Cap.8: Sorpresas de navidad

Su paso era bastante acelerado, no tanto como el ritmo de su respiración. Por un momento había conseguido olvidar todo aquello. Simplemente había echado todo a un lado para poder pasar un momento agradable, casi parecía como si él lo hubiese sabido y le estuviese intentando sabotear su único buen día. Hacía menos de cuatro horas, Patrick Jane se encontraba en el salón de su compañero Cho, sentado junto a Lisbon y hablando meras estupideces, ahora, sin embargo, estaba en aquel horrible lugar. Olía a desgracia por todas partes. Cuando llegó junto a Van Pelt no pudo evitar sobresaltarse por la imagen. Una mujer, le habían arrancado cada una de las uñas de sus manos y le habían partido todos los huesos de esta; le habían quemado toda la cara, de no haberse encontrado en su casa, nadie la hubiera reconocido; además, había varios cortes, no profundos, pero probablemente sí dolorosos. Y en la pared, estaba la marca. Una pequeña cara sonriente.

-¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está mi mujer?- Un hombre alto y de piel morena se abrió paso entre la marabunta de policías.- ¡Elizabeth!

Los gritos del hombre alertaron a los policías de alrededor, que rápidamente trataron de alejarlo del cadáver. La desesperación del moreno, en el exterior, hacía de aquel ambiente todavía más sobrecogedor.

-Mismo patrón.- Murmuró Jane.

-Eso parece.- Contestó Grace, con el entrecejo fruncido y observando por la ventana al hombre, que se había dejado caer sobre el césped y lloraba desconsoladamente.- La pregunta es ¿tenía ella lo que buscaba?

-No.- Zanjó el rubio.- Es un loco y un sádico, pero creo que no la hubiera torturado hasta tal punto si ella tenía lo que quería. Le hubiera o bien abierto en canal o simplemente la hubiera matado de forma rápida. Por lo que parece está desesperado.

-No tiene familia y es ama de casa.- Informó Rigsby.- Una vecina dio la alarma por el olor. Según los vecinos, el marido llevaba tres semanas fuera por negocios, hoy llegaba de Edimburgo, y según ha dicho el forense, nuestra víctima, Elizabeth Hamilton de cuarenta y dos años lleva muerta unas tres semanas. Parece que su agresor conocía muy bien su rutina.

-Menuda sorpresa de navidad se ha llevado.- Dijo Jane.- Es inteligente. Sabe que el marido se marcha, en cuando desaparece del país va a por ella. Nadie la echará de menos, sin trabajo, sin familia. Así que la tortura…

-Sabiendo que nadie la encontrará hasta tres semanas después.- Corroboró Rigsby dando a entender que le parecía una buena teoría.

-Y en caso de que hubiera sido la persona acertada, tendría tiempo suficiente para buscar lo que quiera que esté buscando. Es sencillo, pero muy inteligente.- Cho se les había acercado.

Hablaban ahora en el exterior. Ya se habían recogido todas las posibles evidencias; el marido se había calmado y hablaba ahora con dos oficiales; los forenses se habían llevado ya el cadáver hasta el almacén; y el resto de policías ya habían acabado su labor allí.

-¿Sabe de…?- Jane miró a ambos lados al ver pasar junto a ellos los dos oficiales que habían recogido la declaración del marido.- ¿Sabe que ha vuelto a atacar?

-Sí, cuando me llamaron debió despertarse.- Murmuró con pesar el asiático.- Me da miedo que haga alguna estupidez. Tarde o temprano se hartará de no poder salir. Estaba haciéndose un café cuando yo salía. Intenté convencerla de que volviera a dormir, pero me hizo caso omiso.- Cho se acercó a su equipo y con el entrecejo fruncido murmuró.- Se está metiendo demasiado en esto. Sé que no es su culpa, pero como siga así, no acabará nada bien para ella.

-No hará ninguna estupidez.- Aseguró Van Pelt, mientras caminaban hacia los coches.- Sabe que las consecuencias serían demasiado grandes. No arriesgaría tanto por no sentirse a gusto en tu casa. ¿Acaso creéis que se pasearía tranquilamente por la calle sabiendo que ese loco aún está suelo?

-Tal vez tengas razón.- Pensó Cho.- Como sea, he de volver al CBI, hay que actuar rápido. Mandaré a recoger, antes de que amanezca, todas las cosas de la víctima. Ordenador, papeles, lo que encuentren.

