenix elevó los ojos, para enumerar más cualidades—. Tú fuiste la razón por la que me hice abogado; supuse que te encontraría en algún tribunal si elegía la misma profesión que tú; me gusta tu sentido de la justicia, me gusta que siempre quieras superarte a ti mismo; me gusta que a veces las emociones te embarguen por cosas tan nimias que nadie le daría importancia; me abruma tu profesionalidad y eres muy tranquilo. Podría pasarme horas a tu lado aunque no dijeras nada. Y cuando te fuiste no podía imaginarme en un mundo donde tú no estuvieras vivo.
Miles pestañeó, inseguro.
—¿No te aburro?
—¿Aburrirme? Tienes muchos temas de conversación, y cuando hablamos, lo hacemos durante horas.
—Entiendo —asumió el fiscal—, pero soy… serio. Tú estás acostumbrado a tipos como Larry, chicas como Maya.
Phoenix volvió a echarse a reír.
—¿Larry? Larry no se calla, es bruto, inconstante y nunca cumple lo que dice; además, siempre se mete en líos. En cuanto a Maya, sí la quiero mucho, pero me controla demasiado; a veces necesito tregua. Y es verdad, me río mucho con ella, pero tú tienes tu particular sentido del humor. Y si no, me da igual, me gusta el resto de ti.
Miles se veía completamente sonrojado, como una colegiala, algo que a su edad parecía impensable; miró a Phoenix con verdadero entusiasmo y agradecimiento y le plantó un beso suave y cariñoso. El abogado, impresionado por esa impetuosa muestra de afecto, totalmente imprevisible cuando sales con alguien como Edgeworth, lo estudió detenidamente.
—¿A qué viene esa pregunta? ¿Sigues pensando que tramo algo?
Miles lo miró, molesto. Como el otro no pareciera continuar, señaló:
—Estoy inseguro, Wright —la confesión le cayó al abogado como un jarro de agua fría. Así que era eso… se estaba planteando su relación. Un momento. Si fuera así no lo habría confesado delante de Maya, Pearl y Larry…
—¿Inseguro porque aún no sabes si quieres seguir con la relación o inseguro porque no confías en mí?
—Solo sigo —sus ojos viajaron a un punto fijo en la inmensidad y volvieron a los ojos de Wright—…impresionado porque sientas algo por mí.
Phoenix se levantó, preocupado. ¿Pues no le había demostrado al fiscal cuánto lo quería? Quizá no. Tal vez no lo había hecho bien; a lo mejor Edgeworth estaba incómodo con sus constantes visitas o con sus abrazos. Quizá debía comprarle regalos caros para mostrarle cuánto le quería. ¿Y si no era bueno en el sexo? Comenzó a sudar frío. ¿Y si se había precipitado y realmente Edgeworth no quería sexo con él tan pronto? Dijo que quería esperar, quizá tenía algún motivo. Sudó aún más.
—Wright, ¿qué pasa? ¿He dicho algo malo? —Edgeworth se levantó a su vez, y agarró al abogado por los brazos. Phoenix lo miró a los ojos y entonces entendió la tontería: se echó a reír.
—¡Oh, demonios, somos un par de idiotas! Tú piensas que yo no puedo quererte, ¿por qué? Te he dado mis razones. Pero hete aquí que yo soy mucho menos interesante: llevo menos tiempo en la abogacía, menos casos ganados, ni siquiera tengo coche, ni soy independiente económicamente; tal vez te parezco tonto porque la gente me lía en casos que luego no son remunerados y además sudo como un cerdo. Ah, sin hablar de que no tengo un ápice de gusto por la moda.
Ahora era Miles quien parecía enfadado. Lo tomó de la mano, apagó la luz y lo empujó hacia el colchón. Le retiró la ropa, le dejó en calzoncillos y se posicionó sobre él para besarle con suavidad, los brazos colocados a cada lado de la cara para impedirle escapar, mientras el abogado se enroscaba a su cuerpo, atrayéndolo. El fiscal le prodigó caricias y besos en todo el cuerpo, encendiendo a Phoenix, quien apenas diez minutos después trataba de elevar la cadera para tener aún más contacto.
—Wright, tranquilo, disfrútalo —rio Miles obligándole a bajar la cadera.
—No puedo, Miles, me vuelves loco —el abogado hundió los dedos en su pelo, intercambiaron posiciones y Phoenix comenzó a atacar su cuello.
—Tregua —suplicó Miles, tratando de apartarlo de él, medio divertido. Phoenix le desabrochaba la parte de arriba del pijama cuando se escuchó un golpe seguido de un grito. Ambos se miraron, preocupados, se levantaron con premura y corrieron hacia el cuarto de Maya: allí se encontraron con una interesante visión: Maya, sentada sobre su futón y pestañeando, sorprendida; a su lado, una muy enfadada Pearl tenía subida la manga de su kimono y la mano derecha abierta; frente a ella, un dolorido Larry se tapaba la cara con la mano, en evidente estado de dolor y shock.
—Larry, ¿qué haces en la habitación de las chicas? —inquirió Phoenix, con las manos en las caderas.
—Yo… como vosotros estáis... pensaba que Maya estaba libre y… creí que podría tener algo con ella, pero… tiene guardaespaldas.
Phoenix se apiadó un poco de Larry, porque la derecha de Pearls era bastante temible, él la había probado; si la niña pensaba en Larry tratando de sobrepasarse con su maestra, obviamente, debería haber dolido mucho. Miles, a su lado, lo miró, furioso, y lo cogió del cuello de su camiseta.
—Ven conmigo, Butz, eres una desgracia.
