Hola a todos! Rena al habla! ;)

Volvemos a estar por aquí! Ya falta poco para que todo esto termine así que disfrutad estos últimos capítulos de esta historia! :D

Muchas gracias por todos los reviews, followers y favoritos que recibimos! Y ahora, pasamos a la contestación de los reviews ;)

Thenordic5forever96: Pues, te lo diré, ellos [/censurado por spoiler/] ¡Espero haberte sido de ayuda! :))) Gracias por el review y esperamos verte pronto! ^^

DemonBlackStar: ¿Te hacemos sufrir? Juro que no es nuestra intención! O tal vez si hahahaha Mucha gente echaba de menos a España xD A ver que te parece este capítulo! Muchas gracias por el review!

Horus100: Emm… Sobre Bélgica no puedo decir nada^^' Trata de no clavar nuestras cabezas en una pica, por favor u.u' No somos tan crueles :P En fin, muchas gracias por dejar tu review!

Liz Jones Kirkland: Repito que no es nuestra intención ser crueles (aunque parezca lo contrario) Es tranquilizador saber que alguien no puede amenazarnos xD Lo digo muy en serio! Hahahaha Muchas gracias por dejar tu review!

Bueno, hasta aquí los reviews del capítulo pasado. Y ahora ¡The Last Life. Capítulo 15!


Inglaterra

Cuando volvió la luz. Se encontraba en una fiesta. Aunque él, más bien era un fantasma. Pues nadie podía verlo u oírlo.

La reconoció. Estuvo allí hacía mucho tiempo. Siglos. Había sido con la gente importante de su casa y la de Estados Unidos, un par de décadas antes de su independencia. Habían sido invitados y por algún motivo, tenían que llegar separados. Él llegó primero y lo esperó cerca de la entrada. Se encontró en seguida, estaba allí impaciente para encontrarse con su colonia con el traje que le había regalado hacía un par de años.

Pero cuando llegó, llevaba otra ropa. Una que le había hecho un sastre francés de la ciudad. Le había sabido mal eso y le había preguntado donde había dejado el otro traje.

- Es que ya estaba un poco viejo – dijo Estados Unidos -. Además que aquí ya estaba pasado de moda, así que prefería estrenar algo nuevo.

Inglaterra no había dicho nada más del tema durante toda la noche, pero estaba un poco dolido por ese motivo. El traje que le había regalado entonces tenía un valor sentimental un tanto especial.

Pero eso había sucedido hacía cientos de años y ahora mientras contemplaba la escena, se sentía un tanto raro. ¿Por qué el más allá le mostraba eso? Es verdad que se sintió un tanto decepcionado con Estados Unidos por eso pero…

Entonces, todo se volvió negro de nuevo y volvió al sótano, aún con la pajarita en mano y el pequeño Estados Unidos que lo miraba preocupado.

- ¿Es eso lo que hacen estos objetos? – dijo Inglaterra -. ¿Me llevan al pasado?

La pequeña nación asintió mientras agarraba él también la pajarita.

- ¿Uno de ellos es la llave para liberarte? – dijo Inglaterra.

Estados Unidos volvió a hacer un gesto afirmativo mientras le ofrecía otro objeto: una entrada de cine.

Pues allá vamos… dijo mientras la agarraba con fuerza.

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Italia

Empezó a desesperarse.

No importaba las veces que entrase en el laberinto, siempre acababa yendo al mismo sitio: al principio.

Lo había intentado todo. Las primeras veces, empezaba a cruzar por los caminos llenos de rosas procurando no pincharse, sabiendo que si lo hacía lo más probable era que una ilusión lo atrapara de nuevo. Pero nunca encontraba la salida y siempre acababa tocando una de las espinas. Otras veces, había intentado cortar una flor y llevársela consigo, pero tampoco resultó ser efectivo, además que le costaba hacerlo sin hacerse daño. Otras veces intentó rodear el laberinto, pero siempre se encontraba con algo que le impedía el paso y no podía seguir. Al final, estaba tan desesperado que llevaba sus propias manos hacia las espinas por ver si había alguna pista dentro de las ilusiones. Pero cuando hay un mundo entero tratando de engañarte es muy difícil sacar alguna pista.

