Cada día le parecía más y más increíble. Aquel semblante de líder, aquella mirada gélida, prepotente y aquella mentalidad fría lo hacía alguien que había sacado algo desconocido en el fondo de su corazón. Odiaba a los hombres de ése tipo, personas de esa calaña eran las que hacían que el mundo se pudriera.
Sin embargo ella le debía la vida. Siempre observaba su espalda imponente y su alta figura desde atrás con sus pequeños ojos celestes que no dejaban de mirarle ansiosos al siguiente movimiento, atenta a todo lo que él podía decir o pedir. Estaba a sus órdenes.
La herida en su brazo derecho le hacía recordar el por qué iba tras de él. Por muy odioso que fuese en el comienzo para ella, si le había perdonado la vida era porque algo de bondad debía ocultar aquel hombre de blanco cabello y ojos negros como el azabache.
Felicia siempre había estado en la búsqueda de aquellos que poseyeran un poco de bondad en las personas y que le hicieran restaurar la fe en los demás. Sabía que siempre había alguien dispuesto a ayudar a quién lo necesitara. Y esa cicatriz corroboraba todo. Aunque por momentos decidiera dar la media vuelta y largarse, no quería dejar de lado al hombre que la había rescatado de las garras de aquellos demonios que danzaban como sombras a su alrededor aquella noche sin luna.
-Vergil...-Titubeó ella atrás insegura. -Ve hacia la derecha, a unos tres metros darás con más de ellos. -Dijo moviendo rápidamente sus orejas y mirando hacia donde ella le había indicado en a las afueras de aquella aldea sin nombre. Curiosamente, era la misma aldea en la que días antes hubiesen estado el mercenario bocazas con aquella hermosa pero letal muchacha.
Las personas al ver a los ojos al demonio se encerraban en sus casas o salían corriendo despavoridos, dejando sus quehaceres o tomando a los niños de las manos para alejarlos. Pero al hijo de Sparda no le importaba, todo lo contrario, causar el temor era algo que le deleitaba de sobremanera. Y sonriendo con malicia, le respondió a la muchachita:
-Excelente. -Desenfundó a Muramasa y desapareció entre las diminutas casas, Felicia lo siguió corriendo felinamente yendo un poco más lenta que él.
Probablemente Vergil ya estaba destripando a aquellas criaturas del inframundo. Muramasa absorvería sus escencias entregándoselas a su dueño. Si ella le era de ayuda, el demonio de abrigo azul no tendría motivo para matarla, y Felicia lo sabía. Estaba consciente de que ése era la única causa por la cual la había dejado con vida...O quizás no, eso era lo que quería descubrir, veía en esos negros ojos que existía otro motivo.
A lo mejor, el mismísimo Vergil desconocía la razón, pero decidió seguirle tanto por motivos de curiosidad como gratitud por rescatarla de las garras de aquellos espíritus sin corazón que no dudaron en tratar de consumirla ese fatídico día.
Cuando hubo llegado a destino, el peliblanco estaba poniendo a su preciada arma en su funda correspondiente y se arregló un poco el cuello de la chaqueta. Sus ropas estaban limpias, no se había salpicado ni de suciedad ni de sangre. Felicia admiraba el hecho de que Vergil podía estar como si nada entre un montón de cadáveres amontonados a su alrededor de seres de rostros desfigurados y sin haber derramado una gota de sudor.
-Tarde como siempre. -Le dijo sin mirarla y pasando de largo a su lado.
-L-Lo siento, Vergil. -Felicia se sintió avergonzada. -Si tan sólo fueses capaz de esperarme aunque sea una vez yo podría ayu...-Pero antes de seguir hablando, el más alto le apuntó a la yugular con Muramasa.
-Tú único deber es obedecer. -Le dijo sin expresión en su rostro. -Si tienes alguna protesta, la muerte será la única solución para liberarte de ellas. -Nuevamente hizo desaparecer su espada y siguió caminando en frente como si nada hubiese ocurrido.
Felicia había quedado inmóvil, sus piernas tiritaron y cayó de rodillas al suelo sin dejar de mirar al muchacho que se iba alejando con lentitud.
"Busco venganza, es todo lo que necesito. Mientras me sirvas incondicionalmente y me seas de utilidad, no tengo por qué arrebatarte tu patética existencia."
Era lo que Vergil le había dicho mientras le apuntaba de la misma forma después de liberarla de los demonios que la acosaron y que acabaron con su clan de mujeres gato en sólo un santiamén.
