—Disclaimer: ¡Vamos!, aún soy menor de edad como para ser dueña de una serie como Victorious —la cual pertenece al ídolo Dan Schneider— y como para ser la dueña de la saga de Escuela de Frikis —de Gitty Daneshvari, gran escritora. Hago éste fic con el único fic de expresar mis deseos.
Escuela de Frikis
•·.·´¯`·.·•
ღ
•
•
Capitulo IV: Ocúltalo
"Siempre se ha de conservar el temor,
mas jamás se debe mostrar"
—Francisco de Quevedo—
—Mamá —Tori Vega al hablar, buscó la mirada de su madre quien estaba absorta en su rutina de ejercicios diarios de Wii Sports.
Holly, quien mantenía el volumen del televisor en un nivel alto, ignoró el llamado de su hija, o simple e inocentemente no lo escuchó. La menor de las mujeres Vega se removió algo incómoda en el sofá.
Era un frío sábado por la noche, el mismo sábado en el que su madre y padre asistieron a la reunión de su maestro y directora. A pesar de que esperaba que sus progenitores entablaran el deseado tema de conversación sobre lo ocurrido durante la reunión, parecía que éste nunca iba dar inicio. Su madre inocentemente rehuía el tema, su padre estaba atendiendo un asunto del trabajo referente a un asesinato en el despacho de la casa, alegando que no tenía «tiempo» para charlar de eso. Por su parte, Trina se estudiaba en su cuarto el guión de la actual obra en la que actuaba como protagonista, la cual era la misma que había escrito Jade.
Ella mientras tanto esperaba el momento preciso para encarar a su madre y poder comenzar a tocar el tema de la reunión. A pesar de que Tori no era muy buena leyendo las expresiones y sentimientos de los demás, podía notar a Holly algo incómoda y preocupada. Suspiró con pesadez, lo cual aún no logró llegar a oídos de su madre.
—Mamá —hizo otro intento de atraer su atención cuando ésta terminó de hacer unas cuántas sentadillas y estiramientos.
La aludida por fin atendió a su hija, volviéndose hacia su rostro intranquilo y curioso. Holly supo al instante de lo que Tori quería hablar. Tomó el control del televisor y lo apagó.
Tori inhaló suficiente aire para poder cuestionar su mayor temor; aunque sabía que de eso no se había hablado, quería dar tiempo y hacerle creer a Holly que ella estaba totalmente ignorante del conocido tema de la escuela de Farmington.
—¿Me expulsaron? —inquirió en un tono de voz forzosamente agudo, mismo que usaba cuando se esperaba lo peor.
—No, cómo crees —contestó Holly con un deje de relajo en sus palabras. Hablaba de manera casual, como si el estrés y los nervios no estuvieran presente. Todo eso era sólo una máscara comparado con el semblante que cargaba la mayor ahora, Tori lo sabía y lo podía ver fácilmente en las facciones de su rostro.
—¿Entonces?
Holly suspiró.
—Hija, ¿no crees que deberíamos esperar a tu padre para conversar esto juntos?
—Holly, por Dios, él es el primero que quiere evitar éste tema —bufó.
No entendía el porqué de ése secretismo tan intenso que querían guardar sus padres con respecto a la escuela adonde seguramente la enviarían. Eso le molestaba, porque primero no habían confiado en ella para decirle el sitio al que llevaron a Trina años atrás con los problemas de su fobia, ¿y ahora prentenden verle cara de tonta ignorando el hecho de contarle la verdad del asunto, el cual, por error y casualidad de la vida, ya conocía?
¡Por Dios! ¡Ni siquiera cuando charlaron del tema de la pubertad y la adolescencia le vinieron con esos rodeos inmaduros!
—¿Por qué no puedes decirme? —interrogó la menor cruzándose de brazos.
Holly le dedicó una mirada comprensiva y fue su turno de inhalar aire y botarlo en un suspiro.
—Tori, supe de tu miedo a las alturas desde que quisimos mudarnos de aquel barrio lujoso de Santa Mónica —confesó—. Tú tenías miedo de que nos mudáramos a uno de esos edificios altos de Los Ángeles, y sacrificamos un año en el que pudimos volver a crear un hogar fuera de las cientas cajas de mudanza por ti, porque odiabas la alta vista del acogedor departamento que estuvimos por comprar, y todo eso hasta encontrar una casa sin demasiadas elevaciones acá en Hollywood Hills.
—No por eso tenía miedo a las alturas —espetó Tori a la defensiva—. Sólo odio los edificios, siento que me ahogo sin un jardín o ventanas en cualquier lugar de la sala, recibidor, cuartos y cocina.
—Entonces tienes claustrofobia, hija —consideró Holly.
La menor frunció el ceño y exclamó—: ¡No! ¡Yo no le temo a nada de eso!
