¡Hola! ¡Curly al habla!

Bueno, esta semana ya publicamos puntualmente xD. Esto se está acercando cada vez más a su fin así que esperemos que disfrutéis lo que queda.

Antes que nada agradecer followers, favoritos y reviews.

XeliaNoctus: ¡Gracias por el review! Y bueno, aquí tienes la continuación del capítulo anterior. ¡Esperamos que te guste!

DemonBlackStar: *Le pasa un refresco* Anda, descansa xD. ¡Nos alegra que te haya gustado el capítulo y gracias per el review! ¡Esperemos que este también te guste!

horus100: ¡Gracias por el review! Teniendo en cuenta lo de España… Bueno, no puedo decir nada al respeto aún o Rena me va a degollar xD. ¡Esperamos que te guste este capítulo!

Y ahora sin más demora, el nuevo capítulo!


The Last Life – Capítulo 16

Estados Unidos

Hacia ya días que había aprendido a controlarse a si mismo. Era increíblemente fácil no sufrir dolor una vez había aceptado que estaba muerto y que no tenía nada que temer, pues aunque esa especie de habitación lo intentase, no sufriría daño alguno. Le había costado al principio, pero con el tiempo, la habitación ya no le afectaba físicamente (si es que tenía un cuerpo). Lo que le empezaba a doler era mentalmente.

Una vez se hubo librado del dolor de las descargas, empezó a buscar una forma de salir de allí. Buscó por las paredes alguna cosa que le pudiera servir, pero no había nada, solo podía ver como una corriente eléctrica pasaba a través de ellas. Los primeros días (según le pareció a él), los aguantó bien, con un poco de optimismo, mientras intentaba también recuperar sus recuerdos, aferrándose a Arthur Kirkland.

Poco a poco, los recuerdos habían ido regresando hasta que podía contar gran parte de su vida. Lo hacía de vez en cuando para no volver a olvidarlo.

Me llamo Alfred F. Jones. Soy una nación llamada Estados Unidos. Fui criado por Arthur Kirkland o Inglaterra hasta que me independicé en una guerra. Entonces luché en muchas otras, me parece que incluso alguna fue civil. Con el tiempo Arthur me perdonó y acabamos siendo pareja. Aún lo amo. Mucho. Quiero volver a verlo… La última vez que nos encontramos él estaba luchando en una guerra. Y yo morí en ella porque me bombardearon con armas nucleares creo… Y estoy en esta habitación prisionero quizás, porque una nación no debería tener permitido morir…

Cada vez que recordaba algo lo añadía a la lista. Al principio, lo hacía solo para asegurarse que aún tenía memorias. Pero con el paso del tiempo, empezó a hacerlo para animarse.

Porque era incapaz de salir de allí.

Lo había probado todo: Dar golpes, buscar algún dispositivo, rezar… incluso había intentado manipular con su mente la habitación. Pero había sido inútil. Parecía que lo dejarían allí encerrado por el resto de la eternidad…

Hasta que días después, volvió a recordar que estaba muerto. No tenía cuerpo, por lo que no estaba limitado por él, ni por la gravedad ni por ninguna de las leyes físicas que gobernaban a los vivos. Si creía que podía volar, lo podría hacer, si creía que podía travesar paredes, lo haría.

Aunque solo estaba cierto en una pequeña parte.

La primera vez que consiguió salir de la jaula, solo lo hizo una pequeña parte de su ser. Otra parte se quedó encerrada allí dentro y ambas estaban unidas por una cadena con la que no pudo hacer nada para soltarse. Además, en el momento en que puso un pie fuera de ella, se encontró en otro lugar… Que conocía por los recuerdos recuperados: la casa donde había vivido cuando era pequeño.

Empezó a caminar por el lugar sin entender muy bien porqué estaba allí. Fue investigando las habitaciones una por una. Algunas no le sonaban de nada, otras, estaban llenas de recuerdos.

