Cap.11: Rectificando Preguntas

El único sonido en la mesa, era el de los cubiertos chocando entre ellos. O al menos así era como Lisbon lo percibía. Su cuerpo estaba allí, sonriéndole a la pelirroja y haciéndole bromas al pequeño de la mesa. Sin embargo, su mente estaba en otra parte. En un parque. Y es que el recuerdo de la discusión de la noche anterior, aún estaba demasiado fresco para ella. Ni si quiera tenía claro cómo se sentía después de esta. Furiosa, triste, decepcionada… tenía un manojo de sentimientos que se habían acomodado en su estómago, y le impedían disfrutar de la comida que Van Pelt había preparado con tanto esmero al invitarla.

-… y el padre de Jimmy es arquitecto.- Continuó el joven Ben con su relato del día.- Y dice que está haciendo una piscina en su casa, y que cuando la terminen me va a invitar para jugar. ¿Podemos hacer una piscina en el jardín papá?

-Quizás algún día, Ben.- Le sonrió su padre provocando un mohín en el castaño.- ¿Por qué no ayudas a tu madre a recoger la cocina?

El joven se levantó de un salto y corrió a la cocina chocando con las piernas de la pelirroja y provocando en esta una maniobra brusca para no perder el equilibrio ni que se le rompieran los platos que llevaba sobre la mano. Rigsby y Lisbon se quedaron allí sentados cada uno con una copa de vino, compartiendo un cómodo silencio. Rigsby no había dicho nada, pero al contrario que Grace, él sí que había notado la inquietud y la usencia de Lisbon, aunque no sabía las causas de esto y supo que preguntar solo sería un error.

-Estaba todo buenísimo, Wayne.- Rompió el silencio Lisbon con una sonrisa.- Tendré que venir a comer más a menudo.

-Cuando quieras.- Le sonrió el alto.- Hablando de comer, te quedas a cenar ¿no?

-No sé.- La pelinegra no tenía demasiadas ganas. Aunque por otro lado, tampoco le apetecía quedarse toda la noche sentada en el sillón leyendo un libro.

-Vamos.- Rigsby hizo mueca de cachorro abandonado provocando una sonrisa en Lisbon.- Se me había olvidado, esta noche viene Jane. Podríamos estar todos juntos. Últimamente hemos estado tan ocupados tanto con John el Rojo como con los casos de la Brigada que hace tiempo que no nos vemos todos juntos. Será divertido.

-Lo siento Wayne, pero no tengo demasiadas ganas. Tal vez otro día podamos vernos todos.- Dicho esto se levantó.- Debería marcharme ya. Cho no estará esta noche en casa. Ha dicho algo de un caso.

-Sí, claro. Si quieres, te puedes quedar aquí a dormir, sabes que no hay ningún problema por ello.- Lisbon le sonrió amablemente.- Como quieras, de todas maneras, si hay cualquier cosa, no dudes en llamar.

-Pasad una buena noche. Si eso ya nos veremos mañana u otro día.- Le aseguró tranquilizadoramente.

Dicho esto, la ojiverde se despidió de Grace y del pequeño Ben revolviéndole el pelo y salió a la calle poniéndose la abrigada chaqueta por encima. Eran poco más de las dos, así que las calles no estaban demasiado concurridas, así que anduvo distraída, metida en sus pensamientos como llevaba todo el día. Sabía que no podría huir siempre de Jane, pero por el momento no quería verlo. En el fondo no podía culparle. Siempre se lo había dicho. Matar a John el Rojo era lo que hacía que su vida girar. La culpa había sido solo y exclusivamente de ella. Por haber creído que le había hecho ver de una vez por todas que estaban juntos en aquello. Como un equipo. Como una familia pensó con amargura Lisbon. Somos marionetas y ni siquiera nos sabemos los diálogos de la función. Y sin embargo, sabía que no le abandonaría, porque ese era uno de sus grandes defectos. Porque aún en las cusas perdidas, ella era la ilusa que siempre seguía luchando.

