El 22 de junio volvió la comitiva sanitaria a visitarnos, varios meses mas tarde que el año anterior. Resultó ser que la tía les había invitado para la festividad del We tripantü (año nuevo mapuche). En lugar de traer tantos equipos, ese año trajeron montones de libros para la biblioteca de la comunidad, guitarras y dos medios novillos para asar al día siguiente. Viendo que los invitados eran muchos la tía mató cuatro patos y seis gallinas nuevas, nadie va a poder decir que faltó comida en el festejo y mucho menos que los patos tenían gusto a sangre.

En la mañana del 23 de junio los hombres buscaron troncos viejos y ramas rotas para el katral o fogón. Reservando unas ramas de canelo para que la machi hiciera la limpieza del terreno, espantando así los malos espíritus del claro.

Por la tarde, cuando el cielo pintaba su acuarela entrando tibiamente por las ventanas posteriores del salón de reunión, tiñendo de rosado las paredes de adobe, brillando en el techo de paja con su mejor dorado, comenzaron a llegar como un camino de hormigas, mujeres y niñas con bandejas repletas de sopaipillas, yokones asados con piel, muyulquin (bolitas hechas con legumbres molidas) y jarras con chicha de manzana y mudai. El mudai es una bebida elaborada con trigo machacado, pelado y hervido que se deja fermentar en su jugo, se prepara especialmente para una rogativa o nguillatún (ceremonia religiosa).

Alas 22 hs las altas llamas de un fogón temprano iluminaban el frente del salón, a un costado los carbones dibujaban una larga senda contagiada del rojo fulgor del fuego y sobre aquel camino pollos, patos en parrillas y el novillito a la cruz. Tres cuartos de hora mas tarde las ancianas de la comunidad seleccionaban los alimentos que ofrendarían a nguenechen. Ataviadas con sus ropas festivas acomodaron todo en bandejas y jarrones de madera para llevarlos hasta el rehue (altar). La machi vestida también con su mejor quipán (vestido), cubierto en los hombros por su iquilla aquel manto negro bordeado con una delicada franja verde que ella misma tejió en su telar, sujeto con el prendedor que le regaló mi abuelo eximio artesano del retrafe (platería) quien no dudó en forjar dos caburé asechando con sus grandes ojos de plata, de los que solo el tintinear de las flores que giran pendiendo de las cadenas atrapadas en sus garras, distraen de perdernos en sus vacuas miradas. Nos llamó golpeando con un palillo el cuero del tambor ceremonial o kultrum, todos salieron al patio acudiendo a su llamado. La seguimos en silencio precedidos por el lonco quien lucía un poncho con cruces andinas que indicaban su jerarquía, tras el iban las ancianas con la ofenda, luego el resto de la comunidad más los invitados. En rededor nuestro las niñas danzaban choique purrún hasta que llegamos al rehue, una vez allí frente al árbol sagrado las ancianas le ofrecen a nguenechen los alimentos y el mudai. Mientras la machi mojaba con mudai una ramita de folle para realizar las bendiciones, yo me entretuve viendo los rostros de los huincas preguntándome que pensarían de nuestras creencias. Hallé entre ellos, los ojos aniñados de una jovencita cuyo flequillo largo y negro le molestaba tanto como los altos espectadores frente a ella. Parada de puntillas se asomaba por detrás de sus cabezas sujeta de los delgados hombros de una rubiecita que filmaba con una cámara diminuta. Durante la oración para agradecer a nquenechen por los favores recibidos y pedir por un futuro mejor con frutos en abundancia, salud y esperanza, entre rezo y rezo fui acortando distancias entre ellas y yo.

Tenía que verla más de cerca, tenía que saber si mis ojos me engañaban o realmente era ella.

Los bailarines con plumas en sus cabezas y manos agitando sus ponchos simulando alas de choike formaron una rueda alrededor de la machi, quien sin dejar de marcar el ritmo con el kultrum nos invitaba a seguirla de regreso hasta la sala de reuniones para compartir los alimentos. Los pichiqueche más pequeños se escurrieron como un cardumen de peces entre las piernas de sus padres y corrieron tras la machi entre risas cantando asi:

─ Mari Mari peñi, Mari Mari langnien, langnien nanai, ñielai trutruka, ñielai pifilca kultrun yenai, langnien Nanai…

A escasos metros del quincho grande, como lo llamaba yo, oí sus voces detrás de mí. Viendo por el rabillo del ojo procuré coincidir con ellas al momento de ingresar al salón.

