—Disclaimer: ¡Vamos!, aún soy menor de edad como para ser dueña de una serie como Victorious —la cual pertenece al ídolo Dan Schneider— y como para ser la dueña de la saga de Escuela de Frikis —de Gitty Daneshvari, gran escritora. Hago este fic con el único propósito de expresar cómo me siento, además de mis deseos.
Escuela de Frikis
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Capitulo V: Labios que se sonrojan
"Es tontería temer lo que no se puede evitar"
—Publio Siro—
Horas más tarde, el grupo de seis amigos junto con sus padres y maestro, llegaron a Pittsfield. El trayecto hacia Farmington fue más tedioso aún. Cruzar el puente que estaba sobre el River Moon fue trágico para Tori, quien ya había despertado después del aterrizaje, por obra y gracia de su padre, y no se esperaba estar a unos cuantos metros sobre el agua; el hecho de que el puente de repente se rompiera le causaba un estrago en la garganta que podía llegar a hacerla asfixiar. Tratando de serenarse se dedicó a conversar con sus amigos.
El autobús del terror —como lo apodó Tori después de aquel nada grato episodio— paró de repente frente a un terminal de autobuses en la principal calle de, lo que parecía ser, el pueblo de Farmington. Airados y más relajados, todos desalojaron el vehículo y respiraron calmadamente el aire fresco. Faltaba menos de un cuarto para las cinco de la tarde cuando ellos pisaron el terminal de Farmington; sólo quedaba esperar el nuevo transporte que los llevaría a Summerstone, para así poder descansar como se merecían, al menos por ésta noche y lo que quedaba de la tarde, mientras esperaban al día siguiente para dar inicio a su calvario de seis semanas dentro del mismo aqmbiente de escuela, campamento o lo que fuera.
Unos diez minutos de espera en la que cada uno se dedicó a una cosa distinta para distraerse y de repente, la puerta de madera con forma de arco del terminal de autobuses, se abrió, sorprendiendo a la mayoría de los que estaban dentro en la sala de espera, como si estuvieran asombrados de que el deseo de que por fin llegaran a buscarlos se cumpliera sin la necesidad de una barita mágica. En la puerta se divisó la figura masculina de un hombre bigotón ensombrerado con una pistolera que se sostenía en la zona de la cintura. Al instante, los seis jóvenes ahí presentes creyeron haber revivido una escena del viejo oeste por la forma en la que el hombre caminaba arrastrando sus botas de vaquero hasta quedar frente a ellos a una distancia considerable. El hombre, pareciendo olvidar algo, palmeó los bolsillos de su pantalón y lo sacó al instante, colocándoselo en el bolsillo de su camisa a cuadros.
—¿Es usted el sheriff? —inquirió el padre de Jade frunciendo el ceño mientras miraba de manera estudiosa la insignia que el vaquero se había colocado en el pecho segundos antes.
Respondió a la pregunta con un asentimiento de cabeza y a la vez mostrando sus dientes que casi se escondían con el largo y grande bigote que adornaba su rostro. Miró en todas las direcciones encontrándose con las miradas analíticas de los más jóvenes, supuso entonces que ellos eran los alumnos de Mrs. Wellington.
—John McAllister, sheriff y adiestrador de perros de Farmington. Además de representante del único servicio de transporte que hay en la ciudad, ó sea éste. Espero se sientan bienvenidos —saludó el hombre presentándose.
—Claro, si sentirse bienvenido es ensuciarse las Converse recién adquiridas de eBay con el lodo de afuera —desdeñó Robbie mirando con recelo en dirección a sus pies, que se habían embarrado al bajarse del autobús.
Echando a un lado el comentario del muchacho, don sheriff prosiguió—: Mrs. Wellington me ha comunicado su llegada mientras los espera en su casa en Summerstone. Ahora, les pido a los jóvenes californianos que me acompañen.
—Disculpe, señor —articuló Mrs. Oliver—, ¿acaso quiere decir que hasta acá llegamos nosotros?
—Iba a ir directo al grano antes de que interrumpiera, pero si usted ha leído al revés y al derecho el folleto que Mrs. Wellington hizo entrega mediante la correspondencia, pues sabrá que es así —contestó encogiéndose de hombros.
Robbie frunció el ceño y miró al hombre.
—¿No nos obligarán a separarnos del grupo en ningún momento, verdad?
—No lo creo, pues durante el viaje lo dudo mucho —aseguró don sheriff—. Pero si te refieres a la estadía en Summerstone, eso tendrás que consultarlo con Mrs. Wellington.
