(Otro fin de mes acaba, y con el fin, les traigo nuevamente un OVA; ésta vez será el turno de Felicia y Vergil. Un capítulo especial dedicado a ellos dos explicando cómo se conocieron y por qué Felicia le acompaña a todos lados sintiendo que le debe su existencia.

Sin más, comenzaré, gracias por leer.)

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-¡Hermana Felicia! ¡Hermana Felicia! -Oyó a lo lejos los pasitos de una pequeña niña rubia de ojos verdosos corriendo hacia ella, usando un lindo vestido celeste mientras abrazaba feliz un gatito de peluche. -¡Mire lo que hice para usted en la clase de costurería! -Y diciendo ésto, la pequeña Grasiela, alzando un muñequito de un gatito blanco algo sucio y de ojos bizcos que estaban hechos de dos botones de distinto color.

La mujer gato, ahora cubierta con su hábito de religiosa, dejó su labor de cosechar verduras en el jardín para recibir contentísima el obsequio de la pequeña de cabello dorado. Estrechó el muñeco contra su pecho mientras le sonreía con los ojos cerrados y la depositó con suavidad sobre los nabos jugosos que descansaban en el interior de la canasta. A lo lejos un muchacho replicó que odiaba la sopa de nabos con zanahoria, pero al ver la sonrisa de Felicia no hizo más que guardar silencio y bajar la mirada con sus mofletes inflados.

Felicia se colocó de pie y sacudió la falda de su hábito para ir a la cocina con las demás hermanas y para ayudar a una pequeña de nombre Nihasa, a la cual había prometido enseñarle a cocinar la noche anterior mientras la arropaba. Ella lo había planeado todo con alegría, pensaba -mientras iba en dirección a la cocina- que después de comer todos juntos, irían a recorrer el bosque cerca de su orfanato para recordarles a los pequeños que yacían bajo su cuidado lo bello que era la vida, posteriormente, les haría un show de baile para relajarlos antes de cenar para finalizar el día leyéndoles unos cuentos cerca de la chimenea antes de que se fueran a la cama.

-¡Nada puede salir mal hoy, nya! -Gritó con alegría mientras dejaba la cesta en una mesa de caoba. La pequeña Nihasa entró dando saltitos en la cocina seguida de otras dos monjas que trataban, en vano, de calmar el éxtasis en el cual la pequeña de cabello negro estaba sumergida debido a la emoción de recibir clases de cocina de la adorada "monjita gata".

-Nihasa, contrólate por favor. -Dijo Lucy, una de las mujeres gato, amiga de Felicia, al ver que la pequeña se intentaba colgar de las faldas de la joven Felicia, ésta la miró sonriendo algo nerviosa y se agachó a tomar a la niña de 6 años entre sus brazos para sentarla a la orilla de la mesa. Posteriormente, mientras pelaba unas papas, le explicaba cuánto tiempo debía coserse la carne antes de hechar el resto de las verduras, las cuales tardarían menos minutos en quedar listar para el goce del paladar.

-Eres la mejor del mundo hermana Felicia. -Le dijo la pequeña mientras enjuagaba en el lavamanos -sobre una silla- un par de jugosas cabezas pequeñas de lechuga.

-Nya, eso no es cierto Nihasa...

-¿Uh? -La niña la miró asombrada por las palabras que la mujer gato había expresado.

-Nadie es perfecto, mi niña. Nadie nace sabiendo, pero me esfuerzo día a día para hacerles felices a tí y a tus amigos, quiero que ustedes sonrían todos los días para que en sus corazones nazca la bondad y así puedan tener un buen vivir. Las personas buenas son las que realmente pueden llegar a ser felices en la vida; el "Bien" es un gran ideal, es gratuito, universal y hermoso. Todas las personas tiene algo de bien en sus corazones, y es por eso que existen personas como mi querida hermana Rose que tanto me cuidó, que procuran que ése hermoso sentimiento aflore al exterior. -Felicia bajó sus ojos con melancolía mientras pronunciaba éstas palabra en tanto terminaba de revolver el caldo, luego, sintió los bracitos de Nihasa rodeando firme pero tiernamente sus piernas.

-¿Lo ves? ¡Eres la mejor! -Dijo la pequeña, sacándole a la más alta una sonrisa cargada de cariño, luego, se agachó a abrazar a la pelinegra.

