Disclaimer: ¡Vamos!, aún soy menor de edad como para ser dueña de una serie como Victorious —la cual pertenece al ídolo Dan Schneider— y como para ser la dueña de la saga de Escuela de Frikis —de Gitty Daneshvari, gran escritora. Lo cual es claro, porque si fuesen míos ya verían Jandré hasta en los baños, ¡y Lulú y Garrison estarían juntos!

Escuela de Frikis
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Capitulo II: El vaso que oye tras la puerta

"El hombre que tiene miedo sin peligro,
inventa el peligro para justificar su miedo"
—Alain—


Helen entró a la oficina cerrando la puerta tras de sí. Con un café en la mano caminó hasta su escritorio y se dejó reposar en la silla de tipo ejecutivo. Dio un largo suspiro al momento en el que conducía el vaso plástico con contenido de cafeina hacia sus labios, tomando un poco de ése cálido elixir que despertaba todos los sentidos que aún dormían plácidamente. El despertarse todas las mañanas a las seis para organizar papeleo, facturas escolares, expedientes de los alumnos o lo que sea, era cansino y muy agotador. Su puesto como directora, otorgado casi al comienzo del año escolar, le estaba comenzando a resultar un poco más complicado de lo que creía; cuánto extrañaba su cine en San Diego...

La puerta de repente hizo sus incesantes sonidos. Alguien de fuera la estaba tocando y Helen podía imaginarse de quién se trataba.

—Pase.

Lorain, su asistente, hizo acto de su presencia cargando con unas cuantas carpetas de gancho azules que las dejó reposando sobre el escritorio de la directora de Hollywood Arts. Helen las miró con el ceño fruncido para luego pasar su vista hacia su secretaria.

—¿Qué se supone que es esto? —pidió saber Helen.

La rubia se ajustó los lentes mejor sobre sus ojos y contestó—: Son los expedientes de los alumnos que me pidió.

Asintió mientras tomaba una de las carpetas azules y comenzaba a hojearla. Ése expediente que tenía era de Beck Oliver, el cual hablaba únicamente sobre sus talentos sobresalientes en actuación y guitarra, además de que solía cantar un poco. Soltó la primera carpeta y hojeó otra, ésta era de Cat Valentine donde había una hoja con un gráfico de un piano dibujado, sobresaltando las notas del en la que aseguraba que la joven era una excelente soprano. Tomó otra carpeta del montón y vio el expediente de Tori. Lo mismo hizo con la otra que era de Robbie y la otra de Jade y la otra de André...

—¿Me recuerdas por qué te pedi que me trajeras esto?

Lorain suspiró.

—Desde hace unos días usted quiso que le trajera sus expedientes resaltanto cuáles son las cualidades y defectos del alumno, además de gustos y disgustos que me hizo investigar —explicó la rubia mientras tomaba asiento frente al escritorio.

Helen volvió a leer los expedientes de cada uno, sin conseguir nada interesante en ellos.

—¿Alguna novedad del día de hoy? —inquirió devolviéndole las aburridas carpetas azules con aburrido contenido.

—¿Con respecto a los alumnos?

Helen asintió.

—Pues apenas son las nueve de la mañana, no ha ocurrido nada extraño con el paso de los días, pero esa chiquilla pelirroja se sigue ausentando en la enfermería —aseveró Lorain.

—¿Podrías pedirle a ése maestro chiflado que venga en el cambio de clases a mi oficina?

—Por supuesto —Y con eso, Lorain tomó las carpetas y se retiró de la oficina cerrando la puerta tras de sí.

La directora volvió a recostarse de la silla tomando un sorbo de su café matutino. Miró por la ventana de su oficina hacia el cielo ahora encapotado por nubes y entrecerró los ojos, ¿que esos alumnos en los expedientes no eran esos que habían alcanzado una beca en las reaudiciones cuando ella se apoderó de la dirección del instituto?