La madre ignoró el último comentario de su hija y prosiguió—: A tu maestro no le agrada que tengas miedo.
—Mamá, yo no tengo miedo...
—Tori, sabes que lo tienes. Nunca te han gustado las alturas, y me han contado ciertos problemillas que has tenido por falta de concentración.
Tori frunció el ceño.
—¡Bueno pues, qué tiene de malo que no me gusten las alturas—!
—Que les tengas miedo —corrigió interrumpiéndola.
—¡Lo que sea! Eso me hace humana, mamá —exclamó en voz alta. Miró la cara preocupada de su madre y suspiró, había subido demasiado su tono de voz; trató de serenarse un poco—. No es raro, ¿verdad?
Holly negó con la cabeza y observó de nuevo a su hija mirar con frustración hacia uno de los rincones de la sala.
—Tori ese miedo hay que eliminártelo —consideró—, afecta demasiado tus estudios y el buen rendimiento que has llevado está bajando, y eso que apenas ha pasado una semana desde el «incidente» del que me habló tu maestro.
El momento de la verdad estaba llegando, la menor podía sentirlo.
—¿Cómo será eso? ¿Psicólogos? ¿Psiquiatras? ¿Hipnosis? —anticipó Tori como quien no sabe del tema. Lucía escéptica.
—Nada de eso —aseguró Holly con una cálida sonrisa que ante los ojos de Tori pareció enigmática.
La joven Vega entrecerró los ojos viendo cómo su madre tomaba una carpeta azul que le había visto cargar consigo después de la reunión. Con algo de impaciencia y, tal vez, nerviosismo, Tori terminó por cerrar sus ojos y contener profundamente todo el aire que sus pulmones apenas llegaban a soportar.
—¿Me enviarán al mismo lugar al que enviaron a Trina?
Si hubiese estado tomando alguna bebida, Holly la hubiera escupido a una longitud tan lejana que seguramente terminaría dándole en el ojo a alguien, y no precisamente a su hija frente a ella. Severamente la miró y Tori entendió que la mujer exigía una inmediata explicación de todo el asunto.
Enmudecida y conteniendo un poco del aire aún, Tori jugueteó con sus manos mientras recordaba cómo había sido todo el asunto de la misteriosa escuela, que por primera vez había sido mencionada por boca de sus padres hace unos tres años atrás. Suspiró pesadamente sin poder seguir manteniendo el aire en sus pulmones.
—Los escuché a ti y a papá hablarle de eso —declaró—, también oí atentamente la parte en la que le prohibieron hacerme comentario alguno.
Holly mostró un semblante preocupado llevándose los dedos al puente de la nariz, pellizcándoselo un poco.
—Dime que no le contaste a nadie de esto.
—Tranquila, si le dijeron a Trina que no me dijera nada, yo no iba a soltar el chisme a nadie —aseguró—. Pero, en fin, ¿de qué va todo eso? ¿Por qué nunca me lo dijeron?
La cara de Holly se serenó un poco, pero aún mostraba esa preocupación que Tori no entendía por qué la seguía teniendo.
—Estamos vigilados... por él.
De la carpeta azul que tenía en manos, Holly sacó una hoja de papel con una fotografía donde se mostraba a un hombre con muy poco atractivo físico, que sólo le hizo a Tori estremeserce, junto con un nombre subrayado con resaltador azul: «Leonard Munchauser».
—¿Quién es él?
—Sólo digamos que bueno no es.
Tori frunció el ceño.
—¿Acaso es un sicario?
—No, es abogado.
•·.·´¯`·.·•
—... Y es por eso que te enviaremos con Edith, cariño —culminó Mrs. Shapiro y mirando la cara de horror que había puesto recientemente su hijo suspiró.
—¿Te has vuelto loca? —bramó Robbie con espanto— ¡Esa tal Edith no-sé-que-cosa tiene apellido de hija o tesorito de gángster! ¿Te has puesto a pensar también en las probabilidades de que pertenezca a una secta tan loca y demente como esos tales mormones? ¿Y qué tal si—?
—¡No grites! —imploró Mr. Shapiro interrumpiendo el parlamento de terror de su único hijo mientras masajeaba sus sienes y cerraba sus ojos fuertemente, como si así controlara un poco el estrés.
—¡Por Dios, Robbie! Los mormones pertenecen a una respetada religión, no a una secta, ¡sólo escúchate diciendo esas locuras! —espetó la mujer de la casa— Hijo, te aseguro que la directora de la escuela no es nada de eso que piensas. Es más, puedo asegurarte que la estadía allí será como un campamento.
—¿Un campamento, dices? —chistó Robbie— ¡Vamos, mujer, ya no soy un niño!
