Nota de autora: Antes que nada, pedir mil disculpas por haber tardado, exactamente, dieciocho días en actualizar. Simplemente, no tenía nada de inspiración, y nada de lo que escribía, me parecía tener, en absoluto, sentido. Aun así, y con todas sus complicaciones, logré terminarlo sin que me convenciera del todo, y al final salió este capítulo que a mí no me termina de gustar, pero pensé, es mejor que nada. Así pues, no les demoro más en leer. De nuevo, pido disculpas, la próxima vez intentaré no tardar tanto tiempo, que no lo creo, ya que el siguiente sí lo tengo más mentalizado de lo que estaba este. Gracias por leer, dejar sus comentarios, seguir mi historia o ponerla en favoritos :D
¡Saludos!
Cap.9: Las Piezas del Tablero
Era su turno, así que volvió a concentrarse. Escudriñó con parsimonia los rostros de los allí presentes, también serios y expectantes. La duda se vio reflejada una vez más en su rostro, mientras se pasaba una mano por la frente a modo de agobio. ¿Qué debía hacer? Si fallaba aquella vez, lo perdería todo, y esta vez, no estaba dispuesto. Volvió a debatir en silencio sus posibilidades, sabiendo, que eran pocas aquella vez. Tal vez solo debía arriesgarse una vez más, con la duda y la incertidumbre de no saber si de nuevo, estaba cometiendo un error.
-¡Por el amor de dios, Rigsby! ¿Nos tendrás otra hora aquí esperando?- La voz de Van Pelt exasperada, sacó al alto de sus cavilaciones.
-Está bien.- Soltó un bufido.- No voy.
Una vez más, Jane se llevó el botín de todos, con una gran sonrisa. Lisbon y Cho sonrieron cuando, Rigsby, harto de perder, empezó a despotricar contra Jane. Cho volvió a empezar de nuevo a barajar las cartas, mientras las dos mujeres, se retiraban del juego alegando que aquel, no era su día de suerte, lo que causó algunas burlas por parte de los demás.
-¿Dónde lo habíamos dejado?- Preguntó Lisbon volviendo a su asiento con un par de cervezas.
-Cho acaba de subir la apuesta y Rigsby la ha igualado.- Le puso Jane al corriente.
-Hablo del caso.- Le sonrió, sabiendo que este la había entendido perfectamente.- ¿Dónde nos habíamos quedado?
-He estado mirando la vida de nuestras víctimas y no consigo encontrar relación aparente entre las tres.- Comunicó Van Pelt dando un trago y mirando a su jefa, quien daba un largo y resignado suspiro.- Sin embargo, sí que he encontrado una relación entre dos de ellas, Alexia Hank, nuestra jueza y George Donnel, el guardia de seguridad.
-¿De veras?- Preguntó Lisbon con los ojos muy abiertos, mientras Grace sonreía victoriosa.- Eso es genial.
-Bueno, esa es la parte buena. Por lo visto intervino en uno de los casos ejerciendo como guardia.- Explicó mientras los hombre le echaban de vez en cuando miradas de soslayo.- Lo malo es que…
-Espera, no me digas.- La interrumpió Cho.- Es un caso confidencial y no tenemos acceso a él.- Sugestionó el asiático, sin quitar la vista de encima a sus rivales de póker, que se examinaban mutuamente la expresión.
-¿Cómo lo has sabido? ¿Has fisgoneado en mis archivos?- Se indignó Grace.
-No. Alexia es una jueza bastante conocida por sus grandes casos. Es imparcial, y no le teme a los de arriba. A pesar de eso, se ha hecho una gran carrera. Fue ella la que al final consiguió meter en prisión al alcalde Yeray Carey. Sufrió amenazas de todo tipo, pero no es de las que se deja intimidar. Traté con ella un par de veces.
-¿No podemos conseguir el archivo del caso?- Preguntó la pelinegra frunciendo el entrecejo.
-No lo creo. He hablado con algunos del CBI… discretamente.- Se apresuró a añadir al ver los rostros de sus compañeros.- Solo los de arriba están lo suficientemente cerca del tipo de gente que nos podrían conseguir el archivo. Es o ellos, o nada.
-No podemos pedírselo a los de arriba.- Negó rápidamente Jane repartiendo de nuevo las cartas, tras llevarse, de nuevo, las fichas de sus competidores.- Empezarán a hacer preguntas. Si se entera alguien que no debe, el caso podría… desaparecer y por ahora, creo que es la única pista que podemos seguir.
-Jane tiene razón.- Admitió Lisbon.- Lo que quiere decir que nos las tenemos que apañar solos.