Hace unos días, el maestro chiflado —es decir, Sikowitz—, había llegado a su oficina exigiéndole algo que no era un amumento de salario. Le pidió a la mujer que pusiera más cuidado entre sus «alumnos estrella» y eso hizo Helen diciéndole a Lorain que le trajera los expedientes, pero no entendía el porqué de haber hecho eso. Su mente ahora estaba distraída y algo cansada; era el último trimestre y de verdad que esperaba que se fuera rápido para tomarse unas bien merecidas vacaciones.

Desde afuera escuchó cómo sonaba el timbre del cambio de horas de clase y se preparó para recibir de nuevo en su oficina a Sikowitz.

El estrafalario hombre hizo acto de su presencia sin siquiera tocar la puerta, haciendo que Helen suspirara, eso siempre pasaba cada vez que él iba a su oficina.

—¿Me llamó, directora? —preguntó el maestro, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí, quiero que me explique el porqué me ha mandado a "cuidar" de sus estudiantes —soltó Helen sin rodeos.

—Pues, últimamente han estado fallando demasiado en mis clases y ellos no sen dan cuenta de ello.

Erwin recordó las últimas veces en la semana en las que sus alumnos presentaron obras de teatro como pruebas parciales y algunos ejercicios de actuación. Se los contó todos a Helen con pelos y señales.

Una de ellas fue un día en el que había un clima nuboso que aparcaba todo el cielo. Sikowitz recordaba a los alumnos que en una producción, pasara lo que pasara, no había que salir de personaje al menos que sea requerido y recordó aquella vez en la que llevó a sus mejores alumnos a una velada en su casa.

André fue escogido por el maestro para representar un personaje de un monólogo que había escrito, pero el joven se rehusó —aún cuando se acumulaban puntos positivos que influían en becas universitarias— y todo porque la luz parpadeante del salón de clases estaba fallando a causa de un problema con la electricidad, y más porque parecía aproximarse una tormenta eléctrica. Su papel fue reemplazado con Robbie, quien se ganó los positivos porque representaba muy bien al personaje de un hombre solitario en la vida... que hasta parecía tan real que Sikowitz se arrepintió de sólo ponerlo como un ejercicio de actuación. Ese mismo día, los pronósticos del tiempo habían acertado con que habría una tormenta eléctrica; Jade iba a ser la que haría un ejemplo del género de Angustia, que se estaba reiterando, pero la chica decía que tenía que salir de la clase alegando que iría al baño por un momento; el maestro le dio el permiso, pero su sorpresa fue que la joven terminó tardándose tres horas en el baño de damas, hasta que la tormenta eléctrica cesó. Influyó en su nota del día.

Otros días pasaron casi iguales. Ya casi no mandaba a Tori a hacer nada porque ésta, además de que andaba muy distraída y nerviosa, seguramente pensando en alturas, se rehusaba; Cat ni las escuadras quería tocar en clases de geometría y dibujo técnico porque el isntrumento de trazo tenía las puntas muy filosas, y lo mismo se podría decir con la punteaguda aguja del compás; a Robbie le daba miedo hacer mandados solo, puesto que le habían decomisado a Rex fuera de las horas de sus clases de ventriloquía —ya que el muñeco se había puesto a jugarles unas cuántas bromas verbales a Trina y a Cat—, y eso terminaba por molestarles a los maestros, quienes le bajaban rasgos personales; André por su parte estaba bien, pero cuando habían apagones o era obligado a verse en un sitio oscuro, se desataba su fobia y se ponía tan estresado que hasta conseguía de una forma u otra escapar del colegio, es decir, algo que no era muy normal y que obviamente influía en sus notas.

—¿Y qué hay de Oliver? —inquirió Helen con semblante sorprendido por todo lo que le estaba contando el estrafalario profesor de actuación.

Juh, de él no se podía decir mucho. Entre todos él era el más normal, el que parecía no tenerle miedo a nada y que atendía a las clases sin estar pendiente de las escaleras de la mini tarima, del clima, de que los fusibles del salón no fallaran, de que el timbre sonara y el salón rápidamente se desalojara o de algún objeto puntiagudo, al menos.