Hasta que llegó al sótano. Al principio, estaba cerrado con llave. Pero él, nuevamente, no era corpóreo, por lo que travesó la puerta sin problemas. Lo que había allí dentro, era un montón de objetos varios que parecía que habían ido acumulando el polvo durante mucho tiempo. Por curiosidad, cogió uno de ellos.

Hasta entonces, había recordado muchas cosas, pero nunca había vivido una memoria como aquella. El soldadito que había agarrado, le hizo vivir una pelea que tuvieron él y Arthur.

Cuando la memoria terminó, él estaba otra vez dentro de la jaula.

Poco después, volvió a tratar de salir de la jaula. Una y otra vez, pero cada vez acababa encerrado y encadenado, siempre visitaba la casa. Aprendió a elegir cuan grande era la parte que quería que saliera de la jaula y el aspecto que quería tener. Así, podía ver lo que había fuera de su prisión, aunque la casa siempre estaba desierta y nunca podía abandonarla. En el fondo, su prisión solo se había ampliado.

Hasta ese momento.

Mientras estaba caminando por la casa, escuchó unos ruidos y los siguió.

Y vio quién los hacía.

Era Arthur Kirkland.

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Romano

Tanteó por aquel suelo manchado de dolor. Él no le miraba, mantenía sus ojos bajos, fijos al suelo, dejando que su flequillo los ocultase. Lo que Romano más ansiaba ver otra vez, los alegres y cálidos ojos de España.

Las botas empezaban a teñirse de rojo, igual que cuando estaba en el campo de batalla. Su corazón recibió una punzada de dolor. Se detuvo, estaba dudando ¿Y si regresaba? Aunque aquella no fuese realidad, aunque viviese engañado… Aquel universo que había abandonado, aquel sueño en el que había vivido por unos días era mil veces mejor que la realidad. Siempre quiso regresar al lado de España, siempre quiso volver a aquellos días de tranquilidad donde ambos recogían tomates, donde –a pesar del mal humor que podía mostrar- se lo pasaba muy bien. En aquello días, hasta su hermano menor era feliz viviendo con Austria y, de vez en cuando, podía verle. En aquellos días…

Retrocedió un paso y su corazón recibió otra punzada ¿Por qué dudaba ahora? Tal vez porque nunca imagino encontrarse con aquellos días en aquel lugar, la prisión de España era su propio pasado ¿No era aquello demasiado cruel? De nuevo dio un paso al frente. Tenía que ayudarlo en medio de aquella agonía. Además, puede que aquel sueño solo fuese complaciente para él porque, después de todo ¿Quién le decía que el España que conocía en aquel sueño era el mismo que estaba encadenado delante suyo? Romano siguió adelante y se arrodillo delante suyo. El otro no respondía, es como si lo estuviese ignorando.

Lentamente, la nación llevó la mano hasta el flequillo del otro y lo apartó viendo, por primera vez, sus ojos. Romano sintió como sus sentimientos estaban siendo presos por una gran angustia. Era, la segunda vez en toda su vida, que vio a España llorar.

-Espa… ña-llamó débilmente, sintiendo como las fuerzas los abandonaban-.

-Romano-él esbozó una triste sonrisa- No quiero que seas un sueño

De nuevo aquella punzada en su corazón. Podía sentir como las lágrimas amenazaban con salir pero ¿Qué más daba, ya? Agarró el rostro de España con ambas manos y junto sus frentes. Lo miró a los ojos, trató de ver a través de ellos pero, allí había demasiado dolor.

-¿Lo parezco?-le preguntó el italiano-.

España se mordió el labio, no quería llorar delante de Romano, tenía que ser fuerte pero las lágrimas salían solas. Las manos de Romano se estaban mojando con su dolor, el mismo estaba siendo manchado por la agonía y el miedo que España había sufrido.

-Romano-logró decir- No quiero…

-Yo tampoco quiero volver a perderte-se confesó el italiano- Mírame-pidió. Tímidamente, España volvió sus ojos sobre Romano- Hay gente allí fuera, nos están ayudando a rescataros. A todos los que estáis aquí atrapados ¿Entiendes?

