Cap.13: Buenos días…
El sonido de la puerta la despertó. Abrió los ojos asustada, pero inmediatamente se vio obligada a cerrarlos. La inminente luz de la lámpara blanca que había sobre su cabeza la había dejado desorientada. ¿Dónde se encontraba? ¿Era John el Rojo el que acababa de entrar? Hizo un esfuerzo por volver a abrirlos, y lo que vio la dejó muda. Paredes blancas, con sosos adornos y con cuadros abstractos decoraban aquel lugar. Miró a su alrededor. Una mujer de tez morena le sonreía a su lado.
-Ya ha despertado. Les diré que ya pueden pasar.- ¿Estaba en un hospital? Aquello le estaba siendo difícil de asimilar.
-Lisbon.- Su cara quedó tapada por la melena roja de Van Pelt, que la abrazaba con una fuerza desmesurada.- Como me alegro de que despertaras. ¿Cómo te encuentras? Estábamos muy preocupados.
-Grace.- La voz divertida y la sonrisa de Rigsby la hizo tomar aire.- Deja que respire. Nos alegramos de verte, jefa.
-Sí, es un alivio que al fin hayas despertado.- Cho le dedicó una media sonrisa.
-¿Te has quedado muda?- Bromeó Jane. Desde que habían entrado, Lisbon no había dicho palabra, y es que aún estaba un poco desconcertada.
-¿Dónde está John el Rojo? ¿Cómo he llegado yo hasta aquí? ¿Habéis resuelto el caso vosotros solos?- Tenía tantas dudas, y sin embargo ninguno de ellos respondió a sus tres principales cuestiones que acaba de plantear. Se dedicaban a mirarla con una sonrisa triste.- ¿Qué ocurre?
-Tenemos poco tiempo, ¿por qué no lo aprovechamos sin hablar de John el Rojo?- La respuesta de Van Pelt dejó desconcertada a Lisbon.- Ben quería venir a verte. Ha estado preguntando por ti desde que le dije que estabas en el hospital.
-¿Cómo que tenemos poco tiempo?
-Tus hermanos han llegado hoy. Estarán muy contentos de volver a verte.- La sonrisa de Lisbon volvió.- También ha venido Annabeth. Faltó poco para que se quedara aquí anoche.
-¿Les podrías decir a mis hermanos que entren?- El equipo salió de la sala dejando a Lisbon allí esperando.
Tenía muchísimas ganas de ver a sus hermanos. Quería abrazar a su sobrina. Hacía casi un año que no la veía. ¿Cuánto habría crecido? Y sus hermanos… No se imaginaba ver a Tommy y a James en la misma habitación de nuevo. Comenzó a desesperarse. ¿Por qué no llegaban? Miró a su alrededor. Las máquinas habían dejado de hacer ruido. Se levantó y caminó hasta la puerta. Abrió una pequeña rendija para observar el exterior. Lo que vio la dejó por segunda vez muda. El pasillo estaba completamente desierto. Ni enfermeras, ni familiares, ni enfermos.
-¿Disculpen?
Siguió caminando para descubrir que la sala de espera también había quedado vacía. Aguzó su oído para tratar de captar algo que le indicara a dónde se había ido todo el mundo.
Plic… Plic… Plic… Plic-Plic… Plic… Plic… Plic… Plic-Plic…
Entró en la habitación de la cual provenía el sonido, pero estaba completamente vacía. Algo húmedo, como una gota de agua calló sobre su cabeza, sobresaltándola. Levantó la vista y lo que encontró le dejó la sangre helada. En el techo de la habitación, como si la estuviese vigilando había pintada una cara sonriente. Dibujada con sangre, Lisbon sabía qué significaba. La luz se fue, y con ella todo atisbo de felicidad o esperanza que había conservado hasta ahora.
-¡No!- Se incorporó con rapidez sobre el frío y duro suelo.- ¿Qué demonios?
Miró a su alrededor. El cuarto de grises paredes se iba volviendo a materializar ante sus ojos. Su subconsciente le había jugado una mala pasada. Se levantó del suelo y se tapó el rostro con ambas manos. Ahora, el cuarto estaba mejor iluminado, supuso Lisbon, porque el sol estaría ya fuera. Y ahora más que nunca, deseó poder sentirlo calentando su cuerpo. Y repugnó aquel frío que le calaba hasta el último hueso. Miró de nuevo a su alrededor deseando que en la noche anterior algo se le hubiese pasado. Algo que le ayudara de alguna manera a salir de aquí. Cuando concluyó que aquel lugar estaba completamente vacío, la rabia la inundó, sabiendo que probablemente al otro lado de la puerta alguien la observaba, mofándose de su inútil esperanza.
-¡Eres un maldito cobarde! ¡Da la cara de una vez!- Vociferó aporreando la puerta de tal forma que sus manos dolieron.
Para sorpresa de ella, las puertas se abrieron, empujándola y dejándola desorientada y tirada en el suelo.
-Buenos días, Teresa.
. . .
