Cap.10: El Sendero de las Decisiones

La cantidad de vaho que salía de su boca solo podía indicar, que hacía mucho frío, si a eso le sumábamos el constante castañeo de sus dientes, el resultado era, que aquel invierno estaba siendo mortal en California. Al amanecer, los parabrisas de los coches despertaban cubiertos de escarchas, al igual que las hojas de los jardines o los bordes de la carretera donde la noche anterior se acumulaba una pequeña cantidad de agua. O las gotas de hielo impresas en el exterior de la venta. Sin embargo, el frío solo estaba presente en el exterior de su cuerpo, porque por dentro, ardía ahora una llama que le daba esa mirada… esa mirada llena de orgullo y victoria… esa mirada que le hacía estar ciega al peligro que estaba justamente detrás de su espalda.

(24 horas antes)

-Lisbon.- La voz de Cho llamándola la separó de la ventana.- Rigsby ha hablado con tu hermano James, están todos bien.

-Genial.- Suspiró quitándose un peso de encima.

-Les ha dicho que lo mejor que pueden hacer es salir del país. Han estado de acuerdo.- Lisbon asintió en silencio.- He llamado a mi amigo de la fiscalía y le he dicho que tenemos que hablar. He preferido no decirle nada por teléfono.

-Haces bien. No sabemos si nos vigilan. Además…

El sonido de alguien tocando en la puerta la interrumpió. La mirada confusa de Cho se complementaba a la de susto de Lisbon. Haciéndole señales de que se metiera en el cuarto consecutivo, Cho le entregó su arma y se acercó a la puerta asegurándose de que Lisbon había obedecido. Desde el cuarto consecutivo, Lisbon Decidió abrir mínimamente la puerta, lo suficiente como para poder observar la escena desde su escondrijo. Cuando Cho abrió la puerta, Lisbon pudo, aún desde su sitio, notar como este se destensaba.

-Hola, Kimball.- Oyó una voz amigable en la entrada.

-Charles. ¿Qué haces aquí? Te dije que te llamaría.- La voz de Cho sonaba confusa.

-Ya… Sim embargo, pasaba por el vecindario y recordé tu llamada, parecía urgente, así que me decidí pasarme y hablar. Realmente sonabas preocupado ayer cuando hablamos.- Al ver como ambos entraban en la casa, Lisbon cerró un poco más la puerta, tratando de no hacer ruido.- Vaya.- Se oyó una pequeña risa en el salón, y Lisbon observó cómo Charles miraba todo a su alrededor. Debía de estar todo patas arriba, pues el fuerte de Lisbon nunca había sido el orden.- Parece que alguien se divirtió anoche.

-Sí.- La típica sequedad del asiático cortó al otro.- Siéntate.- Invitó señalando al sillón.- Debes saber, que esto no ha de salir de aquí, o podría tener serios problemas.- Charles asintió.- Necesito un favor. Uno grande. Y tú puedes ayudarme.- Su compañero soltó un suspiro.

-Sabes que te debo algunas cosas, así que sigue hablando.

-Es acerca de Alexia Hank.- Charles le miró con confusión sin saber a dónde iría a parar.- Necesito que me consigas un archivo suyo antes de que desaparezca. ¿Me ayudarás?

-Depende, yo no tengo acceso a todos los archivos, pero puedo intentarlo.- Casi parecía que Charles se hubiera arrepentido de haber ido a casa de su compañero.- ¿De qué archivo se trata?

-No lo sé. Pero en él hay un nombre, George Donnel. Es un guardia de seguridad que intervino en uno de sus casos.- Cho escrutó el rostro de Charles.- ¿Crees que lo podrás encontrar?

-Donnel… Creo que sé de qué archivo me hablas. Es el archivo número trescientos ochenta y cuatro. Caso de protección de testigos, si no recuerdo mal.- Recitó de memoria.

-¿Te aprendes todos los casos?

