Capítulo 3:
Castle, sentía que vivía los mejores momentos de su vida. Sencillamente era feliz, tenerla por fin con él le hacía sentirse el más afortunado de los mortales. Era tal su devoción por ella que era incapaz de negarle nada, ella lo sabía y a veces abusaba de su suerte, él se conformaba en complacerla y hacerla feliz.
Por eso cuando a los pocos días de estar juntos, ella le dijo que acostumbraba a hacer ejercicio físico todas las mañanas, y que le encantaría que la acompañase, el levantó una ceja de modo sugerente y le dijo:
-Le parece poco ejercicio inspectora el que realizamos por las noches, que quiere repetir por la mañana.
Ella puso los ojos en blanco por toda respuesta, por lo que él siguió con su charla:
-Ya sabe que no tengo ningún inconveniente en complacerla, sus deseos son órdenes para mí.
-Correr Castle, me refiero a correr – dijo ella por toda respuesta.
-Pero Kate – dijo haciendo aspavientos – tu mejor que nadie sabes que correr es de cobardes.
-Pero es que yo necesito correr porque me gusta mantenerme en forma – dijo mientras se acercaba a él y se le abrazaba, a la vez que se dirigía a su oreja para decirle muy flojito y mordiéndole el lóbulo – y si eres bueno y me acompañas, por la noche yo seré muy traviesa y podremos jugar a lo que más te guste. Además a ti tampoco te vendría mal estar en forma.
-¿No estoy lo suficientemente en forma para ti? – le preguntó también en tono meloso y totalmente derretido por la actitud de ella – yo creía que había estado a la altura y como no he tenido quejas…
-Ya sabes que no tengo quejas – dijo ella mientras pensaba que sin desmerecer a sus otros amantes, había disfrutado más del sexo en el tiempo que llevaba con Castle, que con cualquiera de sus otras relaciones anteriores – pero piensa en lo divertido que será correr un rato por las mañanas y luego ducharnos juntos…
-Me has convencido – la interrumpió sin dejarla continuar – mañana mismo empezamos.
La primera mañana que se lo llevó a correr, fueron al Tompkins Square Park, cercano a la casa de ella. No llevaban ni diez minutos corriendo, cuando Castle, tuvo que pararse a tomar aire. Kate que corría mucho más despacio de lo habitual en ella, para que él pudiera seguirle el ritmo, se volvió al ver que no la seguía, y sin pararse se le acercó riendo.
-Solo diez minutos Ricky, y tú eras el que decía que estabas en forma.
-Robert tendrá que recompensarme esto de alguna manera – replicó entre jadeos.
-¿Robert?, ¿Qué Robert? – preguntó desconcertada.
-El alcalde, que Robert va a ser – volvió a jadear – llevo un rato con la lengua fuera, arrastrándola por el suelo, le estoy ahorrando unos cuantos miles de dólares en limpieza.
-¡Ay Castle! – rió ella – me alegro de que aun tengas ganas de bromear – y tomándolo del brazo – venga hombre un poco más, ya verás cómo mañana te cuesta menos trabajo.
-Mañana creo que no voy a poder venir – dijo muy serio, empezando a correr de nuevo.
-¡Solo un día y ya te rajas!, no seas cobarde, Castle, además si no sudamos juntos no nos duchamos juntos – y empezó a apretar la carrera para alejarse de él.
-Todo sea por la causa – se dijo Castle y haciendo un supremo esfuerzo, siguió corriendo.
En pocos días, aunque sin llegar a alcanzar el ritmo de ella, Castle fue capaz de correr durante más tiempo y cada vez se cansaba menos. Ya salían hasta la zona de East River, si salían de la casa de ella, o por el parque cercano al río Hudson, si salían de casa de él, pues al ser más grandes, podían correr más.
