Capítulo 6:

Durante todo el tiempo que duró el vuelo hasta Washington, Castle no paró de darle vueltas a la cabeza. Intentaba recordar el tiempo que pasó con Rachel, pero no tenía conciencia, de si se cuidó cuando estuvo con ella o si ella tomaba anticonceptivos. Solo imaginar que un hijo suyo, hubiese vivido medio abandonado, le erizaba el vello. Todavía no entendía porque Rachel, nunca le dijo nada, ni del niño, ni de su enfermedad.

Empezó a pensar en cómo sería su hijo, porque en el fondo de su corazón ya lo consideraba suyo. Siempre había sido niñero, faceta que se vio satisfecha con Alexis, pero mentiría si dijera que no le hubiese importado tener más hijos. Fantaseaba en tenerlos con Kate, ahora que su niña se hacía mayor, le apetecía más que nunca volver a ser padre. Claro que nunca pensó que de este modo, más bien se veía cuidando de una Kate embarazada y volviendo a cambiar pañales. Suspiró y se adormiló un poco, le quedaba al menos una hora más de vuelo, y el día había sido intenso y largo.

La voz de la azafata le despertó anunciando que iban a aterrizar. Cogió su equipaje y a la salida del aeropuerto, tomó un taxi que lo llevó hasta el hotel que había reservado previamente. Temprano en la mañana, tenía que arreglar muchas cosas.

Lo primero que hizo cuando por fin se quedó tranquilo en su habitación, fue mandarle un mensaje a Kate, diciendo que había llegado y ya estaba en el hotel. No sabía si se habría dormido ya y no quería despertarla.

Pero ella esperaba despierta a que él la llamase. Lo había visto marcharse muy alicaído, y se había quedado preocupada, así que al recibir el mensaje, lo telefoneó para hablar un rato con él.

-¿Cómo estás? – le preguntó preocupada.

-La verdad es que no sé muy bien cómo me siento – contestó él – lo único que tengo claro es que quisiera que estuvieses aquí conmigo. Te echo terriblemente de menos.

-Yo también te extraño y me gustaría estar contigo y acompañarte en este momento.

-¿Te has ido a tu casa?

-No, esta noche me quedo en tu cama, espero que no te importe.

-Ya sabes que no, esa también es tu casa y tu cama. No quise llamarte pues pensé que quizás estuvieses dormida.

-No dormía, esperaba tu llamada.

-Kate…

-¿Si?

-Tengo miedo.

-¿Miedo de que?

-De no saber cómo es ese niño, de no conocerlo, de que me odie, miedo a no poder quererlo.

-Rick, si ese niño necesita a alguien en estos momentos tan difíciles, es a ti. Es muy pequeño aun y lo que necesitará es atención y cariño, y eso es lo que vas a darle. Ese niño ha tenido mucha suerte en tenerte como padre.

-¿Suerte?, el pobre parece que lleva dando vueltas por ahí cada vez que su madre ingresaba en el hospital.

-Pues por eso, va a tener suerte porque vas a buscarlo. ¿A qué hora tienes que ir?

-Muy temprano, primero iré a arreglar el traslado de Rachel y luego a la casa de acogida.

-Entonces te dejo descansar, y me acuesto yo también.

-Buenas noches Kate, te quiero.

-Buenas noches, yo también te quiero.

Se despidieron y se fueron a dormir, aunque los dos tardaron muchísimo en hacerlo.


Muy temprano por la mañana, fue Rick al depósito de cadáveres del hospital que le había indicado el abogado que lo visitó en Nueva York y que también se encontraba en el lugar. Él fue el que lo asesoró para contactar con una funeraria que se encargaría de preparar el cuerpo y el traslado del mismo, al aeropuerto. Tardaron casi media mañana en dejarlo todo solucionado. En el JFK los restos de Rachel, serían recogidos, por otra funeraria de la ciudad que se encargaría del servicio fúnebre y el entierro.

Castle no tenía muy claro cuándo podría volver a su casa, pensaba que los trámites para llevarse al chiquillo serían largos y costosos, así que iba dispuesto a pasar unos días en Washington.