-Voy contigo.- Asintió Rigsby.- Han pasado tres semanas desde que la mató. Lo que haya tenido que desaparecer ya habrá desaparecido, pero no podemos cruzarnos de brazos. He dejado a Ben con la señora Rose. Te acompaño

-Yo si no les importa, debería de tomarme un té antes de ir a trabajar, así que os veré allí.

-Si lo hubiera sabido hubiera cogido mis cosas antes de salir de casa.- Murmuró fastidiada Grace.- Luego voy yo.

Con el ceño aún fruncido le dio la espalda a sus compañeros y continuó su camino hacia su coche. Todo aquel tema de John el Rojo le estaba empezando a inquietar. No podía evitar preguntarse hasta donde llegaría toda aquella locura. Más de uno no podía evitar sentir que ellos mismos se habían pintado una diana en la espalda, pero Lisbon no tenía una diana, tenía una sonrisa, pintada en rojo. Estaba marcada por aquel demonio que ya no solo atormentaba las noches de Jane, sino ahora también del resto del equipo. ¿Cuánto estarían dispuestos a arriesgar con la vida de Lisbon en juego? ¿Hasta dónde serían capaces de llegar por protegerse unos a otros? Hasta donde hiciera falta Respondió una voz autoritaria en la cabeza de Grace, haciendo que afianzara con fuerza los archivos que llevaba en su mano.

-Cuidado o los romperás.-Su instinto de policía hizo que en un segundo estuviera apuntando con su arma a un encapuchado.- Hey, tranquila. Solo venía a traerte un café.

-¿Lisbon?

-A ti te va más el capuchino, ¿verdad?- Sonrió la pelinegra ofreciéndole un vaso de café, que la pelirroja recibió aun algo confusa.- ¿A qué viene esa cara?

-¿Qué estás haciendo aquí? ¿Te has vuelto loca?- Hablaba en voz baja, como si le asustase que los árboles de los lados les escucharan en aquella calle vacía.

-¿Creías que me iba a quedar por los siguiente tres meses encerrada en una casa?- La sonrisa de Lisbon era amplia y tranquila.- No sabes lo bien que me ha sentado salir un rato a tomar el aire.

-¿Te has vuelto loca?- Repitió Van Pelt que aún seguía sin escucharla. Miraba hacia todos lados.- No te das cuenta. Todo lo que hemos hecho hasta ahora ha sido en vano. ¿Y si John el Rojo se enterara de que estás aquí?

-¿De qué estás hablando? Van Pelt, si John el Rojo quiere encontrarme, ten por seguro que lo hará. No importa donde me esconda. Me encontrará.- Su voz se había vuelto seria y tenía el entrecejo levemente fruncido.- ¿Acaso te crees que me escondo de John el Rojo?

-¿De quién te ibas a esconder si no?

-No me escondo de los malos, me escondo de los buenos.

Van Pelt parecía haberse tranquilizado, así que después de unos segundos en silencio decidieron terminarse el café en un pequeño banco junto al camino que llevaba al lugar donde Grace había estacionado su coche. Lisbon le había quitado a la pelirroja el archivo del nuevo caso y leía ahora detenidamente la poco información que el equipo había recabado sobre la víctima. No había nada demasiado relevante. Graduada en una carrera de informática. No trabajaba, aunque había hecho algunos trabajos relacionados con los ordenadores. A demás, su hobby era la cocina. ¿De qué le servía a John el Rojo eso? ¿Se le había averiado el ordenador? ¿Buscaba una nueva receta de galletas? Tienes unas teorías casi tan originales como las de Jane Sonrió Lisbon cuando esas dos estupideces pasaron por su cabeza.

-¿En qué piensas?- Le preguntó Van Pelt.

-En galletas.- Murmuró dejando a la pelirroja completamente confundida.- Esto no tiene ningún sentido. No hay relación aparente entre ninguna de las víctimas.

-Ya… hemos revisado sus contactos, correos, móviles, antiguos compañeros de trabajo, lugares en los que podrían haberse conocido… y no hay nada. Es como si John el Rojo solo los torturara por diversión.

-No, hay una razón. No puedes matar a una persona con tanta tranquilidad solo por diversión. Es obvio que está buscando algo, pero ¿el qué?- Revisó de nuevo los papeles.- Alexia Hank era también de aquí, California. ¿No es así?

-Sí, pero nacida en Fresno. Hemos revisado todas sus vidas con lupa. En ningún momento se menciona un mismo nombre, un mismo lugar, nada. Lo único que tienen en común es que todos ellos vivían actualmente en California. Tal vez no tengamos el enfoque adecuado.- La pelirroja parecía cada vez más convencida que la teoría de que John el Rojo buscara información era incorrecta.

