Capitulo 20: ese vampiro y una casa sola
Al día siguiente, Ciel se levantó más temprano de lo normal. Había recibido una carta de la reina pidiéndole que fuera a Londres a una fiesta en honor a un viejo conocido que había vuelto de la India.
El conde le preguntó a Contessa que si le acompañaba pero la chica se negó alegando que estaba muy cansada.
-Bueno, me voy, llegaré tarde- se despidió Ciel, acompañado por Sebastian.
-¡Pásalo bien!- contestó Contessa que aún tenía el pijama puesto.
Cuando Ciel se fue Contessa de dispuso a poner en marcha su plan. Cogió un caballo y se fue a Londres teniendo cuidado de no pasar por los mismos lugares que frecuentaba Ciel. Recorrió toda la ciudad haciendo toda clase de compras: dulces, flores, ropa...
Con todas las compras ya hechas, Contessa volvió a la casa y empezó a decorar la casa para celebrar el cumpleaños de Ciel. Como sabía que llegaría pasadas la doce había pensado que podría decorar un poco la casa y así felicitarle la primera.
Empezó por los pasillos, la biblioteca, el salón de juegos... Lo último fue el recibidor pero cuando iba a empezar a decorarlo...
Mientras, en Londres, Ciel acudía a un aburrido baile, echando de menos a Contessa. Le extrañaba que la chica no hubiera querido ir a la fiesta, con lo que le gustaban. De pronto, se le ocurrió el porqué de su negativa, era una idea que no se le había ocurrido en todo este tiempo en el que se había olvidado de una persona muy importante en esta historia. Puede que a Contessa le diera miedo aparecer en público, en Londres ya se había extendido el rumor de que el conde de Phantomhive estaba engañando a su dulce e inocente prometida con una extranjera.
Elizabeth, como podría haberse olvidado de ella, es cierto que nunca había sentido nada por ella. Pero, era su prima, no se perdonaría si le hiciera daño, además, su tía lo mataría. Tendría que buscar una manera de romper con Elizabeth sin hacerle mucho daño y sin que Contessa pensara que estaba jugando a dos bandas.
Inmerso en sus pensamientos, el baile terminó y el conde volvió a la mansión deseando que ese día terminara. Pero cuando llegó se encontró con algo que nunca se hubiera imaginado: el recibidor de su casa, hecho un desastre lleno de guirnaldas de colores pasteles, adornos oscuros y todo patas arriba.
-¿Pero qué clase de loco ha hecho esto?- el grito furioso del conde resonó por toda la casa.
-Perdona por ser unas locas- dijo una voz desde la puerta del comedor.
La puerta del salón se abrió y de allí salieron Contessa y Elizabeth, ambas llenas de arañazos y despeinadas.
-¿Qué ha pasado aquí?- preguntó el conde
-Como mañana es tu cumpleaños pensé en decorar la casa para la fiesta de mañana- empezó a contar Contessa- pero cuando iba a decorar el recibidor me encontré con Elizabeth y...
-¡Contessa me dijo que no me quieres!- gritó Elizabeth muy enfadada
-Y por eso os habéis peleado- ambas asintieron
-Ciel- dijo Elizabeth más calmada sabiendo que si seguía tan enfadada no conseguiría nada- ¿Es verdad lo que ha dicho Contessa?
-Bueno- empezó a decir el conde, aunque en realidad no tenía muy claro lo que les iba a decir- es verdad que he sentido algo por Contessa, pero aun no me he decidido.
-¡Que aún no te has decidido!- Contessa que había estado callada todo el tiempo ya no podía soportarlo más, estaba tan furiosa por las palabras de Ciel que hasta sus ojos se habían vuelto incluso más oscuros que aquella vez.- ¡Qué clase de respuesta es esa!¡Después de todo por lo que hemos pasado y ahora me sales con esto! ¡¿Pero quién te crees que somos?!- finalmente Contessa se fue a su habitación furiosa y Ciel le dijo a Elizabeth que volviera a su casa y que cuando Contessa estuviera más tranquila hablaría con las dos y que, sobre todo no dijera nada de lo que había pasado.
