Capítulo 9:

Cuando llegaron a la cafetería, Martha y Alexis ya les esperaban allí. Se sentaron en una mesa en la terraza del local. Pidieron su cena, y un menú infantil para Henry, que se lo comió todo sin rechistar, encantado con el delfín de plástico que venía de regalo con su menú y después en la sobremesa yendo a una pequeña zona recreativa infantil que había en el local.

Al principio no quiso despegarse de los mayores, aunque se le iban los ojos detrás de los toboganes. Castle lo tomó de la mano, y lo acompañó. Le dijo que él estaba en la mesa, que desde allí podía verlo perfectamente, y que por supuesto no pensaba irse sin él. Al final, logró convencerlo y lo dejó allí, aunque estaba pendiente para corresponder al saludo, que el chiquillo le mandaba a cada rato.

Estuvieron hablando de sus planes para los próximos días. Tanto Martha como Alexis habían decidido volver a la ciudad. La primera por asuntos de su escuela de teatro y la segunda porque quería dejar solucionadas varias cosas antes de irse a la universidad y le apetecía además terminar su periodo de prácticas con Lanie.

-¿Ella sabe lo vuestro? – preguntó Alexis – es que me voy a sentir muy rara trabajando con ella y ocultándoselo.

-Si – dijo Kate – no tuve más remedio que contárselo, pero me ha prometido guardar silencio, Esposito y Ryan no saben nada, y por supuesto ni hablar de que se entere Gates.

-¿Volverás a la comisaría papá?, ¿Qué harás con él?, todavía no ha empezado el colegio, porque tendrá que ir al colegio, ¿no?

-Había pensado llevarlo al colegio donde tú fuiste, no creo que haya problema, para matricularlo, además está cerca de casa. También había pensado preguntar en la guardería en la que te quedaste algunas veces, la que está en Broadway con Prince Street, creo que atienden niños en verano, mientras los padres trabajan.

-¿Crees que se quedará a gusto? – preguntó Kate – ya sabes lo inseguro que se muestra y el miedo que le da pensar que lo vas a dejar por ahí.

-Tendrá que acostumbrarse – dijo Rick – iremos poco a poco, para que se vaya dando cuenta que puede ir a los sitios, sin temor a que lo vayan a dejar abandonado.

-Me da tanta tristeza pensar en todo lo que ha tenido que pasar siendo tan chico – dijo Alexis solidaria.

-Pues ya no hay más que lamentar, no se puede volver atrás, lo bueno es que ahora está con gente que lo quiere – dijo Martha a quien el niño empezaba a gustarle y veía como tanto su hijo, como su nieta lo habían aceptado como un miembro más de la familia.

-¿No eras tú la que decía que no tenía que fiarme de lo que me hubieran dicho y que no dejara de hacerme las pruebas de paternidad? – le preguntó su hijo sorprendido.

-Y sigo pensando que para tu tranquilidad debes hacértelas, eso no quita que ese crío no me caiga bien.

Y hablando del crío, este llegó a la mesa, poniendo fin a la conversación de los mayores y pidiendo zumo pues se moría de sed. Kate le sirvió un vaso, que se bebió del tirón.

Kate no pudo menos que admirar, como toda la familia, incluso Martha que tenía sus dudas, iba aceptando a Henry. Todos eran de natural cariñoso, Castle abrazaba y besaba a su hija a menudo, y no digamos a ella. Ahora Henry también empezaba a recibir las muestras de cariño de su familia, poco a poco y en pequeñas dosis, no querían atosigarlo, pero tampoco querían que se sintiera desplazado.

-¿Qué os parece si damos un paseo por el puerto? – propuso Castle - ¿Quieres ver los barcos Henry?

-Si – dijo Henry – me gustan los barcos y a Edwin también.

-¿Os importa si no os acompaño?, he visto a Lorraine y a Ronald, tomando una copa en el local de al lado y creo que voy a acompañarlos.

-Claro que no – dijo Alexis – ¿te paso a buscar cuando terminemos el paseo o te vuelves en taxi?

-Mejor espero a que tú me recojas – le dijo a su nieta.

Tal como había dicho, Martha se reunió con sus amigos, y el resto de la familia se fue a pasear. Fueron al puerto y vieron los yates que allí había atracados, algunos realmente ostentosos. Henry que había terminado subido a los hombros de Castle, no paraba de hablar sobre barcos, piratas, y tiburones.

