A Gabe y Alex, que han seguido la historia. A Nami chan, en especial.
XVIII
"Y no hay manera de evitar
el salto mortal de vivir." J.S
Todo le era extraño, se había adaptado poco a poco a la vida normal, con desayunos, almuerzos y comidas; con interrupciones en el sueño, protestas e incluso amenazas de despedida. Pero más que nada, lo sorprendía el modo en que estaba queriendo a Nojiko, cómo se adhería a su corazón, a fuerza de paciencia y sensibilidad. Le había dado entrada con la idea de unos instantes, que terminaron convirtiéndose en años, y el árbol de la mutua confianza echaba raíces cada vez más gruesas desde que habían compartido temores y secretos.
Eso incluía por supuesto, los mejores momentos al lado de ella, o lo que Ace empezó a considerar como "días de pesadilla", que para su suerte eran solo cada cierto intervalo. Por lo general, Nojiko tendía a ser calmada y difícilmente algo como "eso" podía sacarla de sus cabales. Pero cuando su molestia iba más allá de lo normal, casi siempre lo tomaba por sorpresa y sin idea de cómo afrontar la situación. Solo después aprendió que el mejor modo era dejarla a su aire, en espera de que se le pasase o seguirle la corriente en lo que se le ocurriera, por muy desatinado que pareciese. Como lo que le había pedido esa mañana.
El claro entre los mandarinos se veía ideal para lo planeado. Espacioso, tranquilo y donde nadie les interrumpiría en sus prácticas. La hierba corta y esponjosa ayudaría a Nojiko en el momento de caer o rodar por tierra.
—¿Estás segura, No? Que te dé por aprender justo en "tu momento", —Ace la observó ocultando el rostro bajo el sombrero— es toda una locura. Puedes hacerte daño, ¿no estás más sensible ahora? Oi, quizás en otra ocasión...
—Confiaré en ti, —Nojiko hizo un intento de sonrisa— al menos me olvidaré del malestar.
—Haz lo que quieras, solo decía lo que pensaba. —Ace se encogió de hombros, no valía la pena discutir con una dama en esas circunstancias— Pero en fin, si no será un problema y ayudará a que estés menos agresiva...
—No encuentro mejor manera que ésta, o la tomaré con quien tenga más a mano.
Ace notó en la médula de los huesos su mirada furibunda.
—Oi, quiero que te sientas un poco mejor. No la emprendas conmigo.
—Esto es culpa tuya también, —Nojiko no pudo evitar sonreír ante la expresión pasmada que acababa de poner Ace, mientras se señalaba el pecho con el pulgar— así que vamos al asunto.
—¿Se puede saber por qué rayos tengo yo la culpa de que...? —ella se lanzó a cubrirle la boca con la mano.
—No, no la tienes. Pero si haces otro comentario al respecto, —dijo retirándola— volveré a considerar que sí.
—¿Cómo demonios se entiende eso? ¿Primero sí y después no, pero sí?
—Lo has comprendido perfectamente.
—Es que no veo siquiera cómo puedo tener culpa de algo natural. —Ace intentó hallarle la lógica, pero fue en vano— Ah, un momento... "la única forma de librarla de esa molestia es..." ¡No! ¿Me estás culpando porque quieres estar embarazada?
—¡Dije que NO COMENTARIOS! —Nojiko hizo el intento de golpearlo con un gancho, que él esquivó— ¿Quién te ha pedido eso, además?
—Está bien, está bien, acepta mis disculpas. Oi, nunca te había visto tan belicosa... Estoy a punto de creer que te han cambiado por Nami. —Ace la envolvió en un abrazo inmovilizador— Lo que quiero decir es que... debes sentirte realmente mal.
—¡Fatal! —Gimoteó Nojiko, asiéndose a él— Esa es la realidad.
—Desiste entonces de que te enseñe —la miró totalmente desorientado en el camino del razonamiento— si lo haces bien, golpeas de maravilla.
—Quiero un maestro en la materia, que me ayude a liberar tensiones.
Una gota de sudor apareció en la sien de Ace. Intentaba consolarla pero para él nada tenía sentido.