Esa mañana de domingo, que amanecieron en casa de Kate, Castle protestó cuando ella lo llamó para ir a correr, diciendo que estaba muy cansado, pues se habían acostado muy tarde viendo un maratón de cine de terror y que por un día que descansaran y no salieran no pasaba nada.
Ella tan terca y obstinada como siempre, le dijo que si estaba cansado para correr, estaría cansado para cualquier otra actividad física que se le antojara durante el día, por lo que él se calló, sabiendo que ella cumpliría su amenaza y sin más protestas, salió a correr.
Así que como otros muchos días, iban corriendo a buen ritmo, junto al río. De pronto y sin que se dieran cuenta, alguien que no llegaron a saber, si era chico o chica, pues llevaba una sudadera negra con la capucha puesta, apareció corriendo a gran velocidad, y al no tener espacio suficiente para pasar le dio un fuerte empujón a Castle, que lo hizo tambalearse, y casi perder el equilibrio.
-¿Estás bien Castle? – se paró a su lado a preguntarle.
-Sí, creo que si – jadeó él – me ha dado un codazo terrible en el costado, me ha dejado sin aliento.
-¿Puedes seguir? – le preguntó.
-Pues claro – dijo incorporándose – ahora que soy capaz de medio seguirte el ritmo, no me voy a echar para atrás por un codazo de nada.
-Siguieron corriendo, pero no llevarían ni diez minutos cuando Castle volvió a pararse jadeante.
-¡Vamos Rick!, que al final va a resultar que un simple codazo si va a poder contigo – le dijo Kate con cierta sorna, mientras que daba vueltas alrededor de él sin dejar de correr – ¡ánimo!, que ya sabes que si no corres, luego no hay premio – dijo refiriéndose a la ducha compartida que se había hecho rutina, después de correr cada mañana.
-¡Ay, como te aprovechas de mí! – dijo incorporándose – todo sea por ese ratito bajo el agua – y fue a empezar a correr de nuevo, pero un fuerte dolor en el lado, le hizo perder de nuevo el aliento y ponerse la mano sobre el costado.
-¡Castle! – dijo Kate alarmada – ¿te encuentras bien?, ¡estás muy pálido!, ven, sentémonos en ese banco.
-Me falta el aliento… – logró decir.
-¡Castle! – gritó Kate al darse cuenta que entre los dedos de la mano le salía sangre.
Le apartó la mano y notó con horror que una gran mancha de sangre le empapaba la camiseta a la altura del vientre.
-¡No te dio un codazo, te pinchó con algo!, ¡vamos siéntate en ese banco, llamaré a una ambulancia! – dijo preocupada.
Rick no se hizo de rogar, le dolía y empezaba a marearse. Kate sacó el móvil de la riñonera que llevaba y llamó a una ambulancia. Era temprano y además domingo, por lo que no había mucha gente por allí, así que el percance pasó desapercibido para los transeúntes.
Kate se quitó la sudadera, y luego la camiseta que llevaba quedándose solo con el sujetador deportivo.
-¡Huy! – dijo Castle con la voz bastante apagada – ya sabes que me encanta ver como te desnudas delante mía, pero ahora no estoy para hacerte muchas fiestas.
-Es un alivio ver que aun te quedan ganas de bromear – dijo haciendo una bola con la camiseta y taponando la herida – aprieta aquí todo lo fuerte que puedas – mientras ella se ponía la sudadera.
Al poco tiempo se escucharon las sirenas de la ambulancia. En cuanto llegaron se bajaron los paramédicos y en seguida atendieron a Castle. Lo pusieron en una camilla, le abrieron una vía poniéndole un gotero y en un momento ya lo subían a la ambulancia.
Kate pidió ir con ellos y le hicieron un hueco dentro de la ambulancia, donde empezaron a preguntarle, a la vez que atendían a Castle, que cada vez se encontraba peor.
Llegaron al hospital, y ella se quedó esperando sin saber muy bien que hacer. Una mañana que había empezado tan bien, como preludio de un fin de semana prometedor, y ahí estaban ahora, en el hospital, con él desangrándose.