Había amanecido. El sol ya hacía dos horas que había decidido aventurarse por el horizonte, y ahora se alzaba sin llegar a dar calor. La nieve seguía reacia a marcharse, aguantando en aquellos principios de Febrero. Sobre esta, caminaba ahora Rigsby. Con tres vasos de café y uno de té que hicieran el trabajo que no se le había permitido hacer al sol. Cuando llegó a sus compañeros y entregó sus respectivas bebidas, Rigsby rompió el silencio.
-¿No han acabado todavía?- Cho negó. Criminalística llevaba desde poco más de las cuatro de la madrugada dentro de su casa, tratando de recoger alguna prueba.
-No creo que haya sido buena idea llamarlos.- Negó Van Pelt.
-Lo ha sido, Grace. De hecho, creo que ha sido la mejor idea que hemos tenido estos días.- Admitió Wayne.- Deberíamos de contárselo, todo.
-No digas estupideces, Rigsby.- Le cortó Jane, y sin embargo, el semblante de Rigsby seguía serio.- Nadie, Rigsby… Nadie que no seamos nosotros cuatro debe saber que Lisbon ha estado aquí. Ha sido un incidente aislado, y estamos abiertos a cualquier idea de qué pudo haber pasado.
-Esto no nos llevará muy lejos. ¿Qué opináis vosotros?- Cho y Van Pelt compartieron una mirada silenciosa.- ¿Qué más da? No se trata de nosotros. Se trata de Lisbon.
-Es por eso mismo que no se lo decimos a nadie.- Trató de hacerlo entrar en razón Jane.- Nos apartarán del caso en cuanto sepan que hemos estado ocultándola. Si no somos nosotros, no la encontrarán a tiempo. Y cuando lo hagan, será igual que con Alexia Hank, George Donnel o Elizabeth Hamilton.
-¿Y cómo piensas avanzar, Jane?- La voz de Rigsby denotaba cierta acusación.- Nos hemos quedado sin pistas. Conseguir de nuevo el archivo sería imposible.
-Tenemos la lista. Solo quedan tres nombres.- Aquello no le convenció, pero Cho dio un paso adelante.
-Estoy con Jane.- Rigsby frunció el ceño.
-Muy bien. ¿Pero qué nos dice que esa lista es correcta y que uno de sus nombres es John el Rojo?- Jane se vio claramente ofendido.- No te seguiré a ciegas, Jane. Esta vez no.
-Rigsby, no es el momento de desconfiar.- Trató de calmarlo Grace.
-Has cometido demasiados errores con John el Rojo, Jane. ¿Y si esa lista es otro error?- Jane estalló.
-Nunca te he pedido que me sigas, ¿me entiendes? Tampoco te lo voy a pedir ahora.- Una sonrisa irónica asomó en el rostro de Rigsby.- Si no confías en mí… yo no puedo cambiar eso. Depende tan solo de ti. De si decides arriesgarte o acobardarte como siempre.
-Creo que lo mejor sería que cada uno siguiera por su lado. Está claro que todo esto fue un error.- Van Pelt le miró horrorizada y Cho claramente sorprendido. El rostro de Jane era inescrutable.
-Quizás tengas razón.- Admitió Jane.
-Sois increíblemente imbéciles.- Los tres hombres miraron a Van Pelt.- Sí, los tres. La vida de Lisbon está en juego y no se os ocurre una manera mejor de ayudarla que poneros a discutir como si fuerais críos. ¿Os dais cuenta de que Lisbon lleva desaparecida unas diez horas aproximadamente? ¿Os podéis siquiera imaginar lo que tiene que estar viviendo en este preciso momento en el vosotros estáis sugiriendo que nos separemos?- Se viró hacia Jane.- ¿Te crees que vas a llegar lejos sin nosotros? Lo único que tienes Jane es esa lista y nada más. Nos necesitas y lo sabes.- Rigsby dejó asomar una sonrisa.- Y no sé qué estarías pensando tú, pero en lo que a mí respecta no pienso dejar que me aparten de este caso.
-Yo tampoco, pero…- Rigsby volvió a ser interrumpido.
-Entonces, ¿por qué discutís?- Los tres hombres prefirieron guardar silencio.
-El CBI quizás pueda hacer algo más que nosotros.- Trató de insistir.
-Bertram está en mi lista.- Recordó Jane.
-Yo no creo en esa lista.- Volvió a replicar.
-Wayne.- Grace se acercó a este.- Tú tanto como yo sabes que es muy probable que John el Rojo esté en esa lista. Bertram está en esa lista. No pienso arriesgar nada, Wayne. No con la vida de Lisbon en juego.
El silencio cayó entre ellos. En la cabeza de Rigsby parecía estar ahora librándose una gran batalla. Los demás simplemente callaban, cualquier cosa que hubiesen dicho ahora hubiera sido inútil. Fuese cual fuese la decisión que Rigsby había tomado, no la podrían cambiar con torpes palabras. Miró a Jane algo desconfiado y asintió con lentitud.
-Espero que sepas lo que haces.
. . .
