CAPÍTULO 21: NUESTRO BEBÉ
Blaine estaba en el teatro con uno de los mejores guionistas de Broadway intentando mejorar la trama y los diálogos de su obra. Todo parecía ir perfecto. En el teatro sabían que iba a ser padre y habían calculado que el estreno fuera seis meses después del nacimiento de Will. Así podía disfrutar de su pequeño un poco antes de que llegara el periodo de más trabajo, el último mes antes del estreno.
Estaban a punto de acabar su trabajo ese día cuando una llamada los interrumpió. El moreno contestó un tanto nervioso al reconocer el número del hospital donde atendían a la madre subrogada que habían contratado.
– ¿Señor Anderson? – Preguntó una voz femenina.
– Soy yo.
– Su hijo va a nacer. Debería venir cuanto antes.
– Eso no puede ser. Apenas se han cumplido los siete meses de embarazo.
– No le puedo dar más información. Cuando venga hablará con un médico.
– De acuerdo. Gracias.
El ojimiel colgó y se disculpó con su compañero. Después de eso, llamó a Kurt para informarle y quedar con él. Al final, decidieron que lo mejor sería encontrarse en el hospital. Después de eso, salió del edificio y buscó un taxi.
Cuando llegó a la clínica, encontró a su marido en la sala de espera.
– He hablado con el médico. El parto es complicado. Al parecer, se ha caído por las escaleras. Tenemos que esperar. – Informó el castaño.
– ¿Podemos pasar? – Quiso saber el menor.
– No, tenemos que esperar.
Después de dos horas de esperar, un doctor y una enfermera se acercaron a ellos. Les informaron que el parto había sido complicado pero que tanto la madre como el pequeño estaban bien. Will debería estar en una incubadora durante un tiempo porque había nacido sietemesino pero no tenían que preocuparse. La trabajadora del hospital les acompañó hasta la zona donde estaban las incubadoras e indicó cuál era su bebé.
– Hay estudios que demuestran que si el bebé siente a sus padres se recupera mejor. ¿Queréis sostenerlo un rato?
– Sí, por favor. – Pidió Kurt.
La enfermera invitó al castaño a sentarse en una silla reclinable que había allí. Empujaron un poco el respaldo para que el ojiazul quedara un poco recostado. Después de eso, puso al bebé sobre el pecho de su padre y lo cubrieron con una manta.
– Mi bebé. – Susurró Hummel mientras lo acariciaba dulcemente.
Blaine no pudo resistirlo e hizo una foto de los dos. Después de eso, la envió a todos sus amigos. Pronto comenzaron a llegarle las felicitaciones, pero él no las atendió porque estaba muy ocupado, sentado junto a su marido, acariciando a su nuevo bebé.
La primera visita de Cooper llegó y no pudo evitar emocionarse al ver a su sobrino.
– No queríais saber quién es el padre pero la genética no ha querido que se cumplan vuestros deseos. – Exclamó el mayor mientras sostenía en brazos al bebé por primera vez.
– ¿Por qué dices eso? – Quiso saber Blaine.
– Cierto, hace años que no ves una foto tuya de bebé. Tengo la cartera en mi bolsillo, busca en ella una foto de nosotros cuando naciste. – Dijo el más alto. El menor hizo lo que su hermano le pidió y cuando localizó la fotografía, sintió que el corazón se le aceleraba. Kurt se acercó y sonrió al ver la imagen. Will era exactamente igual a su padre cuando era bebé.
– Yo quería un niño con tus ojos. – Susurró el moreno.
– Liz tiene unos ojos azules preciosos. Si Will los tiene igual que los tuyos, serán más que perfectos.
Por más que el ojimiel hubiese preferido que Hummel fuera el padre del niño, eso no lo hacía menos especial. Era su hijo, el de ambos, y eso era todo lo que importaba. Nada estropearía ese momento.
El tiempo pasó y Will mejoraba día a día. Anderson había vuelto al teatro y cuando terminaba iba directamente al hospital a ver a su hijo. Kurt se pasaba los días con su bebé pendiente de que su recuperación era buena. Liz estaba viviendo temporalmente en casa de Jessica y Cooper, pero veía a sus dos papás todos los días. John estaba ansioso por conocer a su nuevo primito. Quería mucho a Liz pero la pequeña tenía tres años y empezaba a demostrar más interés en cosas típicas de niñas. Aunque había algunos juegos que compartían, no siempre se ponían de acuerdo sobre a qué jugar.
El día en el que dieron el alta al bebé llegó y toda su familia lo esperaba en casa. Blaine y Kurt llegaron con Will a su apartamento. Cooper tenía en brazos a John y Jessica a Liz. Los adultos acercaron a los dos menores para que vieran por primera vez al bebé. Los demás ya lo habían conocido en el hospital.
– Will. – Dijo la niña señalándolo.
– Si cariño, él es Will. – El moreno sustituyó a Jessica para sostener a Liz en brazos.
– Ven a jugar. – Pidió la pequeña hacia el bebé.
– Liz, cariño. Es muy pequeñito, no sabe jugar. – Aclaró el ojiazul.
– ¿Po' qué no? – Preguntó la menor.
– Porque es muy pequeñito. Cuando crezca un poco tendrás que enseñarle. – Le aclaró el mayor de los Anderson.
– ¿Po' que? – Liz siguió preguntando.
– Porque eso fue lo que hizo John contigo. Tú tampoco sabías jugar y el primo te enseñó. – Blaine intentó terminar con los "¿po' qué?" de su hija, pero fue su hermanito el que consiguió silenciarla con un pequeño llanto.
– Alguien necesita un cambio de pañal. – Susurró Kurt.
– Yo me encargo. – Anderson se ofreció, dejó a su hija en el suelo, cogió al pequeño y se fue a la habitación que habían preparado para el bebé. Los dos menores lo siguieron.
El ojimiel puso a su hijo sobre el cambiador y comenzó a desvestirlo. Liz y John se subieron sobre una silla para ver lo que hacía. Cuando el mayor retiró el pañal, los dos niños hicieron gestos de asco y salieron corriendo.
– Se ha hecho caca. – Informó el pequeño a todos los que estaban en el salón.
Todos rieron, sabían que para los dos menores todo sería nuevo. A pesar de que John había visto a Liz cuando era un bebé, ahora era mayor y entendía mejor las cosas. Por otro lado, la pequeña estaba descubriendo el mundo de los bebés y todo era nuevo. Si a eso se le añadía que era de naturaleza curiosa y preguntaba todo, sabían que los adultos tendrían que tener paciencia a la hora de explicar todo lo que la niña quisiera descubrir.
A pesar de todo, la familia se había completado sin problemas. Ni Kurt ni Blaine tenían ganas de aumentar la familia. Con todos los problemas que habían tenido con Liz y Will, sentían que habían tenido suficiente. No estaban dispuestos a sufrir de nuevo para tener otro bebé. Tenían a sus dos hijos y eso era todo lo que necesitaban.