Una vez terminaron en la funeraria, el mismo abogado lo llevó al centro de menores. Estaba nervioso, iba a ver a su hijo por primera vez. El lugar a donde lo llevaron, estaba a las afueras de la ciudad. Era una edificación bastante grande y algo antigua. Tenía un amplio jardín donde niños y niñas de distintas edades, y al cuidado de varios educadores, jugaban al beisbol, al baloncesto o simplemente paseaban o corrían por el lugar.

Era como un gran colegio, y a Castle le pareció un lugar agradable. El abogado le dijo que lo esperaba la directora del centro, y que una vez conociera al niño y decidiera si quería quedarse con él, deberían ir al juzgado de familia a terminar de solucionarlo todo, para que el niño quedase legalmente reconocido como hijo suyo, pues aunque llevara su apellido y él apareciera como su padre en su partida de nacimiento, al no saber nada de la existencia del menor, podía renunciar a su guarda y custodia si lo creía conveniente, y así el niño podría pasar a un programa de adopciones.

A Castle le pareció espantoso oír hablar al abogado del niño, como si fuera un objeto, él pensaba llevárselo, le gustara o no, era más que probable que fuera hijo suyo y se merecía tener lo mismo que Alexis, ¡uf!, pensó en su hija y en cómo se tomaría la llegada del nuevo miembro de la familia.

Entraron al recinto y les indicaron donde estaba el despacho de la directora. Esta era una mujer afroamericana, de mediana edad, cabellos cortos y rizados, y gafas de montura al aire.

Ya conocía al abogado y sabía con quién y a que venía. Los invitó a sentarse.

-Buenos días – le dijo tendiéndole la mano – soy Eliza Jones, la directora del centro. Así que ¿usted es el escritor?

-Sí, soy Richard Rodgers, aunque Castle es el nombre que utilizo para firmar mis libros.

-Lo sé – dijo la señora Jones, con una sonrisa – confieso que he leído casi todas sus novelas.

La señora Jones pasó a explicarle la situación del pequeño. Quedó sorprendida cuando Castle le dijo que no había tenido conocimiento de la existencia del niño hasta que el abogado fue a buscarlo y se lo comunicó.

-Es extraño – dijo la directora – en la partida de nacimiento figura usted como su padre, si quiere puedo enseñársela, y además el crío…

-Debo decir – intervino el abogado – que mi cliente la señora Rachel Greyson, modificó la partida de nacimiento del menor hace dos años. Nos los comunicaron en el juzgado de familia, al parecer hasta la fecha de su modificación el niño aparecía como que era de padre desconocido.

-¿Tiene usted idea señor Rodgers de porque pudo producirse este cambio?

-Ya le he dicho que no he conocido la existencia del niño hasta ayer. Dejé de ver a la madre hace más de cinco años, cuando partió a Canadá para desempeñar un trabajo como actriz. Habíamos tenido una relación y evidentemente iba embarazada cuando se fue, por lo que hay muchas posibilidades de que el niño sea mi hijo, por eso he venido a buscarlo, en cuanto he sabido de él.

-Entonces ¿está dispuesto a hacerse cargo del pequeño?, mire que una vez que formalice los documentos, no podrá echarse atrás.

-Pero, ¿le pasa algo al niño? – preguntó preocupado – él – señalando al abogado me ha peguntado lo mismo, ¿es que tiene algún problema?

-Ninguno, por supuesto – dijo la señora Jones – es un chico muy agradable, pero entendemos que si hay una remota posibilidad de que el niño no sea suyo, llegado el momento quiera devolverlo.

-Se supone que es mi hijo, es más, si su madre dejó dicho que lo era, será porque es cierto, así que me lo llevo conmigo, por favor, estamos hablando de un niño, no de una mascota. Soy consciente de todo lo que me ha dicho y estoy dispuesto a asumir las consecuencias.

-De acuerdo – dijo la directora a quien Castle le había caído bastante bien, por la determinación que había mostrado en sus intenciones de llevarse al chico – ahora ya habrá empezado la hora del almuerzo, si quiere pueden esperar a que termine de hacerlo, aquí en mi despacho o en el jardín, en cuanto acabe de comer lo llevaré a que lo conozca, y ya luego veremos. Ahora si no le importa tengo algo urgente que atender.

