Disclaimer: si lo reconoces es pura casualidad o casualmente no es mío.

::CUARENTENA::

El día para comerse una casa de muñecas.

Capítulo tres.

– ¿Qué sucede Sara? –pregunté con la mejor cara de Poker.

La anciana me sonrió para después mirar a Edward.

–Este joven ha venido a verte.

Coloqué mi sonrisa más política.

–Oh, claro –asentí aún sin encarar a Cullen–, pero aún me falta revisar a la señora Platt y pensaba asegurarme de que desayunara, ayer engañó a la enfermera, ya sabes que no le gusta comer temprano pero Susan me ha dado instrucciones precisas de ser su niñera.

Apreté mis labios en un acto de por favor, que mi actuación se gane el Oscar. Sólo entonces, miré a Edward con una fingida disculpa pero el desafío en sus ojos me dijo que no ganaría tan fácil.

–No hay problema –sonrío brillantemente y se dirigió completamente a Sara–: estoy seguro que puedes acomodarme como visita de la señora Platt para pasar con Bella.

Sara lo pensó un momento. Sin embargo Edward sólo tuvo que sonreír una vez más, sólo para ella, antes de que todo se viniera abajo.

–Oh, a ella le encantaría –correspondió la sonrisa la vieja coqueta–, siempre anda metiendose en los asuntos de los demás después de todo.

Con eso, supe que había perdido la batalla; –Sígame Sr. Cullen –mascullé y empecé a caminar en dirección a la habitación de la señora Platt con Edward siguiendo mis talones.

No dijo nada en el corto camino pero la sonrisa de suficiencia en su rostro bastó para sacarme de quicio.

–Señora Platt, tiene visita –anuncié abriendo la puerta de su habitación.

La anciana levantó los ojos caramelo de una revista y frunció el ceño en mi dirección.

–Diles que han llegado meses tarde.

Me reí por cortesía, lo cierto es que estaba algo enojada para tener buen humor. Edward caminó hasta la cama de la anciana, leí en su postura que, tal vez, ya no le parecía tan buena idea irrumpir en mi trabajo. La señora Platt lo examinó minuciosamente antes de volver su vista hacia mí.

–¿Cambiaste al doctorcito por este?

Edward frunció el ceño y sonreí mientras negaba con la cabeza leyendo las notas de de su expediente clínico.

–No negaré que esta muy guapo –continúo–, hasta le hallo cierto parecido con mi Carlos –se refirió al hombre del que siempre hablaba como una chiquilla enomorada, aún no lograba saber si alguna vez existió el tal Carlos en su vida o sólo era una recompensa de la grave falta de memoria–. De cualquier manera –se dirió a Edward–, bata mata carita.

Mi compañero decidió cambiar el ceño fruncido por una sonrisa encantadora. Caminó hacia la charola de comida que la enfermera debió haber dejado minutos antes y la colocó en la mesita para desayuno sobre la cama de la señora Platt.

–Eso dice porque aún no me conoce –habló tranquilo mientras se sentaba a un lado de ella–, le apuesto que cuando termine con usted preferiría que Bella huya conmigo a seguir enamorada del doctorcito que dice.

La vieja señora entrecerró sus arrugados ojos pero inmediatamente una sonrisa se extendió por sus labios, lo que la hizo verse increíblemente más joven.

–Estos jóvenes de ahora, ya no tienen respeto por las damas.

–Basta ustedes dos –me metí, sintiéndome excluida–. Señora Platt, le presentó a Edward Cullen, ha venido a visitarla.

– ¿Cullen eh? Yo conocí una vez a un Cullen –murmuró.

En cuanto terminó la oración, ambas nos quedamos sorprendidas. Era un recuerdo inconsciente como si fuera algo que diría naturalmente de no haber perdido la memoria. Lo anoté rápidamente en el expediente. Este detalle no pasó inadvertido para Edward.

–Que Bella te explique con palabras adornadas lo que le pasa a esta vieja loca –habló después de un rato.

Suspiré.

–La señora Platt ingresó al hospital con un fuerte golpe de cabeza que pudo haberle hecho perder la memoria, las resonancias muestran que los daños del golpe han desaparecido pero ella sólo tiene en casos lejanos, como este, vagos recuerdos de su vida como cualquier caso de demencia senil.

Cullen asintió lentamente y compuso otra sonrisa de su propia patente para ella.

