CAPÍTULO 3
Cuatro días pasaron sin que Kurt viera a Blaine. Se dijo que se alegraba, y se enfocó en sus actividades rutinarias. Hacia el fin de semana, se dio cuenta de que le quedaba tiempo libre y, como estaba habituado a mantenerse ocupado, esos ratos de ocio le pesaban. Tanto, que cuando su padre anunció que iban a efectuar una reunión para debatir acerca de la creación de un comité para la recaudación de fondos para la clínica, el castaño recibió la noticia con beneplácito.
—Me permití ofrecer tus servicios para tomar notas y hacer un memorandum y todo lo que se hace en una junta,— le advirtió Burt. —Como eras asistente de Sebastian, supuse que no querías perder la práctica.
—Papá. En efecto, yo era asistente de Sebastian, pero no su secretario, yo no soy el tipo de asistente que toma notas y hace recados y sirve café.— Kurt estaba realmente molesto.
—Pero...
—Nada papá. No estudié en NYADA para aprender a ser un secretario. Yo asistía a Sebastian pero en cuestiones MUSICALES, no en cuestiones de oficina.— Aunque si esto significaba estar cerca de Blaine...
—Bien!, ya entendí... De todas maneras Blaine no estaba seguro de que accederías a participar en el proyecto.
¿Quería decir eso que Blaine no deseaba que interviniera? Un dolor inusitado lo asaltó, pero lo reprimió de inmediato, dando paso a la ira.
—¿Ah, sí? Pues puedes decirle a Blaine que sí quiero participar. Eso evitará que "pierda la práctica" como tú dices, papá.
Burt le regaló una sonrisa de... ¿Felicidad? A su padre le agradaba demasiado Blaine.
—Podrás decírselo tú mismo,— aseguró el señor Hummel con una risilla divertida. —Vendrá a cenar esta noche; así podremos trazar los planes preliminares.
El súbito latir de su corazón fue tan parecido a la reacción que lo avasallaba con la simple mención del nombre de Blaine cuando tenía diecisiete años, que su rostro perdió por completo el color. ¿Qué estaba sucediendo con él? Ya no era un adolescente impresionable. Nada sentía por Blaine Anderson, excepto antipatía.
—¿Quién más asistirá a la reunión?— preguntó a su padre, para distraer sus pensamientos.
—Pues... Russel Fabray, del banco. Traerá con él a un cliente que acaba de mudarse a esta región. También creo haber persuadido a la señora Duval de que nos acompañe. En la actualidad ya no participa en las actividades locales tanto como solía hacerlo, pero creo que este proyecto le interesará. Siempre ha tenido un gran afecto por Blaine.
—Sí, sobre todo desde que él le regaló aquellos chocolates que ganó en la fiesta de verano.
El señor Hummel dirigió una sonrisa indulgente a su hijo.
—Sí, a pesar de que lo estuviste fastidiando para que te los diera.
—Y él dijo que me harían daño.
Eso sucedió el verano en que Kurt tenía once años y Blaine diecinueve, y estaba en la escuela de medicina. Kurt lo adoraba entonces pero aún no era consciente de que era gay, y Blaine toleraba esa adoración como quien soporta las monerías de una mascota muy querida.
—La Señora Duval tiene con ella de visita a un chico de su familia. Dicen que es un joven muy atractivo. Tal vez descubras que tiene mucho en común contigo. Ha vivido en Nueva York, pero cuando fracasó su relación amorosa, vino a quedarse con su tía. El profesor Schuester también asistirá, por supuesto y también los Berry.
Cuando el ojiazul alzó las cejas, su padre sonrió.
—Sí, ya sé. Los Berry y los Fabray van a discutir, como siempre, pero estoy seguro de que, en el fondo, ambos disfrutan esos enfrentamientos. Nos reuniremos en casa de Blaine... ya debes saber que compró la casa que está junto al hospital.— Miró con aire de disculpa a su hijo. —También me permití ofrecerte como voluntario para hacerte cargo del banquete. Carole...
Kurt suspiró, resignado, y Burt no tuvo que terminar la frase. En efecto, si Carole hubiera estado sana, habría sido la primera en ofrecer sus servicios. Ella era una organizadora infatigable y fueron muchas las tardes de verano en que Kurt tuvo que ayudarla a preparar un pastel para alguna fiesta de la localidad o reunión.