─ señoritas─ dije yo haciendo un gesto caballeroso para que como dicen siempre ingresen primero las damas.

La morena y yo nos miramos, parpadeó suavemente y se sonrió. La rubia medio ladeando la cabeza como hacen los cachorros, me sonrió divertida y colocando la mano de su amiga bajo el brazo ingresaron moviéndose al unísono, copiando una los movimientos de la otra como hacen las gemelas.

En aquel milimétrico movimiento de las manecillas del reloj, supe que se trataba de la misma morena del Lanin. Aquí, en la noche mas larga del año que recién apenas comenzaba.

Dentro del salón todo era bullicio y desorden. Sillas que se corrían en un concierto de crujidos, cubiertos tintineando, chicos corriendo alrededor de las mesas, un vaso que se caía manchando el mantel, gritos y risas estridentes todo constituía la alegría festiva que mi familia irradiaba en días como ese y a la postre compartirla con invitadas tan bonitas como mi porteñita morena, colmaba mis expectativas. Comí con un apetito renovado sintiéndome tan humano como cualquiera del salón incluso la tía lo sentía así. Aunque no probara bocado recorría las mesas ayudando a servir como la mejor anfitriona, enzarzándose en amenas charlas con los vecinos, visitas y hermanos de la comunidad por igual.

No pude evitar espiar la expresión de las visitas, conocer el veredicto reflejado en sus rostros de aceptación o rechazo a nuestra sencilla gastronomía. Para mi sorpresa hasta la flacucha rubia que parecía una vegetariana irremediable comió hasta los patos que había preparado la tía. Que cara que pusieron cuando supieron que era pato lo que acababan de comer, en un impulso infantil de emoción mi morocha hizo un puchero muy gracioso apenada por las dulces criaturitas emplumadas. Me hizo reír, la tía también prefería el pato, aunque ella había tenido el placer de saborearlos antes del festejo claro esta, de no haber sido así en este caso el orden del producto si altera el resultado, porque de otro modo el sabor de aquellos se hubiera desvirtuado, como cualquier presa de caza si no esta bien drenada, sabe a sangre. Yo también coincido con ellas, los patos estaban cocidos en su punto justo, ni mucho ni poco pero eso si, delicioso, dulzón y salvaje a la vez. Aunque para acompañar la carne de novillito cocido lento a la cruz hubiese preferido tener a mano un poco del rico pebre o chimichurri chilote que preparan tan rico en casa de Ana, pero de eso ni una palabra a la tía, mas vale no darle mas motivos para sentir celos de mis hermanas.

Después de la cena los hombres trajeron las largas ramas reservadas para crear un inmenso fogón, el katral más grande de los últimos años. Rodeando el radiante calor colocaron rodajas de tronco que invitaban a sentarse, a gozar del abrazo del fuego. Pronto llegaron las guitarras acompañadas por voces alegres, cantando despreocupadas aunque la noche fuera fría muy fría, nadie tiritaba, las narices y mejillas indicaban lo contrario. Quien pudiera evitar el mágico encantamiento de las ondeantes llamas, viendo saltar chisporroteantes hadas danzarinas, sentirse tentado de empujar con la punta del pie las largas ramas hacia el corazón de las brazas para que nunca se acabe su hipnótico hechizo.

De las guitarras salieron los acordes mas variados desde el rock melódico de Sui Generis al acelerado ritmo de Catu Pecu, hasta el folclore de Saravia y Sosa llenos de añoranzas, encendieron aquel sentimiento campero oculto en el fondo del alma. Cantando las letras que recordábamos no podía faltar la canción del oso y poco a poco llegó la media noche y comenzaron las rondas de mates, amargos y dulces acompañados con sopaipillas y chamkün mürke pancitos dulces que los más pequeños preferían untar con mermelada de murta. Así que viendo que había muchos chicos fui hasta casa en busca de un frasco de los que envían mis hermanas, esas rubias tan hermosas como las flores del mirtillo, siempre consintiendo a su hermanito.

