Disclaimer: si lo reconoces es pura casualidad o casualmente no es mío.

::CUARENTENA::

El día que tomé una mala idea.

Capítulo cuatro.

Era un verde como cuando te encuentras en la zona profunda de un lago y el sol empieza a reflejarse sobre el agua, es el mismo color por todo el espacio pero con diferentes reflejos sobre el. Pensé eso, intentando sostener los ojos de Edward, aún sin saber como responder a su pregunta. Bajé la mirada.

–Llamé a tu celular pero estaba fuera de servicio, pensé en llamar a tu oficina desde aquí y tu secretaria me dijo que ya te habías ido.

Bufó.

–Eso explica por qué estas aquí pero no qué haces aquí –repitió con severidad.

–Es lo mismo, tampoco te pongas tan filosófico –intenté bromear pero no le pareció gracioso.

–Olvídalo Bella.

Se alejó de mi antes de volver a llamar al elevador y empezar camino hacia su habitación por las escaleras.

Lo juro, lo juro, si no estuviera tan confundida ya le daría cita para un psicólogo en este momento. Ahora fui yo quien lo siguió.

–¿Cómo puedes estar enojado? –cuestioné a pasos de su espalda–, ¡fui yo la que encontró a la mujer esa jugando al vampiro contigo!

Ni siquiera volteó a verme o se detuvo cuando respondió con otra pregunta:

–¿Ahora eso te importa? Porque anoche no lo parecía cuando entrabas a cirugía con el doctorcito Sheppard.

–¡Sherman, Edward! ¡Y no es lo mismo!

–¡No, claro que no! –alargó las palabras ente gritos cuando entró a su habitación conmigo siguiéndolo por detrás–. No es lo mismo porque a ti no te he dejado con la cena lista y...

–¡ME DIJISTE QUE NO IMPORTABA! –lo interrumpí–, ¡hasta me deseaste suerte y arrojaste a los brazos de Erick! –tomé airé intentando relajarme antes de continuar–, definitivamente no esperaba una escena de celos.

Pasó sus manos por el cabello, despeinandolo más antes de soltar una sonora carcajada.

–¡Esto no es una escena de celos! Para eso hace falta sonsacar a mi secretaria y esperarme de brazos cruzados en el umbral de mi casa mientras casi te pones a llorar por verme con otra.

La sangré volvió a subir a mi cabeza rápidamente.

–¡Eso tampoco fue una escena de celos!

Respiraba rápidamente y mi pulso se sentía que golpeando fuertemente dentro de mi cuello. Recordando los gritos y reclamos, bien, tal vez sí era una escena de celos. Edward volvió hacia mi finalmente con los ojos oscuros y lo siguiente que supe fue el sabor de sus labios salvajes sobre los míos.

Devoró mi boca con desesperacion tomando mi cara entre sus dos manos. Y mis labios, ni lentos ni perezosos, le devolvieron el remolino de pasión que había iniciado la pelea y culminaba con las emociones nacidas de su tacto sobre mi cuerpo. Pasó uno de sus brazos por mi cintura, acercándome más a él y otra de sus manos bajó a mi trasero dándole un pequeño apretón sobre mis jeans haciendo que soltara un gemido que fue atrapado por sus labios antes de dar moridas descendentes por mi cuello. Mis piernas comenzaron a temblar.

No nos habíamos besado de esta forma antes y me estaba volviendo loca. Me levantó del piso en brazos y caminó sólo un poco para dejarme caer sobre la cama y seguidamente acorralarme debajo de su cuerpo. Aquí estaba yo, arrepentida de haberlo besado hace unas horas y a minutos de acostarme con él. Tan Bella Swan.

Continuó besando mi cuello mientras yo le daba un acceso más fácil inclinando mi cabeza hacia atrás sobre su almohada. Sus manos, que se habían quedado a lados de mi cabeza bajaron tomando mi cintura y después subieron hacia mis senos, atrapando cada uno y dibujando círculos con el pulgar entre ellos.