La cena se desarrolló de manera muy similar a la anterior. Blaine y Burt charlando en la cocina, Kurt preparando todo, los tres a la mesa, Burt invitando a Blaine a jugar ajedrez, Kurt subiendo a ver a Carole, Carole apurándolo a que se uniera con los otros hombres en el estudio. Kurt invitándoles una taza de café, Blaine observándolo constantemente... Aun no podía desifrar la expresión de Blaine cada que sus ojos se cruzaban. Lo que sí era evidente era el hecho de que Kurt no podía evitar sentirse nervioso ante la mirada del médico. Era tan intensa! Casi podía asegurar que había afecto en esos ojos miel... Seguramente producto de la imaginación adolescente de Kurt... Hey! ya no eres un adolescente! Has madurado, ¿recuerdas Kurt?
...
Bien, al menos no había perdido su habilidad como chef, se dijo Kurt al probar la confitura. Además del pastel, habría baby cupcakes, hechos de acuerdo a su receta especial, y más tarde prepararía bocadillos y refrescos. Tendría que pedir prestado el auto a su padre para ir a la casa de Blaine, pues no podría llevar tantas cosas a pie... y menos en su vieja bicicleta.
Mientras conducía hacia la casa del médico, más tarde ese día, Kurt se preguntó por qué Blaine habría decidido comprarla. ¿No le hubiera convenido más una casa más pequeña, en el centro de Lima? La razón por la que la habían puesto en venta, fue precisamente por su tamaño y el costo de mantenimiento. Según recordaba el castaño, tenía varias habitaciones.
La cerca de hierro forjado estaba abierta; en realidad, había permanecido abierta durante tanto tiempo que él dudaba que alguna vez pudiera cerrarse. La maleza y la enredadera habían crecido entre los barrotes, y el pálido sol invernal se filtraba entre las hojas.
El sendero que llevaba a la casa también estaba cubierto de maleza, y los árboles que resultaban encantadores en primavera, ahora tenían un aspecto siniestro sin su follaje. La facha de la casa era elegante, y los jardines circundados por un alto muro de ladrillo eran un remanso de intimidad y paz. Kurt no pudo evitar recordar que de adolescente, siempre había soñado con vivir en ella en compañía de Blaine y poner una academia de artes; la casa era muy grande para ambas cosas... Y ahora las cosas estaban de lo más tirantes entre ellos. Estaba completamente seguro de que nunca se haría realidad ese sueño... Las cosas pasan por algo, pero ese 'algo' aún no llegaba... Kurt deseaba que ese 'algo' tuviera cuerpo de hombre y se llamara Sebastian, pero en el corazón no se manda y tristemente, Kurt no estaba enamorado de Sebastian... Las cosas serían tan distintas si lo amara... pero no podía. Primero que nada por Thad, en segunda porque para Sebastian solo sería uno más en la larga lista de hombres que han pasado por su cama, y en tercer lugar, el trauma que Blaine le había causado, seguía latente.
Muchas veces se planteó la posibilidad de tener algo con su ex jefe, pero siempre pasaba algo que lo frenaba... y Sebastian era demasiado atractivo! y sí, deseaba al ojiazul con locura y Kurt no podía negar que él también lo deseaba... pero siempre que se planteaba la idea de dejarse llevar, la mirada dulce de Thad se hacía presente en el mejor de los casos, pero por lo general eran las palabras de Blaine las que lo hacían retroceder... "Mírame, Kurt. Anda... mírame bien... Tu amiga te dijo lo que debías ver. ¿Te parezco un hombre dominado por el deseo?" Y así sus intenciones de sucumbir a sus bajas pasiones se esfumaban.
Al aproximarse a la construcción, la puerta principal se abrió y Blaine apareció en el umbral. Vestido de manera informal, con unos viejos jeans y una camiseta blanca, con las mangas enrolladas mostrando sus fuertes bíceps... Casi podría ser el muchacho que Kurt había adorado de niño. Luego, cuando él se movió y la luz del sol delineó los angulosos rasgos de su rostro, la ilusión del aspecto juvenil desapareció y el castaño se enfrentó con la realidad del hombre. ¿Por qué Blaine tenía que ser tan jodidamente atractivo? ¿Por qué tenía que robarle el aliento de esta manera? ¡Este hombre exudaba sensualidad por cada maldito poro de su deliciosa piel!... ¡Kurt! ¡Para! Tú lo odias, ¿recuerdas?