Todas las ilusiones que él vivía eran parte de sus recuerdos, pero siempre había algo diferente. Todas estaban relacionadas con el Sacro Imperio Romano y Alemania, pero siempre que uno de ellos tenía que aparecer, el otro tomaba su lugar. La vez que se bañó en el río con su amor de la infancia, Sacro Imperio no estaba allí, en su lugar estaba Alemania, ordenándole que se pusiera un poco de ropa en vez de huyendo de él. Tampoco lo había confundido por una chica, sino que sabía que era un chico.

Por otra parte, una vez lo habían metido en una ilusión que representaba una Navidad que había pasado junto Japón y Alemania. Pero allí estaba el Sacro Imperio. Y lo que fue una Navidad muy divertida con muchas anécdotas que contar se estaba volviendo una tranquila velada antes de que Italia se diera cuenta y rompiera la ilusión.

Y así incontables veces. Siempre el pasado, siempre sus recuerdos. Y cada vez que entraba a uno, más difícil le resultaba escapar. Temía que si seguía de esa forma, al final se quedaría atrapado en una ilusión para siempre. Solo esperaba que pudiera seguir adelante un poco más antes de que las ilusiones lo atraparan por completo.

Una vez más, se adentró en el laberinto. Ya no intentaba dejar un rastro para que le indicase el camino por donde había venido, sino más bien arrastraba sus pies sin ánimo, con las pocas esperanzas que le quedaban llegar al final.

Pero había algo que le extrañaba. ¿Por qué cada vez que entraba en una ilusión eran el Sacro Imperio y Alemania cambiaban sus lugares? Según su opinión sería mucho más fácil engañarle si todo se mantenía tal y como era. Esas ilusiones eran tan reales que no haría falta mucho para que quedase atrapado. Entonces, ¿por qué?

Y se dio cuenta de lo que tenía que buscar. Quizás si conseguía esta respuesta podría salir del laberinto.

Sin dudarlo, se acercó a una de las rosas y se agarró con fuerza a las espinas. Tuvo tiempo de sentir como la sangre le cubría la mano antes de ser empujado hacia otra ilusión.

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Inglaterra

Esta vez, también reconoció el lugar donde se encontraba.

Se encontraba en Nueva York, al lado de unos cines donde ponían una película que él había querido ver desde hacía mucho tiempo. Pero ese era el día que hacían la última sesión y Estados Unidos había insistido ir a verla con él.

Pero llegó tarde. Y eso realmente cabreó a Inglaterra. No era que el problema fuera la película en sí. No era tan infantil, sino una acumulación de problemas de pareja que se habían ido sumando en todos los años que llevaban juntos que acabaron estallando esa noche.

Habían querido pasarlo bien, pero todo acabó en gritos y cada uno largándose por su lado. Se habían dicho cosas hirientes y les costó semanas superarlo.

Pero Inglaterra aún recordaba esa pelea, fue una de las más grandes que tuvieron y la tuvo que volver a mirar entera. Sabía que después se había dado por vencido y había acabado llamando a su pareja, pero ahora que lo había visto… No estaba seguro si había hecho bien…

Todo se volvió negro otra vez y nuevamente apareció al sótano. Pero esta vez, el pequeño lo estaba abrazando con fuerza conteniendo las lágrimas.

¿Me está pidiendo perdón? pensó Inglaterra.

Y entonces supo que estaba haciendo el más allá. Estaba intentando que sintiera que no valía la pena salvar a Estados Unidos. Que lo había decepcionado muchas veces y que lo volvería hacer. Quería que se fuera.

