-¿Es usted, señor Wilson? -Preguntó Amaterasu levantando sus orejas peludas. Obtuvo una respuesta positiva, aunque no la necesitaba, puesto que para ése entonces ya había conocido del todo el alma atormentada aunque bondadosa del hombre de rojo.
Desconocía el por qué Víctor von Doom la quería a ella, o a Deadpool como su "protector".
Por ahora eso no le importaba demasiado. Simplemente quería encontrar una forma de salir de ahí. Pero sola no podía. Sin embargo, no quería causar problemas a aquel servidor que había estado resguardando su estadía ahí, el cual en esos meses se había convertido en su único amigo. En una situación tan desesperada y desalentadora, cualquier ser que demuestre empatía hacia tí se convierte en tu amigo. Sin embargo, día a día se formaba un lazo inquiebrantable de amistad entre ambos.
Él iba gustoso a vigilarla. Ante ella se sentía demasiado cómodo, y esa oscura y profunda mirada lo hacía transportarse hasta niveles inimaginables de alegría y bienestar, como hace tiempo no sentía. No desde que Syren abandonó su vida por completo, y dejó ese amor de lado sacudiéndose hasta el más mínimo recuerdo de la hija del mutante Banshee. Se sentía tan a gusto, tan a sus anchas, que sentía una exquisita libertad acompañado de un agradable calor en su interior cada vez que la escuchaba hablar.
Ella, por su parte, era como si nuevamente tuviera a uno de sus amigos de vuelta, le recordaba un poco a su desaparecido compinche Issun. Algo molesto, bullicioso y a veces insoportable, pero muy agradable cuando le llegabas a conocer a fondo y con buenos sentimientos. ¿Por qué Deadpool se ofreció a trabajar para un abobinable sujeto como lo era el soberano indiscutible de Latveria?
-¿Y entonces? -Preguntó Amaterasu escuchando una de las mil y una historias que Deadpool le confesaba.
-Uy, verás, fue asqueroso. Le volé los cesos aunque él rogo misericordia, manchando mi traje. ¡Imagínate! Recién lavado y me lo salpica el muy desgraciado. -Dijo Deadpool frunciendo molesto el seño.
-Deadpool. -Le dijo con un tono más serio. Ella lo miró suplicante, pidiéndole el favor que hace un par de semanas habían adoptado como costumbre a escondidas de los doombots.
Wade comprendió inmediatamente. Se acercó a ella no sin antes cersiorarse de que no había ni un alma (ni máquina) vigilando los alrededores, y después de destruir la cámara de vigilancia a katanazos, liberó a Amaterasu de aquellas molestas amarras de hierro que la sujetaban a esa placa de metal en medio de toda la habitación. Deadpool la sujetó por uno de los brazos con cuidado y con la misma delicadeza la dejó en el suelo de rodillas.
Cualquiera estaría preguntándose: "Si ella era capaz de pedirle eso, ¿Por qué no le pidió ayuda para huir?" La respuesta no es tan obvia, pero es muy sencilla; Miedo.
Tenía miedo de que aquella maldad ligera pero presente en Deadpool se revelara en su contra, impulsado por la necesidad egoísta del dinero de la paga por sus servicios para Doom y que dejara todos aquellos sentimientos de empatía de lado para que nuevamente la trataran con más crueldad de la que ya acostumbraban y que ésta vez sus oportunidades para escapar de ese sitio se vieran más limitadas aún, junto con su odiada ceguera.
-¿Pasa algo? -Le preguntó Deadpool al verla tan callada.
-No es nada, gracias. -Dijo Amaterasu mirando hacia el sitio donde estaba el mutante. Le sonrió dulcemente demostrándole agradecimiento una vez más. Debido a su ceguera, no notó que Wade miraba a otro lado con un sonrojo muy ligero en sus mejillas. Movió su cabeza a todos lados dando un grito cuando se pilló con ése sentir. -¿Wade?
-¡No es nada! -Exclamó Deadpool tratando de mantener la calma. -"Maldición, necesito liberar tensión"
Hubo de nueva cuenta un silencio entre ambos. Ninguno dijo nada, Amaterasu lo esperaba para que siguiera con su historia para olvidar todo lo malo.
-Cuéntame tú tu historia. -Inquirió Deadpool. -Deseo que me hables más de ti.
-No tengo mucho que contar. Yo ya era una diosa desde que tengo memoria. Desperté una vez mi pueblo hubo necesitado de mi ayuda para acabar con el mal. -Amaterasu bajó triste sus ojos. -Esos tiempos... No volverán. Pero aquellos que estuvieron a mi lado, siempre estarán en mi corazón. -Tocó aquella zona mencionada con su mano derecha. Sin ayuda de sus amigos ella nunca hubiese podido derrotar a Yami. Gracias a ellos, ella seguía con vida. Sin su ayuda, hubiese estado perdida. Pero no pudo retribuir aquel enorme favor cuando ellos más la necesitaron. No pudo evitarlo, y comenzó a derramar lágrimas amargas. -Lo siento. -Se disculpó la peliblanca tallando las lágrimas de sus invidentes ojos.
Deadpool se sintió miserable. Aquellos ojos oscuros ahora estaban nublados, era imposible ver a través de ellos, había hecho que Amaterasu se cerrara ante él nuevamente, escondiéndose en la caparazón inicial en la que la había conocido. Le conmovía fuertemente ver a una supuesta diosa en ese estado tan triste que no pudo evitar dejarse llevar por un fuerte impulso y la envolvió en un abrazo.