España se sostuvo la mirada unos segundos más y regresó sus verdes ojos, al suelo.

-No puedo…-confesó- De nuevo, eres otra ilusión más ¡Se que eres una ilusión!

Romano se apartó un poco. No pensó que esas palabras pudiesen causarle tanto daño, de hecho, lo que más le afectó fue el tono de reproche con el que él se lo dijo.

-Estoy harto de que tomes la forma de la persona que amo ¡Lárgate de aquí!-ordenó sin mirarle a la cara, manteniendo sus ojos fijos en el suelo de nuevo- ¡No vuelvas a aparecerte delante de mí nunca más!-ordenó-.

Ahora sí, todo esfuerzo que Romano hizo para contenerse se desvaneció y, de sus ojos ámbar, empezaron a caer unas dolorosas lágrimas que trataban de reducir el dolor que aprisionaba su corazón. El italiano se mordió el labio, él tampoco quería parecer débil aunque, al dejar caer esas lágrimas estaba demostrando que realmente lo era.

-España…-murmuró Romano sintiendo como el mundo se le venía encima-.

-¡Lárgate! ¡No quiero verte!-ordenó el otro aún sin mirarle-.

Ahora sí que no podía con él mismo. Lo anterior, revivir aquel entrañable pasado no era nada en comparación a las palabras de dolor que Antonio le estaba escupiendo. Aquello era mil veces peor que ver a Bélgica y Holanda preparando Waffles, aquello era mil veces peor que volver a ver s España cultivando su huerto de tomates, aquello era mil veces peor que la realidad de la que venía. Le dieron ganas de irse de allí, le dieron ganas de querer olvidar todo aquello, le dieron ganas de retroceder en el tiempo y no haber entrado en aquel infierno jamás pero, lo sabía bien, no había forma de borrar lo ya escrito.

Apretó sus puños, impotente. Lo tenía allí delante. La persona que había perdido años atrás, la persona a la que amaba estaba allí, exigiéndole que se fuese. Se mordió el labio, contuvo todas sus emociones, controló su dolor y, haciendo de tripas, corazón, agarró el rostro de España y lo besó.

Estuvieron algunos segundos así hasta que Romano se separó y volvió a recostar su frente contra la de España.

-¿Te parezco una ilusión?

Aquella pregunta, cargada de dolor, llegó al corazón de España. Más lágrimas asomaron por los ojos, no solo los de España, también por los de Romano quien estaba siendo carcomido por la angustia.

-¿De… De verdad eres tú?-preguntó el mayor-.

-¿Quién sino?

España cerró sus labios con fuerza. No quería hacer pucheros, no quería volver a vacilar delante suyo ¿Cómo no pudo distinguir a Romano? ¿Por qué…?

-Romano-murmuró lleno de alegría-.

-Voy a sacarte de aquí-aseguró-.

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Italia

Italia miró a su alrededor. Estaba delante de unas grandes puertas, frente al pequeño pódium donde estaba el trono y, dormido en él, estaba Alemania. Italia caminó por aquella deteriorada alfombra roja. Veía como, entre los bloques del suelo, habían crecido algunas hierbas. Los grandes ventanales, que en un pasado debieron ser algo majestuoso, se encontraban ahora dañados por el tiempo, alguno incluso estaba roto y, a través de él, una enredadera logró colarse al interior de la estancia. Y, justo detrás del trono, había una gran bandera, rasgada por el dolor de todos aquellos años. Era una bandera amarilla, con dos águilas negras dibujadas en ella. Naturalmente, Italia conocía aquella bandera de sobras.

-Sacro Imperio…-murmuró triste, sintiendo la nostalgia invadiéndole-.

Bajó un poco la mirada hasta que volvió toda su atención a la persona dormida en aquel majestuoso trono. Algo dudoso, se acercó hasta él. Lo miró como atención. Su rostro no mostraba miedo o dolor, estaba completamente relajado, como si estuviese teniendo un apacible sueño. Italia esbozó una sonrisa, estaba tranquilo de que Alemania, no, Sacro Imperio Romano estuviese bien. Acarició su rostro, lo había echado tanto de menos.

