Una inmensa cuenca, bordeada casi al completo por las inconmensurables paredes del fiordo, alojaba la fortaleza a medio construir de Valgarde. Sus murallas, aún sin terminar, soportaban el ataque de unos seres jamás vistos antes por ninguno de los presentes en aquel barco. Gigantes humanoides, vestidos como bárbaros con armaduras de piel y burdas piezas metálicas. Espesas barbas trenzadas brotaban de aquellos yelmos astados, dándoles un aspecto fiero y amenazador. Sus armas, aunque toscas, eran de lo más efectivas en aquellas grandes manos. Arpones, hachas y espadas, que de lejos parecían hechas de piedra más que de metal, destrozaban los escudos, armaduras y cuerpos de los defensores, que mantenían la línea como podían contra el embate de aquellos seres.

Los vrykul, como más adelante descubrirían que se llamaban, brotaban de una inmensa e impresionante fortaleza que nacía desde la base de la cuenca y ascendía hasta la base del fiordo para continuar en dirección a los cielos. Justo a la derecha de la misma había una gran presa, casi tan inmensa como las paredes del fiordo, de la cual brotaba el agua sin cesar, en su camino hacia el mar por la ruta por la cual habían navegado hacía unos minutos. Presidiendo la estructura de contención, se podía ver lo que parecía un mirador, alrededor del cual sobrevolaban una especie de dragones rojos de dos patas y poderosos músculos y alas, que cargaban con más de aquellos bárbaros gigantescos.

La arquitectura, además de ser realmente impresionante, resultaba de lo más aterradora. Como excavada directamente en la piedra de los muros que los rodeaban, enorme calaveras los observaban atentamente, como si les presagiaran un destino terrible. En lo alto, grandes fuegos ardían, como terroríficos faros llamando a los espíritus de los caídos.

El décimo tercer regimiento de infantería había enmudecido, pero su sargento consiguió hacerlos volver en sí cuando estaban a punto de alcanzar el muelle del fuerte de la Alianza. Para cuando fue posible desembarcar, los aguerridos soldados avanzaron en formación hasta donde el Vicealmirante Keller daba sus órdenes.

Sin embargo, Tyrael y sus compañeros no los siguieron. Cierto, eran miembros de la Alianza, pero en aquel momento servían a la Cruzada Argenta, por lo que debían presentarse primero ante Lord Irulon Filoveraz.

El paladín se hallaba a escasos metros del muelle, y había instalado su tienda cerca del lugar en el que yacían los heridos, pues no podía considerarse a aquel lugar junto al fuego una verdadera enfermería.

-¡Bienvenidos hermanos! – Les saludó el paladín mientras se limpiaba las manos ensangrentadas e indicaba a la médico que volvería enseguida – Disculpad que nos os pueda recibir como es debido, pero los ataques no han cesado desde que llegamos.

-No hay necesidad de disculparse amigo mío. – Comentó Atrus – Estamos aquí para marcar la diferencia. ¿Dónde nos necesitas?

-Me alegra saber que veníais listos para entrar en acción. Esta tierra ha demostrado ser incapaz de darnos un descanso. De hecho, los retos a los que nos hemos enfrentado han sido realmente terribles. Hace poco hemos perdido a varios de nuestros soldados a manos de los vrykul.

Irulon señaló hacia la apertura en la muralla, donde los gigantes cargaban contra la fortaleza.

-Esos malditos bárbaros acabaron con nuestros emisarios y exploradores cuando intentamos parlamentar. Creemos que aún mantienen a algunos de nuestros hermanos en los sótanos de su fortaleza. Es nuestro deber ayudarles, si aún siguen con vida.

-No te preocupes viejo amigo, nosotros nos encargaremos. –Atrus se giró para encarar a Tyrael y sus compañeros - Shaele y yo nos quedaremos aquí para ayudar a Lord Filoveraz con los heridos, necesito que los demás os acerquéis a la base de la fortaleza y encontréis una forma de acceder. Mantened los ojos bien abiertos y no os confiéis, os quiero a todos de vuelta con nuestros hermanos cruzados.

Aunque sabía que aquella nueva aventura iba a ser dura, Tyrael jamás pensó que fueran a entrar en acción tan rápido. Quizás un día o dos para comprender la situación, adaptarse un poco al frío, y revisar mapas y planos para entender donde se estaban metiendo. Pero aquello tendría que esperar. Sus hermanos esperaban, prisioneros bajo toneladas de piedra.

Observó a su alrededor como sus compañeros se preparaban para la batalla que les aguardaba: Aura comprobaba su rifle y susurraba algo a su halcón. Rinya, la elfa de la noche, probaba las tiras de su armadura y hacía movimientos de ataque con su espada y su daga para comprobar que se adaptaba bien. Kamus, el draenei, abrió su libro de oraciones y tras bendecir al grupo con el Símbolo de Reyes, se echó su maza al hombro y esperó pacientemente a los demás, mirando hacia los soldados que luchaban.

El joven paladín ya estaba listo y sostenía su escudo y su espada, haciendo crujir el mango al apretarlo entre sus manos, ansioso por comenzar. A su espalda sobresalía el enorme mandoble que portaba consigo, en caso de que hiciera falta algo más de fuerza brutal, o simplemente por si perdía sus otras armas.

En cuestión de minutos los cuatro cruzados estaban listos. Aura ayudó a Tyrael a colocarse su yelmo, y juntos avanzaron a paso ligero hacia la entrada del fuerte. El grito que lanzaron al unísono hizo que, incluso en el fragor de la batalla, tanto vrykuls como soldados de la Alianza, alzasen la vista hacia el pequeño grupo que cargaba hacia ellos.

- ¡Por la Luz! ¡Por la Cruzada Argenta!