Sikowitz se encogió de hombros.

—Él es el peor caso de todos —afirmó.

—¿Por qué lo dice?

Beck Oliver era un joven maduro, algo aislado y de pocas palabras, era el vivo ejemplo del alumno perfecto en clases porque se le notaba su interés a pesar de que su semblante se viese y aparentara ser aburrido; actuaba bien, era uno de los mejores y entraba en las selección de sus «alumnos estrella». Parecía que todo en él estaba bajo control.

—Pero no es así... —dijo Sikowitz.

Hace dos dias, luego de haber dado la última lección que era la del género de Horror, Sikowitz les había propuesto a sus alumnos un trabajo en grupo que constaba en una obra de teatro a base de veinte puntos para el quince por ciento de la nota del trimestre; era una nota ganada para Beck, se dijo Sikowitz, aunque el resultado terminase siendo distinto. El joven había actuado bien, de una forma natural y buena, pero a la hora de recrear el miedo —que era el requisito de la nota que más puntaje valía—, Beck se había vuelto un ocho total.

No recreaba bien el miedo. No parecía real.

Y aunque Sikowitz ya lo sabía de antemano la primera vez que vio a su alumno interpretar un personaje asustado, cuando intentó casustarlo de distintas maneras en casa de Kenan Thompson sin éxito alguno; pero para éstas alturas de la vida Sikowitz estaba seguro de que el muchacho había mejorado, y lo peor es que terminaba influyendo en sus notas perfectas. ¿Cuánto sacó Beck en la obra de teatro? ¡Doce en base a veinte!, ésa era una nota bajísima para el chico; incluso le dio la oportunidad de presentar un remedial de la obra, pero ésta vez él sólo —siendo ya monólogo—, y aún así el joven no logró tener una nota mayor a quince que le impidiera bajar su promedio.

—Pero, ¿los miedos de sus otros alumnos no es lo que les impide superarse? —cuestionó Helen analizando todo.

—Pues sí, pero Beck es distinto, él necesita un miedo si quiere seguir manteniendo sus notas para lograr ingresar a una buena universidad.

Helen se llevó las manos a las sienes y se las sobó.

—¿Y qué quieres que haga? No puedo cuidar a tus alumnos, eso de nada servirá —manifestó la directora.

—Olvídalo, ya no quiero que los cuides, sólo quiero tu ayuda para impedir que se maten mientras planeamos la reunión.

—¿Cuál reunión?

Sikowitz llevó su vista a la ventana y notó cómo las nubes se pintaban de un color grisaceo. Ya iba a comenzar a llover, pero al menos no había pinta de que fuese una tormenta eléctrica. Bien por Jade.

—La reunión que planearemos con los padres de ellos.

La directora frunció el ceño.

—Pero si el asunto es con ellos, sus padres no tienen nada que ver con que estén traumados con fobias distintas —alegó.

—Ya verás, Helen, no es lo que tu piensas. Tú sólo planea la reunión para éste viernes y todo estará bien... ¡no! Mejor déjala para el sábado —se corrigió—, necesitamos soledad.

Helen asintió lentamente mientras veía a Sikowitz pegar su vista hacia la ventana.

—Y otra cosa... —prosiguió el maestro— cómprate cortinas de las gruesas que se usan para los dormitorios, y también una toalla. Ah, y asegúrate de que nadie nos vaya a interrumpir en la reunión, ni siquiera Lorain. Yo me encargaré de rebuscar la radio de mi sobrino en el sótano...

Helen miró al maestro de forma extraña. ¿Por qué era tan necesario todo eso para una simple reunión con los padres? Sikowitz definitivamente estaba raro, y sobretodo porque demostraba un semblante preocupado, ¿tanto le importaban sus alumnos?

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Los días habían pasado luego del último ensayo de la obra de Jade, de la última visita a la enfermería por parte de Cat, de la última vez que Robbie fue ayudante de la cafetería y del último ejercicio de actuación en la clase de Sikowitz donde se exigía que se «viviera» el papel. Exactamente eso fue hace una semana atrás.