Pero él no se iba a rendir. Si conseguía perdonarle esas veces que lo habían decepcionado, el ataque del más allá no tendría efecto alguno.

- Hey – le dijo al niño -. No te preocupes. No te voy a dejar aquí – suspiró -. Al fin y al cabo, si volví esa vez es porque te quería demasiado y he venido aquí por el mismo motivo. Da igual las pruebas que tenga que pasar. Vamos a volver los dos ¿de acuerdo?

El niño asintió. Cogió la entrada y la cambió por el siguiente objeto.

Inglaterra se quedó paralizado: Era un fusil viejo.

Tendría que habérmelo imaginado… pensó.

Con la mano temblando, lo agarró con fuerza

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Romano

Otra día más que el sol le despertaba. Ya ni se molestó a mirar el reloj, seguramente serían las 12 del mediodía, como siempre. Se vistió y salió al pasillo.

-Buenos días, Romano-saludó Bélgica quien venía acompañada de Holanda-.

Romano la miró un par de veces. Aquella no era la Bélgica que se le apareció ayer, cuando estaba en el campo con España. Aquella que tenía delante era la verdadera… Entonces ¿Quién era ella? ¿Y porque lucía tan mal?

-¿Romano?

La dulce voz de la muchacha lo sacó de sus pensamientos.

-Hola-dijo en una media voz-.

-Ahora íbamos a la cocina. Vamos a hacer unos waffles ¿Tu querrás?

Romano no contestó, desvió la mirada. Sentía como su corazón era cruzado por la nostalgia. No podía ser que todo aquello, todas aquellas guerras, todos aquellos problemas, todas aquellas victorias no fuesen más que un sueño. No se podía soñar, con tanto detalle, tantas historias como él recordaba. Aquello, aquello definitivamente no podía ser… Pero, en parte, Romano no quería admitir la verdad y parte de él no hacía más que decirle que aquello era la realidad.

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Italia

Cuando se dio cuenta, estaba en casa de Austria, con una escoba en la mano. Tenía que seguir barriendo.

¿Pero que día era?

Miró a su alrededor. Allí solo había soldados que no paraban de moverse de un lado para otro. Parecía que estaban a punto de partir… A una guerra. Si… sus preparaciones, sus rostros, su falso entusiasmo… Todo indicaba eso.

¿Pero, qué guerra?

Parte de él estaba alarmado, diciéndole que no tenía que estar allí, que eso era falso, que tenía que huir. Pero otra parte decía que tenía que quedarse.

Hasta que llegue alguien se dijo a si mismo ¿Pero quién?

Entonces lo vio a la lejanía. A Alemania.

Y lo recordó. Era la Guerra de los Treinta Años. La guerra que empezó la gran decadencia de un gran reino.

Alemania ya no es un reino dijo una vocecita en su interior Allí ya no quedan reyes

¿Pero entonces que hacía allí?

Daba igual, tenía que despedirse antes de que fuera demasiado tarde. Pues los soldados se iban hoy. Si no le decía adiós ahora quizás no volvería a verlo… Corrió hacia él arrastrando la escoba y se cayó de bruces al suelo un par de veces por culpa de eso.

Pero en vez de lo que tenía que pasar, de llegar él a Alemania antes de que se fuera. Fue Alemania quien se dirigió a él.

- Solo vengo a despedirme – dijo -. No nos veremos en mucho tiempo.

Esas palabras hicieron que Italia olvidara todas sus dudas y preguntas. No podía ser, no se podía ir otra vez…

Pero ¿Se había ido antes? No estaba seguro… Pero tenía la sensación que si lo dejaba marchar, no lo volvería ver. No, al menos en mucho tiempo. Hasta la Primera Guerra Mundial. Aunque allí no lo volvería ver como Alemania sino como…

Y entonces la cayó en la cuenta y la verdad lo golpeó como una maza.

