Capítulo 16:
El día siguiente amaneció muy fresco y nublado, aunque ya había dejado de llover y el viento había amainado bastante. Se prepararon como cada mañana. Kate llevaría a Castle y a Henry hasta el colegio, y como ya todo el mundo sabía que estaban juntos, esperaría a que Henry entrase y luego irían a la 12th.
Eso hicieron, dejaron al niño en el colegio, Castle avisó de que iría antes a recogerlo y luego se fueron a la comisaría. Realmente Castle podría haberse quedado en casa, pues de momento no había ningún caso, pero como había adelantado tanto escribiendo el día anterior, decidió acompañarla.
En la comisaría reinaba la tranquilidad, Esposito y Ryan ya estaban allí, y al verlos llegar, los saludaron con pícara sonrisilla. Ellos no hicieron caso y Kate se fue a su mesa, a empezar el papeleo, mientras Castle iba a preparar un café.
La mañana pasó lenta y aburrida, sobre todo para Castle, pues Kate se dedicaba a su trabajo, que aunque no era lo que más le gustaba, al menos la mantenía ocupada. Castle se estaba arrepintiendo de haberla acompañado, le apetecía estar con ella, pero como ella estaba enfrascada en su tarea, él, que pasaba de ayudarla con los temas burocráticos, estaba que se subía por las paredes. La había contemplado durante un rato, le había sacado algunas fotos, se había bajado varias aplicaciones para el móvil, algunas se las había quedado, y otras las había eliminado después de probarlas.
Kate reía para sí misma, sabía el esfuerzo sobrehumano que a él le costaba estarse allí, sin caso y sin hacer nada, así que decidió darle un respiro.
-Ya casi es la hora, ¿vamos a comer?
-Si – dijo levantándose de un salto – ¿Dónde quieres ir?, yo invito, pero por favor salgamos de aquí.
-¿Vamos al italiano de la calle 30? – preguntó ella – me apetece comer lasaña.
-Donde tú quieras, con tal de salir de la comisaría.
-Si tanto te aburres, podrías haberte ido – dijo, aunque en el fondo le gustaba tenerlo allí, aunque se aburriera – o haberme echado una mano.
-De echarte una mano, sí que tengo ganas – dijo con picardía – donde te la echo inspectora – dijo acercándose a ella peligrosamente, con la clara intención de besarla y meterle mano.
-Aquí en la calle ni se te ocurra o te detengo por escándalo público – dijo sofocada.
-¡Que te gusta arruinarme la diversión, inspectora! – dijo con una sonrisa.
-¡Ya nos divertiremos luego! – dijo ella con convencimiento.
Comieron tranquilamente, y ya allí Castle se despidió de ella hasta la tarde, ya que tenía que recoger a Henry para repetir las muestras, para las pruebas de paternidad.
Como no estaban cerca de la comisaría, ella le permitió darle un beso en los labios. Él tomó un taxi que lo llevó hasta el colegio, y diciéndole al taxista que lo esperara, entró a buscar al niño. Durante el trayecto, le fue explicando que tenían que mirarle otra vez la lengua a los dos, pero que solo la lengua, a lo que el chiquillo, preguntó inocente:
-¿Estoy malito?
-No, claro que no – le respondió – solo hay que repetir esa prueba, porque se estropeó una máquina.
-¿Me van a regalar una piruleta?
-Pues no creo, pero si no te la regalan yo te compro una.
-Vale, pero de fresa.
Llegaron al laboratorio y en menos de media hora, y después de muchas disculpas, habían terminado. Antes de salir Henry dijo que quería hacer pis, así que entró con su padre al baño de caballeros. Al bajarse el pantalón Castle comprobó que había llegado la hora de reponer parte del vestuario de Henry.
Lo había comentado con Kate muchas veces, el niño necesitaba ropa nueva, muchas prendas, empezaban a quedársele cortas y otras como la ropa interior estaba bastante pasada. Le habían comprado, lo estrictamente necesario, pero por unas cosas o por otras iban posponiendo el comprarle lo demás que necesitaba.
Lo que había visto y que le había decidido, era un agujero en los calzoncillos que el chiquillo llevaba puestos, esperaba que nadie más lo hubiese visto, porque a saber lo que irían a pensar de él. Así que una vez que terminaron en el baño, le dijo al niño:
-Henry, nos vamos de compras.
-¿Y qué nos compramos?
-Para ti, ropa, hay que comprarte ropa… y zapatos.
-No me gusta comprar ropa, es aburrido.
-Pues hoy nos toca aburrirnos un poquito.
