Había pasado unos meses. Tres, concretamente. Y después de aquel incidente, no habían vuelto a hablarse.

Dante ocupaba prioritariamente el primer piso, el cual correspondía a su centro de trabajo, mientras que Amaterasu vagaba por el segundo pasillo sintiéndose como en su casa.

En medio de la oscuridad había aprendido a sentir cada tabla de madera en el suelo y con cada crugido se ayudaba a guiarse en su trayectoria. De vez en cuando se iba apoyando en las frías paredes para no perder el equilibrio cuando amanecía más distraída.

El hijo de Sparda también tenía su propio mundo abajo. A veces miraba hacia arriba al sentir los pasos de los descalzos pies de Amy pero volvía a sus lecturas como si no hubiese escuchado nada. Aunque algo lo impulsaba a mirar por las escaleras de vez en cuando para ver si ella se dejaba ver. No sabía por qué, simplemente lo hacía, no quería asumirlo, pero se le hacía necesario el tener que verla por lo menos una vez al día. Y ese momento en el día ocurría cuando debía subir a ocupar el baño.

Pasaba velozmente por fuera de la hace un tiempo fue su habitación, la cual permanecía siempre con la puerta abierta, y usando su mirada de forma periférica, mirando sin fijarse del todo, la veía siempre apasible, con su aire de muñeca japonesa "mirando" hacia la ventana. A veces ella se encontraba de cara a la misma con los ojos cerrados para recibir en su cara los cálidos rayos del sol.

Con eso le bastaba para corroborar si su "princesa cautiva" se encontraba bien. Cuando descendía nuevamente hacia su pedazo de casa, se preocupaba de observarla con cautela una vez más. Como ella no comía mucho, no iba a alimentarla tan seguido, a veces podía pasar cuatro días seguidos en que la más baja le dejara el plato en la misma posición y con la misma cantidad de comida que le hubiese dejado en el primer día.

Sólo oía de parte de ella un débil: "Gracias, Dante. Ya comeré luego" acompañado de una sonrisa, luego, ella volvía a darle la espalda.

Un día, Dante se cansó de esa situación, no soportaba el no escuchar palabra de parte de ella. Odiaba nuevamente sentirse así. Tan...Solo. Cerró sus ojos con violencia y apretó sus manos contra ellos, hechándose atrás en su silla reclinable mientras apretaba los dientes con furia contra sí mismo. ¿En qué momento se había vuelto tan débil y dependiente? Nunca había dependido de nadie para sentirse feliz y satisfecho, pero ése dolor de nueva cuenta comenzaba a abrir esa herida del abandono en su corazón.

Golpeó el brazo de la silla con su puño muchas veces, luego se puso de pie y arremetió contra la pared para aplacar esa ira.

Extrañaba el calor, extrañaba el tacto, extrañaba la intensidad del sentirse querido por alguien. Maldita sea, lo admitía, dejando su orgullo muy por debajo de sus pies, lo admitía. Odiaba la soledad, la odiaba con todo su ser. Lo único que esa vida de demonio le había dado era sufrimiento, malos ratos y recuerdos que quisiera sacar para siempre de su ya atormentada mente.

Paró en seco al sentir el dolor en sus nudillos, y vio unas costras ensangrentadas brotando de los mismos que se encontraban teñidos del color de la pintura de la pared. Miró y se dio cuenta de que había dejado una enorme grieta. Empezaron a arder sus manos y las sacudió. Volteó luego con rapidez sintendo una ella que lo observaba desde las escaleras vio en las escaleras.

-Dante...

-Ama...-Se dio la vuelta. -¿Qué?

-¿Te hiciste daño? Oí golpes. -Amaterasu descendió preocupada, pero descuidadamente resbaló casi cayendo de bruces contra el suelo. Y digo casi, porque antes de que eso ocurriera, Dante llegó hasta ella dando un par de zancadas y la sujetó con firmeza entre sus brazos.

-Cuidado. -Le dijo Dante, pero Amy, dejando de lado el pequeño susto, miró inquieta hacia ambos lados moviendo las peludas orejas y le dijo:

-Huelo a sangre.