Llegó a casa de Cho y lo primero que hizo fue tomar un baño. Ya con ropa de estar por casa y tras servirse una copa de vino, la mujer se sentó en el sillón, encendió la televisión y se acurrucó. En ese momento, algo llamó su atención. Sobre la pequeña mesa que había entre el sillón y la pantalla reposaba lo que parecía un archivo de un caso. "Arcchivo-384" Su corazón se paró momentáneamente, y por primera vez en el día, Jane no ocupaba ningún espacio en su cabeza. Lo cogió entre las manos teniendo una mala sensación. ¿Qué demonios? Aquello era solo un trozo de papel impreso. Un trozo de papel impreso que podría devolverle su vida normal. Leyó con rapidez pero tratando de no perderse ni un solo detalle. Allí, entre declaraciones estaba la respuesta a quién era John el Rojo.


Eran casi las diez de la noche y ya Van Pelt se había ofrecido a subir a Ben a su cuarto para acostarlo. Wayne seguía sentado en el sillón de la sala, con el ceño fruncido e inquieto. Jane hacía unos veinte minutos que se había ido y parecía estar en el mismo estado en el que había estado Lisbon. Ausente y algo inquieto. Los pasos bajando por la escalera le indicaron que la pelirroja había conseguido que Ben se acostara. No levantó la vista, ni siquiera cuando esta se sentó a su lado con una gran sonrisa.

-¿Ocurre algo, Wayne?- Él castaño sabía que no serviría de nada mentirle, así que soltó un suspiro y le miró sin mudar expresión.

-No es nada, Grace, es solo que…- No siquiera sabía cómo explicarse, pues él tampoco estaba muy seguro de qué era lo que le pasaba.- ¿No los has notado algo raros hoy, a Lisbon y a Jane? ¿Ausentes? Además, Lisbon parecía casi convencida de quedarse hoy a cenar, pero en cuanto le dije que Jane vendría se negó.- La pelirroja no dijo nada, así que Rigsby continuó.- Supongo que no será nada, pero, me ha dado una mala sensación. Estamos muy cerca de John el Rojo y ya sabes cómo se pone Jane con esto.- Para sorpresa de Rigsby, Grace no le trató de tranquilizar.

-Lo sé, yo también lo he estado pensando. Me da la sensación de que cuanto más cerca estamos de él, más nos alejamos unos de otros.- Esta vez, le tocó a Rigsby pensar que estaba siendo un poco paranoica y dramática.

-No digas boberías…

-Va enserio, Wayne.- La pelirroja se encogió en su lugar.- Supongo que es ahora cuando más unidos debemos estar, pero… ¿Podremos aguantar? Quiero decir ¿Estamos dispuestos a dejar todos nosotros de lado nuestros principios por una vez y ser… un equipo?

-Tal vez la pregunta que debamos hacernos es ¿Cuánto estamos dispuestos a arriesgar cuando una de nuestras vidas está en juego?- La pelirroja se le acercó y se acurró a su lado, como si buscar entre los brazos del alto, protección.- ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por protegernos unos a otros?

-Supongo que todos nos hemos hecho esas dos preguntas.- Susurró Van Pelt.- Y supongo que ninguno tiene las respuestas.

-Supongo que algunas respuestas deben de darse con acciones.- Van Pelt asintió con pesar y se quedó allí acurrucada a su lado.

Se quedaron un buen rato allí en silencio, abrazados y confortándose mutuamente. Sin embargo, a los pocos minutos el teléfono de Van Pelt sonó, y esta se separó de su amante para cogerlo. ¿Quién llamaría a esas horas? Teresa Lisbon la pelirroja se apresuró a contestarle con un saludo un tanto nervioso. Al oír su tono de voz, Rigsby se viró en el sillón para observar a Grace pasearse de un lado a otro. ¿Su mala corazona había acertado? Su estómago se revolvió de una manera violenta cuando este pensamiento pasó por su cabeza y se levantó para acercarse a Van Pelt.

-Grace. Tenemos que hablar, pero no por teléfono. ¿Te parece si nos vemos en casa de Rigsby dentro de media hora?- Por la voz de Lisbon, supuso que sería algo bastante importante.