"No parece", hubiese agregado Rex, pero Robbie lo había dejado reposar sobre una silla en su cuarto mientras conversaba con sus padres lo sucedido en la reunión de la mañana.
—Santo Dios, mujer, haz que no grite... —clamó el padre de Robbie en un susurro.
—Cariño, es por tu bien —Mrs. Shapiro mientras tanto, trataba de convencer a su hijo de todas las maneras posibles.
—¡Sólo lee las reglas, no me permiten llevar a Rex! ¡No es justo!
Los padres se miraron por un momento y entornaron los ojos. La madre de Robbie se volvió de nuevo hacia su hijo planeando mentalmente un nuevo intento de convencerlo.
—¿Prefieres seguir con ese miedo y ser dependiente —Del bolsillo de su falda de ejecutiva ceñida a la figura sacó su teléfono celular. Buscó en la galería una foto en específico y se la mostró a su hijo; en ella se podía ver un perfecto convertible de color rojo— o ser independiente y tener un lindo auto nuevo?
A pesar de que se encontrara babeando ante la imagen frente a él en el celular de su madre, Robbie frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—¿Qué tal el convertible nuevo y tu propia tarjeta de crédito? —tentó el mayor de los hombres enarcando las cejas.
—Bien —accedió Robbie ocultando perfectamente su gran emoción. La actuación al final le había servido de algo.
Hora y media después, frente a él se hallaba su laptop con una imagen de una Cat acariciando su jirafa de peluche en medio de una oscura habitación. Luego de hablar con sus padres, había ingresado a la página de TheSlap cuando recibió un mensaje de Cat diciéndole que se conectara.
Conversaron principalmente acerca de la esperadísima —y retrasadísima— charla con los padres acerca de la reunión en la escuela. Ambos dijeron lo mismo: los tipos estaban locos en enviarlos a un Bosque Perdido —en plan literal— y hacerlos ver a una mujer que ellos ni pajolera idea sabían qué les harían. Y todo por sus miedos inofensivos...
Sí, claro, sobretodo eso. En lugar de inocentes y tranquilos miedos pasajeros eran fobias traumatizantes que ellos ni sabían que tenían con los años hasta ahora que los descubrieron, casualmente, el mismo día en la misma escuela. Menos mal que no fue dentro de un círculo espacioso específico en el instituto, porque de ser así ya se imaginarían que todo eso estaba macabramente planeado por la mente sádica de algún ser viviente.
Cat arrugó un poco la nariz cuando Robbie le contó toda la conversación que él tuvo con sus padres. La verdad fue que no le pareció muy bien la manipulación por parte de sus progenitores —aunque con ella hicieron lo mismo—, sólo con eso tendrían todos los puntos a su favor y únicamente los orgullosos y seguramente humildes saldrían ilesos, a pesar de que les carcomieran las ganas de recibir en manos tales beneficios que supuestamente ofrecían los mayores.
—«Perfecto, entonces comencemos los trámites», así mismo dijeron los míos también —citó la pelirroja.
Dentro del videochat, estaban únicamente ellos dos conversando. Robbie apoyaba las manos en sus rodillas flexionadas al nivel de la cara cubiertas por su pantalón de pijama color rojo mientras estaba sentado en su cama. Observaba con atención el rostro un tanto preocupado de su amiga mientras acariciaba el lomo de su jirafa de peluche; tras ella un escenario oscuro se asomaba, no era nada parecido a su alumbrada habitación rosa en todas sus tonalidades —en su mayoría los muy nombrados coloquialmente: pálido, pastel, cremoso y chicloso.
—Cat, ¿dónde estás?
En ese momento el timbre de la videollamada retumbó en la pantalla de Cat, haciendo que la chica no pudiera responder a la pregunta de su mejor amigo. Desde su propio monitor y laptop, Robbie alcanzó a escuchar el mismo irritante sonidito que tenía la página para cuando otra persona pedía entrar al videochat. El muchacho tuvo la necesidad de preguntar de quién se trataba, pero el nuevo usuario había ingresado dentro del chat inesperadamente, parecía ser que Cat lo aceptó sin consultarlo con su amigo, eso no le molestaba demasiado a Robbie, pero sí lo hacía; él quería pasar más tiempo de calidad con la pelirroja, a pesar de que era por un simple videochat.
La melena castaña se asomó en la pantalla con la intensidad de las luces de un estadio del mundial FIFA, lo cual terminó por calarle la vista al moreno de rizos que hasta ahora estaba calmado sentado con las rodillas en dirección a su rostro. Cayó cómicamente a la cama asustando a Rex quién hizo de abrir sus ojos de muñeco, que simulaba estar durmiendo.
—Lo siento amigo —susurró Robbie a su títere mientras se volvía a incorporar en la cama en la misma posición de antes. Observó con atención la imagen del nuevo integrante del videochat, necesitando de entrecerrar los ojos para verlo bien.
