Capítulo 7:

Mientras conducía, Kate le fue explicando que había abierto el sillón del estudio y lo había preparado para que el niño durmiera ahí. No le pareció conveniente ponerlo en una de las habitaciones de arriba, demasiado lejos del dormitorio principal.

Él le dijo que había tenido una idea excelente, no sabía si el niño tendría o no pesadillas, le explicó por encima lo que le había contado la señora Jones, pero tampoco se explayó mucho. También estaba cansado, además de tener muchas cosas en la cabeza.

Llegaron a la casa y subieron al piso desde el garaje. Castle volvía a cargar con el chiquillo que dormía profundamente y no se había alterado en todo el tiempo que duró el trayecto en coche. Entraron y él se dirigió directamente al estudio, se sentó y con destreza y sin despertarlo, le quitó al crío, la chaqueta, la sudadera, los zapatos y los calcetines. Lo volvió a coger en brazos y lo depositó en la improvisada cama. Ya ahí le quitó los pantalones vaqueros, dejándolo en camiseta de mangas largas y calzoncillos.

-Sí que se te da bien acostarlo sin despertarlo, ni se ha inmutado, ¿no le pones el pijama? – le dijo Kate.

-No sé dónde estará el pijama guardado, tampoco hace tanto frio, Alexis siempre se quedaba dormida cuando veníamos tarde en el coche. Si veníamos de Los Hamptons la subía al coche con el pijama ya puesto, pero si era del cine o de otro sitio, me tocaba desvestirla y acostarla.

Antes de taparlo le puso el muñeco debajo del brazo, por si se despertaba que lo tuviese cerca. Kate sonrió con ternura ante el gesto de él, que le dijo:

-Es Edwin, por lo visto son inseparables.

-¿Quieres comer algo? – preguntó solícita.

-No, ya lo hicimos en el aeropuerto, lo que si voy es a darme una ducha, debo tener un olor a humanidad horroroso.

-Vale, yo te espero en la cama. ¿Tu madre y Alexis saben algo?

-No, tenían idea de pasar varios días en Los Hamptons, Alexis quiere despedirse de su vida adolescente, como dice ella. Cuando no pudimos ir porque empezaste a trabajar, les dije que igual íbamos un fin de semana, y ahora con esto… no sé cómo van a tomárselo, sobre todo Alexis.

-Si quieres podemos ir mañana y volvernos el lunes por la tarde, que es festivo. Cuanto antes lo sepan mejor. Seguro que le gusta la playa – dijo mirando hacia el estudio.

-No sé, no es mala idea, pero a ver cómo nos levantamos mañana, ahora mejor me ducho y ya luego lo hablamos.

Castle se desnudó en el cuarto y en ropa interior se metió al baño. Se dio una ducha caliente, pues realmente la necesitaba. Dejó que el agua le cayera por encima, desentumeciendo los músculos. Estuvo un buen rato debajo del agua, hasta que se sintió mejor. Se secó, se puso unos calzoncillos limpios y se lavó los dientes. Cuando pasó al cuarto, vio que ella se había quedado dormida. Se metió en la cama, y se acercó abrazándola. La había necesitado durante todo el día, y sabía que iba a necesitarla todavía más, a partir de ese momento. La ducha lo había relajado bastante, se durmió enseguida, casi sin darse cuenta.


Kate fue la primera en despertarse. Aún era pronto para levantarse, pero ella no tenía sueño. Castle dormía y no quería despertarlo.

Salió al estudio y observó al niño, que también dormía. La verdad es que era bastante guapo, con ese pelo rubio que le caía sobre la frente. Se había destapado, así que volvió a taparlo y salió sin hacer ruido. Tenía hambre, por lo que empezó a preparar el desayuno.

Llevaba un rato partiendo fruta y pensando en cómo podría afectarles la nueva situación a su recién estrenada relación, cuando sintió como si alguien la mirara. Levantó la vista y allí estaba el hijo de Rick, en calzoncillos y camiseta y abrazado a un dragón de felpa verde.

-¿Cómo te llamas? – le preguntó el chiquillo.

-Kate, soy la novia de tu padre – se sintió en la obligación de explicarle al niño, para arrepentirse luego, ya que ni siquiera su padre sabía que ellos dos estaban juntos – y tú, ¿Quién eres?