-Este es diferente. Fue hace poco más de cinco meses. Se tomaron demasiadas precauciones para que, en aquel caso, todo saliera bien. Se tomaron muy en serio el tema de la confidencialidad, cuando normalmente, en esos casos todos saben la información. Pero en este, faltó poco para que nos prohibieran hablar de él en los pasillos.- Charles bajó la voz, como si supiera que había alguien más en aquella habitación.- ¿Dónde te estás metiendo, Kimball? He oído que el guardia de seguridad murió. Además, se han dicho muchas cosas en la fiscalía de tu equipo… de tu jefa. He oído que ha desaparecido.

-Así es.- Asintió.

-No es culpa tuya lo que pasó y lo sabes.- Le sonrió Charles.

-No, no lo es. Pero puedo hacer algo para cambiarlo.- Charles le miró extrañado.- ¿Cuánto estarías dispuesto a arriesgar cuando hay una vida en juego? ¿Hasta dónde serías capaz de llegar por proteger a un amigo?

Se quedaron por un momento en silencio. Compartiendo una mirada de gravedad. Finalmente Charles soltó un suspiro.

-Te conseguiré esos archivos.

El frío le azotaba la cara con fuerza, haciéndola encogerse en el pequeño banco de madera en el que se encontraba sentada. Después de que Charles se hubiera ido, Lisbon había salido a dar una vuelta, y finalmente había acabado en un pequeño parque. Aquel enero tan frío, sobretodo, si se miraba que vivían en California, no era normal. Por parte de Lisbon, aquello no era un problema. Le gustaban los inviernos fríos, le recordaban a las navidades de su infancia en Chicago. Cuando todos se iban a la casa de campo que su padre había heredado de sus abuelos y dedicaban todos los días a jugar con la nieve. Hacer muñecos, peleas, fuertes, las duchas calientes por la noche, las películas antes de irse a dormir… todo lo que le venía a la mente eran buenos recuerdos. Tal vez por eso le gustaba tanto el frío.

Inmersa en sus cavilaciones como estaba, Lisbon no notó que alguien se le había acercado hasta que se sentó a su lado, con una sonrisa tranquila y contemplando el calmado parque iluminado por la tenue luz de la luna.

-Jane, ¿qué haces aquí?

-¿Qué haces tú?- Sonrió al ver la mirada fulminante de la pelinegra.- Te vi desde la calle y pensé en acercarme a saludar.

-Hola.- Le sonrió Lisbon.- ¿Ya has saludado?

-No seas borde.- Se quejó haciendo un puchero.- Sé que en el fondo estabas deseando que apareciera, por muy orgullosa que seas para admitirlo.

-Seguro que sí.- Respondió poniendo los ojos en blanco.- Y yo que pensaba que había venido aquí en busca de un poco de tranquilidad. Pero ahora me has iluminado.

-Me he enterado de que Cho ha conseguido que le pasen los archivos.- Continuó haciendo caso omiso al sarcasmo de la ojiverde.- Tal vez no estemos tan perdidos como creíamos. Tal vez ese misterioso archivo sea la clave del acertijo.

-Espero que tengas la razón, porque ya tantos acertijos me empiezan a aburrir.- Suspiró.- Solo quiero que esta pesadilla acabe de una vez por todas. ¿Sabes?- Él asintió.- Nunca lo hubiera dicho antes, pero echo de menos la monotonía de mi antigua rutina. Levantarme pronto, desayunar, ir al trabajo…

-Aguantar a tu asesor.- Añadió el rubio.

-Salir a comer a la hora punta, ponernos con un caso…

-Rellenar una tanda de papeleo por culpa de tu asesor.- Volvió a interrumpir.

-Y por fin llegar a casa y cenar viendo la tele, para irme a dormir, y después volver a empezar.- Sonrió al darse cuenta de lo estúpido que sonaba. ¿Quién querría tener una rutina tan monótona?- Es estúpido, lo sé.

-No lo es.- Negó con seriedad Jane.- Querer tener una vida normal, rodeado de cosas normales, haciendo cosas normales, en vez de estar persiguiendo a un loco. Yo llevo sintiendo eso más de diez años.- Quitó la seriedad de su rostro y le dedicó una sonrisa.- Pero pronto acabaremos con esto. Estoy seguro.

-Yo también. Tal vez es eso lo que no me gusta, no saber cómo va a acabar. ¿Mi versión preferida?- Le miró.- Saliendo todos ilesos y conseguir de una vez por toda llevar a ese psicópata a la justicia.