Bajaron a la calle. Castle paró otro taxi, al que le indicó que lo llevara al centro comercial Macy's en la calle 34. Una vez allí se dirigió a la sección infantil, donde compró ropa para el niño, incluidos calcetines y calzoncillos, que fueron elegidos por Henry, que se mostró bastante insistente, ya que su padre se decidió por unos y él los quería con sus personajes favoritos de dibujos animados. Tanto insistió que al final, terminó entrando en uno de los baños y cambiándole los calzoncillos rotos, por unos flamantes de tipo bóxer en color azulina con un Nemo en la parte delantera.
Ese fin de semana iban a acompañar a Alexis para dejarla en su residencia universitaria, y el sábado tendrían un almuerzo familiar a modo de despedida, así que Castle decidió comprar un recuerdo para su hija, y aunque esta se llevaba media casa con ella, se decidió por un marco donde podían ir varias fotos. Luego se fue a la sección de fotografías, donde eligió de entre las fotos de su Iphone una selección de ellas, eran las fotos favoritas de Castle, las que tomaba sin que sus modelos se dieran cuenta.
Eligió una auto foto de él con Henry, de uno de los días que estuvieron en Central Park. Luego otra de Alexis y Henry en Los Hamptons, otra de Alexis y Martha, que a Castle le encantaba, estaban las dos muy guapas y naturales, ya que ninguna estaba posando. Las dos juntas, con los cabellos y los ojos de igual color. Las otras eran del mismo tipo, y por último y sin saber cómo sería aceptado por su hija, una para un hueco que había en el marco, un poco más grande, en donde estaban los cinco juntos, ya que pensó que le gustase a su hija o no, Kate también formaba ahora parte de su familia. La hicieron también en Los Hamptons, la noche que quedaron a cenar todos juntos.
Una vez completado el marco, allí mismo se lo envolvieron para regalo.
-¿Para quién es el regalo? – preguntó Henry que no llegaba a entender eso de la universidad a donde se iba Alexis.
-Es para tu hermana – le dijo su padre – como ya te ha explicado se va a la universidad y se lo regalamos para que tenga un recuerdo de toda la familia.
-¿La universidad está muy lejos? – volvió a preguntar.
-A la que va Alexis, no lo está, seguro que la veremos a menudo por casa.
-¿Yo también me voy?
-Cuando seas mayor y vayas a estudiar, entonces te marcharás como tu hermana.
-Yo no quiero estudiar – dijo con firmeza – me quedo siempre contigo papi.
-Gracias hijo – dijo sonriente – ya sé al menos que tú no me abandonarás en mi vejez – ¿Quieres comprarle un regalo a Alexis para que tenga un recuerdo tuyo?
-Vale – dijo el chiquillo.
-A ver, ¿Qué te gustaría comprarle? – le preguntó.
-No sé… – contestó indeciso.
-De las cosas que tú tienes, ¿Cuál es la que más te gusta? – trató de ayudarlo Castle.
-Me gusta mi mochila de Spiderman – y se miró a la espalda, pues era la que usaba para el colegio – y la mochila de la playa…
A Castle se le ocurrió una idea.
-¿Le buscamos un muñeco de peluche?, algo parecido a Edwin.
-Edwin es mi amigo, viene conmigo al cole.
Y así era. El libro de Castle, el álbum de fotos y las demás cosas había consentido en dejarlas en casa, pero Edwin iba con él todos los días al colegio, bien guardado en su mochila. Fueron a la sección de juguetes, y allí había un gran expositor con muñecos de peluche de distintos tamaños. A Henry se le iluminó la cara, ante tanto colorido.
-¿Quieres elegir uno para Alexis?
-Si, ¿el que yo quiera?
-Claro, para eso lo elijes tú.
Al final y después de mucho mirar, a Henry le pudo la fidelidad y se decidió por otro dragón de felpa, un poco más pequeño que Edwin, diciendo que era el hermanito de su dragón y que él se lo regalaba a su hermana.
A Castle le pareció una excelente idea. También se lo envolvieron para regalo, con un enorme lazo naranja, el color favorito de Henry, que iba encantado con el regalo de su hermana.
-¿Y a la abuela Martha y a la señora Kate también le compramos un regalo? – preguntó Henry.
-Ellas no se van a la universidad – dijo Castle.
-¡Ah! – dijo Henry.
-¿Te gustaría hacerle un regalo a la abuela y a Kate? – preguntó Castle interesado.
-Si – me gustan los regalos.
Pero como Henry no era capaz de decidirse que regalar a su abuela y a la novia de su padre, fue Castle quien eligió algo sencillo, un pequeño detalle que consistía en unos bonitos jarrones con flores de cristal.