-Alemania-lo llamó-.

Este seguía sumido en aquel profundo sueño.

-Alemania-insistió Italia-.

La nación se fijo que el otro estaba encadenado al trono. Le extrañó eso, si estaba dormido no había necesidad de encadenarlo, no iba a ir a ningún lado. Ignoró ese detalle y sacudió ligeramente a Alemania.

-Despierta-pidió con aquella voz calmada-.

Este seguía sin abrir sus ojos. Italia empezaba a preocuparse.

-Alemania-llamó moviéndolo más insistentemente-.

Nada. Italia paró un momento y lo examinó nuevamente ¿Por qué no despertaba? Alemania era de sueño ligero, lo sabía muy bien. Siempre se despertaba la mínima ¿Por qué ahora no lo hacía?

-Alemania-volvió a sacudirlo sin que este diese alguna señal de estar despierto-.

De casualidad, Italia miró hacia la puerta. En ese momento, sintió el miedo acosarlo ¿Por qué ya no podía ver la puerta por la que acababa de entrar? ¿Por qué ahora solo podía ver oscuridad en ese lugar? En ese momento, aquel recuerdo apareció en su mente y sus ojos se abrieron al sentir ese miedo punzante en su corazón.

-La oscuridad-dijo atemorizado-.

Rápidamente regresó la mirada a Alemania y empezó a sacudirlo.

-¡Despierta!-gritaba- ¡Alemania tienes que despertar!

Miró un instante hacía aquello… estaba más cerca. Volvió sus ojos a Alemania y siguió sacudiéndolo con la intención de despertarlo.

-¡Alemania! ¡Tienes que despertarte!

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Estados Unidos

Primero, pensó que Arthur era una ilusión. Pero luego lo vio como una oportunidad. Nunca había entrado nadie en la casa. ¿Por qué había cambiado la cosa? ¿Habría muerto él también? Algo le decía que era algo completamente distinto.

Los primeros momentos, observó y se dio cuenta de que el inglés parecía estar muy perdido. Como él, no sabía como había llegado allí, además, había estado llamando a Italia y Romano (tenía sus caras borrosas en sus recuerdos), pero no parecían responder. Estaban los dos solos.

Confirmó que había algo que no cuadraba cuando le vio forzar la puerta de esa forma: un muerto no tendría que hacerlo, no tendría ni que abrirla. Algo no iba bien…

Entonces lo vio: Arthur estaba respirando. No debería hacerlo si estaba muerto. ¿Aún vivía? Y si era así…¿Qué hacía allí? Había sido capaz de entrar allí para… ¿salvarlo? ¿Era eso posible?

Pero al menos tenía que hacerle saber que se encontraba allí, que estaba bien. Hacerse notar e indicarle donde estaba la jaula. Sí, si lo hacía quizás pudiera salir de allí.

Intentó llamarlo, pero no tenía voz. Era una parte demasiado pequeña de su alma la que estaba fuera de la jaula como para poder hablar. Intentó hacer ruido, pero nada parecía funcionar… Hasta que rió de frustración.

Había estado a punto de rendirse, pero la risa funcionó.

No puede ser, pensó. Esto no sucede ni en las malas películas de fantasmas…

Pero para entonces, Arthur ya se había girado hacia él y lo miraba sorprendido. Se quedaron observando un rato mientras Alfred intentaba pensar que hacer. Tenía que llevarlo hasta la jaula ¿pero como?

Recordó que cada vez que volvía allí pasaba por los recuerdos. Quizás si lo conducía al sótano… Pero entonces correrían el riesgo de quedarse encerrados los dos. Pero si Arthur estaba vivo entonces no había motivo para atraparlo allí… De todas formas, era su única oportunidad. La puerta trasera siempre estaba abierta, podía conducirlo hacia allí…

Empezó a correr para llegar a la puerta, esperando que lo siguiera. La primera vez, no le hizo caso, pero después, fue corriendo tras de él hacia el sótano.