-Soy Henry, Henry Rodgers – contestó de la misma forma que le contestó a Castle el día anterior – ¿y mi papá?

-Está durmiendo todavía, ¿Tienes hambre?, ¿quieres desayunar?

-Tengo pis – dijo por toda respuesta el niño.

-Pues vamos al baño – dijo ella al ver la cara de urgencia que se le había puesto.

Lo guió hasta el dormitorio, para llevarlo al baño. Henry dejó a Edwin en el filo de la bañera, levantó la tapa del retrete y orinó. Luego muy formal, tiró de la cisterna, bajó la tapa y fue hasta el lavabo para lavarse las manos.

Kate lo observaba desde fuera y sonrió pensando que el niño estaba bastante bien enseñado.

Henry se puso a Edwin bajo el brazo y salió al dormitorio. Se paró junto a la cama donde Castle seguía durmiendo, totalmente ajeno a lo que pasaba a su alrededor.

-Papá no hace ruido – dijo – el señor Carpenter hacía mucho ruido y yo no me duermo.

-No, tu papá no ronca – afortunadamente, pensó Kate – ¿Quieres desayunar ahora?

El niño miró hacia la cama.

-¿Yo lo espero aquí?

-Puedes venir a la cocina conmigo – le dijo tendiéndole la mano – cuando se despierte él viene a desayunar con nosotros.

-Vale – dijo Henry, que era un niño bastante dócil, cogiendo la mano que Kate le ofrecía.

Lo ayudó a sentarse en un taburete y le preguntó:

-¿Te gustan las tortitas?

-Mi mamá me hacía tortitas, pero después se pone malita y como muchos cereales. ¿Tú sabes hacer tortitas?

-Claro que sí, ¿quieres leche o zumo de naranja?

-Leche.

Kate le sirve un vaso de leche y mientras se la bebe, va haciendo las tortitas. El niño mira a todos lados con interés y de repente le pregunta:

-¿Esto es un hotel?

-No – dijo ella sonriendo – es la casa donde vive tu padre.

-¿Yo vivo aquí? – volvió a preguntar.

-Por supuesto que si – contestó Castle que ya se había levantado y se acercaba a la cocina – ahora esta también es tu casa. ¡Buenos días! – dijo dando un beso a Kate y revolviendo cariñosamente el cabello del niño.

Kate les sirvió tortitas al niño y al padre, al que también le puso café, y luego se sirvió ella. Los tres empezaron a comer en silencio, hasta que este, fue roto por Castle.

-¿Has dormido bien Henry?

-Si, tenía mucho sueño y Edwin también.

-¿Qué te parece si cuando terminemos de desayunar nos vestimos y vamos al parque?, ¿Te gustan los animales?, en el parque hay un zoo, ¿te gustaría verlo?

-Vale, vemos los animales y venimos a la casa.

-Bueno, yo había pensado que podíamos pasar el día fuera. Luego de ir al parque y al zoo, podemos ir a comer una hamburguesa, o una pizza. ¿Qué te gusta más?

-Macarrones con queso, mi mamá me los hace para comer, pero ella ya no viene nunca, ¿Tú me cuidas?

Castle y Becket se miraron, era evidente que Henry aún se sentía inseguro por su situación.

-¿Y la playa?, ¿te gusta la playa, Henry?

Al chiquillo se le iluminó la cara.

-Me gusta mucho la playa, yo tengo un cubo de Nemo y una pala naranja.

-¿Te gustaría ir a la playa, mejor que al zoo?

-¿Y me baño en el agua? – preguntó ilusionado, aunque luego le cambió la cara cuando recordó algo – ¡ay!, pero es que no tengo manguitos y entonces no puedo.

-Pues compramos unos manguitos nuevos – dijo Kate solidaria ante la cara de preocupación del pequeño.

-Entonces, ¿nos arreglamos y nos vamos a la playa? – preguntó Castle, y dirigiéndose a Kate – ¿Estás de acuerdo?

-Me apetece mucho ir a la playa, además mientras antes se enteren Martha y Alexis, mejor, ¿no?

-Si, también lo decía por eso.

Terminaron el desayuno, y Kate se ofreció a recoger.

