Disclaimer: si lo reconoces es pura casualidad o casualmente no es mío.

::CUARENTENA::

El día que compré sopa de pollo.

Capítulo dos.

Tecleé una respuesta para Alice comentándole que era demasiado tarde, su cuñado ya habia contraído varicela y volví a la habitación de Edward. Se encontraba dormido sobre dos almohadas con tres teléfonos a su lado, supuse que por su dolor de cabeza no había podido dormir bien la noche pasada pero ahora sus facciones estaban más relajadas. Me acerqué para tomarle la temperatura. Al comprobar que esta ya regresaba a la normalidad y tenía dos pequeñas bombitas en la barbilla me sentí más tranquila de irme.

–¿Te irás?

Escuché su voz enferma y un poco aguda.

–Mañana tengo que llegar al hospital a las 8 y ya es algo tarde.

Me miró un momento esperando que agregara otra excusa. Por mi parte, yo esperaba que me dijera algo más para quedarme pero no lo hizo. Después de un momento cerró los ojos y volvió a la misma pocisión de "soy un maldito asno ocupando toda la cama mientras duermo".

Bufé.

Culpen a mi consciencia o lo malditamente vulnerable que se veía Cullen en este momento pero me acerqué a la cama cruzada de brazos, aventé una de sus piernas a un lado, mientras él gruñía, para poder sentarme. Abrió un ojo.

–Eres una pésima doctora –murmuró con la mitad de su boca tapada por la almohada.

Tomé uno de las almohadillas largas y la abracé en lo que me acostaba a lado de un Edward medio dormido que murmuraba algo acerca médicos sin corazón. Terminé durmiendo de manera horizontal en la cabeza de su amplia cama y él formó un ovillo a mitad de la misma pero en el transcurso de la noche olvidó las almohadas y apoyó su cabeza en mi estómago, no le di importancia y seguí durmiendo antes de que un insistente pitido nos despertara a ambos. Revisó sus teléfonos mientras yo frotaba mis ojos con la idea de lo familiar que me resultaba el sonido.

–¡Mi biper! –grité levantandome de golpe y buscando mis zapatos para salir en una carrera.

Edward se levantó y abrió el segundo cajón de su mesita de noche, extendiéndome el aparatito que vibraba y pitaba como loco. Lo tomé sintiendo un poco pesado el estómago cuando me di cuenta que la emergencia involucraba el caso de la señora Platt. Le di una sola mirada a Edward antes de salir por la puerta a toda prisa.

–¿Murió alguien?

Preguntó detrás de mi mientras bajaba las escaleras. Al alcanzar las llaves de mi coche me giré hacia él.

–El dolor de cabeza o fiebre ya no deben de regresar –espeté sin responder su pregunta–, así que si vuelven ya sabes mi número.

Y llamé al elevador. Su mirada incómoda mientras se rascaba la nuca fue lo último que vi antes de cerrarse las puertas del elevador.

::❤️::

Cuando llegué al hospital, Susan me regañó por no haber estado incluso antes de que me llamara. Una de las internas había encontrado a nuestra paciente ahogándose de la tal manera que en su desesperación decidió colocarle una sonda endotraqueal pero el procedimiento tuvo complicaciones y habían resultado dañados los nervios laringeos recurrentes por lo que ahora el cirujano Colhen intentaba rescatar sus cuerdas vocales. Cuando le pedí el archivo a Susan me lo negó e indicó que sólo me había llamado para ser responsable de los siguientes cuidados de la paciente cuando esta saliera de cirugía.

Así qué subí al segundo piso y me metí en la sala de observación del quirófano las siguientes dos horas. Una vez que terminaron, la señora Platt seguía bajo los efectos de la anestesia, sólo acomode su almohada y deje su collar a un lado de su mesita.

Fui a la sala para internos, aunque Susan me regañara por estar ahí para prepárame un café. Me recargué sobre la encimera mientras suspiraba, no tenía sueño pero me dolía un poco el estómago. Uno de los internos que dormía sobre un viejo sillón a mitad de la habitación con un destrozado Guyton sobre su cabeza se despertó cual zombie al escuchar su biper, parpadeó para ajustar sus ojos a la luz, con algun rastro de baba a un lado de su boca y pensé que Edward con varicela y una mueca amargada se veía muchísimo mejor que él, me sonrío al percatarse de mi presencia y desapareció tras la puerta.