Los seis chicos se miraron los unos con los otros para proceder a recoger sus maletas.
—¿Dónde las metemos, señor? —inquirió Cat.
—En la furgoneta de allá, señorita —contestó don sheriff señalando una furgoneta blanca Toyota de puertas corredizas donde aparentemente cabrían los seis chicos junto al chofer.
Cat asintió ante la respuesta y se aventuró a aproximarse hacia el vehículo, seguida atrás por Robbie. Corrió la puerta de la furgoneta y observó por dentro fijándose en que sí podrían estar los seis ahí sin la necesidad de andar incómodos. Estuvo a punto de lanzar su maleta en el piso de atrás cuando de repente se fijó en una masa humana que la veía con sus ojos negros casi adormitados.
Soltó un gritito cuando se movió un poco y se pocisionó frente a ella jadeando con la lengua afuera. Casi sin poder aguantarlo, se deshizo del agarre de su equipaje y acarició al bulldog del sheriff.
—¡Es tan lindo!
El perro gruñó ante el tacto de la joven, pero se dejó acariciar por ella. Parecía agradarle mucho.
Robbie, quien seguía a Cat, gritó fuertemente asustado por la sorpresa de haber visto a aquel perro. El bulldog no se inmutó ante el repentino susto de Robbie y se quedó tranquilo disfrutando de las caricias que Cat le daba. Los demás, que seguían por detrás lenta y monótonamente a la pelirroja para entrar en la furgoneta y dejar su equipaje, escucharon el gritillo de Robbie y decidieron aproximarse, hallando también la sorpresita que ocasionó el impacto del de lentes. Jade arqueó una ceja al ver al perro ahora lamiéndole la cara a Cat.
—¿Qué hace este perro aquí? —exigió saber.
—Es la mascota de Mrs. Wellington —aclaró el sheriff por detrás de ella.
Jade dio un respingo al sentir tan cerca aquella imitación de cowboy del viejo oeste y se giró para verlo mejor.
—¿Y por qué trae consigo a la mascota de la directora? —inquirió Tori esta vez, acercándose al bulldog y acariciándolo junto a Cat. Notó el collar rojo alrededor del cuello del perro con una pequeña medalla en la que estaba grabado lo que seguramente sería el nombre de la mascota, "Mac".
—Su nombre es Macarrones —dijo don sheriff—, antes tenía un compañero que era Queso, pero él murió hace unos cuantos meses, por lo que ahora sólo queda él.
Los seis alumnos de Hollywood Arts enarcaron las cejas y se miraron unos con otros. ¿Acaso los perros se llamaban "Macarrones" y "Queso"?
—Antes cuando estaba Macarrones con Queso, los dos eran los que inspeccionaban con su avanzado olfato la presencia de dispositivos tecnológicos escondidos en el equipaje —explicó—. Pero ahora que sólo está Macarrones, él sólo se encarga de ello.
—¿Ha dicho con el olfato? —repitió André sonriendo casi sin poder creerlo— ¡Eso es imposible!
—Pues no lo es —aseguró el sheriff para luego silbar.
Ante el sonido, el perro se deshizo de las caricias de las jóvenes alumnas y se posó frente a la maleta de Cat, que estaba más cerca. Con su húmeda nariz negra, procedió a olfatear cada rincón de la maleta de estampado de cachemir color rosa; tardó menos de un minuto en comprobar que la joven no cargaba consigo ningún dispositivo tecnológico, así que procedió a intentar con la mochila de cuero negro a cuadros que Beck sostenía en manos. Macarrones se vio en necesidad de lamer algunas partes concentrándose en su misión, por lo que Beck sólo pudo reír ante eso.
Jade, deseando que el perro no lamiera su mochila Kipling de estampado negro, la dejó en el piso mientras el cachorro lo olfateaba, corriendo con la suerte de que no le metió su lengua. André dejó su maleta de diseño militar sobre el piso; Macarrones procedió a hacer lo mismo que con las otras, sin lamer. Robbie y Tori imitaron a los otros y a la vez, el perro olfateó ambas maletas, estampando la lengua en la del de gafas.
—Como ninguno tiene dispositivo tecnológico alguno, los dejaré que se despidad de sus padres y vuelvan para irnos a Summerstone —anunció don sheriff mientras ingresaba dentro de la furgoneta, encendiéndola.