-¿Me ayudas a hacer la cama? – preguntó Castle a su hijo.

-Bueno, Edwin también te ayuda. Adiós señora Kate.

-Adiós Henry – dijo ella con una sonrisa – ahora te veo.

Entraron al estudio, y al ver el sillón donde había dormido, le preguntó.

-¿Esta cama?

-Eso no es una cama, es un sillón que se extiende y se puede usar para dormir.

-¿Yo duermo aquí siempre?

-No hijo, eso ha sido anoche, que llegamos muy tarde, pero vas a tener un cuarto para ti solo.

Ya en el dormitorio, Castle le dijo como tenía que ir ayudándolo a estirar la ropa de cama. Sentó a Edwin en una butaca y se dispuso a ayudar a su padre.

-¿Y yo no duermo contigo en esta cama?

-No, aquí conmigo duerme Kate.

-¿Por qué es tu novia?

-¿Quién te dijo eso? – preguntó sorprendido.

-La señora Kate, ella es buena, me hizo tortitas.

-Sí, es muy buena.

-En mi casa de Washington yo también tengo un cuarto para mí solo, pero es muy chico.

Kate, que ya había terminado, asiste a la conversación de los dos. Cuando terminan de hacer la cama, ella les dice:

-¿Qué tal si miramos en la bolsa de Henry a ver si hay un bañador para la playa? – entrando al cuarto con la bolsa en la mano.

Henry cogió a Edwin y se acerca a ella.

-Si, mira, yo tengo un bañador naranja como Nemo, me gusta mucho el naranja.

Abrieron la bolsa, y Kate empezó a sacar la ropa del niño, que no era mucha.

-Vamos a tener que comprarle ropa – dijo, mientras de una bolsita más pequeña con ropa interior y calcetines, sacaba un bañador naranja de Nemo.

-Supongo que cuando lleguen las cajas con sus cosas, vendrá más ropa, y sus juguetes – dijo de pronto Castle – ¿Dónde están tus juguetes Henry?

-¡Ay! – dijo con pena – están en mi casa de Washington, yo no podía llevarlos al centro. Yo tenía un coche, y una moto, y puzles y cuentos.

-Bueno – dijo Castle con resignación – me parece que vamos a tener que comprar algunos juguetes también, venga a vestirse, que nos vamos de compras.

-¿Preparamos las cosas y nos vamos directamente a Los Hamptons? – preguntó ella.

-Es lo mejor, ¿no? Nos arreglamos, pasamos por el centro comercial y nos vamos a la playa, ¿te parece bien? – preguntó dirigiéndose al pequeño.

-Vale, yo me pongo la camiseta roja de Mickey – dijo señalando la prenda que Kate había sacado y dejado sobre la cama.

Prepararon las cosas y se vistieron los tres. Henry con su inseparable Edwin y su mochila de Spiderman.

-¿Y esa mochila Henry? – preguntó Kate, que ya se la había visto puesta el día anterior – yo llevo todo lo necesario para los tres en esta bolsa, y lo que nos falta lo compraremos ahora.

-Es que… – el niño la miró sin saber que decir. Cargaba con la mochila donde llevaba sus posesiones más preciadas, entre ellas, un pequeño álbum de fotos y el libro de su padre.

-¿Puedo ver lo que llevas dentro? – preguntó curiosa y mirando a Castle, que asintió, aunque él ya sabía lo del libro.

Se descolgó la mochila y se la dio a Kate que se sentó en el sofá a mirar que había dentro. La abrió y lo primero que sacó fue el libro de Castle.

-Este es mi papá, que me lo dice mi mamá – dijo el niño.

-Según la directora del centro de acogida, Rachel le explicó quien era yo y él lleva el libro a todas partes como referencia.

-¡Ah! – dijo Kate solamente – ¿Y esto? – dijo sacando el álbum.

El niño se lo quitó de las manos y lo abrió. Era uno de esos pequeños, como un libro con unas cuantas hojas de plástico dentro.

La primera foto, era de una mujer de cabello rubio ceniza, de perfil y con las manos puestas sobre el abultado vientre.

-Esta es mi mamá. Yo estoy en su barriguita.

Castle que se había sentado al otro lado del niño, dejando a este en medio de los dos, suspiró al ver la foto.

