La niebla que envolvía la nave por doquier hacía tremendamente difícil distinguir nada que se encontrase a más de un par de metros de distancia, pero, en cuestión de minutos, comenzaron a tomar forma a lo lejos los inmensos acantilados del Fiordo Aquilonal.

El barco navegaba con destreza entre los enormes bloques de hielo, algunos de ellos plagados de los blanquinegros y exóticos pingüinos. Los soldados a su alrededor comenzaron a murmurar y a susurrar asombrados a medida que las grandes paredes de piedra se hacían más y más grandes.

Por poco cundió el pánico, pues se acercaban a gran velocidad contra aquel inmenso muro natural. Mas la abertura entre sendos acantilados apareció de entre la espesa niebla, volviendo a tranquilizar a sus camaradas. Aunque no tenía mucha amplitud, era más que suficiente para que su transporte navegase por ella con seguridad.

Una vez cruzado el portal natural, la niebla se quedó atrás, y el sonido de los pingüinos fue sustituido por la caricia de las olas contra el navío y las frías piedras. Sin embargo, se apreciaba algo más en el ambiente. Algo muy leve. Un suave crepitar, casi como un susurro que prometía el calor del tan añorado fuego.

Y sin duda así fue. Al cruzar un recodo, el sonido se volvió muchísimo más intenso, y sobre sus cabezas apareció su origen. Un enorme barco colgaba, enganchado con cadenas a las paredes del acantilado. Inexplicablemente se mantenía suspendido en lo alto, a pesar de que las llamas lo cubrían por completo. El joven paladín comprendió el mensaje, pues no era muy difícil de interpretar: "Daros la vuelta ahora mismo o convertiros en cenizas en este baldío helado."

Una sonrisa se formó en sus labios, pálidos por el intenso frío, mientras dejaba caer su manta y estiraba los brazos a ambos lados para deleitarse con el intenso calor del fuego al pasar bajo él. Si pensaban que aquello iba a amedrentarles es que no conocían el poder y la determinación de la Alianza.

El Sargento Graham comenzó a ladrar sus órdenes, y los soldados, como movidos por un resorte invisible, corrieron a formar en la cubierta de la nave. Junto al timón, Tyrael vio cómo su superior hacía un leve gesto con la cabeza, indicándole a él y a sus compañeros que se acercasen.

-¡Ha llegado al hora soldados! – Promulgaba el sargento – ¡Hemos llegado a Rasganorte y ese hijo de murloc del Rey Exánime espera a que le pateemos su helado trasero!

Los soldados del decimotercer regimiento de infantería de la alianza vitoreaban alzando sus puños al aire, mientras Tyrael y sus compañeros de la Cruzada Argenta subían a encontrarse con su superior.

Atrus Brighthand era bastante grande para ser un humano, pero no tanto como el draenei que le acompañaba. Su armadura dorada y plateada era realmente imponente, y el hecho de que siempre la llevase equipada daba a su ya orgulloso porte un aura de confianza y respeto que casi podía paparse.

-Hermanos míos. Debemos estar preparados, pues el desembarco no va a ser nada fácil. Aura ha enviado a su halcón a echar un vistazo y parece que la fortaleza ha sido asaltada por unos salvajes. – La joven exploradora se sonrojó al ser nombrada, pues tan solo su habilidad con los animales era superada por su timidez para con las personas. – Coged vuestras cosas y preparaos para presentar batalla tan pronto pisemos tierra.

Tyrael asintió y comenzó el silencioso descenso junto a sus hermanos. A su lado, sintió el roce de la joven de cabellos claros, que aún seguía turbada.

Sus ojos se cruzaron por un breve instante, en el que el caballero aprovechó para regalarle la mejor de sus sonrisas. Aura sonrió y, disimuladamente acarició su brazo, pero de nuevo, el sonrojo se apoderó de su rostro y se adelantó para bajar las escaleras, con la esperanza de que nadie les hubiese visto.

El joven de cabellos dorados sonrió. Parece que hubiese sido ayer cuando se conocieron en los establos, mientras ella daba de comer a sus animales y el echaba un vistazo a Caín. Aunque le costó un poco entablar conversación, en cuanto comenzaron a hablar de caballos y de cómo cuidarlos apropiadamente, la hermosa muchacha se dejó llevar y pasaron juntos una tarde inolvidable para ambos. Parecía mentira que algo tan simple y sencillo pudiese unir tanto a dos personas.

Sin embargo, ahora estaban en guerra, por lo que debían ser discretos. La orden no prohibía el matrimonio, pero ambos estaban de acuerdo en que debían centrarse en sus deberes, al menos por el momento.

El pasillo entre los acantilados quedó atrás dejándolos a todos, una vez más, atónitos ante la impresionante visión que había ante ellos.