—Don sheriff —llamó Sikowitz a un lado de la camioneta—. Yo no soy padre de ninguno de ellos, pero soy su maestro, ¿Mrs. Wellington no le comentó que yo venía con ustedes?
Ante lo dicho por Sikowitz, don sheriff asintió.
—Puede ir en el asiento del copiloto, señor Sikowitz.
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—Me siento como en Scooby Doo —comentó Cat teniendo abrazado a Macarrones—. Unos adolescentes con una furgoneta y un perro.
Tras unos diez minutos en carretera, los seis jóvenes, Sikowitz, el sheriff y Macarrones traspasaron el camino que llevaba hacia Summerstone, la montaña que se levantaba al final de unas enredaderas de plantas pegajosas con la que la gente evitaba toparse, que crecían de la hilera de un lado a otro de la carretera, formando una especie de túnel. Era una de esas las razones por las que casi nadie se acercaba hacia Summerstone, además de que el sitio era exclusivo y único de Mrs. Wellington.
La furgoneta se abrió paso en dirección a la luz al final del túnel de enredaderas, por fin llegando hacia la luminosidad de un pequeño claro bañado por el sol que se presenciaba al éste abrirse al pie de una pared vertical de total granito liso que se levantaba a lo alto. La carretera culminó ahí mismo, y ante la mirada expectante de cada chico, Sikowitz dijo:
—¿Ven la montaña? Hasta donde recuerdo, Summerstone se encuentra en lo alto de ésta.
—El bosque ólo rodea el territorio, por lo tanto no hay peligros de pumas o ermitaños que no están en su sano juicio al recorrer los alrededores —agregó el sheriff.
A Tori le dio vértigo el escuchar las palabras de ambos.
—¿Y cómo se supone que subiremos hasta allí arriba? —interrogó la Vega más joven de la familia mirando por una de las ventanillas de la furgoneta el final de la montaña, que por la presencia del sol era casi imposible de ver.
—Seguramente hay una escalera por algún lado, ¿no? —pidió André, quien se sentaba en la misma hilera de asientos que Tori y Beck, estando a un lado de una ventana.
—Ustedes no se preocupen, yo me encargaré —aseguró el sheriff.
Estacionaron a un lado de una radio de onda corta que había en el mismo sitio. Don sheriff se encargó de decir unas cuantas palabras en él, que los chicos simplemente ignoraron, pensando que el tipo estaría comunicándose con el equipo de escalación del pueblo para ayudarlos a subir a Summerstone, ante el terror de Tori.
De repente, un extraño ruido comparado con el crujir de unos metales y engranajes que hacían falta lubricar se hizo presente sobre sus cabezas. Los que tenían el privilegio de ver por las ventanas —en este caso: Tori, André, Robbie y Jade— buscaron con la mirada el provocante de tal escándalo que no hizo más que crisparles los nervios, principalmente por la repentina sorpresa que les tomó el haberlo escuchado. Cat y Beck, en el medio de las hileras de asientos, observaron hacia el techo de la furgoneta, donde el ruido hacía de las suyas aún más. Los crujidos cesaron y la visión de Tori se tornó algo borrosa al verse unos pocos centímetros más alejada de la carretera de adoquines que se perdía en el verde pasto del claro del pie de la montaña.
—¿Acaso esto se está...? —Tori se autointerrumpió a sí misma la estúpida pregunta ante la evidencia que su vista dejaba ver. Las palabras se perdieron en su garganta por más que ella hubiese querido soltar el mayor grito aterrado que podría haber estado nominado a alguna nueva categoría de los Movie Awards, "Mejor grito de película de terror".
En un acto impulso, Tori se removió como loca entre los asientos mientras recuperaba cada vez la respiración que se había atorado en su laringe, colocándose en el puesto del medio abrazada al cuello de Beck.
—¡Se... Se está elevando! —exclamó en un hilo de voz.
La furgoneta se balanceó de un lado a otro ante los movimientos asustados de Tori, provocando que los gritos de algunos se hicieran presentes, sobretodo los de ella.
—¡SE ESTÁ ELEVANDO! —exacerbó Tori pegada al cuello de Beck, quien la sujetaba del tronco en un intento porque dejara de moverse.
—¡Se eleva! —corearon Robbie y André, ambos mirando la ahora pequeña carretera de adoquines por la ventanilla.
—¡AHAAA! —Cat no se quedó atrás por el susto, aferrándose a Macarrones quien ni se inmutó.
—¡WOO HOO! —exclamó Sikowitz divertido, no recordaba haber subido de ésa manera a la montaña.