-Pobre Rachel – fue solo capaz de decir.

-Era muy bonita, Henry – dijo dirigiéndose al pequeño, y era verdad, sin ser una mujer despampanante, era una chica muy agradable y risueña – debía ser muy alegre, y tú te pareces mucho a ella.

-Mi mamá es guapa – intervino Henry, quién a continuación acarició la mejilla de Kate, diciendo – la señora Kate también es guapa.

-¡Vaya muchas gracias! – dijo Kate que sin poderse aguantar, besó al niño en el cachete.

-Mi papá es importante – y señaló la siguiente foto, que era una de Castle, evidentemente recortada de alguna revista o libro – mira cuando yo era un bebé – mostrando otra foto de un bebé rubio y sonrosado, como un angelote.

Las pocas fotos que quedaban, eran de la madre y el hijo, con diferentes edades del niño y hasta hacía poco tiempo. Era evidente el parecido entre los dos, aunque Rachel tenía los ojos color caramelo y Henry azules. En la última los dos llevaban un pañuelo puesto en la cabeza, a modo de pirata.

-Mi mamá no tiene pelos en la cabeza, porque está malita, y nos ponemos un pañuelo y jugamos a los piratas.

Los adultos se miran conmovidos. El niño ajeno a los sentimientos que ha despertado en los dos, sigue sacando lo que hay en la mochila. Saca una bola de Navidad, con un Santa Claus, en su casa del Polo Norte, un cuento bastante usado de Nemo, un submarino amarillo y un tiburón de goma.

-Es para la bañera, pero no están los demás peces y un barco. Y el catalejo de los piratas – dice sacando por último un estropeado caleidoscopio de cartón.

-¿No te gustaría dejar esta mochila aquí en casa bien guardada? – le preguntó Castle.

-¡Hmmm! – titubeó el niño – ¡No!, mejor me la llevo.

-Como quieras, ¡ea, pues en marcha!

Bajaron directamente al garaje, donde se dirigieron al coche familiar de Castle. Cuando se montaron, fue cuando Kate se dio cuenta.

-También vamos a tener que comprar una silla para el coche, o por lo menos un adaptador para el asiento.

-Bueno, parece que vamos a tener que arrasar el centro comercial – dijo Castle con una gran sonrisa.

Al salir de la casa, a Castle le sonó el teléfono. Llamaban de la funeraria comunicando que habían llegado el cuerpo de Rachel y que si podía pasar por allí para solucionar algunos trámites.

Así que antes de pasar por el centro comercial, tuvieron que parar en la funeraria. No quiso que entrase el niño, así que lo dejó con Kate dentro del coche, asegurándole que en seguida volvía. Lo gestionó todo para que el entierro fuese cuando volviesen de Los Hamptons. De momento se quedó tranquilo sabiendo que los restos de ella estaban allí, y que ellos se encargarían de prepararlo todo. Cuando salió, sonrió al verlo con medio cuerpo fuera del coche, mirando a todos lados.

-Parece que te ha salido un fan acérrimo – dijo Kate con una sonrisa – solo hacía preguntar por ti y por si te habías ido sin él.

-Que no hombre, que no me voy a ningún lado sin ti, y ahora métete dentro que tenemos que ir de compras.

-Al llegar al centro comercial, fueron primero a la sección de automóviles, donde compraron una silla adaptable para el coche de Castle. Fueron con el empleado al parking y este se encargó de montarla e instalarla en el coche.

-¿Te gusta tu nueva silla Henry?

-¿Ahí me siento yo solo? – preguntó.

-Si hijo – dijo Castle con una sonrisa – solo a ti te cabe el culo ahí.

Jejeje – soltó una risita Henry al oír la palabra culo.

Una vez instalada la silla, volvieron a entrar hacia la sección de playa y piscina. Allí además de los manguitos, y ante la mirada anhelante de Henry, compraron una mochila de plástico transparente con los filos amarillos, que llevaba dentro todo lo necesario para que un niño se divirtiera en la playa. También le compraron una gorra y una toalla, de su querido Nemo. Luego Castle no se pudo resistir y le compró unos cuantos cuentos.

Volvieron a montar en el coche y pusieron rumbo a Los Hamptons.

CONTINUARÁ…