-¿A qué esperas? -Preguntó el hijo de Sparda un poco más lejos de ella. La felina se levantó a penas y siguió caminando atrás del chico. Lo hacía mirando hacia el suelo, siguiéndole siempre. Desde hace tiempo que lo hace. Lo sigue a todas partes como su sombra; le debía su vida y no quería hacer que su salvador se sintiese mal pagado por ello; y es que ella no estaba lista para morir aún esa noche. El recuerdo de su clan a su alrededor con sus cuerpos hechos trizas le revolvía el estómago y a la vez le hacía formarse un nudo en su garganta que era difícil de ocultar.
Y llegando él entre la oscuridad, la rescató de una muerte inminente. O eso parecía. En medio de las penumbras de la noche pudo ver un ligero brillo proveniente de los ojos del misterioso muchacho que cayó del cielo espada en mano.
Era algo pedante, no podía negarlo. Pero su bondadoso e ingenuo corazón la obligaban a dudar de su aparente maldad y la trataban de convencer de que en el fondo él tenía sentimientos. Ella constantemente estaba tratando de ver lo bueno de Vergil, pero salvo después de lo ocurrido aquella noche, no volvió a ver otro indicio de desprendimiento de su parte.
Por el momento, prefería seguirlo ciegamente. A donde él fuese, ella iría, lo que él desease, ella lo cumpliría -o eso intentaría-. Felicia había encomendado su vida en las manos de Vergil y le retribuía eso con una eterna devosión que con el transcurso de los días se convertía en algo cada vez más enfermizo.
Si algo salía mal, era su culpa, ella estaba dispuesta a recibir en su cuerpo la furia y frustración de Vergil. No sentía nada, estoica aceptaba todo. Cada maltrato, cada amenaza, cada insulto ella los absorvía y con admirable capacidad iba dejándolos de lado. No ocurría muy seguido, pero cuando era inevitable, Felicia no hacía nada más que sentarse frente a su salvador entregada a su suerte.
Todo iba "normal" hasta que un día, Felicia rompió el tabú que Vergil había impuesto como otro elemento más de asimetría entre ambos.
-Entonces... -Felicia dijo sentada bajo un árbol mientras lo observaba parado. -Tengo una duda. ¿Cuánto es suficiente para tí?
Vergil la miró alzando una ceja.
-Ésta búsqueda incansable del poder. -La chica lo miró directamente con sus ojos color zafiro. -¿Cuándo le pondrás fin?
-No te incumbe. -Fue lo único que dijo el muchacho con la intención de finalizar la conversación, pero la chica continuó hablando, ésta vez, ella se había puesto de pie.
-Claro que me incumbe. -Lo dijo seria. -Vergil, ¿No crees que ya es suficiente? Ya me has contado tu historia, he visto de lo que eres capaz. Debes parar ahora. -Felicia seguía sin dejar de mirarlo y vio nuevamente un brillo en esos inexpresivos ojos, pero ésta vez, era un brillo diferente. No era el que vio esa noche, éste era diferente. Le provocó un escalofrío.
-Nunca será suficiente. -Vergil miró la palma de su mano derecha. -El poder, el poder lo es todo.
Vergil la miró y sonrió malignamente.
-Una vez que lo pruebas necesitas más. Te embriaga de una lujuria exquisita, es lo único que se necesita en ésta vida. El poder. Yo desprecio a las personas con toda mi alma, soy superior a todos ellos. Me repugnan, no son dignos de mí. Ni siquiera el inútil de mi hermano podrá conmigo.
-Y si es tan inútil..¿Cómo es que te derrotó con tanta facilidad y consiguió "domarte" para luchar a su lado contra Arkham? -Esas palabras hirieron el orgullo del demonio y la miró con un odio indescriptible. De nueva cuenta ése malicioso brillo la hizo estremecer, pero ella no se retractó ni dejó de hablar. -No me importa lo que digas realmente, simplemente quiero saber si te propones ponerle un alto a todo ésto antes de que ésta absurda ambición te consuma más aún. Yo no creo en tus palabras, no creo que los seres humanos puedan ser tan inferiores como dices. En cada persona hay un álito de gracia, y en caso de que no lo haya no importa realmente. Siempre podrá mostrársele el camino del bien. -No dejó de mirarlo a la cara, y se percató de que Vergil había avanzado un poco más hacia a ella, a penas unos par de pasos pero no se había dejado intimidar. -A demás, piensa detenidamente, tratas a los demás como si fuesen inferiores a tí, como si debiesen ser tus plebeyos incondicionales, siendo que, sin la sangre de demonio que corre por tus venas, tú no serías nadie. Serías tan mortal como cualquiera de noso...-
El ruido de una fuerte bofetada se hizo presente en aquel silencioso paraje.