—¡Cierren la boca! —exasperó Jade, ya harta de sus gritos.
—Relájense —intentó tranquilizar el sheriff con su voz de soy-un-machote-que-tiene-que-ser-valiente-ante-est o, al mismo tiempo que la furgoneta dejaba de moverse por los impulsos de Tori y por estarse elevando, aterrizando en lo que se consideraría el resto de su camino: una meseta.
La joven Vega, quien había cerrado los ojos fuertemente, abrió uno de sus ojos y observó lo que apenas pudo por la ventanilla que antes tenía a un costado. Ya estaban en tierra, y lo agradecía. Entonces sintió los brazos de su amigo rodeándola y se percató de la situación en la que se hallaban. En una acción que no tardó más de un microsegundo, se soltó de Beck y regresó a su anterior puesto, con la cara coloreada en un rosa pálido.
—Lo siento —musitó.
Jade suspiró aliviada al haber dejado de escuchar los griteríos de sus compañeros. Entonces, en un acto de impulso, se le ocurrió mirar a un lado de ella, donde se encontraba la ventanilla de la furgoneta. Lo que sus ojos veían era casi tan increíble como la experiencia vivida hace tan sólo unos segundos. Frente a sus ojos, había una grúa de madera tan alta que se podía calcular una altura entre los ocho y siete metros y medio de alto; supuso que era la misma que acababa de izarlos a lo alto de Summerstone.
—Oh, por Dios... —exclamó por lo alto, lo que los demás escucharon.
—¿Qué pasa Jade? —inquirió Cat a un lado de ella, observando por la ventana— ¿Un viejo?
Los demás procedierona hacer la misma acción que Jade y Cat, encontrándose con la grúa de aspecto tan débil como para haber creído que fue lo que los llevó a lo alto de la montaña. En la base de ella, había una pequeña cabina que era manejada por un hombre tan viejo que podría ser el abuelo de sus papás, o bien, los bisabuelos de estos.
—¡Hola Schmidty! —saludó Sikowitz bajando la ventanilla del copiloto.
El anciano ni se inmutó.
Ante lo visto, los seis abrieron los ojos como platos sin poder creer lo que estaban viendo.
—¡¿Cómo es que eso nos ha traído hasta acá?! —demandó saber Tori señalando por la ventana a la grúa y al viejo.
—¡Sheriff, no estaría mal que continuaran la carretera de adoquines hasta acá! —consideró André.
—O que al menos pusieran otra clase de elevador —opinó Beck.
—¡O, una idea mejor, que movieran Summerstone a la sima! ¿No lo cree? —exclamó Tori.
—Pero si éste método funciona, ¿para qué poner otro? —cuestionó don sheriff, siendo apoyado por el maestro.
—¿Se ha dado cuenta del estado destartalado de eso? —replicó Jade con desdén.
—¿Cuándo habrá sido la última vez que le hicieron mantenimiento a esa pobre grúa? ¿Hace siglos? —ironizó Robbie, a lo que el sheriff prefirió hacer oídos sordos.
Frente a la furgoneta se levantaba una altísima muralla de piedras donde unos cuervos reposaban con la vista clavada en Farmington, lejano desde ahí. El vehículo pasó el arco, dirigiéndose entonces hacia la casa que hizo acto de presencia apenas cruzaron por éste. Los seis contemplaron la mansión de aspecto algo antiguo, clásico y de majestuosa elegancia decorada con piedra caliza, con grandes ventanales de marco semi redondos a ambos lados de una gran portón de madera que, por clara suposición, la señalaron como entrada. En sí, el aspecto algo descuidado de la mansión, sobretodo de su jardín de césped de paja, de árboles desnudos y arbustos casi secos, podría dejar a su imaginación que la casa podría estar nominada entre otras varias residencias para salir en la próxima película de terror del momento.
Sintieron un escalofrío en el momento en que la furgoneta se detuvo y el sheriff les permitió bajar de ésta para observar mejor la mansión que habitaba su ahora maestra. A pesar de dar algo de miedo, la arquitectura de la mansión hacía que se apreciara con los adjetivos de vivienda de majestuosa elegancia, puesto que de ser por unos cuantos mantenimientos que se le dieran, sería la atracción de mayor belleza en Farmington. Al quedar frente a la entrada de la casa, sus dudas con respecto a la puerta de madera se disiparon; aproximadamente unos dos metros de altura tenía. A ambos lados de la puerta, habían dos grandes faroles de cristal ahora apagados al ser de día.