Mientras iba corriendo, escuchó como Inglaterra lo llamaba, pero no respondió, tampoco podía. Solo corrió hacia el sótano. Una vez allí, tendría que mostrarle los objetos… Todos eran recuerdos malos, pero sabía que canto más duros eran, más rápido te llevaban a la jaula. Quizás si Arthur podía soportarlos…

No tuvo tiempo de pensarlo, pues ya estaban allí y cogió el primer objeto que encontró: la pajarita. Mejor, no era un recuerdo muy duro.

Se la ofreció a Arthur, quien lo miraba sorprendido, pero la aceptó y la agarró fuerte.

Lo que pasó después, asustó a Alfred, pues el inglés se quedó paralizado durante unos segundos, mientras parecía revivir el recuerdo. Se alarmó y quiso quitarle la pajarita de las manos, pero no pudo, lo agarraba demasiado fuerte y en ese momento tenía el cuerpo de un niño.

Pero acabó volviendo en sí.

- ¿Eso es lo que hacen estos objetos? – preguntó - ¿Me llevan al pasado?

Alfred asintió.

- ¿Uno de ellos es la llave para liberarte?

Esa pregunta acabó confirmando las sospechas de Alfred. Estaba allí para sacarlo de la jaula y no pudo evitar sonreír ante eso.

Aunque no sabía lo de la llave, sospechaba que así era, por lo que volvió a asentir y luego le ofreció el siguiente objeto: una entrada de cine.

Inglaterra la tomó igualmente y volvió a quedarse paralizado. Mientras el mayor estaba en el recuerdo, Alfred revisó el lugar en busca de más objetos, aunque sabía cual debía ser el siguiente: el fusil.

Pero entonces, una duda le apareció en la mente: ¿Y si después de recordar esos malos momentos ya no quería salvarle? La simple idea de quedarse en esa jaula por siempre lo angustiaba, pero aún más la posibilidad de que Arthur pudiera abandonarle… Negó con la cabeza. Eso no iba a pasar…

Mientras pensaba eso, vio un objeto que no había visto nunca: una llave con un hilo para colgarla en el cuello. La agarró esperando que no lo llevara de vuelta a la jaula, pero no fue así, nada ocurrió. De todos modos, la guardó.

Entonces, se giró hacia Arthur que volvía a moverse. Fue corriendo hacia él y lo abrazó. No quería que lo abandonase… Sabía qué recuerdo era el de la entrada y lo sentía un montón… No quería que se fuera.

- Hey – oyó como decía -. No te preocupes. No te voy a dejar aquí. Al fin y al cabo si volví esa vez es porque te quería demasiado y he venido aquí por el mismo motivo. Da igual las pruebas que tenga que pasar. Vamos a volver los dos. ¿De acuerdo?

Alfred se alegró y pensó que debía darle ya el fusil.

Dudó cuando quiso agarrar esa arma, pero tenía que hacerlo… Y se lo ofreció.

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Romano

El menor se levantó y trató de abrir las cadenas que aprisionaban a Antonio. Hacía falta de una llave pero, si algo había aprendido en su larga vida, era que esas esposas eran conocidas por tener dos maneras de abrirlas. Trató de buscar aquel mecanismo, aquella era una de las ventajas de ser un país conocido por su mafia.

-¿Por qué…?-escuchó decir a España perplejo. Apartó su mirada de las esposas y miró al encadenado- ¿..todo está oscuro?

Romano miró detrás suyo. Ya no se podía ver la puerta por la que acababa de entrar. Todo detrás suyo estaba siendo por la oscuridad más profunda y desesperante que jamás ha existido. Poco a poco, se acercaba a ellos, como una fiera que vigila a su presa para atacarla cuando esta está más indefensa, acorralada por su propio miedo.

-La oscuridad-murmuró Romano perplejo. Apretó sus dientes y volvió a concentrarse en las esposas. Tenía que sacar a España antes de que aquella cosa los alcanzase-.