—Traje los bocadillos y refrescos para esta noche,— anunció con voz débil.
—No supuse que hubieras venido sólo por el placer de mi compañía.— Replicó Blaine con ironía, y el joven lo miró fijamente. —Oh vamos, Kurt, ¡no estoy ciego! Has hecho más que evidente lo que sientes por mí.
El ojiazul se puso tenso entonces, y la angustia le formó un nudo en la garganta. ¿Qué quería decir? El corazón le latía con violencia y tenía reseca la boca. Mierda! Mierda! Mierda! ¿Habría adivinado que hace un momento, de haber podido lo habría empujado contra la pared y lo habría empezado a besar desesperadamente mientras dejaba que sus manos recorrie...?
—Es obvio que te resulto antipático,— prosiguió el médico con acritud y Kurt sintió que su cuerpo se relajaba por el alivio. Blaine pensaba que lo encontraba antipático. Pero... era cierto, ¿o no? Y no sólo eso; también lo detestaba, lo despreciaba como alguna vez Blaine lo despreció. —Sin embargo, vivimos en una comunidad pequeña y no podemos evitar encontrarnos con cierta frecuencia.— Concluyó Blaine.
—Una cosa es toparnos en ocasiones y otra que me encuentre contigo casi cada vez que entro en mi casa.
Kurt vio cómo se endurecían las facciones del médico.
—Sucede que tus padres, son viejos amigos míos y no pienso renunciar a su amistad para complacerte. Y espero que no te moleste que piense en Carole como tu madre.
El castaño notó que había tensión en la mandíbula del médico mientras pronunciaba esas palabras y luego, el rostro de Blaine se relajó un poco.
—Dime Kurt, ¿qué sucede? Solíamos ser muy buenos amigos... acepto que los tiempos... las personas... cambian, pero esto no puedo entenderlo... esta antipatía que me demuestras...
¿No podía entenderlo? Una oleada de ira estremeció al joven. Había destruido su mundo ¡y ahora no podía entender su enfado!
—No, estoy seguro de que no entiendes.— Repuso Kurt con tono cortante.
—Es por él, ¿no es cierto? Es por tu ex jefe que te portas así conmigo...
—No, Blaine. No se trata de Sebastian. Simplemente ya pasaron los días en los que estaba a tus pies, conforme con cualquier migaja de atención que te dignaras a obsequiarme...— Me encantaría que fuera por Sebastian, ¡Dios! ¡Las cosas serían más sencillas! —Digamos sólo que ya crecí, si te parece, y dejémoslo así.
Mientras se apartaba de él y se encaminaba al auto, Kurt apenas podía creer que Blaine hubiera olvidado lo sucedido. Su amargura se mezcló con la ira. ¿Cómo pudo ser tan idiota alguna vez, para conferirle todas las virtudes de un príncipe de Disney? El Blaine que él había amado nunca existió; había sido nada más un producto de su febril imaginación de adolescente. Era ridículo que pudiera sentirse tan... traicionado al percatarse de que él no recordaba lo que le había hecho, pero así era.
Luego, cuando Kurt caminaba hacia la casa con las cajas de alimentos, Blaine no hizo el intento de hablarle y se limitó a entrar en la cocina seguido del joven, para mostrarle dónde podía dejar su carga.
—No tienes obligación de hacer esto,— dijo Blaine cuando el chico terminó de colocar las cajas donde él le indicara. —Puedo pedir a otra persona que sirva como secretario del comité.
—Sí, no lo dudo, pero como dice mi padre, eso me servirá para no perder la práctica...— No le diría a Blaine de que sus estudios en NYADA nada tenían que ver con las cuestiones de oficina.
—Entiendo. Bueno en ese caso, prometo que no te molestaré demasiado. Yo había esperado que... — se encogió de hombros y volvió el rostro, pero no sin que antes Kurt pudiera notar la amargura de su expresión.
¿Blaine amargado? ¿Por qué? Confuso, Kurt regresó al coche de su padre. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué era lo que había esperado? Movió la cabeza y apartó esas preguntas de su mente. Puso en marcha el motor para iniciar el trayecto de regreso a su casa.