Sikowitz inspiró el aire fresco que se respiraba y suspiró—: ¡Ah, Summerstone!
—¿A poco salía en el folleto? —exclamó Robbie algo perturbado por la escena de la casa frente a él, rebuscando en sus bolsillos el mismo papelito que sus padres les habían entregado creyendo ciegamente que no era publicidad engañosa; pero vaya sorpresa, era más mentira que la gratitud de los servicios de LINE.
En el folleto presenciaban la misma casa, pero con un hermoso jardín bastante cuidado y rodeado de niños que jugaban en el suelo, con pelotas e incluso volando unas cometas. Aquello sólo era una casa en la que parecía vivir una solitaria anciana soltera con su familia de gatos. Los chicos no pudieron hacer nada más que arrugar los labios.
La presencia de un noveno junto a ellos se hizo cuando el mismísimo anciano que habían visto en la base de la grúa se aproximó a un lado de la entrada. Vestía unos altos pantalones de pinzas marrón sujetos con un cinturón casi por dejabo de las axilas —más o menos al nivel de las costillas—, que sólo le hacían sacar una enorme panza en lugar de esconderla, junto con una camisa de cuadros rojos y unos brillantísimos zapatos negros. Las chicas del grupo enarcaron las cejas ante el desconocido concepto de la moda por parte del viejo, sobretodo por el peinado antiquísimo que éste portaba: un simple y largo mechón de pelo, que predominaba en la calva que con los años había logrado, enrollado en lo alto de su cabeza casi en forma de espiral a modo de turbante.
Ahorrándole los comentarios y cuchicheos a los chicos sobre el aspecto del que juzgaron de lejos como el bisabuelo de sus padres, el sheriff prosiguió con sus palabras:
—Bien, ya estamos aquí, jóvenes —anunció, dándose la vuelta para regresar a su furgoneta.
—¿Y éste friki quién es? —inquirió Jade señalando al viejo sin ninguna discresión.
—Es el conserje de Summerstone. Su nombre es Schmidty.
Macarrones ladró en los brazos de Cat, quien lo soltó en el piso mientrás éste se abría paso entre los seis jóvenes hasta llegar a los pies del viejo, quien a duras penas se agachó un poco para acariciarle el lomo.
—Nos vemos en seis semanas, chicos —se despidió el sheriff, ya dentro de la furgoneta—. Lo esperaré en la meseta, Sikowitz.
Cuando sus padres les dijeron "seis semanas", lo habían aceptado al ver semejante imagen en el folleto, pero al ver la realidad que tenían frente a ellos, podían apostar los brazos a que no se aguantarían menos de una hora. Sólo faltaba conocer a Wellington.
Schmidty hizo el favor de abrir la enorme puerta y dejarlos pasar. El vestíbulo de Summerstone era tan espacioso como podría juzgarse desde afuera al ver el gran tamaño de la mansión. Las paredes estaban decoradas con papel tapiz color rosa con flores algo descuidado, ya que habían partes, sobretodo en las esquinas, que se veía algo despegado. Apartando a un lado el estado de las paredes, el sitio estaba púlcramente límpio; sin un rastro de molestas telarañas colgando del techo como se habían imaginado al juzgar la presentación de afuera. Atrás de los seis chicos que habían entrado con el permiso del viejo, éste mismo se posaba a un lado de la puerta, esperando paciente a que el maestro saludara a su vieja amiga.
Repararon en una de las paredes —por no decir que eran todas— que conservaban miles de retratos y fotografías de reinas de belleza con todos los peinados extravagantes habidos y por haber, además de las fotografías en las que se contemplaba el cuerpo completo de las modelos con muy lindos vestidos, de décadas anteriores, por supuesto. En los retratos también se podían contemplar la brillante sonrisa de las señoritas que sólo confirmaba que utilizaba pasta de dientes de Colgate. Beck y André juraron que habían visto brillar sus dientes de no ser porque descartaron la idea al instante, alegando mentalmente que el largo viaje los estaba haciendo ilusionar.
Frente a unas majestuosas y elegantes de madera escaleras que aparecían en una de las partes de la sala, se oyó el taconeo de unos zapatos por el suelo, resonando en la madera. Las vistas de los seis cambiaron de trayectoria de las fotos y retratos hacia la mujer que bajaba desde el piso de arriba. Una mujer anciana elegantemente vestida con una falda rosa por la rodilla, una blusa de un color escarlata y una rebecca a juego con la falda, se detuvo a la mitad de las escaleras en una pose típica de una modelo del Miss, a un lado de uno de los cuadros que decoraba la pared donde se presenciaba a una modelo de un certamen llevando a cabo la misma pose que la señora que estaban viendo. Entonces, notaron el parecido a pesar de la gran diferencia de edades que habían.