En ese momento, Alemania empezó a hablar otra vez al ver que no respondía.

- Sé que estamos muy unidos – dijo -. Pero voy a volver, seguramente, así que cuídate antes de volver a verme.

- Sé que nos volveremos a ver – dijo Italia.

- Aunque los resultados de esta guerra pueden ser inciertos…

- No – dijo Italia -. Ya sé que pasará.

Alemania pareció mirarlo con sorpresa.

- Sé que vais a perder – dijo Italia -. Sé que tu vas a desaparecer. O al menos nadie sabrá donde estás, pero volverás años después. Sin acordarte de nada, con otro nombre y personalidad. Pero seguirás siendo tú. Con el tiempo nos volveremos a encontrar.

- Italia, ¿qué estás diciendo?

- Y todo esto lo sé porque ya lo he vivido – dijo Italia -. Este día, era el Sacro Imperio Romano quién estaba aquí, estabas tú, pero con el nombre que tenías antes. Yo te di mi escoba y tu me besaste. Luego pensé que habías muerto. Pero no es así. Porque no te moriste hasta muchos años después – miró a su alrededor -. Esto no es más que una ilusión creada por recuerdos manipulados. Yo estoy en el más allá tratando de salvarte. Y tu eres Alemania y el Sacro Imperio, porque los dos siempre habéis sido la misma persona.

En ese momento, la ilusión se volvió a romper. Pero esta vez no hubo caída. Al contrario. Se mantuvo de pie, iba con las ropas con las que había entrado en el laberinto, pero esta vez estaba en una sala con un trono. Y en este, se encontraba Alemania dormido.

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Romano

-No lo es-dijo una voz-.

Ni Holanda ni Bélgica estaban allí. Bueno, ella sí que estaba, pero no aquella dulce Bélgica sino la otra, la que parecía que había pasado por una tortura peor que la muerte.

-¿El qué?

-La realidad, no te dejes engañar. Este es su juego

-¿El juego de qué?

La chica señaló a la puerta que tenía a su lado.

-Habitaciones

Romano alzó la vista. De nuevo aquella Bélgica malherida, a punto de desfallecer de dolor.

-¿Qué hay en ellas?-interrogó Romano-.

-Oscuridad

-Hay algo más

-Hazañas, conquistas, desastres, calamidades, milagros, héroes… Hay el destino infinito allí cerrado

-¿A qué te refieres?

-Hay toda una historia aprisionada en esos lugares-sonrió antes de desaparecer-.

Romano se levantó y miró al cielo. Le costaba creer que ya se estuviese poniendo el sol, de hecho, eso era imposible y más siendo España. Decidió regresar a la casa. Allí había algo que no encajaba y, si se encontraba escondido en alguna habitación, estaba dispuesto a abrir cada una de las puertas de aquella casa.

Empezó por la primera planta, siguieron la segunda, la tercera, la torre de sirvientes. Todo el lugar registrado en un templo record. Le extrañó no encontrarse a nadie, ni siquiera se topó con España ni una vez. Decidió sentarse en el muro que daba al huerto. Como sospechaba allí tampoco había nadie. Aquello se le empezaba a ser incomodo ¿Dónde habían ido todos?

"¡No me dejes solo!" Vete por favor… - dijo -. No quiero que veas esto…" "No te voy a dejarte…" "Te quiero, Romano…"

Aquel tormento de voces lo aturdieron. Pudo reconocer la suya y, a su vez, pudo reconocer la de él. Automáticamente miró a la puerta de final del pasillo. Aquella puerta de madera vieja, de hierros oxidados y a la cual España no había dejado que entrase: el sótano. Tragó en seco y, aprovechando que nadie estaba mirando, se acercó y trató de abrir el portal. Encallado. Golpeó el trozó de madera que, por las termitas que deberían haber dentro, se desmoronaba. En vistas de que los puños no servían, empezó a golpear con le pie hasta que finalmente se abrió.