...
A las siete de la noche, luego de verificar que Carole tuviese todo lo que necesitaba, Kurt y su padre se encaminaron a la casa de Blaine. La temperatura había descendido, pero la luna llena brillaba en un cielo despejado, sin amenazas de nieve.
—Tendremos todavía algunas nevadas.— Pronosticó el señor Hummel, mientras recorrían el camino.
Fueron los primeros en llegar y Kurt de inmediato fue a la cocina, dejando que su padre y Blaine charlaran a solas. La ira que abrigaba contra el médico, la cual lo había sostenido durante mucho tiempo, parecía haberse disipado y en su lugar quedaba una extraña incertidumbre que lo inquietaba. Se sentía incómodo al estar cerca de él; todo el tiempo se encontraba tenso y temeroso aunque no entendía la razón. Resultaba evidente que él no intentaría revivir el pasado como Kurt habia temido, entonces por qué no podía respirar con tranquilidad y relajarse cuando Blaine estaba cerca?
Durante sus años en Nueva York aprendió a enfrentar muchas situaciones difíciles y escabrosas. Ni siquiera cuando tuvo que rechazar a Sebastian se había sentido tan nervioso como ahora. Era como si Blaine poseyera un poder especial sobre él; incluso en ese momento, separados por dos paredes, era muy consciente de su presencia. Ni siquiera necesitaba mirarlo para visualizar sus expresiones cuando hablaba; podría dibujar de memoria cada uno de sus rasgos. Se estremeció de repente y se dijo que era la vieja casa de piedra la que lo hacía sentir ese frío tan intenso.
—¿Ya está listo el café?— Preguntó Burt con una sonrisa, entrando en la cocina. —Parece que los demás llegaron juntos.
—Sólo tardará un minuto; lo serviré en la biblioteca.— Como Kurt sabía, la casa tenía cuatro cuartos en el piso inferior, además de la cocina. Había una sala grande, un comedor, una pequeña y cómoda sala de estar y la biblioteca. Esta había sido siempre la habitación favorita de Kurt, con su olor a madera y piel. Daba a los jardines traseros y estaba repleta, del suelo al techo, de libreros de caoba.
Como llevaba la bandeja con el servicio en las manos, tuvo que abrir la puerta con un pie. Varios pares de ojos observaron su entrada, pero sólo dos de ellos atrajeron la atención del joven. Los primeros eran los de Blaine, y sintió que el rubor le encendía las mejillas al darse cuenta de la forma automática en que lo había buscado entre los demás. Encontró una expresión extraña en los ojos miel-ámbar; hasta pudo jurar que lo observaban con placer.
Enfadado consigo mismo, esquivó la mirada de Blaine para encontrarse con otro par que lo estudiaba con hostilidad; eran unos ojos miel fríos colocados en un rostro clásico, pero duro el cual, dedujo Kurt, pertenecía al sobrino de la Señora Duval.
—Ah, permíteme, hijo.— Su padre se levantó para tomar la bandeja, pero Blaine se adelantó, aunque estaba más lejos.
—Creo que ya conoces a todos los presentes, ¿verdad? Con excepción de Nick y el señor Clarington.
El joven Duval se limito a inclinar la cabeza sin variar su expresión de fría hostilidad hacia el recién llegado. Preguntándose con extrañeza, qué había hecho para provocar la patente agresividad del otro joven, Kurt se volvió hacia el hombre sentado a un lado del señor Fabray, jefe del banco de Lima.
El señor Clarington era un hombre con expresión astuta y alerta, sin duda, un hombre de éxito. Era aproximadamente de la misma edad de Blaine. Se levantó un instante de su asiento y alargó la mano hacia el ojiazul. Luego de asegurarse de que todos tuvieran algo de comer y beber, Kurt buscó dónde sentarse y, para su desgracia, descubrió que la única silla disponible era la que estaba junto a Blaine. Puesto que era el 'secretario' del médico, quien presidía la reunión, supuso que era lógico que se sentara junto a él, pero por la mirada que le dirigió Nick, pudo comprobar que éste no encontraba muy conveniente ese arreglo.
¡Conque ésa era la razón de su hostilidad!, pensó Kurt mientras ocupaba su lugar. Nick no debía conocer muy bien a Blaine si pensaba que Kurt podía ser su rival.