-El ADN no sé cuál será – dijo Kate con una amplia sonrisa – pero la imaginación y la fantasía, por el estilo, más o menos.

Siguieron paseando hasta que ya cansados, decidieron volver a la casa. Acompañaron a Alexis a recoger a su abuela, y luego las escoltaron hasta su coche, yéndose después en busca del suyo. A esas alturas de la noche, estaban ya todos bastante cansados, sobre todo Henry, que cabeceaba sobre el hombro de su padre.

Cuando llegaron a la casa, preguntó Martha, que donde lo acostarían, a lo que Alexis contestó que no le importaba que durmiera en la otra cama que había en su habitación, y que muchas veces habían usado sus amigas.

Así que Castle volvió a demostrar su experiencia desvistiendo niños dormidos, y por segunda vez, Henry durmió en camiseta y calzoncillos.

Una vez acostados, ellos se fueron a su dormitorio, se desvistieron y después de lavarse los dientes, se reencontraron en la cama.

-Estoy agotado – dijo él – ha sido un día muy largo.

-Sí que lo ha sido – dijo ella que se arrimó a él, buscando su abrazo – te he echado de menos, tenía ganas de estar a solas contigo – dándole un beso.

-Y yo, considera esto un entrenamiento a marchas forzadas, para cuando decidas tener niños – sonrió él.

-Todavía es pronto – bostezando – de momento creo que mis instintos maternales, se van a ver totalmente satisfechos con Henry.

Él empezó a besarla, suavemente por toda la cara y bajando luego a la zona del cuello y la clavícula y volviéndole a dar las gracias por haber aceptado a Henry.

-¿No estabas agotado?

-Un poco, pero también necesito esto, claro, si tú quieres dármelo.

-Soy toda tuya – respondió entre jadeos.

Se amaron dulcemente, sin prisas, hasta llegar al clímax y caer los dos rendidos uno en los brazos del otro.


Los dos días que pasaron en Los Hamptons fueron aprovechados al máximo. Mucha playa y piscina, paseos por los pueblos cercanos y ya a última hora de la tarde vuelta a la ciudad.

Kate dijo que le gustaría ir a su casa, pero entre la cara de pena de Castle, la inocente voz de Henry, preguntándole a su padre, si la señora Kate, no se quedaba con ellos y las pocas ganas que tenía de estar sola, fueron suficiente para convencerla de quedarse en el loft.

A la hora de acostarse, pensaron en instalar al niño en el cuarto de invitados, pero cuando este vio la gran habitación toda decorada en tonos sobrios y oscuros, con la enorme cama en el centro, dijo que no le gustaba y que quería la camita del otro día, así que volvieron a extender el sillón y a prepararle ahí la cama, aunque Castle le dijo que en cuanto la arreglaran esa sería su habitación.

Estaban todos tan cansados, que se durmieron en seguida. La primera en despertar fue Kate, el deber la llamaba y tenía que volver a comisaría. Afortunadamente la habían dejado descansar el fin de semana. Se levantó sin ganas y se metió al baño.

Cuando salió, ya Castle no estaba en la cama, y ella sabía que le estaba preparando el desayuno. Salió por el estudio con cuidado de no despertar a Henry, que dormía profundamente.

-¡Buenos días! – le dijo con su encantadora sonrisa.

-Podrías haber seguido durmiendo, ¿sabes?

-¿Y mandarte a trabajar con el estómago vacío?, eso no estaría bonito inspectora.

-¿Qué vas a hacer hoy? – preguntó.

-Voy a llevar a Henry a la guardería, para que la conozca y luego creo que visitaré una tienda de muebles.

-¿Vas a comprar los muebles para su cuarto?, ¿Ya?

-Si, va a tener que acostumbrarse a su propia habitación, no podemos tenerlo durmiendo en un sillón. ¿Te gustaría venir a elegirlos con nosotros?

-Si – dijo con determinación, pues realmente le apetecía participar en la decoración de la habitación del niño.

-Entonces te esperaremos a que salgas.

-¿Y si me preguntan por ti?

-Ya lo sabes, estoy ocupadísimo escribiendo y si no hay caso, no puedo ir.

-¿Y si hay un caso?

-Ya se nos ocurrirá algo, ¿vas a contárselo a Lanie? – preguntó de pronto.