Sin perdida de tiempo lo volqué en un cuenco con cucharitas y volví a ocupar mi lugar junto al fuego. Apoyé el cuenco sobre una rodaja de tronco que nadie ocupaba, frente a un grupo de pichikeches que se lanzaron sobre la mermelada como abejas a la miel. En ese instante el longo me distinguió entre los destellos de las llamas frente a el.

─ah!─ dijo─ pero miren quien volvió, Nahuel, justo el memorioso que necesitaba para relatar la leyenda de la tren tren., ¿se la contarías a los mas chicos y a las visitas?, los mas viejos estaremos dichosos de volver a escucharla.

No podía desairarlo, mi deber era cumplir con su deseo, aunque solo fuera por respeto a su jerarquía. Asentí nervioso al notar que cientos de ojos me miraban, pero tenía el desesperado e intenso deseo de huir. Librarme de la opresión de esos ojos que me estudiaban a través de su lupa y justo ahí cuando caía en mi rodaja de tronco calcinado con sus miradas, alce la vista y la vi.

Atenta a mis ojos se reacomodó en una rodaja de tronco no muy lejos frente a mi. Sus delgados brazos formaron un lazo alrededor de sus largas piernas sosteniendo sus rodillas contra el pecho y así sentada casi en cuclillas se dispuso a oír mi historia. Con el azabache de su pelo ondulando entre escarlatas y sombras que caían sobre sus hombros como lenguas de fuego. Fuego que teñía y pulía los rasgos de su rostro con un fulgor soñado. Embelesado con su imagen sonreí preso de la más tonta inconciencia teniendo que sacudir mi cabeza para poder comenzar así la historia:

─Cuando Chau (el padre del cielo) creó la tierra trabajo muchos, muchos días. Labrando con sus manos acequias para los ríos, creando montañas encadenadas que formaron cordilleras.

Tomando un puñado de semillas, las sembró por doquier regándolas con un rebaño de nubes que creo del vapor del cielo. Viendo que crecían los bosques decidió poblarlos, soplando la vida que guardaba en sus manos, esparció en la tierra aves, peces, animales y hombres. Luego de tanto trabajo Chau decidió volver a los cielos a descansar junto a Ñuke su esposa.

Sus dos hijos mayores viendo todo lo que había creado, comenzaron a criticar y murmurar envidiosos. Diciendo que si ellos eran los hijos de Dios por que no habían podido crear nada, que Chau y Ñuke estaban viejos y cansados, que mejor sería que ellos reinaran en la tierra. Entonces estos sin permiso de su padre decidieron bajar a la tierra. Furioso por el atrevimiento y desobediencia, viendo que descendían la escalera de nubes los tomo de sus cabellos y los lanzo destrozándolos contra las piedras. ¿Y entonces qué pasó?─pregunté

─su mamá lloró─ chilló una nena con su timbrante voz.

─así es y fue así como los dos grandes hoyos que formaron al caer se llenaron con las lagrimas de Ñuke. Creando los lagos Lacar y Lolog. El padre lleno de pena los volvió a la vida pero estos rencorosos se convirtieron en la caicai-filú. ¿Que era eso?, un dragón?─ pregunté haciéndome el tonto.

─ NOOO…una víbora grande─ gritaron al unísono los chiquitines.

─ahhh, cierto─ dije simulando un olvido─ como venía diciendo, la caicai-filú agitaba lagos y mares con su enojo y estuvo mucho tiempo esperando su venganza, hasta que un día encontró un aliado. El pillan de un volcán que siempre estaba enojado, entonces juntos decidieron destruirlo todo en la tierra. Y fue así que comenzó una tormenta muy grande y llovió tanto que hombres y animales acudieron a la montaña sagrada tren tren para salvar sus vidas. La caicai viendo que escapaban se enrosco en el fondo del lago Lacar y con fuertes olas trató de alcanzarlos, también el pillan cómplice y destructor lanzaba fuego y piedras ardientes contra los que escalaban la montaña. Las escarpadas laderas y las piedras dificultaban el ascenso provocando que muchos cayeran al abismo. Estos sumergidos en las aguas se convertían en peces. Ya muy cerca de la cumbre pocos eran los que quedaban, tan solo unos niños (pichi zomo y pichi wentxu),