-Son bonitas – afirmó Henry al que su padre no había soltado de la mano, mientras que visitaban esa zona llena de figuras de cristal.
Una vez terminadas todas las compras, ya era casi la hora de la cena. Castle había hablado varias veces con Kate, y como tenía bastante trabajo atrasado, había quedado con ella en verse en el loft.
A la salida de Macy's, la llamó de nuevo, para decirle que ya iban para la casa. Ella le dijo que al final se había podido escapar un poco antes, que había pasado por su casa, la que casi no pisaba desde que Henry estaba con ellos, y después de darle una vuelta, había cogido ropa, sobre todo de abrigo, pues cada vez el tiempo era más frio y que los esperaba en el loft, para cenar juntos.
Así que Castle volvió a coger un taxi ese día y cargado de bolsas volvieron a casa. Cuando entraron al loft, Kate estaba tranquilamente sentada en el sofá leyendo un libro. Al llegar se había duchado, puesto ropa cómoda, y de lo más relajada los esperaba allí.
Castle dejó las bolsas en la entrada, y antes de poder decir nada, Henry corrió hacia Kate, se puso delante de ella y sin ningún tipo de pudor, se bajó los pantalones y con enorme sonrisa le comunicó:
-Mira señora Kate, tengo unos calzoncillos nuevos de Nemo.
-¡Qué bonitos Henry! – le contestó al chiquillo sin poder evitar la risa.
-Papi me compra ropa nueva, y calcetines, y unos zapatos y unas botas de agua – dijo Henry, que mientras se volvía a poner los pantalones se sentía en la obligación de contar todo lo que habían hecho.
-Si, le he renovado un poco el vestuario – dijo Castle que se había sentado a su lado en el sofá – estoy exhausto.
-Y te he comprado un regalito, y a Alexis, y a la abuela – siguió informando Henry.
-¡Henry! – protestó su padre – los regalos eran una sorpresa para el sábado – había que guardar el secreto.
-Pues acaban de convertirse en la sorpresa del jueves – dijo Kate con una sonrisa.
-¡Huy! – exclamó el niño apurado tapándose la boca con las dos manos – ¿tú te enfadas? – preguntó a su padre.
-No hombre, no me enfado, anda ven aquí y enséñale a Kate lo que te he comprado y ten cuidado con la bolsa azul – era la de la tienda de cristal – esa mejor no la cojas.
Fue hasta la entrada e intentó coger todas las bolsas, menos la azul.
-¡Pesa mucho! – protestó.
-Poco a poco – le dijo su padre que no tenía intención de levantarse para ir a ayudarle.
-Yo te ayudo – fue Kate quien se levantó y cogió las bolsas de ropa para acercarlas al sofá.
Henry fue sacando la ropa que su padre le había comprado.
-¡Ey, ey! – dijo Castle – ¡para hombre que mira la que estás liando!
Y es que Henry se había emocionado y empezado a sacarlo todo, como los locos, en su afán de enseñárselo todo a Kate. Por su parte, esta reía, tanto ante el comportamiento del crio, como de la cara del padre.
-¿Quieres que te ayude a guardar toda tu ropa nueva en tu armario? – le preguntó al niño.
-¿No te importaría? – preguntó a su vez Castle – así mientras yo lo voy bañando.
-Claro que no, venga, vamos arriba.
Entre los tres subieron toda la ropa a la habitación de Henry. Kate empezó a colgarla en el armario y a guardar la ropa interior, los calcetines y pijamas en los cajones de la cómoda.
-Henry, vamos al baño – le dijo su padre – coge tu pijama.
-¿Me pongo el pijama de Cars? – este era de los nuevos.
-Bueno – concedió el padre – hoy estrenarás el pijama.
-Voy a buscar unas tijeras, para quitar las etiquetas – anunció Kate – ahora te lo llevo al cuarto de baño.
Castle estaba llenando la bañera, a su lado Henry se quitaba la ropa y la dejaba sobre el taburete como le habían enseñado. Cuando su padre terminó, lo ayudó a entrar y una vez dentro tuvo que sacarle los juguetes del baño.
-Pero solo un ratito ¿Eh Henry?
-Vale – dijo el niño.
Entró Kate con el pijama, y dijo que iría preparando la cena. Cuando Henry y Castle bajaron, Alexis y Martha acababan de llegar. La cena ya estaba lista y se sentaron todos a la mesa. Castle pensó que a Henry se le habría olvidado lo de los regalos, y podrían dejarlo para la comida del sábado, como tenía pensado.
Pero su hijo tenía una memoria de elefante, así que al terminar la cena, preguntó alegre.