No quiso llamar a Martha y a Alexis, por no alarmarlas, hasta saber que tal estaba Castle.
Al cabo de un rato, salió el médico diciéndole que el paciente estaba bien, que la herida no había sido grave, de hecho no habían tenido que darle muchos puntos y que no había interferido ningún órgano importante, pero que había perdido bastante sangre, por lo que debería quedarse al menos un par de días, hasta ver como evolucionaba, ya que le estaban haciendo una transfusión.
Kate suspiró, pensando que debería haberle hecho caso y no haber salido a correr ese día, y se hubieran evitado pasar por ese susto y una estancia no deseada en el hospital.
Le dijeron que podía entrar a verlo. Pasó a la habitación donde lo habían instalado. Allí estaba acostado, bastante pálido y enchufado a un gotero de suero y a otro con una bolsa de sangre.
Se acercó a él y lo besó en los labios preguntándole:
-¿Cómo te encuentras?
-Igual que si hubiera corrido un maratón y me hubieran apuñalado después – dijo intentando esbozar una sonrisa.
-Muy gracioso – dijo un poco molesta – siento haber insistido en que saliéramos a correr.
-No te preocupes, no ha sido tu culpa – le dijo él – ahora no podré volver a correr hasta que no me quiten los puntos – dijo con cara de falsa pena.
-Ni correr ni hacer ningún tipo de esfuerzo físico – le contestó con una sonrisa al ver como a él le cambiaba la cara.
-Bueno, pero si me puedes dar muchos mimos – dijo con el puchero puesto.
-Claro que sí, ¿Qué tal si empiezo ahora? – y sentándose con cuidado en el borde la cama empezó a besarlo despacito.
-¡Hummm, enfermera Becket, me encanta como me cuidas!
-Y a mí me gusta cuidarte, oye ¿Quieres que avise a Alexis y a Martha? – le preguntó.
-No hace falta, cuando me den el alta, podemos ir unos días a Los Hamptons si a ti te parece bien, y entonces le contamos, no quiero preocuparlas, tampoco ha sido tan grave.
-Como quieras.
Fueron interrumpidos por el médico, que venía a preguntarles si querían denunciar la agresión. Ellos se miraron y Kate dijo que ella era policía, así que se encargaría de todo. El médico se marchó de nuevo.
-¿Debería denunciarlo? – preguntó él indeciso.
-Como quieras, es tu decisión.
-La verdad es que no sé, ni siquiera vi a quien lo hizo.
-Podría decírselo a Ryan, que indague a ver si averigua algo.
-Y vas a decirle que estamos juntos, porque si le pides que investigue, se va a tener que enterar, ya sabes que a mí no me importa…
-Si, ya lo sé y si se lo digo a Ryan, habrá que decírselo a Espo, que si no se iba a molestar…
-Bueno, tampoco ha sido tan grave, si me hubiera muerto entonces sí que tendrías que decirlo a todos, organizar el funeral, llamar a la prensa…
Ella lo miró con cara de querer matarlo.
-¿Cómo se te ocurre siquiera pensar eso?
-Kate, es una broma, ha sido un accidente fortuito, me ha pasado a mí como podría haberle pasado a cualquiera…
-No hables de morirte, ¿vale? – le dijo besándolo – con lo que me está costando acostumbrarme a ti.
Él le acarició el pelo y correspondió al beso.
-Nosotros no moriremos nunca, nuestro amor es inmortal.
-¡Huy pero que bonito y que romántico! – les interrumpió una enfermera que entró a la habitación – aquí traigo su comida señor Rodgers, hasta los inmortales tienen que alimentarse – y salió de la habitación riéndose.
-¿Tienes hambre?, a ver que te han traído – dijo Kate destapando la bandeja.
El olor a comida hospitalaria inundó la habitación.
-No tengo hambre.