-¿El qué?

-Lo de Henry. La doctora Parish va a pensar muy mal de mí cuando se entere.

-¿Por qué? – preguntó Kate sin saber muy bien a que se refería.

-Ya sabes, eso de aparecerme un hijo secreto por ahí, no está muy bien visto, todos recordarán la vida disipada que he llevado antes de sentar la cabeza contigo, y no me considerarán digno de ti.

-Tú y tu prodigiosa imaginación, ¿cuándo te ha importado a ti lo que piensen los demás?

-Todo lo que pueda afectarte a ti me importa muchísimo.

-Pues si yo acepto a Henry, como tu hijo y parte de esta familia, nadie tiene más nada que decir.

-Gracias, Kate, de verdad muchas gracias, no te haces una idea de lo que esto significa para mí. No he podido dejar de pensar en que la aparición de Henry iba a ser un obstáculo en nuestra relación y que no podría culparte si salías corriendo.

-No me voy a ningún lado, siempre me ha gustado verte actuar en tu faceta de padre con Alexis, y ahora que ella se va, voy a poder seguir disfrutando viéndote con Henry, y ahora no tengo más remedio que irme a trabajar.

Él se acercó a ella y rodeándola con sus brazos, la abrazó largamente, para terminar el abrazo, dándole un profundo beso.

-Estamos en contacto, cuando Henry se despierte, lo llevará a conocer la guardería de la entrañable señora Johnson.

-Alexis me estuvo hablando anoche de esa guardería, y que aunque a ella no le gustaba mucho que la dejases allí, la señora Johnson era como otra abuela para ella.

-Si – dijo él – Ethel Johnson es de esas mujeres que tienen pinta de adorable abuela, incluso antes de cumplir los cincuenta. Ahora tendrá ya los sesenta y no sé cómo la voy a encontrar, ahora llamaré para avisar que vamos y nos puedan recibir.

-Mientras que a Henry le inspire confianza y se sienta a gusto, da igual como esté – dijo Kate – y ahora sí que me voy.

Llegaba Kate a la comisaría, cuando se encontró a Lanie y a Javier, que se soltaron de la mano, como si ella no supiese que volvían a estar juntos.

-¿Qué tal el fin de semana? – le preguntó Lanie con ironía.

-Pues bien, aunque no tanto como el tuyo – le devolvió la pelota Kate.

-¿Y el chico escritor no va a seguir acompañándonos? – volvió a preguntar Lanie, queriéndola incomodar.

-Pues la última vez que hablé con él – dijo intentando aparentar que de eso hacía ya varios días – me dijo que estaba agobiado con los plazos de entrega y que solo lo llamáramos si se presentaba un caso realmente interesante.

-¡Qué exigente! – dijo Esposito – Castle y sus casos a la carta.

-Prefiero que se quede escribiendo a tenerlo por aquí dando vueltas aburrido mientras hago papeleo – dijo exasperada y sin faltar a la verdad.

Se separaron para dirigirse cada uno a su lugar de trabajo y ella y Esposito, subieron hasta su planta. Estuvo haciendo papeleo hasta la hora del almuerzo, que paró un rato, mientras se comía el sándwich que Javi había ido a buscar. Lanie no la había llamado, por lo que estaría ocupada, y Castle le había mandado un mensaje hacía un rato diciendo que salía para la guardería.


Cuando Henry se despertó y se levantó de su improvisada cama, se dirigió al baño, comprobando que no había nadie en la cama de su padre. Cuando salió del estudio, este, su hermana y su abuela, llevaban ya un rato sentados en la cocina, hablando tranquilamente mientras desayunaban sin prisa.

-¡Buenos días! – saludaron los tres adultos.

-¡Hola! – dijo por toda respuesta.

-Anda – le dijo Martha – ven a desayunar – y empezó a servirle en un plato.

Comió en silencio, observado por los tres adultos. Cuando terminaron, y después de recoger, Martha dijo que se iba a la escuela de teatro y Alexis preguntó si podía acompañarlos.

-Claro que si – dijo feliz Castle, estaremos encantados de que nos acompañes, ¿verdad Henry? – le preguntó al niño, que no tenía la menor idea de adónde iba a acompañarles.

