Capitulo 17: ese vampiro y una confesión
-Sebastian, puedes retirarte- ordenó el conde- vigila a Grell, no me fío de él.
El mayordomo obedeció y se marchó. En cuanto cerró la puerta, Ciel acercó una silla a la cama y empezó a hablar con la intención de que la chica lo escuchara y despertase para así, poder salvarla:
-¿Todavía estás enfadada conmigo? Lo siento, siento que estés así por mi culpa. Si no te hubiera dejado salir de casa seguro que podríamos hacer algo. En muy poco tiempo te has convertido en una parte imprescindible de mi vida y me he dado cuenta de que eres alguien muy especial. Tras la muerte de mis padres nunca pensé que podría sentirme bien cerca de otra persona, aunque no seas humana. Si algún día despiertas, haré lo que sea para descubrir por qué te enfadaste conmigo y conseguiré que me perdones. No quiero volver a perder a nadie...No quiero perderte- el pequeño corazón del conde se abrió sinceramente, aunque sabía que Contessa no le escuchaba se sentía muy bien por haber dicho lo que sentía.
Tras haberse desahogado, empezó a contemplar a la chica. Parecía una muñeca de porcelana expuesta en un museo. El ojo azul oscuro del conde se posó en los finos labios de la chica: tan delicados que parecía que con solo mirarlos se podían romper. Aun así, Ciel se arriesgó y decidió probar aquella fruta prohibida. Se inclinó poco a poco, cada vez estaba más cerca de esos labios que más de una vez había deseado, aunque por estar prometido, debía mantener sus sentimientos ocultos.
Finalmente, posó sus labios sobre los de Contessa y sintió el frío que emitía su cuerpo, cada vez más débil.
El conde rompió el beso arrepentido por haberse dejado llevar por sus sentimientos. Ciel decidió marcharse a buscar una forma de salvar a Contessa cuando escuchó una voz a su espalda:
-¿Es qué no te han enseñado que no se debe besar a una dama sin su permiso?
Ciel se dio la vuelta y vio sentada en la cama a Contessa.
-¿Pero… cómo…- dijo Ciel sorprendido por ver a la chica despierta aunque aún estaba un poco pálida y le costaba mantener su cuerpo firme.
-Tienes un pequeño corte en el labio superior- respondió con dificultad. La chica recorrió la habitación con la mirada para localizar donde estaba y encontró sobre la mesita al lado de la cama la pequeña taza de sangre que le habían preparado para cuando despertara. Con dificultad, consiguió coger la taza y se lo bebió de un solo trago. Tras eso se levantó y se dirigió a la puerta cuando Ciel se puso en su camino.
- No te irás de aquí hasta que me expliques porque estás enfadada conmigo.- dijo el conde muy serio
-Eres bastante cabezota- dijo Contessa aparentando normalidad- acabas de besarme y solo piensas en eso.
Ciel se sonrojó al descubrir que Contessa estaba consciente en el momento del beso. Pero cuando se dispuso a disculparse, vio como dos lágrimas recorrían el rostro de la chica.
-¿Por qué…por qué has hecho eso…? Ahora que había empezado a controlar mis sentimientos…- dijo la chica entre sollozos- Ahora que había conseguido alejarme de ti…
-¿Qué has dicho?- dijo Ciel sorprendido.
-Cuando no fui capaz de matarte, empecé a sospechar. Pero cuando te vi con Elizabeth me di cuenta de todo.
-¿Qué quieres decir?
-¿Aún no te has dado cuenta?- el conde no comprendía lo que Contessa intentaba decirle por lo que se mantuvo en silencio hasta que la chica se desahogara- ¡Aún no te has dado cuenta de que estoy enamorada de ti! ¡¿Cómo has sido tan tonto como para no darte cuenta antes?! ¡¿Cómo has…
Antes de que pudiera terminar la frase Ciel la besó. Con ese simple gesto, ambos mostraron sus sentimientos mutuos sin tener que articular palabra. El rostro de Ciel se mojó con las lágrimas de la chica que habían pasado de tristeza a felicidad porque sus sentimientos fueran correspondidos.
