XXXVIII
"Todos los días tienen unas horas
para gritar, al filo de la aurora,
la falta que me haces". J.S
"A ti que me enfermas, a ti,
Que eres mi envenenada medicina" J.S
Nojiko despertó con la extraña sensación de que había oído a sus hijos gemir, sin embargo, dormían tranquilos. Abandonó el lecho para acercarse a ellos y palparles el pañal. Todo estaba bien, aunque era prácticamente imposible que ninguno de los tres se mojara en toda la noche, para después reclamar a gritos su atención.
Volvió a la cama con la idea rondándole la cabeza, y cayó dormida hasta bien entrada la mañana, en que Ed pidió la leche materna. En la cocina, los pomos para Anne y Rouge, que habían preferido la leche de vaca al cumplir los cinco meses, se hallaban dispuestos sobre la meseta. Agradeció a Nami por mostrarse tan considerada y ésta la miró con sorpresa, para después encogerse de hombros.
La situación se repitió por dos semanas, y Nojiko suspiró complacida, sus hijos comenzaban a habituarse a dormir la noche, Nami le dejaba los pomos listos en la mañana. Hasta entrada la tercera, no escuchó el llanto de Anne, que la hizo levantarse de inmediato y semidormida, tropezó en la oscuridad con la espalda de alguien inclinado sobre la cuna. Ace terminó de ajustar el pañal a Edward y tomando consigo a Anne Belle, sonrió pícaro mientras se ponía un dedo sobre los labios.
—Tchhh, ¿qué tal si dejamos dormir a mamá? —Anne gorjeó con gusto—. Le debo un mes de sueño.
Miró a la peliceleste con nostalgia.
—Vuelve a la cama, Nojiko. Daré una vuelta a Anne por la casa, si no te molesta. La traeré apenas se haya dormido.
—Ya veo —cayó en la cuenta, y advirtió a su corazón que aún no debía perdonarlo, sin embargo éste pareció no escucharla—. Supongo que también encontraré las botellas de leche a punto…
—Puedes contar con eso. —le sonrió, buscando acomodar la cabeza de Anne sobre su hombro y fue hacia la puerta. Al abrir el cerrojo, se volvió antes de salir— Me alegro de no haber asegurado antes la ventana, como hice con esta puerta.
/
La niña se mostró dispuesta a no reposar hasta el alba, de modo que decidió llevarla consigo a la parte trasera de la casa, donde el aroma de los mandarinos y el aire de la noche terminarían adormeciéndola.
—Estoy malcriándote demasiado, Anne. —la sostuvo fuerte, para detenerla en el intento de trepar hacia su hombro— No puedes acostumbrarte a madrugar todas las noches.
—Aoww, aowww —fue la respuesta, seguida de un gorjeo y al ponerla frente a él, le dedicó su primera risa. Los hermanos ya le tomaban la delantera por varios días, siendo el varón el primero que lo hiciera para mamá, y Rouge, que traidoramente había preferido llenar de baba a Luffy cuando éste la alzó repetidas veces en un juego, para después lanzar la carcajada.
—Sí que te pareces a tu madre, sorprendiéndome cuando menos lo espero... —Ace contuvo las lágrimas— y cuando más lo necesito.
Antes de conocer a Nojiko, podía contar con los dedos de una mano los momentos gratos en su vida. Después de ella, habían ido aumentando en número, al punto de que necesitaba de dos vueltas o más de sus manos… y éste, que había iniciado la cuarta, valía por diez. ¿Realmente quería perdérselos, cada uno de sus nuevos pasos, los de Ed y los de Rouge? Eran instantes que no se repetirían, solo porque lo pidiera. ¿Cuántas veces él mismo había maldicho a su padre por no estar cerca? Era desagradable reconocer lo mucho que lo necesitaba, ¿quería lo mismo para sus hijos? Tenía una respuesta para el hecho de si merecía nacer, que alguien le abriese los brazos desinteresadamente sin pensar en su sangre maldita. Primero había llegado Luffy como hermano y luego Nojiko, a quien se uniera con tanta pasión… Sin embargo, este amor nuevo, inocente, no sólo correspondía… Esperaba a su vez que le tendiera los brazos…
—Casi está amaneciendo, Belle. Tienes que regresar a tu cuna o mamá va a enfadarse. —Volvió a recostarla sobre su hombro y la escuchó bostezar— Sé buena chica y duerme hasta la mañana.
Al llevarla de regreso a la estancia, estaba plácidamente rendida al sueño. La depositó junto a sus hermanos, que se rebulleron incómodos, para después volver hacia la puerta.