-Pero sabes que eso no va a pasar.- Lisbon le miró sin comprender.- Cuando encontremos a John el Rojo yo lo mataré, te lo he dicho mil veces.

En vez de hacer lo que Jane pensaba que haría, rechistarle, Lisbon se levantó del banco y hecho a caminar con paso ligero hacia el otro lado del rubio. Su reacción le cogió desprevenido, pero tan pronto como la vio alejarse, la siguió, sin saber muy bien, a qué había venido esa reacción de marcharse. Después de llamarla un par de veces y ver que no contestaba, la agarró por la muñeca obligando a girarse. Tenía la mandíbula fuertemente apretada, y el entrecejo levemente fruncido.

-¿A qué ha venido eso?

-Estoy harta, Jane. Harta de todo esto, de John el Rojo, de esta persecución. Estoy harta de ti y de tu maldita actitud.- Le recriminó.

-¿Mi actitud? ¿Quién se ha marchado corriendo del banco en cuanto no le ha gustado lo que he dicho?- Le miró duramente.- ¿Por qué no puedes aceptar que eso es lo único que me devolverá…?

-¿Que te devolverá el qué? ¿Tu asqueroso orgullo? ¿Tu familia?- Lisbon le miró casi con lástima.- Tu familia no va a volver Jane. Ni tu hija, ni tu esposa. Matarle a él solo te cambiará a ti.

-¿Aún no lo entiendes? Esto no se trata solo de mí. De mi familia. De mi venganza.- La mirada desesperada de Jane estaba volviendo loca a Lisbon.- Se trata de él. De borrar de una vez por todas esa sonrisa. No lo hago por mí, cuando él muera, tal vez no sea el hombre más feliz, pero al menos sabré que libré al mundo de ese monstruo.

Lisbon apartó la mirada y se soltó del agarre del rubio. Si la iluminación no hubiese sido tan pobre y si Lisbon no hubiese girado la cara, Jane probablemente habría podido haber visto los ojos húmedos de la pelinegra y como el labio inferior temblaba un poco.

-¿Y qué pasa con nosotros? Cuando estés en la cárcel o te hayas ido del país. ¿Qué pasará con nosotros?- Jane se quedó sin palabras ante lo rota que sonaba la voz de Lisbon.- No te importa verdad. Solo somos marionetas, y cuando finalmente consigas lo que quieres iremos al cajón de los trastos. Pensé que habías cambiado, que eras un hombre diferente a aquel que vino a la comisaría a cumplir su venganza.

-Y he cambiado, Lisbon.- Murmuró.- No soy el mismo.

-Tal vez, pero lo que está claro, es que te seguimos importando una mierda.

-Lisbon, por favor.- Jane la agarró por el brazo, esta vez con suavidad.

-¿Podrías dejarme sola Jane?

Lisbon se dio la vuelta y continuó caminando sobre el pequeño sendero de tierra, con la cabeza gacha y tratando de ignorar el ardor en sus ojos.

-Teresa…- Se sorprendió a si mismo llamándola por su nombre de pila, mientras se quedaba allí de pie, viéndola alejarse.

Allí se quedó, asimilando lentamente lo que le había dicho, pero sobre todo, pensando en el brillo que habían dado sus ojos al pronuncias la última frase y el quebrado en su voz. Lo había conseguido. Después de tantos años para ganarse su confianza y acercarse a ella, todo se había desvanecido. Justo en ese instante, mientras la veía alejarse en dirección desconocida, se hizo aquella pregunta que tanto le habían hecho. ¿Valía la pena dejar escapar aquello que alguna vez consiguió darle un sentido a tu vida? Es difícil elegir cuando una de las opciones puede calmar tu dolor respecto al pasado y la otra darle sentido al futuro. Decisiones. Cosas pequeñas que pueden cambiar cosas grandes. Lo que estaba claro era que había cometido demasiados errores, lo complicado era distinguir cuales no podría reparar nunca más.

-…lo siento.-Dijo en un susurro casi inaudible, viéndola subirse en un taxi, sin mirar en ningún momento atrás.