-Pero tienes que comer algo – insistió ella.
-Kate de verdad que no tengo apetito, puedes comértelo tú si quieres, que tampoco has comido nada hoy.
-Pero yo no soy la enferma.
-Eso me recuerda, que deberías ir a casa y descansar un rato – dijo serio él – te aseguro que no me voy a mover de aquí.
-¿Quieres que me vaya? – le preguntó sorprendida.
-¿Te has visto cómo estás? – le dijo él.
-Ella se miró, ropa deportiva, despeinada, llena de sangre. Realmente estaba hecha un desastre.
-Vale, no estoy en mi mejor momento – dijo con media sonrisa.
-Y aun así estás preciosa, pero serás mejor que te vayas a casa, te duches, te cambies de ropa, comes algo y descansas un rato, y ya luego te vienes otra vez, ¿vale?
-Y mientras, ¿Quién va a cuidar de ti?
-Seguro que hay por ahí alguna enfermera sexy a la que no le importa hacer un esfuerzo y cuidar de mí.
Estuvo a punto de pegarle, se contuvo al recordar el estado en que se encontraba.
-Vale, pero primero te lo comes todo y luego voy a casa.
Hizo un esfuerzo e intentó comer, aunque solo fue capaz de tomarse la sopa y la gelatina que le habían traído de postre, porque enseguida empezó a cabecear quedándose dormido.
La enfermera que pasó a recoger la bandeja, le dijo que no se preocupase, que entre la medicación que estaba en el gotero, iba un calmante y un sedante suave, pues necesitaba descansar, que bastante había aguantado despierto.
Kate le dijo a la enfermera que iba un rato a la casa a cambiarse y esta le dijo que no se preocupase, le dejó el número de teléfono y se marchó.
Cuando llegó a su casa, se duchó y se cambió de ropa, se preparó un sándwich y en cuanto terminó de comer, se volvió al hospital, no quería dejarlo solo, como tampoco quería estar sola ella.
Llegó al hospital y él seguía dormido, la enfermera que la vio, le sonrió comentándole que había sido supersónica por lo poco que había tardado. En la habitación se sentó a su lado tomándole la mano, y al relajarse, ella también se quedó dormida.
Afortunadamente, solo tuvo que estar un par de días en el hospital, le dieron el alta y le recomendaron que volviera a la semana, para quitarle los puntos que no habían sido muchos.
Decidieron no denunciar la agresión con tal de no destapar lo suyo, pero como Kate se sentía un poco culpable, hizo un par de llamadas a compañeros de otras comisarías y diciendo que el percance le había ocurrido a un conocido pero que no quería que se supiese, se enteró de que habían detenido a un chico de unos dieciséis años, con una navaja, que había participado en un robo. Huía por el parque con la navaja en la mano y al chocar con Castle lo pinchó. No fue una agresión premeditada, sino fortuita. El chico había sido juzgado y llevado a un centro de menores.
Se fueron al loft, para que él estuviera más cómodo. Aprovechó la convalecencia para escribir, ella lo mimaba y más de una vez le tuvo que parar los pies, porque cuando se ponían cariñosos, era incapaz de controlarse, empezaba a meterle mano y ella tenía que retirarse aunque no le apeteciera, porque sabía que era capaz de dejar que se le saltaran los puntos con tal de no contenerse.
Castle insistía en que si iban con cuidado, podían hacerlo, pero ella era tajante, y le decía que hasta que no hubiera puntos, no habría sexo y que si era bueno, cuando terminara la convalecencia le tenía preparada una sorpresita. Así, ante esas promesas de ella, él fue capaz de pasar los diez días, y le pareció mentira cuando fueron al hospital y el médico le quitó los puntos, diciendo que la herida había cicatrizado muy bien, que ya podía hacer su vida normal, aunque debía ser cuidadoso pues la zona aún estaba sensible.