A juzgar por la decoración de la casa y por la vestimenta de la mujer frente a ellos, que merodeaba entre la década de los '50, tenían frente a ellos a la dueña de la casa: a la mismísima Edith Wellington.
Finalmente, la mujer bajó el resto de peldaños que le faltaban hasta posicionarse al pie de éstas, donde paseó caminando con aptitudes de reina de belleza hasta al fin quedar a una distancia considerable con sus seis alumnos, a los que inspeccionó con la mirada y una sonrisa grabada en su rostro. Detallando con sus ojos analíticos, los chicos pudieron notar la fina piel de la señora, con litros y litros de cremas humectantes, aparentemente suave. Se notaba a distancia que había utilizado de su largo tiempo para dedicarse al maquillaje de toda su cara para ocultar la edad que tenía, logrando un resultado perfecto que podía parecer una mismísima mujer que apenas vagaba por los cincuenta años. La anciana llevaba los labios pintados de un rosado chicloso, junto a una gruesa línea de lápiz en los ojos de color negro, largas y finas pestañas postizas y un maquillaje de sombra de tonos escarlata que iban degradando. Además, se notaba a leguas que el cabello castaño que en ése momento adornaba su cabeza con un peinado corto por encima de los hombros, al nível del cuello, era una peluca.
—¡Edith!
—¡Erwin!
Ambos se dieron un amistoso abrazo mientras se veían a las caras con una sonrisa grabada en sus rostros. Mrs. Wellington le dio unas palamditas en el hombro a Sikowitz mientras éste sólo se encogía de éstos.
—¿Qué tal el mar? —inquirió ella.
—Prácticamente vivo en él —contestó Sikowitz con una sonrisa. Luego se dirigió hacia sus alumnos—. Bien, Edith, aquí te los dejo. Sé que tú podrás ayudarlos.
—¿Dudas de mí? —inquirió la mujer con falsa indignación— Si adiestré a mis cuatro gatos y a ti, no dudes que con ellos puedo hacer lo mismo.
—¡Por supuesto, Edith! —exclamó Sikowitz— Bueno, niños, ahora estarán a merced de mi querida amiga, así que... Yo me piro. ¡Adiós, Edith! Salúdame a Fiona, Errol, Annabelle y a Ratty.
—Con gusto.
Y, tras esto, Sikowitz salió de Summerstone, seguido de Schmidty, quien lo acompañaría a la meseta para ayudar a bajar con la grúa al sheriff.
—¿Acaso dijo "adiestrar gatos"? —musitó André para sus amigos.
Ya sin la presencia de otros, Wellingoton se dirigió a sus ahora alumnos.
—Hola, como ya sabrán mi nombre es Edith Wellington, su profesora, directora del colegio y dueña de todo el entorno que, en este momento, les está rodeando —se presentó la mujer con un tono altivo típico de una reina de belleza que recién había ganado el certamen. Mientras mencionaba su nombre, movió su rostro un poco para hacer aparecer una sonrisa, provocando que la cadenilla de oro que colgaba de sus lentes de carey alrededor de su cuello, se balanceara de un lado a otro—. Ya habrán conocido a Schmidty, el encargado de la mansión, cocinero, conserje, secretario, etcétera. Está casi ciego, tiene miopía, así que tienen la libertad de hacer cualquier mueca que se les venga en gana, porque no los notará y creerá que le estarán sonriendo o llorando por sus madres; tampoco escucha con la claridad suficiente, así que háblenle un poco alto cuando se dirijan hacia él —dijo, a lo que los seis chicos comprendieron el porqué el viejo no había respondido ante el saludo de Sikowitz en la meseta—. En cuanto a Mac —señaló al perro, quien había entrado tras ellos sin darse cuenta—, se está recuperando de la repentina muerte de Queso, por lo que pido amabilidad y comprensión con él. Destaco que sólo Schmidty y yo podemos llamarle Mac por cariño, para ustedes su nombre completo.
Los seis se miraron las caras algo desconcertados.
—Además —prosiguió Wellington—, los gatos, es decir Fiona, Errol, Annabelle y Ratty, son mi mayor éxito. Yo misma los adiestré, por lo tanto, si pude con ellos, podré con ustedes. Ahora, antes de que se presenten ante mi como debe ser, acompáñenme, les enseñaré la casa. Dejen sus maletas por ahí, Schmidty se encargará al instante de ellas.