El sonido de la cafetera captó mi atención y me giré para servirme con cuidado el agua caliente. Las cafetera era tan vieja que ya sólo servía para calentar el agua. Me encontraba sirviendo el líquido en mi taza cuando la puerta se abrió abruptamente. Lo que, por alguna razón, hizo que mi brazo tambaleara y algo del agua hirviendo que estaba cayendo sobre mi taza saltara a mi mano. Lo más ridículo es que cuando el agua quemó mi piel, incliné la mano de tal manera que todo el resto del agua dentro de la jarra cayera sobre mi muñeca y antebrazo.

–¡Carajo, carajo, carajo! ¡CA-RA-JO!

Agité mi mano en el aire como si eso sirviera de algo antes de apretarla en mi pecho y ver si había algo cerca que pudiera ayudar. Pero me quede quieta cuando al voltearme vi al culpable del portazo. Erick Sherman me observaba con diversión tras las gafas, había cerrado su libro y lo mantenía en una mano mientras que la otra sólo la paso por su boca como si, pudiera así, esconder su sonrisa. Lo fulminé con la mirada.

–Doctora Swan, afortunadamente no tenía las manos dentro de un paciente.

Rodé los ojos intentado ignorar la emoción que sentía porque él recordara mi nombre.

–Doctor Sherman alejese de los pacientes nerviosos o les causará un infarto inmediato.

Me giré de nuevo, despidiéndome de la idea de un café.

–Deje eso –me indicó acercándose a mi lugar–, siéntese, estoy con usted en un momento.

Ignoré el hecho de que me estaba dando órdenes como a una paciente pero con el recuerdo de que este hombre aún era mi mentor me dirigí directo a donde indicaba. Desde el sillón observé como volvía a poner agua en la cafetera antes de buscar algo en alguno de los cajones de abajo. Saco unas pastillas y sonrió en mi dirección.

–Bien doctora Swan, veamos el daño.

Me sonrío al sentarse a mi lado. Era lo más cerca que habíamos estado desde que lo vi por primera vez correr por el pasillo y dar órdenes. Fruncí el ceño, tal vez, sólo tal vez, me gustarán los hombres mandones. No que otro mandón con algo de insoportable me gustara.

–Puedes llamarme Bella –dije.

Sonreí en lo que internamente me hacía porras e intentaba no sentirme en un triste intento de confianza. Me sonrío de vuelta.

–Bien Bella, aparte de poder decirme Erick, ¿podrías dejarme ver ese brazo?

Como una tonta lo levanté en su dirección. La zona estaba algo roja pero me había olvidado del dolor. Sus dedos expertos tocaron mi piel, me estremecí por el dolor y me regaló una tranquilizadora sonrisa.

–No es grave, sólo ha afectado la primera capa de piel.

Se levantó hacia nevera y sacó una garrafa de agua fría, tomó una de las toalla sobre uno de los lockers y volvió en mi dirección. Lo estaba viendo moverse libremente a mi alrededor, algo que ni en mis más locas fantasías hubiera soñado. Una vez había tenido el sueño de una invitación a su casa, de encontrarlo en el bar, de ayudarlo en una operación que saliera exitosa y me confesara su amor eterno. Definitivamente no lo había imaginado curando una quemadura en un noche que no debería estar de guardia y mucho menos con él en una sala a la que aún no pertenecía.

Al regresar, pasó el agua fría por la quemadura delicadamente.

–¿Ya sabes que escogerás? –intentó distraerme.

–Cirugía –murmuré–, al recibir mi cédula presentaré examen para una residencia en cirugía.

–¿Y el hospital?

Levantó la vista de su trabajo y vi sus ojos azul oscuro embobada. Parpadeé.

–Aún no lo sé.

Asintió lentamente. No quería admitir que quería este hospital pero tenía miedo de no alcanzar el puntaje promedio para entrar al exigente programa del mismo. De su bata sacó unas vendas y empezó a rodear mi muñeca con ella.

–¿Siempre vas preparado para las chicas a las que quemas? –bromeé.

Se río tranquilo y me observó con un brillo extraño en los ojos.

–Más bien parece que me encontraba preparado para ti.

Un sonrojo se extendió por todo mi rostro al tiempo que una sonrisa lo hacia por el suyo. Palmeó suave mi vendaje terminado cuando Susan entró en la habitación.

–¡Doctora Swan!

Tiene unos increíbles pulmones, no habrá quien lo niegue. Ambos nos levantamos del sillón para verla.

–¿Sucede algo Susan? –Preguntó Erick con una ceja levantada.

–Nada doctor pero la señorita Swan debe recoger el expediente de sus pacientes a cargo y hacer el chequeo matutino antes de abrir la hora de visita. Revisé mi reloj, ya eran las 5:45 am. Asentí de camino a la puerta.

