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Cuando el teléfono comenzó a sonar, Damon Salvatore suspiró. Sin contestar, sabía quién era la persona que lo llamaba. Era su novia, Caroline Forbes, que hacía un par de semanas que no lo dejaba en paz, preguntándole por supuestas amantes y engaños. Las primeras cinco veces que habían mantenido una conversación sobre aquel tema, Damon había intentado razonar con Caroline, pero no había logrado nada, puesto que ella simplemente se había vuelto más paranoica e insoportable.
Sin molestarse en contestar, Damon se levantó de su asiento y se acercó al gran ventanal que había frente a su escritorio. La noche de New York siempre le había parecido hermosa, pero aquella noche en particular, le pareció el paraíso. Aquella era la manera que tenía de desconectar, de olvidarse de la presión y de todos sus problemas. Era en aquellos momentos cuando añoraba su vida anterior, aquella en la que su mayor problema era encontrar un trabajo. Ahora, lo único importante era que su empresa siguiera creciendo y que sus apariciones públicas fueran impecables.
Y todo se había vuelto incluso más complicado durante las últimas semanas. Connor Jordan, un antiguo empleado suyo, había estado rondando la empresa, buscando hablar con él. Sin embargo, durante la semana anterior, Damon había estado de viaje en Los Ángeles, por lo que no había podido recibirlo. Dudaba poder hablar con él incluso ahora, que estaba de vuelta en su ciudad natal. Sospechaba el motivo por el cual aquel hombre lo buscaba.
Ni siquiera había sido culpa suya. Damon le había dejado claro a April que lo que ellos tenían no significaba nada, que nunca iban a tener una relación seria, puesto que él quería volver con Caroline, que en aquel momento había decidido abandonarlo por culpa de sus celos. En aquel momento, April había aceptado aquella corta relación sin compromiso, pero se arrepintió, e intentó hacer todo lo posible por conseguirlo.
Y ahora, la joven millonaria había pedido ayuda a papi para lograr vengarse del malvado hombre mayor que le había roto el corazón a su niña. Damon sabía que era lógico que Connor Jordan intentara ayudar y proteger a su hija, pero era incapaz de comprender como un pequeño problema se había convertido en un asunto tan grande y complicado.
Damon volvió a suspirar. Aquello era un tema del pasado, y el joven empresario estaba decidido a no dejar que aquella familia de millonarios arruinara todo lo que a él tanto tiempo le había logrado conseguir.
El plan de Elena comenzaba en aquel momento. Se había vestido elegantemente, con americana y tacones, e incluso había cambiado su habitual coleta por suaves rizos que caían a ambos lados de su rostro. Acababa de entrar en el enorme edificio en el que se encontraba la base central de la empresa de Damon Salvatore, e iba predispuesta a lograr tanta información como le fuera posible. Y, en el mejor de los casos, lo convencería de que su situación era mala en aquel momento, y de que debería ser su protectora.
La asesina se dirigió con paso al ascensor, sin hacer caso del hombre de seguridad de dos metros, que intentaba cerrarle el paso.
- ¡Señorita!-le dijo, finalmente, y Elena no tuvo más remedio que detenerse. Cuando se giró, tenía puesta su más sumisa y seductora sonrisa, y parecía totalmente inocente-. No tiene identificación. Debe hablar con información antes de poder acceder al ascensor.
- Lo lamento, no lo sabía. Es la primera vez que vengo, pero no tengo tiempo que perder. El señor Salvatore en persona me espera, y si llego tarde, me matará-dijo, dándole un tono preocupado a su voz. Pareció que funcionaba, puesto que tan sólo unos segundos después, asintió.
- De acuerdo. Pero sólo por esta vez. No puedo permitir que cualquiera deambule por el edificio sin identificación.
Elena le dedicó su más deslumbrante sonrisa, y dejó que el hombre de seguridad la condujera hasta el ascensor. Cuando este se marchó, y mientras esperaba hasta que el ascensor llegara hasta el último piso del rascacielos, sacó una horquilla que se encontraba bien oculta entre sus rizos. Si no conseguía acceder a dónde quería, lo haría por sus propios medios. Incluso si eso significaba arriesgarse a que miles de cámaras la descubrieran. No lo harían, sin embargo. Ella era la mejor en ocultarse.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la sonrisa inocente que Elena había llevado con el hombre de seguridad había cambiado por una decidida. Una mujer joven la miró desde su escritorio, tras el cual se encontraban las puertas dobles que llevaban al despacho de Damon Salvatore. La asesina se dirigió rápidamente hacia ella.
- Necesito ver al señor Salvatore-dijo, seriamente.
- Sólo puede pasar si él se lo permite. Le preguntaré. ¿Cuál es su nombre?
- Señor Salvatore, hay una señorita llamada Elena Gilbert que quiere verla-dijo Hayley, su secretaria, al entrar a su despacho. Damon no estaba de humor para ver a nadie, pero la mención del nombre de su primera novia seria le llamó repentinamente la atención.
- Dile que pase.
Damon se levantó de su silla, y se dirigió hasta el mismo ventanal desde el cual había observado la ciudad la noche anterior. Escuchó los pasos de Elena, que sonaban mucho menos torpes de lo que habían sonado años atrás, y cómo Hayley cerró la puerta. Sintió cómo Elena lo miraba fijamente, y sintió que estaba siendo sometido a un examen. No pudo reprimir una sonrisa de lado.
- Elena-dijo a modo de saludo, girándose. Fue entonces turno de él para mirarla fijamente, y su sonrisa se amplió al verla, todavía más hermosa de lo que era antes-. Cuánto tiempo.
- Damon. Tenemos que hablar. Estás en peligro.
Damon supo sin preguntar que se refería a Connor Jordan. Eso lo sorprendió. Después de tantos años, saber que Elena seguía preocupándose por él, lo halagaba. No pudo evitarlo, y se acercó a ella. Le acarició la mejilla, y después, aprovechando la expresión sorprendida que se le había formado, la besó.