-Romano ¿Qué es eso?-preguntó Antonio, notablemente asustado y sin poder quitar los ojos a la oscuridad que los acechaba-.

-No lo sé-respondió el menor- Pero no puede alcanzarnos. Si lo hace…

España lo miró horrorizado, no le gustó nada aquel silencio que Romano hizo.

-¿Qué pasa si lo hace?-se atrevió a preguntar-.

Romano frunció el ceño. No quería darle motivos de alarma pero la situación le obligaba. Decidió que lo mejor era no decirle nada. Trató de centrarse en las cadenas que lo aprisionaban. No lograba abrirlas, lo había probado todo, todos los trucos que le enseñaron, aún así no se rindió. Lo sacaría.

-Romano…-dijo España en un hilo de voz-.

Para cuando el menor volteó, la oscuridad estaba a punto de cubrir los pies de España. Romano se sintió acusado por la impotencia e, indispuesto a dejar que España volviese a irse de su lado, volvió a darle a las manillas. Había perdido los papeles, no lograba abrir aquellas malditas esposas. Terminó por golpearlas, aunque eso implicase lesionarse la mano, aunque eso implicase romperle la muñeca a España. No importaba, tenía que sacarlo de allí.

-Romano-volvió a llamarle-.

La impotencia lo cruzó de lleno, y, decepcionado de él mismo, dejó que más lágrimas saliesen de su rostro. Se recostó en la pared y se dejó caer al lado de España.

-No puedo-dijo abatido- No puedo abrir las esposas. Esa cosa nos devorará

España lo miró. Romano pensaba que lo haría decepcionado, asustado pero, cuando se atrevió a mirarle, vio que no era así. A diferencia de lo que había pensado, Antonio sonreía cálidamente, parecía hasta aliviado. El italiano se quedó sin palabras al verle ¿Por qué sonreía? Estaba a punto de morir, otra vez, pronto su pie solo serían huesos y aún así, él parecía tan tranquilo.

-Al menos, esta vez-empezó a decir España- Puedo despedirme de ti…

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Estados Unidos

Pareció que pasaron horas antes de que Arthur volviera a moverse después de haberlo cogido. Y esos momentos fueron horribles para él, porque sabía que contenía ese fusil.

No podía decir que se arrepintiese de ese día. Le había gustado demasiado ser independiente como para hacerlo, pero sabía que había herido mucho a Arthur y ahora estaba casi seguro que lo dejaría allí.

Y eso hizo que quisiera empezar a llorar. No quería volver a estar solo, no otra vez.

Entonces Arthur empezó a moverse y vio como las lágrimas surcaban su rostro. Se apresuro en tomarle la mano. No quería verlo llorar.

Un abrazo lo tomó por sorpresa.

- Está bien – dijo con una voz rota pero reconfortante -. Te perdono. Eso ya forma parte del pasado, aunque nunca acabe de entender tus motivos, ya lo he dejado atrás.

Alfred sonrió pero antes de que pudiera hacer nada más, sintió como la cadena que lo ataba lo tiraba de nuevo hacia la jaula.

Se desesperó. ¿Había perdido a Arthur? ¿Por qué?

Se levantó y se dio cuenta de que la jaula ya no era la misma… Ya no podía ver las corrientes eléctricas, sino que todo era de vidrio. Y alrededor de la jaula solo había un páramo blanco.

Pero lo que le llamó la atención fue la pequeña silueta que se le acercaba a la lejanía. Y en seguida supo quien era: Arthur.

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Italia

Sin respuesta. La desesperación empezaba a aprisionarlo. Tenía que despertarlo y encima… Volvió la vista a las cadenas. Trató de recordar lo que los mafiosos hacían para librarse de las esposas pero, al parecer, aquel truco no funcionaba con aquellas cadenas. Rápidamente abandonó la idea de desencadenarlo y regresó a la tarea de despertarlo.