-¿Ya les doy los regalos?
-¿Qué regalos? – preguntó Alexis curiosa.
-Está visto que tu hermano no sabe guardar un secreto – protestó Castle.
-Papá, tiene cinco años – dijo su hija con una sonrisa – es normal que no guarde un secreto, lo que no es normal es que tú te mosquees con él – rió la pelirroja, a la que acompañaron en su risa, Kate, Martha y Henry que al verlas reírse, empezó a reír él también, pero sin saber porque lo hacía.
-Era una sorpresita para el sábado, solo un regalo de despedida.
-Papá, que solo me voy al norte de la ciudad.
-Lo sé hija, lo sé, pero es solo un recuerdo. Anda Henry tu traes el de Alexis y yo traeré los de la abuela y Kate.
-¿Hay también un regalo para mí? – preguntó Martha – yo no me voy, Kate tampoco, ¿cierto querida?
-Claro que no – dijo Kate.
-Al comprarle un regalo a su hermana, Henry se sintió en la obligación de compraros algo también a vosotras. Es todo un caballero. Henry, dale tu regalo a Alexis.
El niño entregó a su hermana el paquete. Esta lo desenvolvió y sonrió, cuando vio el dragón de peluche, bastante parecido a Edwin, aunque sin ser igual.
-Es el hermanito de Edwin – explicó Henry – Edwin es mi amigo y te presta a su hermano.
-Henry pensó que un dragón como el suyo, te sería de mucha ayuda, ya sabes lo que Edwin significa para él.
-Me gusta mucho Henry, muchas gracias, es un regalo estupendo – dijo Alexis mientras abrazaba y besaba a su hermano.
-Ahora el tuyo, papi – dijo el chiquillo impaciente.
Castle le dio a su hija el paquete. Cuando Alexis vio el bonito marco con las fotos, los ojos le empezaron a brillar.
-Es para que nos tengas un poco más cerca.
-Es precioso, estáis todos, muchas gracias papá.
Henry cortó el sentimental momento con su impaciencia infantil.
-Ahora para la abuela y la señora Kate.
-Ya los traigo yo – y fue por ellos.
Abrió la bolsa y cogió uno de los paquetes que le dio a Henry, diciéndole que tuviera mucho cuidado y que se lo diera a la abuela. Esta lo recibió con una sonrisa, dando a Henry un beso en la frente. Luego hizo lo mismo con Kate.
Las dos alabaron los regalos y le dieron las gracias a un feliz Henry. Fue un bonito momento familiar. Tanto a Alexis, como a Martha y a Kate les gustaron mucho los regalos. Henry sonreía satisfecho, pero ya era tarde y empezó a bostezar.
-Me parece que hay cierta personita que debería subir a acostarse – dijo Castle.
-¿Yo papi? – preguntó el niño.
Antes de que Castle respondiera, Alexis le preguntó al niño:
-¿Quieres que sea yo quien te acueste hoy y te cuente un cuento? – le preguntó a su hermano – me gustaría hacerlo, que cuando me vaya a la universidad ya no podré.
-¿Qué te parece Henry?, ¿Te cuenta el cuento hoy Alexis?
-¿Tú sabes cuentos? – preguntó el niño.
-Claro qué si – dijo la pelirroja – papá me ha contado todos los que sabe.
-Entonces vale – asintió el crio.
Mientras Alexis subía con Henry, los adultos se quedaron un rato conversando en el salón.
El sábado se reunieron todos a almorzar, como tenían previsto. La comida transcurrió con total normalidad, recordando anécdotas familiares, sobre todo, de cuando Alexis era pequeña. A Kate le encantaba oír hablar de esos momentos, a cada recuerdo, se daba cuenta de lo especial que era la relación entre Rick y su hija, de lo padrazo que era Castle, y de lo que se iban a echar de menos.
Llegó el domingo. Castle y Martha, junto con Henry, acompañarían a Alexis al campus. Allí almorzarían juntos y ellos se volverían después de comer.
Le dijeron a Kate si quería ir con ellos, pero ella declinó la invitación, aquel iba a ser un emotivo momento familiar, y no le pareció oportuno inmiscuirse. No es que se sintiera rechazada, sabía que era aceptada sin problemas, solo quiso darles su espacio. Dijo que su padre la había invitado a almorzar, lo cual era totalmente cierto y que a ella también le apetecía tener su momento padre hija.
Quedaron en verse ya por la tarde en el centro comercial. Habían estrenado una película infantil en 3D ese fin de semana y Castle había prometido llevar a Henry.
CONTINUARÁ…