Castle y el abogado, salieron del despacho. Él decidió esperar en el jardín, mientras el abogado atendía una llamada telefónica. Era un sitio agradable, con árboles y bancos para sentarse. Castle estuvo paseando un rato, haciendo tiempo para que terminase la hora del almuerzo. Estaba abstraído mirando una casa en un árbol, que era el sueño de cualquier crío, cuando sintió que le tiraban de la chaqueta. Se volvió mirando hacia abajo. Un niño de poco más de un metro de alto, de cabellos rubios y ojos azules, con un dragón de felpa verde, bajo el brazo, lo miraba con atención.

-¡Hola! – dijo agachándose para ponerse a la altura del muchacho – y tú, ¿Quién eres?

-Soy Henry, Henry Rodgers – dijo el chico al más puro estilo de James Bond, señalándose el pecho – y tú eres mi papá – dijo con determinación.

-¿Y quién te lo dijo? – le preguntó al chiquillo que se parecía extraordinariamente a Rachel.

-Mami me lo dijo, mira – y quitándose una mochila de Spiderman, que no había visto que llevaba colgada de la espalda, sacó un libro, que Castle reconoció como uno de los suyos y señalando la contraportada dijo – yo le pregunté a mami, donde estaba mi papá, y me dijo que eres tú – señalando la foto.

-Pues encantado de conocerte, Henry – dijo Castle a quien el chiquillo ya le había robado el corazón – yo soy Rick, y este ¿es tu amigo? – señalando al dragón de felpa.

-Es Edwin, me lo regaló mi mami, ¿tú sabes dónde está?, Joey dice que ya no viene más por mí, porque se puso muy malita y se fue al cielo.

En ese momento se oyó la alegre voz de la señora Jones:

-Veo que ya se conocieron – dijo con una enorme sonrisa – ¿Dónde te habías metido Henry?, me dijo Melissa que no te terminaste el almuerzo.

-Fui a hacer pis – dijo el chico mirando hacia abajo.

-¿Y cómo has terminado en el jardín? – preguntó la señora Jones – ¿no habrás hecho pis en el patio?

-Que no, que lo he hecho en el wáter.

-¿Y por qué no volviste al comedor después de hacer pis?

-Estaba en nuestra casa del árbol – dijo Henry señalando a Castle – y yo vi por la ventana que se parecía a mi papá.

-Así que viniste a averiguar si había venido por ti, ¿eh? – dijo la directora del centro, comprendiendo.

-¿Nos vamos a tu casa ya?, yo no quiero ir con la señora Carpenter.

Castle miró a la directora sin comprender de que hablaba el niño. Esta se dirigió a él para decirle.

-Henry, Melissa te está esperando para ayudarte a preparar tus cosas, porque como tú nos decías siempre, tu papá ha venido a buscarte. Mientras yo tengo que hablar con él de asuntos de mayores.

El chiquillo se debatía entre obedecer a la directora y no perder de vista a Castle, por si acaso se iba sin él.

-Yo vengo pronto, tú no te vayas – dijo inseguro.

-Claro hombre – dijo Castle – yo te espero en su despacho hasta que vuelvas.

-Vale – dijo el niño no muy convencido.

-Melissa te espera en el vestíbulo, anda ve con ella – le dijo la directora.

El chiquillo echó a correr, pero por tres veces se paró a ver si Castle seguía allí. La directora le dijo:

-Tengo que contarle algunas cosas sobre Henry, ¿quiere que vayamos al despacho o prefiere dar un paseo?

-Mejor damos un paseo – dijo Rick quien estaba ansioso por saber todo del crío – por cierto, ¿Quién es Joey?, Henry me contó que él le dijo que su madre había muerto.

-Joey es el psicólogo del centro. Ha estado viendo a Henry un rato cada día, el niño preguntaba constantemente cuando volvía su madre por él, así que tuvimos que contarle que se había puesto muy enferma, y que no podría volver a buscarlo. Fue entonces cuando empezó a decir que llamaran a su papá para que viniera a recogerlo.

-Me dijo que sabía quién era yo, y me enseñó una foto mía de uno de mis libros que lleva en la mochila.