-No. Estoy segurísima de esto. Pero es listo. Sabe que si averiguamos lo que él busca antes que él, lo podríamos alejar de su objetivo. Por lo tanto, escogerá a sus víctimas con mucho cuidado. El suficiente como para no poder relacionarlas con nada, con nada que podamos ver a simple vista. Si descubrimos eso, le descubriremos a él.

-Vale.- La pelirroja prefirió no rebatirle esa teoría.- ¿Qué crees que pasará cuando acabe todo esto?

-¿Cómo que qué pasará?

-Sí, estamos tan centrados en John el Rojo que no nos damos cuenta de que en este momento, nuestras vidas están dando vueltas alrededor de él. ¿Cómo nos afectará el hecho de que al fin desaparezca de nuestras vidas? ¿Volverá a ser todo como antes?

-No va a cambiar nada, Grace. Cuando lo encontremos lo atraparemos y ya está.

-Si lo encontramos.- Murmuró más para sí misma que para su compañera. Al momento de terminar de decir la frase se dio cuenta de que había cometido un error. Lisbon la miraba con el entrecejo fruncido.

-Lo encontraremos.- Simplemente se dedicó a asentir insegura.

Estaba preocupada por su amiga. No va a cambiar nada, Grace Ya habían cambiado muchas cosas. Y estaba segura de que lo peor no había pasado aun. ¿Cómo iban a hacer ahora lo que la pelinegra no habían hecho en más de ocho años? Era como jugar a atrapar el humo, cuando creían que lo tenía, ya se había disipado. Prefirió no darle más vueltas, al menos, no aquella noche, y después de que Lisbon le dijera que volvía a la casa de Cho, Van Pelt retomó el camino hacia su coche.

Los pasillos estaban vacíos, al menos, más que de costumbre. El normal vaivén de agentes parecía hoy haberse calmado. Había decidido ir a hablar con Bertram. Desde la tarde que el director le llamó para hacerle saber de las nuevas pistas de Lisbon, que había sido avisada en un bar, el asesor no había vuelto a hablar con él. Desde la perspectiva de este, probablemente sería más que sospechoso. Todo aquel que formara parte de la brigada había oído hablar más o menos del famoso Jane, pero si había otra cosa de la que también se hablaba, era de la relación que tenía con su jefa. Muchos sabían que Lisbon había arriesgado más de una vez su carrera por aquel hombre, y era eso, precisamente lo que tanto desconcertaba. Debían aparentar normalidad, y como tal, Jane había decidido preguntar a Bertram como iba la búsqueda de Lisbon.

-Entiendo… No esperaba más.-La voz del director en el interior del despacho le hizo suponer que estaría hablando con alguien.

-Solo quiero que entiendas que no es fácil. Hemos seguido algunas pistas, pero aún no hay nada concluyente.

La puerta del despacho se abrió y sin antes tocar, Jane lo invadió como de costumbre. Sin duda, no podía evitar sorprenderse al ver quién era la persona que acompañaba a Bertram.

-Jane.- El saludo de Haffner fue seco, con un simple movimiento de cabeza.

-¿Interrumpo algo?

-No, Haffner ha venido a informarme de las novedades de su caso.- Jane alzó las cejas asintiendo en silencio.

-Llevo el caso de Lisbon.- Le explicó este.- Sé que sois buenos amigos, así que tan solo te digo que si tienes alguna información que nos pueda ayudar a encontrar su paradero, dímelo.- Jane asintió.

-Sector privado.- Murmuró.

La verdad era que la última persona a la que pensaría que Bertram había dado el caso era a Raymond Haffner. Sí, tenía un gran historial, y en el fondo, era buen policía. Pero no le llegaba ni a las suelas de los zapatos al equipo de Lisbon.

-Espero que estés a la altura.- Si no supiera que Lisbon estaba sana y salva en casa de Cho, seguramente se abría dedicado a hacer alguna broma, posiblemente relacionada con Haffner y el coeficiente intelectual de un koala.

-Lo estaremos.- Afirmó ásperamente.- Tú no te dediques a dártelas de héroe y no entorpezcas mi investigación.- Entonces se viró hacia el director.- Bertram.

-Ray.- Se despidió.- No te preocupes, Jane, el caso está en buenas manos. Encontrarán a Lisbon.

-Eso habrá que verlo…