–¿Bella? –escuché la voz de Erick detrás.

Me giré hacia él con el estómago revuelto.

–Al terminar tu turno me gustaría invitarte ese café que te arruiné.

Sonrió ampliamente y podía asegurar que Susan había alcanzado una nueva tonalidad de rojo -estoy cansada de lidiar con incompetentes-, sonreí de igual manera para provocarla.

–Claro.

Al llegar a recepción me encontré con una feliz Rose firmando su entrada. Le conté lo de la señora Platt y ella, aunque estuvo pensativa algunas minutos, no pudo esconder la felicidad por su cita con Emmett. Aunque no quiso dar detalle de ello. Me preguntó por Edward dado que ella y Emmett lo habían querido invitar a un bar Al terminar la cita pero cuando no contestó el teléfono y fueron a verlo a su departamento, el portero les confesó que el señor Cullen tenía compañía femenina. Escondí mi sonrojo volteando a otro lado.

–Nada raro para Edward –me encogí de hombros.

Me observó por un momento pero no dijo nada. Al final me escape con la verdadera razón de realizar mi chequeo matutino.

El resto deldía ocurrió sin novedades y cuando cayó la noche me encontraba ridículamente firmando algo lento para darle más tiempo a Erick de aparecer. Lo cierto es que ya me había pasado dos horas estudiando en recepción con Brenda para su examen de mañana, lo que superaba, por mucho mi horario de salida. Solo cuando me colocaba el abrigo logré verlo salir por las puertas del quirófano con la pijama quirúrgica puesta y corriendo a toda velocidad hacia la sala del jefe. Me vió y una mueca visitó su rostro.

–¡Lo siento Bella! –medio gritó sin detener su marcha– Será otro día.

Y volvió a desaparecer. Me marché.

::❤️::

Al terminar un extraño lunes, le siguió un martes normal y tranquilo, incluso salí temprano. El miércoles fue algo más rudo pero Susan me dejó entrar a una operación y pude sostener un apéndice recien extraído, así es, pura adrenalina. ¡Bravo Bella!

Entonces llegó el jueves y con ello mi día normal de guardia; falta decir que aunque esperaba encontrarme a Erick por los pasillos o cerca del salón de internos, este parecía desaparecer. Mi teléfono vibró cuando me encontraba observando mi reflejo en uno de los baños, pensando en lo terriblemente absurdo que era no haber visto a mi doctor favorito en toda la semana, ahora que por fin podía acercarme a hablarle. Edward Cullen, se leía en la pantalla. Hablando de desaparecidos...

–¿Dónde estas? – escuché su voz, para variar, amargada.

–Es jueves Cullen, ¿dónde crees que estoy?

Silencio por la otra línea, abrí la llave para tomar un poco de agua y mojar mi cara.

–No has venido a verme.

Rodé los ojos.

–Llamé el lunes en la noche –expliqué–, y una amable mujer me dijo que te encontrabas enfermo e indispuesto para contestar llamadas.

Juro que intente que mi voz soñara un poco menos dura, me regañé en el espejo.

–Solo la contraté para hacerme unas compras y vigilar que no me rasque mientras duermo.

–No me debes explicaciones –canturreé antes de detener de ver el granito nuevo que me había salido y caer en la cuenta de algo–; Edward, querido, preguntaré esto lentamente porque me da miedo la respuesta: ¿le pagaste a un mujer para que te observe mientras duermes?

Silencio del otro lado de la línea.

–Bella tú sabes que la varicela puede dejar marcas para toda la vida en tu cara y si no, pregúntale a tu mejilla derecha.

Abrí la boca en una pequeña "o" de indignación como sí él pudiera verme, después corrí con la mirada para ver en el espejo lo que él refería. Una pequeña cicatriz en forma de círculo se levantaba sobre mi pómulo derecho, de no ser porque justo ahí tenía un hoyuelo, se notaría pero gracias a toda mi suerte el hoyuelo estaba ahí y la cicatriz; pasaba imperceptible.

–Como sea–, continuó. –Quiero verte.

Detuve la mueca que hacía en el espejo com el objetivo de ver si mi cicatriz se notaba más y le di la espalda a mi reflejo para concentrarme en sus palabras que, por alguna razón, ahora sentía escucharlas con cierta ansiedad. Estos desvelos me estaban matando.

–No puedo, estoy en guardia.

Casi me sentí mal. Casi.

–Mañana podemos desayunar juntos –insistió.