–Bueno, hay días en los que consideraría un regalo olvidar mi pasado –dijo abriendo la bolsa de desayuno que nos había traído.

–No lo pienses muy enserio, muchacho.

–Detecto en usted un acento texano, si vivía allá puedo asegurárle que esta lejos de casa –me extendió mi café y lo tomé pensando que no había sido buena idea traer al insensible de Edward con esta pobre señora en desgracia.

Pero no parecía afectada, asintió en silencio tomando la gelatina de la charola que Edward le había acercado como si fueran grandes amigos.

–Aunque lo intente, no puedo sentir nada familiar con las palabras –confesó después de dos cucharadas de gelatina.

Tomé mi café sin agregar nada, temiendo confesar que me gustaba observar a Edward interactuar con esta señora. Había empezado a comer un pannini y masticaba mientras la escucha con interés sincero. Sus ojos verdes me enfocaron causando la sensación de un golpe de aire en mi pecho y acelerando un poco mi pulso. Pensé en ese momento que besarlo había sido una muy mala idea, pues ahora, aún con lo generosa que había sido la varicela con él, dejando sólo unas cuantas costras distribuidas en su rostro, se veía increíblemente deseable. Un rubor se extendió por mis mejillas cuando me di cuenta de las ganas que tenía de besarlo en frente de una de mis pacientes a cargo.

Las señora Platt carraspeó y como si no fuera lo único para volverme a la realidad mi biper comenzó a sonar. Maldita Susan. Inicié mi camino a la puerta.

–Todo bien señora Platt, pasaré antes de terminar mi turno para verla y Edward –agregué cuando ya estaba un paso fuera–. Gracias por el café –sonreí a costa de mis hormonas–, estoy libre para cenar, si aún está en pie, llegaré a tu casa a las 8 o más tarde.

–Suena como un plan –escuche una vez fuera de la habitación.

::❤️::

Me encontraba firmando el libro de salida a las 7:45pm. Estaba un poco cansada pero la idea de pasar el resto de la noche con Edward me ponía ansiosa, nerviosa y asustada. Había decidido no profundizar en sentimientos como le aconsejé a Rosalie y sólo responder a la pregunta; claro que quería verlo.

–¡El hombre se tragó la casa entera, con todo y las muñecas! Comenzó por los arbolitos de juguete hasta que su hija llamó llorando porque su padre estaba loco.

Escuché a mi lado a uno de los internos comentarle a otro con los ojos brillantes.

–¿Y quién lo opera? –preguntó una chica que se notaba que necesitaba dormir inmediatamente.

–El Doctor Sherman.

El aludido apareció por el pasillo.

– ¿Ya tienes los estudios que te pedí, doctor Turner?

El tal doctor Turner se despidió de la chica y salió corriendo tras un "enseguida". Los ojos de Erick se posaron sobre mí.

–Doctora Swan –saludó.

–Doctor Sherman –me despedí cerrando el libro de firmas y tomando mi bolsa para retirarme.

–Si le interesa entrar a una cirugía, la espero en el quirófano 4 –habló cuando pasaba por detrás de él para irme–, le prometo que podrá tomar un bisturí si me perdona lo del café.

Me sonrió encantadoramente y se fue por el mismo pasillo por el que había llegado, dejándome quieta a mitad de recepción. Tomé mi teléfono y marqué rápidamente el número de Edward. Contestó al segundo timbre:

– ¿Recuerdas esas pizzas que nos encantaban del lugar italiano del cual nos vetaron porque uno de tus ex, cómo se llamaba... Oliver le pegó al chico que te confundió con su novia?

Bufé.

–Jasper y tú no me lo perdonaron por semanas.

Escuché su risa al otro lado de la línea y alejé un poco el teléfono de mi oreja con una cara de extrañeza. No lo había escuchado reírse de esa manera antes, tan despreocupado.

–Pues abrieron lo de pedidos a domicilio y nos he pedido tu pizza favorita para esta noche.

La culpa visitó mi estómago.

–Edward, sobre eso –titubeé y callé un momento. Por alguna razón, estaba de buen humor. Seguro lo entendería–. El doctor Sherman me dejará entrar a una cirguía hoy y es algo que de verdad no me quiero perder –expliqué demasiado rápido.

Silencio.

Apreté las llaves de mi coche entre mis manos aún sin salir del hospital o entrar a cambiarme para cirugía. No sabía que era lo que estaba esperando, porque la aprobación de Cullen no lo era, era como un sentimiento de raro de compromiso que tenía conmigo misma. Nunca debí besarlo.