-Si queréis mi opinión…- Jane hizo una breve pausa, observando como varios de sus compañeros rodaban los ojos, esperando, como siempre, que su opinión no concordara en nada con la de ninguno de ellos, y así fue.-… creo que nos estamos centrando demasiado en las víctimas.
-Eso es ridículo. ¿En qué nos íbamos a centrar si no?
Como respuesta, Jane cogió un pequeño folio que había a su lado con algunos apuntes que habían hecho antes y comenzó a escribir con letra rápida, para después, enseñársela a los que atentamente intentaban mirar por encima de su mano para ver que era aquello que escribía. La expresión en sus rostros fue puro abatimiento, al ver lo que Jane había escrito. Lisbon resopló. Apenas se había acordado de esa pista que había descubierto hacía cinco meses.
-La lista de sospechosos.- Murmuró Van Pelt.
-¿Ellos lo saben?- Jane asintió.
-Cuando tuviste que irte, vi necesario contárselo a alguien, y necesitábamos que confiáramos los unos en los otros.
Lisbon no pudo evitar sentirse de alguna manera feliz porque todo el equipo lo supiera, pero aún más feliz, porque hubiera sido Jane quien hubiera decidido contárselo. ¿Eran cosas suyas? ¿O Jane realmente estaba cambiando su forma cerrada y desconfiada de ser? Desde hacía unos días, ese pensamiento había rondado por su cabeza y había comenzado la primera tarde de su regreso, cuando, le había confesado, que había temido por ella. Pero el día que realmente lo había pensado había sido la noche de navidad, cuando inesperadamente, había aparecido allí, para quedarse en una especie de pizza de navidad y para invitarla a bailar.
-Pero solo hay cuatro nombres.- Dijo Lisbon saliendo de sus pensamientos.- ¿Cómo has reducido tanto la lista? Gale Bertram, Thomas McAllister, Raymond Haffner y Bret Stiles. Falta Partridge, Kirkland y Smith. ¿Tienes algún favorito?
-No. Me he dedicado a eliminar por estos últimos tres asesinatos. En el primero, Kirkland se encontraba de viaje por trabajo. Por lo visto, tuvieron un caso fuera del estado. En el segundo, pasó lo mismo con Partridge. Reed Smith lleva dos meses en el hospital por una bala que le dio en una redada.- Jane dejó escapar una pequeña risa.- Si sigue así, acabará delatándose el mismo.
-¿Qué hay del último caso? ¿Sabes si alguno de ellos no pudo hacerlo?
-No es tan fácil. Se trata de ir haciendo preguntas muy discretamente. Sin que nadie sospeche nada, para nadie te pueda seguir la pista.- Explicó Jane.
-¿Eso quiere decir que no?- Preguntó Cho.
-No.
-Bueno, algo es algo.- Trató de ser positiva Grace.
-En cuanto al caso de Alexia, ¿crees que podrías hackear la base de los juzgados?- Preguntó Lisbon a la pelirroja.
-Imposible. No sin que nos pillaran. Registran todas las entradas y salidas del sistema y su programación es demasiado compleja, hasta para mí, para tratar de burlar su seguridad. Es una locura.- Sentenció Van Pelt.
-Tal vez no tengamos ni que hackearlos ni que pedirle a los de arriba un favor.- Todo miraron expectantes a Cho.- Tengo un amigo en la fiscalía que me debe unos cuantos favores. Es un buen tío. No prometo nada, pero es posible que estuviera dispuesto a ayudarnos si le hago entender que es para algo importante.
Todos se quedaron en silencio pensando en lo que el asiático había dicho, y valorando los pros y los contras. Por una parte, parecía la vía perfecta. Alguien de abajo, que le pasara los archivos sin tener que dar explicaciones. Pero por otro lado, ¿quién les decía aparte de Cho que aquel tío era de fiar? ¿Que no haría preguntas? ¿Que no se iría de la lengua con alguien equivocado? Si se enteraban de que buscaban el caso, probablemente se meterían en problemas, y lo que era pero aún, el caso estaría, completamente fuera del alcance de ellos.
-Hazlo.- Le dijo Jane sorprendiendo a los demás.- Pero sin decir nada de John el Rojo ni de las tres víctimas. Dile que Alexia Hank tiene algo que ver, si la conocía, tal vez eso le haga estar más de nuestra parte.
Los demás asintieron dando a entender que estaban de acuerdo, y así, se quedaron unos instantes en silencio. La partida de póker había acabado.
-Oh, casi se me olvidaba.- Exclamó Cho, haciendo que los demás lo miraran.- Enseguida vuelvo.