Actualmente, los aires de Hollywood Arts se habían vuelto demasiado estresantes e intranquilos con respecto a los desmadres ocurridos con los sobresalientes de la clase. Todos ellos se habían puesto más paranoicos de lo normal. Tori Vega ya no quiere ni subir las escaleras por miedo a las alturas, ya que siempre le recuerdan a aquella mala experiencia de hace días en la gran tarima; André Harris tenía hasta miedo de parpadear por la razón de no querer encontrarse con la penumbra y su abuela siempre terminaba apagándole la luz al dormir, ahora se entendían sus razones; por el lado de Jade West, no quería hablar al respecto, pero en una repentina tormenta eléctrica —algo raro en Los Ángeles, aunque no para ese mes: junio— alegó que iba al baño a «empolvarse la nariz» y tardó tres horas dentro, justo lo que duró la tormenta; con Cat mientras tanto, no quería acercarse ni loca a la enfermería aún cuando la enfermera la hubo convocado para aplicarle la inyección de una buena vez, como no lo pudo hacer la vez anterior ya que Cat escapó de ella; Robbie como siempre cargaba con Rex a todas partes, pero el muchacho se ponía muy paranoico y extraño cuando los maestros intentaban separarlo del muñeco de ventrílocuo.

¿Y Beck? Bueno... a pesar de no tener miedo, entraba también junto a los que fallaban, y se podía ver que preocupaba mucho a sus maestros, a sus compañeros y sobretodo a él.

La campana de la escuela retumbó en todo el edificio dando por finalizada la hora del almuerzo. Tori, quien rebuscaba en su casillero su cuaderno donde apuntaba las clases de actuación, se apuró más en terminarse su jugo de frutas. Cerró el casillero al conseguir su cuaderno y se aproximó hacia el salón de clases ubicado en la planta baja. En la trayectoria se encontró con André con cierto deje nervioso y tuvo la necesidad de preguntar.

—¿Te sucede algo?

André la miró por unos segundos y luego negó con la cabeza.

—No, no... sólo que estoy un poco nervioso, hoy tengo la prueba más difícil en clase de arte contemporáneo —afirmó André.

Tori le creyó, aunque por dentro se imaginara que André había entrado a un cuarto oscuro y no encontró el interruptor de luz. Culpó a su mente por ser tan mala amiga como para llegar a pensar esas cosas, estaba segura de que cualquiera —y más Jade— se burlaría de ella al verla subir y bajar torpemente las escaleras sujetándose fuertemente del barandal con miedo de mirar hacia abajo.

Ambos ingresaron al salón de clases y se sentaron en sus respectivos asientos, notando que dentro ya estaban los demás junto con Sikowitz, quien de manera silenciosa anotaba apuntes en el pizarrón a espaldas de los alumnos. Al aula entera le inundaba un silencio incómodo y sepulcral. No parecía una clase normal de Sikowitz. Eso provocó en Tori un escalofrío, ¿qué estaría planeando el maestro ésta vez?

Jade, quien observaba la ventana y trataba de localizar el cielo nuboso, se giró para ver hacia el pizarrón y arrugó el ceño al darse cuenta de que éste estaba claramente escrita la frase «Género de horror» en letras mayúsuclas y con las palabras doblemente subrayadas.

—Sikowitz, ¿que esa clase ya no la habíamos visto? —cuestionó la morena señalando el pizarrón.

—Haremos un repaso —contestó el estrafalario.

El maestro de repente dio un aplauso fuerte aún de espaldas a sus alumnos, se giró sobre sus talones y los encaró a todos mostrando una sonrisa socarrona que casi se pudo apreciar como sádica.

—Voluntarios —dijo monosílabamente paseando su mirada por toda el aula.

A los sobresalientes de la clase les recorrió un escalofrío en la espina dorsal, anticipando que ya se sentían aludidos. Como siempre eran a ellos a quienes él escogía y ninguno se esperaba que escogiera a otros.

—Jenna, suba al escenerario —demandó Sikowitz aún manteniendo ésa sonrisa.