Gemí repetidamente, ningún hombre me había puesto de esta manera, mucho menos con toda la ropa aún puesta. Abrí mis piernas para que se acomodora mejor sin querer separarme ni un poco de él, aunque eso me impidiera quitarle la ropa. Soltó uno de mis pechos para tomar mi rodilla y subir mi pierna sobre su espalda. Mi pie pasó rozando su espalda baja con la suela del Toms que ni siquiera me había quitado. Edward repitió el movimiento, quedándose más quieto, soltó mi otro pezón volviendo a repetirlo. ¿Se estaba rascando la espalda con mi pie? Lo confirmo cuando comenzó a rascarse el cuello con la mano libre.

Lo separé un poco de mi levantándolo con mis manos debajo de sus hombros, lo que me permitió ver su pecho. En nuestros movimientos se habían desabotonado tres botones superiores de su camisa y estos revelaban su cuello y parte de sus pectorales, lo cuales parecían una plantilla de ronchas un tono más oscuro que su piel. Me reí y frunció el ceño. Subí mi otra pierna a su espalda y con mis pies rasqué la parte baja de su espalda mientras que con mis manos trazando círculos rascaba la parte alta y lo miraba divertida.

–Yo te daré lo que te gusta cariño, ¿te gusta así?–fingí un tono lascivo mientras repetía los movimientos y me echaba a reír.

Acompañó mis risas dejándose caer sobre mi cuerpo. Me gustó la sensación de su cuerpo temblando entre carcajadas sobre el mío mientras bajaba mis piernas de su espalda y comenzaba a hacerme cosquillas a mis costados. "Te has portado mal, Isabella" repetía con sus dedos revoloteando sobre mi abdomen. Cuando nos dejamos de reír besó mi mejilla tranquilamente y rodó para quedar a un lado de mí, pasando su brazo debajo de mi cabeza.

–Odio la varicela –murmuró con los ojos cerrados.

Me acerqué más a él, mirando su pecho subir y bajar, ahora las ronchas de su cuello y pecho se hacian más evidentes. Me acerqué apoyando mi cachete sobre su camisa, aunque no tenía miedo contagiarme, pues ya la había tenido de pequeña, sabía que su piel estaría aún muy sensible para lo que teníamos en mente.

–Eso también te habría arruinado las cosas con Rebecca –murmuré.

Bravo Bella, dices las cosas más apropiadas. Cuando pensé que guardaría silencio y habría un momento incomodo, me recordó porque nos habíamos hecho amigos: el también era algo idiota con las palabras.

–La verdad es que eso es lo que hizo que se fuera, no que me muriera por besarte cuando te vi verde celos.

Sonrió ladinamente y tomé una de las almohadas a mi lado para estamparla contra su cara petulante.

–Quisieras –murmuré con el tono más maduro -nótese el sarcasmo- mientras su risa media ahogada por almohada llegaba a mis oídos.

Nos quedamos abrazados un momento sin decir nada, probablemente con la misma pregunta en la mente: ¿qué estoy haciendo? De cualquier manera, no hubo mucho mi tiempo para pensarlo porque mi estómago nos interrumpió con un gutural sonido. Gracias.

Edward se levantó de un salto y me extendió la mano para ayudarme.

–Aún esta la pizza en la nevera.

Recordé el episodio de anoche y no pregunté nada más.

–Puedes bañarte mientras yo la caliento –señaló una esquina de la habitación donde supuse estaria su baño–. Arriba de las toallas están mis pijamas, seguro te quedarán grandes pero estarás más cómoda.

Observó la mancha de papá en la esquina de mi blusa con una sonrisa y lo empujé juguetonamente cuando pase a su lado en dirección al baño. Sólo que antes de entrar, voltee hacia él, insegura.

–Edward.