Una carcajada me trajo de vuelta. Era Edward.

– ¿El doctor Sherman es el doctorcito?

Mordí mi labio. No le debía ninguna explicación. ¿Por qué quería dásela?

–Está bien Swan, ojalá te invite a algo más que una cirugía. –Se río otra vez antes de agregar–: suerte.

Y colgó.

Me quedé parada, aún un momento más, pensando como sus palabras me habían afectado. Recordé que en una de nuestras pláticas él me había dicho "para los hombres es más fácil separar lo emocional de lo físico", yo me había reído, dado un trago más a mi cerveza y contestado mientras señalaba a un tipo de la barra enfrente de nuestra mesa "¿ves ese tipo? Tendremos una noche especial y mañana ni siquiera sabré el nombre de su perro". Alice se había ofendido y Jasper nos había hecho salir del lugar alegando que yo me había pasado de copas mientras Edward no dejaba de repetir que tenía la razón.

Guardé las llaves de mi coche en la bolsa y saqué las de mi locker. Ya le demostraría a Edward como se equivocaba.

Las siguientes tres horas fueron inolvidables, Erick no mentía cuando me prometió sujetar un bisturí y fui yo quien realizo la incisiones en el abdomen del sujeto, afortunadamente Susan ya se había marchado.

–Gran trabajo hoy, doctora Swan –me sonrió cuando salí de la sala de operaciones aún con la bata puesta.

Le sonreí de vuelta, estaba extasiada.

Rodeó mi posición para ayudarme a desatar la bata de la parte de atrás. Una vez fuera se despidió de mi con un beso en la mejilla mientras caminba feliz para hablar con los familiares del paciente. Todo había salido bien. En mi opinión, mucho mejor que bien. Aún con una sonrisa boba manejé a mi departamento y debo admitir que dormí con la misma.

A la mañana siguiente Susan no se aprovechó del biper para pedirme desayuno y quise pensar que ya me había perdonado. Sólo vi una vez a Rosalie en el pasillo y ambas nos sonreímos como si la vida fuera perfecta. Casi podía escuchar la canción de What a wonderful word como soundtrack mientras cumplía con las rondas a lo largo del día.

–¿Nos veremos mañana Bella, cómo todos los sábados? –se aseguró cuando me despedí de ella.

Asentí y subí a mi camioneta, lista para un merecido y exquisito fin de semana cuando Alice marcó para saber como estaba. Me contó, como todos los días, el avance de Jasper, quien ya sólo sufría por la picazón. Me preguntó como iba Edward y llegó la sensación que había evitado todo mi día de felicidad.

–Bien –contesté–, ayer lo ví y se veía bien, el cabrón fue tan afortunado que su rostro apenas parece enterarse de la enfermedad.

Alice río musicalmente.

–Saludamelo, por favor, quise marcarle hoy para saber como estaba pero su teléfono me aparece fuera de servicio.

Arrugué el entrecejo.

–Lo haré cuando lo vea –aseguré.

–¡Gracias Bella! –canturreó–, a inicios de diciembre estaremos allá, los extrañamos mucho –y colgó.

Una vez terminada la llamada con mi hermana, bajé con el pulgar en mi historial y marque el número de Edward.

"Fuera de servicio".

Extraño. Ya que acaba de salir del hospital, su casa no me quedaba lejos y dado que la última vez que desapareció telefónicamente casí alucinaba por la fiebre, no me pareció mala idea ir a verlo.

En cinco minutos me encontraba estacionando mi camioneta en el lugar de visitas pero el carro de Edward no estaba aparcado a un lado, como esperaba. Al no tener el número de su oficina, pensé en llamar desde su casa, seguro lo tendría anotado por algún lugar. El portero me dio acceso al reconocerme y le sonreí de vuelta.

Cuando el elevador se abrió en su piso, casi esperaba encontrarlo de espaldas o tumbado en su sillón pero todo estaba desierto. Caminé al teléfono a un lado de su sillón y busque el número de su oficina, al notar que estaba, sonreí victoriosa.

–¿Diga? –contestó su secretaria.

Aclaré mi garganta.

–Er... Comunicarme con el Sr. Cullen, por favor.

–El Sr. Cullen no se encuentra, su horario de los viernes termina a las 5pm. ¿Desea dejarle algún mensaje?