Todos los alumnos intercambiaron miradas y murmuraron un par de cosas sorprendidos porque Sikowitz no haya escogido ni a Beck, ni a Robbie, ni a Jade, ni a André, ni a Cat y mucho menos a Tori para ejercer el primer ejercicio de actuación del día. El maestro volvió a aplaudir fuertemente para acallar a la clase.

—Vamos Jenna, que pronto habrá cambio de clase —exigió el maestro al tiempo en que la chica se incorporaba a la tarima.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Jenna, una rubia de ojos negros.

Sikowitz bajó de la tarima y tomó la silla que ocupaba la seleccionada, trayéndola de nuevo al sitio en el que estaba.

—Siéntate —la señaló a lo que la alumna hizo caso. De los bolsillos se su pantalón de tela suave café claro sacó una venda y se la colocó en los ojos a la joven—. El género que hoy estamos presentando es el Horror —recalcó la última palabra—. Es un género que se junta perfectamente con la Angustia, el Suspenso y el Misterio el cual recrea un momento en la vida que puede llegar a crisparnos los nervios.

Todos se quedaron callados durante la explicación y miraron minuciosamente cada movimiento que hacía el maestro por miedo a que de pronto se convirtiera en el psicópata Jason y comenzara a desmembrarlos a cada uno.

—Ésta es una dinámica que solía hacer en la universidad junto a mis compañeros cuando nos explicaron con detalle el género —dijo Sikowitz—. Ahora, presten atención.

El maestro se colocó en frente de Jenna y comenzó a agitarla por los hombros mientras decía unas cuántas cosas.

—¡¿A qué le temes?!

—¡A nada, se lo juro! —se defendía Jenna.

La soltó de los hombros pero aún permanecía encarándola a la vista de todos.

—Ahora relájate e imagina que estás en un prado de rosales. Tú sola.

Jenna suspiró mientras se concentraba y balbuceaba—: Las rosas huelen rico.

—¿Qué harías si de pronto ésas rosas te hablaran y vivieran? —cuestionó el maestro.

—Las haría mis amigas.

—¿Y si esas amigas te traicionan?

Jenna arrugó el ceño.

—No las veo capacez de hacerme eso...

—¿Y si toman sus espinas y te las clavan en toda la piel como incesantes cuchillas?

La chica y sus compañeros —quienes también parecían imaginarse ésa escena que Sikowitz le pedía que interpretara en su mente— gimieron. Jenna tragó fuerte.

—¡E-ellas...!

—¿Ellas qué? —la obligó a hablar el maestro. Ésa sonrisa cada vez se volvía más sádica.

—¡Ellas...! ¡Yo... yo! —A Jenna le estaba costando demasiado el expresar palabra. Estaba sintiendo de pronto como si eso de que las espinas de las rosas se clavaran en su piel se hiciera realidad, mientras que era en verdad un lápiz con la punta fina que acariciaba sus brazos desnudos. No lo soportó más— ¡BASTA!

Se quitó la venda de los ojos rápidamente y encaró a Sikowitz quien la miraba sonriente. A Jenna se le crisparon los vellos de la nuca al tiempo en que volteaba hacia sus compañeros quienes estaban igual de asustados y confundidos que ella. Intentó respirar más calmada.

—El género de Horror —prosiguió Sikowitz con su explicación— también puede estar junto al género Psicológico, puesto que el crear un miedo va desde la mente y para los actores inexpertos, el hervirles la sangre y asustarlos, es algo que se tiene que practicar minuciosamente desde la mente. Como he hecho con Jenna.

La chica, con la indicación de Sikowitz, tomó su silla y la llevó hacia su anterior puesto entre sus compañeros para terminar sentándose en ella.

—Y también ésta dinámica psicológica ayuda a que los actores estén más perturbados en el momento en el que comience una escena de horror y suspenso; hace que se le crispen los nervios tanto al actor como al interlocutor.

Tori Vega se removió en su asiento. Si la llamaban a ella y la ponían a pensar en su miedo iba a llorar.