Se detuvo en su camino a la salida y se giró hacia mi como si supiera lo que estaba por preguntarle.

–¿Qué es esto? –nos señalé.

Se rascó la nunca, un gesto que siempre había sido de incomodidad y tuve miedo de que saliera huyendo por la ventana pero me sonrío antes de tenerne pensando ¡ah no! Yo huiré primero maldito egocéntrico.

–Podemos hablarlo cuando bajes a comer –su boca se inclinó hacia la derecha y caminó hacia mi cual modelo en pasarela–, pero esto –señaló el pequeño espacio entre nosotros con el índice–, me gusta–, y me dio un pequeño beso mariposa antes de girarme hacia el baño y hacerme caminar con una suave nalgada.

Nota mental; no sé si me gustan las suaves nalgadas.

Me tomé mi tiempo al bañarme, pensando que le diría cuando bajara, adivinando qué podría decirme él pero después me divertí más oliendo y probando todos los productos que tenía en su baño.

Nota mental; tiene que haber una ley para que un hombre no tenga más productos de baño que una mujer.

Escogí un pijama a rayas grises y un polo gris que me quedó muy flojo, ajusté la cintilla del pants a mi cadera pero aún así lo arrastraba un poco de los pies. Tal vez era señal del destino para no salir del baño, para irme huyendo a casa, para no tener ninguna plática. Me golpeé mentalmente y bajé arrastrando el pijama hacia la cocina.

Al sentir el olor del tomate y queso casi suelto un gemido de placer, no había comido desde la mañana y, aún no sé si mordisquear una de las galletas saladas de Rose y tomar agua de calcetín de la máquina de café pueda contar como "comer".

Edward me vió y esbozó una leve sonrisa que se convirtió en una más grande cuando me vio de pies a cabeza con su jodido pijama. ¿Qué tienen los hombres con el placer de ver su ropa en otra? Sacó la pizza de un horno eléctrico y la sirvió de nuevo en la caja, tomó dos platos y nos sirvió una rebanada. Luego sacó un vino que identifiqué como Black Swan, rodé los ojos.

–Hasta se podría decir que tu cocinaste la pizza.

–Hasta se podría decir que te estoy gustando así.

Volví a rodar los ojos y me senté en el mismo taburete del domingo pasado pero antes de hacerlo, me di cuenta que en las patas del mismo se encontraba un teléfono con la pantalla rota y la batería de fuera, el de Edward, para ser exactos. Ya sentada, lo dejé en medio de nosotros.

–Ahora sé porque estabas fuera de servicio.

Se encogió de hombros.

–Supongo que necesitaré algo más resistente –mordió la pizza–, como despedí a Victoria hace una semana no tuve tiempo de encargarle a alguien comprar un nuevo equipo.

–Pudiste meter el chip a cualquiera de los otros –objeté pero me miró como sí estuviera loca.

–Tengo un teléfono para cada tipo de negocios –explicó–, así, depende de cual vibre, puedo coordinar mi mente con el problema incluso antes de que me lo digan.

Asentí.

–Segun Alice todo el día has estado incomunicable por ese número, ¿eso no afecta al negocio?

–Es mi número personal –respondió–, ahí no atiendo negocios.

Seguimos comiendo pero no podía ignorar el teléfono brutalmente tratado.

–¿Lo hiciste a propósito, no? No puedo creer que se te haya caído solamente.

Siguió comiendo sin mirarme, aún así me contestó.

–Sí, algo salió mal.

No dijo nada más y tampoco insistí el resto de la comida. Me desesperó el silencio porque quería iniciar la conversación que teníamos pendiente pero no sabía como hacerlo y me estaba comiendo las uñas mentalmente con la tranquilidad de Edward. Lavamos los platos con el mismo maldito silencio y cuando por fin habló de nuevo fue para preguntarme si me quedaría a dormir.

–¿Quieres que me quede? digo, me he puesto tu pijama y todo, esperaba que estuviera implícito.