No le hicieron falta más explicaciones, ella quiso dar un paseo, él no, solo quería irse a casa y disfrutar de su sorpresa. Ella reía ante la impaciencia de él, diciendo que debería esperar unos días más que aún estaba sensible. Pero él, siguió insistiendo de tal manera, que al final la convenció y se fueron a la casa. En cuanto entraron, empezó a apremiarla, para que le diera su sorpresa, insistiendo igual que un crío pidiendo chucherías. Ella se puso seria.
-¡Castle, ni que tuvieras tres años! – exclamó exasperada – mientras más insistas, más me voy a enfadar, y si me enfado no hay sorpresa.
-¡Ofú! – protestó resoplando – entonces, ¿Qué?
-Te vas a la cama a dormir un rato la siesta, el médico te ha recomendado reposo – le apremió ella – y si te portas bien, a lo mejor mañana hay sorpresa.
-¡Tirana! – le espetó enfadado – ¡que sabrá el médico lo que yo necesito!
Y enfurruñado se fue hacia la habitación, para ponerse el pijama y meterse en la cama. Ella entró detrás de él.
-¡Quédate conmigo! – le pidió poniendo cara de pena – no quiero estar solito.
-Si me quedo contigo no vas a descansar, me quedo en el estudio y veo un rato la tele.
-Pero Kate… – empezó a protestar.
-Pero Kate nada, a descansar. Si necesitas algo me llamas… pero no vale llamar hasta dentro de media hora por lo menos – le dijo sabiendo positivamente que en cuanto se quedara solo empezaría a llamarla.
-¡Ofú! – volvió a protestar.
-Descansa un rato – le dijo mientras le daba un besito en los labios.
Salió cerrando la puerta y aprovechó para subir al baño de arriba, a preparase para la sorpresa que quería darle, sabiendo que empezaría a llamarla enseguida.
-Se arregló y cuando se miró al espejo se dijo:
-¡Ay Katherine Becket, quien te ha visto y quién te ve!, menudas pintas que llevas, quien me iba a decir a mí, que acabaría poniéndome esto.
Y se fue al estudio a esperar que él la llamara. Lo que no esperaba es que terminara durmiéndose, así que tuvo que esperar más de la cuenta.
Al cabo de un par de horas sintió que la llamaba.
-¿Kate? – la llamó.
Ella que lo escuchó enseguida se preparó para su actuación.
-¿Me ha llamado señor Castle?, aquí está la enfermera Becket para atenderlo.
Castle no podía creer lo que tenía delante. Becket estaba enfundada en un disfraz de enfermera acharolado blanco con los cuellos rojos, muy, muy apretado y muy, muy sexy. De hecho era el disfraz de guarrona, que él le pidió que se comprara para una fiesta de Halloween que había celebrado hacía un par de años en su casa. Además del ceñido vestido, llevaba medias de liga blancas, una cofia y estaba muy maquillada.
-¡Uf enfermera Becket!, venga rápido a atenderme que se me está parando el corazón y me falta la respiración – dijo jadeando – necesito que me haga la respiración boca a boca.
-Aquí viene su enfermera particular, dispuesta a darle sus mejores cuidados. Quédese quieto que voy a reconocerlo.
Castle estaba inmóvil y expectante, ella empezó a desabrocharle la camisa del pijama e iba besando cada lugar que descubría, mientras le decía que por esas zonas estaba muy bien. Estuvo un rato dedicada a su pecho, jugando y lamiendo sus tetillas, besaba su vientre, teniendo especial cuidado en donde estaba la reciente cicatriz. Se detuvo un rato en el ombligo mientras empezaba a desabrochar los pantalones.
Él quería tocarla, arrancarle ese uniforme que lo había puesto a cien nada más verlo, pero ella no le dejó, apartó sus manos y le dijo que era ella la que tenía que curarlo. Volvió a su bajo vientre y siguió con las caricias y besos, la erección de él era cada vez más grande. Ella de pronto dijo con voz falsamente preocupada.