—¿Algún otro voluntario?

Sikowitz sabía lo que hacía. A pesar de que ésa clase ya la había dado dos días atrás, no la había explicado tan detalladamente, y mucho menos había mostrado esa dinámica. Quién quita y hasta podría ayudar a Beck a crearse un miedo antes de la reunión.

Como nadie respondía, el maestro decidió llamar a quien quería desde un principio.

—Beck Oliver, venga.

El joven se aproximó junto con su silla hacia el escenario, sentándose en ella. El maestro procedió a hacer lo mismo que hizo con Jenna. Le colocó la venda en los ojos a Beck y se puso frente al alumno de forma que los demás también pudieran verlos. Todos observaban la escena esperándose cualquier cosa.

—¿A qué le temes? —inició Sikowitz, a pesar de que ya sabía la respuesta.

—A nada.

Todos decían eso siempre, no habían excepciones al menos que alguno ya conociera su verdadero miedo. Sin embargo, las reacciones siempre eran iguales.

—Imagina que estás en un edificio que se está incinerando y estás junto a dos seres queridos: tus mascotas, un perro y un gato. Si sólo tuvieras la oportunidad de salvar a uno, ¿a quién salvarías?

—Al perro —respondió Beck rápidamente.

—¿Y por qué?

—Porque amo más a los perros que a los gatos.

Beck parecía medir las palabras en su mente y soltarlas de manera casi automática.

—¿Pero si descubres que el perro ya estaba muerto luego de que lo salvaras y no tuvieras tiempo de volver por el gato? —cuestionó.

Fue la primera vez en el interrogatorio en la que Beck tardó un poco más en responder.

—Pues los recordaría por siempre.

Sikowitz tenía algo claro: éste chico no le tenía miedo a la muerte. Al menos no conllevaba una de las fobias más inquietantes. Siguió intentando con otros planteamientos, pero el resultado siempre terminaba siendo el mismo en todo momento. Era... imposible ver a alguien que no le tenía miedo a nada, ni siquiera con una dinámica psicológica como la que Sikowitz les estaba dando; ya tenía las dos horas de clases intentando despertar un miedo en Beck con su arma mental.

El timbre sonó de repente y los adormitados alumnos que ya estaban cansados de ver los fallidos intentos de Sikowitz siguieron a su cliché rutinario, cada uno tenía una clase distinta puesto que era hora de asignaturas extracurriculares. André fue el primero que desalojó rápidamente, alegando que tendría un examen importante de Arte Contemporáneo. El maestro miró con el ceño fruncido al alumno que anteriormente permanecía con los ojos vendados irse al auditorio junto a Cat y Tori por sus clases extracurriculares de guitarra. La razón por la que había hecho el ejercicio psicológico era porque pensaba en darle otra oportunidad a Oliver para que pudiera descubrir ése miedo y así poder actuar bien y recuperar esas notas perdidas. Ya era un caso serio el no ver resultados favorables, y no sólo lo decía por él, sino también por el resto de sus alumnos. ¿Cómo es posible que estén bajando sus excelentes promedios por estar tan traumados con simples miedos?

Bueno, decía «simples», aunque sabía de antemano que de simples no tenían nada. Tener miedos era trágico, pero el eliminarlos de sus mentes era un trabajo bastante forzoso. Sonrió con un deje de nostalgia y a la vez demostrando alegría y diversión cuando el rostro de una buena amiga suya se le vino a la mente junto a sus fruncidos labios rojizos, una característica bastante notoria en ella, sobretodo cuando se indignaba y enojaba; ella le había ayudado a superar su miedo al mar.

Recordó de pronto que el sábado de ésa misma semana tendría una reunión con los representantes de sus ahora problemáticos alumnos. Se sentía claramente nervioso, eso lo podría notar hasta un ciego o cualquier otro sin siquiera mirarlo; ¿cómo llevaría a cabo ése plan si ni siquiera se lo había comunicado a quien le iría a ayudar? Todo ese embrollo le dejaba con la mente en blanco a pesar de que sus cavilaciones intentaran buscar una solución que no fuese ésa.