—¿Acaso tienes idea de la falta que me haces?
El susurro lo detuvo en un instante. Que Nojiko reconociera lo necesario de su presencia, provocó la celeridad del fuego en sus latidos. Habían lidiado fuerte, no precisamente por una simpleza, ¿y sin embargo arrojaba a un lado el orgullo, justo cuando era mayor su enojo, para decirle aquellas palabras?
Abandonó la idea de retirarse para ir junto a ella y tocarle la frente, nervioso.
—¿Volvió a atacarte la fiebre, Nojiko? —por toda respuesta, ella rió cálida ante la ocurrencia.
—Creo que estoy enferma sin remedio —suspiró, ruborizándose y apartó la mirada—. Parece que es grave, cuando me hace delirar de esta forma.
—Si quieres la cura para ese mal, —Ace la observó serio— solo tienes que decirlo.
—Dime No y prescindiré de ella.
—Pobre No, que desvarías… pero yo me muero por darte un remedio —toda la gravedad de su expresión se convirtió en la pícara sonrisa que Nojiko adoraba. No esperó para hacerle sentir su abrazo y acariciarle el oído con un susurro—. Juro que no habrá mejor tratamiento para tu malestar.
—Ace, no prometas… —pero él detuvo las palabras con un dedo en sus labios.
—Nunca lo hago en vano, tampoco voy a echarme atrás —sonrió tranquilo mientras se acomodaba a su lado—. Ahora, ¿me permites librarte de esa dolencia?
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En la mañana, la fiebre de Nojiko había cedido y de la gripe solo quedaba una pequeña indisposición, sin embargo, continuaba recluida en su dormitorio con los niños.
—Esta situación va a enfermarme a mí —la pelirroja hizo un gesto exagerado al tocarse la frente—. Lleva semanas actuando de esa forma y sé que lo hace para no encontrarse con él —señaló a Ace, que dormía en el diván— ¡Vaya con tu hermano! Es mediodía y óyelo roncar.
—Déjalo en paz, Nami. —el moreno intervino en su defensa para después comentar, con tono casual— Por algo será que tu hermana no ha pedido más ayuda en las noches, y casi no oigo a mis nakamas llorones. ¿Qué raro, verdad?
—Sí, es curioso. Bueno, imagino que Nojiko ha buscado desdoblarse con tal de mostrarle a Ace que ella no lo necesita. —la navegante se encogió de hombros y volvió la vista hacia la mesa de centro donde el mayor había puesto lo que traía consigo— ¿Y esto?
—Ah, Ace me encargó que lo cuidara con la vida, hasta que pudiera hacer lo que tenía pensado o algo así... —se acordó de repente y quiso curiosear, abriendo el papel que lo cubría. Apareció una vasija de barro con tapa— Sugoi, ¿qué tendrá adentro?
—Un tesoro, sin dudas —a Nami le brillaron los ojos, imaginándose las joyas—. Es la herencia que le dejaron sus padres —y extendió la mano para abrirla, pero se detuvo al ver a Ace voltearse hacia ellos, aún dormido.
—Mejor no lo hagas, —Luffy le aguantó la mano— puede enojarse y ya tenemos bastante con el problema de esos dos.
—Déjate de tonterías, no pasará nada porque le echemos un vistazo al oro.
—¡Qué no lo abras, Nami!
—Solo un idiota perdería la oportunidad. —protestó ella, haciéndose con la tapa y ambos forcejearon— ¡Quítate, Luffy!
Ace había bostezado, amenazando con despertar. Para suerte de los menores, continuó su sueño y decidieron enfrentarse en silencio, disputándose el destapar o mantener cerrada la vasija. En uno de sus tirones, Nami hizo que Luffy perdiera el asidero, pero no logró mantenerlo firme entre las manos. Aunque capturó la tapa antes de llegar al suelo, fue imposible que parte del contenido no se vertiera.
Nami tosió envuelta en una nube de polvo, mientras el capitán se apresuraba a volver el envase a la posición inicial.
—¿Ce... ceniza? —la piel de la chica se erizó, a la par que Luffy se lanzaba para cubrirle la boca con la mano, haciéndole contener el grito que los delataría.
—Eso te pasa por curiosa. —el moreno sonrió ante la expresión de asco que había puesto Nami— ¿A dónde vas?
Y la vio correr hacia la ventana, para escupir repetidas veces al exterior.
—Tragué jugo de muerto, tragué jugo de muerto…
Luffy tuvo que contener las carcajadas, la imagen asqueada de Nami era realmente divertida. Ace siguió durmiendo, pero había dejado de roncar y sonreía malicioso en sueños.