-No...No es nada. -Dante la dejó con cuidado y antes de poder retirarse, Amaterasu sostuvo sus manos entre las de ella con cuidado. -Amaterasu... No es nada. -La miró detenidamente mientras ella observaba sus manos.

Esas manos tan pequeñas, tan suaves, tan frágiles. Sintió a través de ellas la calidez que él deseaba hace tanto tiempo, sintió el aura angelical que ella despedía desde el interior de su ser. Amy, en unos instantes logró hacerlo olvidar la penosa inseguridad e inquietud en la que tanto tiempo se sumergió a sí mismo. Se había dejado consumir tanto en la autocompasión que olvidó todo lo maravilloso que la vida tenía para entregarle...Y aquello, estaba en el interior de la diosa.

Se sentía tan maravillosamente bien, que él no quería separarse nunca de ese gentil tacto en el que Amy lo había acogido. Esa chica le hacía sentir un hondo bienestar. Sonrió.

-Listo.

Dante la miró sorpresivamente y luego posó sus ojos en sus manos propias. Estaban como nuevas.

-¿Cómo pudiste...? -El hijo de Sparda no lo entendió. Un poder curativo, regenerativo. Nunca había visto a un demonio hacer algo como eso. Fue entonces cuando empezó a dudar. ¿Era ella realmente un demonio?

-Te dije, no soy quién crees que soy. -Amaterasu le dirigió una sonrisa y miró sus propias manos. Ella se lamentó. Aquellas manos...Pudieron haber salvado vidas...

Apretó sus puños y cerró sus ojos con fuerza, evitando que salieran las lágrimas.

-¿Sucede algo...? -Dante llamó su atención.

-Yo...Quisiera saber... -Dijo Amaterasu abriendo sus ojos lentamente, aunque sin alzar su cabeza. -¿Por qué...? No eres un demonio del todo...Eso...¿A qué se debe?...

Dante tragó un poco de saliva. Su origen, era algo del cual no quería hablar, era su propio tema prohibido, una de las mil cosas que quería eliminar de su vida, y por desgracia, era lo más doloroso y lo más fuerte que había quedado como un estigma que le marcaría para siempre.

El muchacho peliblanco le dio la espalda, se alejó dando unos pasos y se sentó sobre el escritorio.

Suspiró temblorosamente y entrelazó los dedos de sus manos, apoyó los codos sobre las rodillas y apoyó su mentón en sus dedos. Miró a Amaterasu a lo lejos y respiró tratando de tranquilizarse, estaba seguro de que en cualquier momento se quebraría ante la chica.

La invitó a sentarse en el mismo sillón donde hubo aquel encuentro entre ellos y comenzó a relatarle su historia. No hubo nada que le ocultara, todo lo que hizo y no hizo; todo lo que debió hacer y lo que no debió hacer; los secretos más oscuros de su alma; los pensamientos más morbosos en su mente; los sentimientos más amargos de su corazón...Todo aquello que lo llevó a usar aquella "máscara" de chico rebelde y duro.

Amaterasu oyó todo eso con dolor. Era eso lo que ella no lograba descifrar del todo, y ahora lo había oido todo desde los labios del portador del poder del legendario Sparda. Escuchó las dolorosas experiencias que era el vivir como un ángel de alas oscuras y el hecho de ser marginado tanto como por los humanos como por los de aquellos que vivían en las profundidades.

Luego empezó a hablar ella. Era su turno de expresar su dolor. Iluminados por el débil foco de la lámpara de aquella habitación, con los muros como únicos y mudos testigos, presenciaron las debilidades y las desgarradoras vivencias de ambos seres. Uno caído desde los cielos y otro traído desde las profundidades, ambos unidos por el sentimiento del dolor y la desesperación, acompañados por el tormentoso sentir de la desolación.

Se refugiaron con miradas el uno en el otro, ninguno se atrevió a expresar nada con palabras, sólo con gestos y sonrisas. De pronto, algo brotó de los ojos de Dante. ¿Una lágrima? Si, era eso. Una lágrima débil se dejó caer, acompañada de otras que caían en silencio por su rostro. Apoyó el mismo en la palma de su mano izquierda y empezó a sollozar sin hacer ruido. Se sentía liberado, se sentía con un inmenso bienestar. La miró y vio que ella se puso de pie para acercarse a él y envolverle en un abrazo.