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-¡P-P-Pe-Pe-Pe...! -Cayó al suelo de espaldas al ver esa abominable presencia. Esa mirada sin vida ni brillo y esa alma perversa llena de sed vengativa habían logrado impactar con tal profundidad y terror indescriptible que lo hizo retroceder sin darse cuenta de donde pisaba. ¡¿Q-Quién demonios eres tú?! -Gritó Zabel Rock, viendo anonadado a la obra de su más reciente "creación" en un fallido intento por reclutar almas para formar su propio ejército infernal para poder finalmente derrocar a su "jefe" Ozomu y cobrar todo el poder que le pertenece.

Él ya estaba harto de tener que ser el peón de un demonio de pacotilla como Ozomu lo había sido, sin más ni más se disponía a robarle sus preciadas almas que con sudor y lágrimas absorvía cada vez que se tomaba la molestia de armar un falso concierto para saciar el hambre de su patrón. Pero ya no más, habiendo silenciado a Le Marta de una forma muy peculiar... -Haciéndose zapatos nuevos con su cuero de rana viscosa- logró conseguir con algo de disgusto y pasando por horribles rompecabezas y enigmas, se hizo con una réplica del tan mitológico, odiado y anhelado Necronómicon.

Alzando sus manos, entonando su guitarra acorde con su voz llamó a sus amados muertos y a las almas de aquellos desgraciados que llegaron a su vida para que se izaran nuevamente desde la fosa infernal desde donde yacían para unirse a su noble causa para poder gobernar el mundo y sumergirlo en la oscuridad y llenarle de dignidad para seres como ellos; sólo se merecían lo mejor.

Pero... ¿Había sido un párrafo mal traducido? ¿Le habían engañado con una copia de dudosa calidad? ¿Los escritos ahí eran sólo palabrerías anotadas al azar?

Había visto de todo en la vida, y ni siquiera el temible Jedah había logrado hacerle temblar tanto como aquel joven que estaba a escasos centímetros de su ubicación en medio del bosque donde se hubo dispuesto a ejecutar sus fechorías para que naciera una nueva era sobre el planeta, pero había invocado el alma furiosa y renegada de un demonio que no era del todo tal, sin embargo, era tan o más poderoso que uno de esos malignos de sangre pura. Éste le miró con unos ojos que escondían la más abismal de las maldades, escondiendo un oscuro corazón tan negro como la noche, ardiendo entre las llamas de la venganza para con alguien de su propia sangre:

-Basura. -Le dijo al muerto en vida dándole la espalda, mientras una serie de sombras salían del portal deslizándose por entre el césped perdiéndose al horizonte. El peliblanco acomodó sus cabellos que habían sido movidos debido a la brisa y empezó a caminar en dirección opuesta donde se encontraba Zabel.

-¡Oye! ¿Basura? ¡¿Quién te crees que eres?! -Caminó éste último rodeando el portal para dirijirse con paso tambaleante hacia la semilla de Sparda. -Gracias a mí estás aquí, soy tu amo y señor de ahora en adelante, así que debes mostrarme algo de respeto sino quieres que...

-¿Me estás provocando? -Habló Vergil mirándole por el rabillo del ojo. -¿Eso significa que quieres luchar?

Zabel retrocedió un par de pasos, asustado y con una gota de sudor bajando por su sien; él no quería admitirlo, pero ése hombre estaba comenzando a causarle miedo. Sin usar palabras, sólo esa gélida mirada, logró atravesar su muerto corazón y hacer estremecer cada uno de sus putrefactos huesos consiguiendo ver cada ápice de vileza y crueldad existentes en el joven.

-Tus piernas están temblando, tomaré eso como un no. -Dijo Vergil volviendo a emprender camino a un rumbo desconocido totalmente para el zombie guitarrista, el cual había dejado de lado la arriesgada idea de tratar de convencer a aquella oscura presencia que se encontraba observando aún absorto en el terror y la sorpresa. Lo único que le sacó de aquel trance de espanto fue el chillido de una de las criaturas de curiosa y serpenteante forma que se deslizó a darle un mordisco al Necronomicón y desaparecer con él entre la espesura del follaje, sacándole un grito a Zabel.

-¡Hey! ¡Eso es mío! -Pero no hizo nada para alcanzarlo, simplemente pegó sus ojos amarillos al suelo, apretando sus propios puños de frustración. -Ésto no se quedará así. -Y lanzando un alarido hizo aparecer su flameante guitarra entre sus manos, y dando un estrepitoso grito corrió hacia la dirección por donde hubiese desaparecido aquel vil engendro.