Vergil la había golpeado en el rostro con tal fuerza que la dejó tirada de costado en el suelo y con una marca rojiza en la mejilla izquierda.
-Insolente. -El peliblanco se agachó para levantarla un poco jalando los celestes cabellos entre sus dedos y volvió a golpearla ésta vez en la otra mejilla sacándole un grito de dolor a la chica de ojos és de eso se acercó al rostro de ella y le dijo. -Sé buena niña, y no vuelvas a decir estupideces como esa. -La sujetó fuerte del mentón y la miró fieramente. -Nunca más vuelvas a faltarme el respeto, ¿Me oyes?
En esos momentos, algo animal despertó dentro del demonio de abrigo azul, y miró detenidamente el rostro de Felicia, observó las zonas golpeadas teñidas de rojo y se percató de que los hermosos ojos azules de la chica se habían llenado de lágrimas. Luego sus ojos bajaron por el cuello hasta los pechos de la mujer. Nunca se había fijado tanto en una "hembra", ahora que tenía a una de cerca pudo hacerlo detenidamente. Le parecían atractivos aquellos voluminosos y perfectos pechos que se agitaban de arriba a bajo, luego se relamió al observar el plano abdomen de blanca tez y se detuvo lujurioso al ver esas hermosas y delicadas piernas en el pasto.
Soltó el pelo de Felicia y lo acarició con la misma mano que la hubo tomado. Era suave y sedoso, despedía un maravilloso aroma que lo sumergió en un éxtasis durante unos instantes. Tomó uno de los mechones y se los acercó a la nariz para hundirla en él.
Felicia, anonadada y confundida por el cambio de Vergil, intentó separarse de él, pero éste le sujetó con firmeza por una de las muñecas y le clavó las uñas para que no se atreviera a alejarse.
El peliblanco la tomó del cuello y con brusquedad la recostó en el suelo, luego la sujetó por ambas muñecas y la observó a los ojos durante un par de minutos. La chica empezó a moverse bajo su cuerpo intentando zafarse en vano del agarre y empezó a rogarle que se detuviera entre medio de las lágrimas que ya habían comenzado a escapar de sus ojos.
-Quieta. -Pronunció el muchacho sin dejar de mirarla. -Sólo...No te muevas.
Ella lo miró y volvió a sentir miedo al ver ése brillo malicioso en sus ojos, no era la mirada que esperaba, no lo era. Sintió miedo, quizo gritar, pero algo dentro de ella le había quitado el habla. Lo único que pudo hacer era observarlo, dejarse estar en esa posición y en esa situación tan repentina. Su mente se puso en blanco, su corazón se aceleró y lo único que ella fue capaz de pronunciar fue:
-Como desees. -Y cerró sus ojos sintiendo la nariz de Vergil hundiéndose entre la zona del cuello y el hombro. El más alto la olfateó desde el cuello hasta las pieras. Había bajado entre los pechos, luego por el suculento abdomen, olió el sexo de la chica, olió entre los muslos y se detuvo al llegar un poco más abajo de las rodillas.
Era delicioso, era suculento. Lo quería, lo anhelaba, aquello que emanaba de Felicia lo deseaba con fuerza tal que le dió un feroz mordisco en el cuello sacándole un grito. Cubrió la boca de la muchacha con su mano izquierda y se dispuso a probar uno de los redondos pechos de ella.
Lo metió con suavidad en su boca y empezó a succionarlo de a poco. Sabía realmente delicioso, y como supuso, era suave al tacto. Se llenó la cavidad bucal con el seno de la chica gato y lo chupaba deleitándose con aquello que le resultaba tan nuevo para él. Nunca se le había pasado por la mente que una mujer pudiera servir para cosas como esas. Podría sonar tonto, pero no es que fuese alguien inocente, sino que menospreciaba a todo ser viviente a su alrededor sin discriminar, esa era la razón tal por la que nunca se había acercado a una hembra de esa forma.
Sacaba una y otra vez el pezón y lo mordía con cierta fiereza, los quejidos suaves y agudos de la chica alimentaban a aquella bestia que había despertado dentro de él y lo hicieron despertar también su casi endurecida entrepierna. Se sentía incómodo, su sexo anhelaba atención y se sentía disgustado en la prisión de tela en la que yacía guardado. Pero Vergil sentía que no era el momento, quería usar un poco más el cuerpo de Felicia para acallar al animal que le gritaba en su interior reclamando a la gata.