Se vistieron y en menos de una hora estaban ante las puertas de la guardería. Durante el camino le habían ido explicando entre los dos, lo bonita y lo divertida que era, y que allí tendría muchos amigos para juagar. Henry asentía, él ya había estado antes en el colegio y la guardería, sabía de qué se trataba y los recordaba con cariño, pues se divertía en esos lugares.

Cuando entraron, los recibió el conserje que los acompañó hasta el despacho de la directora. Ella y Castle se conocían hace muchos años, desde que el llevaba a Alexis, cuando era pequeña.

-¡Hola Rick! – lo saludó amable – ¡Alexis, que gusto volver a verte! – exclamó jovial – ¡estás hecha toda una mujer! – y por último y dirigiéndose a Henry – y este debe ser el pequeño Rodgers del que me hablaste esta mañana.

-Señora Johnson – la saludó Alexis cariñosa mientras le daba un beso – me alegro de volver a verla.

-Ethel – le dijo Rick – es un placer verte de nuevo, estás tan estupenda como siempre.

-Anda ya, zalamero – dijo riendo la directora – que siempre has sido igual de adulador.

A Ethel Johnson le gustaba Castle, o Richard Rodgers como siempre lo había conocido en su faceta de padre de Alexis. Conocía su profesión, había leído sus libros, e infinidad de artículos en la prensa que hablaban de su complicada vida, con el sexo femenino, sabía que había estado casado dos veces, pero había sido capaz de descubrir al verdadero Rick, el buen padre, siempre pendiente del bienestar de su hija, debajo de toda esa fachada de play boy que siempre le había acompañado.

Castle, le presentó a Henry y solicitó que fuera admitido, hasta que empezara el colegio al terminar las vacaciones. La señora Johnson, decidió enseñarle el recinto al niño, primero el aula a la que iría, donde había otros niños y niñas de su edad y luego lo llevó al jardín donde se hacía el recreo, donde había varios columpios que en seguida captaron la atención del pequeño.

-¿Puedo subirme?

-Claro – le dijo su padre – mientras la señora Johnson y yo volveremos a su despacho, para hablar.

-Entonces me voy contigo – dijo sin tener ya ningún interés por subir a los columpios.

-Ve a lo que me refiero – le dijo Castle a Ethel Johnson – creo que piensa que lo voy a dejar abandonado.

-Entiendo – dijo la directora, a quien Castle había puesto en antecedentes cuando habló en la mañana por teléfono con ella.

-Henry – dijo agachándose y poniéndose a la altura del niño – no me voy a marchar sin ti, solo voy a hablar con ella, puedes jugar aquí mientras, te prometo que no me voy sin ti.

-Además yo me puedo quedar contigo, ¿quieres? – intervino Alexis.

-Vale, pero no tardes – dijo un poco más conforme.

Castle se marchó con la directora y mientras hablaba con ella y le contaba todo lo que había ocurrido en los últimos días desde que le dijeron que tenía un hijo. La señora Johnson, psicopedagoga con mucha experiencia, le dijo que la actitud insegura de Henry, era una reacción normal. Últimamente había habido mucha inestabilidad en su vida, y era notorio que demandaba seguridad.

También le dijo, que aunque al principio le costara separarse de su nueva familia, el niño terminaría acostumbrándose, por lo poco que sabía de él, veía que era bastante dócil y tranquilo y no creía que les diera problemas. Castle se quedó tranquilo, confiaba en aquella mujer, y sabía positivamente que el niño estaría seguro mientras él volvía a la comisaría.

Mientras Alexis le había estado hablando a Henry de cuando ella iba allí de pequeña, lo bien que lo pasaba y lo que se divertía. Lo acompañó a conocer todo el recinto y le enseñó sus lugares favoritos. Luego con mucho tacto le fue diciendo que tendría que ir allí, mientras su papá iba al trabajo. El chico le contestó que él iba a otro cole, mientras su mamá trabajaba, pero que este le gustaba más.

Una vez que terminaron de hablar, Castle fue a buscar a sus hijos. Henry después de la charla con Alexis, estaba totalmente convencido y resignado a quedarse. Así que cuando vio a su padre, le preguntó:

-¿Tú te vas al trabajo y luego vienes por mí?

-¿Quieres quedarte? – preguntó con sorpresa.

-Henry y yo hemos estado hablando – explicó Alexis – le he enseñado todo esto y mis lugares favoritos, y sabe que mientras tu trabajes se quedará aquí con la señora Johnson.