-Pff... -Vergil observó lo que le pareció una escena patética y golpeando a Muramasa contra el suelo, logró cerrar el problemático portal con una notoria facilidad, con mucho menos esfuerzo del utilizado por el músico. Luego, miró su espada y la desenvainó para ver su reflejo en el brillo de la misma. -Podría probar su filo nuevamente, espero no se haya "oxidado" con el tiempo. -Y diciendo ésto, miró el camino por donde hubo desaparecido Zabel con anterioridad. -Y creo que ya sé con quien. -Al decir ésto, desapareció tan velozmente como una ráfaga de viento.

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Ya estaba ocultándose el sol, y los niños corrían felices en dirección a la casa donde las demás monjas-gatas las esperaban con una deliciosa y humeante olla de fideos, y como recompensa por haber sido tan buenos; un rico flan de manjar para el postre. A lo lejos, Nana y Mimi, las chicas gato de bonito listón recibían a los niños en la puerta con besos en sus frentes y mejillas. Una vez divisaron al final a una cansada Felicia, estiraron sus manos a modo de saludo para dejarle en claro que estaban contentas de verla una vez más.

-¿Qué tal? ¿Se portaron muy mal? -Preguntó Nana, mientras Mimi se retiraba con una sonrisa para atender a los pequeños.

-Para nada, son unos ángeles, es que, simplemente tienen más energía que yo. -Sonrió una Felicia agotada. -Pero ellos son felices, y eso es lo que cuenta. -Dijo sonriendo una vez más, ésta vez con sus ojos cerrados, mientras deseaba con todo corazón que los días que siguieran fuesen como ése... Tan lleno de alegrías y hermosos recuerdos para quemar en las memorias y atesorarlas para que nunca fuesen borradas se sus mentes.

Pero entonces, el aire se impregnó de un hedor que contaminó los aires. Era del todo imperceptible para humanos, y personas de un olfato normal, pero no para ellas. Movieron sus orejas y posaron sus ojos directo a la espesura del bosque, luego vibró en sus oídos el murmullo de unos gruñidos de distintas voces de ultratumba que se acercaban en estampida hacia donde se encontraban. Por orden, Nana entró a la casa y cerró las puertas, Felicia se quitó su hábito con velocidad y se alejó unos metros del orfanato para evitar que aquello, fuera lo que fuera, se acercara a sus seres más queridos en el mundo.

Felicia sonrió.

"Hacía mucho tiempo no me dedico a luchar, pero espero sea tan divertido como recuerdo"

Y se extendió ante sus ojos color cielo una horda de demonios y mounstros cuyas almas, ante humanas, habían sido corrompidas al cien por ciento por la perversidad que encerraba el inframundo para compartir con los pobres espíritus condenados.

-¿Quieren probar el morir, no? Las "cosas" como ustedes siempre me dieron asco. -Dio un salto en el aire y se abalanzó hacia su primera presa; una criatura en forma de cien piés que se retorcía decidida a herirla de muerte cuando pasó a su lado de forma descontrolada. Tomó la cabeza del bicho y lo apretó con tal fuerza que exprimió su cráneo hasta hacer brotar un espeso líquido negro entre sus garras, reemplazo de sangre. -Son "personas" como ustedes que hacen que yo dude de la salvación de ésta humanidad. -Se movió dando una voltereta hacia atrás, logrando con su agraciado movimiento romper los cuellos de dos criaturas en foma de minotauro que la habían rodeado por la espalda; la misma suerte corrieron un par de seres en forma de jabalí que se acercaron en un vano intento de embestir a la muchacha, consiguiendo sólo la muerte en sus garras.

Miró nuevamente hacia arriba después de sacudirse el asqueroso líquido tan parecido al petróleo, y la seguridad -mezclada con la adrenalina- que sentía en esos instantes, dieron paso a un profundo terror al notar que las demás aberraciones se encaminaban a rápido correr hacia el orfanato. Tomó aire y comenzó a correr en forma felina hasta su preciado lugar, el corazón le latía con fuerza, respiraba con dificultad y ya sentía heridas debido al dificultoso camino. Y entonces, un sentimiento de dolor la invadió por completo, cerró sus ojos con fuerza y se frustró al sentir que el cansancio iba ganándole a su cuerpo, pero el malestar en su pecho la impulsaba a seguir su carrera de desespero.

Una vez llegó...Supo que era tarde; "La casa de Felicity" estaba ardiendo en llamas.