Las siguientes dos horas transcurrieron con tanta rapidez que el castaño no tuvo tiempo para divagar. Sus dedos volaban sobre la libreta de notas, mientras registraba con fidelidad los detalles de la reunión. La primera tarea, informó Blaine a los presentes sería encontrar un lugar adecuado para instalar la clínica.
—Creo haber encontrado el sitio ideal; un par de edificios victorianos que están a la venta.
Luego siguió un acalorado debate sobre los méritos de comprar un edificio y adaptarlo, o construir algo ex profeso.
—Algo hecho a la medida sería lo ideal, por supuesto— convino Blaine, —pero debido a la naturaleza histórica y arquitectónica de Lima, temo que tendríamos problemas con los planificadores si queremos empezar desde los cimientos.
—Bien entonces me parece que deberíamos ir a echar un vistazo a esos edificios en venta.— intervino Hunter Clarington. Sacó su agenda y la consultó. —Podré acompañarlos mañana por la tarde. Después no estaré disponible en dos semanas.
Hubo un murmullo de asentimiento entre los otros miembros del comité, el cual concluyó cuando el profesor Schue dijo animadamente.
—Bueno. Está decidido, será mañana por la tarde. Quienes quieran ir a ver esos sitios, podrán hacerlo en el transporte de McKinley.
Todos aceptaron, excepto el padre de Kurt, quien anunció que su hijo iría en su lugar, ya que debía quedarse en casa para cuidar de su esposa.
—De acuerdo. Entonces, pasaré por ti, Kurt.— ofreció Blaine.
De inmediato, Nick hizo una mueca de disgusto y sus duros ojos se clavaron en Kurt.
—Uy Blaine, yo iba a pedirte que nos llevaras a mi tía y a mí... Temo que soy un inútil al volante.— Dijo Nick
—Pero...
—Por favor, no te preocupes por mí, Blaine,— intervino Kurt. —Yo puedo ir en el auto de papá. En realidad, lo prefiero así.— Agregó con una débil y tensa sonrisa. —No me gusta estar lejos de Carole demasiado tiempo, puede ofrecérsele algo.
Ambos sabían que mentía, pero excepto por la tensión de sus labios, Blaine no hizo más comentarios.
¿Qué había esperado?, se preguntó Kurt con desafío. ¿Que se tendiera a sus pies, con su antigua gratitud infantil por sus atenciones?
—Bien, resuelto esto, sugiero que pasemos a discutir los medios de recaudar fondos para financiar el proyecto.
Fue Leroy Berry quien habló y Kurt se concentró en apuntar todo lo que se decía acerca de la manera de lograr ese objetivo.
—Como incentivo, mi cliente, el señor Clarington aquí presente, está dispuesto a donar el doble de la cantidad que se recaude entre toda la comunidad,— anunció Russel Fabray, cuando los demás terminaron de exponer sus puntos de vista.
Era una oferta muy generosa y Kurt no fue el único en mirar hacia donde estaba el empresario, cuando el gerente del banco hizo su anuncio.
—Es muy generoso de su parte,— dijo Blaine con agradecimiento.
—Pero el alcance de mi generosidad depende de la comunidad, ¿no le parece, doctor?— mencionó el sr. Clarington.
Sospechando que la reunión estaba a punto de concluir, Kurt se levantó para recoger tazas y platos, cuando se asombró al oír a la señora Duval.
—Tengo una sugerencia que hacer... en realidad, es de mi sobrino.— sonrió con afecto al joven. —Acaba de recordarme que tenemos en la mansión un gran salón, y ha sugerido que celebremos allí el baile de San Valentín.
—¡Es una idea excelente!— Exclamó el señor Berry con entusiasmo. —Mi hija Rachel tiene varias amistades a quienes les gustaría asistir, ella está en Nueva York, así que estoy seguro que contaremos con varias personalidades de Broadway; Podríamos incluso organizar una cena.
—Necesitarán un grupo musical para amenizar la cena.— Era Nick el que hablaba ahora; sus ojos fríos recorrieron la habitación hasta toparse con los de Kurt. Entonces agregó. —Y supongo que hay aquí suficientes personas talentosas que podrán organizar lo de la comida.— Claramente esa indirecta iba dirigida al ojiazul.