—Disculpe, profesora —pidió la palabra Robbie, levantando la mano.
—¿Dígame, jovencito de gafas?
—Es que el viaje fue muy largo y tenemos algo de hambre —respondió por todos, quienes agradecían su comentario—. ¿Será posible que nos dé... una merienda o algo así?
—Justo ahora estaba por llevarlos a la cocina a degustar el rico almuerzo que le teníamos preparado, gracias por recordármelo, cerebrito —dijo ella—. Recuerden, jóvenes, para ser una reina de belleza hay que comer sano a base de una buena dieta alimenticia. Y ustedes como concursantes, si no degustan algo se van a poner más delgados que la señorita de acá —señaló a Tori.
—¡Yo como bien! —replicó— Incluso hasta más que mi hermana mayor.
—¿Acaso dijo "concursantes"? —repitió Jade mirándola extraño— Ja, sabía que estábamos en una clase de reality show de idiotas —masculló por lo bajo.
—Sí, los he llamado así, chiquilla-que-viste-negro. Ustedes están participando en el concurso de belleza de la vida, intentando superar sus miedos —contestó Wellington como si fuese obvio, mientras sus labios rosados se coloreaban en un rojo un poco más intenso.
Mientras se paseaban por los corredores de Summerstone, los seis jóvenes no evitaron sentirse impresionados con semejante grandiosidad de la casa. Definitivamente, la mujer tenía un gusto exquisito para la decoración, además de que era una amante de coleccionar cosas de antigüedad y una que otra baratija que ni ellos mismos sabían qué era. Las paredes del Gran Salón —llamado así por sus considerables dimensiones de tamaño— estaban decoradas con gruesas bandas doradas y blancas, además de unos apliques de complicado hierro forjado. Al fondo del salón se podía contemplar una vidriera llena con todos los premios que Edith había recibido en innumerables certámenes de belleza; entre ellos, lo que más destacaba era una enorme corona de diamantes que era rodeada por una banda que decía claramente "Miss Massachusettss".
A pesar de que los galardonados de Edith podrían capturar la mayor atención en todo el recinto, habían otras cosas que era lo que más captaban las miradas de cualquiera que se paseara por allí. Una innumerable colección de puertas que nacían del suelo, de las paredes e incluso del techo; todas tenían distintas longitudes, formas, material y diseño.
—¿A dónde llevan éstas puertas? —inquirió Cat por curiosidad.
—A alguna parte, rojita, todo lleva a alguna parte —contestó Welligton de manera enigmática, mientras se detenía frente a una de las puertas.
Ésta estaba hecha con una pizarra de salón de clases. No, la acrílica no, la de tizas. Tenía incluso hasta un pequeño recipiente donde estaban las tizas y borradores. Era larga por sus dos metros de altura, pero bastante estrecha para el gusto de todos ya que sólo se extendía no más de setenta centímetros. Escrito en la pizarra se encontraba la frase "Ensalada césar, arroz y filete" de manera vertical y con un color de tiza rosa chillón. Mrs. Wellington abrió la puerta y entró de lado para poder caber por ella. Con un ademán indicó que sus alumnos la imitaran.
El comedor en sí parecía ser el mismo que decoró la abuela de Robbie en su departamento. Tenía el mismo exquisito gusto típico de las ancianitas. Habían, además de todo lo escencial en un comedor, tres retratos de bulldogs ingleses que decoraban las paredes de color menta. Encima de la mesa para siete personas vestida con un mantel de encaje, habían unos polvorientos candelabros, además de una vasija de porcelana blanca y rosa, decorada con flores de todo tipo.
—Las paredes están recubiertas con cinta adhesiva, en caso de que se les ocurra armar una guerrilla de comida entre ustedes —dijo Edith, sin la intención de animarlos a librar alguna clase de revolución de ensalada césar en su comedor—. En cuanto a los horarios de comida, los desayunos se servirán a las ocho de la mañana, el almuerzo al mediodía, la cena a las seis de la tarde. Tomaremos té después de comer y los postres en la sala, pero el resto de consumirá aquí —explicó—. ¿Quedó claro?
Los seis jóvenes asintieron y tomaron asiento. Edtih se quedó en la cabecilla.
—¿Ven esos cuadros de allí? —señaló Edith— Son la familia de Mac; Leche, Galletas y Queso —Luego soltó un suspiro al nombrar al último—. Por favor, guardemos un minuto de silencio para nuestro querido Queso.