Colocó sus manos en mis caderas y se inclinó para hablarme.

–Quiero que te quedes pero también quiero que quieras quedarte.

Me rei un poco y frunció el ceño.

–¿Cuándo te convertiste en la chica, aquí?

Se río de vuelta pero negó con la cabeza.

–Ay Bella –fue lo único que dijo y me hizo sentir como una niña pequeña–, ¿puedes subir un momento? Tengo que hacer una llamada, al terminar, te prometo que habláremos.

Le sonreí apenas y con todo el valor que pude reunir, me puse de puntitas y rocé sus labios antes de subir de nuevo a su cuarto. Recibí un mensaje.

"Tenemos que hablar" R.

Maldita sea Roslaie Hale y su antipatia por los mensajes.

"¿Qué sucede?" B.

"Debe ser en persona, ¿estas en tu casa? Pasaré a verte" R.

Me sentí nerviosa mientras tecleaba lo siguiente.

"No, estoy indispuesta, hablamos después."B.

"¿indispuesta?"R.

Decirle a Rose que estaba con Edward no era una opción, no cuando no sabía lo que podía esperar de él en minutos y tampoco si lo que esperaba era lo que obtendría, mucho menos si no lo obtenía.

"Estoy con Sherman, deseame suerte. Bye." B.

Esperé ansiosa su respuesta pero no llegaba, no llegaba y supuse que se lo había tragado.

–Nunca contrates chinos ambiociosos enamorados del sueño americano, son igual de eficientes que sus juguetitos –Edward entró en la habitación cuando aún sostenía el teléfono en las manos–, ¿algún problema?

Negué con la cabeza dejando el teléfono a un lado y sintiendo el coraje suficiente de decirle las cosas.

–Edward, no más rodeos, me siento como una loca estando aquí.

Paso su mano por su cabello y lo agradecí porque si volvía a rascarse la nunca, tendría que arrancarle la muñeca y la cabeza para siempre. Se sentó a mi lado.

–Lo sé pero no puedo Bella, no sin saber qué quieres.

–Quiero saber que quieres tú.

Suspiramos frustrados pero al vernos así, nos reímos un poco.

–Quiero intentarlo –dijo finalmente–, pero no sé si lo quiera lo suficiente como para hacer a un lado la idea de perderte por esto.

Me miró penetrantemente aunque una esquina de su labios tembló un poco, bajé la mirada y comencé a jugar con mis manos. Adiós coraje.

–Yo no quiero que sea incómodo entre los demás, ambos llevamos el peor historial romántico de la historia y juntarnos es algo así como llegar a la médula espinal en posición supino; una mala idea.

Hablé tan rápido que tuve que tomar aire para continuar cuando el rostro de Edward se endureció.

–Pero –tomé una de sus manos–, me gusta esta mala idea.

Me sonrió y mi corazón dio un salto, una sensación de la que aún no quería despedirme.

–Podemos intentarlo –me instó–, y esperar un tiempo antes de decirle a los demás, definitivamente si logro salir intacto de que me patees el culo por mi mal humor.

Me reí.

–Edward, yo también tengo mal humor –le recordé–. ¡Ah! Y otra cosa, nos mataremos comiendo pizza porque ninguno de los dos cocina.

Se río ahora él, dejándose caer en la cama y llevándome consigo.

–Podemos probar otras cosas –aseguró.

–Seguro hay mas comida a domicilio –me burlé, girando mi cuerpo hacia él, podía ver su mandíbula mientras hablaba y embriagarme con su colonia como una adicta.

–Puedo contratar a alguien que cocine cuando vengas a cenar –ofreció y pensé que todo lo que se proponía siempre lo hacía bien, esperaba que esta vez fuera una de esas veces.

–De acuerdo pero serán los días viernes, porque el sábado suelo estar en casa de Rose.

Asintió girando su cabeza hacia mi, tenerlo tan cerca me hacia sentir nerviosa.