En vista del entusiasmo general nadie pudo oponerse al proyecto.
El señor Schue mencionó que sería bueno recordar viejos tiempos al solicitarle a los ex integrantes de New Directions que fueran ellos quienes amenizaran la cena. Kurt no pudo evitar sentirse lleno de entusiasmo. Volvería a cantar con Santana, Quinn, Brittany, Finn, Puck, Rachel, Tina, Mercedes, Artie, Mike... eso si el señor Schue era capaz de reunirlos a todos.
—Espero que sean buenos.— Intervino Nick con arrogancia. —Quiero que sea una celebración grandiosa, ya que pienso invitar a algunos de mis amigos de Nueva York.
Obviamente, idiota! Somos excelentes! Y no creas que nada más tú eres un hombre de mundo! Yo también puedo invitar gente de Nueva York...
¿A quién estaba tratando de impresionar Nick con ese aire de superioridad? Kurt era genial en cuestiones de organización de eventos. Él no era ningún improvisado, y si Nick pensaba que lo había asustado al insinuarle lo de la comida, estaba muy equivocado.
Kurt se asombró cuando Blaine se volvió hacia él y preguntó —¿Qué opinas de la idea? ¿Crees que será aceptada y apoyada?— El castaño vaciló un momento antes de contestar, consciente de que todos lo miraban. No tenía por qué exhibir en público los sentimientos que abrigaba hacia Blaine.
—Sí, creo que la apoyarán,— repuso. —Hay suficientes personas de recursos en la comunidad, las cuales podrán comprar los billetes, además de toda la gente que podremos traer de Nueva York como lo ha mencionado el señor Berry...— hizo una pausa antes de agregar con voz pausada. —Se me ocurrió una cosa... Es sólo una idea, claro, pero ya que se trata de la noche de San Valentín, ¿qué les parece si hacemos un baile de máscaras? No de disfraces, sino de máscaras.
Por el rabillo del ojo, vio la expresión resentida de Nick y suspiró. Hubiera sido mejor no decir eso, pero la idea se le acababa de ocurrir y le pareció buena.
Para su sorpresa, alguien más pareció considerarla así. Después de aclararse la garganta y mirar a todos los concurrentes, el señor Fabray dijo:
—Me parece una magnífica idea. Es muy romántica... ideal para la noche de San Valentín.— y para asombro de todos, el señor Berry tomó la palabra, no para contradecir al banquero, como se hubiera esperado, sino para unirse a su entusiasmo.
—Estoy de acuerdo. En mi juventud asistí a algunos bailes de máscaras y son muy divertidos.
—Bueno, entonces será de máscaras.— Concluyó Blaine y se volvió hacia Kurt; sonreía con tanta dulzura y sinceridad que Kurt perdió el aliento. Recordaba esa sonrisa de mucho tiempo atrás, así como el efecto que había tenido sobre él, hacía años.
—Supongo que debemos seleccionar un comité organizador para el baile. Propongo a Kurt como coordinador, y a la señora Duval como presidenta del comité.
Una inclinación solemne de cabeza confirmó que la señora Duval aceptaba el nombramiento. El castaño supo que sería él mismo el que haría todo el trabajo pesado, en tanto que la vieja se limitaría a emitir órdenes. La señora Duval no era de su completo agrado. No era que le molestara hacerse cargo de todo el trabajo, al contrario necesitaba algo en que ocupar esas horas durante las cuales no estaba cuidando a Carole, y era poco factible que la organización del baile lo obligara a tener mucho contacto con Blaine.
El señor Fabray fue electo para atender al aspecto financiero del evento y Kurt se preguntó si sólo él habría notado el gesto enfurruñado y petulante de Nick cuando se hubieron hecho todas las nominaciones. Su única objeción verbal, ante el nombramiento de Kurt, había sido un refunfuñón comentario.
—Blaine, en realidad no había necesidad de comprometer al joven Hummel. Estoy seguro de que la secretaria de mi tía habría aceptado gustosa encargarse de todos los detalles.
—Es muy amable tu ofrecimiento Nick,— respondió el médico con diplomacia. —Pero sería muy injusto privar a tu tía de su secretaria, especialmente si nosotros no podemos pagar sus servicios.