Sólo pudo escuchar los gritos de los niños y de sus amigas clamando por ayuda entre los rugidos de las bestias; pudo ver con horror como dos de los engendros, uno de cabeza de león y otro con cabeza de cerdo, se peleaban una de las piernas de una de sus difuntas amigas. Recorrió con sus ojos el escenario y se abalanzó sobre la yugular de un mounstro en forma de minotauro que estrangulaba entre sus gruesas manos a una niña que luchaba por sobrevivir; era la pequeña Graciela, aquella niña que le había regalado la muñeca con su forma.

-Her...mana... -Dijo la pequeña en una voz a penas audible, Felicia la tomó entre sus brazos conteniendo las lágrimas e intentando divisar más sobrevivientes entre esa masacre, en tanto se alejaba a toda velocidad para rescatar a Grasiela, más, no pudo ver a ningún otro niño que le diera señales de vida. Sólo veía las extremidades de los mismos esparcidas por sobre el césped y unos cuerpos aplastados por los escombros del antiguo hogar que con tanto amor y esfuerzo había regalado a aquellos más necesitados.

Y abrazando el cuerpo de la niña, oculta cerca del lugar entre los árboles, comenzó a llorar en silencio, lamentando la pérdida de aquellas hermosas personas que habían entrado en su vida y que con amor les había dado cariño y esperanza para que vieran que no vivían en un mundo tan horrendo, pero el cruel destino no quizo que así fuera. De un momento a otro, su perfecta vida había sido reducida a cenizas por un hecho tanto injusto como inexplicable.

-No llores... -Dijo Grasiela en un susurro y mirando a la mujer de cabellera celeste, ésta última, con asombro vio como la niña apretaba entre sus bracitos la muñeca que con cariño elaboró para ella. -Para nosotros, siempre serás la mejor... Te amo, mami. -Y diciendo ésto, la niña exhaló su último suspiro y dejó caer la muñeca a los pies de Felicia, la pequeña había muerto en sus brazos.

Ella no dijo nada, simplemente apoyó el cuerpo sin vida de la infanta y sin dejar de mirar al suelo se fue colocando de pie. Entonces, al dirigir sus ojos al lugar de la catástrofe, su mirada se nubló por la furia y arremetió contra los horribles engendros que habían destruído su vida. No le importaba morir, simplemente quería hacerles sufrir en carne propia el dolor que reinaba en su corazón.

El líquido oscuro nuevamente hizo su aparición y tiñó el césped del color del azabache. Las salpicaduras del mismo bañaban su rostro y ella sin quejarse y sin otra expresión en su cara que no fuese la del odio, daba zarpazos y patadas a diestra y siniestra. Clavó con furia desmedida sus garras tan afiladas como las navajas a aquel insolente que osara colocarle las patas inmundas encima y con una facilidad los hacía caer pesadamente de a poco, hasta que, finalmente, sólo quedó uno: Un ser en forma de una serpiente gruesa de mediano tamaño se alzó entre las llamas con un negro libro en su boca, firmemente sujetado entre los colmillos.

Felicia observó a la criatura y corrió para partirla en la mitad como si se tratase de una ramita, pero alguien se le había adelantado: Un hombre de delgado cuerpo y dueño de una piel de extraño color partió el cráneo de la serpiente en trozos con una llamativa guitarra eléctrica, haciéndole botar el preciado tesoro que guardaba entre sus fauces.

-Estoy rodeado de seres despreciables e insolentes. -Musitó el misterioso hombre mientras se hechaba la guitarra al hombro después de inclinarse a recoger el Necronomicon, le hechó una ojeada y luego su mirada se posó en Felicia. -Hola. -Sonrió con malicia. -Pero, ¡Qué hermosura me he encontrado!

-¡Silencio! -Le gritó ella, agazapándose un poco y sin dejar de mostrar sus doradas garras. -¡¿Qué diablos eres tú?! ¿Uno de ellos?

-No me ofendas, monada. -Zabel tomó su preciado instrumento nuevamente entre sus garras y la miró de frente. -Soy mucho mejor que todos ellos, escapé del infierno por cuenta propia, así que gatita, gatita, deja de hablarme en ése tono tan atrevido y mejor anda desnudándote...Bueno, un poco más de lo que estás, ¿Okey? -Sonrió atrevidamente, mientras daba unos pasos lentos pero seguros hacia la muchacha de celeste cabello la cual se puso en posición de batalla al notar que se le estaba acercando. Entonces, ella notó el libro en sus manos.

-¿Qué es eso? ¿Tuviste algo que ver en todo ésto?

-Puede que si, puede quien no, cómo saberlo.