Me mordí el labio.

–Mi turno termina a las siete de la noche.

Escuché su respiración tranquila y luego un suspiro.

–Ya estoy yendo a la oficina porque mis erupciones se acaban de secar esta mañana pero puedo pasar por ti a los ocho a tu casa si lo prefieres.

Moví nerviosa mi zapato y agradecí a todos los cielos cuando mi biper sonó por segunda vez esta semana, te estas convirtiendo en alguien ocupada Swan me burlé.

–Lo siento Edward, alguien se está muriendo. Adiós.

Y colgué.

Resultó que sólo era Susan, quien quería que le comprara la cena. Se había estado portando de esa manera desde lo ocurrido con el doctor Sherman y yo no podía renegar si no quería una mala carta de recomendación de su parte. Sonreí como la mejor compradora de cenas. Estaba segura que le pediría a la cocinera que le escupiera o algo.

–Bella si un hombre dice que quiere verte es porque quiere verte, ¿no?

Rosalie me interceptó en el pasillo cuando le había dejado la cena a Susan e iba por un café a la maquinita que acababan de instalar. Nada de quemaduras por hoy.

–Rose, ¿por que me preguntas eso a mi? Tú eres la experta en hombres.

Me dedico una fulminante mirada pero permaneció caminando a mi lado.

–Emmett no volvió a invitarme a salir después del domingo y el lunes esperé la invitación a una tercera cita. Dios Bella, ¡hasta me hice la cera para que no me cayera por sorpresa! –exclamó– pero ahora ya estamos a jueves y sólo recibo un estúpido mensaje con dos palabras: "quiero verte".

Dibujó las comillas con sus dedos y dejó caer su espalda a un costado del pasillo. Admití que era frustrante mientras daba mi primer sorbo al líquido sin sabor a verdadero café, esta porquería sólo era agua caliente con azúcar. Me concentré de vuelta en Rose.

–No lo pienses tanto querida, en lugar de imaginarte mil posibles escenarios de su cabeza masculina trabajando mejor, pon a trabajar la tuya y responde: ¿quiero verlo o no?

Ella frunció el ceño un momento, segundos después se carcajeó.

–¿Cuándo cambiamos papeles Swan?

–Ja-Ja –me indigné mientras ella seguía riendo.

Un guapo doctor que había desaparecido por la semana pasó a nuestro lado y me dedicó una sonrisa antes de volver a su plática con otro de los cirujanos que iba a su lado.

Rose me dio un empujoncito con la cadera mientras me guiñaba el ojo burlándose de mi sonrisa con Sherman.

Por lo que quedaba de la noche, pude dormir un poco en una de las sillas de la sala de espera. Sin enfermos en crisis ni bipers pitando para ir por una orden de tacos. Fui algo así como feliz. Entonces Rosé me despertó para que la cubriera unas horas en su chequeo matutino y así pudiera entrar a observar una tiroidectomía.

Recogí sus expedientes y los míos con el fin de cubrir ambos turnos empecé a las 5:30am. Después de revisar que los medicamentos estaban en regla, las mejoras esperadas habían llegado y lo peor ya había pasado dejé por último a la señora Platt, con quien ya no había podido hablar debido a que, aunque se había hecho todo lo posible, el daño a sus cuerdas vocales había sido tal que se limitaba a pocas palabras con una voz ronca que no le correspondía a su vivaz personalidad.

De camino a su habitación me fije que en recepción había un grupo de enfermeras cotilleando alegremente. Me acerqué un poco más. Una de ellas se aplicaba un poco de labial mientras otras dos a su lado reían nerviosamente pero todas comiendo un punto fijo con la mirada. Pensé que estarían, como usualmente lo hacían, observando al doctor Sherman firmar el libro de llegada pero cuando seguí sus miradas y supe que el hombre de su atención no poseía bata si no un inmaculado y caro traje oscuro me puse pálida.

Edward Cullen se encontraba en recepción con una charola de cartón para dos cafés de Starbucks y una bolsa de papel de lo mismo en sus manos, hablando con una ruborizada Sara que agitaba la mano en el aire mientras la encantaba con sus palabras de cabrón prersuasivo. Cuando me di la vuelta con la esperanza de evitarlo y tomar otro camino hacia la habitación de la señora Platt, escuché: –¡Doctora Swan, ahí estas! –a mis espaldas, la voz de Sara se escuchaba increíblemente amable. Rodé los ojos y me di la vuelta hacia ellos ignorando las miradas curiosas de los presentes.

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Hola! Gracias por leer :) Espero que te guste.