–Bella –musitó.

Levanté mi cabeza para besarlo porque derrepente era lo único que quería hacer, respondió mi beso tranquilo y con la misma tranquilidad depositó pequeños besos hasta mi cuello, ahí se entretuvo pasando su nariz y oliendo su propio jabón de mango sobre mi piel. Estaba haciéndome muchísima cosquilla pero sentía algo más profundo que eso en mi pecho, era un calor que me embriagaba.

–Bella –volvió a llamar.

–Umju –murmuré.

–No quiero que salgas con el doctorcito.

Declaró antes de sustituir su nariz por sus labios en un beso apasionado que incluía pequeñas mordidas que me hacían no poder concentrarme en sus palabras. Lo separé un poco para tenerlo cara a cara.

–No quiero ver otra Rebecca.

Sonrió brillantemente y se agachó para darme un beso en el cachete.

–Hecho.

El resto de la noche vimos una película, o intentamos verla porque me sentía como una adolescente sin poder separar mis labios de él y sus manos tuvieron el permiso de tocar mi cuerpo a su antojo. Claro que todo el tiempo, nos limitaba la incómoda varicela. Casi deseaba tenerla también, para que el deseo de mi cuerpo se remplaza por la sensibilidad de mi piel.

Me dormí a las dos de la mañana en las piernas de Edward, mientras el leía algunos correos que le había enviado su secretaria.

Al llegar la mañana encontré la cama vacía. Bajé esperando encontrarlo en la sala o la cocina pero no hubo nada, cuando subí para cambiarme el estúpido pijama que arrastraba, encontré mi teléfono con el led encendido, era una mensaje de Edward.

"Lo siento Bella, surgió un problema. Te debo un desayuno pero espérame y te llevaré a comer." E

Cerré el mensaje para terminar de ponerme mis jean mientras murmuraba algunas incoherencias sobre los hombres y su adiccion al trabajo. Observé mi blusa con la mancha de puré de papa y recordé a Rebecca y Edward sintiendo como si hubiera pasado demasiado tiempo desde entonces. Suspiré dejándome la playera de Edward puesta. Tomé mi teléfono para responderle.

"Lo siento, hoy es mi día con Rose. Me llevo tu playera, así que te debo una" B.

Salí del edificio despidiendome del portero y subí a mi coche con una felicidad distinta a la del jueves. Me sentía ansiosa, no tranquila. Con demasiada energía, no en un estado zen y soltando risitas por cualquier cosa. Tal vez si debía besarlo después de todo.

Fui a cambiarme a mi departamento y aproveché en llamar a la chica de la agencia de ventas que Alice me dijo para iniciar el trámite de la venta del lugar. Cuando llegué con Rose estuvo haciéndome demasiadas preguntas sobre mi supuesta noche con Erick pero mis sonrojos y sonrisas los creí suficiente para convencerla.

Pasamos todo el día estudiando sobre un nuevo paciente que acaba de llegar el jueves y al que Rose había asistido el día pasado, cuando yo me encontraba con Edward. No mencionó nada sobre Emmett, tampoco pregunté.

Estando cerca de mi departamento mi teléfono comenzó a vibrar y esperaba que fuera Edward pero me sorprendió ver el nombre de mi madre.

–Hola extraña –sonreí, la extrañaba mucho y me había decepcionado cuando no pudo llegar a la boda de Alice por estar de viaje con Phil, su novio.

–Cariño, perdón que te llame en este momento pero necesito er... –silencio de 20 segundos–,... Un favor.

–¿Qué pasa?

–Es Phil, nos peleamos.

Rodé los ojos, mi madre siempre se peleaba con Phil. De alguna manera, esa era su forma de amarse.

–Aja.

–¡Bella es enserio! –escuché su desesperación–. Le he pedido que demos el siguiente paso y me ha dicho "hablamos de esto en dos semanas" ¿¡puedes creerlo!?