-¡Entonces es cierto! -Felicia dio un salto y se abalanzó sobre el zombie con la intención de matarlo.

"Si lo dice de esa forma, es porque todo, todo es su maldita culpa"

Golpeó de lleno el rostro del muerto, haciéndole caer de bruces al suelo entre las llamas, levantó sus ojos azules y notó que el sujeto había comenzado a reír, agitando grotescamente su mandíbula de un lado a otro haciéndole creer que la misma se desprendería del cráneo.

-¡Qué monada! -Se levantó impulsándose con los pies, sin siquiera usar sus brazos para no soltar la preciada copia del Necronomicón. -Eres una ternura, ¿Crees que podrás vencerme en el estado en el que te encuentras, querida?

Entonces, Felicia cayó en cuenta de que su cuerpo no aguantaría otra pelea más, con la adrenalina no se había percatado de todas las injurias que poseía; un montón de heridas abiertas, la suciedad, partes de piel desgarradas todo por su batalla anterior con los odiados seres oscuros. Estaba cansada, pero no quería admitirlo, así que nuevamente arremetió con todas sus fuerzas contra Zabel, pero éste logró evitar el golpe con muchísima facilidad y posteriormente le golpeó en el estómago de una patada, dejándole a una distancia media de donde él se encontraba. La gata no alcanzó a incorporarse cuando sintió el peso de un cuerpo sobre ella, más concretamente, un cuerpo sin vida; Zabel Rock sujetó con fuerza su brazo derecho y se lo alzó al aire, mientras que el izquierdo lo mantuvo pegado al suelo mediante un agarre con su mano libre.

El zombie se relamió:

-Será un placer degustar tan hermoso cuerpo, preciosura. Después espero me permitas alimentarme de tu alma. -Y tras decir ésto, le dio un fuerte mordisco al brazo derecho, clavando sus afilados y amarillos dientes sacándole un fuerte grito a la más baja. Abrió primeramente la blanca y suave piel y luego fue penetrando la blanda carne rosa, haciendo brotar el dulce líquido carmesí por la comisura de sus labios y sonriendo con sadismo al notar la cara de dolor de la muchacha bañada con unas lágrimas de desconsuelo y sin fuerzas suficientes para defenderse.

Entonces, Felicia abrió sus ojos de par en par al sentir el inesperado grito de Zabel y notó que éste último había salido disparado al costado de ella, impulsado por una ráfaga de viento cortante, sin embargo, la herida del muerto volvió a cerrarse y se sujetó su costado afectado mirando con odio a la persona que se había atrevido a cometer tal acto atrevido:

-¿Qué tengo que hacer para que desaparezcas? -Dijo un alto hombre de cabello blanco y vestiduras azules que manejaba con gracia una brillante katana entre sus manos.

Ella le miró anonadada, esa figura imponente llenó sus ojos con pasmo y su rostro se iluminó de esperanza al verlo ahí, como su salvador. Probablemente la vio en peligro y corrió en su ayuda para rescatarla:

-Lárgate donde no salgas herida, debilucha. -Vergil la miró fríamente y luego posó sus ojos en los de Zabel. Felicia, al notar ese hermoso resplandor en esos ojos negros se levantó y obedeció al misterioso hombre, levantándose a duras penas y acercándose un poco al hijo de Sparda para darle las gracias, pero éste simplemente la miró a los ojos y luevo volvió a observar al zombie.

-Tú de nuevo, creí que te habías perdido junto a los otros demonios. -Dijo Zabel Rock.

-Cállate. -Se abalanzó sobre el no muerto y con un movimiento de parte de Muramasa logró partir el falso Necronomicón junto a su portador por la mitad, el libro desapareció envuelto en humo y el zombie lanzó un grito de dolor.

-¡¿Cómo te atreves a hacerme ésto, compañero?! -Gritó agarrando el tobillo del demonio con una de sus zarpas de largas uñas. -Por favor, hermano, déjame vivir, ¿si? -Suplicó después de ver las cenizas que quedaban del falso manual oscuro. -Llévame contigo a donde vayas y prometo serte fiel.

-Eres repulsivo, mírate. Simplemente te creías el valiente porque, por un momento, te juraste el dueño del mundo. -Y diciendo ésto, le dio un pisotón al cráneo, pero éste no se rompió, simplemete oyó una queja de parte del australiano. -Ni siquiera tienes dignidad, no vales la pena ni como mi víctima. No olvidaré tu rostro, puesto que el nuevo dueño del mundo seré yo, quisiera saber al menos que puedes servirme como el perro faldero como el que te comportas ahora. -Caminó hacia una abrumada Felicia, la cual la miraba sujetándose su herida en el brazo derecho y con los ojos abiertos de par en par al igual que su boca, llena de admiración hacia el misterioso hombre que en un dos por tres hubo sometido al loco muerto en vida. -Házle un favor al mundo y vete al infierno.