-¡Alemania!-gritó- ¡Despierta! ¡Tenemos que regresar! Arriba nos esperan todos –Italia sonrió con lagrimas en los ojos- Oni-chan habrá regresado con España e Inglaterra con Estados Unidos ¡Seguro que los dos lo han logrado! Además, Prusia, Hungría… ¡Todos nos están esperando allí fuera! ¡También nos están esperando nuestros nuevos amigos! Tú no los conoces ¡Pero seguro que te caerán muy bien!-aseguró Italia- ¡Son algo raros pero muy simpáticos! Ellos nos han ayudado con la guerra ¿lo sabías? ¡Hemos ganado! Por eso-Italia dejó de sacudirlo y se derrumbó al lado del trono, mientras, Alemania seguía dormido- Por eso tienes que regresar-dijo con cierta dificultad debido al llanto- Tenemos que volver…

Italia volvió a mirar aquella oscuridad, estaba a pocos centímetros del trono. La desesperación, el miedo, la angustia, todo se junto en la mente de Italia lo que provocó que más lágrimas saliesen de sus ojos ¿Qué debía hacer? Tal vez tenía que morir allí, al lado de Alemania, aunque él ya estaba muerto… Italia escondió su rostro entre sus brazos. No sabía que debía hacer, necesitaba a alguien que se lo dijese, necesitaba que Alemania le dijese algo.

Apretó los puños. Eso era, siempre tenía a Alemania allí, y ahora, ahora que era él quien dependía de Italia, este le fallaba. Regresó la vista a la oscuridad, había ganado terreno. Estaba decidido a despertarle, aunque eso fuese lo último que hiciese. Se levantó y volvió a sacudir a Alemania.

-¡Alemania!-insistió- ¡Alemania!

Gritó lo más que pudo, y ni eso lo despertó. Dejó de moverlo, era inútil. Alemania no despertaría. Italia dejó ir un puchero, decepcionado de sí mismo, decepcionado de su debilidad. Si fuese él el que estuviese allí dormido, seguro que Alemania hubiese hecho de todo para despertarle. Estaba seguro de eso. Porque en Alemania se podía confiar.

-¡Despierta!-pidió- ¡Sacro Imperio Romano!-gritó cargado de dolor-.

Italia se derrumbó, no había nada que hacer, ambos morirían allí. Serían comidos por aquella cosa oscura, ni siquiera sabrían que es lo que los devoraría.

-¿Italia?

El italiano sintió una punzada de dolor en su corazón. Lentamente, fue alzando su mirada hasta encontrarse con los azules ojos de Alemania. Aquellos ojos capaces de reproducir el color del cielo, de mostrarle a Italia las ganas que tenía de salir de allí y volver a ver aquel cielo azul con él.

Las lágrimas salieron de sus ojos y, antes de que Alemania pudiese decir algo más, lo abrazó con fuerza. No podía creer que al fin lo hubiese vuelto a escuchar. Volvió a escuchar su voz después de tanto tiempo.

-Italia… pensaba que…-murmuró el alemán-.

-Da igual-le interrumpió el italiano- Ya da igual. Estoy feliz de que hayas regresado

Alemania parecía sorprendido pero luego, sonrió cálidamente y recostó su cabeza sobre el hombro de Italia.

-Te he echado de menos-confesó el italiano mirándole a los ojos nuevamente. Alemania sonrió ante esa confesión- ¿Sabes? Nos están esperando arriba, tenemos que…

Para cuando Italia miró hacia la puerta se acordó. Allí estaba la oscuridad, ahora mucho más cerca, a dos milímetros de cubrir los pies de Alemania. Italia sintió una ola de pánico paralizarlo ¿Qué podía hacer?

-Italia-llamó Alemania- ¿Qué es eso?

-Lo que nos va a matar-respondió Italia-.

Sintió el ruido de las cadenas que aprisionaban a Alemania, moverse y luego, una mano cubrió la suya. Italia sintió nuevamente aquella calidez que tanto extraño, cerró los ojos y se recostó en Alemania.

- Vete – dijo Alemania -. Que este sea mi último adiós Italia…


¿Qué os ha parecido? ¿Bien? ¿Mal? ¿Tomatazos?

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