La reunión concluyó poco después de lo que Kurt había supuesto. Fueron su padre y él los últimos en marcharse, ya que tuvo que recoger platos y vasos, y quiso lavarlos antes de guardarlos.
Como había temido, oyó que su padre invitaba a Blaine a cenar. Esperó tenso la respuesta del médico y luego se puso rígido cuando lo oyó decir, con tono de disculpa:
—Lo lamento, pero esta noche no podré. Ya acepté cenar con La señora Duval y Nick.— Echó una mirada a su reloj de pulsera mientras decía esto, y Kurt sintió una punzada de resentimiento ante el hecho de que hiciera tan notorio su deseo de verlos marcharse. Con movimientos bruscos, recogió los platos.
—Te dejaremos entonces para que te prepares para tu cita.— Dijo el ojiazul con una sonrisa glacial. —No me gustaría que hicieras esperar a Nick.
Por supuesto, cuando Burt y Kurt regresaron a casa, Carole quiso enterarse de todo lo ocurrido.
—Se supone que deberías estar descansando,— la reprendió su hijastro, pero de cualquier manera preparó tres tazas de café y las subió a la habitación de sus padres, junto con algunos de los cupcakes que habían quedado de la reunión. Sentado en el borde de la cama de Carole, le contó todo lo sucedido esa noche.
—El sobrino de la señora Duval,— murmuró Carole en cierto momento. —Ah, sí. Blaine mencionó que estaba viviendo en la mansión. ¿Cómo es él? Blaine dijo que acaba de terminar con su pareja, ¿no es así?
A pesar de la hostilidad que había recibido del sobrino indeseable, Kurt tuvo que responder con sinceridad:
—Es muy atractivo, jovial y tiene el pelo más oscuro que el mío... pero no le simpatizo.
—Claro que no,— Repuso Carole. —Él anda a la caza de Blaine y ya debe haber oído sobre lo bien que se llevaban ustedes dos. Debe resentir el hecho de que hayas regresado a casa.— Observó la expresión en el rostro de su hijastro y alzó las cejas con asombrada ironía. —Vamos Kurt... no eres tan ingenuo. Tú y Blaine tuvieron una amistad muy estrecha en el pasado. Vivimos en una comunidad pequeña y todo se sabe.
—¿Quieres decir que la gente ha murmurado sobre nosotros?— Preguntó el joven con rencor.
—Si quieres expresarlo así... pero nunca fueron chismes mal intencionados. Es natural que la gente se interese en los demás. Blaine y su familia son muy populares por aquí, y a mí siempre me pareció conmovedora la forma en que te permitía que lo siguieras por doquier. No debe haber sido fácil para él en ocasiones, en especial cuando era un adolescente y tú un niño.
—Pues Nick no tiene por qué estar celoso o resentido. Blaine y yo ya somos adultos.
—Bueno... quizás eso sea lo que le molesta.— comentó la señora Hummel de manera intrigante, pero no explicó su comentario, aunque Kurt entendió muy bien lo que ella quería darle a entender. Como adultos, Blaine y él podrían llevar a cabo el tipo de relación que no habían tenido antes. Los ocho años que los separaban no tenían importancia ahora.
Pero algo más que la edad los separaba en esa ocasión, y siempre los mantendría así. Y, a pesar de las fantasías románticas de los vecinos, él y Blaine nunca serían otra cosa que enemigos corteses y distantes.
El castaño cambió el tema y habló a Carole sobre el sitio en el que proyectaban instalar la clínica, el cual irían a visitar pronto, y luego le preguntó qué opinaba de la idea del baile de máscaras.
—Me parece excelente!— anunció la señora Hummel. —Muy romántico.
—Eso mismo dijo el señor Berry.
—Sí... Leroy siempre ha sido un románticop empedernido, igual que Hiram...— Carole bostezó y Kurt, recordando que estaba todavía convaleciente, se apresuró a ponerse de pie.
—Te estoy fatigando y se supone que deberías descansar. Yo también estoy cansado, por cierto. Creo que me acostaré temprano, para variar.
Estaba agotado en efecto, pero no tanto para no preguntarse acostado ya en su cama, si Blaine estaría disfrutando de la compañía de Nick. Un extraño dolor apareció de la nada y se anidó en su corazón. Un pequeño y curioso dolor que no tenía explicación lógica y que, por ese motivo, le preocupaba aún más...