André en pantalla casi ni se veía. Estaba rodeado de tantas lámparas y linternas, además de estar muy próximo a la luz parpadeante de su habitación mientras usaba un sin fin de pulseras, anillos y collares plásticos que brillaban en la oscuridad. Decir que Robbie estaba encandilado era poco.
—¡Holiiiiss! —Cat no esperó para saludar a su amigo como se merecía. Al contario de Robbie, a ella no le molestaba mucho a luz, a pesar de que parecía estar en la penumbra total.
—André, ¿por qué cargas todas esas luces? —Lo mismo hizo Robbie, no esperó para preguntarle a su amigo sobre lo que veía.
El de piel morena asomó su cara entre las linternas que mantenía abrazadas a su cuerpo y contempló a sus amigos con semblante asustado y paranoico.
—¡La bendita lluvia ésta quiere causar un apagón! —explicó con miedo señalando la luz del foco de su habitación parpadeando tras él— Menos mal que estoy preparado —suspiró, ahora mostrando más sus linternas y accesorios alumbrantes en su cuello, muñecas y dedos.
—¿Está lloviendo por tu casa? —inquirió Cat porque, evidentemente, por su dirección no llovía.
—Sí y, según el meteorológico, también por casa de Jade.
—Pareces parque de diversiones de Tokio —asimiló Robbie—. Aunque pensándolo mejor... Pareces toda Tokio.
André hizo caso omiso al comentario de Robbie cuando escuchó retumbar un trueno fuera de la casa.
—Ay Dios, ¿cómo estará Jade? —musitó, aunque ambos interlocutores le oyeron.
—Oye, ¿dónde compraste esas baratijas que alumbran en la oscuridad? —inquirió Cat hacia el músico.
—Ah, pues fue en— ¡AAHAAAAA! —Un grito asustadizo salió de la boca de André antes de decir el sitio donde adquirió sus preciadas pulseritas— ¡Cat, por Dios!
¡¿Dónde demonios estás?!
Ambos interlocutores observaron la reacción del músico confundidos pero luego el ventrílocuo entendió, es que Cat andaba tras una penumbra de lo más oscura.
—En el armario de mi casa —contestó tranquilamente, como si el hecho mencionado fuese el más normal de todos.
—¿Qué haces allí dentro? —cuestionó Robbie, al que le volvía la curiosidad acerca del sitio donde se encontraba su amiga.
—Espero a que me encuentre mi hermano. Estábamos jugando a las escondidas y a él le llegó su turno, mientras me oculto aquí.
—¿Y hace cuanto estás allí dentro? —preguntó André— ¿Te presto uno de mis anillos? —Extendió su mano a la pantalla.
Robbie abrió sus ojos como platos al darse cuenta de algo curioso: desde que estaban hablando por videochat, Cat había estado en el mismo sitio oscuro, y eso desde hace hora y media.
—Pues... —se llevó los dedos al nivel del mentón de manera pensativa, al mismo tiempo abrazando a su jirafa— hace como unas dos horas.
André y Robbie se hubiesen visto las caras extrañados de no ser porque estaban en un simple videochat y más bien parecía que viesen a otro lado en lugar de sus propias reacciones.
El ventrílocuo suspiró y decidió cambiar el tema.
—André, ¿qué hacías antes de videochatear, además de preparar tu equipo-anti-oscuranas-al-estilo-Tokio?
—Pues... hablé con mis padres sobre ya-saben-qué —recalcó la última frase en un susurro. Parecía que a él le habían contado otra versión de la historia que los otros dos desconocían, puesto que el semblante semi relajado de André cambió radicalmente, ahora lucía más preocupado y cuidadoso.
—¿Pasó algo? —Cat tuvo la necesidad de preguntar inocentemente, sin captar demasiado la obvia indirecta— ¿Qué es eso "que-ya-sabemos"? ¿Por qué hablas en enigmas?
—Habla del campamento, Cat —esclareció Robbie—. Pero, ¿pasó algo?
—¿Acaso no se los dijeron?
Ella y Robbie negaron con las cabezas sin comprender. Uno fruncía el ceño exigiendo explicaciones al respecto y la otra lucía muy normal.
—¿Decirnos qué?
André bajó las linternas de sus brazos y dejó que ambos vieran con más contraste —por no decir claridad, que antes tenían demasiada obstaculizando— su rostro con cejas fruncidas.
—Me refiero a lo de mantener lo del campamento en secreto.
Robbie y Cat se hubiesen mirado con caras confundidas, pero ya sabían que eso se vería raro en un videochat.
—Creo que olvidaron ese insignificante detalle —comentó Robbie—. ¿Por qué?