Pero ni modo... la única manera de quitarles los miedos a sus alumnos era ésa, sin más ni menos. Y también la única manera de traumar a Beck sería con su ayuda...

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El sábado se hizo tan rápido como cuando la gravedad de las gotas de lluvia cayendo desde las nubes tropósfera impactaba en el suelo.

Sikowitz se encontraba desesperado. Helen estaba un poco confundida cargando con ciertos utensilios que el maestro le había pedido conseguir; una toalla de color lavanda que Sikowitz inspeccionaba minuciosamente a ver si en algún sitio había un agujero u hoyo, también unas pesadas cortinas oscuras de un grosor comparable con el de la toalla que justo en éste momento estaba colocando, además de la radio que Sikowitz trajo.

La hora citada con los representantes fue claramente a las nueve y treinta de la mañana. Apenas estaban siendo las nueve y cuarto mientras los preparativos dentro de la oficina de la directora se preparaban minuciosamente; al menos era espaciosa y allí dentro cabrían todos los representantes.

—¿Algún problema con la toalla? —quiso saber Helen colocándose frente a Sikowitz luego de terminar de colgar las cortinas.

—No, ninguno —aseveró el maestro mientras colocaba la toalla encima del escritorio de Helen, quien la miró son semblante confundido al notar su cara nerviosa.

—¿Es acaso la primera vez que tienes una reunión con los padres de tus alumnos? —cuestionó a juzgar por su aspecto.

Sikowitz negó con la cabeza y dijo—: No, pero es la primera vez que comentaremos una situación realmente seria.

Helen no logró entender demasiado, ¿qué tan importante era una reunión de padres para comentar sobre la actitud de sus alumnos? No era el fin del mundo, supuso; malo sería que te citaran al representante porque el niño mató a un compañero con una cucharilla del comedor.

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Fuera de la oficina de Helen, se encontraban los nerviosos alumnos de Sikowitz, a excepción de Beck Oliver quien había ido a la máquina expendedora a comprárles sodas a todos. Ya se habían hecho las mil cien horas —once de la mañana— y sus padres no conseguían salir de esa fastidiosa reunión con música incorporada, algo para nada normal en una reunión de aparente seriedad, y menos cuando lo que se escuchaban eran rancheras románticas.

Intentaron irrumpir dentro, pero habían cerrado la puerta de la oficina de la directora bajo llave; intentaron mirar por debajo de la puerta, pero un objeto color lavanda bloqueaba el campo visual e impedía que se escuchara algo; incluso salieron hacia el patio donde se veía claramente la ventana de la oficina, pero estaba cubierta por unas gruesas cortinas, además de estar cerrada.

Parecía ser una reunión de demasiada importancia como para que fuese vista, escuchada o interrumpida. Los seis se temían lo mismo: iban a ser expulsados por sus faltas de disciplina a causa de sus miedos.

—Imposible —dijo Jade—. No nos pueden expulsar por esa tontería.

—La verdad es que sí... Estamos faltando el respeto a la clase entere con los caprichos que nuestras fobias nos hacen relucir —manifestó Robbie.

—Igual, yo me temía que esto un día iba a suceder —musitó Tori a oídos de todos.

—¿Es que acaso siempre le has tenido miedo a las alturas? —inquirió Cat curiosa.

—Sí, desde pequeña —afirmó—. Y aún no sé cómo es que soporto los aviones, debe ser porque siempre le cedo el puesto de la ventana a Trina y me duermo antes de que el avión despegue.

—Bueno, yo siempre he pensado que los miedos son de débiles —intervino Jade—, y ahora me doy cuenta de que yo soy una.

—¡Vamos, tener miedo no es un pecado! —exclamó André— Yo tengo el más común de todos.

Beck hizo acto de su presencia cargando con un vaso plástico en la mano, todos lo miraban espectantes.

—¿Y las sodas? —rebuscó Robbie.