Con su mano derecha acarició el estómago de Felicia en círculos y deslizó sus dedos en movimientos sensuales y lentos para apreciar mejor la suavidad de aquella deliciosa piel. Luego, posó su mano completa sobre la misma zona y siguió con esas caricias algo inquietantes. La chica ya se había resignado por completo y cerró sus ojos cuando la mano bajaba hasta la zona entre sus piernas. ¿Debía decirle que era virgen? Quizás si lo hacía tendría algo de compasión, pero no pudo. Parte de su mente y cuerpo se negaba a oponerse, deseaba que ese momento ocurriera, ya había sobrepasado su límite y ya no había vuelta atrás, ni para él ni para ella.
-Aaah... -Gimió exaltada una vez sintió dos de los dedos de Vergil jugando en su interior. Sentía como el peliblanco abría su húmeda cavidad sin el mínimo dejo de compasión utilizando movimientos circulares y jugando con los dedos imitando los movimientos de las tijeras. Un tercer dedo se unió a los compañeros para ayudar a dilatarla mejor. El hombre se inclinó hacia la zona y empezó a lamer por sobre los labios de la vagina de la chica para ayudarla a lubricar mejor.
Ah, esos gemidos. Esos encantadores gemidos que lo despertaban e incitaban más aún a cometer ése pecaminoso acto que era el sexo. No se echaría atrás ni muerto y continuó con la labor de seguir lamiendo esa suave y rosada zona empapado del exquisito y transparente néctar femenino. Una vez sintió que estaba lo suficientemente abierta, liberó a su miembro, el cual estaba duro a más no poder e introdujo lentamente toda esa enorme longitud por el fruto de la carne que antes hubiese preparado para lo que se aproximaba.
Ambos gritaron a la hora de ser uno solo. Los dos eran vírgenes y sus carnes haciendo roce les provocaban un daño mutuo. Ya sintiéndose seguro, Vergil empezó a embestir primero con lentitud, puesto que el dolor que sentía en la punta de su pene era indescriptible. Felicia por su parte se agarraba fuertemente al césped, inclinó su cabeza hacia atrás mientras gritaba al sentir cómo su vagina envolvía el pene de Vergil en un cálido y jugoso abrazo.
La longitud del joven había desaparecido por completo entre las piernas de la gata y sólo podía oirse aquel sensual ruido que producía el dueto de gemidos que se entrelazaban en la oscuridad y que se extendieron por el desierto follaje en donde estaban ocultos. El hijo de Sparda se sentía maravilloso, era un placer nuevo e indescriptible, aquel hallazgo era lo mejor que había hecho un mucho tiempo. Una y otra vez embestía a Felicia bajo él y le abrió un poco las piernas para meter su pene a una profundidad mayor.
Felicia en un comienzo, sintió como si la estuviesen desgarrando. Jalaba el césped entre sus garras para desahogarse pero no le bastaba. Al ser su primera vez era algo realmente doloroso, pero lentamente comenzó a entregarse al placer, y ése culpable sentimiento de lujuria se apoderó por completo de ella, sumergiéndole en un ciclo de éxtasis que la hizo olvidar por completo el dolor, aunque percibiendo en ella la demoníaca mirada del peliblanco sobre ella. Gemía cada vez más fuerte y poco a poco las fuerzas la empezaron a abandonar, sentía cada segundo su cuerpo más cansado y flácido.
A su vez, Vergil había disminuído la velocidad de sus movimientos, estaba sudando demasiado, sus mejillas estaban rojas y sus ojos entrecerrados, cada vez sus gemidos eran más débiles; claros indicios de que ambos estaban cerca del fin.
Y dando una última embestida, lanzó un grito dejando escapar su semilla en el interior de Felicia, la cual, arqueando su espalda y con sus ojos fuermenete apretados, tuvo aquel que fue el primer orgasmo de su vida.
Vergil separó su sexo del de Felicia y cansado se dejó caer cerca de ella mirando hacia el cielo, encontrándose con las ramas de los árboles que danzaban sobre sus cabezas. Se volteó a mirar a su acompañante y vio que había caído en un profundo sueño víctima del cansancio.
Él, sonrió diabólicamente y pensó:
"Al fin encontré otra utilidad para tí"