-¡Huy señor Castle, tiene usted aquí un bulto muy sospechoso que tengo que observar y analizar! – mientras decía esto le tomó el miembro con las manos y empezó a acariciarlo – lo que más me preocupa es que cada vez se está poniendo más grande y duro.
-¡Por favor Kate, no voy a poder soportarlo! – decía jadeando.
-Claro que sí, yo le ayudaré – y se inclinó para besar y chupar su erección.
Cuando vio que estaba casi al límite, se abrió el vestido. No llevaba nada debajo, solo el liguero con las medias de encaje blanco.
-Enfermera, no llevas nada debajo – dijo con un gemido.
-Como si me cupiera algo con lo apretado que es esto – dijo ella.
Se sentó sobre sus piernas, sin dejar de acariciarlo por sus zonas más íntimas, se inclinó a besarlo, él aprovechó para acariciarle los pechos, pero ella le retiró las manos, diciendo que él era el paciente, que esta era su sorpresa y la tenía que disfrutar. Se incorporó para ir luego bajando sobre la erección de él, dejando que la penetrara hasta el fondo. Empezó a moverse, primero lentamente y luego fue aumentando el ritmo, hasta que terminaron los dos gritando en un explosivo orgasmo, que los dejó agotados. Ella se retiró para no recostarse sobre su tripa, pero él la atrajo diciendo entre suspiros y gemidos.
-¿Cómo se te ocurrió esta sorpresa enfermera Becket?, ha sido un regalo estupendo.
-La idea me la diste tú, el día que te hirieron. Cuando me vine a cambiar y me dijiste que no me preocupara, que ya te cuidaría alguna enfermera sexy, se me vino la imagen del disfraz a la cabeza, y me dije que la única enfermera sexy que te cuidaría sería yo.
Estuvieron un rato abrazados, hasta que Kate se levantó diciendo:
-Voy a quitarme el modelito, que tengo que devolverlo.
-¿No lo compraste? – preguntó sorprendido.
-No, solo lo alquilé.
-No quiero que lo devuelvas, puede servirnos para jugar a los médicos otro día – dijo él.
-De acuerdo, lo compraré – no le hizo falta que le insistiera, pues ella también había disfrutado de la sorpresa – pero de todas formas voy a cambiarme, y cuando vaya a pagarlo, te buscaré algún modelito que te venga bien a ti – dijo saliendo para coger la ropa que llevaba puesta antes y cambiarse.
-¡Huy, estoy deseando ver que me traes! – dijo con sonrisa picarona - ¿Qué tal de gladiador?, ¿O quizás de Hércules? ¿O qué tal de guerrero?– siguió divagando.
-¿Qué te parece de oso Yogui?, ¿O de Teddy Bear?, ¿O de Winnie de Pooth? – dijo ella sonriente.
-¿Por qué siempre de oso?, ¿tan feroz soy? – dijo dándose importancia.
-¿Feroz?, son ositos de peluche – se rio ella – diría más bien blandito y adorable.
-Claro que soy adorable, pero un oso, al fin y al cabo, y puedo volverme muy feroz, grrrrr – gruñó.
-¿Tienes hambre? – cambió ella de tema.
-Todavía no – dijo él, y tendiéndole la mano para que se acercara – ven aquí mamá osa, que papá oso tiene varias cosas que decirte – y le hizo hueco para que se sentara en la cama junto a él.
-¿Qué te parece si luego preparo algo de equipaje y mañana nos vamos a Los Hamptons? – le dijo ella.
-¿Ya sabes que mi madre y mi hija siguen allí y que no tendremos tanta intimidad?
-Sí, pero me muero de ganas por conocer tu casa de veraneo, creo que podré soportar la falta de intimidad, de hecho a ti te vendrá bien el reposo.
-Bueno, si insistes.
-Insisto.
CONTINUARÁ…