-Muy bien Henry – dijo la señora Johnson – ya verás cómo esto te gusta.

-¿Pero tú vienes a buscarme siempre y no me quedo aquí?

-Claro – contestó Castle – y si yo no puedo venir, vienen Alexis o la abuela, y ellas te llevan a casa, pero aquí, no te quedas nunca.

-Vale.

-Pero hoy no tienes que quedarte, he hablado con la señora Johnson y empezarás la próxima semana, ¿de acuerdo?

-Si – dijo más que contento – otro día vengo.

-Pues hasta otro día Henry – se despidió la señora Johnson, recuerda que te espero.

-Si, otro día vengo un ratito – y cogido de las manos de Castle y Alexis salió de la guardería más contento que unas castañuelas.

Pasaron el resto del día, juntos los tres, al final fueron hasta el zoo a ver a los animales. Castle le iba mandando a Kate mensajes a cada rato, para ir informándole de cómo pasaban el día. Por primera vez en su vida profesional, le dieron ganas de dejarlo todo e irse a disfrutar del zoo con su familia. Sintió un extraño y agradable cosquilleo interior en pensar en ellos como su familia.

Cuando terminó la jornada, afortunadamente sin ningún caso, se despidió de sus compañeros, antes de que estos pudieran entretenerla. Había quedado con ellos en una conocida tienda de decoración, para comprar los muebles del dormitorio de Henry.

Se vieron en el aparcamiento. Cuando Henry la vio, le dedicó una amplia sonrisa, aunque el saludo fue más formal.

-¡Hola señora Kate!, papi va a comprarme una camita nueva.

-Hola cielo – dijo cariñosamente – ¿sabes que puedes llamarme solamente Kate?, eso de señora me hace sentir muy mayor.

-Pero es que tú eres mayor – afirmó el niño sorprendido.

-No te ofendas señora Kate – le dijo Rick con guasa – para él todo el mundo a partir de doce años es mayor.

-Sí, pero me ha hecho sentirme como una abuela – dijo resignada.

-Pues eres una abuela estupenda, ya hubiera querido yo una abuela la mitad de buena de lo que estás tú.

-Papá contrólate que hay un menor delante – dijo Alexis con una sonrisa – ya sé que lleváis todo el día sin veros y eso, pero Henry es demasiado pequeño para que le creéis un trauma.

-Pero la señora Kate es muy buena – dijo Henry muy serio.

-Y está muy buena – dijo Castle por lo bajini.

El "¡papá!" y el "¡Castle!" de Alexis y Kate sonaron a la vez.

-Bueno campeón – le dijo a su hijo – vamos a escoger unos bonitos muebles para ti.

Al final se decidieron por unos prácticos y funcionales muebles, de madera clara que combinarían con los accesorios en azul, ya que habían decidido decorarle la habitación con motivos marinos entre los que tendrían un lugar privilegiado su adorado Nemo y todos sus amigos del mar.

En un par de días irían del guardamuebles, a llevarse los muebles del dormitorio de invitados, y enseguida entrarían los pintores.

Le dijeron que en poco más de una semana, Henry tendría una estupenda habitación para él solo, mientras que de momento seguiría durmiendo en su camita del sillón, como él mismo la llamaba.


Un par de días después de volver de Los Hamptons, enterraron a Rachel. Castle fue capaz de convencer a Henry para que se quedara con Alexis en un parque cercano y él fue al cementerio con Martha. Fue una ceremonia muy sencilla, y corta, quería volver cuanto antes con el niño, ya cuando fuera un poco mayor le llevaría al cementerio. Ahora le parecía muy pequeño, y lo veía innecesario.

Durante la siguiente semana Henry se fue acostumbrando a su nueva familia, y ésta a él. Castle fue un par de veces a la comisaría, más que nada para disimular, porque fue una semana tranquila y sin casos. A Henry mientras, lo cuidaba Alexis, la relación entre los dos era bastante buena, Castle estaba feliz de que su hija hubiese aceptado tan bien al niño. Por su parte este, se encontraba a gusto y seguro con ella. Martha siguió insistiendo con lo de las pruebas de paternidad, su hijo le dijo que había llamado al laboratorio, pero que seguían de vacaciones y tendrían que esperar por lo menos un par de semanas, lo que calló a su madre.

Realmente no tenía ninguna prisa.

CONTINUARÁ…