–Mamá, tranquila. Phil siempre ha tenido una mala opinión y tu deberías tenerle más fé a tu relación, han durado más de lo que duró tu matrimonio con mi padre.

–Eso es porque no hemos tenido hijos.

–Ouch, gracias por lo que me toca –bromeé y funcionó, ya que se río un poco–. Como sea, ¿para que me necesitas?

Reneé se quedó callada otra vez.

–Mamá...

–Para que me abras la puerta, cariño.

–¿Dé que hablas? Escucha, estoy llegando a mi departamento, te marco cuando este den –pero entonces las luces de mi coche iluminaron a mi madre en la entrada del edificio con dos maletas a su lado.

::❤️::

–¡Phil, por Dios! –casi le grito a mi no padrastro cuando me contestó que no le pediría perdón a mi madre hasta dentro de dos semanas.

–Lo siento Bella.

Y colgó.

En un estado de cólera subi a mi habitación para encontrarla desempacando.

–No seré ninguna molestia –prometió–, pero me niego a seguir viviendo con ese hombre mientras sea un asno.

Iba a contestarle que ella se estaba comportando algo igual cuando mi teléfono recibió otra llamada. Esta vez sí era Edward. Contesté.

–¿Si estás en tu departamento puedo pasar a verte?

Vi de reojo a mi madre y resoplé ruidosamente.

–Tengo visitas, no puedo.

Reneé se giró para verme.

–¿Es un muchacho? –preguntó tan alto que seguro Edward pudo escucharlo y siguió hablando de la misma forma–; dile que venga, no seré la culpable de que mi galenita no tenga sexo –escuché la risa de Edward al otro lado de la línea–, pero por favor que no se vaya antes de desayuno, quiero conocerlo.

Aún con la boca algo desencajada me giré para darle la espalda a la señora que me había dado a luz. Debería de acostumbrarme a su actitud tan liberal pero viviendo con Charlie la mayor parte de mi vida, no podía.

–No se te ocurra venir.

Dejó de reírse un momento para contestar.

–Nos vemos después, galenita.

Cuando mi madre bajó nos hizo de cenar, o eso pretendió, porque probablemente mi nula habilidad culinaria era su herencia. Pasó la mitad de la noche disculpándose por la cena y, la otra mitad, comiendo helado frente a la tv. Dejando una adolescente en la sala, me dispuse a dormir.

::❤️::

–Doctor White, acaba de matar a su paciente pero muchas gracias por su participación –medio bromeé al chico de penúltimo año que estaba entre el grupo.

Hoy habían llegado un par de estudiantes que querían apuntarse para realizar el servicio en este hospital, como Rosalie y yo lo hicimos hace un año, sólo tres de ellos quedarían y como había faltado Susan el día de hoy, me había dejado a cargo de asustarlos y enseñarles el lugar.

Estaba en eso cuando Rosalie apareció por el pasillo de las habitaciones y todos los chicos del grupo se la quedaron viendo. Ella me llamó con el dedo para que nos apartáramos un poco.

–Las señora Platt tiene visita –murmuró e inmediatamente me sorprendí.

–¡Es increíble! ¿Alguien ha llegado a verla, la han reconocido?

Rosalie negó con la cabeza, evaluando cada una de mis reacciones con ojos crítico. ¿Qué mosco le pico desde el fin de semana?

–Es Edward.

Entonces mi sorpresa fue reemplazada por duda.

–¿No te sorprende?

Negué con la cabeza.

–No. Sí. –me trabé–. Claro que me sorprende, ¿crees que puedas seguir el tour por mi? Iré a preguntar.

–Claro –asintió sin renegar, lo cual me advirtió que una bomba estaba por caer–, pero antes, ¿podrías explicarme desde hace cuánto estás con Edward?

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Hola! Nos vemos el domingo, muchas gracias por leer :)))))) No la abandonare :)