—Porque hay alguien que vigilará cada uno de nuestros pasos a partir del momento en que nuestros padres nos inscriban —esclareció André.
—¿Y más o menos por qué?
—Porque según la directora del campamento lo exige —afirmó—. Parece que a la señora no le agradan las visitas.
—¿Entonces por qué tiene un campamento casi secreto para los que tienen fobias si no le agradan las visitas?
André se encogió de hombros mientras un trueno retumbaba fuera de su habitación.
—Oigan, ¿llamamos a Jade?
•·.·´¯`·.·•
La lluvia no la dejaría dormir esa noche.
Odiaba cuando el pronóstico se equivocaba y resultaba que sí habría una tormenta eléctrica como ella esperaba. Menos mal que tenía los cascos con música metálica a todo volumen para no escuchar los truenos, pero los rayos, lastimosamente, los tendría que ver porque ni los ojos podía cerrar.
No era gran amante de la música metálica, pero era la única suficientemente fuerte que tenía en su repertorio de música que le impedía escuchar a los truenos retumbar con tan sólo colocarse los cascos en sus orejas.
En esos momentos mataría por tener la compañía de alguien para no sentirse sola y temerosa en aquel oscuro armario semi abierto de su habitación, pero sus padres estaban atendiendo asuntos del trabajo y la dejaron dentro de aquella inmensa soledad en casa. Por un lado agradecía que nadie veía cómo las lágrimas descontroladas salían de sus ojos; decía descontroladas porque no estaba ni hipando, sollozando ni gimoteando. El concepto de «los ojos me sudan» comenzaba a tener un efecto bastante literal, porque en realidad ella no quería llorar. Ella era Jade West, no cualquier muchacha que se encerraba a llorar por su más grande miedo, no. Jade sólo se encerraba en su cuarto, corría a su armario y en lugar de llorar, se reprimía su debilidad mientras agua de desconocido origen —seguro sudor, sí... debe ser— chorreaba su rímel.
Cerca de ella pudo sentir la vibración de su Pearphone moverse a la proximidad de su pierna. Con algo de temor entreabrió un poco más la puerta del armario y observó afuera en dirección a la ventana cerrada de su habitación. La cortina estaba corrida, por lo tanto no podía ver muy bien si afuera la lluvia seguía precipitando, por lo que decidió ser cautelosa al bajar el volumen de su música metálica y estar atenta al sonido de las gotas de lluvia dar con el suelo. Ellas seguían ahí, pero ya no estaban tan fuertes como hace unos instantes.
Una luz enceguecedora parpadeó dentro de su habitación por microsegundos, lo que hizo que Jade respingara y al instante se metiera de nuevo dentro del armario, volviéndolo a cerrar más, como antes estaba. Su respiración se agitó de repente y se quedó viendo al punto fijo de la apertura entre su armario, donde su habitación se mostraba en completo orden. Subió el volumen de la música una vez más sin esperar el sonido del trueno, mientras que con rabia se volvió a limpiar las lágrimas que caían de sus ojos.
De nuevo la vibración cerca de su pierna se hizo presente y ella volvió su vista, que antes observaba cautelosamente fuera del armario, al objeto del que procedían los movimientos. Tenía dos mensaje de Cat. En el primero le pedía que se conectara a TheSlap e ingresara a su videochat. Rió sin ganas. No salía del armario para buscar comida para sí misma y mucho menos lo haría para buscar su laptop y conectarla por ella... A pesar de que por teléfono podía hacerlo.
Frotó la pantalla con sus dedos así logrando abrir el segundo mensaje. En él insistía en que Jade lo hiciera ahora mismo. Frunció el ceño mientras cerraba la mensajería e ingresaba a la página desde su celular. No supo en qué momento se dio cuenta de que en su cara habían indicios de que «los ojos le sudaban» cuando ya había ingresado en el videochat con una autorización aceptada, seguramente por parte de Cat.
—¡Holiiiss, Jade! —se escuchó la vocecilla de Cat desde el celular mientras que la imagen de la chica pelirroja en su pantalla movía la mano de un lado a otro en forma de saludo.
Jade dejó el teléfono en el piso y le bajó un poco a la música metálica, puesto que sumándole los griteríos de su amiga, terminaría sorda. Al menos seguía sin escuchar los truenos y lo agradecía.
—¿Jade? ¿Estás ahí? —inquirió una voz muy parecida a la de Robbie, cosa que preocupó a Jade aún más porque la vieran con semejante rostro.
—S-sí —argumentó West fuertemente para que pudieran escucharla, sin evitar que un tartamudeo, provocado por la precipitación y los nervios, se escapara de su boca, mientras que con un dedo tapaba la cámara frontal de su Pearphone—. Sólo que la lente de mi cámara tiene unas fallas últimamente —mintió al mismo tiempo que rebuscaba en el armario un bolso de mano en el que siempre metía una cosmetiquera.