Ante lo dicho, Wellington bajó la cabeza mientras sus alumnos se miraban las caras, bastante extrañados por eso, pero a la vez respetando la tristeza de la profesora. Al paso de unos segundos, alzó la cabeza mientras que con una servilleta del servilletero de plata que adornaba la mesa se secaba unas pequeñas lágrimas que se escaparon de sus ojos, con cuidado de no arruinar su maquillaje.
—Conversen mientras veo qué tal está la comida.
Entonces la maestra desapareció tras una cortinilla de cuentas que llevaba hacia la cocina de la casa. Los seis jóvenes soltaron un suspiro.
—Ya quiero que pasen las seis semanas —soltó Tori desganada.
—Y yo —coreó André.
—¿Me llamó "Rojita"? —balbuceó Cat.
—¿No vieron cómo se le pusieron los labios de repente? —cuestionó Jade desconcertada— ¡En mi vida he visto algo como eso! Pensé en el cambio de temperatura, pero todo está normal.
Mrs. Wellington volvió de la cocina seguida de Schmidty, quien cargaba con los platos de comida como un camarero.
—Creo que olvidé mencionarlo, pero... Mis labios se "ruborizan", por así decirlo, siempre que me sulfuro un poco o me avergüenzo.
Jade asintió lentamente ante la explicación de Wellington, entonces supo que tras aquel comentario que le hizo no fue por vergüenza que sus labios se "ruborizaron".
—¿Hay alguna explicación para que se le "sonrojen" los labios, profesora? —inquirió Robbie.
—Pues sí, cerebrito. Nací con una cantidad extra de capilares en los labios. Son muy gruesos y, como pueden notar —se señaló los labios—, están cerca de la superficie. Así que quien esté cerca de mí podrá notar cuando estos enrojecen a causa del enfado o la vergüenza.
Tras ésta conversación, todos procedieron a comer tranquilamente. Macarrones hizo acto de su presencia también en la misma mesa, sentándose en una silla extra que Schmidty se dedicó a agregar a la mesa; para sorpresa de todos, el perro tenía su propio platillo de plata.
¡Yay, y aquí llega!
¿Qué tal todos *u*? Yo pues, haciendo triple post de mis fics y, éste fue el primero xD. ¿Ya vieron que nuestros chiquillos llegaron al fin a Summerstone? Oh Dios y Wellington, adoro a ésa vieja, en serio.
Comentando un poquito... Se preguntarán cómo demonios es eso de la grúa, juh, pues yo quedé en las mismas que ustedes cuando leí ésa parte del libro y, al igual que Tori, me dio vértigo de sólo imaginármelo *_*... Bueno, ella se engancha al techo de la furgoneta y la levanta, aunque como pudieron notar el estado de la grúa no pareciera que pudiera cargar con tanto peso. Owwss, Macarrones es hermosos *U*, un perrito demasiado tierno que aparece mucho en la historia como uno de esos personajes que, aunque no sea de los principales, se roba el show xD; algo así como los Minions en "Mi villano favorito", ¡awwsss *U*!
Otra cosa, ésta no era la idea original del capítulo -_-, bueno, en realidad sí, pero no como tal. Quería que ellos llegaran a Farmington (hecho), que conocieran Summerstone (hecho), que vieran a Mac (hecho), que conocieran a la peculiar Edtih (más que hecho) y que iniciaran de una vez con las "clases de miedo" (no hecho). Es que me iba a salir taaaaaan largo que sobrepasaba las treinta páginas de Word *_*, así que, lo tuve que cortar aquí por necesidad. Al menos conocimos a Wellington xD, como ven es una señora muy coqueta.
Con respecto al próximo capítulo, lo estuve escribiendo mientras tenía la idea principal de lo que iba a ser éste, por lo tanto lo tengo casi terminado, faltando sólo editarlo, quizás agregar algunas cosas más o quitárselas, y subirlo. Así que... no tardaré en publicarlo, sólo me extenderé una semana para dejar suspenso xD, ¡y si tengo tiempo me gustaría hacer por fin pública la nueva imagen del fic! La cual es un dibujo hecho por mí, donde se refleja Summerstone Manor y los seis chicos al pie de ésta.
Bien, al igual que Sikowitz, ¡yo me piro! Nos vemos la próxima semana chicos, muchas gracias por sus comentarios ;;).
Los quiere Ayu *0*.