Tensión. Cada músculo de su cuerpo se encontraba en ese momento en tensión. Mantenía su mandíbula fuertemente apretada, al igual que el puño cerrado, con los nudillos completamente blancos. Sus ojos, sin embargo no denotaban furia, rabia o tensión, sino que sorpresa. Allí estaba, después de años tras su pista, de tratar de atraparlo… allí estaba. Y en esta situación lo que más temía Lisbon era, que ella era la atrapada. Si no hubiera sido porque el hombre tenía un cuchillo en la mano, no hubiese dudado ni un segundo en lanzársele al cuello.
-¿Qué ocurre?- Le sonrió.- ¿Te ha comido la lengua al gato?
-No tengo nada que decir.- Zanjó.
-Pues entonces escúchame.- El hombre comenzó a pasearse por la habitación.- Esto no es un juego, Teresa. El juego se ha acabado y vosotros… vosotros habéis perdido. De ti depende lo que ocurra a partir de este momento. Quemaste el archivo. Fue inteligente, lo admito. Pero ya está. Ya basta de jugar a quién es más inteligente que quién.
Lisbon escuchaba en silencio. Quería oír lo que quería, saber cuál era su papel en allí, aunque algo le decía que ya lo sabía. Y no le gustaba.
-Quiero un nombre y una dirección. Y tú me la puedes dar.
-No sé de qué me estás hablando.- La sonrisa irónica en el rostro del hombre no decía lo mismo.
-Te refrescaré la memoria. Archivo 384. Era un caso de protección de testigo. Quiero el nombre del testigo protegido y la dirección de dónde se encuentra.- El hombre se acercó a donde la mujer se encontraba.- Y eso, Teresa, es lo que tú me vas a dar.
-¿Qué te hace pensar que lo haré?- Escupió las palabras frente a su rostro, tratando de sonar lo más asqueada y confiada posible, pero en su voz había un atisbo de miedo.- Aunque te lo dijera, me matarás.
-Se puede morir de muchas formas, Teresa.- Su voz juguetona y tranquila le heló la sangre.- De un tiro en el corazón… o puedes morir como lo hicieron Alexia Hank, George Donnel y Elizabeth Hamilton. Para desgracia de ellos, no me fueron del todo útiles. No pudieron ayudarme… pero tú sí que puedes.
Lisbon se quedó unos segundos en silencio, mientras su cabeza trabajaba a gran velocidad. Su mente viajó hasta su equipo. Seguro que la estaban buscando. La iban a encontrar, pero necesitaban tiempo. Su piel se erizó con el simple pensamiento de las palabras que a continuación formularía. Trató de respirar hondo para serenarse, pero su respiración se cortaba. Miró a los ojos de aquel monstruo y supo que tenía que hacer, y en ese instante, el miedo pareció desaparecer de su cuerpo, dejándole tan solo, esa sensación de adrenalina que le recorría el cuerpo, preparándola para lo que venía a continuación.
-Sigo sin saber de qué me hablas.
Con más fuerza de la necesaria y de la que Lisbon hubiese deseado, una pistola eléctrica colisionó contra su costado derecho, haciéndole soltar un largo alarido. Cuando al fin la pistola se retiró, cayó al suelo, tratando de recuperar su respiración normal, pero antes de siquiera poder amagar el incorporarse, un puntapié en su estómago le hizo girar sobre el frío suelo hasta chocar con la pared. Se quedó allí, en posición fetal.
-Veo que has tomado tu decisión, ahora, enfrenta las consecuencias.- La voz autoritaria de este resonó entre las cuatro paredes de la habitación.
Se quedó mirando a la mujer, que con cierta dificultad se incorporaba con ayuda de sus brazos. Tenía una mirada extraña. Como si empezara comprender ciertas cosas. Ciertas piezas del puzle que hasta ahora no habían encajado.
-"Sumerge en el río a aquel que ama el agua"- La sonrisa del hombre volvió a aparecer.- Esa cita… se refería a mí, ¿no es cierto?
-Así es Teresa. Tú sola decidiste meterte en este asunto. Pero esto… esto solo debía incluir a Patrick Jane. Ni Kimbal Cho, ni Grace Van Pelt, ni Wayne Rigsby… y mucho menos tú debías haber aceptado aquel caso… Y en cuanto viste como era esto, debiste haberlo dejado… haberte rendido. Tú te has buscado este final… Tú lo decidiste, hace mucho tiempo.
El hombre salió del cuarto, dejándola sola de nuevo. Y una vez más, su mente viajó hasta la del equipo. Y al sueño del que había despertado rato antes. "Tenemos poco tiempo". Como hubiese deseado volver a ver el pelo rojo de Van Pelt, escuchar las estúpidas bromas de Rigsby, compartir cómodos silencio con Cho… Y volver a poder estar con Jane. Quizás aquello nunca volvería a ser posible. Y entonces se dio cuenta de lo poco que había aprovechado el tiempo con aquella pequeña familia, a la que tanto le debía. Y a la que todavía le quedaba tantas cosas por decirle.