—¿Y eso? —volvió a preguntar Robbie— ¿Se dañó?
—Eso creo —dijo Jade sin apartar el dedo del lente con algo de dificultad—. ¡Bingo! —masculló con una sonrisa en el momento en el que escontró su cosmetiquera.
—¿Dijiste algo, Jade? Parece que la bocina también le está fallando —alegó una tercera voz dentro del videochat, la cual sonaba como André.
Soltó el teléfono sin pensarlo.
—¡Maldición! —exclamó.
—¿Jade? ¿Sigues ahí? —preguntó Cat con algo de preocupación— ¿Qué fue ése sonido?
—Nada.
Por suerte el cable que extendía los audífonos era lo suficientemente largo como para no haberlos jalado junto con el teléfono al caer.
—Oye Jade —dijo André—, ya parece que funciona el lente de tu cámara porque puedo verte.
Un escalofrío corrió la columna vertebral de Jade cuando escuchó esas palabras salir de la boca del músico. Rápidamente rebuscó entre su cosmetiquera algo que pudiera salvarla de que vieran con más atención su rostro y lo halló, una toalla desmaquilladora. Sin mucho cuidado la soltó y cayó justo en la lente de la cámara frontal, para su suerte.
—Se volvió a ir la imagen —dijo Cat algo desilusionada, al mismo tiempo demasiado inocente como para no darse cuenta. Jade lo agradeció.
Rápidamente buscó otra toalla desmaquilladora y se la pasó por donde el recorrido de las lágrimas negras había caído mientras se miraba por el espejo que tenía en una de las puerta de su armario. Se había visto en necesidad de entreabrirla más para hacer que en el armario entrara un poco más de luz. Ya con la cara algo limpia simplemente se retocó unas pocas partes de su cara sin tocar demasiado los ojos, a los que les había eliminado la sombra por completo, pero sí se repasó la raya de estos por lo menos.
Mientras sus amigos hablaban entre sí, Jade aprovechó para quitarse uno de los cascos y estarse atenta al sonido de la lluvia, cada vez más sereno. Supuso entonces que la tormenta había parado porque sólo lloviznaba, pero eso no aseguraba que los rayos no podrían estar ahí presentes. Sin embargo se arriesgó. Tomó su teléfono en manos y quitó la toalla desmaquilladora de la lente, volviéndose a reencontrar con sus amigos en el videochat, quienes al fin pudieron ver la imagen de su rostro con más nitidez. Entonces salió del armario, cerrándolo tras de sí y se quitó los audífonos de sus oídos, desconectándolos también de su Pearphone.
—¡Jade! —exclamó Cat— Ya se ve tu imagen. ¿Arreglaste la cámara?
La morena forzó una sonrisa y asintió.
—¿Para qué me querían? —inquirió rápidamente.
—Sólo queríamos preguntarte algo —afirmó Robbie.
—¿Tus padres ya te lo dijeron? —preguntó André ésta vez.
Jade volvió su vista a algo que brillaba de más dentro de la pantalla de su celular, dándose cuenta de que era el mismo chico que acababa de formular una cuestión. Arqueó las cejas confundida, pero cayó en cuenta del porqué estaba así al darse cuenta de que detrás de él la luz que parecía ser la de su habitación titilaba.
—¿Se refieren a lo de la reunión?
—Sí —contestaron sus tres interlocutores casi al mismo tiempo.
Asintió frunciendo un poco el ceño. Recordar la regañina que le dio su padre al enterarse de que ella era temerosa de los rayos le provocó hacerlo. Más sermones se había esperado de ahí en adelante, pero cuando le comentaron del misterioso campamento aquel de Farmington —y no la escuela militar de Miami— junto con el apoyo de madre y padre para que acabara con su miedo, casi hizo que estallara en risas sin poder creer lo que sus ojos veían. ¿Su padre apoyándola? De su madre tal vez, ¿pero de él?
—¿Y qué opinas? —cuestionó André.
—Es estúpido —consideró—. ¿Enviarnos tan lejos por miedos? ¡Por favor!
—Pues yo pienso que es genial —Típico de Cat, pensó mientras la veía sonreír—. Puede ser divertido.
"Sí, claro", quiso agregar Jade dejando notar su sarcasmo, pero se ahorró el comentario mientras comenzaba a hablar trivialidades con los del videochat. Dando por terminado el tema del campamento.
•·.·´¯`·.·•
Por el lado de Beck, a él nunca le agradó del todo la «genial» idea de sus padres de mandarlo a una escuela de miedo. Cuando su madre se le aproximó a la alberca y le anunció que dentro de poco lo enviaría a Farmington para inculcarle una fobia, ya que según actuaría mejor en clases, él casi estalla en carcajadas al no podérselo creer. Su cerebro en ese momento estaba prácticamente dormido; quizás había intercambiado de lugar con sus pies sumergidos en la piscina, impidiéndole procesar la información que su madre le acababa de dar.