-¿Ahora?- Luego de pensarlo unos instantes, Grace rectificó rápidamente.- Me parece genial.- No quería esperar ni un solo segundo a saber qué era lo que la pelinegra tenía que decirle si es que era tan importante.- ¿Llamo a los demás? Cho sé que está algo ocupado, pero si es algo importante no creo que ponga inconveniente y Jane…

-No.- Era un no rotundo, que no dejaba hueco a quejas.- Quiero decir, que es mejor aún no alarmar a nadie.- Grace no le protestó.- Bueno, salgo ahora mismo y voy para allá.

-Vale, Lisbon. Nos vemos ahora.- Cortó y enfrentó a Rigsby que la miraba con una expresión de interrogante.- Tranquilo, viene para acá, ha dicho que tiene algo importante que decirnos.- Esto no tranquilizó demasiado al alto.

-¿Para cuándo está aquí?- Tomó un trago de la copa de vino que se había servido anteriormente y miró expectante a la pelirroha.

-Dice que estará aquí en más o menos veinte minutos. Espero que no te importe.- Grace sabía que el pequeño Ben dormía arriba, y tal vez, a Rigsby no le haría demasiada gracia que estuvieran viniendo a aquellas horas.

-No, todo lo contrario. Es Lisbon, debe ser importante. ¿Crees que se trata de… John el Rojo?- Pues claro que se trataba de John el Rojo, pero por alguna razón, una pequeña parte de él quería convencerse de que sería cualquier otra cosa.- ¿Crees que habrá encontrado alguna pista?

-Sí, es posible.- Van Pelt estaba experimentando la misma sensación, aquel revoltijo en su estómago que más que mariposas parecía una montaña rusa.- ¿Wayne?

El alto supo que ella también pensaba lo mismo que él y acortó la distancia entre ellos, volviendo a protegerla con sus brazos y depositando un tierno beso en su frente. No podían achantarse ahora que quizás estaban tan cerca. Se necesitaban el uno al otro para no temer a lo que se les avecinaba. Se necesitaba se necesitaban unos a otros en el equipo. Porque eso era lo que era, un equipo, por encima de las dudas y de los miedos, por encima de sus diferencias y sus principios, por encima de los demonios que los atormentaban, tanto los que llevaba cada uno a su espalda, como los que llevaban entre todos. Eran un equipo por encima de todas aquellas cosas, que lejos de desunirles o distanciarles, les convertía en una familia.


Según cortó, la ojiverde metió de nuevo las manos en los bolsillos y echó a andar por las oscuras y vacías carreteras. La cantidad de vaho que salía de su boca solo podía indicar, que hacía mucho frío, si a eso le sumábamos el constante castañeo de sus dientes, el resultado era, que aquel invierno estaba siendo mortal en California. Al amanecer, los parabrisas de los coches despertaban cubiertos de escarcha, al igual que las hojas de los jardines o los bordes de la carretera donde la noche anterior se acumulaba una pequeña cantidad de agua. O las gotas de hielo impresas en el exterior de la venta. Sin embargo, el frío solo estaba presente en el exterior de su cuerpo, porque por dentro, ardía ahora una llama que le daba esa mirada… esa mirada llena de orgullo y victoria… esa mirada que le hacía estar ciega al peligro que estaba justamente detrás de su espalda.

Su sombra se había materializado en la oscuridad y ahora la seguía, paso a paso, sin hacer ni un solo ruido. Bajo la manga, su mano sostenía un artefacto, que clavó con fuerza en el costado de la pelinegra haciendo que esta lanzara un alarido tras la descarga eléctrica. Luego de revolverse, la ojiverde cayó al suelo inconsciente en el suelo. El encapuchado maldijo cuando comprobó que encima no llevaba otra cosa que un móvil. Como salida de la nada, una furgoneta se aparcó junto al hombre y de esta salió otro encapuchado. Entre ambos, metieron en la furgoneta el cuerpo y arrancaron con rapidez, dejando ahora la calle completamente vacía. No demasiado lejos de allí, una pareja se abrazaba, decidida a que las cosas fueran a partir de ese momento, mejores.