Van Pelt y Rigsby compartieron una sonrisa, mientras Jane miraba de hito en hito, a la cocina y a Lisbon, que aún no comprendía nada. Solo cuando Cho salió de la cocina con una gran tarta, Lisbon, los fulminó a todos con la mirada, sabiendo, ahora, a qué había venido el gran paquete que Rigsby, había puesto una hora antes, en la cocina.
-Feliz cumpleaños, jefa.- Sonrió Van Pelt.
-¿Acaso creías que nos olvidaríamos de la fecha de tu cumpleaños?- Bromeó Rigsby echándole ya los ojos a la tarta.
-La verdad, esperaba que lo hubierais hecho.- Dijo Lisbon sin poder evitar sonreír.
Después de cantarle el cumpleaños feliz y que Cho sirviera la tarta, Jane se ausentó al cuarto del asiático para traer una bolsa, que contenía unos cuantos paquetes envueltos en diferentes papeles de colores, y cuando hubieron acabado con la tarta, Cho comenzó a dárselos uno por uno. Van Pelt tan atenta como siempre, le había regalado un abrigo que habían visto un día en que habían salido de noche. Rigsby, un elegante reloj, formal. Cho, había comprado una novela negra, de un autor sueco. Jane, le había regalado una enorme caja de bombones de todo tipo, clase y sabores, al que Rigsby había echado rápidamente el ojo, preguntándole si no los abriría.
-Esperad, aún hay otro.- Llamó Cho, al ver en el fondo de la caja un paquete.- Sí que te has lucido, Jane.
-Ese no es mío, creo que es de Van Pelt y Rigsby.
-No es nuestro, o eso creo.- Murmuró Rigsby observando el paquete que Lisbon sostenía entre sus manos.
Era un paquete cuadrado, envuelto en un llamativo papel rojo. Lisbon lo miró con desconfianza.
-Si no es de ninguno de vosotros, ¿de quién es?- La respuesta vino sola a las mentes de los demás, pasando, también, por la suya. Lo agitó junto a su oído para tratar de averiguar que era.- Tal vez debería abrirlo.- Los demás la miraron expectante, mientras que recelosamente, esta arrancaba el papel.
Era una caja de madera. Con un botón a un lado para abrirla. Se quedó mirándola unos instantes, esperando que esta le aclarara algunas dudas, pero al ver los rostros expectantes de los demás, decidió no andarse con rodeos y la abrió. En el fondo de la caja había una hoja de papel doblada. En su interior, pegadas como de revistas, unas letras con las que se leía:
-"Te encontré"- Murmuró Van Pelt a su lado leyéndola, lo que provocó que Lisbon se virara rápidamente hacia ella, como asustada.- ¿Es de él?
-No estoy seg…- La pelinegra calló al ver el fondo de la caja de madera. Había en este, un papel pegado, y como sello, un dibujo, de una cara sonriente, pintada en rojo sangre.- Es de él, Van Pelt.
La pelirroja pasó la nota, mientras la otra, se dedicaba a despegar el papel del fondo de la caja, con cuidado. Cuando al fin la sacó, aprovechó que los demás estaban distraídos para leer, en voz baja, lo que el asesino en serie había escrito en su tarjeta de felicitación.
Querida Teresa:
Antes que nada, felicitarte. Siento no haber traído más regalo que esta bonita y pequeña caja de madera, pero como se suele decir, los mejores regalos son los que se hacen con el corazón, así que decidí mejor, escribirte esta carta. He de decir que has sido muy lista, o tal vez, yo algo torpe, y hasta ahora, te he permitido llevar las riendas de esta situación, pero la cosa cambia. Quizá no lo sepas, pero sigues siendo un mero peón en un gran tablero, y ahora, el juego empieza.
Para que veas que no me ando con rodeos, seré yo quien mueva la primera ficha, voy a matar a alguien, alguien cercano a ti, y tú, no podrás más que mirar desde tu escondite como tu pequeño mundo se derrumba ante tus ojos sin siquiera saber qué es lo que pasa. ¿Y yo? Yo no tengo más que sentarme y esperar a que lo inevitable ocurra, a que os destruyáis entre vosotros mismos. Tu sola has decidido meterte en esto. Ahora, acepta las consecuencias.
"Sumerge en el río a aquel que ama el agua" W.B.
John el Rojo
-Llamaré a tus hermanos.- La voz de Jane la sacó de sus cavilaciones.- Espéranos aquí.
La sala quedó vacía, a excepción de ella, que aún estaba sentada en el sillón con la carta en la mano. Parecía haber quedado en completo shock, lo cual, tampoco hubiera sido nada exagerado. Tan solo cuando levantó la vista del papel con el cejo fruncido, murmuró.
-"Sumerge en el río a aquel que ama el agua."