-No, yo lo siento. -Le dijo Wade observándola a los ojos, secando con sus manos los caminos de lágrimas que surcaban en esa hermosa cara tan clara como la luna. Ella lo miraba sin mirarlo, pero con una sonrisa agradeció el gesto, y con eso, el hombre se dio por pagado y sonrió para si mismo. -Venga... -Dijo sentándose al lado de la chica en kimono. -Que ahora te contaré el día en que le pateé el trasero al hombre araña.
Ah, necesitaba un descanso. Ser vengador y creador de un nuevo mundo no era una tarea fácil. Menos después de un día de recibir las alabanzas de los súbditos de un ejército creciente. Tras recibir un merecido homenaje a él mismo en su estancia de parte de sus sirvientes más fieles, caminó tranquilo aunque siempre con la mirada en alto, despreciando a todo el mundo menos a su propia persona, se sentó con aire grandelocuente en su trono fabricado por él mismo.
Tras chasquear sus dedos, un doombot hizo su aparición y depositó en uno de los brazos del trono una brillante copa incrustada en joyas llena de un exquisito elíxir alcohólico digno de su real majestad Víctor von Doom.
Había sido sólo un par de minutos que compartió la sala de estar con ése engendro suyo, pero se le hicieron eternos. Aliviado al notar que nuevamente estaba solo, Doom se inclinó hacia atrás contra el respaldo, mientras daba sorbos a la copa, sumergiéndose en un clímax gustativo. Empezó a agradecerse a sí mismo ante su gran hallazgo.
El hallazgo de una diosa, ¡Una Diosa! Después de tantas pruebas y experimentos, logró dar con la verdadera identidad de la chica que era su prisionera. Sólo con esa muchacha le bastaba para complementar su poder propio, aunque ésto nadie lo sabía, nadie debía enterarse de que Doom necesitab ayuda, menos de, a la vista de cualquier ignorante, una chica tan insulsa y débil como lo era aquella que halló entre los restos de una villa en uno de sus múltiples viajes para alejarse de la pesada labor de ser venerado constantemente en su querida Latveria.
La batalla que ahí pudo presenciar fue poco menos que épica. Lo notó cuando ella emergió del cielo, y él de entre los abismos del infierno. Era el todo o nada. Sonaban con estruendo los golpes, era un deleite visual para aquellos que gozaban del dolor ajeno como él. En un principio, quería ir a por el hombre desconocido que con un sólo movimiento de puños dio fin a una aldea entera. Sin embargo, después de la explosión, no había quedado rastro de ningún alma, excepto, de ella.
Ordenó inmediatamente el hacerse con la chica, debía extraer cada gota de su energía para usarla en él mismo. Todo valía con tal de hallar la satisfacción máxima personal en cuánto a poder se tratase, después de todo, él debía crear un nuevo mundo, y el dios del nuevo mundo, debía tener poderes como tal.
Ya podía imaginar su imperio expandido no sólo el planeta tierra, aspiraba a más. Quería adueñarse de todo el universo, ser el amo y señor de todo lo existente. Ambiciaba el poder absoluto. Apoderarse de todo ser y alma que poblara hasta el más mínimo rincón donde hubiese vida, todo con tal de propagar su mentalidad y su visión de una utopía donde él estuviera a la cabeza.
De pronto, se oyó una explosión.
Su ambrosía mental se vio interrumpida bruscamente, y con furia, miró a sus alrededores para ver quién había osado quebrar su fantasía justo en la cúspide del máximo placer imaginativo. Lleno de cólera, gritó:
-¡DOOMBOTS!
Al par de segundos se presentó un ejércitos de sus antes mencionadas creaciones y les ordenó encontrar al culpable de todo ese alboroto.
-Y vayan a resguardar mi reino, no dejen que ninguno de los míos salga herido. -Vociferó con rudeza.
Una vez se le dejó solo nuevamente, se fue rápidamente desapareciendo por los pasillos para ir donde escondía a la diosa. Si uno de sus enemigos se había enterado de que la tenía prisionera...
No le importaba realmente. Después de todo, él era el grandioso Víctor Von Doom. Con sólo un par de movimientos, cualquier intruso en menos de un minuto, estaría rogándole misericordia. Suplicando para que no apagara la llama de su lastimosa existencia.
Iba pensando Doom en ésto, cuando oyó algo acercarse a lo lejos. Dio un salto hacia atrás y vio la pared haciéndose añicos, seguido de los cuerpos destrozados de sus robots dando paso a una nube oscura de humo; mezclada de una previa nueva explosión con los restos de muro que fueron destruídos con tal facilidad como si hubiesen estado hechos de papel. Y, con algo de sorpresa, vio una silueta aparecer de la nada entre aquella voluta humeante.
Una vez dicha voluta se desvaneció, pudo ver a un despreocupado joven de corto cabello blanco y largo abrigo rojo que llevaba una espada enorme apoyada en su hombro izquierdo, mientras que en la mano derecha portaba una brillante pistola. El muchacho le miró sonriendo con burla y desdén, gesto que llenó a Doom de ira nuevamente.
-¿Quién osa perturbar los dominios de Doom? -Interrogó al imprudente.
-Dante, a su servicio, "mi Lord"...