Una y otra vez se zambulló en lo más hondo de la alberca y aguantó la respiración, seguidamente sacó la cabeza del agua y respiró profundamente cinco veces seguidas, después de eso se talló unas pocas veces los ojos y observó su entorno. Sólo para así intentar darse cuenta de que lo que estaba viviendo era real y no una mentira. Recordaba la conversación que tuvo junto a su madre minutos atrás y con ganas de estallar en una histérica carcajada, repetía lo mismo.
—¿Es en serio? —chistaba Beck. Miraba a los ojos a su madre intentando encontrar la burla en ellos, pero no había— ¿Me enviarán porque no le temo a nada?
—Recuerda que es por tu bien, cariño —decía Mrs. Oliver—. Así no fallarías tanto en esas clases.
Beck bufó una vez más tras meditar sobre eso. La última vez que lo había hecho seguía en la alberca de sus padres, viendo a lo lejos cómo unas nubes se aproximaban encima de él; ésa vez no se sumergió bajo el agua para comprobar de nuevo si era real lo que su madre había dicho, se ahorró la acción yéndose a dormir a su cámper.
Una semana y media después, en la que los representantes de él y sus amigos se encargaron de los tantísimos y exigentes trámites de inscripción a la Escuela de Mrs. Wellington, Beck y ellos se hallaban juntos abordando una avioneta —en la que mágicamente cabían los seis chicos junto con sus padres y maestro de actuación incluidos, más el piloto, por supuesto— con destino a Pittsfield, para después tomar un autobús que los llevaría a Farmington, puesto que el pueblo donde se encontraba la escuela no contaba con un aeropuerto.
Éstos trámites constaban de una planilla en la que estaban sus huellas dactilares, junto con centenares y largos tests con títulos peculiares y extraños en los que se estudiaban a los padres para comprobar si tenían alguna enfermedad o efecto de demencia, bipolaridad o paranoia. Y lo peor del asunto, todo era nada más y nada menos que por correo. Los jóvenes chicos de vez en cuando se ofrecían a buscar la correspondencia al salir de clases para ahorrarles el largo viaje a sus padres, puesto que la mayoría de ellos tenía que pedir permiso en el trabajo para atender los asuntos de la Escuela de Wellington, sino, al salir del trabajo debían calarse el estresante tráfico de Los Ángeles para así poder buscar las cartas.
La razón de realizar los trámites por correspondencia era porque la directora evitaba el desvelar la identidad de sus trabajadores y socios antes de la admisión de los jóvenes. Quizás los representantes estarían ignorantes de Edith y sus secuaces, lo que no sabían era que ellos en lugar estaban muy al tanto de cada uno de sus movimientos, vigilando que no hicieran voceo de la Escuela secreta, sobretodo. Si por casualidad de la vida durante estos asuntos se conocía que la "fidelidad" que se firmaba automáticamente al comenzar los trámites era rota, Wellington se vería en completa necesidad de rechazarlos a ellos y a sus hijos para la admisión a su escuela, mientras que los abogados de la señora, Munchauser padre y junior, se encargaban de silenciarlos a ellos con una "cálida" demanda de advertencia.
Muchos antiguos alumnos pasaban a ser cómplice de Edith y Munchauser, claro, siempre y cuando evitaran a toda costa susurrar alguna corta frase sobre lo que se había vivido dentro de la Escuela y fuera de ésta también. En el caso de los seis jóvenes de Hollywood Arts, ellos podrían conversar de ello, mientras fuese un lugar completamente aislado de la gentuza chismosa.
Tori Vega se hallaba dormida luego de haberse medicado una pastilla de lexotanil dos horas antes de abordar. David, su padre, se había encargado de llevarla en su espalda cuando se comenzó a arribar la avioneta, también se hizo cargo de dejarla caer en la primera silla que se encontrara en su camino, mientras ésta dormía plácidamente desde hace rato.
El vuelo duraba aproximadamente cinco horas y apenas habían pasado las cuatro. Ellos arribaron la avioneta a las ocho y media, por lo tanto llegarían a eso de la una y media de la tarde; hora de Los Ángeles. Con el cambio de horario entre California y Massachusetts, el cual es de tres horas de diferencia, estarían en Pittsfield tocando las cuatro y treinta. Sin embargo, tendrían que soportar otros cuarenta y cinco minutos aproximados de viaje en carretera dentro del autobús para poder estar en Farmington, eso sin hablar de la llegada a la montaña de Summerstone, a la cual tendrían que recorrer otro vía de no mas de quince minutos, con suerte menos. Por lo tanto, estarían en la Escuela alrededor de las cinco de la tarde.
