V
"Ahora que, sin saber, hemos sabido querernos,
como es debido, sin querernos todavía..." J.S
Ace quedó en pie observando la mesa, mientras que Nami se dejó caer en una de las sillas y Luffy hizo otro tanto.
—¡De verdad que no entiendo cómo estás sola! ¡Si sabes hacer de todo!
—Lo que menos necesito es un idiota sujeto a mi falda. El hombre que pise esta casa para quedarse, debe saber el significado de la palabra "independiente" y que la libertad merece un respeto.
—¡Genial! ¿Entonces podemos llevarte a correr aventuras con nosotros?—Aprobó Luffy— ¡Pronto volveremos al Nuevo Mundo!
—Será interesante —contestó Nojiko tranquila, como si toda su vida hubiera esperado que alguien se lo propusiese—La verdad es que ya me intriga ese amor que le tienen al mar. ¿Al Nuevo Mundo? Pues al Nuevo Mundo, entonces…
"¡Pero qué diablos está diciendo ella, no tiene idea ni de cómo es!" pensó Ace. Y lo peor, sí que la creía capaz de cruzarlo.
—Nojiko lavaría la cubierta del Sunny y también las velas —dijo Luffy, recordando que Nami lo ponía a hacer esas labores, y ahora veía oportunidad de zafárselas—. De seguro lo hace muy bien.
"¿Lavar?"
—¡MI HERMANA NO VA A SER LA SIRVIENTA DEL SUNNY! —esta vez fue Nami quien perdió la paciencia y como ya era costumbre, lo golpeó.
—Lu carece de modales —dijo Ace apenado a Nojiko, y se dirigió a él con un tono muy distinto— ¡NO ABUSES DE SU CONFIANZA!
—Lo siento —susurró éste mientras volteaba sobre su plato la fuente del dulce para reservarse la mayor parte.
—¡Y NO SUEÑES QUE VAS A HACER ESO CADA VEZ QUE NOS SIRVA LA COMIDA!
—Ya está bien, no tiene importancia. De seguro tu apetito tampoco es moderado y el pobrecito seguro no ha comido nada...
—¡DIEZ VECES! —el coro de Ace y Nami hizo reír a Nojiko.
—Si pretenden hacer vida familiar al menos por un tiempo, —la del cabello celeste se encogió de hombros— será mejor que nos vayamos acostumbrando a lidiar con los hábitos y costumbres de cada quién.
—Muy bien. Desde hoy, dormiré hasta después del mediodía y cuando trabaje en mis mapas, nadie puede interrumpirme.
—Quiero comer carne siete veces al día...
—Me parece que lo más justo es que la dueña de la casa, sea la que imponga las reglas. Nojiko miró aprobadoramente a Ace.
—Muy acertado. Siendo la capitana de este barco, la primera regla será que nadie va a negarse a darme ayuda en los quehaceres. Nadie va a sentarse en esta mesa a almorzar o comer sin bañarse antes, ni acumularán ropa sucia. Por supuesto, no esperarán porque Nami o yo las lavemos… —Cuando Nojiko terminó de enumerar las condiciones de estadía, hizo énfasis en su declaración—. Me gusta el hogar, pero hasta un punto, quede claro.
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La mañana del día siguiente, Nojiko lo despertó sin miramientos. Por lo visto, acostumbrada a levantarse temprano, apenas lo había dejado bostezar. Su desayuno estaba listo, e incluso se molestó en acercárselo al sofá donde dormía.
"Oi, debo estar soñando. ¿Qué he hecho para merecer su atención? Dadan jamás me trajo el desayuno a la cama, primero se moría esa vieja. Qué rayos, si nadie comía hasta que llegaba yo con la caza."
—Eres muy atenta, Nojiko, gracias.
—Lo hago para agilizar las cosas. Hoy es un día en que tengo mucho trabajo… —sonrió para suavizar el énfasis de aquella afirmación— pero si te hace sentir bien, me alegro.
Era más de lo que le habían ofrecido toda su vida. Y su mente traicionera imaginó que aquello se repitiera cada mañana, con un beso añadido.
—¡Perfecto!
Nojiko, sobresaltada por el grito, vio cómo el rostro de Ace se encendía, desapareciendo todo rezago de sueño.
—¿Qué reacción es esa? —chistó ella, dándole la espalda—. Eres muy ruidoso
No duró mucho la felicidad en el barco del pirata, cuando le habló sobre lavar la ropa. Incluso la que traía de recambio en el bolso de viaje y que por fortuna, no había perdido.
—Eso puedo hacerlo yo, estoy acostumbrado a ser independiente.
—¿Y cuándo lo harás, vas a esperar que tu brazo mejore? Si estás limpio, no puedes usar ropa sucia. —dijo con los brazos en jarras y frunciendo el entrecejo. Al ver que el moreno se ruborizaba, suavizó la expresión—. Déjate de tonterías, por esta vez me encargaré.
—¡Que no quiero que laves mi ropa!
—Sí, de acuerdo —hizo como que no había oído ni media palabra y canturreó mientras recogía la bandeja con el desayuno y la llevaba a la cocina— Ahora... ¿qué puedo darte para que uses mientras se seca?
—¿No me oyes, mujer obsesiva?
—Imposible seguir demorando esto, con mi cesto lleno. —fue al cuarto de baño y trajo consigo una canasta de la que sobresalían varias prendas. Se acuclilló junto a él, hablándole en un tono de voz que podía convencer a un shichibukai— Como ves, tengo para toda la mañana, sería muy desconsiderado de tu parte si continúas haciéndome perder el tiempo.
—Que... no voy... a... darte... mi...
—Supongo que no tomarás a mal que te preste uno de mis pantalones, aunque no te abrochen bien, —le guiñó un ojo, risueña— pero eso no será un problema.
—¡Ni lo sueñes! —Ace dio un brinco, enredándose aún más con las sábanas. A punto estuvo de resbalarse y caer del diván. Para su suerte, Nojiko lo sujetó a tiempo, pero a cambio volteó el cesto esparciendo la ropa.
—Oi, lo siento.
—Eso logras siendo tan infantil —dijo ella molesta, ocupándose de recoger las prendas. Él se enrolló la sábana y fue de inmediato en su ayuda— ¿Lo haces por que no quieres que sepa si usas ropa interior?
Quedó helado. Sabía sondearlo a tal punto, que se maldecía al dejarse tomar por sorpresa. Ni siquiera tenía su sombrero para ocultar el rostro, que de bronceado se había vuelto grana. Su mirada golpeó el piso... y tropezó con una braga de encaje negro.
Los ojos de Ace parecieron salir de sus órbitas, al notar lo pequeña y bien diseñada que podía ser la lencería. Nojiko, se apresuró a quitarla de su alcance.
—¡Oye, qué tanto miras!
—No... no voy a usar nada que tenga que ver contigo. Y voy a cubrirme con las sábanas.
—¿Y solo porque preferías estar desnudo has armado todo este lío? —Nojiko alzó una ceja y chasqueó la lengua— Sí que te portas como un crío.
Aquello lo desarmó. No necesitaba una Logia, porque sus palabras eran más que suficientes. Le daba lo mismo que él decidiera estar como había venido a este mundo, siempre y cuando pudiera llevar a cabo su tarea.