Parpadeó repetidas veces para poder creer lo que sus ojos veían. Una sala enorme, vacía y oscura. Alguien, al final, estaba atado con los brazos a la pared. Fuertes cadenas pesaban en sus muñecas, torturándolo. La sangre lo cubría prácticamente todo, la ropa se le tiñó del más doloroso color: el rojo.

Romano dio un paso al interior y volteó al sentir que la puerta se cerraba violentamente, tras él. Cuando aquel portal se cerró finalmente pudo recordarlo con claridad: Donde estaba ahora era la realidad. Era el lugar donde España fue desterrado por la propia muerte. Y, sin darse cuenta, el italiano dejó caer dos lágrimas que, junto a la sangre de España, mancharon el suelo del piso.

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Inglaterra

- Escucha, Inglaterra. A pesar de todo, escojo la libertad.

El efecto fue inmediato.

Se encontró en el campo de batalla. Ese último campo de batalla en el que él y Estados Unidos se habían enfrentado por última vez en la Guerra de Independencia. Tendría que haber pensado que tarde o temprano tendría que enfrentarse a ese momento.

Maldita sea se dijo.

La verdad es que creía que ya le había perdonado eso hacía mucho tiempo, pero el más allá le estaba reabriendo muchas heridas y esa memoria era de las más horribles. El momento en que se quedó completamente solo… ¿sería capaz de volver a perdonar eso?

Observó como su yo pasado atacaba a Estados Unidos, solo para quedarse de rodillas inmediatamente después. Se había encontrado muy impotente en ese instante, cuando vio que ya no podía hacer nada para retener a quien había considerado de su propia familia.

Vio como los soldados estadounidenses se iban marchando poco a poco con gritos de alegría al ver que habían ganado la guerra. Reían, cantaban y lo celebraban. Pero en cambio, los ingleses se quedaban atrás, con él llorando en el suelo.

El último en irse fue Estados Unidos. Parecía querer decir alguna cosa, pero no lo hizo. Tampoco había nada que decir, no quería disculparse y él tampoco estaba dispuesto a empezar una amistad. Así que simplemente se largó.

Mientras miraba lo que ocurría, se dio cuenta que él también estaba llorando. El más allá había traspasado su límite. ¿Cómo podría perdonarle eso otra vez…?

Entonces sintió como alguien le cogía la mano. Era el pequeño Estados Unidos otra vez. También estaba llorando con él, con unos ojos que le pedían que le perdonase. Parecía que no podía hablar, pero su mensaje estaba claro, que no quería que lo odiase.

Inglaterra lo abrazó con fuerza recordando el porqué estaba allí. Era cierto que muchas veces lo había herido, que lo había dejado atrás y lo había hecho llorar, pero también lo había hecho muy feliz. Y en el fondo lo quería demasiado.

Los horribles años que habían seguido a la Guerra de Independencia no se podían comparar en nada con los meses que había pasado con él muerto. Prefería mil veces que lo abandonara a no verlo nunca más.

- Esta bien – dijo Inglaterra -. Te perdono – le dijo a la pequeña nación -. Eso ya pertenece al pasado, aunque nunca acabe de entender tus motivos, ya lo he dejado atrás.

Lo decía seriamente y la pequeña nación lo supo, porque justo antes de desaparecer sonrió. En su lugar, quedó, en cambio, una especie de llave con un hilo para colgarla por el cuello.

Ya no estaba en el campo, ni en el sótano. Sino en un páramo todo de color blanco, excepto el suelo, que estaba cubierto de agua.

Examinó sus alrededores. Hasta que a la lejanía lo vio. Una especie de jaula hecha de vidrio. Y dentro estaba Estados Unidos.


Y bien ¿Qué os ha parecido? ¿Bien? ¿Mal? ¿Cruel?

Esperamos que os haya gustado y os esperamos la semana que viene!

No olvidéis dejar algún review!