-¿Al infierno? ¡Vete a la &% ! ¡Acabo de volver de ahí! -Gritó Zabel Rock por última vez mientras se arrastraba hasta su parte inferior, para, con dolor, unirse a ella y largarse de allí tras un rayo.

-Jum. -Vergil se quedó mirando con el rostro inexpresivo que tuvo desde el comienzo y comenzó a caminar hacia la dirección donde él recordaba podía encontrarse su ridículo hermano menor.

Recordó la última batalla que tuvo con Dante, donde éste último salió airoso y triunfador. Apretó los dientes con furia, aunque en su exterior seguía como un joven impasible y reservado, aunque lo único que deseaba era gritar de odio debido a que no podía aguantar aún que su orgullo hubiese sido herido. Apretó sus manos y comenzó a caminar más aprisa, pero se detuvo al sentir un ruido de algo cayendo al suelo. Se volteó y entre los escombros miró a una Felicia de rodillas en el suelo, la cual había caido de cansancio y le miraba con curiosidad.

-¿Aún sigues viva? -Vergil alzó una ceja.

-E-Este...-La muchachita se colocó de pie con algo de dificultad y le hizo una reverencia en modo de agradecimiento. -Mu-Muchísimas gracias por la ayuda, si no hubieses llegado, no sé que hubiese sido de mi. -El más alto la miró seco y se dio la vuelta para seguir caminando.

-¿Qué quieres ahora? -Preguntó éste último al sentir de nuevo los pasos de la gata.

-Y-Yo...-Ella se enderezó y frunció el seño, intendando parecer más imponente y decidida en ése momento. -¡Déjame ir contigo!

-¿Disculpa? -El muchacho no entendió.

-¡Quiero ir contigo! Se me ha enseñado que debo retribuir los buenos actos que la gente hace por mí y tú no serás la excepción. Salvaste mi vida y quiero gratificar algo tan importante como ello. -Felicia se acercó a Vergil, pero él desenfundó a Muramasa y la acercó al cuello de la mujer, ésta la miró nuevamente con asombro, pero ésta vez fue con miedo.

Vergil la miraba con el ceño fruncido y apretó con fuerza el mango de su preciada espada, pero entonces notó algo extraño en los ojos color cielo de la muchacha y abrió un poco sus labios al notar la valentía que despedía de ellos y la claridad con la que ella se expresaba. Pudo ver el calor que despedía su ser y la ingenuidad que emanaba su alma. Quizás podría usar eso a favor, sin embargo, algo en su interior le cosquilleaba cada vez que observaba más a fondo los azules ojos tan profundos como el océano. -Busco venganza, es todo lo que necesito. Mientras me sirvas incondicionalmente y me seas de utilidad, no tengo por qué arrebatarte tu patética existencia.

-Guardó la katana y le dio la espalda.

-¿Patética? -Caminó con furia hasta el muchacho. -¡Óyeme un moment...! -Pero se detuvo al notar la vacía y oscura mirada que él posó sobre ella.

-Silencio. Puedo matarte si quiero. -Felicia quedó muda, ¿Por qué había tenido un cambio tan abrupto? Bajó sus ojos y los cerró con fuerza, entonces, su cuerpo delicado se estremeció al recordar aquel brillo de los azabaches que el más alto tenía por ojo. Sacudió su cabeza y caminó nuevamente siguiendo al hombre.

Venganza. Era una palabra que acarreaba un montón de dolor y situaciones perniciosas, pero una vez oyó la vida de Vergil desde sus propios labios, se dispuso a ayudarlo en lo que fuera, sea lo que fuese. Ella quería hacerlo feliz y volver a ver ese hermoso brillo en su mirar. No estaba de acuerdo con la loca idea de matar a un familiar, si la situación se daba, ella trataría de persuadirlo de lo contrario, no quería que el demonio llegara a eso. Era imposible que alguien que se dispuso a salvarle la vida fuera malo del todo, y estaba segura que, con esfuerzo, paciencia y cariño, podría volver a ver nuevamente aquel bondadoso lado que una vez, el demonio mitad humano dejó ver ante ella.