el choique(ñandú), el luán(guanaco), el pudú( ciervito), la panqui(leona), el Nahuel(puma) y también una zorra entre otros animales. La tren tren se encorvó y siguió ascendiendo la mahuida(cumbre) para proteger la vida. Dentro de una cueva cerca de la mahuida quedaron al resguardo de la tormenta, allí tan alto los niños fueron alimentados con la leche de la panqui y la zorra les enseño a escarbar la tierra para descubrir los yokones (papa). Mientras que ellos crecían, montaña abajo había una gran lucha pues la filú que habitaba en la tren tren se trenzó en cruda lucha con la cai cai invasora. Muchos años duró la contienda y mucho tuvo que ascender hacia el cielo la tren tren, tanto que estando tan cerca de antü(sol) aquellos niños ya crecidos tomaron un color cobrizo intenso como nosotros los mapuches de hoy día.

─ ¿Y la víbora mala?─ preguntó uno de los nenes

─viéndose vencida la caicai, en un último intento para sacudir con más fuerza las aguas, enroscó su cola en una gran roca e impactó con ímpetu la montaña. Pero la tren tren había crecido tanto que solo le bastó un empujoncito para tirar al fondo del lago a la malvada filú. Esta murió aplastada por la enorme roca que llevaba en roscada en la cola y el pillan viéndose solo se tragó su enojo y se hecho a dormir. Las aguas bajaron y pudieron descender y poblar la tierra, nuestro Mapu.

Al finalizar la historia ella me regaló una sonrisa amplia como un sol.

Mi corazón se desbocaba, latiendo tres veces más rápido que el suave agitar de sus pestañas, sentí el impulso de ir junto a ella, hablar con ella, oír su voz. Pero la voz de mi conciencia rompió los cristales de mi noche perfecta ¿que mentira es esa, un sentimiento humano? Con que derecho el quentru dentro de mi actuaba según sus egoístas caprichos, confundiendo amor y muerte en un mismo tapiz entretejiendo el deseo y las ansias, sabiendo que oculto en el envés del tejido espera agazapada la sed traicionera y mezquina. Mejor será dejar que el tiempo fluya.

Esperar que nguenechen en su infinita paciencia decida por mí. Si vuelve a cruzarla en mi camino entonces lo que será, será. No seré yo quien tuerza su destino.

La noche siguió su lento curso. Después de oír algunos epeu o cuentos llego el tiempo del nütram de los Kimche, el tiempo de oír el consejo de los ancianos, ver el verdadero valor de nuestra cultura a través de sus ojos sabios. Avanzada ya la noche el lonko recitó una frase que solían repetir los primos Lefio y Rebolledo que decía así:

…"deuma afpule pun, mapuche ma pumeu wengetuai itrovill monguen…ka femngechi peu mangen, wengetuai rakiduam, newen, ka kiñegün. itrokom puche, ka antü ñi mü lerpaum doi küme monguen"…

… « Cuando la noche haya llegado a su tope final, la naturaleza dará paso a un nuevo ciclo de vida en el mundo indígena, permitiendo renovar los sueños, esperanzas y compromisos hacia un futuro mejor para todos"...

─es la tradición de nuestro pueblo antes de que amanezca limpiar el cuerpo y el espíritu, cambiando también nuestras vestimentas por prendas limpias o nuevas. El agua tiene que llevarse todo la viejo, las enfermedades y los malos pensamientos, para comenzar el nuevo periodo renovados y con fuerza.─ explico el nuestra costumbre en epewun, que es el periodo antes que amanezca.

Luego nos recordó que 4.30 salíamos hacia el río Malleo para recibir al nuevo sol.

Y poco a poco todos se retiraron igual que el a descansar unas horas.

Con el espíritu renovado 4.35 caminábamos, cargando nuestros niños envueltos en sus ponchos nuevos, hacia el Malleo al compás del kultrum, la pifilca y el trompe.

A orillas del malleo lavamos simbólicamente nuestros rostros con el agua correntosa para purificarnos con el espíritu del ngenko. Esperando a que aparezca el lucero del amanecer la machi inició la ceremonia del nguillan mawún entre los grises y verdes turbios de la mañana. Y así entre danzas y cantos fue clareando hasta que al fin llegó antü por el puel mapu, alzándose como una enorme moneda de oro sobre la faz calma del río.

─wiñol tripantü, regresa la salida del sol─ gritó la tía y todos le contestaron:

─akui we tripantü, llego el año nuevo.