—Olviden las sodas, tengo algo que puede funcionar para escuchar los parloteos dentro de la oficina —dijo Beck por lo bajo señalando el vaso plástico.

Los otros cinco sonrieron y se ubicaron cerca de la puerta mientras el de pelo largo y negro ubicaba la boca del vaso plástico pegada en la puerta y se acercaba para ajustar su oreja a la otra parte.

Dentro de la oficina no se lograba escuchar nada además de las rancheras, parecía que hablaban en murmullos o icnluso entre señas porque todo era inaudible. ¿Qué cosa sería tan importante como para que estuvieran tan callados?

Pero, de repente, algo logró oírse tan claramente que incluso los que no contaban con un vaso plástico pudieron alcanzar a escucharlo, aunque no claramente, habían demasiadas interrupciones.

¡¿Ha dicho... Mrs... —música— Wel... —voz de Vicente Fernandez— ding... —una sonora trompeta— vont?!


Bien, decidí dejárselos hasta aquí y tengo mis razones: es que ahora se viene lo bueno, créanme, y en serio tuve que cotar para dejar suspenso e.e

En fin, comentando un poco el capítulo... Acá se puede notar la preocupación de Sikowitz por sus alumnos y las consecuencias que están creando estos miedos sin saber cómo los pueden afrontar; tan alarmado está nuestro Sikowitz que quiso darle una tercera oportunidad a Beck de mostrar miedo, pero es que él en serio es un imposible. Ésa dinámica psicológica la cree yo xD, la verdad es que tiene un poco de lógica sacar todo con la psicología inversa —así me han sacado unos cuántos secretos a mí. ¿Y qué hay de ésa reunión? ¿Tan importante es que tuvieron que poner una toalla bajo la puerta para que nadie espiara? Cielos, sí, ya sabrán luego por qué, pero no les aseguro que para el próximo capítulo, por ahora sacíen esa curiosidad con chocolate -u-. ¿Y qué —o mejor dicho— quién demonios es "Mrs. Wel-ding-dong-blah-blah", o eso que escribí? ¡Juh, eso lo sabrán muy pronto! Por otra parte, me gusta Helen como directora *u*, en un principio de veras que no me gustaba, pero en éste fic por ejemplo lucía más Helen que Einkner.

Gracias a todos por sus comentarios y por felicitarme en mi cumpleaños, de verdad me alegraron el día, ¡awww! Y con respecto al comentario del Guest... je, je... parece que adivinaste, pero lo dejé claro el capítulo anterior, para eso falta mucho todavía.

Otra cosa, lamento haber tardado —porque tardé, ¿verdad? Sí, no respondan eso xD—, es que tenía planeado subir el capítulo el martes, luego de haber pasado ocho días desde que subí el primer capítulo, pero tuve tres razones increíbles para excusar mi retraso: la primera, el idiota, feo, estúpido y malvado Wi-Fi que da a la casa de mi abuela —el cual me robo porque no tengo internet aún xD— ha estado fallando todos estos días (jo, ¿no lo pudo hacer cuando estaba en clases agonizando por tener una laptop propia ¬¬?) y eso me impidió subir el capítulo a penas lo temriné T~T. De verdad disculpen si se lo esperaban antes, ¡pero ya qué! Lean gustosos y comenten. La segunda es que ¡fanfiction se está volviendo loco! Me pone tooodo el fic en negrita y tengo que editarlo por HTML y eso de verdad me hace rabiar como no tienen idea. Y la tercera es que fui tan flojonaza que no temriné el capítulo sino hasta el viernes, además de que el fin de semana tuve mi fiesta de cumpleaños *u*... por cierto, otra vez, ¡muchas gracias por sus felicitaciones, en serio! Les mando un beso virtual desde acá :*.

En fin, ya terminé de escribir el Capítulo III, les prometo no tardar al subirlo, quizás y lo publico éste mismo viernes con la fe de que el Wi-Fi no me falle; comenzaré a escribir el IV para entonces. Yo me voy, pero regresaré pronto. En fin, ¡chaaaao :D!

Los quiere Ayu.