Ni siquiera me detuve a contestarle y colgué. Me estaba sintiendo enferma al irrumpir en su casa, tomar su teléfono, marcar a su oficina y que su secretaria me haya dicho que lleva cuatro horas fuera. Caminé de vuelta a la salida, con suerte, el portero no decía nada de mi presencia. Llamé al ascensor, pero cuando este se abrió, un Edward siendo arrinconado por una mujer en una de las esquinas del elevador mientras este tocaba de su trasero fue lo que vi. Mi corazón pareció saltarse un latido. Carraspeé ruidosamente.

La chica que succionaba felizmente del cuello de mi amigo se sepáró abruptamente de él, alisando su corto vestido rápidamente como si así pudiera taparle algo más que la dignidad.

Me miró de arriba abajo y debo admitir que mi aspecto ojeroso, despeinado y con una gran mancha de puré de papa que uno de los pacientes se había negado a comer sobre mi blusa, no era rival a su ceñido pero corto vestido, tacones kilométricos y delicadamente alborotado pelo rubio rojizo. Me sonrió con suficiencia antes de voltear a Edward y apoyar su codo sobre el hombro de este, aunque tambaleó por la altura que le faltaba y mejor dejó caer su brazo a un lado, sin dejar de marcar su territorio sobre Edward ante mí.

–Eddie no me dijiste que una mugrosa nos abriría la puerta –habló con una voz felina.

La gana de largarme a llorar fueron débilmente reprimidas por mi orgullo. Giré mi rabia hacia él.

Edward con los labios hinchados me revolvió el estómago. Separa lo emocional de lo físico, me repetía una y otra vez pero se empezaba a formar un escozor alrededor de mis ojos.

–Márchate –habló Edward y cuando iba a tomar mi bolsa para salir enfada por la ventana ya que ellos no se movían del elevador, aclaró–: Rebecca, adiós. Puedes decirle al portero que te pida un taxi –dejándonos sorprendidas a las dos, sacó un billete de su cartera y lo extendió a la muchacha, quien aún no salía de su estupor. Dio dos pasos fuera del elevador y la despidió con un gesto de mano, dándonos la espalda a ambas en su camino a la sala.

–¡Mi papi jamás hará negocios contigo, bastardo cabrón hijo de puta! –gritó colérica mientras presionaba como loca el botón del elevador para que las puertas se cerraran.

Me quedé en mi lugar petrificada dudando si seguir a Edward, quien ya se encontraba en la cocina, o esperar hasta estar segura de que Rebecca estuviera lejos para irme.

¿Qué rayos? La curiosidad mató al gato.

Me encontré a Edward en la cocina sirviendose whisky con una cara ilegible. La imagen intimidaba un poco hasta que dejó su bebida en la mesa para comenzar a rascarse el hombro derecho sobre el traje, se quitó el blazer para rascarse más cómodamente.

–Quedarán marcas y llorarás por el resto de tus días.

Levantó la mirada furioso, lo que me hizo sentir más enojada.

–¿Quién era? –señalé hacia el elevador cuando volvió a rascarse como loco.

–Rebecca –masculló después de un momento–, lamento no haberlas presentado pero mis planes con ella se arruinaron desde que te vi aquí.

El sarcasmo de su voz no pasó desapercibido, a lo cual, pusé los ojos en blanco como respuesta.

–Ya que aclaramos eso, ¿tienes algo para defender tu allanamiento de morada?

Abrí la boca y volví a cerrarla.

–Si vas a correrme como lo hiciste con ella, no te daré el gusto –hablé dando la vuelta y caminando a la salida.

Me siguió detrás.

–Puedes hacer todas las estupideces que quieras Swan pero al final, responderás mi pregunta.

–¿A qué diablos te refieres? –pregunté llamando al ascensor con la rabia contenida. No debí bersarlo, nunca. –¿Qué pregunta?

Las puertas se abrieron y vi el espacio vacío por el que antes había bajado una colérica Rebecca. Edward caminó para apretar el botón y las puertas volvieron a cerrarse. Quedando a pocos centímetros de mí y sosteniendo mi mirada con la suya, repitió la pregunta:

–¿Qué haces aquí?

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Hola! Otra vez estoy aquí, estoy muy emocionada!

He logrado adelantar varios capítulos a la historia y por lo mismo es que he estado subiendo diariamente pero siento que así, voy algo rápido, siento que sería mejor subir cada tres o cuatro días.

Gracias por leer :) Espero que te guste.