-Si – sonrió la señora Jones – no suelta la mochila ni para bañarse, tiene que dejarla bien a la vista en el cuarto de baño, ni la mochila ni el dragón. Son regalos de su madre, y le dan cierta seguridad.

-¿Lleva aquí mucho tiempo? – preguntó interesado.

-Hace dos años lo trajo un asistente social del hospital. La madre había ingresado para hacerse unas pruebas y no tenía a nadie con quien dejar al niño. Lo tuvimos aquí durante una semana. Luego su madre vino a llevárselo. Aprovechaba mientras el niño estaba en el colegio para darse las sesiones de quimio. Pero cada vez que la operaban, que fueron un par de veces, o tenía que someterse a pruebas durante varios días, Henry volvía al centro. Es un chico sociable y optimista y aunque preguntaba cuando lo recogería su madre, sabía que ella vendría por él, así que se conformaba y esperaba.

-¿Quién es esa señora Carpenter? – preguntó Castle, que había recordado lo que dijo el chiquillo.

-Rachel siempre fue muy responsable con el niño, quería lo mejor para él. Cuando empezó a encontrarse tan mal, que no se sentía capaz de cuidar de su hijo, ella misma lo trajo al centro, diciendo al crío que tenía que volver al hospital. Se despidió de él, con intención de no volver a verlo. Como sabíamos que su madre no podría volver a recogerlo, lo mandamos con una familia de acogida para ir preparándolo para una posible adopción. Henry no se adaptó, había ya otros niños en la familia, ya sabe que el estado les paga por cada menor que acogen, y bueno, aunque yo no era muy partidaria de mandarlo, no era quien tomaba la decisión, fue el juez. La señora Carpenter, últimamente no estaba muy bien, ya que su marido no pasaba por sus mejores momentos, había perdido su trabajo, y empezado a beber. No sabíamos nada, pero por lo visto hacía tiempo que maltrataba a la esposa y los niños. Los mayores se callaban por miedo, pero Henry estaba en fase de prueba, por lo que la asistenta social iba a verlo periódicamente y el chiquillo tenía varios golpes. Al final se le retiraron todos los menores de acogida a esa señora. Henry no guarda muy buen recuerdo de ese tiempo.

-No me extraña – dijo Castle estremeciéndose.

-Así que lo trajimos aquí de nuevo, fue entonces cuando Rachel empeoró y pidió verlo de nuevo, pues quería despedirse de él. Cuando volvió del hospital venía muy triste. Al comunicarle que su madre había muerto, primero pasó por una fase de mutismo y al cabo de unos días, fue cuando empezó a preguntar por su padre, sacó de su inseparable mochila su libro y nos señaló que ese señor era su papá y que había que llamarlo para que viniese a buscarlo. Que su mamá se lo había dicho y que teníamos que llamarlo. Ni se imagina lo insistente que puede llegar a ser ese niño.

-¿Fue entonces cuando me avisó el abogado?

-¡Qué va! – exclamó la señora Jones – todos pensamos que Rachel le había dicho a Henry que usted era su padre, como manera de darle una esperanza o calmarlo. Imagínese nuestra sorpresa, cuando vino el abogado, para comunicarnos que se había leído la última voluntad de una cliente, y que allí decía que usted era el padre de Henry, por lo que había que comunicárselo. Creo que el resto ya lo sabe, ¿no?

-Si – dijo Castle – una historia increíble. Entonces, ¿puedo llevármelo?

-No veo porque no. Su abogado lo acompañará al juzgado de familia, para que firme usted los papeles y Henry sea legalmente suyo.

-Pues vamos entonces.

Se dirigieron al interior del centro, hacia el despacho de la directora. Fuera del mismo un impaciente Henry esperaba a Castle.

-¿Dónde estabas que no te he visto? – preguntó preocupado.

-Yo ya le dije que enseguida venía – dijo la chica que estaba con él, evidentemente una cuidadora – pero Henry está ansioso por irse.

-Ella es Melissa – le presentó a la chica – ha cuidado de Henry todo el tiempo que ha estado aquí.

-Encantado – dijo Castle tendiéndole la mano – bueno Henry, ¿Qué te parece si nos vamos?

-Vale, ¿a tu casa?