—¿Empezamos entonces? Después de todo, está bien que la mujer de un pirata conozca las habilidades básicas de combate. Pero voy a extremar la precaución, en vista de tu estado…
—¿Qué estado? —Nojiko avanzó con impulso y casi sobre él, le propinó un rodillazo con ganas— ¡Estoy así porque no hay estado ninguno!
Si bien, Ace logró pararlo con el canto de la mano, no fue lo suficientemente rápido como para que no le atinara. Cerró los ojos, maldiciendo en silencio a su padre, a los Marines y a todo el Gobierno Mundial.
—¿Estás bien? Lo siento, lo siento de verdad, Ace. —se disculpó ella, mirándolo inquieta hasta que lo vio incorporarse lentamente— Perdona si entendí que no querías descendencia.
—A menos que me quieras castrado, no lo hagas otra vez. —se vengó haciéndola caer con una patada de barrido circular. Nojiko dio contra la hierba, donde se mantuvo unos minutos hasta que al levantarse, sintió que Ace la tomaba del escote y asiéndola del brazo, le hacía dar una voltereta por encima del hombro. Apenas la derribó, terminó acuclillándose sobre ella, cruzado de brazos y con la sonrisa invicta— Pelea ganada y con derecho a premio, sin réplicas.
—Me temo que no podrá ser, ¿recuerdas? —Sonrió ella a su vez— ¿Y quién dice que el triunfo es tuyo?
—No, antes de cobrarme ese premio quiero preguntarte algo. —se incorporó, tendiéndole después la mano para ayudarla a levantarse.
—Te dije que pensaras bien antes de hacerla —advirtió ella y a Ace no se le escapó un ligero tiritar en su voz— Dependen muchas cosas de lo que decidas.
Tomó su rostro entre las manos e hizo de la pregunta un susurro. El dolor en la mirada de Nojiko no tenía que ver con su situación natural. Le respondió sincera.
—No voy a engañarte, aunque eso implique perderte. Sí, es mi sueño. Lo es.
/
Despertar el primero de aquellos días no fue ni remotamente encontrarse con una Nojiko dispuesta a permitir que le rodeara el talle y dejarse atraer para recibir el beso con que la ungía en las mañanas, menos aún fluyó el diálogo que establecían después. Más bien se rebulló inquieta, escapando sin dar otra explicación que el estar apresurada.
—Oi... ¿te sientes bien? —la observó preocupado— En la noche, tampoco quisiste que me aproximara. Podrías hablarme claro.
—¿No es obvio? —por toda respuesta, ella le miró con sorpresa— Pensé que te habías dado cuenta.
—Pues, no es tan evidente cuando tengo que preguntar —se encogió de hombros—. Lo único que sé es que estás arisca... y resabiosa.
—¿Qué has dicho? —Nojiko contestó de mal talante.
—Ni más ni menos, que estás arisca y... —no terminó la frase al verla cruzarse de brazos— ¿Estás aburriéndote de esto?
—¡Claro que no! —Regresó a sentarse a su lado en el lecho— Ace, no puedo creer que te sea más fácil pensar tal cosa, que darte cuenta del por qué me siento incómoda.
—¡Quien está incómodo soy yo, que no me explicas! —se inflamó— ¡No me gusta verme como el ignorante que no está al tanto de ti!
Ella intentó una sonrisa para tranquilizarle y susurró algo a su oído. Ace pestañeó azorado, ruborizándose como no lo hacía desde que ambos acordaran deshacerse de la vergüenza. Prefirió volver a tenderse y desviar la mirada hacia el techo.
—Eso es todo. Me siento fatigada, dolorida y con ganas de enviar a los infiernos a quien me provoque un poquito. —Nojiko accedió a abrazarle un instante— Pero considéralo una buena señal para tu ansia de no tener descendencia.
Las últimas palabras lo hicieron volverse para mirarla muy serio. Iba a decir algo, pero sus labios callaron, una y otra vez Nojiko le vio en el rostro el intento por preguntar, sin decidir cómo hacerlo.
—Medítala bien antes, Ace. —suspiró ella, abandonando el sitio— Hay cosas que no tomo a la ligera, mi sueño es algo sagrado.
Y él había quedado pensando si acaso era precisamente lo que más temía.