Pearl se plantó ante Phoenix, indignada.
—¡Quería propasarse con Maya, la mística! Venía a contarnos un cuento, pero no me creí nada cuando comenzó a ponerse cada vez más cerca de su futón.
—Cálmate, Pearl, estoy bien —dijo una atónita Maya, todavía asimilando los acontecimientos. Phoenix se arrodilló ante ellas, miró a la niña y dijo:
—Muy bien, Pearls. Aunque no creo que Larry vuelva a acercarse.
—Señor Nick, protegeré a Maya, la mística. Puedes irte a dormir con tu persona especial —a Maya no le pasó desapercibida ese levantamiento de ceja que podía significar "no dormía precisamente, querida", y se fijó en el bonito bulto que adornaba la ingle de su amigo.
—Oh, Nick, siento haberte arruinado la noche —el moreno se rascó la nuca: había sido sorprendido.
—No importa, Maya. Me había asustado, creí que había entrado alguien...
—¡Claro que entró alguien! ¡Entró ese amigo suyo de ojos de borrego! —recordó Pearl, desdoblando la manga en un gesto totalmente horrorizado.
El abogado sonrió ante la descripción, aunque Larry no presentaba peligro alguno. ¿Qué le habría hecho Miles? Pensar en su fiscal todo poderoso vistiendo solo los pantalones del pijama, dominándole, le traía ciertos sentimientos lujuriosos. Tendría que portarse mal algún día, decidió. Unas caricias en el pecho lo despertaron de su fantasía.
—Um. Estás muy bueno, Nick. Creí que con toda esa carne que comes el cuerpo no te haría justicia —observó Maya.
—Qué cosas tan bonitas me dices, y espera que Edgeworth no te pille con tus manos sobre mí si no quieres que te mande al mismo sitio donde ha enviado a Larry —Maya rio y se preguntó qué habría hecho Edgeworth con Larry. Suspiró. Ya no vería a Nick tanto como querría; le agarró del brazo y se apoyó en su hombro.
—Cuéntanos un cuento, Nick. Nos cuesta dormirnos —Phoenix estuvo a punto de añadir que si no le echara tanto azúcar a su té no le pasarían esas cosas, pero se sentó junto a ella, con la cabeza de Pearl apoyada en su regazo y miró al techo, tratando de inspirarse. ¿Un cuento? Sonrió.
—Érase una vez un niño llamado Po que tenía un amigo; un día, los compañeros de clase lo acusaron de que había robado el dinero para el almuerzo de otro niño, llamado Ed. Po se puso muy triste, él juraba y perjuraba que no había robado ese dinero; Ed se levantó de su silla y lo defendió sin dudarlo. Po se quedó muy sorprendido ante la fe de ese desconocido hacia él; pronto se hicieron amigos, Po, Ed y La, el matón de la clase.
Un día, la profesora les pidió a todos los niños que trajeran una cesta de comida para celebrar un picnic; Po y Ed se quedaron solos porque La quería ligar con las compañeras de clase, porque era un mujeriego de cuidado; realmente, La sabía que Po y Ed estaban unidos desde el episodio del dinero, y por algún motivo, no se dignó a aparecer. Ed y Po disfrutaron de la rica comida y después, el primero quiso saber a quién le gustaba Po, pero este tenía vergüenza de decírselo. No quería decirle que era un chico, porque quizá se burlaría, pero tampoco quería mentirle, porque era su amigo, así que le dio tres besos como respuesta, porque a quien quería era a él. Ed se quedó muy sorprendido, y por un momento, Po pensó que lo rechazaría; sin embargo, Ed esbozó una sonrisa enorme y sus ojos brillantes se achinaron. Pero un día, ocurrió una desgracia; Ed se marchó del colegio porque le había sucedido algo a su padre. Po estaba tan triste que no quiso comer durante varios meses. Entonces recordó a qué se dedicaría Ed de mayor y se propuso estudiar lo mismo para poder encontrarlo cuando fueran mayores. Eligió la misma profesión que él, y al final se encontraron frente a unas puertas. Ed le sonrió y se giró para abrir la puerta; después cogió a Po de la mano y sonriente, ambos atravesaron los portones. Estarían juntos para siempre.
Miles Edgeworth acusó el fresco de la noche porque solo llevaba pantalones, y había estado fuera en el jardín hasta que tuvo atado a Larry a un árbol. Así aprendería a no poner las manos donde no debía, aunque se permitió un poco de compasión hacia el tipo, que ni siquiera tenía un trabajo, ni una pareja estable; en la vida de Larry todo debía ser tan fugaz… También sus pies notaron el frío suelo; al entrar en la mansión se dirigió hacia su cuarto, y al verlo vacío volvió al de Maya y Pearl. La niña tenía una tremenda derecha, era peor que Franziska. Cuando el fiscal abrió la puerta, despacio, se encontró una bella estampa: Wright estaba tumbado entre los dos futones; Pearl yacía sobre el suyo, enroscada a la pierna derecha del abogado; al otro lado yacía Maya, tapada por la sábana, con ambas manos agarrando la izquierda de Wright: todos estaban dormidos. Miles sonrió, girando la cabeza en señal de resignación, y dijo, por lo bajo:
—Y tú preguntas por qué me fijé en ti. Todo el mundo te quiere, idiota. Y Maya y Pearl son personas a las que nunca podré ganar.
Cerró de nuevo la puerta y caminó hacia su cuarto. Ya tendrían muchos más días para gozar juntos. Él se encargaría de secuestrarlo más a menudo.
Fin
15/07/2013
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