Para Beck y sus amigos estaba resultando tedioso el viaje. Al menos la pobre Tori dormiría quizás hasta que estuvieran en Pittsfield, esperando contar con la suerte de que no se despertara antes de que el avión aterrizara. En el caso de Robbie, mantenía a Rex sobre sus piernas mientras recibía unas indicaciones de sus padres de mantener la calma cuando se sintiera solo. Jade y su padre, el cual había accedido a acompañarla únicamente sin molestar a su mujer, permanecían callados; una observando las nubes mientras que el otro inspeccionando a su hija. André, mientras tanto, abrazaba para sí mismo su bolso de mano, en el cual había guardado parte de su "Equipo ante oscuranas" por si acaso ocurría un apagón en medio de aquel sitio que desconocía. Cat también se había dormido hace poco, puesto que se había levantado temprano para ir al aeropuerto. Él, mientras tanto, observaba todo a su alrededor. Su madre, quien era la única que lo acompañaba a su lado, cargaba con una bolsa llena de ediciones pasadas y actuales de revistas Vogue y Cosmopolitan que descansaban en su regazo, mientras que ésta leía la Cosmo, edición de abril de ése mismo año.
Según le habían dicho tanto a él como a sus amigos, estarían en la escuela de miedo durante seis semanas puesto que sería suficiente tiempo para quitarles las fobias a los seis, como había afirmado Edith Wellington en sus cartas. Por las clases y exámenes no se iban a preocupar —no demasiado—, Helen y Sikowitz se iban a encargar de eso mientras los muchachos estaban en Farmington encargándose de sus miedos. Habían salido de la escuela con una excusa algo convincente para sus compañeros de clase: se habían presentado todos, con Tori detrás, en la terraza y gran tarima de la escuela para anunciar que viajarían a Massachusetts a competir por los trofeos de la nacional de ping pong por seis semanas, despidiéndose así de manera victoriosa. Cada uno se había prometido poner una colaboración para comprar un buen trofeo que indicara que ése tiempo que pasaron en otro estado no fue en vano.
Y así fue como vinieron a parar dentro de ésa avioneta con el paso de una semana y media. Sólo que todos ellos, menos Sikowitz, eran ignorantes de lo que la mujer Wellington sería capaz de hacerles.
Y... hasta acá xD. Ésta vez sí fue un capítulo más o menos largo, ¿qué opinan :D?
Holooo, ¿me habrán extrañado, verdad? Lamento haber tardado porque sé que así fue. Como saben, estaba de viaje y bue, regresé la semana pasada pero ahora es que vengo a terminar éste capitulazo y no, no era por flojera ni nada por ése estilo; desde que regresé del viaje, incluso mientras estaba en aquel maldito ferry que me trajo de regreso de la isla a la que viajé, me dediqué completamente a escribir. La mitad de éste capítulo la escribí en el ferry, y la otra mitad la terminé entre ayer y anteayer xD. Mi excusa es que no sólo estaba escribiendo éste fic, sino también otros dos que tengo vigentes y pendientes en otro fandom más uno que estará pronto en éste de Victorious, prometido con la esperanza de que sea así para Halloween :D.
En fin, lo importante es que acá estoy con éste capítulo, ¿no? Y comentándolo un poco, podemos ver las reacciones de cada uno de los chicos al enterarse del asuntillo de la reunión, que muy bien guardadito se tenían los papás hasta el momento. Y como estaba lloviendo cuando llegué a tierra firme, se me ocurrió colocar eso de la lluvia y escribirlo de una vez xD. Se habrán fijado que adelanté los acontecimientos; ¡al fin los chicos se van a Farmington *o*! Dios, vaya trabajo mental me costó analizar el viaje desde Los Ángeles hasta Summerstone. Tuve que leerme un par de capítulos del libro para refrezcar mi memoria, además de entrar en la página de HowManyHours para estudiarme el recorrido en avión y carretera y las horas que estos conllevaban. Y como también pueden fijarse, hay un poquito más de datos sobre el misterioso Munchauser.
En el próximo capítulo veremos su llegada a Summerstone, y también el primer día en su estadía con Wellington. Ahora que me puse a leer un poco el libro, adoro a esa mujer, ¡ustedes ya sabrán por qué pronto!
Bien, yo me despido por el momento. Espero volver pronto con el capítulo, puesto que no prometo nada xD, sólo que ojalá no tenga obstáculos para actualizar la próxima semana. Bueno, me voy. ¡Dejen Reviews con sus opiniones *u*!, no saben lo feliz que me hacen.
Ahora sí, ¡sayooo~!
Los quiere Ayu ;).