-Llora, Dante. -Le dijo Amaterasu sonriendo y atrayendo la cabeza del más alto hacia su pecho. -Llora.

Entonces, el peliblanco le correspondió el abrazo y comenzó a sollozar con pena en el pecho de la loba. Se sentía tan bien al sentirse en cierta parte liberado, y por otro, se sentía dichoso de que alguien como Amaterasu estuviera ahora con él. No sabía por qué, simplemente quería estar con ella. Quería seguir abrazándola por toda la eternidad, sólo a ella.

La diosa emanaba un aire maternal y divino que nunca había vuelto a sentir desde que su propia madre lo abrazaba cálidamente para calmar su sed de amor que sólo ella podía satisfacer. Pero era distinto, no era un amor fraternal el que estaba llevándose a cabo en su corazón.

Por su parte, Amaterasu sonreía mientras dejaba caer hilillos de lágrimas por su pequeño y fino rostro. Era simplemente una sensación maravillosa, nunca antes había experimentado sensaciones tal que aquel demonio (o más humano, ya ni ella estaba segura) le hacía florecer dentro de ella. El hecho de ser la única persona que en ese momento sabía todo de alguien como él, la hizo sentir importante, necesitada nuevamente, que una vez más alguien la quería para sentirse a salvo. Él la abrazaba con fuerza y ella correspondía con la misma energía y sentimiento.

Era una calidez realmente divina, y era todo para ella, todo la parte pura que tanto se ocultaba en él ahora lo compartía con ella, con ella y nadie más. Y eso la hacía emocionarse y la llenaba de júbilo y ternura hasta el último poro de su piel y hasta la punta del último de sus pálidos cabellos.

Dante se separó de la más pequeña, algo mareado por haber llorado tanto y la miró directamente a la cara, Amaterasu bajó sus ojos sintiendo que aquellos destellos violetas se posaban en ella. El peliblanco abrazó su torso atrayéndola más hacia su cuerpo propio y la obligó a sentarse sobre sus piernas. La miró detenidamente de arriba a abajo, y sólo entonces comenzó a fijarse en ella de una forma más superficial. Aquellos hermosos destellos blancos por cabello caían gráciles como cascadas por entre sus pechos, algo visibles por lo entreabierto que estaba el kimono y se detenían hasta llegar a la cintura. Observó las delgadas y delicadas piernas, las miró con paciencia y se deleitó visualmente al notar lo suave que se veia al tacto aquella piel tan clara como la nieve.

El demonio posó sus ojos en los labios delgados de la diosa y los tocó con delicadeza con los dedos índice y medio de la mano derecha, mientras que con la izquierda le sujetaba por la fina cintura. Cuando los acarició, la loba se estremeció:

-Me siento...Extraña... -Dijo Amaterasu mientras sus mejillas se teñían de rojo.

-Yo también. -Le dijo Dante sin dejar de observar su carita.

-Siento...Que mi interior...Está muy caliente. -Volvió a hablar la primera respirando de forma un poco más agitada.

-Yo también lo siento. -Repitió el muchacho aún sin inmutarse. Se incorporó un poco para besarla nuevamente como hizo la primera vez, sólo que ésta vez, sería un beso distinto. Más cargado de ternura y de sentimientos honestos recién descubiertos. Pero...El miedo lo detuvo. Sentía que no era apropiado. Que un demonio ensuciara esos puros labios, era para él mismo algo imperdonable.

Pensando en ello, se limitó a besar a Amaterasu en la frente.

-Aún es demasiado pronto. -Dijo Dante en un susurro. Amaterasu movió las orejas con poco entendimiento, pero el caza-demonios sonrió y acarició la cabeza en medio de las dos orejas peludas. -No es nada. -Volvió a abrazarla nuevamente hacia él y sonrió para si mismo.

Ésta vez, era él quien protegía a Amy en ese abrazo, y cuando bajó sus ojos para mirarla, con ternura vio como en tan pocos instantes la nena se había dormido entre sus brazos. La depositó suavemente en el sillón verde y acarreó su silla reclinable junto a ella.

Y sin proponérselo, siguió contemplando ese hermoso rostro como tallado por los ángeles sin aburrirse hasta que el sol salió.