-A mi casa, pero primero hay que ir al juzgado – le contestó.

-Pero yo me voy contigo, ¿eh?

-Si hombre, no te preocupes que no voy a dejarte aquí, ahora debes despedirte de Melissa y la señora Jones, y darle las gracias y despídete también de tus amigos.

-De sus amigos se ha despedido ya – dijo Melissa – adiós Henry – dijo la chica que se agachó para ponerse a la altura del crío y lo abrazó – ha sido un placer conocerte.

-Adiós Henry – le dijo la directora – me alegro de que tu papá te encontrase y viniese a buscarte – y lo besó en la mejilla.

-Adiós – dijo Henry solamente – otro día vengo a verte – esto último no muy convencido.

Castle le dio la mano a las dos y les agradeció todo lo que habían hecho por el niño.

Cogió la bolsa roja de Cars, con su ropa y se la colgó del hombro, Henry que ya estaba preparado para irse con su chaqueta puesta, Edwin debajo de un brazo y su mochila colgada, agarró la mano de su padre, más que dispuesto a empezar una nueva vida.

Al salir vieron al abogado, al que Castle le comentó el tema del juez. Cogieron un taxi y fueron al juzgado, donde Castle firmó todos los documentos que indicaban que Henry era su hijo.

El abogado le preguntó qué, que hacían con las pertenencias de Rachel y del niño, que por lo visto no eran muchas, y que el dueño del piso en el que vivían de alquiler, lo había metido todo en cajas y llevado a un trastero. Lo autorizó a que abonara la factura del alquiler del trastero, y le pidió que contratase una empresa de mudanzas, para que llevase todas las cosas a Nueva York y las dejase en su casa.

Una vez terminado todo, se vio en la puerta del hotel a las siete de la tarde, con todo solucionado.

-¿Es esta tu casa? – preguntó Henry asombrado – es tan grande como el centro.

-No – rió Castle – no es mi casa, es un hotel.

-¿Por qué vives en un hotel?, ¿un hotel es una casa?

-Más o menos, los hoteles son casas donde se quedan las personas que van de viaje.

-¿Nos vamos de viaje? – preguntó interesado – ¿en tren?

-Nos vamos a Nueva York, que es la ciudad donde yo vivo, y nos vamos en avión.

-Vale – dijo conforme – me gusta el avión.

Subió a la habitación y mientras Henry veía un canal de dibujos en la tele, él llamó al aeropuerto y reservó dos billetes para el último vuelo del día, que salía a las diez y media de la noche. Luego llamó a Kate, para decirle que ya estaba todo solucionado, que ellos llegarían sobre la medianoche y que el cuerpo de Rachel lo haría al día siguiente. Ella le dijo que iría a buscarlos al aeropuerto, él insistió en que era muy tarde, pero ella insistió más, alegando que al día siguiente era sábado y además el lunes era festivo y no tenían que madrugar. Tenía tantas ganas de verla que no protestó. Se despidieron para que él pudiese arreglarlo todo y salir enseguida.

En una cafetería del aeropuerto, cenaron algo. El chiquillo estaba cansado y no hablaba mucho, él tampoco quiso insistirle, ya habría tiempo de todo. Embarcaron a la hora convenida, después de sentarse, ponerse el cinturón y preguntar un par de cosas sobre los aviones, los dos se quedaron dormidos. Él se despertó cuando el avión aterrizó, no así Henry que dormía profundamente, se había perdido todo el vuelo.

Kate lo esperaba impaciente en la puerta de salida. Por fin lo vio llegar. Tenía una cara de agotamiento espantosa. Con un brazo sujetaba a un niño con una mochila de Spiderman y un dragón de felpa, que dormía sobre su hombro.

Con la otra mano tiraba de la maleta que llevaba enganchada al asa una bolsa roja de Cars. Sonrió al verla. Se acercó y agachó la cara para besarla.

-Bienvenido – le dijo ella – no te imaginas lo que te he echado de menos, ¿Qué tal todo? – dijo mirando hacia el niño.

-Como ves está agotado, ha sido un día muy largo, mañana haremos las presentaciones formales, ahora vámonos.

-Si – dijo ella, tirando de la maleta por él – vámonos a casa.

CONTINUARÁ…